Part 49
¿Qué hay que moralizar aquí en la crueldad de este hombre, pues a quien tanto había amado, como decían sus tristezas y furores, según publicaba, porque no consintió en sus lascivos apetitos, ofendiendo a Dios y a su marido, puso en el estado que oís? Cierto, señores caballeros, que aquí no hay disculpa en apoyo de los hombres, ni razón que os acredite, ni aun vosotros mismos, que tantas halláis contra las mujeres, la hallaréis en vuestro favor: y vosotras, hermosas damas, ¿qué mayor desengaño queréis, ni buscáis, ni le podréis hallar, si deseáis tener algo que os estorbe de ser fáciles? Mas temo que os pesa saberlo, porque pecar de inocencia parece que tiene disculpa; mas de malicia, es quiebra que no se puede soldar, y quisiérades no oír tantos desengaños porque vosotras os queréis dejar engañar, pues en los tiempos pasados y presentes hallaréis que los hombres son unos siempre.
Los que llevaban a Beatriz caminaron con ella toda la noche y otro día siguiente, y al medio del tercero llegaron a un monte de espesas matas y arboledas, distante de la corte más de diez leguas, y en una quiebra de las peñas, que parecía en su profundidad que bajaba a los abismos, sin tener piedad de su hermosura y mocedad, ni de sus lágrimas, ni enternecerse de las lastimosas palabras que decía, con que les aseguraba su inocencia, y les pedía que ya que la habían de dejar allí no ejecutasen del todo la rigurosa orden del rey, privándola de la luz, siquiera porque viese su muerte cuando las fieras la ejecutasen, la sacaron los más bellos ojos que se habían visto en aquel reino.
Estaba en poder de hombres; ¡qué maravilla! Cegar y engañar parece así, en el modo, que es todo uno, pues el que está engañado se dice que está ciego de su engaño: luego, hasta en sacarla los ojos cumplieron estos con el oficio de hombres contra esta mujer, como hacen ahora todos con todas.
Hecha esta crueldad, pareciéndoles que no había de vivir, supuesto que cuando no la matasen las fieras, moriría del dolor de las heridas, o de hambre, pues no tenía vista para buscar el necesario sustento, la quitaron las ricas joyas que llevaba, y no sé cómo no hicieron lo mismo del vestido, pues competía en riqueza con las joyas: debió de ser por no embarazarse con él, o porque Dios lo ordenó así, y hecho esto, dejándosela allí, se partieron.
Cómo quedaría la hermosa reina, puesta en los filos de la guadaña de la airada muerte, bien se deja considerar, pues como la sentía tan cerca, no hacía más de llamar a Dios y a su divina y piadosa Madre, tuviesen misericordia de su alma, que ya del cuerpo no hacía caso, ofreciéndoles aquel martirio; cuando a poco más de media hora que así estaba, sintió pasos, y creyendo sería algún oso o león que la venía a despedazar, llamando con más veras a Dios, se dispuso a morir; mas ya que más cerca sintió los pasos, oyó una voz de mujer que la dijo:
—¿Qué tienes, Beatriz, de qué te afliges y lamentas?
—¡Ay, señora! —respondió la afligida dama—, quienquiera que seáis, que como no tengo ojos, no os veo; pues que vos los tenéis, y me veis y conocéis, pues me llamáis de mi propio nombre; ¿por qué me preguntáis de qué me lamento?
—No me ves —respondió la mujer—; pues ahora me verás, que aunque Dios ha permitido darte este martirio, aún no es llegado tu fin, te faltan otros que padecer; que a los que su divina Majestad ama, regala así.
Y diciendo esto, y tocándola con la mano los lastimados ojos, luego quedaron tan sanos como antes de sacárselos los tenía, y aun mucho más hermosos.
Como Beatriz se vio con ellos, miró por quién se le había hecho tan gran bien, y vio junto a sí una mujer muy hermosa, y con ser, a su parecer, muy moza, tan grave y venerable que obligaba a tenerla respeto: y pareciole asimismo que la había visto otras veces, mas no podía acordarse en dónde.
