Novelas ejemplares y amorosas

Part 52

Chapter 524,189 wordsPublic domain

Y dejándosela así, arrodillada, se desapareció, quedando la santa reina tan enternecida de que se hubiese partido de ella que no acertaba a levantarse ni quitar la boca del lugar adonde había tenido sus gloriosos pies; y así estuvo un buen espacio hasta que, viendo ser justo obedecer lo que le había mandado, se levantó y empezó a caminar.

Como fuese entrando por el reino de Hungría, era cosa maravillosa de ver la gente que sanaba, así de un sexo como del otro, tanto que a pocos días volaba su fama por todo el reino, llamándole el médico milagroso, hasta que llegó a la misma ciudad donde residía la corte, la cual halló en más aprieto que las demás que había andado, tanto porque como allí había más gente y el mal estaba apoderado de los más, cuanto porque estaba herido de él el príncipe Federico, en tanto grado que no se tenían esperanzas de su vida, por no aprovecharle los remedios que los médicos le hacían; y como no había otro heredero, el rey y el reino estaban muy penados.

Empezó Beatriz a hacer sus milagrosas curas, sanando a tantos con ellas que apenas la dejaban hora para dar algún reposo a su cuerpo, y junto con esto, a no hablarse de otra cosa sino del médico milagroso, unos creyendo ser algún santo, y otros teniéndole por ángel; de suerte que llegaron las nuevas al rey, a quien afirmando todos los que lo sabían que sanaba a tantos, deseoso de la vida de su amado hermano, envió por él, y venido, le prometió grandes mercedes si le daba salud.

—Vamos adonde está, respondió Beatriz, que como el príncipe haga lo que los demás hacen, sanará sin duda.

Oído esto por el rey, la tomó por la mano y la entró adonde estaba Federico en el lecho, tan malo y debilitado que parecía que apenas duraría dos días. Tenía a la cabecera a su mágico doctor y amigo, que de día ni de noche se apartaba de él, y si bien había ya hecho las prevenciones que todo cristiano debe hacer para partir de esta vida, habían sido tan falsas como quien había prometido a su doctor no decir, ni aun al confesor, el secreto que los dos sabían.

Pues viéndole el rey tan fatigado, le dijo:

—Ánimo, amado hermano mío, que aquí tienes el milagroso médico que te dará con el favor de Dios la vida, como la ha dado a cuantos en todo el reino padecían de este mal.

Alentose Federico, y poniendo en Beatriz los ojos, le dijo:

—Haz tu oficio, doctor, que si me sanas, prometo hacerte el mayor señor de Hungría.

—Hemos menester —dijo a esta sazón el mágico— saber en qué virtud curas, si es por ciencia, o por yerbas, o palabras.

—¿Pues tú —respondió Beatriz— que tanto sabes, ignoras en qué virtud curo? En la de Dios, que puede más que tu falsa mágica.

Calló el mágico, oído esto, y Beatriz, volviéndose a Federico, le dijo:

—¿Sabes, príncipe, lo que has de hacer para que te aproveche el remedio que te he de dar?

—No —dijo Federico—. Adviérteme de todo, porque no pierda la cura por ignorar lo que se ha de hacer.

—Pues tú has de confesarte de todos tus pecados, sin dejar ninguno por vergüenza ni malicia, delante del rey tu hermano y de mí: mas mira, príncipe, lo que haces, que si no te confiesas de todo y te queda alguno, en lugar de vivir, morirás.

¡Gran misterio de Dios, que estaba hablando con los mismos que la perseguían, sin ser conocida de ninguno, y del mágico menos! Pues viendo Federico que había nombrado al rey, vuelto a su doctor, le dijo:

—Ya ves, doctor, que no puede ser menos: da lugar para que haga lo que este buen hombre dice que he de hacer.

Riose el doctor, y volviéndose a Federico, le dijo:

—¿Pues cómo, príncipe, te olvidas que me tienes prometido, como quien eres, de no apartarte de mí? ¿Será justo que un rey quiebre su palabra? Según esto, ni yo puedo irme ni tú enviarme. Mira esto, hombre, cómo ha de ser, que menos que hecho pedazos no cederé del derecho que tengo a tu promesa.

