Part 50
Con este advertimiento llegaron una noche a la villa donde vivía el duque, en cuya casa estaba Beatriz; y entrando en el palacio Federico, seguro con su anillo de no ser conocido, y el doctor en sus artes de no ser visto; lo que hizo el doctor fue llegar sin que le viesen, y poner a la inocente Beatriz en su manga una carta cerrada y sellada, con el sobrescrito a otro gran potentado de Alemania, por quien el duque se había retirado de la corte a sus estados, y con el que sobre cosas tocantes a la corona había tenido palabras delante del emperador, ocasionando de esto haber salido los dos a campaña y quedar de esta facción muy enemistados: tanto que se procuraban el uno al otro la muerte: y otra abierta, dando muestra de haber sido leída, con la sobrecubierta a Rosimunda; y hecha esta prevención diabólica, acompañado de Federico, que en virtud de su anillo no podía ser conocido sino de quien era su voluntad, se fueron a otro día al palacio a tiempo que el duque y la duquesa, y con ellos Beatriz, que nunca los dejaba, estaban oyendo cantar los músicos que asistían al duque, y entrados dentro de la misma sala, Federico se quedó junto a la puerta y el doctor, pasando adelante, llegó al duque y le dijo:
—Poderoso señor, la descortesía de entrarme sin licencia bien sé que me la perdonarás cuando sepas a lo que vengo: no te quiero decir quién soy, pues mis obras en tu servicio darán testimonio de mi persona y la facultad que profeso. Estando poco ha en los montes Rifeos, donde cerca de ellos tengo mi habitación, me puse a mirar las cosas que en el mundo han de suceder desde hoy a mañana, y entre otras muchas hallé que en este señalado tiempo que digo has de morir a traición a manos de un enemigo tuyo, a quien ha de dar entrada en tu cámara una persona de tu palacio de las que más amas: quién sea, no está otorgado del cielo que yo lo sepa: y viendo cuán gran daño se seguiría si tú faltases del mundo, por ser como eres un príncipe tan magnánimo y de tanto valor y prudencia, y que por tus muchas virtudes te soy muy aficionado, he venido a toda diligencia, ayudado y acompañado de mis familiares confidentes, a darte aviso de que mires por ti: y para que consigas y sepas lo que a mí me ha negado la poderosa mano, mira cuantos al presente se hallan en tu palacio, que en su poder hallarás quien te asegure de la verdad: y el cielo te guarde, que no me puedo detener más.
Dicho esto, sin aguardar más respuesta, se salió con su compañía y se fueron a emboscar en aquellas arboledas cerca de la fuente donde el duque halló a Beatriz, que allí los aguardaban los dos criados de Federico.
Alborotose el duque y la duquesa con tales nuevas, y mandando cerrar las puertas de palacio, por su misma persona no dejó el duque de visitar ninguna habitación, cofre, arca ni escritorio, ni aun los más secretos rincones de las posadas de los criados, tanto de los oficios mayores como de los inferiores, sin exceptuar las mismas personas, y viendo que por aquella parte no hallaba lo que aquel sabio hombre le había dicho, subió donde estaba la duquesa bañada en lágrimas, e hizo lo mismo con las criadas, sin que quedase cosa por mirar; de modo que ya no faltaba sino Beatriz y los escritorios de la duquesa, y casi por burla la dijo:
—¿Y tú, Rosimunda, serás acaso la que guardas el secreto de mi muerte?
—Señor —respondió la inocente dama—, con mi vida quisiera yo alargar la tuya, como quien tantos beneficios ha recibido y recibo de ella: mas porque no es justo que me reserves a mí entre todos, te suplico hagas conmigo lo que con los demás, que yo creo tan poco en estas fábulas y encantos, que tengo por sin duda que es algún mentiroso engaño para darte este susto.
—Así me parece —dijo el duque—; mas, como dices, por no hacer agravio a los demás, quiero también mirarte a ti.
