Novelas ejemplares y amorosas

Part 51

Chapter 514,402 wordsPublic domain

—No confesarte —dijo el doctor— fuera causar mucho escándalo, que al fin eres cristiano y lo has de hacer, aunque no sea sino por cumplir con el mundo: calla lo que importa, y di lo demás, que más de dos hay que lo hacen de este modo.

—Así será —dijo Federico—, y vamos luego a matar ese niño para que muera esta enemiga, ya que no puede mi acero ejecutar en ella la rabia de mi pecho.

Con esto dando orden a los criados los aguardasen allí, sin que por accidente alguno se apartasen de aquel lugar hasta que ellos volviesen, se salieron paseando por el campo, y aquella misma noche puso el doctor a Federico dentro del palacio del emperador, y aguardando a que todos se sosegasen, ya cuando fue tiempo le llevó a la puerta de la cámara donde Beatriz con el niño dormía, descuidada de esta maldad; y dándole la yerba que queda dicho, le dijo:

—Entra, príncipe, que aquí te aguardo, y advierte que en lo que vas a hacer no te va menos que la vida: no te ciegue ni engañe la hermosura, ni el amor de esta tirana, que si te cogiera a ti como tú la tienes a ella, yo te aseguro que no te reservara.

—Déjame ese cargo —respondió Federico, maravillado del gran saber del doctor—, que cuando no fuera por lo que me va a mí en ello, solo por tu gusto, aun a mi hermano no perdonara la vida; y si no dime que se la quite, y verás con obedecerte lo que te estimo.

—Así lo creo —dijo el doctor—, eso será para después, que deseo tanto verte rey que pienso que no hemos de aguardar a que el curso de los años se la quite: y no te espantes de que tema a un hombre enamorado en presencia de una mujer hermosa, que es un hechizo la hermosura que a todos mueve a piedad; y porque sé tanto, alcanzo que por amor se perdonan muchos agravios.

Con esto Federico entró, y el doctor se quedó aguardando fuera, que como llegó junto a la cama vio dos ángeles; humanémoslo más: vio a Venus y a Cupido dormidos, porque en la cuadra había grande luz.

Era la crueldad de este hombre mucha, pues no le ablandó tan hermosa vista; mas no hay que espantar, que estaba ya el rigor apoderado de él: púsola la yerba debajo de la almohada, y quiso hacer experiencia del saber del doctor, su amigo, y sacando la daga fue a herir a Beatriz en medio del blanco pecho, diciendo:

—Ahora, alevosa reina, con una muerte me pagarás tantas como por ti he dado.

Mas no fue posible poder mandar el brazo: con lo que satisfecho de la verdad que su doctor le trataba, la volvió contra el inocente príncipe, y dándole tres o cuatro puñaladas le dejó dormido en el eterno sueño; y luego, poniendo en la mano de Beatriz la daga bañada en la inocente sangre, se volvió a salir adonde esperaba el doctor y juntos se fueron al campo inmediato a las cabañas de los pastores donde Beatriz estaba cuando la halló el emperador, porque allí le dijo el doctor se había de ejecutar la justicia de Beatriz, para verla por sus ojos y quedar seguros de ella.

Llegó la mañana bien triste y desdichada para el emperador y todo el imperio de Alemania; pues como las criadas que asistían a Beatriz y al príncipe vieron ser hora, entraron a la cámara y hallaron el cruel y lastimoso espectáculo, y dando gritos, fueron donde estaban el emperador y emperatriz diciendo:

—Venid, señores, y veréis la tragedia de vuestro palacio e imperio, pues la traidora Florinda —que así había dicho se llamaba— os ha muerto a vuestro amado hijo.