Mudo quedó Federico, sin saber qué responder a lo que el doctor hablaba, viendo que decía verdad.

A lo que Beatriz respondió, inspirada del cielo:

—Estate quedo, engañador, no te vayas, que poco importa que estés presente, pues tú siempre lo estás a todo; mas por esta vez no te valdrán tus astucias ni saber, que hay quien sabe más que tú.

Con esto, sentándose el rey y Beatriz, y el doctor, Federico se confesó de todos sus pecados, excepto de las traiciones tocantes a la reina, estando muy contento el mágico, viendo cómo observaba el príncipe lo que le tenía prometido, quien luego que acabó y dijo no tener más que decir, viendo Beatriz que era diferente, le dijo:

—¿No tienes más que decir?

—No —dijo Federico.

—¿No? —replicó Beatriz. Pues mira lo que haces hasta darte el licor: yo te lo daré, que en esta vasija le tengo; mas advierte que si te dejas alguna cosa, por mínima que sea, en el mismo punto que le bebas no solo perderás la vida, mas también el alma.

Tembló oyendo esto Federico, y volviéndose al rey le dijo:

—Hermano mío, prometedme, como rey, perdonarme lo que hubiere cometido contra vos, y otorgadme la vida, que menos que con esto no puedo hacer lo que este buen hombre pide.

—Yo, hermano amado —dijo el rey—, os perdono, aunque hubiérades tratado de quitarme la vida, y os otorgo la vuestra, y quiera Dios que, obrando este milagroso remedio, la tengáis por muchos años.

—Pues, doctor amigo —dijo Federico, vuelto al mágico—, perdona, que morir y condenarme son dos males terribles; y no es razón que, por guardarte a ti la promesa que te hice loco, pierda la vida del alma y cuerpo, cuando estoy cuerdo.

—¿De esa manera cumples lo que prometes? —dijo el mágico—. ¿Qué esperanzas darás a tus súbditos para cuando seas rey? Y yo me quejaré de ti, y te infamaré por todo el mundo de perjuro.

—Más importa el alma y la vida —dijo Federico.

Y sin aguardar a más preguntas ni respuestas, declaró todo lo que tocaba a la reina, diciendo cómo había sido quien la había enamorado y perseguido, y cómo ella, por librarse de él, le había encerrado en la jaula de hierro; cómo había fingido con el saber del doctor las cartas, estando en la casa del duque; cómo la había querido forzar antes de matarla en la fuente; cómo le había muerto el niño príncipe en casa del emperador, y cómo, estando para degollarla, se había desaparecido; lo que había oído del caballero de casa del emperador que había venido a que no se ejecutase la justicia, porque el niño había resucitado; cómo la había hallado con los ojos, siendo cierto que los monteros se los habían sacado; y cómo, por más que habían procurado saber qué se había hecho, no lo habían podido alcanzar, ni el doctor con su saber, ni él con sus diligencias; y cómo tenían intención de matar al rey, porque si en algún tiempo pareciese, no los castigase.

Finalmente, no dejó cosa que no la descubriese, lo que visto por Beatriz, dándole la abujeta del licor, al punto quedó sano.

Como el rey, que atento estaba a lo que su hermano decía, se enterase de la inocencia de la reina y lo que había pasado de trabajos y persecuciones, y no supiese dónde la hallarían para pedirla perdón y volverla al estado que merecía, llorando tiernamente le dijo:

—¡Ay, Federico (que no te quiero llamar hermano, que no han sido tus obras de serlo); y cómo fuiste cuerdo en pedirme la vida, que a no habértela prometido, una muerte fuera pequeño castigo, pues si pudiera darte mil, no lo dejara por ningún peligro que me pudiera venir! No parezcas mientras yo viviere ante mis ojos, que no quiero ver con ellos la causa de las lágrimas que están vertiendo los míos.

