Part 48
«Federico, infante, a Beatriz, reina de Hungría, pide la vida que por sentencia de su desdicha en el tribunal de la crueldad está mandado que la pierda, y solo la puede dar la misma causa por quien muere, que es la misma a quien pide la vida. Ya, hermosísima Beatriz (que no te quiero llamar reina, por olvidarme de la ofensa que hago al rey tu esposo), no puede mi sufrimiento tener mi mal oculto, pues basta un año de silencio, ni es tan poco amada vida que, sin buscar algún remedio, la deje acabar; ya que haya de morir, muera, sabiendo tú que muero por tu causa, y por este atrevimiento conocerás la calidad de mi dolor, pues no me deja mirar a quién eres y a quién soy; pues anteponiéndose mi pena a tu decoro, mi atrevimiento a tu honestidad y mi amor a todos los inconvenientes, me fuerza a que publique que tu hermosura es causa de mi muerte. Yo te adoro, ya lo dije; si no merezco perdón, dame castigo, que lo sufriré gustoso con saber que por ti muero.»
¿Quién podrá ponderar el enojo y turbación de la reina, habiendo leído el atrevido papel? No hay más que decir sino que la turbación sacó a hilos las perlas de sus ojos, y con el enojo, hizo el papel menudos pedazos, que no fue pequeño desacierto para lo que después la sucedió.
Entre sí pensaba qué haría, sin saber determinarse a nada; pues si le mandaba matar, no se aseguraba de la ira de su esposo ni de sus vasallos, pues aún no tenía Hungría otro heredero; y si le daba al rey cuenta del caso, y más habiendo roto el papel, no aseguraba su inocencia; pues no pensando en ella más liviandad que haber hallado en la misma motivo para el atrevimiento de Federico, bastaba para quedar su honor en opinión, pues era dificultoso de creer que contra su mismo hermano pudiese haber intentado tal traición; demás que podía Federico fácilmente culparla por disculparse, y ya la pesaba de no haber guardado el atrevido memorial, aunque se satisfacía de haber vengado en él su ira; y entre todos estos pensamientos se resolvió a lo mismo que antes, que era disimular, y que mientras Federico no se atreviese a más, dejarlo así, pidiendo a Dios la amparase y defendiese de él; y como no podía retirarse de su vista, siendo fuerza, como lo había ordenado el rey para los despachos y negocios, verle cada día, ordenó a la aya que la había criado, y había venido de Inglaterra asistiéndola, que ni de día ni de noche se apartase de ella.
Mandó que durmiese en su misma cámara, haciendo poner en las puertas de ella y en las demás cuadras por la parte de adentro fuertes cerrojos, por si Federico se quisiese aprovechar de la fuerza, como había propuesto en el caso que le había contado; y con esto, juzgando estar segura, pasó como antes, aunque con menos gusto, tanto que bien mostraba en la severidad de su rostro lo mal contenta que estaba con él.
Tretas fueron estas que al punto las conoció el traidor cuñado, mas no fue nada parte para que desistiese de su amorosa porfía; antes muy contento de que ya que no hubiese granjeado más de que la reina supiese que la amaba, le parecía que antes había ganado que perdido, y ya se atrevía cuando la veía a decirla sentimientos de amor, ya a vestir de sus colores, y ya a darla músicas en el terrero, con lo cual la virtuosa reina andaba tan desabrida y triste que en ninguna cosa hallaba alivio, y solo le tuviera en la venida del rey; mas esta se dilataba, porque los casos de la guerra son buenos de empezar y malos de acabar.
Pues sucedió que estando una tarde con sus damas en el jardín de palacio, tan melancólica como se ha dicho, aquellas por alegrarla o divertirla mandaron venir los músicos, a quienes Federico tenía prevenidos de unas endechas al propósito de su amor, para que si fuesen llamados en alguna ocasión las cantasen, dándoles a entender que eran dirigidos a una dama de palacio a quien amaba, que como entraron y hallaron la ocasión, cantaron así:
¡Que gustes que mis ojos, Ídolo de mi pecho, Estén por tus crueldades Copiosas fuentes hechos!