Los ansiosos padres, con tales nuevas traspasados, fueron a ver lo que aquellas mujeres les decían; y así como se ofreció a sus ojos tal lástima y dolor, empezaron como gente sin juicio a dar voces, mesando la emperatriz sus cabellos y el emperador sus barbas, a cuyas voces despertó Beatriz despavorida, que hasta entonces le había durado el diabólico sueño; y no hay duda que, si antes hubiera despertado, con la misma daga que tenía en la mano se hubiera quitado la vida; quien como se vio bañada en sangre y al niño muerto, y que ella, con la daga que tenía en la mano, daba muestras de ser la agresora de tal delito, no hizo más de alzar al cielo los ojos, bañados de tiernas y lastimosas lágrimas, y decir:

—¡Ya, Señor, veo que de esta vez es llegado el fin de mi desdichada y perseguida vida! Y pues conozco que esta es tu voluntad, también es la mía: yo moriré contenta de que no la debo y de que aquí tendrán fin mis persecuciones, y con una muerte excuso tantas como cada día padezco; y así, mi desengaño sea mi silencio, porque deseo morir sin contradecir a lo que dispones.

A este tiempo ya el emperador, ciego de ira, había mandado llamar al gobernador, que venido, mandó que tomasen a aquella mujer, así desnuda como estaba, y la llevasen a la misma parte donde la habían hallado, y allí la cortasen la cabeza, y que ella y la mano se pusiesen en el mismo camino, con letras que dijesen su delito; y dando orden que se enterrase el príncipe, él y la emperatriz se retiraron a llorar la muerte del amado hijo.

Sacaron a la hermosa reina, así desnuda como estaba, del palacio, y por llegar más presto (como hasta la parte dicha había media legua), la entraron en un coche, y también porque no la mirasen los ciudadanos, que dando voces andaban como locos lamentando la muerte de su príncipe, antes de ejecutar la justicia; y como la vana ostentación del mundo hasta en los cuerpos sin alma se guarda, no pudo ser el entierro del niño tan presto que primero no llegasen con la hermosa señora al lugar del suplicio: luego que estuvieron en él, sacándola del coche, atadas las manos, la pusieron en mitad de aquel campo, en medio de un armado escuadrón, para que todos los que la seguían la viesen mientras se levantaba un alto cadalso, donde se había de ejecutar la justicia, que muchos oficiales armaban a gran prisa.

Estaba la inocente y mansa corderilla cercada de carniceros lobos, con ojos llorosos mirando con la prisa que se disponía su muerte: llamaba muy de veras a Dios, ofreciéndole aquel y los demás martirios que había padecido; y el traidor Federico y su compañero, entre la gente, mirando lo que tanto deseaban, cuando bajando Beatriz los ojos del cielo, donde los tenía puestos, y extendiendo la vista por el campo, vio venir rompiendo por el tumulto de la gente a largo paso a su defensora y amiga, aquella hermosa señora que la había dado su favor en tantos peligros como se había visto, quien como llegó la dijo:

—En estas ocasiones, Beatriz, se conocen las verdaderas amigas.

Y desatándola las manos, tomándola por una de ellas, por entre toda la gente, paso a paso, la sacó de entre todos, hallándose Beatriz a este tiempo con los mismos vestidos que salió de su casa y se le habían quedado en el palacio del emperador, y llevola muy distante de allí, poniéndola entre unas peñas muy encubiertas, a la boca de una cueva, en donde había una cristalina y pequeña fuentecilla, y del otro lado una verde y fructuosa palma cargada de los racimos de su sabroso fruto; y como llegó allí la dijo la hermosa señora:

—Entra, Beatriz, dentro de esa cueva, que esta ha de ser tu morada hasta que sea tiempo; en ella hallarás lo que has menester, que quiere Dios que por ahora no comuniques con más gente que con las voladoras aves, simples conejuelos y sueltos gamos, donde te hallarás mejor que con los hombres: vive en paz, ama la virtud y encomiéndate a Dios, y acuérdate de mí, que soy la que te ha sacado del aprieto en que te has visto.

—¡Ay, señora! —dijo Beatriz arrodillándose a sus pies—: no os vayáis sin decirme quién sois, para que sepa a quién tengo de agradecer tantas mercedes, que olvidarme de vos es imposible.

—Aún no es tiempo que lo sepas.

Y diciendo esto se fue con notable ligereza, dejando a Beatriz absorta, siguiendo con los ojos sus pasos, y con el sentimiento que todas las veces que se apartaba de ella quedaba; y cuando la perdió de vista se levantó y entró en la cueva, la cual no tenía de hueco más de algunos veinte pasos, y toda labrada en la misma peña.