¡Ay, mi amada Beatriz, y cómo si, considerándote culpada, aún no ha entrado alegría en mi triste corazón por haber perdido tu amada compañía; cómo desde hoy moriré viviendo, sin que estas lágrimas que vierto jamás se enjuguen de mis penosos ojos! ¡Ay, santa mártir! Perdona mi mal juicio en dar crédito contra tu virtud a tal traición: ¿mas cómo no me había de engañar si mi propio hermano te desacreditaba con tan aparentes maldades?

Decía el rey estas lástimas con tanto sentimiento, que viendo Beatriz que ya era tiempo de darse a conocer, le dijo:

—Sosiégate, Ladislao, no te desconsueles tanto, que aquí está Beatriz; yo soy la que tantas deshonras y desdichas ha padecido, y por quien tus ojos están vertiendo esas lágrimas.

Apenas la reina dijo esto, cuando se vio, y la vieron todos, con los reales vestidos que sacó de palacio cuando la llevaron a sacar los ojos y que se habían quedado en la cueva, sin faltar ni una joya de las que le quitaron los monteros, tan entera en su hermosura como antes, sin que el sol ni el aire, aunque estuvo ocho años en la cueva, la hubiesen ajado un punto de su belleza; observando todos cuantos en la sala estaban, que eran muchos (por cuanto al llanto que el rey hacía habían entrado todos los caballeros que fuera estaban, creyendo que Federico había muerto), cómo la Madre de Dios, Reina de los ángeles y Señora nuestra, tenía puesta su divina mano sobre el hombro derecho de la hermosa reina Beatriz; a cuya celestial y divina vista el doctor, que sentado en una silla estaba cerca de la cama de Federico, dando un grande estallido, como si un tiro de artillería se disparara, daba grandes voces, diciendo:

—Venciste, María, venciste; ya conozco la sombra que amparaba a Beatriz, que hasta ahora estuve ciego.

Y desapareció, dejando la silla llena de espeso humo, siendo la sala un asombro y un caos de confusión, porque a la parte que estaba Beatriz con su divina Defensora era un resplandeciente paraíso, y a la que el falso doctor y verdadero demonio, una tiniebla y obscuridad.

Arrodillose el rey, y Federico, que ya había saltado de la cama, a los pies de Beatriz, y todos cuantos estaban en la sala de la misma suerte, besándola los pies y la tierra en que los tenía.

¡Quién oyera a Ladislao las ternezas que la decía, pidiéndola perdón del descrédito que contra su virtud había tenido! ¡Quién viera a Federico suplicándola le perdonase, confesando a voces su traición! ¡Quién mirara a sus damas, que a las voces y tronidos del demonio habían salido con tiernas lágrimas, besándola unas las manos y otras las ropas; y todos con tanto contento cuanto había sido la pena que habían tenido de sus desdichas! No hay que decir sino que parecía un género de locos de contento.

Levantó Beatriz a su esposo y cuñado juntos, abrazándolos de la misma suerte, y luego a todos los demás, uno por uno. Salió la voz de la venida milagrosa de la reina, sabiéndose cómo era el doctor que había dado la vida a todos, y corrían como fuera de juicio a palacio; tanto, que fue necesario que saliese donde de todos fuese vista, porque daban voces que les dejasen ver su reina; y así como la dejó entre el concurso dicho, la Reina del cielo había desaparecido.

Bien quisiera Ladislao tornar a gozar entre los hermosos brazos de su esposa las glorias que había perdido en su ausencia; mas ella no lo consintió, diciéndole que ya no había reino ni esposo en el mundo para ella, que al Esposo celestial y al reino de la gloria solo aspiraba; que no la tratase de volver a ocasionarle más desdichas de las padecidas: y como esta debía de ser la voluntad divina, no la replicó más el rey ni trató de persuadirla lo contrario; porque, inspirado de Dios, se determinó a seguir los pasos y camino de Beatriz, que sin querer hacer noche en palacio, llevando consigo todas las damas que quisieron ser sus compañeras, se fue a un convento donde tomaron todas el hábito de religiosas, dándola licencia el rey para ello, donde vivió santamente hasta que fue de mucha edad.