Púsose de rodillas la hermosa reina, no porque la tuviese por deidad, aunque su grave rostro daba indicios de ello, sino por agradecida al beneficio recibido; y tomándole las manos, se las empezó a besar, bañándoselas en tiernas lágrimas, diciendo:
—¿Quién sois, señora mía, que tanto bien me habéis hecho, que aunque me parece que os he visto, no me acuerdo dónde?
—Soy una amiga tuya —respondió la señora—, y la verdad es que me has visto muchas veces; mas por ahora no conviene que sepas más de mí que lo que ves.
Y tomándola por la mano, la levantó y abrazó, y luego sacando una pequeña cestica con pan y algunas frutas, y una calabacita con agua, porque en la parte que estaban no la había, que hasta de este bien la privaron sus rigurosos verdugos, buscando el lugar donde así como había de morir de hambre muriese también de sed, mandó que comiese, y Beatriz lo hizo, como tenía necesidad de ello, rogando a la señora comiese también; a lo que respondió que no tenía necesidad de comer, que lo hiciese ella, porque habían de partir de allí luego; y mientras Beatriz comía, se sentó junto a ella, y la hermosa reina no hacía sino mirarla, porfiando con su memoria para traer a ella dónde la había visto, de que la señora se sonreía.
Acabada la comida, que a Beatriz le pareció que estaba más contenta con ella que con los varios y ostentosos manjares del real palacio, siendo dos horas antes de anochecer, la tomó la hermosa señora por la mano, y dando vueltas por las peñas, unas veces bajando, y otras subiendo, la sacó de entre ellas a un agradable y deleitoso prado, cercado de espesos álamos, chopos y sauces, de que se formaba una hermosa alameda, y en medio de la cual había una clara y cristalina fuente donde, parando junto a ella, la dijo:
—Aquí, Beatriz, te has de quedar, que no tardará en venir quien te lleve donde descanses por algunos días: sigue tu virtud con ánimo y paciencia, que es de la que más se agrada Dios, que haciéndolo así, te amparará en muchos trabajosos lances en que te has de ver, donde has menester que muestres la alta sangre de donde desciendes: quédate con Dios, a quien ruego y rogaré que te ayude y socorra en ellos, y confía en él, que con esto le hallarás en los mayores aprietos.
Y tornándola a abrazar, no aguardó respuesta, ni Beatriz se la pudiera dar; tan ahogada la tenía el sentimiento de verla partir: solo la respondió con un diluvio de lágrimas que empezó a verter de sus lindos ojos, y volviendo a mirar por dónde iba, la vio que a largo paso caminaba, hasta que se encubrió con la espesura de los árboles, dejando con su ausencia tan embelesada a Beatriz que la pareció quedar sin alma ni vida, porque la vida y alma se le iban siguiendo las pisadas de aquella señora, reparo de sus desdichas, no pudiendo enjugar sus llorosos ojos hechos raudales de perlas.
Sentose, ya que la hubo perdido de vista, junto a la fuente, y lavándose la cara y las manos, que estaban manchadas del fino rosicler que habían vertido sus ojos cuando se los sacaron sus crueles y carniceros verdugos, estuvo así hasta poco antes de anochecer, trayendo a la memoria los sucesos que habían pasado por ella, y pensando a vueltas de ellos quién sería tan sabia mujer, que no solo la había restituido las perdidas luces, mas profetizádole lo que la había de suceder; cuando sintiendo venir tropel de caballos y gente, muy temerosa miró a la parte donde había sentido el ruido y vio salir de entre los árboles hasta diez o doce hombres en forma de cazadores, con halcones y perros, y entre ellos uno que parecía ser el señor de los demás, en el costoso vestido y majestad de su rostro.
Era de mediana edad, galán, y de afable cara y amable presencia, y así que llegaron a la fuente se apearon todos de los caballos, llegando a tener el del caballero para que hiciese lo mismo, y como este llegase donde Beatriz estaba, juzgó de verla lo que ella de verle a él, que era persona de porte, según mostraba en su aderezo y hermosura; que no sé qué se tiene la nobleza que al punto se da a conocer, y así la hizo una cortés reverencia, a lo que Beatriz respondió con lo mismo.
