Novelas ejemplares y amorosas

Part 54

Chapter 544,359 wordsPublic domain

Finalmente, en la casa no había cosa viva: mirábanse los que veían esto unos a otros, tan asombrados que no sé cuál podía en ellos más, si la lástima o la admiración; y bien juzgaron ser don Dionís el autor de tal estrago, y que después de haberlo hecho, había vuelto su furiosa rabia contra sí: mas viendo que solo Florentina, que era la que tenía vida, podía decir cómo había sucedido tan lastimosa tragedia, sabiendo de don Gaspar el peligro en que estaba su vida y que no era tiempo de averiguarla hasta ver si mejoraba, suspendieron la averiguación y dieron orden de enterrar los muertos, con general lástima, y más de doña Magdalena, que como la conocían por una señora de tanta virtud y tan honrada, y la veían con tanta mocedad y belleza, se dolían más de su desastrado fin que de los demás.

Dada, pues, tierra a los lastimosos cadáveres y puesta por inventario la hacienda, depositándola en personas abonadas, se vinieron todos juntos a casa de don Gaspar, donde hallaron reposando a Florentina, la que después de haberse confesado y dádola una sustancia, se había dormido; y que un médico, de quien se acompañó el cirujano que la asistía por orden de don Gaspar, decía que no era tiempo de desvanecerla, por cuanto la confesión había sido larga y la había dado calentura; que aquel día no convenía que hablase más, porque temían con la falta de tanta sangre como había perdido, no enloqueciese, y así la dejaron depositada en poder de don Gaspar y su primo, quienes siempre que se la pidiesen darían cuenta de ella.

Se volvió el gobernador a su casa, llevando bien qué contar él y todos de la destrucción de la casa de don Dionís, y bien deseosos de saber el motivo de tan lastimoso caso.

Más de quince días se pasaron que no estuvo Florentina para hacer declaración de tan lastimosa historia, llegando muchas veces a término de acabar la vida, tanto que fue necesario darla todos los sacramentos. En cuyo tiempo, por consejo de don Gaspar y don Miguel, había hecho declaración, delante del gobernador, cómo don Dionís había hecho aquel lastimoso estrago, celoso de doña Magdalena y aquel criado de quien injustamente sospechaba mal, que era el que estaba en la puerta de la cuadra, y que a ella había también dado aquellas heridas; mas que no la acabó de matar por haberse puesto de por medio aquella esclava que estaba en la puerta del corredor, donde pudo escaparse mientras la mató, y que se había salido a la calle y cerrado tras sí la puerta, y con perder tanta sangre, cayó donde la halló don Gaspar: que en cuanto a don Dionís, que no sabía si se había muerto o no; mas que, pues le habían hallado como decían, que él de rabia se habría muerto.

Con esta confesión o declaración que hizo, no culpándose a sí por no ocasionarse el castigo, cesaron las diligencias de la justicia; antes desembargando la hacienda y poniendo a ella en libertad, la dieron posesión: la parte de su hermana, por herencia, y la de don Dionís, en pago de las heridas recibidas de su mano, para que si viviese, la gozase, y si muriese, pudiese testar a su voluntad.

Con que, pasado más de un mes y viéndose quieta y rica, se consoló y mejoró (o por disposición de Dios, que ordena las cosas conforme a su voluntad, y para utilidad nuestra) de tal suerte que en poco tiempo estaba ya tan fuera de peligro y tan agradecida del agasajo de don Gaspar, y reconocida del bien que de él había recibido, que no fuera muy dificultoso el amarle, pues fuera de esto lo merecía por su gallarda y afable condición, además de su nobleza y muchos bienes de fortuna de que le había engrandecido el cielo de todas maneras; y aun estoy por decir que le debía de amar.