¡Que no te dé cuidado Ver que llorando peno, Sin que al sueño conozca Cuando tú estás durmiendo!
¡Con qué crueldad me quitas La vida que poseo; Pues cuando tú la gloria, Tengo yo los tormentos!
No entiendo aqueste enigma, Pues en tu pecho el hielo, Sin que en él se deshaga, Se destila por ellos.
¡Mas ay!, que ya conozco De aqueste mal el riesgo; Porque el tuyo es de mármol, Cuando el mío es de fuego.
¡Que las ardientes llamas De mi abrasado incendio A deshacer no pasen La nieve de tu pecho!
Tienes el corazón De algún diamante hecho, Que aun no basta a ablandarle La sangre de un cordero.
Caliéntale a las llamas Que amor está encendiendo, Y verás cuán suaves Son para tu recreo.
Dueño eres de mi vida, Y aunque muera, has de serlo; Pues después de la muerte Te he de aclamar por dueño.
No porque me faltara Quien me rindiera feudo, Que bellezas me aman, Cuando a la tuya quiero.
Antes aborrecidas De que a todas me niego, Se alegran de que me trates Con rigor tan severo.
Eres Anagaste, Si en la hermosura Venus, Dafne, que a Febo ultraja, Porque la sigue Febo.
Sin ventura cultivo, En tierra estéril siembro, Abrojos da por granos, Perderé mis empleos.
Triunfa ya de mi vida, Triunfa, Nerón soberbio; Y si gustas que muera, Yo también lo deseo.
¡Qué avara estás conmigo! Poco favor te debo; Poco cuestan agrados, Y siempre estás sin ellos.
Si te miro, es sin gusto, Siempre cruel te veo, Siempre estás desdeñosa, Y yo siempre muriendo.
Págame las finezas Con que te adoro y quiero, Siquiera con mirarme Con semblante halagüeño.
No quiero más favores, Pues que no los merezco, De que tu boca diga: De ti lástima tengo.
Salid, lágrimas mías, Salid, que no os detengo; Suspiros, ya os envío A vuestro amado centro.
No temo por amarte El castigo del cielo; Aunque sé que le irrito Con este pensamiento.
Ya me acaban las penas, Mi triste vida veo Cercana ya a la muerte, Y no le hallo remedio.
Ya con tantas desdichas Se acaba el sufrimiento, El alma está sin gusto, Y sin salud el cuerpo.
Ya me niego a los ojos De los que me tuvieron Por asilo en las gracias, Por deidad en lo cuerdo.
Así gasta llorando Su bien perdido tiempo, Que amar tanta belleza Gloria es, que no tormento.
Un amante, sin dicha, Que adora un mármol bello; Que aunque oye, no escucha, Por no darle remedio.
Y nunca se enternece, Porque es cruel, y su dolor no siente.
Con airado rostro escuchó la reina las referidas endechas, si bien, por no dar que sospechar a los que las cantaron y a los que las oían, habiendo conocido en ellas mismas de la parte que venían, disimuló su enojo, mas no quiso que cantasen más, y ardiéndose en ira, estuvo en puntos de mandarle matar por librarse de sus atrevimientos y cansadas quimeras, y pedía a Dios trajese presto al rey, imaginando que su presencia refrenaría su desbocada locura.
Mas viendo que la venida se dilataba, y que en Federico se alargaba la desenvoltura, desenfadándose con libertades de que podía resultar algún mal suceso, se determinó a lo que ahora diré, y fue que, llamando con gran secreto artistas que fuesen a propósito juramentados de que no dijesen a nadie la obra que habían de hacer en una gran cuadra que estaba en el jardín, con muchas rejas que por todas partes caían al hermoso vergel, donde muchas noches del verano el rey y ella cenaban y dormían en medio de ella, porque era muy grande y hermosa y tenía capacidad para todo, mandó a los dichos artistas le hiciesen una jaula de varas de hierro, doradas, gruesas, fuertes y menudas, de tal calidad que no pudiesen ser rotas ni arrancadas de su lugar, y que desde el suelo al techo estuviesen bien fijadas, de tanto espacio que cupiese dentro una cama pequeña, un bufete y una silla, y que quedase algún espacio para pasearse por ella: que en su puerta hubiese un fuerte cerrojo con una grande y segura llave, y además otra cerradura que, cerrándola de golpe, quedase segura y construida muy a su gusto. Mandó colgar la sala de afuera de ricas colgaduras, y dentro de la jaula poner una cama y lo demás; y como estuvo aderezado, mandó llamar a su traidor cuñado, y con más agradable semblante que otras veces, le dijo:
—Hermano mío, vamos al jardín, que quiero que vuestra alteza vea una obra que en él tengo hecha muy de mi gusto para cuando venga el rey.