Y riéndose la entró la mano en la manga, donde hallando las cartas, y mirando los sobrescritos, vio que el uno de la que estaba abierta era la letra misma de su enemigo el conde Fabio, y leyéndole, decía de esta suerte: «A la hermosísima Rosimunda». La cerrada era de letra de Beatriz, y esta decía: «Al excelentísimo y poderoso conde Fabio». Abrió la que no tenía sello, y leyéndola en alto, que de todos fue oída, decía así:
«Los agravios y deshonores recibidos del duque Filiberto, hermosa Rosimunda, están pidiendo venganza; pues, como sabrás del tiempo que asististe en su casa, llegaron a dejarme señalado en el rostro y en el mundo por hombre sin honra: y aunque he procurado con todas veras satisfacerme, no me ha sido posible, que los cobardes miran mucho por su vida, y así es fuerza valerme de la industria, si para quitársela, en desagravio de mi afrenta, me la das, y lugar para hacerlo, como quien en su casa lo puede todo. Con lo que te pagaré este beneficio será con hacerte dueño mío, que por las nuevas que tengo de tu hermosura lo deseo, y señora de mi estado. La respuesta y resolución de este caso darás a quien te diere esta, que es leal confidente mío.
EL CONDE FABIO.»
Estaba la letra tan parecida, y la firma tan bien contrahecha, que no había que poner duda en que la carta era del conde.
Abrió el duque la cerrada, que decía así:
«Tiénenme tan lastimada, conde excelentísimo, los agravios que del duque has recibido desde el día que lo supe, que cualquiera encarecimiento que diga será corto; y aunque los beneficios del duque recibidos me pudieran tener obligada, más debo al sentimiento de tu agravio, como lo verás en la ocasión que me has puesto; que dar lugar a que las personas como tú se desagravien no lo tengo por traición, y supuesto que es así, y que por tu confidente sé cuán cerca estás de esta villa, entra en ella, y ven mañana, ya pasado de media noche, por la puerta trasera de este palacio, que es adonde caen las ventanas de mi posada, trayendo por seña en el sombrero una banda blanca, para que no padezca engaño, por donde te arrojaré la llave con que podrás entrar tú y los que te acompañaren: y déte el cielo valor para lo demás, que en razón de la merced que me prometes, no la acepto hasta que me veas; que podrá ser que entonces te parezca la fama que de mi hermosura tienes más mentirosa que verdadera. El cielo te guarde.
ROSIMUNDA.»
Tan asombrado quedó el duque de ver las cartas, y conocer la letra y firmas, como Beatriz de que se hubiesen hallado en su poder: era de modo que ni el duque hablaba para culparla ni ella para defenderse de otro modo que con las hermosas lágrimas que hilo a hilo caían de sus lindos ojos: y no hay duda de que si no se acordara de las razones que la hermosa señora la dijo, cuando se apartó de ella en la fuente, de lo que la faltaba por padecer, se quitara la vida para salir de una vez de tantas penas: y aun del duque se cree que le pesó más de hallar las cartas en su poder que de la traición que veía armada contra su vida, y que diera la mitad de su estado porque no fuera hallada en ella; pero la duquesa, como mujer que veía la vida de su marido en balanzas, y la maldad de una mujer que tanto amaban y a quien tantos beneficios habían hecho, como fuera de juicio daba voces que la matasen, diciéndola mil afrentas: a lo que la inocente señora no respondía más que con su amargo llanto, no pudiendo imaginar por dónde le habían venido a su poder aquellas cartas que no había visto ni pensado; si bien se persuadía eran puestas por algún envidioso de su privanza, que contrahaciendo su letra y firma ordenó tal traición: y viendo que para ello no había más disculpa que la de Dios, que como quien sabía la verdad podía ordenar, callaba y lloraba: de que el duque compadecido, la mandó retirar a su cámara, con orden que no saliese de ella, bien contra la voluntad de la duquesa, que no quería sino que muriese.