Mas como no se hallaba inferior en la buena sangre, en la riqueza y en la hermosura, que esa sola bastaba, sino en la causa que originó el estar ella en su casa, no se atrevía a darlo a entender; ni don Gaspar, más atento a su honor que a su gusto, aunque la amaba, como se ha dicho, y más como se sabe del trato, que suele engendrar amor donde no le hay, no había querido declararse con ella hasta saber en qué manera había sido la causa de tan lastimoso suceso; porque más quería morir amando con honor, que sin él vencer y gozar, supuesto que Florentina, para mujer, si había desmán en su pureza, era poca, y para dama, mucha: y deseoso de salir de este cuidado y determinar lo que había de hacer, porque la jornada de Su Majestad para Castilla se acercaba y él había de asistir a ella, viéndola con salud y muy cobrada en su hermosura, y que ya se empezaba a levantar, la suplicó le contase cómo habían sucedido tantas desdichas como por sus ojos había visto; y Florentina, obligada y rogada de persona a quien tanto debía, estando presente don Miguel, que deseaba lo mismo, y aun no estaba menos enamorado que su primo, aunque, temiendo lo mismo, no quería manifestar su amor, empezó a contar su prodigiosa historia de esta manera.

—Nací en esta ciudad (nunca naciera, para que no hubiera sido ocasión de tantos males) de padres nobles y ricos, siendo desde el primer paso que di en este mundo causa de desdichas, pues se las ocasioné a mi madre, quitándola, en acabando de nacer, la vida, con tierno sentimiento de mi padre, por no haber gozado de su hermosura más de los nueve meses que me tuvo en su vientre; si bien se le moderó, como hace a todos, pues apenas tenía yo dos años se casó con una señora viuda y hermosa, con buena hacienda, que tenía asimismo una hija que le había quedado de su esposo, de edad de cuatro años, y esta fue la desdichada doña Magdalena.

Hecho, pues, el matrimonio de mi padre y su madre, nos criamos juntas desde la infancia, tan amantes la una de la otra y tan amadas de nuestros padres que todos entendían que éramos hermanas; porque mi padre, por obligar a su esposa, quería y regalaba a doña Magdalena como si fuera hija suya; y su esposa, por tenerle a él grato y contento, me amaba a mí más que a su hija; que esto es lo que deben hacer los buenos casados y que quieren vivir con quietud; pues del poco agrado que tienen los maridos con los hijos de sus mujeres, y las mujeres con los de sus maridos, nacen mil rencillas y pesadumbres.

En fin, digo que si no eran los que muy familiarmente nos trataban, que sabían lo contrario, todos los demás nos tenían por hermanas, y aun nosotras mismas lo creímos así hasta que la muerte descubrió este secreto, pues llegando mi padre al punto de hacer testamento para partir de esta vida, por ser el primero que la dejó, supe que no era hija de la que reverenciaba por madre ni hermana de la que amaba por hermana; y por mi desdicha, hubo de ser por mí por quien faltó esta amistad.

Murió mi padre, dejándome muy encomendada a su esposa; mas no pudo mostrar mucho tiempo en mí el amor que a mi padre tenía, porque fue tan grande el sentimiento que tuvo de su muerte que dentro de cuatro meses le siguió, dejándonos a doña Magdalena y a mí bien desamparadas, aunque bien acomodadas de bienes de fortuna, que acompañados con los de naturaleza, nos prometíamos buenos casamientos, porque es bien cierto que no hay dieciocho años feos.

Dejonos nuestra madre (que en tal lugar la tenía yo) debajo de la tutela de un hermano suyo, de más edad que ella, el cual nos llevó a su casa y nos tenía como a hijas, no diferenciándonos en razón de nuestro regalo y aderezo a la una de la otra, porque era con tan gran extremo lo que las dos nos amábamos que el tío de doña Magdalena, pareciéndole que hacía lisonja a su sobrina, me quería y acariciaba de la misma suerte que a ella; y no hacía mucho, pues no estando él muy sobrado, con nuestra hacienda no le faltaba nada.

Ya cuando nuestros padres murieron, andaba don Dionís de Portugal, caballero rico y poderoso, y de lo mejor de esta ciudad, muy enamorado de doña Magdalena, deseándola para esposa, y se había dilatado el pedirla por su falta, paseándola y galanteándola de lo ternísimo y cuidadoso, como tiene fama nuestra nación. Y ella, como tan bien entendida, conociendo su logro, le correspondía con la misma voluntad en cuanto a dejarse servir y galantear de él, con el decoro debido a su honestidad y fama, supuesto que admitía su voluntad y finezas con intento de casarse con él.