Federico, seguro y alegre de ver que la reina le hacía aquel favor (no de los menores que él podía desear), la tomó de la mano diciendo:
—¿Quién podrá, reina y señora, contradecir a lo que mandas, ni imaginar que siendo de tu gusto no será muy hermosa?
Y con esto caminaron al jardín; la reina tan falsa contra Federico cuanto él lozano y alegre de ir con ella tan cerca que la podía manifestar su sentimiento, como lo hizo; pues a excusas de las damas la iba diciendo amorosas y sentidas razones. La reina sufrió por tener tan cerca su venganza y por llegar a conseguirla, siendo su atrevimiento tan grande que llegó a besarla la hermosa mano que llevaba asida con la suya, no poco contento de ver que la reina tenía tanto sufrimiento, pareciéndole obraba amor en ella.
Llegaron a la sala dicha y, entrando en ella, se acercaron a la jaula que allí estaba hecha, admiradas las damas de verla; porque mientras se había construido no había consentido la reina que ninguna bajase al jardín; y estando a la puerta le dijo la reina a Federico que entrase y la mirase bien, que luego le declararía su designio; y él, no maliciando el caso, entró; mas apenas puso los pies dentro, cuando la reina, dando de manos a la puerta la cerró con un gran golpe, y echando el cerrojo y torciendo la llave dijo a Federico, que al ruido de la puerta había vuelto:
—Ahí estarás, príncipe, hasta que venga el rey tu hermano; porque, de otra suerte, ni tú dejarás de ser traidor ni yo perseguida, ni el honor de mi esposo puede estar seguro.
Y dando orden de que por la parte que hacía espaldas a la jaula se pusiesen camas para cuatro pajes que le asistiesen de noche y de día, y a todos sus caballeros para que entrasen en la sala y le divirtiesen, y que llevasen libros y tablas de ajedrez, naipes, dados y dinero para que se entretuviese con sus criados, y a sus damas, que cuando le diese gusto bajasen a divertirle, la más contenta mujer del mundo se retiró a su palacio, dando gracias a Dios de tenerle donde pudiese vivir segura de sus traiciones y quimeras.
Con tanto enojo quedó Federico de ver lo que la reina había hecho con él, que rayos parecían salirle por los ojos, y fue bastante este desprecio (que por tal le tenía) para que todo el amor se le volviese en aborrecimiento y mortal rabia; y de cólera que tenía, en tres días no quiso comer bocado, aunque se le llevaba su comida con la grandeza y puntualidad que siempre, ni acostarse, ni hablar palabra a ninguno de cuantos le asistían, ni tampoco a las damas que bajaban a divertirle; mas, viendo que la reina no mudaba de propósito de sacarle de allí, hubo de comer por no morir, mas tan limitado, que solo era bastante a sustentarle; mas desnudarse, ni hacerse la barba, ni mudar camisa ni vestido, ni acostarse, no se pudo acabar con él, aunque la misma reina fue a pedírselo, diciéndole, con muy bien entendidas razones, que aquella acción él mismo se la había de agradecer, pues con ella le quitaba de cometer un delito tan feo como el que intentaba contra su hermano, y así ella tenía seguro su honor: mas Federico a cosa ninguna le quiso responder, ni hacer lo que le pedía; con lo que la reina, ya resuelta a que le había de tener allí hasta que el rey viniese, le dejó sin querer verle, aunque bajaba muchas veces al jardín; y para mayor seguridad, porque ninguno de sus criados le diese modo con que pudiese salir de allí, mandó a sus criados (los que había traído de Inglaterra) que velasen y tuviesen en custodia a Federico, el cual, a pocos meses que estuvo en esta vida, se puso tan flaco y desemejado que no parecía él, ni su figura.