El rey Ladislao envió luego a Inglaterra las nuevas con embajadores fidedignos, enviando por la infanta Isabela para mujer de Federico, quien era hermana de Beatriz y muy niña cuando ella vino a Hungría, y no menos hermosa que su hermana, a la que los reyes sus padres quisieron traer ellos mismos, por ver de camino a Beatriz; y venidos, se celebraron las bodas de Federico y la infanta Isabela con grandes fiestas de los dos reinos, y acabadas, antes que los reyes de Inglaterra se volviesen, el rey Ladislao traspasó y cedió el reino a su hermano; y habiéndole dado la investidura y jurádole los vasallos, tomó el hábito del glorioso san Benito, donde siguiendo los pasos de su santa esposa, fue a prevenirse el lugar en el cielo.

Habiendo vivido santamente, murió muchos años antes que Beatriz, la cual, antes de su muerte, escribió ella misma su vida, como aquí se ha dicho con nombre de desengaño; porque en él ven las damas lo que deben temer, pues por la crueldad y porfía de un hombre padeció tantos trabajos la reina Beatriz, la que en toda Italia es tenida por santa, donde vi su vida manuscrita, estando allá con mis padres.

Y advierto esto, porque si alguno hubiere oído algo de esta reina, será como digo, mas no impresa ni manoseada de otros ingenios; y como se ha propuesto que estos desengaños han de ser sobre casos verdaderos, fuerza es que alguno los haya oído en otras partes, mas no como aquí va referido.

Con tanto gusto escuchaban todos el desengaño que doña Estefanía refirió, que, aunque largo, no causó hastío al gusto, antes quisieran que durara más: y si bien don Diego, por llegarse a ver dueño de la belleza de Lisis, deseada tan largo tiempo, quisiera que los desengaños de aquella noche fueran más cortos, las dos desengañadoras, como era la penúltima, de propósito los previnieron más largos, y no le hacían poco favor en dilatarle la pena que en lugar de gusto le estaba prevenida por fin de la fiesta, pues en esta penosa vida no le hay cumplido, porque, como nos vamos acercando más al fin, como el que camina, que andando un día una jornada y otro día otra, viene a llegar al lugar adonde enderezó su viaje, así este triste mundo va caminando, y en las desdichas que en él suceden parece que se va acercando a la última jornada.

Pues viendo doña Isabel que la discreta Lisis trocaba asientos con doña Estefanía, por ser la penúltima que había de desengañar, cantó sola este soneto, de un divino entendimiento de Aragón, hecho a una dama a quien amaba por fama, sin haberla visto, y ella se excusaba de que la viese por no desengañarle del engaño que podía padecer en su hermosura; si bien le desengañaba por escrito, diciéndole que era fea, por quitarle el deseo que tenía de verla; y se le había dado Lisis a doña Isabel para que le cantase, en esta ocasión, por no darle fin trágico, aunque el héroe que lo hizo le merecía por haberse embarcado en el Leteo.

Amar sin ver, facilidad parece, Que contradice efectos al cuidado; Pero quien del ingenio se ha pagado, De más amante crédito merece.

El que a la luz que el tiempo desvanece Solicita lascivo el dulce agrado, Apetito es su amor, que desdichado Con el mismo deleite descaece.

Amarilis, si viendo tu hermosura, Rindiera su beldad tiernos despojos, Sujetara a los años mis sentidos.

Mi amor porción del alma se asegura, Y huyendo la inconstancia de los ojos, Se quiso eternizar en los oídos.

NOCHE DÉCIMA.

DESENGAÑO DÉCIMO.

ESTRAGOS QUE CAUSA EL VICIO.