Llegaron pues estos honestos y recatados amores a determinar doña Magdalena casarse sin la voluntad de su tío, conociendo en él la poca que mostraba a darla estado, temeroso de perder la comodidad con que con nuestra buena y lucida hacienda pasaba; y así gustara más de que fuéramos religiosas, y aun nos lo proponía muchas veces: mas viendo la poca inclinación que teníamos a este estado, o por desvanecidas con la belleza, o porque habíamos de ser desdichadas, no apretaba en ello, mas dilataba el casarnos; que todo esto pueden los intereses a los que quieren vivir con descanso: lo que visto por doña Magdalena, determinada, como digo, a elegir por dueño a don Dionís, empezó a engolfarse más en su voluntad, escribiéndose el uno al otro y hablándose muchas noches por una reja.

Asistíala yo algunas noches (¡así primero muriera, pues tan cara me cuesta esta asistencia!), al principio contenta de ver a doña Magdalena empleada en un caballero de tanto valor como don Dionís, medio envidiosa de que fuese suyo y no mío, y al fin enamorada y perdida por él. Oíle tierno, escuchele discreto, mirele galán, y considerele ajeno, y dejeme perder sin remedio con tal precipicio que vine a perder la salud; donde conozco que acierta quien dice que el amor es enfermedad, pues se pierde el gusto y se huye el sueño y se apartan las ganas de comer.

Pues si todos estos accidentes caen sobre el fuego que amor enciende en el pecho, no me parece que es el menos peligroso tabardillo; y más cuando da con la modorra de no poder alcanzar, y con el frenesí celoso de ver lo que se ama empleado en otro cuidado; y más rabioso fue este mal en mí, porque no podía salir de mí, ni consentía ser comunicado, pues todo el mundo me había de infamar de que amase yo lo que mi amiga o hermana amaba; yo quería a quien no me quería, y este amaba a quien yo tenía obligación de no ofender. ¡Válgame Dios, y qué intrincado laberinto! Pues solo mi mal era para mí, y mis penas no para comunicarlas.

Bien notaba doña Magdalena mi melancolía y perdido color, y demás accidentes, mas no imaginaba la causa, que creo, de lo que me amaba, que dejara la empresa porque yo no padeciera; y cuando considero esto, no sé cómo mi propio dolor no me quita la vida: antes juzgaba que mi tristeza debía de ser porque no me había llegado a mí la ocasión de tomar estado como a ella, como es este el deseo de todas las mujeres de sus años y de los míos; y si bien algunas veces me persuadía a que la comunicase mi pena, yo la divertía dándola otras precisas causas, hasta llegarme a prometer que, casándose, me casaría con quien yo tuviese gusto. ¡Ay, malograda hermosura, y qué falsa y desdichadamente te pagué el amor que me tenías!

Cierto, señor don Gaspar, que a no considerar que si dejase aquí mi lastimosa historia, no cumpliría con lo que estoy obligada, os suplicara me diérades licencia para dejarla, porque no me sirve de más sino de añadir nuevos tormentos a los que padezco en referirla: mas pasemos con ella adelante, que justo es que padezca quien causó tantos males, y así pasaré a referirlos.

Las músicas, las finezas y los extremos con que don Dionís servía a doña Magdalena, ya lo podréis juzgar de la opinión de enamorados que nuestra nación tiene, ni tampoco las rabiosas bascas, los dolorosos suspiros y tiernas lágrimas de mi corazón y ojos, el tiempo que duró este galanteo, pues lo podréis ver por lo que adelante sucedió.

En fin, puestos los medios necesarios para que el tío de doña Magdalena no se opusiese, viendo conformes las dos voluntades, aunque de mala gana por perder el interés que se le seguía en el gobierno y administración de la hacienda, doña Magdalena y don Dionís llegaron a gozar lo que tanto deseaban, tan contentos con el felicísimo y dichoso logro de su amor como yo triste y desesperada, viéndome de todo punto desposeída del bien que adoraba mi alma.