Algún escándalo causó en la ciudad, entre los grandes, la prisión de Federico, los que acudieron a la reina a saber la causa: a lo cual satisfizo ella diciéndoles que importaba al honor y quietud del rey y suya que estuviese así hasta que su hermano viniese; mandando que, pena de la vida, ninguno avisase al rey de este caso, con lo que ellos, más deseosos, de criados confidentes de Federico supieron cómo amaba a la reina (que estas cosas, y más en los señores que se fían de criados, jamás están secretas): y así, todos los grandes juzgaron que la reina por la seguridad de su honor le tenía allí, y todos la daban muchas alabanzas, amándola más por su virtud que antes.
Estaba Federico tan emponzoñado y colérico, como de su natural era soberbio, que tenía ya trazada en su imaginación su venganza, pues aunque el rey le escribía, jamás le quiso responder; y si bien el rey había enviado a saber de la reina la causa, ella le había respondido que ya sabía la enfermedad que Federico padecía y que ahora, más apretado de ella, le obligaba a no escribirle.
Más de un año pasó en esta vida, despachando la reina con gran prudencia las cosas del reino, sin que hiciese falta en ellas Federico, teniendo a los vasallos tan contentos que no echaban menos ni al rey ni a él.
Fenecida la guerra, y asentadas las cosas de ella muy a gusto de Ladislao, como se vio libre de este embarazo dio la vuelta a Hungría, y sabida su venida por la reina, habiendo hecho un rico vestido para Federico, ya que supo que no estaba el rey más de una jornada de la ciudad y que los señores se querían partir a recibirle, fue a la prisión en que estaba y, abriendo la puerta, le dijo:
—Ya, príncipe, es fenecida tu prisión; tu hermano viene y esta noche estará aquí: la causa de tenerte como te he tenido mejor que yo la sabes tú, pues no fue para castigarte sino por vivir segura y que lo estuviese el honor de tu hermano: ya no es tiempo que en día de tanta alegría haya enemistades: suplícote que me perdones y que, perdiendo el enojo que tienes contra mí, te vistas y adereces con estas galas que de mi gusto para ti se han hecho, y salgas con los caballeros que te están aguardando a recibir el rey.
Bastantes eran estas palabras para amansar otro cualquier ánimo menos obstinado que el de Federico; mas él, apoderado de todo punto de su ira, sin responder palabra a su reina, ni querer mudar camisa ni vestido, ni cortarse ni aun peinarse los cabellos, ni hacerse la barba, sino de la manera en que estaba, pidiendo un caballo y subiendo en él, se partió con los caballeros que le aguardaban por orden de la reina, dejándola mal segura y bien cuidadosa de alguna traición, pesándole de haberle dado libertad hasta que ella hubiera informado al rey de todo, y mucho más de haber roto el papel, que pudiera ser el mejor testigo de su abono; mas viendo que ya estas cosas no tenían remedio, se encomendó a Dios, poniéndose en sus manos y resignando su voluntad en la suya.
Llegó Federico adonde estaba su hermano, no en forma de señor ni príncipe, sino de un salvaje, de un esqueleto vivo, de una visión fantástica; quien como, bajando del caballo, le pidiese las manos, puesto ante él de rodillas, y el rey le viese de tal manera, admirado le dijo:
—¿Cómo, hermano mío, en día de tanta alegría como yo traigo, por haberme Dios vuelto victorioso a mi tierra, vos, que la habíades de solemnizar más que todos, os ponéis delante de mí de la suerte que os veo? ¿Qué os ha sucedido, o cómo estáis de esta suerte? Decídmelo por Dios, no me tengáis más confuso; que aun cuando fuera muerta Beatriz, que es la prenda que en esta vida más estimo, aún no os pudiera obligar a tanto sentimiento.
