Part 47
Venían adelante Laura y doña Luisa, que como viudas no pudieron mudar traje, con sus vestidos negros y tocas albísimas, y en sus cabezas dos coronas de laurel, y tras ellas las otras damas, todas vestidas de encarnado, con muchas joyas; las cabezas muy aseadas, y encima de los tocados las mismas coronas, como vencedoras triunfantes, y detrás de todas salió la discreta Lisis.
Traía a doña Isabel de la una mano, y de la otra a doña Estefanía, esta con sus hábitos blancos y escapulario azul, como religiosa de la Concepción, y sobre el velo su corona como las demás, pues aunque no había hasta entonces desengañado, segura venía de ser tan valiente como todas.
Lisis y doña Isabel venían de una misma suerte, dando su vista a don Diego no poca turbación; porque habiendo enviado aquel mismo día a su esposa el vestido y joyas con que se adornase, vio que Lisis no traía ni una flor de las que él había enviado, juzgando a disfavor o desprecio el no haberse puesto ninguna cosa de ello.
Venían las hermosas damas con sayas enteras de raso blanco; con muchos botones de diamantes, que hacían hermosos visos, verdugados y abanicos, los cabellos, en lugar de cintas, trenzados con albísimas perlas, y en lo alto de los tocados, por remate de ellos, dos coronas de azucenas de diamantes cuyas verdes hojas eran de esmeraldas, dispuestas estas, como también los vestidos, con singular cuidado desde antes que se empezara la fiesta, cinta y collar de los mismos diamantes, y en las mangas de punta de las sayas enteras muchas azucenas de la misma forma que las que traían en la cabeza, y en lo alto de las coronas, en forma de airones, muchos mazos de garzotas y martinetes, más albos que la no pisada nieve.
Finalmente, salieron tan bizarras y bien prendidas, y tan sumamente hermosas, que en la belleza imitaban a Venus y en lo blanco la castidad de Diana.
Dieron tal muestra de sí que, cuando los caballeros no miraran más de su hermosura, fuera esta el arrepentimiento de sus engaños, pues en ella veían el mayor desengaño de sus cautelas y motivo para que las perdonasen cuanto les habían reprendido, y lo que esperaban en esta penúltima noche; y las más poco atentas al decoro de su honestidad dónde aprender a saberla guardar de los engaños de los hombres, para no verse abatidas y ultrajadas de sus lenguas y conversaciones.
Llegando, pues, al estrado y hecha su cortesía a todos, en pie las aguardaban, y las desengañadoras se fueron con su presidenta Lisis al estrado, doña Estefanía al asiento del desengaño y la hermosa doña Isabel con los músicos, y sentada en medio de ellos, tomó una arpa y con su extremada voz cantó así:
A la desdeñosa Anarda, De la corte nuevo sol, De las vidas basilisco Y de las almas prisión.
De unas sospechas celosas, Jacinto pide perdón; Nueva humildad de ofendido Y nuevo extremo de amor.
Donde ruega el ofendido, Y castiga el agresor, Humillado el agraviado Y severo el ofensor.
Mas no es milagro muy nuevo, Ni por tal le juzgo yo; Porque la ley de Cupido Ya leyes sin leyes son.
Bien sabe que está agraviado, Su cuidado le avisó; Mas el dejarse engañar De amor es nueva razón.
Muere por su amada ingrata, Y aunque fingido el favor, Le admite por no morir A manos de sinrazón.
Y así postrado a sus pies, Está mirando el pastor En sus ojos sus engaños, Y en su boca su traición.
Dice a sus traviesas niñas, No me negaréis que sois, Cuanto bellas, engañosas, Cuanto amadas, sin amor.
Sois para todos suaves, Que no tenéis el rigor Sino con las tristes mías, Que ya esclavas vuestras son.
Pluguiera el cielo quisiese Daros del sol su esplendor, Porque matéis, rayo a rayo, Alma, vida y corazón.
Anduviera más escaso, Negándoos perfección, Pues preciada de hermosura, No ostentárades rigor.