No sé cómo os diga mis desesperaciones y rabiosos celos, mas mejor es callarlo porque así saldrán mejor pintados, porque no hallo colores como los de la imaginación. No digo más, sino que a este efecto hice un romance, que si gustáis, le diré, y si no, le pasaré en silencio.

—Antes me agraviaréis —dijo don Gaspar— en no decirle, que sentimientos vuestros serán de mucha estima.

—Pues el romance es este, que canté a una guitarra el día del desposorio, más que cantando, llorando.

Ya llego, Cupido, al ara, Ponme en los ojos el lienzo, Pues solo por mis desdichas Ofrezco al cuchillo el cuello.

Ya no tengo más que darte; Que pues la vida te ofrezco, Niño cruel, ya conoces El poco caudal que tengo.

Un cuerpo sin alma doy, Que es engaño, ya lo veo; Mas tiéneme Fabio el alma, Y quitársela no puedo.

Que si guardaba la vida, Era por gozarle en premio De mi amor; mas ya la doy Con gusto, pues hoy le pierdo.

No te obliguen las corrientes Que por estos ojos vierto, Que no son por obligarte, Sino por mi sentimiento.

Antes, si me has de hacer bien, Acaba, acábame presto; Para que el perder a Fabio Y el morir lleguen a un tiempo.

Mas es tanta tu crueldad, Que porque morir deseo, El golpe suspenderás, Más que piadoso, severo.

Ejecuta el golpe, acaba, O no me quites mi dueño; Déjame vivir con él, Aunque viva padeciendo.

Bien sabes que solo una hora Vivir sin Fabio no puedo, Pues si he de morir despacio, Más alivio es morir presto.

Un año, y algo más, ha Que sin decirlo padezco, Amando sin esperanzas, Que es la pena del infierno.

Ya su sol se va a otro oriente, Y a mí, como a ocaso negro, Quedándome sin su luz, ¿Para qué la vida quiero?

Mas si tengo de morir, Amor, ¿para qué me quejo? Que pensarás que descanso, Y no descanso, que muero.

Ya me venda amor los ojos; Ya desenvaina el acero; Ya muero, Fabio, por ti; Ya por ti la vida dejo.

Ya digo el último adiós; ¡Oh, permita, Fabio, el cielo, Que a ti te dé tantas dichas Como yo tengo tormentos!

En esto decir quiero, Que muero, Fabio, pues que ya te pierdo, Y por ti, con gusto, Fabio, muero.

Casáronse, en fin, don Dionís y doña Magdalena; y, como me lo había prometido, me trajo, cuando se vino a su casa, en su compañía, con ánimo de darme estado, pensando que traía una hermana y verdadera amiga, y trajo la destrucción de ella: pues ni el verlos ya casados, ni cuán ternísimamente se amaban, ni lo que a doña Magdalena de amor debía, ni su misma pérdida, nada bastó para que yo olvidase a don Dionís, antes crecía en mí la desesperada envidia de verlos gozarse y amarse con tanta dulzura y gusto, con lo que yo vivía tan sin él que, creyendo doña Magdalena que nacía de que se dilataba el darme estado, trató de emplearme en una persona que me estimase y mereciese; mas nunca ella ni don Dionís lo pudieron acabar conmigo, de lo que doña Magdalena se admiraba mucho y me decía que me había hecho de una condición tan extraña que la traía fuera de sí, ni me la entendía.

Y a la cuenta debía de comunicar esto mismo con su esposo; porque un día que ella estaba en una visita y yo me había quedado en casa, como siempre lo hacía, pues estando tan desabrida a todo divertimiento me negaba, vino don Dionís y hallándome sola y los ojos bañados de lágrimas, pues pocos ratos dejaba de llorar el mal empleo de mi amor, sentándose junto a mí, me dijo:

—Cierto, hermosa Florentina, que a tu hermana y a mí nos trae cuidadosísimos tu melancolía, haciendo varios discursos de qué te puede proceder, y ninguno hallo más a propósito, ni que lleve color de verdadero, sino que quieres bien en parte imposible, que a no ser así, no creo que haya caballero en esta ciudad, aunque sea de jerarquía superior, que no estime ser amado de tu hermosura y se tuviera por muy dichoso en merecerla, aun cuando no fueras quien eres ni tuvieras la hacienda que tienes, sino que fueras una pobre aldeana, pues, con ser dueño de tu sin igual belleza, se pudiera tener por el mayor rey del mundo.