—Rey y señor —respondió Federico—, pluguiera al cielo que el verme como me veis fuera la causa la reina muerta, que no es pérdida de que os podéis apasionar mucho; pues por lo menos viviera, muriendo ella, vuestro honor: yo vengo de la manera que la liviandad de vuestra mujer me tiene cuanto ha que partiste de Hungría: y porque no son casos que puedan estar secretos, ni lo han estado, sabed que desde que os fuisteis me ha tenido en una jaula de hierro, como león o tigre, u otra bestia fiera, dándome de comer por tasa, no dejándome cortar la barba ni cabellos, ni mudar vestido ni camisa; porque enamorada de mí descubrió su lascivo amor, pidiéndome remedio a él, prometiéndome con vuestra muerte hacerme dueño de su hermosura y de vuestro reino; y porque yo he cumplido con la deuda que a mi rey y hermano soy obligado, me ha hecho pasar la vida que oís, y en mi persona veis, bajando cada día a persuadirme que cumpliese con su liviano y lascivo amor, o que allí me había de dejar morir hasta hoy; la cual, como supo que ya estábades tan cerca, me llevó vestidos y dio libertad, pidiéndome con lágrimas y ruegos que no dijese lo que había pasado; mas yo, que estimo más vuestro honor y vida que la mía, no quise oírla ni hacer lo que pedía, sino venir así a daros cuenta de lo que pasa; y del peligro en que está vuestra vida si la liviana y traidora reina no muere: porque, si bien por mi parte, y por guardar el decoro que os debo, no ha tenido efecto la ofensa, para un rey y marido basta haberla intentado, y quien ha hecho una no dejará de hacer otras muchas, pues podrá ser acuda a otro de menos obligaciones que yo, que siguiendo su parecer os ponga en las manos de la muerte: esta es la santa, la virtuosa, la cuerda y honesta Beatriz, que tanto amáis y estimáis.
Ya delante de vuestros vasallos y caballeros os he dicho lo que me preguntáis, y tanto deseáis saber: porque si se disculpare con vos, contando estas cosas de otra manera, culpándome en ellas para disculparse a sí, como puede ser que lo haga, que las astucias de las mujeres, cuando quieren apoyar su inocencia y encubrir sus traiciones y mentiras, son grandes; creed, señor, que esta es la verdad y no lo que la reina dijere, que ni yo la levantara este testimonio, si fuera mentira lo que digo, o pudiera, sin hacerme acusador público, advertiros de su viciosa vida de otro modo, o procurar decirla con menos testigos de los que están presentes: y si a vos, señor, o a cualquiera de estos caballeros, les parece que lo que digo no es la verdad misma, aquí estoy para sustentarla a cualquiera que en el campo quisiere defender la parte de la reina, porque debe creerse que cuando yo me dispuse a sacar la cara en cosas tan pesadas, y donde está de por medio el honor de un rey y hermano mío, ya fui dispuesto a ponerme a todo riesgo: mas si vos, señor, forzado del amor que la tenéis, disimulando vuestra afrenta, la quisiérades perdonar, vuestra voluntad es ley; mas yo no tengo de estar donde vea con mis ojos una mujer que, sin considerar que soy hijo del rey Ladislao (que Dios tiene), me quiso hacer instrumento de la afrenta y agravio de su esposo, siendo mi rey y mi hermano; y así desde aquí os pido licencia para irme, sin volver más a la ciudad, a las villas que me dejó el rey mi padre y vuestro, a reparar del mal estado en que me han puesto sus deshonestas crueldades. Esto es lo que pasa en vuestra ausencia, y cómo he cumplido con la obligación que a mi grandeza y lealtad debo.
Calló con esto Federico, poniéndose la mano en los ojos; que hay traidores que hasta con lágrimas saben apoyar sus traiciones; y como el rey, atónito de lo que oía, viese además que su presencia flaca, astrosa y mal parada, acreditaba su agravio, y que con las lágrimas sellaba la verdad de lo que decía, creyó como fácil: gran falta en un rey, que si ha de guardar justicia, dando un oído a la acusación, debe de dar otro a la defensa de ella; mas era el acusador su hermano y la acusada su esposa, el traidor un hombre y la comprendida en ella una mujer, que aunque más inocente esté, ninguno cree su inocencia, y más un marido, que con este nombre se califica de enemigo: y así, sin responder palabra, si bien con los ojos unas veces arrojando rayos de furor y otras vertiendo el humor amoroso, se abandonaba a él sin poderle resistir; porque de verdad amaba a la reina ternísimamente. Ordenando a su hermano le siguiese, mandó proseguir su jornada a la ciudad.