Ida Beatriz, lo primero que el duque hizo fue poner buena guardia en su palacio, y luego, sin dejar casa ni posada en toda la villa que no se mirase, mandó buscar el tal confidente del conde Fabio, mas no fue hallado, aunque para más satisfacción le trajeron cuatro forasteros que en ella había: y asimismo informado de todos cuantos en su palacio estaban si habían visto a Rosimunda hablar con algún forastero, y diciendo todos que no, creyendo que era más la traición contra la bella Rosimunda que contra él, por descomponerla, lastimado de ello y movido a piedad de su hermosura, honestidad y virtud, y la paciencia con que llevaba aquel trabajo, y lo que más es, guiado por Dios, que no quería que Beatriz muriese, habiéndole dicho que la duquesa, viéndole remiso en darla muerte, estaba determinada a darla veneno, sin que la duquesa lo supiese ni él querer verla, porque no le diese más lástima de la que tenía, la mandó sacar una noche, al cabo de dos días que estaba presa, y que dos criados suyos la llevasen y la pusiesen junto a la fuente donde la habían hallado, sin hacerla más daño que dejarla allí, y así fue hecho; y como la fuente no estaba más de dos leguas de la ciudad, y partiesen con ella al primer cuarto de la noche, cuando llegaron a ella aún no había amanecido; y dejándola allí, como llevaban la orden de su dueño, se volvieron.
¿Quién podrá decir el tierno sentimiento de la afligida reina cuando se vio allí de noche sola y sin amparo, habiendo perdido el sosiego con que en casa del duque estaba, y más por una causa tan afrentosa? Como no se hallaba con prenda de valor para poder remediarse, pues como se ha dicho en casa del duque andaba vestida muy honestamente, no hacía sino llorar, y a cada rumor que oía, ya le parecían, o bestias fieras que la venían a sepultar en su vientre, o salteadores que la violasen su honra; y esto temía más que el morir, porque estaba tal que casi tenía aborrecida la vida.
En esta congoja estaba cuando empezó la aurora a tirar las cortinas de la noche, desterrando los nublados de ella para que Febo saliese, cuando, mirándose Beatriz con los entreclaros crepúsculos del alba, se vio con los ricos vestidos que había sacado de Hungría cuando la llevaron por mandado del rey su esposo a sacarla los ojos: y pareciéndola todas sus cosas prodigios, estando cierta de que aquellos vestidos habían quedado en casa del duque, y ella, con la pena que salió de allí, no se había acordado de ellos; considerando pues estas cosas, juzgó que quien la ponía en tales ocasiones no la desampararía.
Aguardó algo más consolada en qué pararían sus fortunas, llamando a Dios que la socorriese y ofreciéndole aquellos trabajos; cuando siendo ya más de día vio salir de entre los árboles, no un león, ni un oso, ni un salteador, porque estos no la dieran tanto asombro como ver salir a Federico, que si se os acuerda, con su falso doctor y criados se fueron a la floresta cuando dejaron urdida la traición.
No hay duda sino que quisiera más Beatriz verse despedazada de cualquiera de los dichos, antes que verle, y queriéndose poner en huida, se levantó; mas Federico, abrazándose con ella, la dijo:
—Ahora, ingrata y desconocida Beatriz, no te librarán de mis manos tus encantos ni hechizos, ni la jaula de hierro en que me tuviste tanto tiempo, que yo te gozaré en venganza de tus desvíos, y luego te daré la muerte, para excusar la que tú tratas de darme.
—Antes, traidor a Dios, a tu hermano y a mí, verás la mía —respondió Beatriz—, que yo tal consienta. Mátame, traidor enemigo, mátame ahora, si lo has de hacer después.
Diciendo esto, trabajaba por defenderse, y Federico por rendirla, pareciéndole al traidor que luchaba con un gigante, y a Beatriz que sus fuerzas en aquel punto no eran de flaca mujer, sino de robusto y fuerte varón; y andando, como digo, en esta lucha, la dijo Federico, viendo su resistencia:
—¿Qué te cansas, desconocida de mi merecimiento y valor, en quererte librar de mi poder, que aun el cielo no es poderoso para librarte?