—Y si acaso sucediese —repliqué yo (no dejándole pasar adelante; tan precipitada me tenía mi amorosa pasión, o, lo más seguro, dejada de la divina mano)— que fuera así, que amara en alguna parte difícil de alcanzar correspondencia, ¿qué hiciérades vos por mí, señor don Dionís, para remediar mi pena?

—Decírsela, y solicitarle para que te amase —respondió don Dionís.

—Pues si es así —respondí yo—, dítela a ti mismo y solicítate a ti, y cumplirás lo que prometes; y mira cuán apurado está mi sufrimiento que, sin mirar lo que debo a mí misma, ni que profano la honestidad y joya de más valor que una mujer tiene, ni el agravio que hago a tu esposa, que aunque no es mi hermana la tengo en tal lugar, ni con saber que voy a perder y no a ganar contigo, pues es cierto que me has de desestimar y tener en menos por mi atrevimiento, y despreciarme por mirarme liviana, y de más a más, por el amor que debes a tu esposa, tan merecedora de tu lealtad como yo de tu desprecio. Nada de esto me obliga, porque he llegado a tiempo que es más mi pena que mi vergüenza; y así, tenme por libre, admírame atrevida, ultrájame deshonesta, aborréceme liviana, o haz lo que fuere de tu gusto, que ya no puedo callar.

Y cuando no me sirva de más mi confesión, sino que sepas que eres la causa de mi tristeza y desabrimiento, me doy por contenta y pagada de haberme declarado; y supuesto esto, ten entendido que, desde el día que empezaste a amar a doña Magdalena, te amo más que a mí, pasando las penas que ves y no ves, y de que a ninguna persona en el mundo he dado parte, resuelta a no casarme jamás, porque si no fuere a ti, no he de tener otro dueño.

Acabé esta última razón con tantas lágrimas, ahogados suspiros y sollozos, que apenas la podía pronunciar.

Lo que resultó de esto fue que, levantándose don Dionís, creyendo yo que se iba huyendo por no responder a mi determinada desenvoltura, cerró la puerta de la sala y volvió donde yo estaba, diciendo:

—No quiera amor, hermosa Florentina, que yo sea ingrato a tan divina belleza, y a sentimientos tan bien padecidos y tan tiernamente dichos.

Y anudándome al cuello los brazos, me acarició de modo que ni yo tuve más que darle, ni él más que alcanzar ni poseer. En fin, toda la tarde estuvimos juntos en amorosos deleites, y en el discurso de ella me hizo saber, y no sé que fuese verdad pues los amantes a peso de mentiras nos compran, que desde otro día de casados me amaba y que, por no atreverse, no me lo había dicho, y otras cosas con que yo, creyéndole, me tuve por dichosa y me juzgué no mal empleada, y que si se viera libre, fuera mi esposo. Rogome don Dionís con grandes encarecimientos que no descubriera a nadie nuestro amor, pues teníamos tanto lugar de gozarle, y yo le pedí lo mismo, temerosa de que doña Magdalena lo conociese.

En fin, de esta suerte hemos pasado cuatro años, estando yo desde aquel día la mujer más alegre del mundo: cobreme en mi perdida hermosura, restituime en mi donaire, de manera que ya era el regocijo y alegría de toda la casa, porque yo mandaba en ella; lo que yo hacía era lo más acertado; lo que mandaba, lo obedecido; era dueña de la hacienda, y de cúya era; por mí se despedían y recibían los criados y criadas; de manera que doña Magdalena no servía más que de hacer estorbo a mis empleos.

Amábame tanto don Dionís, granjeándole yo la voluntad con mis caricias, que se vino a descuidar en las que solía y debía hacer a su esposa, con que se trocaron las suertes: primero Magdalena estaba alegre y Florentina triste; y ya Florentina era la alegre y Magdalena la melancólica, llorosa, desabrida y desconsolada; y si bien entendía que por andar su esposo en otros empleos se olvidaba de ella, jamás sospechó en mí: lo uno, por el recato con que andábamos, y lo otro, por la gran confianza que tenía de mí, no pudiéndose persuadir a tal maldad; si bien me decía que en mí las tristezas y alegrías eran extremos que tocaban en locura.