A un lado de ella estaba una cruz grande, formada de dos maderos con mucho primor y curiosidad, y del clavo de los pies y de los que tenía en los brazos estaba colgado un rosario y unas disciplinas, y al pie un pequeño lío en que estaba un hábito de jerga, con su cuerda, y una toca de lino crudo, y sobre el lío unas Horas de Nuestra Señora y otras oraciones en romance, un libro grande de vidas de santos, y, enfrente, unas pajas donde podía caber su cuerpo, que a lo que la santa reina juzgó, parecía haber sido morada de algún penitente, que había trocado esta vida, llena de penalidades, con la eterna; la cual viendo esto, desnudándose el vestido, haciéndole un lío, le puso a un lado de la cueva, y vistiéndose el grosero saco, ciñéndose la cuerda y cubriendo el dorado cabello con la cruda toca, se sintió tan gozosa como si estuviera en el palacio de su padre o esposo, no echando menos, con el alimento que en la verde palma y clara fuentecilla halló, los regalados manjares de la casa del duque ni palacio del emperador.

Dejémosla aquí, comunicando a todas horas con Dios, a quien daba muchas gracias, junto con su santa Madre, de haberla sacado de entre los tráfagos y engaños del mundo, pidiéndoles que antes que se muriese supiese quién era aquella hermosa y piadosa señora que la había librado tantas veces de la muerte y traídola a tan sosegada vida, pasando esta unos ratos orando y otros leyendo. Volvamos al lugar del suplicio y a la corte del emperador, que no hay poco que decir de ellos.

Acabose de levantar el cadalso, que porque fuese más bien vista su muerte se mandó hacer muy elevado; y queriendo, para ejecutar la justicia, llevar a él a Florinda, que así la llamaban todos, como a un tiempo fue el ir por ella y llevársela su defensora, y vieron que delante de sus mismos ojos faltaba, quedaron los engañados ministros tan asombrados como cuando el caminante, que en noche muy oscura siguiendo su viaje, de repente se le ofrece a la vista un repentino relámpago que, dejándole deslumbrado, no sabe lo que le ha sucedido: así quedaron los que, al tiempo de asir de Florinda, se hallaron sin ella, mirando a una parte y a otra por ver por dónde se había ido; no quedando menos admirados que los demás Federico y el doctor, no pudiendo imaginar dónde se hubiese ido: unos decían: «Aquí estaba ahora»; otros: «Mirándola sin apartar los ojos de ella, se me ha desaparecido de ellos». Estos le llamaban «milagro», y aquellos «encantamiento»: solo el doctor, que era el que más espantado estaba de que a su saber se le encubriese, dijo a Federico:

—¡Qué nos cansamos! mientras esta sombra se la hiciere a esta mujer, no hemos de tener poder contra ella.

Pues estando de esta suerte, sin saber qué hacerse ni qué disculpa darían al emperador, vieron venir a todo el galope de un caballo un caballero de palacio, dando voces que si no estaba ejecutada la justicia, se suspendiese y diesen vuelta con Florinda a palacio, que así lo mandaba el emperador: que como llegó le dijo al gobernador lo mismo, y cómo, al tiempo de llevar a sepultar al príncipe con general sentimiento de todos, había resucitado levantándose sano y bueno, diciendo a voces:

—No maten a Florinda, que no me mató Florinda; antes por Florinda tengo vida; tráiganme a Florinda, vayan presto, no la maten, que está inocente, que no me mató, sino un traidor por hacerla mal a ella.

Nuevas admiraciones causaron estas nuevas, y viendo que no parecía, ni por más vueltas que dieron por el campo la hallaban, volvieron a dar cuenta al emperador de todo, y fue tanto y tan grande su sentimiento de que no pareciese como si la hubieran muerto; y más viendo que el niño lloraba tanto por ella y decía que sin Florinda no quería vivir.

Ida la gente, quedaron solos Federico y el doctor, a quien dijo el príncipe:

—¿Qué me dices de tales sucesos como estos, doctor amigo?