Apenas acabó el blasfemo Federico de decir esto, cuando de entre los árboles salió la hermosa señora que en las pasadas angustias la había socorrido, que a paso tirado venía caminando hacia ellos, que como llegó, sin hablar palabra, asió de la mano a Beatriz, y tirando de ella la sacó de entre los brazos del lascivo príncipe y se la llevó, quedando Federico abrazado, en lugar de la hermosa presa que se le iba, con un fiero y espantoso león, que con sus uñas y dientes le hería y maltrataba; y viéndose así, empezó a dar tristes y lastimosas voces, a las cuales acudieron el doctor y criados, que, viéndole en tal estado, sacaron las espadas, de las cuales el león temeroso le soltó, entrando por lo más espeso de la alameda; porque no era tiempo de que la vida de Federico ni los trabajos de Beatriz tuviesen fin.
Quedó Federico tendido en el suelo y mal herido, tanto que a los criados y al doctor les fue forzoso llevarle al primer lugar, donde se estuvo curando muchos días de sus heridas, no pudiendo alcanzar, ni Federico con su entendimiento, ni el doctor con sus artes, cómo había sido aquella transformación, ni adónde se había ido Beatriz, que eso estaba por entonces reservado a quien la llevaba; la cual, con la hermosa señora que la llevó, se halló libre de la fuerza que esperaba recibir.
Daba muchas gracias a su verdadera amiga y defensora de su vida y honor, y ella la animaba y regalaba con amorosas caricias, caminando todo aquel día hasta poco antes de anochecer (a lo que a Beatriz la parecía) fuera de camino; porque unas veces creía que iban hacia adelante y otras que daban vuelta y volvían a caminar lo ya andado, cuando llegaron a unas cabañas de pastores donde la dejó su guía diciéndola:
—Quédate aquí, Beatriz, donde hallarás lo que por ahora has menester.
Y sin aguardar, ni dar lugar a que la respondiese, ni la diese agradecimientos del bien que la hacía, la vio ir por el campo con ligerísima velocidad, dejándola tan desconsolada en su ausencia como la vez primera; porque cuanta alegría recibía su corazón mientras la tenía junto a sí, sentía de pena cuando se apartaba.
En fin, viendo que ya se había encubierto, se llegó a las cabañas donde halló cantidad de pastores y pastoras que tenían, sobre unas pellejas de reses muertas, tendidos unos blancos aunque toscos manteles, y todos sentados alrededor, querían cenar una olla, que estaba sacando una de las pastoras, de tasajos cecinados, los que así como vieron aquella mujer, que en lengua alemana les dio las buenas noches, y tan hermosa y ricamente aderezada, como simples rústicos se quedaron mirándola embelesados, hasta que ella viendo la suspensión, prosiguió diciendo:
—Amigos, por la pasión de Cristo os pido que, si sois cristianos, como me parece, me admitáis y amparéis en vuestra compañía, siquiera por ser mujer, que me he escapado de un gran peligro y vengo huyendo de un cruel enemigo que anda procurando quitarme la vida.
Ellos, habiendo entendido bien la lengua, porque era la misma que hablaban, pues de allí a la corte de Alemania apenas había media legua, la respondieron que entrase, que de buena voluntad harían lo que les pedía.
Con este beneplácito de la pobre gente entró la perseguida reina, y haciéndola sentar a la pobre mesa, cenó, comió y almorzó con ellos; porque desde que salió de casa del duque no había comido bocado, haciéndola todos tanto agasajo y buena acogida que aquella noche, no pudiendo dormir, pensando en sus fortunas, se resolvió a enviar a vender a la ciudad aquellos ricos vestidos; y trocándolos en los pastoriles, quedarse allí con aquella buena gente.
Mas no le sucedió como ella pensaba, y fue el caso que cerca de aquellas majadas de pastores había un soto donde se criaba gran cantidad de caza, y adonde el emperador iba muchas veces a cazar y a divertirse de la pensión que trae consigo la carga del gobierno, y había seis u ocho días que estaba en él con la emperatriz y toda su gente, y un niño único que tenían de seis años, príncipe heredero de todo aquel imperio; y a otro día, volviéndose todos a la ciudad, era fuerza pasar por delante de las cabañas; y como los pastores y pastoras sintieron que venía, salieron todos a verle pasar, y Beatriz con ellos.