¡Válgame el cielo, y qué ceguedad es la de los amantes, pues nunca me alumbré de ella hasta que a costa de tantas desdichas se me han abierto los ojos!

Llegó a tal extremo y remate la de mis maldades que nos dimos palabra de esposos don Dionís y yo, para cuando muriera doña Magdalena; como si estuviera en nuestra voluntad el quitarla la vida, o tuviéramos las nuestras más seguras que ella la suya.

Llegose en este tiempo la Semana Santa, en que nos es fuerza acudir al mandamiento de la Iglesia; y si bien algunas veces en el discurso de mi mal estado me había confesado, había sido de cumplimiento; y yo, que sabía bien dorar mi yerro, no debí de haber encontrado confesor tan escrupuloso como este que digo, o yo debí de declararme mejor.

¡Oh infinita bondad, y lo que sufres! En fin, tratando con él del estado de mi conciencia, me la apuró tanto, y me puso tantos temores de la perdición de mi alma, no queriéndome absolver y diciéndome que estaba, como acá, ardiendo en los infiernos, que volví a casa bien desconsolada, y entrando en mi retraimiento, empecé a llorar de suerte que lo sintió una doncella mía que se había criado conmigo desde niña; que es la que, si os acordáis, señor don Gaspar, hallasteis en aquella desdichada casa, sentada en el corredor, arrimada a la pared, pasada de parte a parte por los pechos: esta pues, con grandes instancias, ruegos y sentimientos, me persuadió a que la dijese la causa de mi lastimoso llanto, y yo (o por descansar con ella, o porque ya la fatal ruina de todos se acercaba, advirtiendo, lo primero, el secreto y disimulación delante de don Dionís, porque no supiese que ella lo sabía, por lo que importaba) la di cuenta de todo, sin faltar nada, contándola también lo que me había pasado con el confesor.

La doncella, haciendo grandes admiraciones, y más de cómo había podido tenerlo tanto tiempo encubierto sin que ninguno lo entendiese, me dijo, viendo que yo la pedía consejo, estas razones:

—Cierto, señora mía, que son sucesos los que me has contado de tanta gravedad que era menester, para dar salida a ellos, mayor entendimiento que el mío; porque pensar que has de estar en este estado presente hasta que doña Magdalena se muera, es una cosa que solo esperarla causa desesperación; porque ¿cómo sabemos que se ha de morir ella primero que tú?, ¿ni don Dionís decirte que te apartes de él, amándole? Es locura, porque ni tú lo has de hacer, ni él, si está tan enamorado como dices, menos; tú, sin honor y amando, aguardas milagros, que las más de las veces en estos casos suceden al revés, porque el cielo castiga estas intenciones y acontece morir primero los que agravian que el agraviado, acabar el ofensor y vivir el ofendido. El remedio que hallo, cruel es, mas ya es remedio; porque llagas tan ulceradas como estas quieren curas violentas.

Roguela me le dijese, y respondiome:

—Que muera doña Magdalena, que más vale que lo padezca una inocente, que irá a gozar de Dios con la corona del martirio, que no que tú quedes perdida.

—¡Ay, amiga, y no será mayor horror que los demás —dije yo— matar a quien no lo debe; y que Dios me castigará a mí, pues haciendo yo el agravio, le ha de pagar el que le recibe!

—David —me respondió mi doncella— se aprovechó de él matando a Urías, porque Bersabé no padeciera ni peligrara en la vida ni en la fama; y tú me parece que estás cerca de lo mismo, pues el día que doña Magdalena se desengañe, ha de hacer de ti lo que yo te digo que hagas de ella.

—Pues si con solo el deseo —respondí yo— me ha puesto el confesor tantos miedos, ¿qué será con la ejecución?

—Hacer lo que hizo David —dijo la doncella—; matemos a Urías, que después haremos penitencia: en casándote con tu amante, restaurar con sacrificios el delito, que por la penitencia se perdona el pecado, y así lo hizo el santo rey.