Gran rumor se levantó entre los caballeros, platicando unos con otros sobre el caso: y si bien hubo algunos que defendían la parte de la reina, diciendo ser testimonio, porque su virtud y honestidad la acreditaba, los más eran de parecer contrario, y todos se resumían en que no se atreviera Federico a manifestar públicamente un caso de tanto peso si no fuera verdad: sin esto veían que hasta entonces no tenían otro príncipe, y que a falta de su hermano le tocaba por derecho la investidura del reino, y no quisieron, por volver por la reina (aunque estuviese inocente), enemistarse con él.
Con esto caminaron todos, y el rey tan triste que en todo lo que duró el camino no le oyeron más que penosos suspiros, sacados de su apasionado corazón, batallando en él el honor y el amor, el agravio y la terneza de su hermano y su esposa, que al cabo de la lid, ella, como más flaca o más desdichada, quedó vencida.
Antes de entrar en la ciudad, donde llegó casi de noche, mandó que una escuadra de soldados se adelantase y cercase el palacio, sin que dejasen entrar ni salir persona alguna porque no avisasen a la reina y se escapase; y que de camino llevasen orden para que las fiestas prevenidas a su entrada cesasen, y si había luminarias encendidas, se quitasen todas.
Hecho todo como lo mandaba, ya cerrada la noche entró en palacio, despidiendo a la puerta de él todo el acompañamiento y demás gente, y subiendo con solo su hermano, guardia, y algunos monteros de su cámara a los corredores, adonde a la puerta de la sala estaba la santa y hermosísima reina Beatriz con sus damas, bizarramente aderezada: pues aunque cercada de temores y pesares se había compuesto con gran cuidado para esperar al rey, a quien tan pronto como vio, con los brazos abiertos fue a recibirle.
¿Quién podrá en este paso ponderar el enojo del rey? Dígalo el entendimiento de los que lo escuchan; pues ciego de ira, retirándose atrás por no llegar a sus brazos, alzó la mano, y la dio un bofetón con tan grande crueldad y fuerza que, bañada en su inocente sangre, dio con ella a sus pies; y luego, sin más aguardar ni oírla, llamando a cuatro monteros, que en todo el reino no se hallaban hombres más crueles y desalmados, pues por su soberbia y mala vida eran de todos aborrecidos, les mandó tomasen a la reina y la llevasen a los más espesos y fragosos montes que hubiese en el reino, y que en parte donde más áspero e inhabitable sitio hallasen, la sacasen los ojos, con los que por mirar deshonesta había causado su deshonor, y que hecho esto, se la dejasen allí viva, para que siendo su muerte dilatada, sintiese más pena por el delito que había cometido contra él y su amado hermano; a quien mandando que le siguiese, se entró en su cuarto, ordenando asimismo retirar al suyo todas las damas que llorando amargamente tenían cercada a la reina, quien con lágrimas se despedía de todas, diciendo que pues Dios quería que padeciese así, que no la llorasen, que ella estaba muy conforme con su voluntad.
Al entrarse Federico con el rey, la dijo:
—Anda, Beatriz, muere, pues me matas; que pagarme habías el tenerme enjaulado como león.
A lo que la santa señora respondió:
—¡Ah traidor, y como te tiene ciego el demonio, que no juzgas que es mejor morir inocente que no vivir culpada! Y más quiero morir en las garras de los brutos animales que no vivir en tus deshonestos brazos, ofendiendo a Dios y a mi esposo: lo que siento es que haya sido tan grande su engaño que haya dado crédito a tus traiciones, sin averiguar la verdad.
Con esto se entraron todos, como el rey había mandado, y los monteros tomaron a la reina y partieron con ella a ejecutar la orden que llevaban.