Llegó el caballero, y en la cristalina agua mató la sed, y se lavó las manos y rostro del polvo y sudor que ocasiona el gustoso ejercicio de la caza, y sentándose junto a Beatriz, en lenguaje alemán, que ella bien entendía, la dijo:
—Hermosísima señora, admirado estoy de ver en una parte tan lejos de poblado y sola a una mujer de tanta belleza y rico adorno, pudiendo esta soledad y aspereza ocasionar algún daño contra vuestro honor y vida si vinieran por esta parte muchos salteadores y bandoleros que hay por estas montañas. Suplícoos, para que yo, por ignorar quién sois, no caiga en alguna descortesía, me saquéis de este cuidado diciéndome quién sois y qué fortuna os ha traído por aquí.
No quiso Beatriz que aquel caballero, ya que la veía tan sin compañía y en tal lugar, por encubrir su grandeza, que la perdiese el decoro, teniéndola en menos; y así en la misma lengua alemana le dijo:
—Señor caballero, yo soy una mujer de calidad, que por varios accidentes desgraciados salí de mi tierra, y ellos mismos (que cuando la fortuna empieza a perseguir no se contenta con poco) han ocasionado el apartarme de mi compañía: suplícoos, por lo que a cortesía debéis, que no queráis saber más de mí, porque no me va en callar menos que la vida; solo os pido me digáis quién sois, y en qué tierra estoy, y si está muy lejos de Hungría.
—Señora hermosa, más que cuantas he visto, yo os beso la mano por la merced que me habéis hecho en lo que me habéis dicho; y para satisfaceros a lo que deseáis saber, os digo que estáis en el imperio de Alemania: Hungría, aunque no está muy lejos, es otro reino distinto de este; y yo me llamo el duque Octavio, soy señor de toda esta tierra, y mi estado, por la misericordia de Dios, de los mayores del imperio, por ser potentado de él: dos leguas de aquí está una villa mía, de donde salí hoy a cazar: si sois servida (porque sentiré mucho que os quedéis en tan peligrosa parte esta noche, y asimismo porque no es decente ni bien parecido que tanta hermosura esté sola en el campo) de veniros conmigo, yo sé que seréis muy bien recibida y regalada de la duquesa mi mujer, por darme gusto y porque vos lo merecéis.
Nuevamente agradecida respondió Beatriz al duque, aceptando la merced que la ofrecía; y finalmente el duque la llevó consigo, tan contento como si hubiera hallado un tesoro, no porque la apeteció con amor lascivo, sino que forzado de una secreta estrella, la cobró tanto amor como si fuera su hermana.
Llegados a su palacio, la entregó a su mujer, que era una hermosa señora, aunque ya casi de la edad del duque, contándola cómo la había hallado; que si bien al principio la duquesa no se aseguró de que viniese con el duque tan hermosa dama, dentro de poco tiempo se cercioró de la inocencia con que el duque la había traído, viendo la honestidad y virtud de Rosimunda, que así dijo que se llamaba, porque otro día, quitándose los ricos vestidos que llevaba los guardó, vistiéndose de otros que la dio la duquesa, más honestos, con lo cual la duquesa y el duque la amaban ternísimamente, alabando y bendiciendo el día en que la habían hallado.
Dejemos aquí a Beatriz, siendo el gobierno de la casa del duque y el ídolo de él y de la duquesa; que importa volver a Hungría, donde dejamos al traidor Federico y al engañado rey Ladislao, el cual, con la precipitación de la ira que le causó la relación que su hermano contra la reina le había hecho, la mandó llevar, sin hacer más averiguación de la verdad ni oírla.
Entrando en su cámara, se acostó, y pasando algún espacio de tiempo, ya algo más sosegado, le vino a la imaginación si sería verdad lo que su hermano le había dicho, acordándose de la honestidad y amor con que la reina le había salido a recibir, no pudiendo olvidar su hermosura y pareciéndole que si la reina le hubiera hecho ofensa, que no se atreviera a ponerse delante de él, supuesto que podía sospechar de Federico, pues no había querido hacer lo que le había pedido en razón de mudar de traje.