¡Oh, que no vieran las mías En vuestro negro color El luto que por mi muerte Naturaleza os vistió!
Ladronas sois de mi gusto; ¡Ay, rapazas, quién os dio Jurisdicción de prender, De matar jurisdicción!
En los afectos que miro Os contemplo a mí y a vos, Yo abrasado en vuestro hielo, Y heladas en mi calor.
Etna ardiente son mis llamas; Volcán abrasado soy; Pero solo a mí me quemo, Que el fuego nunca os tocó.
Soy Ícaro en el subir A mirar vuestro arrebol; Mas en llegando a la cumbre, Soy derribado Faetón.
¡Ay, mi bellísima Anarda, Deidad en quien adoró La triste voluntad mía Dulces milagros de amor!
No te pido que me quieras, Que era pedir sin razón; Sino que no me maltrates Con tal crueldad y rigor.
Dijo; mas Anarda, ingrata, De sus penas se rio, Que ha jurado de no amar En tiempo que no hay amor.
Porque ya no se usa, si se usó, Que amor, como era viejo, se murió.
No ama ninguno, no, Que vestirse a lo antiguo, ya pasó.
—Cierto, hermosa doña Isabel —dijo acabada la música doña Estefanía—, que procuramos muy bien los engaños de los hombres cuando vos estáis notificando en vuestros versos rendimiento de un galán y desdenes de una dama.
—No todos los versos tienen héroes —respondió doña Isabel—, y advertid, señora doña Estefanía, que yo he cantado lo que ha de ser, y no lo que es; y tengo por sin duda que no todos los poetas sienten lo que escriben; antes imagino que escriben lo que no sienten; demás que, de industria, he querido consolar a estos caballeros con mostrar un hombre firme, para que tengan ánimo y esperen, en la sentencia de esta penúltima noche, buen suceso de su parte, pues pudiéramos, si por milagro se pudiera hallar uno que amase firme y perseverase desdeñoso, perdonar por él a los demás, pues me parece que os han temido después que os sentasteis a desengañar, admirándoos deidad, y que no solo los castiguéis con las palabras, mas lo ejecutéis con las obras.
—Pues así es —respondió doña Estefanía—, vaya de desengaño, advirtiendo que no ha de caminar por lo popular sino por lo majestuoso, que también hay reinas desdichadas, y reyes y príncipes crueles, porque la ley del rigor a todos comprende.
La mayor novedad que más ha de admirar, hermosas damas y gallardos caballeros, es que persona de mi hábito y estado desengañe, siendo la hacienda que primero aprendemos el engañar, como se ve en tantos ignorantes que, asidos a las rejas de los conventos, sin poderse apartar de ellas, bebiendo, como Ulises, los engaños de Circe, viven y mueren en este encantamiento, sin considerar que los engañamos con las dulces palabras y que no han de llegar a conseguir las obras; que si las del siglo fueran cuerdas, a nosotras nos habían de estimar, y aun dar gajes, por vengadoras de los engaños que de los hombres reciben; mas a esto digo que el diablo tal vez, con ser el padre del engaño, desengaña, y así haré yo ahora, que siendo de la profesión de las que engañan, desengañaré; si bien voy segura de que no servirá; porque son por imposibles tan apetecidos nuestros engaños que, mientras más lo rumian y golosean, más se enredan en ellos; y lo mismo fuera con las damas del siglo si no vendieran tan baratos los favores, que los dan a precio de engaños; y si, por ser maestra de engañar, como he dicho, no supiere ser buena desengañadora, me consolaré con saber que no he sido engañada y que no hablaré por experiencia, sino porque me sacrifiqué desde muy niña a esposo que jamás me ha engañado ni engañará.
En la fuerza de mi desengaño pondré lo moral del intento, y consolaré a las damas, asegurándolas de que si no las supiere bien desengañar, las sabré bien vengar; y diré a los caballeros que si de mi desengaño no quedaren bien castigados, lo quedarán si me buscan en estando en mi casa; porque los entregaré a una docena de compañeras, que será como echarlos a los leones.