Ya cuando doña Isabel acabó de cantar estaba la divina Lisis sentada en el asiento del desengaño, habiéndola honrado todos cuantos había en la sala, damas y caballeros, como a presidente del sarao, con ponerse en pie, haciéndola cortés reverencia hasta que se sentó, y todo lo merecía su hermosura, su entendimiento y su valor; y habiéndose vuelto todos a sentar, con gracia nunca vista empezó de esta suerte:

—Estaréis, hermosas damas y discretos caballeros, aguardando a oír mi desengaño con más cuidado que los demás, por esperarle mejor sazonado, más gustoso, con razones más bien dispuestas, y habrá más de dos que dirán entre sí: «¿Cuándo ha de desengañar la bien entendida, o la bachillera, que de todo habrá, la que quiere defender a las mujeres, la que pretende enmendar a los hombres, y la que pretende que no sea el mundo el que siempre ha sido?» Porque los vicios nunca se envejecen, siempre son mozos, y en los mozos, de ordinario hay vicios; los hombres son los que se envejecen en ellos, y una cosa a que se hace hábito jamás se olvida; y yo, como no traigo propósito de canonizarme por bien entendida sino por buena desengañadora, es lo cierto que, ni en lo hablado ni en lo que hablaré, he buscado razones retóricas ni cultas; porque, además de ser un lenguaje que con el extremo posible aborrezco, querría que me entendiesen todos, el culto y el lego, porque como todos están ya declarados por enemigos de las mujeres, contra todos he publicado la guerra; y así he procurado hablar en el idioma que mi natural me enseña y aprendí de mis padres; que lo demás es una sofistería en que han dado los escritores por diferenciarse de los demás; y dicen a veces cosas que ellos mismos no las entienden, y cómo las entenderán los demás si no es diciendo, como algunas veces me ha sucedido a mí, que cansando el sentido por saber qué quiere decir y no sacando fruto de mi fatiga, digo: «Muy bueno debe de ser, pues yo no lo entiendo».

Así, noble auditorio, yo me he puesto aquí a desengañar a las damas y a persuadir a los caballeros que no las engañen; y ya que esto sea por ser ancianos en este vicio, pues ellos son los maestros de los engaños, y han sacado en las que los militan buena disciplina, no digan mal de la ciencia que ellos enseñan.

De manera que aquí me he puesto a hablar sin engaño, y yo misma he de ser el mayor desengaño, porque sería morir del engaño y no vivir del aviso si, desengañando a todas, me dejase yo engañar.

Ánimo, hermosas damas, que hemos de salir vencedoras. Paciencia, discretos caballeros, que habéis de quedar vencidos y habéis de juzgar a favor que las damas os venzan. Este es el desafío de una a todos, y de cortesía por lo menos me habéis de dar la victoria, pues tal vencimiento es quedar más vencedores.

Claro está que siendo, como sois, nobles y discretos, por mi deseo, que es bueno, habéis de alabar mi trabajo, aunque sea malo, no embote los filos de vuestro entendimiento este parto pobre y humilde mío; y así, pues no os quito y os doy, ¿qué razones habrá para que entre las grandes riquezas de vuestros heroicos discursos no halle lugar mi pobre jornalejo? Y supuesto que, aunque moneda inferior, es moneda y vale algo, por humilde no la habéis de pisar: luego si merece tener lugar entre vuestro grueso caudal, ya os vencéis y me hacéis vencedora.

Ved aquí, hermosas damas, cómo quedando yo con la victoria de este desafío, le habéis de gozar todas, pues por todas peleo.

¡Oh, quién tuviera el entendimiento como el deseo, para saber defender a las hembras y agradar a los varones! Y que ya que os diera el pesar de venceros, fuera con tanta erudición y gala que le tuviérades por placer, y que, obligados de la cortesía, vosotros mismos os rindiérades más.

Si es cierto que todos los poetas tienen parte de divinidad, quisiera que la mía fuera tan del empíreo que os obligara sin enojaros; porque hay pesares tan bien dichos que ellos mismos se diligencian el perdón.