Y con este pensamiento mandó llamar las damas más queridas de la reina, de las cuales se informó qué habían entendido en aquel caso, las cuales le dijeron que jamás habían visto en la reina asomo de tal pensamiento, antes tenían orden suya para no dejarla sola cuando estuviese allí el infante: y que de la prisión no sabían más de que después de haberla hecho con gran secreto, le había llevado a ella por engaño, en donde si el infante no estuviera tan enojado de verse así, no le había faltado su regalo como si estuviera en plena libertad: que ellas no sabían otra cosa, ni jamás la reina había comunicado con ellas su intención; y esto lo decían con tantas lágrimas, que obligaron a que el rey las ayudase, y más se aumentó cuando vinieron los que la habían llevado y le contaron todo lo sucedido, lo que le ocasionó tanta pena que llegó casi a los fines de su vida, sin que fuese parte el traidor hermano a consolarle, aunque más lo procuraba: tanto que le pidió licencia para ir a buscar a la reina, no siendo la intención del traidor hallarla para su hermano, sino de gozarla y luego quitarla la vida.
Al fin, aunque el rey le negó la licencia, se la tomó él, llevando consigo uno de aquellos que la habían llevado; para que le enseñase la parte donde había quedado; mas cuando llegaron, ya la reina estaba muchas leguas de allí, como se ha dicho.
Cansados de buscarla y no hallando rastro de ella, ni un hilo de los vestidos, pues si la hubieran muerto las fieras, estuvieran esparcidos por el campo; desesperado de ver cuán mal se le lograban sus deseos, se sentó en una de aquellas peñas mientras el montero todavía la buscaba, y ardiéndose en ira de no hallarla para cumplir sus deshonestos apetitos, tomando en esto y en matarla venganza del desprecio que había hecho de él, pensando cuán desacordado había sido de no irse con los que la habían llevado, vio bajar por una senda que entre las peñas se mostraba, aunque mal usada y áspera, un hombre vestido a modo de escolástico, de horrible rostro, y que parecía hasta de cuarenta años.
Traía un libro en la mano, dando con él muestra de que profesaba alguna ciencia, y como llegó a él, le dijo:
—En hora buena esté el noble Federico, príncipe de Hungría.
—En la misma vengáis, maestro —respondió Federico, admirado de que aquel hombre le conociese, no conociéndole él.
Y prosiguiendo el doctor, que así le llamaremos, dijo:
—¿Qué estás pensando, príncipe, en quién soy, o cómo te conozco? Pues más sé yo de ti que tú de mí; pues solo por saber con el cuidado en que estás, a remediártele vengo de muy extrañas y remotas tierras, no habiendo un cuarto de hora que estaba de esa parte de los montes Rifeos, donde tengo mi morada y habitación, por ser la más conveniente para ejercitar mis artes. Soy, para que no estés suspenso, un hombre que ha estudiado todas las ciencias, y sé lo pasado y por venir; he andado cuantas provincias y tierras hay del uno al otro polo, porque soy mágico, que es la facultad de que más me precio, pues con ella alcanzo y sé cuanto pasa en el mundo; y soyte tan aficionado que sin que tú me hayas visto te he visto yo a ti muchas veces, sin más interés que el de tenerte por amigo y que tú me tengas a mí por tal, como lo verás en el modo con que te ayudo en el cumplimiento de tus deseos; mas ha de ser con una condición, que este secreto que pasa entre los dos me has de dar palabra, como quien eres, de jamás decirle a nadie, ni aun al confesor, aunque te veas en peligro de la muerte, porque solo en esto estriba la fuerza de mi ciencia; y como esto hagas, no solo te diré cosas que te admiren, mas te pondré en tu poder lo que deseas para que cumplas tu voluntad: mira si te determinas a esto, y hagamos el pleito homenaje para que yo esté seguro, y si no, me iré por donde he venido.