—Qué quieres que te diga, sino que tengo agotado el entendimiento, deshecha y deslucida la sabiduría viendo lo que pasa; y que a mí, que no se me encubre cuanto sucede en el mundo, y aun lo que en las profundas cavernas del infierno hay lo miro y juzgo como si estuviera en cada parte; no puedo alcanzar este secreto, ni en qué virtud se libra esta mujer de tantos peligros como la ocasionamos tú y yo, y no sé, aunque más lo procuro, si en virtud de Dios o de algún demonio se hace esto.

Mirándola estaba cuando se desapareció, y no vi más de que la encubrieron, sin saber quién, ni por ahora alcanzo dónde está; solo sé que la hemos de volver a ver, mas entonces será con gran riesgo de los dos, y así es menester que de nuevo tornemos tú y yo a prometernos el no apartarnos uno del otro en ningún tiempo ni ocasión; porque unidas nuestras fuerzas no la basten las suyas contra nosotros, y ahora demos la vuelta a Hungría por aliviar la pena que tu hermano y todo el reino tiene por ti, y allí obraré con más fuerza y sosiego de mis encantos, para ver si podremos obrar contra ella antes que lo ejecute contra nosotros; y en caso que no se pueda hacer, será lo más acertado quitar a tu hermano la vida con alguna confección que le demos, que siendo tú rey, poco podrá contra ti.

Pareciole bien a Federico el consejo del doctor, y dándole de nuevo palabra de no apartarle de sí en ningún tiempo, ni de noche ni de día, se fueron donde habían dejado los criados, y de allí a Hungría, donde hallaron al rey bien penado por no saber nuevas de su amado hermano, y todo el reino muy triste, no sabiendo de su príncipe; y por su venida hicieron grandes fiestas; pues como el rey no se quería casar, tenían todos puestos en él los ojos; y aunque le conocían mal inclinado, era, en fin, hijo de su rey y hermano del que tenían.

Ocho años estuvo Beatriz en la cueva, sin que el mal doctor pudiese en todos ellos descubrir dónde estaba, y ella tan contenta en aquella morada, gozando tan quieta y pacífica vida que ya no se acordaba de reino ni de esposo, sin que persona humana viese sus ojos en todo este tiempo. Toda su compañía eran simples conejuelos y medrosos gamos con tiernas cervatillas, que estaban tan hallados con ella que se le venían a las manos como si fueran mansos cachorrillos, gozando de la alegre música de las aves, con quienes se deleitaba y entretenía.

Solo sentía mucha pena de no haber visto en todos estos años a su amada amiga y defensora, aquella hermosa señora a quien tanto debía, y casi amara el verse en peligro por volver a gozar de su vista; cuando una mañana, al empezar a reír el alba, estando durmiendo, se oyó llamar de la misma suerte que cuando estaba sin ojos entre las peñas, diciéndole:

—Dios te salve, Beatriz amiga.

A cuya voz, abriendo los soñolientos ojos, vio junto a sí a su querida y amada defensora, y levantándose despavorida y alegre, se arrodilló delante de ella, diciendo con lágrimas de alegría:

—¡Ay, señora mía, y qué largo tiempo ha que no os veo! ¿Cómo os habéis olvidado de mí, como quien tanto sabe las ansias que por veros he tenido? Decidme: ¿cómo no me habéis venido a ver? Que a saber yo dónde os pudiera hallar, no me hubiera detenido en buscaros.

—Yo —respondió la señora— nunca me olvido de quien verdaderamente me ama, que aunque tú no me has visto, yo te he visto a ti; mas como hasta ahora no has necesitado de mi favor, no he venido a que me veas; y porque ya es tiempo que los deseos que tienes de saber quién soy se cumplan, antes de decirte a lo que vengo, quiero que me conozcas y sepas que soy la Madre de Dios.

En diciendo esto, como ya era la voluntad de Dios y la suya que la conociera, al punto, en el diáfano manto azul, que aunque de este color, más era sol que manto, en los contornos de la plateada luna, en la corona de estrellas, en el clarísimo resplandor de su divino y sagrado rostro, en los angélicos espíritus que la cercaban, conoció Beatriz a aquella soberana reina de los ángeles, Madre de Dios y Señora nuestra, y puestos los ojos en ella, así como estaba de hinojos, se quedó inmóvil y elevada gran rato, absorta en tan gloriosa vista.