De todas estas damas habéis llevado la reprensión, aunque con temor, porque creo que no están aún bien desengañadas de vuestros engaños; y de mí la llevaréis, saliendo triunfadora, porque pienso que no os habré menester sino para decir bien o mal de este sarao; y en eso hay poco perdido, si no le vale, como he dicho, vuestra cortesía; porque si fuere malo, no ha de perder el que le sacare a luz, pues le comprarán siquiera para decir mal de él; y si bueno, él mismo se hará lugar y se dará el valor.

Si le tuvieren por bachillería, no me negaréis que no va bien perfeccionado, y más no habiéndome ayudado del arte, que es más de estimar, sino de este natural que me dio el cielo.

Yo os advierto que escribo sin temor; porque como jamás me han parecido mal las obras ajenas, de cortesía se me debe que parezcan bien las mías, y no solo de cortesía, mas de obligación. Doblemos aquí la hoja y vaya de desengaño, que al fin se canta la gloria, y voy segura de que me habéis de cantar la gala.

Estando la católica y real majestad de Felipe tercero el año de mil seiscientos diecinueve en la ciudad de Lisboa, en el reino de Portugal, sucedió que un caballero, gentilhombre de su real cámara (a quien llamaremos don Gaspar, bien fuese así su nombre o bien lo sea supuesto, pues así lo oí o a él mismo o a personas que le conocieron, que en esto de los nombres pocas veces se dice el mismo), fue a esta jornada acompañando a Su Majestad.

Era galán, noble, rico y con todas las prendas que se pueden desear, y más en un caballero, pues como la mocedad trae consigo los accidentes de amor, mientras dura su flor no tratan los hombres de otros ministerios, y más cuando van a otras tierras extrañas de las suyas, quienes por ver si las damas de ellas se adelantan en gracias a las de su tierra, luego tratan de calificarlas haciendo empleo de su gusto en alguna que los saque de esta duda.

Así don Gaspar, que parece iba solo a esto, a muy pocos días que estuvo en Lisboa hizo elección de una dama, si no de lo más acendrado en calidad, por lo menos de lo más lindo que para sazonar el gusto pudo hallar; y esta fue la menor de cuatro hermanas, que, con recato (por ser en esto las portuguesas muy miradas), trataban de entretenerse y aprovecharse, pues ya que las personas no sean castas, es gran virtud ser cautas, porque en lo que más pierden los de nuestra nación, tanto hombres como mujeres, es en la ostentación que hacen de los vicios, y es el mal que apenas hace una mujer un yerro, cuando ya se sabe, y a muchas que no lo hacen se le acumulan.

Estas cuatro hermanas que digo vivían en un cuarto tercero de una casa muy principal, y los demás de ella estaban ocupados de buena gente, y ellas no en muy mala opinión: tanto que, para que don Gaspar no se la quitase, no la visitaba de día, y para entrar de noche tenía llave de un postigo de una puerta trasera; de forma que, aguardando a que la gente se recogiese y las puertas se cerrasen, que de día estaban entrambas abiertas por mandarse los vecinos por la una y la otra, abría con su llave y entraba a ver a su prenda sin nota ni escándalo de la vecindad.

Poco más de quince días había gastado don Gaspar en este empleo, si no enamorado, a lo menos satisfecho de la belleza de esta dama, cuando una noche, que por haber estado jugando fue algo más tarde que las demás, le sucedió un portentoso y raro caso que parece fue anuncio de los que en aquella ciudad le sucedieron después, y fue que, habiendo despedido un criado que siempre le acompañaba, por ser de quien fiaba entre todos los que le asistían a las travesuras de sus amores, abrió la puerta y parándose a cerrarla por de dentro, como hacía otras veces, en una cueva que en el mismo portal estaba, no trampa en el suelo sino puerta levantada en arco con unas verjas menudas, y que siempre estaba sin llave por ser para toda la vecindad que en aquel cabo de la casa moraban, oyó unos ayes dentro, tan bajos y lastimosos que no dejó de causarle por primera instancia algún horror, si bien ya más recobrado, juzgó sería algún pobre que, por no tener donde albergarse aquella noche, se había entrado allí, y que se lamentaba de algún dolor que padecía.