En Hungría, por muerte del rey Ladislao, entró a gozar la corona un hijo suyo, llamado asimismo Ladislao como el padre (que entonces venía el reino de padres a hijos, no como ahora, por votos de los potentados). Era Ladislao príncipe generoso, gallardo, de afable condición y bien entendido, y de todas maneras amable, y así, desde que entró a reinar fue muy querido de sus vasallos; al cual, amándole príncipe, no le olvidaron rey: solo en el caso que voy contando fue notado de fácil; mas hay lances, aunque mentirosos, con tantas apariencias de verdad, y más si los apoyan celos, que más merecen disculpa que castigo.
Siéndole forzoso tomar estado para dar herederos a su reino, pidió por esposa al rey de Inglaterra a la bellísima infanta Beatriz, su hija, que era de las más perfectísimas damas en hermosura, entendimiento, virtud y santidad que en todos aquellos reinos se hallaba en aquella sazón. Pues siéndole concedida por esposa, y hechos los conciertos y puesto en orden lo necesario, mandó el rey que fuese por la reina el infante Federico, su hermano, mozo galán y discreto.
No cansemos con esto a los oyentes, pues se dice todo con decir que, con ser Ladislao tan perfecto, había opiniones de que con Federico había sido más pródiga la naturaleza, aunque lo desdoraba con ser tan inclinado a los engaños y travesuras con que los mozos oscurecen la virtud, pasando por achaques de la mocedad.
Era Federico de un año menos que el rey, y tan amado de él que muchas veces estuvo determinado (si no fuera por las importunaciones de sus vasallos) a no casarse, porque quedara rey después de sus días.
Puesto en ejecución el viaje y efectuado con próspero suceso, fue recibido Federico en Inglaterra con el contento y aplauso que era debido a un hermano de Ladislao. Dispusiéronse muy solemnes fiestas para cuando, en virtud de los poderes del rey su hermano, diese la mano a la hermosa infanta, la cual hasta este día, que fue al segundo que llegó Federico, no se había dejado ver por su grande honestidad.
Llegó el ya señalado día en que se habían de efectuar los desposorios, y cuando a los ojos de Federico se mostró la bella infanta Beatriz, tan adornada de belleza como de ricas galas, al punto que puso en ella los ojos quedó sin vida: poco digo, sin potencias; no es nada, sin sentidos; levantémoslo más, quedó sin alma, porque todo lo rindió y humilló a la vista de tal hermosura y belleza.
Fue de suerte que, a no serle a la infanta dificultoso de creer que en un hermano de su esposo pudiera tener lugar tal locura, en su turbación conociera el achaque de que había enfermado con su vista. Diole, en fin, la mano Federico en nombre de su hermano, quedando celebrado el matrimonio, y en su corazón una mortal basca de ver ya imposible su amor.
No fue parte para que desistiera de él ver que ya no tenía remedio, ni el considerarla mujer de Ladislao, ni conocer su honestidad, como asimismo la ninguna esperanza que podía tener su desatinado amor; y con este desdichado tormento asistió, en compañía de los reyes de Inglaterra y de la reina Beatriz, su cuñada, a las fiestas, con tanta tristeza que daba que sospechar a cuantos le veían tan melancólico, y más a la reina, que cuantas veces le miraba, le hallaba divertido en contemplar su hermosura; y como era bien entendida, no dejó de imaginar la enfermedad de Federico y conoció de qué procedían sus melancólicos accidentes, y por esto se determinó a no preguntarle la causa, por no oír alguna atrevida respuesta.
No era Federico tan falto de discurso que no considerase cuán mal cumplía con la obligación de quien era, y las que debía a Ladislao: y entre sí se reprendía y decía: «¿Qué locuras son estas, mal aconsejado príncipe? ¡Es posible que te dejes llevar de tan mal nacidos e infames deseos; no digo yo, no siendo hermano y tan amado de Ladislao, sino un vasallo! ¡Es justo que tú imagines en su ofensa, amando y deseando su esposa! Delito tan abominable y feo que, aun entre bárbaros, era para causar escándalos y sediciones, cuanto más entre príncipes cristianos. ¿En qué me tendrá el mundo? ¿Qué dirá Beatriz, si los unos y los otros llegasen a saber mi locura? No, no ha de ser así: mal nacidos deseos, yo os he de vencer, que no tengo de quedar vencido de vosotros.»