Goce Beatriz este favor tan deseado mientras que yo pondero este misterioso suceso, y digo que es gran prueba de nuestra razón la que sucedió a esta hermosa y perseguida reina, que para defenderse de la lasciva crueldad de un hombre, no le bastase su santidad y su honestidad, con todas las demás virtudes de que se cuenta era dotada, ni con su divino y claro entendimiento disimular y celar el amor de que tantas veces y en tan varias ocasiones se había dado por desentendida, ni el excusarse de que hallase en ella más cariño ni agrado cuando le escribió el papel, ni tenerle el tiempo que estuvo en la jaula de hierro; nada bastó contra la soberbia e ira de este hombre, sino que fue menester todo el favor y amparo de la madre de Dios.

¡Ah, hermosas damas, si consideráis esto, y qué desengaño para vuestros engaños! El poder de la madre de Dios es menester para librar a Beatriz de un hombre, resistiéndose, apartándose, disimulando, prendiendo, y tras todo esto no se puede librar de él si la Madre de Dios no le libra. ¿Qué esperáis vosotras, que los amáis, que los buscáis, que los creéis, y os queréis engañar?

Porque lo cierto es que si fuéramos por un camino y viéramos que cuantos han caminado por él han caído en un hoyo que tiene en medio, y viendo caer a los demás, nosotras fuésemos a dar en él de ojos, sin escarmentar de ver caer a otros, ¿qué disculpa podríamos dar, sino que por nuestro gusto vamos a despeñarnos en él?

Veis la parienta burlada, la amiga perdida, la señora deshonrada, la plebeya abatida, la mujer muerta a manos del marido, la hija por el padre, la hermana por el hermano, la dama por el galán; y finalmente veis que el día de hoy el mayor honor y la mayor hazaña de que se precian los hombres es de burlaros, y luego publicarlo y decir mal de vosotras, sin reservar ninguna, sino que en común hacen de todas una ensalada, ¿y no tomaréis ejemplo las unas de las otras?

¿Para qué os quejáis de los hombres, pues, conociéndolos, os dejáis engañar de ellos, fiándoos de cuatro palabras cariñosas? ¿No veis que son píldoras doradas? ¿No consideráis que a las otras que burlaron dijeron lo mismo, que es un lenguaje estudiado con que os están vendiendo, un arancel que todos observan; y apenas os pierden de vista, cuando, aunque sea a una fregatriz, la dicen otro tanto?

Y lo que más habíades de sentir es cuando, juntos en corrillo, dicen que os hallan tan a la mano que vosotras mismas los rogáis, y que hallan mujeres a cuarto de castañas, o a este papel de a cuarto. ¿No os afrentáis de esto? ¿No os caéis muertas de sentimiento?

Pues de mí digo que, con no ser comprendida en estas leyes, porque ni engaño ni me pongo en ocasión que me engañen, ni he menester los desengaños, me afrento, de manera que quisiera ser poderosa de todas maneras para apartaros de tal vicio y para defenderos de tales desdichas.

¡Y que nada os obligue a vosotras para libraros de ellas! Pues mirad cómo esta reina que, pues merecía tener el favor de la Madre de Dios, buena era; pues si siendo buena tuvo necesidad de que la Madre de Dios la defendiese de un hombre, vosotras, en guerra de tantos y sin su favor, ¿cómo os pensáis defender?

Volved, volved por vosotras mismas, y ya que no estimáis la vida, pues a cada paso la ponéis en riesgos, estimad el honor, que no sé qué mujer duerme sosegada en su cama, sabiendo que en los corrillos están diciendo mal de ella los mismos que debían encubrir su falta, habiendo sido instrumento de que cayese en ella; que en las pasadas edades más estimación se hacía de las mujeres, porque estas la tenían de sí mismas, y entonces, como les costaban más, las aplaudían más, y los poetas las alababan en sus versos y no las ultrajaban como ahora, que no se tiene por buen toreador el que no hinca un rejón.