¡Qué le pidieran en esta ocasión a Federico que no cumpliese, y más prometiéndole el doctor lo que le prometía! Pues con lo que le respondió fue con los brazos, y luego con prometerle guardar tan inviolablemente el secreto que aun en la hora de la muerte no le descubriría, ni aun al confesor.
Hecho pues el concierto, se sentaron juntos y el doctor le dijo:
—En primer lugar te digo que por ahora no hallarás lo que buscas, ni es bien que lo halles, porque el día que tu hermano llegue a ver a Beatriz, que viva es, y con ojos, aunque se los sacaron (el cómo los tiene no he podido alcanzar, porque ha sido por una secreta ciencia, reservada al cielo), y está en parte donde es muy estimada y querida, en ese día, pues, ten por segura tu muerte, porque apenas le dirá la verdad del caso cuando el rey la ha de creer, y bien ves en esto tu peligro; y así, lo que hemos de procurar es que salga de donde está, y después de haberla violado el honor y la castidad conyugal, de que ella tanto se precia, la quites la vida, pues de esto conseguirás dos cosas de mucha utilidad: la una, que no se descubra tu traición, pues muriendo ella, no se sabrá y te librarás así de uno de los mayores enemigos que tienes; porque te advierto que lo es, y muy grande; y la otra, que si ella muere, tu hermano no se casará jamás, porque la ama (aun con lo que le has dicho) tan tiernamente que no le ha de agradar mujer alguna como no sea su Beatriz, y tú de este modo has de ser rey de Hungría. Supuesto esto, y que yo vengo a asistirte y ayudarte, desecha tristezas; y el amor que la tienes vuélvele en venganza, que es lo que te importa, que cuando sea tiempo yo te avisaré, mas mira que te vuelvo a requerir el secreto, porque si otra persona en el mundo sabe estas cosas, ni yo te podré ayudar, ni tú conseguirás lo que deseas.
Embelesado estaba Federico escuchando al doctor, viendo cómo le decía sus más íntimos pensamientos, y mucho más de que la reina fuese viva y tuviese vista; mas no quiso apurar en esto la dificultad, antes tornole a abrazar y prometiole de nuevo el secreto y muchas mercedes, jurando que el día que cogiese a la reina en su poder no se contentaría con darla una muerte, sino dos mil si pudiese ser.
Venido el montero, dieron la vuelta a la ciudad, y llegados a ella, hallaron al rey muy malo, y tanto que temían el peligro de su vida; al que como las damas de la reina le informaron tan diferente de lo que Federico le había dicho de su virtud, indeciso de la verdad o mentira, como el amor por su parte hacía lo que le tocaba, se inclinaba más a creer que la reina había padecido inocente que culpada, y se afeaba a sí mismo la ira con que la había enviado a dar la muerte sin hacer primero averiguación del agravio por que la había condenado.
Pues como Federico vio al rey en este estado, temiendo que si averiguaba lo contrario de lo que él había dicho corrían su vida y opinión gran peligro, fue de propósito a advertírselo a su doctor; mas no tenía necesidad de ello, que él estaba bien advertido; y para acreditar más su sabiduría, antes que Federico le hablase sobre ello, le dijo:
—Cuando no fuera de más importancia mi venida a servirte, oh príncipe valeroso, que de salvar tu vida, como en esta ocasión lo haré, la doy por bien empleada. Tu hermano está muy sospechoso de que la reina esté culpada, y si se desengaña, ha de correr riesgo tu vida: toma este anillo y póntele en el dedo del corazón, y entra a hablarle y vuélvele a indignar contra la reina, que en virtud de él te creerá todo cuanto le dijeres, porque hallo por mi sabiduría que el rey no ha de morir de este mal; y asimismo que él, de su voluntad, te ha de heredar en el reino, y es mejor que no alcanzarle violentamente, porque con esto no ganarías la voluntad de los vasallos, y sí dándotele el rey.