Con esto le parecía cobrar fuerzas y valor para resistir la violencia de su apetito; mas apenas volvía a mirar la perficionada belleza de la reina, cuando se le volvía a enredar la voluntad entre las doradas hebras de sus cabellos, y tornaba de nuevo a lastimarse, diciendo: «¡Desdichado fue el día en que yo partí de Hungría, y entré en Inglaterra, y más desdichado en el que vi, Beatriz, tu acabada belleza! ¡Oh Ladislao, ya no hermano, sino enemigo! ¿Es posible que he venido, por tu ocasión, a darme la muerte y llevarte a ti mi vida? ¿Cómo consentiré que goces y poseas el bien que solo me puede hacer dichoso? ¡Ay de mí, que no sé qué consejo tome, ni qué bando siga, si el de mis abrasados deseos o el de la razón! Porque si a ellos he de seguir, me aconsejan que te quite la vida para tenerla, y si a ella, me dice que muera yo, y que vivas tú.»
Con esto estaba tan de veras penando, que parecía a los que han visto visiones de la otra vida. Ya se determinaba a descubrir su pasión a la reina, y ya se reducía a morir callando, si bien no le pesara de que ella, entendiéndole por los contingentes del rostro, le saliera al camino preguntándole la causa de su tristeza; mas, como he dicho, la sabia y honesta señora, no ignorando el intento con que Federico la miraba, excusaba darle motivo para ningún atrevimiento.
De esta suerte pasaron, Federico muriendo y la reina disimulando, sin darse por entendida, juzgando que el día en que Federico se atreviese a perderle el decoro a ella y a su esposo, no cumplía menos que con matarle, acción debida a su honestidad y grandeza.
Los días que estuvieron en Inglaterra, y después los que duró la jornada hasta Hungría, no consintió la reina que jamás la dejasen sus damas un punto sola, y así lo tenía ordenado a todas.
Llegados a Hungría, se celebraron las bodas de Ladislao y Beatriz con grande alegría y satisfacción de los dos, pues a la reina le pareció corta la fama en contar los méritos de su esposo, y al rey que no era Beatriz mujer, sino deidad o espíritu angélico; tal era la virtud, santidad y hermosura de la bella reina, amándola con tanta terneza que no había más que pedir ni desear.
No por ver Federico a su hermano ya en posesión de la que le había robado el alma cesaron sus libidinosos apetitos y sus viles y desordenados deseos, antes, viéndose de todo punto privado del bien, creció con más fuerzas el deseo de alcanzarle, y ardía en rabiosos celos de ver la terneza con que se amaban y correspondían, pues, como a hermano, y tan querido, no se le negaba el ver los más recatados amores que entre uno y otro pasaban.
Él los veía con mortales bascas y no le faltaba más de declararse con palabras, pues con las señales del rostro bien claro lo manifestaba; mas, como en el pensamiento del rey no podía entrar tal malicia, no entendía sino que aquellos desasosegados accidentes le procedían de alguna enfermedad que padecía, y confirmábalo con haberle dicho Federico algunas veces, a quien había preguntado qué tenía, que hacía muchos días antes de ir a Inglaterra que padecía una mortal melancolía, que cuando le apretaba, le forzaba, olvidado de su prudencia, a hacer semejantes extremos; y si bien había tratado, compadecido del mal de su hermano, que famosos médicos le curasen, había sido sin fruto, porque males del alma pocas veces o ninguna se sanan con hacer remedios al cuerpo.
No lo sentía así la hermosa reina, que como más acertado médico había entendido de qué accidentes nacía la enfermedad de Federico, y hallando sin remedio la cura, pedía a Dios le abriese los ojos del entendimiento para que, conocido su error, saliese de él.