Como la carroza en que venían el emperador, la emperatriz y su hijo llegase cerca, y entre la gente rústica viesen aquella dama tan hermosa y bien aderezada, y con vestido de tanta riqueza, extrañando la novedad y el traje, que bien conocieron ser húngaro, mandando parar la carroza, enviaron con un criado a llamarla; que sabido por Beatriz, se llegó y con una cortés reverencia (como ella bien sabía se habían de tratar tan reales personas) los saludó, a la cual el emperador correspondió con otra no menos cortés reverencia, contemplando en su rostro la majestad que en sí encerraba; y con alegre y afable semblante la preguntó que de dónde era, y qué hacía entre aquella gente.
—Poderoso señor —respondió Beatriz—, yo soy de tierras muy extrañas de esta, aunque he asistido algún tiempo en Hungría; sacáronme de mi patria y casa por un engaño, y después de haberme conducido a unos montes, que allá detrás quedan, queriéndome matar en ellos, el cielo, que sabe para qué me guarda, me libró de las crueles manos de mis enemigos y, hurtándome de ellos, llegué anoche a estas cabañas donde esta piadosa gente me amparó: esto es lo que puedo decir a vuestra majestad; lo restante es más para sentido que para contado.
Mirándola estaban el emperador y la emperatriz mientras ella hablaba, maravillados de su gracia y belleza, cuando sucedió una maravilla bien grande, y fue que el niño que junto a su padre estaba, acercándose al estribo de la carroza, como Beatriz estaba tan junto, que tenía las manos puestas en él, la echó los brazos al cuello, y juntando su rostro con el suyo, la empezó a besar con tan grande amor como si toda su vida se hubiera criado en su compañía; lo que visto por Beatriz, le sacó de la carroza, y apretándole entre sus brazos, le pagó en amoroso cariño lo que el príncipe había hecho con ella.
Admirados todos de lo que el niño hacía con aquella dama, juzgando a prerrogativa de la hermosura agradarse todos de quien la posee, dejando a más de cuatro el niño envidiosos de los favores que gozaba, queriendo restituírsele a sus padres, no fue posible, porque daba gritos, llorando por volverse con ella, sin bastar los halagos de su madre, ni el reñirle el emperador, pues era tan grande el sentimiento que el príncipe hacía y tan tiernas y lastimosas las lágrimas que derramaba que los padres, como no tenían otro, compadecidos de él, rogaron a Beatriz entrase en el coche, diciéndola que supuesto que no tenía parte segura donde ampararse de los que la perseguían, que dónde mejor podría hacerlo que en su palacio, donde el príncipe su hijo la serviría de guardia, pues los que le guardaban a él la velarían a ella.
No le pareció a Beatriz ser acaso este suceso, sino encaminado por Dios y su guardadora; y así, besando la mano al emperador y emperatriz y despidiéndose de los pastores, prometiéndoles satisfacerles el bien que de ellos había recibido en albergarla aquella noche, se fue con el emperador, tan contentos él y la emperatriz de llevarla que, si hubieran ganado un reino, no fueran más gozosos: a tanto obligaba el sereno, honesto, y hermoso rostro de Beatriz, que cuantos la miraban se le aficionaban.
Las alegrías que el niño mostraba admiraban a todos, pues no hacía sino apartar su cara de la de Beatriz y mirarla, y luego, riéndose, volver a juntarse con ella, quedando desde este día a su cargo la crianza del príncipe, porque no había que intentar apartarle de ella: con ella comía y dormía, y en tratando de dividirle de su compañía, lloraba y hacía tales ansias que temían su muerte. Queríanla tanto por esto los emperadores que no es posible ponderarlo; y ella amaba al príncipe más que si fuera su hijo.
En fin, la dejaremos en esta paz y quietud tan amada, respetada y servida como si estuviera en el reino de Hungría; y vamos a Federico y su doctor, que ya sano de sus heridas y tan enojado contra la reina, por parecerle que por artes mágicas le había puesto en tal peligro que si la tuviera en su poder (como cuando la tuvo en la fuente), no aguardara a gozarla, como entonces intentó, sino que la diera la muerte, bien pesaroso de no haberlo hecho entonces.