Tomó Federico el anillo, en que había estampado algunos caracteres y cifras, admirado de cómo el doctor le adivinaba la imaginación, teniéndose por el hombre más dichoso del mundo en tenerle por amigo, y poniéndosele en el dedo, entró donde el rey estaba, que como le vio, obrando en él la fuerza del encanto, le dijo que fuese bien venido, alegrándose mucho con él; y preguntándole si había hallado lo que iba a buscar, Federico le dijo que no, porque no había hallado más de los vestidos, indicios de que alguna fiera había comido otra fiera; y viendo que el rey había suspirado, le dijo:
—¿Y cómo, señor, en eso estimas tu honor y el mío, que haces sentimiento por haber muerto quien a ti y a mí nos quitó la vida? A ti ofendiéndote en el honor, y a mí por no querer ser el verdugo de él, teniéndome como me tuvo tanto tiempo. Consuélate, por Dios, y ten por seguro que, si no estuviera culpada, el cielo la hubiera defendido, que es amparo de inocentes; mas ya que ha permitido que pague su culpa, no ha sido por acaso. No pueda más el amor que a aquella mujer engañosa tenías que tu honor; tratemos de tu salud, que es lo que importa, procurando olvidar lo sucedido.
Estas y otras cosas que Federico dijo a su hermano, dándole crédito en virtud del encantado anillo, fueron parte para que en algo se aquietase, mas no para alegrarle, que en esto no tuvo remedio, porque en mucho tiempo no le vieron reír.
Sano ya Ladislao de su enfermedad, en cuya cura se mostró el gran saber del doctor de Federico, que así le llamaban, le pidieron los vasallos que se casase, a lo cual, dándoles bastantes causas para no hacerlo, les dijo, por última resolución, que si pedirle cosa tan fuera de su gusto como sujetarle segunda vez a un yugo tan peligroso y con tantos azares como el del matrimonio, lo hacían por tener herederos, que allí estaba Federico su hermano, a quien desde aquel punto juraba y nombraba por príncipe heredero; y les rogaba que ellos hiciesen lo mismo: y con esto que el rey hizo fue Federico jurado por príncipe de Hungría, que aunque no era muy afecto al reino, por conocerle soberbio y travieso, y más desde que había acaecido el suceso infeliz de la reina, viendo que era voluntad del rey y que por muerte suya le venía derechamente el reino, hubieron de obedecer.
Todas estas cosas llegaron en lenguas de la parlera fama al reino de Inglaterra, con las cuales los reyes, padres de Beatriz, recibieron tanta pena como era justo: unas veces, no creyendo que, en la virtud que en su hija habían conocido, fuese verdad; y otras, juzgándola mujer, de quien por nuestra desdicha se cree más presto lo malo que lo bueno: y para asegurarse más del caso enviaron embajadores al rey Ladislao, que llegados a Hungría e informados del caso, se volvieron tristes y mal satisfechos, asegurando a sus reyes cuán justamente Ladislao había castigado su culpa: con lo cual se excusaron las guerras que sobre esto se pudieran causar.
Poco menos de un año había pasado que Beatriz estaba en casa del duque con nombre de Rosimunda, tan amada de todos que si los hijos que tenía el duque no tuvieran estado, la casara este con uno de ellos: tan aficionados estaban él y la duquesa de su virtud y honestidad; y el mal doctor en la corte de Hungría, tan amado de su rey y príncipe que no hacían más de lo que él ordenaba: tan sujetos los tenía a su voluntad.
Un día le dijo a Federico que ya era tiempo que se empezase la guerra contra Beatriz, que había mucho que gozaba de la amada paz; y que para esto era fuerza partir juntos de la corte; que pidiese licencia al rey, dándole a entender que iban a ver unos torneos que en la corte de Polonia se hacían.
Súpolo tan bien negociar el príncipe que, aunque contra su voluntad, alcanzó licencia por un mes; y diciendo que quería ir encubierto, partió de la corte con el doctor y dos criados, que era el modo con que podía ir a menos costa y más seguro, pues con las artes del doctor fue muy breve el camino, durante el cual avisó a Federico que cuando quisiese no ser conocido, estaba solo en su voluntad, porque el anillo que le había dado tenía esa virtud, como la de mudarle el rostro cuando fuese su gusto, y desfigurarle de suerte que pareciera otro.