Ahora volvamos a Beatriz, que la dejamos elevada y absorta en aquella divina vista, que en lo demás yo pienso que me canso en balde, porque ni las mujeres dejarán de dar ocasión para ser deshonradas ni los hombres se excusarán de tomarla; porque a las mujeres les huele mal el honor y a los hombres el decir de ellas bien, y así anda todo de pie quebrado: es la gracia que tienen todos, y todos los tejados de vidrio, y sin temer las pedradas que darán en el suyo, están tirando piedras a los demás, y de lo que más me admiro es del ánimo de las mujeres de esta edad, que sin tener el favor y amparo de la Madre de Dios, se atreven a fiarse del corazón de los hombres, bosques de espesura, que así los llamó el rey don Alonso el sabio en lo verdadero, y el dios Momo en lo fabuloso, donde no hay sino leones de crueldades, lobos de engaños, osos de malicias y serpientes de iras, que siempre las están despedazando el honor y las vidas, hartando su hambre y sed rabiosa en sus delicadas carnes, que bien delicada es la vida y bien débil el honor, y con ver salir a las otras despedazadas, se entran ellas sin ningún miedo en ellas.

Pues, como digo, estaba Beatriz arrodillada y tan fuera de sí, mirando aquella divina señora, de quien tan regalada se hallaba que se estuviera así hasta el fin del mundo, si la santísima Virgen no le dijera:

—Vuelve en ti, amiga Beatriz, que es ya tiempo que salgas de aquí y vayas a volver por tu honor, que aunque padeces sin culpa, eso y tu paciencia es bastante para darte el premio de tus trabajos: quiere mi Hijo que sus esposas tengan buena fama; y por eso a muchas a quien el mundo se la ha quitado, aun después de la última jornada de él, permite que con averiguaciones bastantes, como las que se hacen en su canonización, se la vuelva el mismo que se la ha quitado; mas de ti quiere que tú la restaures y quites a tu mismo enemigo el peligro que tiene de condenarse; y a tu esposo y padres, juntos con los dos reyes de Inglaterra y Hungría, la mala opinión en que te tienen. Toma este vestido de varón y póntele, dejando ahí los dos que te han servido en tus penas e inquietudes, y estas yerbas.

Diciendo esto, le dio el vestido y una cestilla de unas yerbas tan frescas y olorosas que bien parecía que las traía aquella que es vergel cerrado y oloroso; y prosiguió diciendo:

—Estas no se te marchitarán jamás, sino que siempre las hallarás como te las doy: vete a Hungría, donde por voluntad y permisión de mi Hijo todos padecen de una cruel peste que ha dado tal, que no vale la diligencia de los médicos humanos para reservar a los tocados de ella de la muerte; solo a ti, por medio de estas yerbas, es otorgado el poder; mas ha de ser de este modo: que el herido de este mal que quisiere ser sano se ha de confesar de todos sus pecados, sin reservar ninguno, por feo que sea, delante de ti y otra persona que tú señalares; y hecho esto, habiendo sacado el zumo de esta yerba, le darás a beber una sola gota, con que al punto quedará sano; mas advierte, y así lo hagas tú a los que curares, que en dejando de confesar algún pecado, o por vergüenza o malicia, al punto que beba el salutífero y suave licor, le será riguroso veneno que le acabará la vida con gran peligro de su alma.

Levantose Beatriz, oído esto, y quitándose el saco de jerga se puso el vestido, y llevando el arreo que se quitaba a la cueva, le puso en el lugar que le había hallado; y despidiéndose de aquella morada con tierno sentimiento, tomó su cestilla acompañada de su gloriosa defensora, quien tomándola por la mano la sacó de entre las peñas y la puso en el camino, enseñándola por dónde había de ir, y abrazándola y dándola su bendición, y ella arrodillada, con muchas lágrimas por apartarse de aquella celestial señora, la besó los pies con tal sentimiento que no se quisiera quitar jamás de ellos, pidiéndola que siempre la amparase; y la santísima Virgen, ya que se quería partir, la dijo:

—Anda, hija, con la bendición de Dios y mía, y sanarás a todos los que hicieren lo que he dicho, en el nombre de Jesús, mi amado Hijo.