Muchas veces Federico, rendido a su hermosa pasión, se echaba en la cama y se sujetaba a que obrase en él la medicina, hallándose tan flaco y rendido que quisiera que las erradas curas acabaran con su vida; y otras, furioso y desesperado, se levantaba y, como loco, decía que le mataban. En fin, con vida tan poco sosegada y ánimo tan inquieto, vino a ponerse tan flaco y descolorido, negándose a cuantos gustos y entretenimientos su hermano y los grandes del reino le procuraban, y también a la compañía de los caballeros mozos que le seguían y ayudaban en sus pasadas travesuras; porque tratarle de gustos y entretenimientos era darle mil dilatadas muertes.
Un año podría haber que estos dos amantes y esposos gozaban las glorias de su amorosa compañía y bien pagado amor, y Federico las penas infernales de vérselas tener, cuando otro príncipe comarcano deseó engrandecer y aumentar su reino, y dilatar su señorío con el de Ladislao, y para conseguirlo le empezó a hacer guerra por los confines de su reino, de suerte que fue fuerza acudir a la defensa de él, porque le destruía todo cuanto podía alcanzar.
Pues viendo Ladislao que Federico, por su larga, prolija y no entendida enfermedad, no estaba para asistir a la guerra, dispuso él ir en persona a defender su tierra, de que no le pesó a Federico, fortaleciéndose con algunas esperanzas de remedio, faltando el rey, su hermano, del lado de su esposa, pues estaba ya tal este desventurado amante que, si hallara ocasión para aprovecharse de la fuerza, no la dejara, ni por la ofensa de Dios ni de su hermano. ¡Ah, riguroso desacierto de un hombre mal aconsejado con su mismo apetito, que ni mira la justicia divina, ni la ofensa divina y humana!
Dispuso Ladislao su partida bien contra la voluntad de la reina; y más cuando supo que a ella y a Federico les quedaba la gobernación del reino, con orden de que el uno sin el otro dispusiesen cosa alguna, temiendo que en la ausencia del rey no la pusiesen sus atrevimientos en algún cuidado; mas hubo de obedecer en todo, por no inquietar con nuevos cuidados el corazón de su esposo, ni hacerle sabedor de los de Federico.
Juntó el ejército y partió el rey, con gran sentimiento de la hermosa reina; tanto, que en más de un mes no se dejó ver de nadie ni se despachó negocio alguno, por no salir en público en la mitad del mar de sus lágrimas, hasta que, viendo era ya fuerza acudir al cargo que le quedaba ordenado, salió a comunicar con su traidor cuñado el despacho de las cosas tocantes al reino; mas con tanta honestidad, que apenas se podía hallar en ella causa para tenerla por menos que deidad.
Otras veces entraba en su cámara Federico a consultar los papeles, con lo que, si antes estaba perdido, ahora se remató con tanto extremo que casi se declaraba con palabras equívocas y decía su pasión con señas bien claras, de modo que las damas que asistían siempre a la reina, por orden suya, ya conocían de qué causa procedía el mal de Federico, y lo platicaban unas con otras, a excusas de la reina.