Preguntó un día a su doctor qué le parecía de tales sucesos.
—¿Qué quieres, príncipe, que me parezca —respondió el doctor—, sino que tú y yo tenemos suerte enemiga? Porque no puedo, por más que lo procuro, alcanzar qué deidad defiende a esta mujer, contra quien no valen nada mis artes y astucias. Solo alcanzo que si dentro de un año no muere, nos hemos de ver tú y yo en la mayor afrenta que hombres en el mundo se hayan visto; y no puedo entender sino que es grandísima hechicera y maga; porque aunque he procurado saber después que estamos aquí dónde o quién la ha escondido, no lo he podido alcanzar hasta hoy, que me ha dicho un familiar mío que está en el palacio del emperador de Alemania, muy querida y estimada de todos, porque un niño de seis años, hijo del emperador, la quiere más que a su madre, a cuya causa los padres la aman ternísimamente; y lo que se ha de temer es no descubra al emperador quién es y lo que la ha pasado contigo; y descubierto, no hay duda que dará cuenta al rey tu hermano, el cual desengañado y sabida la verdad, tú morirás, y yo no quedaré libre por haberte ayudado.
Dirás cómo, sabiendo tanto, no acabo con ella. A eso te respondo que contra esta mujer ni tu acero puede cortar, ni mis artes tienen fuerza, por una sombra que la ampara, que no puedo alcanzar quién se la hace, ni mis familiares tampoco; porque hay cosas que hasta a los demonios las oculta Dios por sus secretos juicios; y es tan grande el amparo que tiene, que aunque ahora quisiera llegar a ella (como llegué cuando en casa del duque la puse en las mangas las cartas con que la saqué de allí y la puse en tu poder), no fuera posible: y esto es desde el día que en la fuente te la sacaron de las manos, y en su lugar dejaron el león que te ha tenido en el estado en que te has visto.
Pues dejarla que viva es peligroso para nosotros, que tarde o temprano se ha de venir a descubrir, y corremos el mismo riesgo; lo más acertado es procurar que muera por ajenas manos; y el cómo ha de ser en esta forma: yo te pondré dentro del palacio del emperador y en la misma cámara donde duerme con el niño príncipe: cuando ya el sueño los tenga a todos rendidos (que entrar yo es imposible, por esta sombra que digo que la defiende), pondrasla debajo de la almohada una yerba que yo te daré, que provoca a un sueño tan profundo que, mientras no la despertaren, dormirá seis días: y como esté así, mátale el niño y luego ponle la daga en la mano para que, viéndola de este modo, juzguen que ella le ha muerto, que con esto acabaremos con ella; pues claro es que la han de mandar degollar en venganza de la muerte del príncipe, con que quedaremos libres; y si esto no se hace, no hay que aguardar otra cosa: mira si te parece a propósito y si te determinas a ello, y si no, sigue tu parecer y gusto, que yo me quiero volver a mi morada, porque estoy dudoso si me guardarás el secreto prometido, de que se me seguirá mucha pérdida, cuando no sea en mi vida, en mi saber, que en él está la fuerza de mis artes; y quiero, si lo hicieres, estar lejos del peligro; porque el día que (aunque sea confesándote) lo descubrieres, ese día moriremos tú y yo, y no es la vida tan poco amable que se desee perder; y sería, sobre haberte bien servido, llevar mal galardón.
—¿Cómo irte a tu morada? —respondió Federico, abrazando al doctor—: mientras yo viva no consentiré tal; y para que con más seguridad estés, dame la mano y palabra de que de día ni de noche te has de apartar de mi lado, que yo te la doy de lo mismo; y en cuanto al secreto, te vuelvo a prometer, como hijo de rey y príncipe que soy (y rey que espero ser), de guardártelo de modo que, aunque me confiese, no confesaré lo que entre los dos pasa, ha pasado y pasará; y antes dejaré de confesarme porque pierdas el temor.