Part 53
Acabó de cerrar la puerta, y subiendo al cuarto de su dama (por satisfacerse de su pensamiento, antes de hablar una sola palabra en razón de su amor), pidió una luz, y con ella tornó a la cueva, y con grande ánimo, al fin como quien era, bajó los escalones, que no eran muchos, y entrando en ella vio que no era muy espaciosa, porque desde el fin de los escalones se podía bien señorear lo que había en ella, que no era más de las paredes; y espantado de verla desierta y que no estaba en ella el dueño de los penosos gemidos que había oído, mirando por todas partes, como si hubiera de estar escondido en algún agujero, advirtió a una parte de ella mullida la tierra, como que había poco tiempo que la habían cavado, y habiendo visto de la mitad del techo colgado un garabato, que debía de servir de colgar en él lo que se ponía a remediar del calor, tirando de él le arrancó y empezó a arañar la tierra para ver si acaso descubría alguna cosa; y a poco trabajo que puso, por estar la tierra muy movediza, vio que uno de los hierros del garabato había hecho presa, y se resistía de tornar a salir; puso más fuerza y levantándolo hacia arriba asomó la cara de un hombre, por haberse clavado el hierro por debajo de la barba, no porque estuviese apartada del cuerpo, que a estarlo la sacara de todo punto.
No hay duda sino que tuvo necesidad don Gaspar de todo su valor para sosegar el susto y tornar la sangre a su propio lugar, que había ido a dar favor al corazón, que, desalentado del horror de tal vista, se había enflaquecido. Soltó la presa, que se tornó a sumir en la tierra, y allegando con los pies la que había apartado, se tornó a subir arriba, dando cuenta a las damas de lo que pasaba, que, cuidadosas de su tardanza, le esperaban, de que no se mostraron poco temerosas, tanto que, aunque don Gaspar quisiera irse luego, no se atrevió, viendo su miedo, a dejarlas solas; mas no pudieron acabar con él que se acostase como otras veces, no de temor del muerto sino de empacho y respeto, que cuando nos alumbran de nuestras ceguedades los sucesos ajenos, y más tan desastrados, demasiada desvergüenza es no atemorizarse de ellos, y por respeto del cielo, pues a la vista de los muertos no es razón pecar los vivos. Finalmente, la noche la pasaron en buena conversación, dando y tomando sobre el caso, pidiéndole las damas modo y remedio para sacar de allí aquel cuerpo que estaba lamentándose como si tuviera alma.
Era don Gaspar noble, y temiendo no les sucediese a aquellas mujeres algún riesgo, obligado de la amistad que tenía con ellas, a la mañana, cuando se quiso ir, que fue luego que la aurora empezó a mostrar su belleza, les prometió que a la noche daría orden para sacarlo de allí y que se le diese tierra sagrada, que eso debía de pedir con sus lastimosos gemidos; y como lo dispuso, fue irse al convento más cercano, y conferenciando con el superior de los religiosos, en confesión le contó todo cuanto le había sucedido, que acreditó con saber el religioso quién era, porque la nobleza trae consigo el crédito; y aquella misma noche del siguiente día fueron con don Gaspar dos religiosos, y traída luz, que la mayor de las cuatro hermanas trajo, por ver el difunto, a poco que cavaron, pues apenas sería vara y media, descubrieron el triste cadáver, y sacándolo fuera vieron que era un mozo que aun no llegaba a veinte y cuatro años, vestido de terciopelo negro y ferreruelo de bayeta; porque nada le faltaba del arreo, pues hasta el sombrero tenía allí, con su daga y espada, y en las faltriqueras, en la una un lienzo, unas horas y el rosario, y en la otra unos papeles, entre los cuales estaba la bula; mas por los papeles no pudieron saber quién fuese, por ser letra de mujer y no contener otra cosa más de finezas amorosas, y la bula aún no tenía asentado el nombre, por parecer tomada aquel día, o por descuido, que es lo más cierto. No tenía herida alguna, ni parecía estar muerto de más de doce o quince días.
Admirados de todo esto, y más de oír a don Gaspar que le había oído quejar, le acomodaron en una caja que para esto llevaba el criado de don Gaspar, y habiéndose la dama vuelto a subir a su cuarto, se le cargó al hombro uno de los religiosos, que era lego, y caminaron con él al convento, haciéndoles guarda don Gaspar y su confidente, donde le enterraron, quitándole el vestido y lo demás, en una sepultura que ya para el caso estaba abierta, supliendo don Gaspar este trabajo de los religiosos con alguna cantidad de doblones para que se dijesen misas por el difunto, a quien había dado Dios lugar de quejarse para que la piedad de este caballero le hiciese este bien.
Bastó este suceso para apartar a don Gaspar de aquella ocasión en que se había ocupado; no porque imaginase que tuviesen las hermanas culpa, sino porque juzgó que era aviso de Dios para que se apartase de casa donde tales riesgos había, y así no volvió más a ver las hermanas, aunque ellas lo procuraron diciendo se mudarían de la casa: y asimismo, atemorizado de este suceso, por algunos días resistió los impulsos de la juventud, sin querer emplearse en lances amorosos, en donde tales peligros hay, y más con mujeres que tienen por renta el vicio y por caudal el deleite, pues de estas no se puede sacar sino el motivo que han tomado los hombres para no decir bien de ninguna y sentir mal de todas; mas al fin, como la mocedad es caballo desenfrenado, rompió las ataduras de la virtud sin que estuviese en manos de don Gaspar dejar de perderse, si así se puede decir; pues a mi parecer, ¿qué mayor perdición que enamorarse?
Fue el caso que, en uno de los suntuosos templos que hay en aquella ciudad, un día que con más devoción y descuido de amar y ser amado estaba, vio la divina belleza de dos damas, de las más nobles y ricas de la ciudad, que entraron a oír misa en el mismo templo donde don Gaspar estaba, tan hermosas y niñas que a su parecer no se llevaban un año la una a la otra; y si bien había suficiente caudal de hermosura en las dos para amarlas a entrambas, como el amor no quiere compañía, escogieron los ojos de nuestro discreto caballero la que le pareció de más perfección, y no escogió mal, porque la otra era casada.
Estuvo absorto, despeñándose más y más en su amor mientras oyeron misa, que acabada, viendo se querían ir, las aguardó a la puerta; mas no se atrevió a decir nada, por verlas cercadas de criados y porque en un coche que llegó a recibirlas venía un caballero portugués, galán y mozo, aunque robusto, y que parecía según su presencia no ser hombre de burlas.
La una de las damas se sentó al lado del caballero, y la que don Gaspar había elegido por dueño, a la otra parte, de que no se alegró poco en verla sola; y deseoso de saber quién era, detuvo un paje a quien le preguntó lo que deseaba, y le respondió que el caballero era don Dionís de Portugal y la dama que iba a su lado su esposa, y que se llamaba doña Magdalena, que había poco que se había casado; que la que se había sentado en frente se llamaba doña Florentina, y era hermana de doña Magdalena.
Despidiose con esto el paje y don Gaspar, muy contento de que fuesen personas de tanto valor, ya determinado de amar, servir y agradar a doña Florentina, y de diligenciarla para esposa (con tal rigor hace amor sus tiros cuando quiere herir de veras), mandó a su fiel criado y secretario que siguiese el coche para saber la casa de las dos bellísimas hermanas.
En tanto que el criado fue a cumplir, o con su gusto, o con la fuerza que en su pecho hacía la dorada saeta con que amor le había herido dulcemente (que este tirano enemigo de nuestro sosiego tiene unos repentinos accidentes, que si no matan, privan del juicio a los heridos de su dorado arpón), estaba don Gaspar entre sí haciendo muchos discursos: ya le parecía que no hallaba en sí méritos para ser admitido de doña Florentina, y con esto desmayaba su amor, de tal suerte que se determinaba dejarle morir en su silencio; y ya más animado, haciendo en él la esperanza las fuerzas que con sus engañosos gustos promete, le parecía que apenas la pediría por esposa, cuando le fuese concedida, sabiendo quién era, y cuán estimado vivía cerca de su rey: y como este pensamiento le diese más gusto que los demás, se determinó a seguirle, enlazándose más en el amoroso enredo, con verse tan valido de la más que mentirosa esperanza, que siempre promete más que da, y somos tan bárbaros que conociéndola vivimos de ella.
En estas quimeras estaba cuando llegó su confidente y le informó del cielo donde moraba la deidad que le tenía fuera de sí, y desde aquel mismo punto empezó a perder tiempo y gastar pasos tan sin fruto, porque, aunque continuó muchos días la calle, era tal el recato de la casa que en ninguno alcanzó a ver, no solo a las señoras, mas ni criada alguna, con haber muchas, aunque buscaba las horas más dificultosas como las más fáciles.
La casa parecía encantada, en las rejas había menudas y espesas celosías, y en las puertas fuertes y seguras cerraduras; y apenas era una hora de noche, cuando ya estaban cerradas y todos recogidos; de manera que, si no era cuando salían a misa, no era posible verlas, y aun entonces pocas veces iban sin ir acompañadas de don Dionís: con que todos los intentos de don Gaspar se desvanecían; solo con los ojos en la iglesia daba a entender su cuidado a la dama; mas ella no hacía caso, o no atendía a ellos.
No dejó en este tiempo de ver si por medio de algún criado podía conseguir algo de su pretensión, procurando con oro asestar tiros a su fidelidad; mas como era castellano, no halló en ellos lo que deseaba, por la antipatía que esta nación tiene con la nuestra, que con vivir entre nosotros son nuestros enemigos.
Con estos estorbos se enamoraba más don Gaspar, y más el día que veía a Florentina, que no parecía sino que los rayos de sus ojos hacían mayores suertes en su corazón, y le parecía que quien mereciese su belleza habría llegado al _non plus ultra_ de la dicha, y que podría vivir seguro de celosas ofensas, estando bien triste, sin saber qué hacerse, ni qué medios poner en su cuñado para que se la diese por esposa, temiendo la oposición que hay entre portugueses y castellanos.
Poco miraba Florentina en don Gaspar, aunque había bien que mirar en él, porque aunque, como he dicho, en la iglesia podía haber notado su asistencia, le debía de parecer que era deuda debida a su hermosura; que pagar el que debe no merece agradecimiento. Más de dos meses le duró a don Gaspar esta pretensión, sin tener más esperanzas de salir con ella que las dichas. Y si la dama no sabía la enfermedad del galán, ¿cómo podía aplicar el remedio? Y creo que aunque lo supiera no se le diera, porque llegó tarde.
Vamos al caso, que es como sigue: una noche, poco antes que amaneciese, venían don Gaspar y su criado de una casa de conversación, pues aunque pudiera con la ostentación de señor traer coche y criados, como mozo y enamorado picaba en muy esforzado y gustaba más de andar así, procurando con algunos entretenimientos divertirse de sus amorosos cuidados, cuando pasando por la calle donde vivía Florentina, que ya que no veía la perla se contentaba con ver la caja, al entrar por la calle, por ser la casa a la salida de ella, con el resplandor de la luna, que aunque iba alta daba claridad, vio tendida en el suelo una mujer, a quien el oro de sus atavíos, cuyos vislumbres con los de divina competencia la calificaban de porte, que con desmayados alientos se quejaba, como si ya quisiera despedirse de la vida.
Más sustos creo que le dieron estos a don Gaspar que no los que oyó en la cueva, no de pavor sino de compasión; y llegándose a ella para informarse de su necesidad, la vio toda bañada en sangre, de que todo el suelo estaba hecho un lago, y su macilento y hermoso rostro, aunque desfigurado, daba muestras de su divina belleza y también de su cercana muerte.
Tomola don Gaspar por sus hermosas manos, que parecían de mármol en lo blanco y elevado, y estremeciéndola la dijo:
—¿Qué tenéis, señora mía, o quién ha sido el cruel que así os puso?
A cuya pregunta respondió la desmayada señora, abriendo los ojos, y conociéndole castellano, y alentándose más con esto de lo que podía, en lengua portuguesa le dijo:
—¡Ay, caballero!, por la pasión de Cristo y por lo que debéis a ser quien sois, y a ser castellano, que me llevéis adonde procuréis, antes que muera, darme confesión, que ya que pierdo la vida en la flor de mis años, no querría perder el alma, que la tengo en gran peligro.
Tornose a desmayar dicho esto, lo que visto por don Gaspar, y que la triste dama daba indicios mortales, entre él y el criado la levantaron del suelo, y acomodándosela a este en los brazos de manera que la pudiese llevar con más alivio, para quedar él desembarazado por si encontraban gente o la justicia, caminaron lo más aprisa que podían a su posada, que no estaba muy lejos, donde llegados sin estorbo alguno, fueron recibidos de los demás criados y una mujer que cuidaba de su regalo, y poniendo el desangrado cuerpo sobre su cama, envió uno por un confesor y otro por un cirujano.
Y hecho esto, entró donde estaba la linda dama, a quien tenían cercada los demás, y la criada con una bujía encendida en la mano, que a este punto había tornado en sí y estaba pidiendo confesión, porque se moría: a quien la criada consolaba, animándola a que tuviese valor, pues estaba en parte donde cuidarían de darla remedio al alma y cuerpo.
Llegó pues don Gaspar, y poniendo los ojos en el ya casi difunto rostro, quedó como los que ven visiones o fantasmas, sin pestañear ni poder con la lengua articular palabra alguna, porque no vio menos que a su adorada y hermosa Florentina; y no acabando de dar crédito a sus mismos ojos, los cerraba y abría, y tornándolos a cerrar los tornaba de nuevo a abrir, por ver si se engañaba; y viendo que no era engaño, empezó a dar lugar a las admiraciones, no sabiendo qué decir de tal suceso ni qué causa podría haber dado para que una señora tan principal, recatada y honesta estuviese del modo que la veía y en la parte que la había hallado; mas, como vio que por entonces no estaba para saber de ella lo que tan admirado le tenía, porque la herida dama ya se desmayaba y ya tornaba en sí, puso treguas a sus deseos, callando quién era por no advertir a los criados de ello.
Vino en esto el criado con dos religiosos, y de allí a poco el que traía al cirujano, y para dar primero remedio al alma, se apartaron todos; mas Florentina estaba tan desfallecida y desmayada de la sangre que había perdido y perdía, que no fue posible confesarse; y así, por mayor, por el peligro en que estaba, haciendo el confesor algunas prevenciones y prometiendo, si a la mañana se hallase más aliviada, confesarse, la absolvió; y dando lugar al médico del cuerpo, acudiendo todos y los religiosos, que no se quisieron ir hasta dejarla curada, la desnudaron y pusieron en la cama, y hallaron que tenía una estocada entre los pechos de la parte de arriba, que aunque no era penetrante, mostraba ser peligrosa, y lo fuera más a no haberla defendido algo las ballenas de un justillo que traía: y debajo de la garganta, casi en el hombro derecho otra, también peligrosa, y otras dos en la parte de las espaldas, dando señal que teniéndola asida del brazo se las habían dado, que lo que la tenía tan sin aliento era la perdida sangre, que era mucha, porque había tiempo que estaba herida.
Hizo el cirujano su oficio, y al revolverla para hacerlo, se quedó de todo punto sin sentido. En fin, habiéndola tomado la sangre, y don Gaspar contentado al cirujano, avisándole no diese cuenta del caso hasta ver si la dama no moría, contándole de la manera que la había hallado; por ser el cirujano castellano, de los que habían ido en la tropa con S. M., pudo conseguir lo que pedía, y con orden de que volviese en siendo de día, se fue a su posada y los religiosos a su convento.
Recogiéronse todos menos don Gaspar, que no quiso cenar, quedándose en una cama en la misma cuadra en que estaba Florentina. Se fueron los criados a acostar, dejándole allí algunas conservas, bizcochos, agua y vino, por si la dama cobraba el sentido, darla algún socorro.
Idos, como digo, todos, don Gaspar se sentó sobre la cama en que estaba Florentina, y teniendo cerca de sí la luz, se puso a contemplar la casi difunta hermosura, y viendo medio muerta la misma vida con que vivía, haciendo en su enamorado pecho los efectos que amor y piedad suelen causar, con los ojos humedecidos del amoroso sentimiento, tomándola las manos que tendidas sobre la cama tenía, ya la registraba los pulsos, para ver si acaso vivía, otras tocándola el corazón y muchas poniendo los claveles de sus labios en los nevados copos que tenía asidos con sus manos, decía:
—¡Ay, hermosísima y malograda Florentina, que quiso mi desdichada suerte que cuando soy dueño de estas deshojadas azucenas, sea cuando estoy tan cerca de perderlas! Desdichado fue el día que vi tu hermosura y la amé; pues después de haber vivido muriendo tan dilatado tiempo, sin valer mis penas nada ante ti, que lo que se ignora pasa por cosa que no es, quiso mi desesperada y desdichada fortuna que cuando te hallé, fuese cuando te tengo más perdida y estoy con menos esperanzas de ganarte; pues cuando me pudiera prevenir, con el bien de haberte hallado, algún descanso, te veo ser despojo de la airada muerte.
¡Qué podré hacer, infelice amante tuyo, en tal dolor, sino serlo también en el punto que tu alma desampare tu hermoso cuerpo, para acompañarte en esta eterna y última jornada! ¡Qué manos tan crueles fueron las que tuvieron ánimo para sacar de tu cristalino pecho, donde solo amor merecía estar aposentado, tanta púrpura como los arroyos que te he visto verter! Dímelo, señora mía, que como caballero te prometo de hacer en él la más rabiosa venganza que cuanto ha que se crió el mundo se haya visto.
¡Mas ay de mí, que ya parece que la airada parca ha cortado el delicado estambre de tu vida, pues ya te admiro mármol helado, esperando verte fuego y blanda cera derretida al calor de mi amor! Pues ten por cierto, ajado clavel y difunta belleza, que te he de seguir, cuando, no acabado con la pena, muerto con mis propias manos, con el puñal de mis iras.
Diciendo esto, tornaba a hacer experiencia de los pulsos y del corazón, y tornaba de nuevo y con más lastimosas quejas a llorar la malograda belleza.
Así pasó hasta las seis de la mañana, que a esta hora tornó en sí la desmayada dama con algo de más aliento, pues como se le había restriñido la sangre, tuvo más fuerza su ánimo y desanimados espíritus; y abriendo los ojos miró, como despavorida, los que la tenían cercada, extrañando el lugar donde se veía, estando ya todos allí, y el cirujano y los dos piadosos frailes; mas volviendo en sí, y acordándose cómo la había traído un caballero y lo demás que había pasado por ella, con debilitada voz pidió que la diesen alguna cosa para cobrar fuerzas, y la sirvieron con unos bizcochos mojados en oloroso vino, por ser alimento más blando y sustancioso; y habiéndolos comido, dijo que la señalasen el caballero a quien debía el no haber muerto como gentil bárbara; y hecho, le dio las gracias como mejor supo y pudo.
Y habiéndose ordenado la sacasen una sustancia, la quisieron dejar un rato sola para que, no teniendo con quien hablar, reposase y se previniese para confesarse; más ella, sintiéndose con algo más aliento, dijo que no, sino que se quería confesar luego por lo que pudiese suceder; y antes de eso, volviéndose a don Gaspar, le dijo:
—Caballero, que aunque quisiera llamaros por vuestro nombre, no le sé, aunque me parece que os he visto antes de ahora, ¿acertaréis a ir a la parte donde me hallasteis? Que si es posible acordaros, en la misma calle preguntad por las casas de don Dionís de Portugal, que son bien conocidas en ella; y abriendo la puerta, que no está más que con un cerrojo, poned en cobro lo que hay en ella, tanto de gente como de hacienda; y porque no os culpen a vos de las desventuras que hallaréis en ella, y por hacer bien os venga mal, llevad con vos algún ministro de justicia, que ya es imposible, según el mal que hay en aquella desdichada casa (por culpa mía), encubrirse, ni menos cautelarme yo, sino que sepan dónde estoy; y si mereciere más castigo del que tengo, me le den.
—Señora —respondió don Gaspar, diciéndola primero cómo era su nombre—, bien sé vuestra casa y bien os conozco, pues aunque no decís sino que muchas veces me habéis visto, aunque no me habéis mirado, yo a vos sí, que os he mirado y visto; mas no estáis en estado de saber por ahora dónde, ni menos para qué, si de esas desdichas que en vuestra casa sois vos la causa, andéis en lances de justicia.
—No puede ser menos —respondió Florentina—; haced, señor don Gaspar, lo que os suplico, que yo no temo más daño del que tengo; demás que vuestra autoridad es bastante para que por ella me guarden a mí alguna cortesía.
Viendo pues don Gaspar que esta era su voluntad, no replicó más; antes mandando poner el coche, entró en él y se fue a palacio, y dando cuenta de lo sucedido con aquella dama, sin decir que la conocía ni amaba, a un deudo suyo, también de la cámara de Su Majestad, le rogó le acompañase para ir a dar cuenta al gobernador, porque no le imaginasen cómplice en las heridas de Florentina ni en los riesgos sucedidos en su casa; y juntos don Gaspar y don Miguel fueron a casa del gobernador, a quien dieron cuenta del estado en que había hallado la dama y lo que decía de su casa.
Y como el gobernador conocía muy bien a don Dionís y vio lo que aquellos señores le decían, al punto, entrándose en el coche con ellos, haciendo admiraciones de tal suceso, se fueron cercados de ministros de justicia a la casa de don Dionís, y llegados a ella abrieron el cerrojo que Florentina había dicho, y entrando todos dentro lo primero que hallaron fue, a la puerta de un aposento que estaba al pie de la escalera, dos pajes en camisa, dados de puñaladas; y subiendo por la escalera, una esclava blanca, herrada en el rostro, a la misma entrada de un corredor, de la misma suerte que los pajes, y una doncella sentada en el corredor, atravesada de una estocada hasta las espaldas, que aunque estaba muerta, no había tenido lugar de caer, como estaba arrimada a la pared; junto a esta estaba una hacha caída, como que a ella misma se la había caído de la mano: más adelante, a la entrada de la antesala, estaba don Dionís atravesado en su misma espada, que toda ella se le salía por las espaldas, y él caído boca abajo, pegado el pecho con la guarnición, que bien se conocía haberse arrojado sobre ella, desesperado de la vida y aborrecido de su misma alma.
En un aposento que estaba en el mismo corredor, correspondiente a una cocina, estaban tres esclavas, una blanca y dos negras, la blanca en el suelo en camisa en la mitad del aposento; y las negras en la cama, también muertas a estocadas; entrando más adentro, en la puerta de una cuadra, medio cuerpo afuera y medio adentro, estaba un mozo de hasta veinte años poco más o menos, de muy buena presencia y cara, traspasado de una estocada; este estaba en camisa, cubierto con una capa y en los descalzos pies unas chinelas: en la misma cuadra donde estaba la cama, echada en ella, doña Magdalena, también muerta de crueles heridas, mas con tanta hermosura que parecía una estatua de marfil salpicada de rosicler: en otro aposento, detrás de esta cuadra, otras doncellas en la cama, también muertas como las demás.