Determinado estaba Federico a descubrir a la reina su amor, y andaba buscando modo para hacerlo, si bien unas veces temía y otras se animaba, y muchas, paseándose por las salas, decía:
—¿Es posible que sea mi atrevimiento tan cobarde que tema decir mi pena a la causa de ella? ¿Qué es esto que me acobarda? ¿Qué importa que Beatriz sea honesta? ¿Qué me detiene el que sea virtuosa? ¿Por qué me acobarda el que sea mujer de mi hermano, si tras todo esto es mujer y puede ser que, por ignorar que ella es la causa de mi mal, no le haya dado el remedio; pues sabemos que las mujeres, en viéndose amadas, aman, y en amando, todo cuanto hay aventuran? ¿Tan poco merezco yo que no conseguiré que me ame Beatriz? Mas, ¡ay de mí!, ¿cómo me ha de amar, si está adorando a su esposo y jamás la veo enjutos los ojos en su ausencia? Pues a una mujer que ama a otro dueño, ¿no es locura intimarle nuevo amor? Claro está que, si a tal me atrevo, airada me ha de dar la muerte; mas ¿qué más muerte que la que padezco? Bien rigurosa por ser dilatada, que, ya que se muera, comodidad es morir presto; mas, ya puede ser que me engañe, y yo mismo me quite la gloria que por el purgatorio que padezco me es debida, pues podría ser que la reina no sintiese tan mal de mi atrevimiento, que es mujer, y en siéndolo, todo está dicho. Ánimo, cobarde corazón, y determínate a declarar tu pena, que lo cierto es que, si Beatriz no sabe que la amo, ¿cómo me ha de amar? Si ignora que padezco por su causa, ¿cómo me ha de remediar? Pues si es así, como lo es, y el proverbio moral dice que a los animosos ayuda la fortuna, en ella fío, y con esta confianza declararé a Beatriz mi pasión amorosa, y si muriese por atrevido, más honor será que morir de cobarde; y si muriese por su gusto, a buenas manos muero.
Con esto se entró en su aposento, y escribiendo un papel con varios acuerdos que primero tuvo, le puso entre unos memoriales que aquel día había de consultar a la reina, y con ellos fue donde estaba con sus damas, tan turbado, que de verle la reina temblar la voz y los pasos se asustó, temiendo que Federico se quería declarar con ella; mas, por no darse por entendida ni temerosa, le recibió con amable y honesto semblante: mandole sentar, lo que él quisiera excusar, porque en su presencia, mirando la reina los memoriales, no leyera el suyo; mas al fin lo hizo, y después de haber hablado de la ausencia del rey y estado de la guerra, y otras cosas de que más gusto podían tener, le dijo Federico (no porque hubiese sucedido, sino por ver qué hallaba en ella):
—Cierto, señora, que hoy me han contado un caso que pasa entre la justicia ordinaria de esta corte, que es bien para admirar, y es que dos hermanos que hay en ella amaban una mujer, y el mayor, o por más rico o más dichoso, la mereció por esposa, con que el menor quedó tan desesperado que, viéndose morir, hallando ocasión, por fuerza gozó a su cuñada. Hase sabido, y está preso por ello, y no se atreven a publicar sentencia contra él porque el marido, que está inocente del hecho, no lo entienda, y no saben qué medio tomar en el caso.
—¿Pues qué medio puede haber —respondió la reina— sino castigar al culpado? Pues cuando el marido lo sepa, sabrá que queda vengado su agravio.
—¿Pues por amar han de quitar la vida a un triste hombre?
—Sí —dijo la reina—; que amar lo ajeno, y más siendo el dueño su hermano, no es delito capaz de perdón, y ese hombre no amaba, sino apetecía el deleite, ni ofendiera lo que amaba en el honor, y más por fuerza.
—No falta quien dice —respondió Federico— que, si bien ella sintió la fuerza, ya le pesa de no haber callado, sintiendo que haya de morir quien la ama; y bien mirado, es cierto que por amar no debe morir.
—Cuando el amor es deshonesto —respondió la reina—, ¿qué privilegio le puede defender del castigo? Y si este caso pasara por mí, no aguardara yo a que ni esposo ni la justicia vengara mi agravio, que yo por mí misma le vengara; y así desde aquí condeno a él y a ella a muerte; a él por el delito, y a ella porque no lo vengó.
Diciendo esto, puso el rostro severo, y con alguna ira dijo:
—Veamos los memoriales que traes, Federico, y no se hable más de esto, que ofensas del honor y del marido las aborrezco tanto, que estoy ofendida aún en haber oído que haya mujer que lo consienta, ni hermano tan traidor que lo piense, cuanto y más que lo ejecute.
—Los memoriales, señora —dijo Federico—, no son para ahora; con más espacio los podrás ver.
Y con esto, no muy contento, se despidió y se fue a su cuarto, maldiciendo la hora y el día en que había visto a Beatriz; la cual, tomando los memoriales, los fue pasando, y al tercero que abrió, vio que decía así: