Part 46
—Cierto, don Alonso, que aunque pudiera quejarme de vuestra amistad, no teniéndola por muy segura, pues encubrís de mí vuestra pasión amorosa, dando lugar a que la sepa de otra parte primero que de vuestra boca, no me quiero sentir agraviado de ello, antes, compadecido de vuestra pena, me quiero ofrecer para el remedio de ella; que tengo por seguro no habrá en todo el reino de Nápoles quien mejor que yo os dé la prenda que deseáis: mas he menester saber qué intento es el vuestro en este galanteo a doña Ana de Añasco; porque si la pretendéis menos que para esposa, os certifico que perderéis tiempo, porque en doña Ana hay mayores virtudes de las que admiráis en su hermosura, pues demás de ser muy recatada y honesta, en calidad no os debe nada, porque su padre tuvo el hábito de Santiago por claro timbre de su nobleza: no es ella rica, que la fortuna hace esos desaciertos: a quien no lo merece da muchas prosperidades, negándoselas a los que con justa causa debían darse; de modo que si la amáis para dama, os aconsejo os apartéis de esa locura porque no sacaréis de ella al cabo de mucho sino lo que habéis sacado hasta hoy; y si la deseáis por esposa, que lo cierto es que os merece tal, dejadme a mí el cargo, que antes de seis días la tendréis en vuestro poder.
—No me tengáis, amigo Marco Antonio —respondió don Alonso—, por tan ignorante que había de pretender a doña Ana para menos que para mi esposa; pues no ignoro que de otra suerte no he de ser admitido; y si bien pudiera retirarme de este pensamiento la poca hacienda que tiene, de lo que estoy bien informado, no reparo en eso, aunque la condición avarienta de mi padre me pudiera dar temor, pues yo tengo bienes, gracias al cielo, para los dos; y mi padre no tiene otro hijo sino a mí: su hermosura y nobleza, junto con su virtud, es lo que yo en doña Ana estimo, y así, perdiendo el enojo de no haberos dado parte de este amor desde el principio, os suplico, pues aseguráis que tenéis poder para ello, me hagáis dueño de tal belleza, que con eso me juzgaré dichosísimo.
Prometióselo Marco Antonio, y tomando la mano en ello, lo supo negociar tan bien, dándole a entender a don Fernando lo que granjeaba en tener por yerno a don Alonso, contándole cuán gran caballero y rico era don Alonso, que antes de un mes estaba desposado con doña Ana, tan contenta ella, su madre y abuelo con el venturoso acierto, que les parecía tener toda la ventura del mundo por suya.
Había poco que don Pedro había enviado a su hijo letras de cantidad, con lo que él puso su casa, que fue en la misma de don Fernando, eligiendo don Alonso para sí un cuarto en frente del suyo, que no tenía más división que un corredor.
Sacó galas a doña Ana, con que mostraba más su hermosura, manifestando don Alonso el primer año en su alegría su acierto. A los nueve meses les dio el cielo un hijo, que llamaron como a su abuelo paterno, don Pedro, al cual doña Ana su madre quiso criar a sus pechos.
Bien quisiera don Alonso que no supiera su padre que se había casado, temeroso de lo mal que lo había de recibir, y por no perder el socorro que todos los más ordinarios le enviaba: mas como nunca falta quien por meterse en duelos ajenos haga más mal que bien, se lo escribieron a su padre, el cual, como lo supo, loco de enojo, le escribió una carta muy pesada, diciéndole en ella que ni se nombrase su hijo ni le tuviese por padre; pues cuando entendió que le diera por nuera una gran señora de aquel reino, que engrandeciera su casa de calidad y riqueza, añadiendo renta a su renta, se había casado con una pobre mujer que antes servía de afrenta a su linaje que de honor; y que si le tuviera presente, hiciera de él lo que él había hecho de su hermana: mas pues estaba tan contento con su bella esposa que sin comer se podía pasar, o que lo ganase como quisiese, que no le pensaba enviar un maravedí, antes determinaba dar tan buen cabo de su hacienda, que cuando él muriese, no hallase ni una sombra de ella; que más quería jugarlo a las pintas que no que la gozase la señora doña Ana de Añasco.
Mucho sintió don Alonso el enojo de su padre, y fue de modo que bastó a templarle el amor, de suerte que lo que hasta allí no le había sucedido, que era arrepentirse de haberse casado, en un instante le llegó el arrepentimiento y se le empezó a conocer en el desagrado con que trataba a su esposa. No sabía doña Ana la causa de ver tal novedad en su esposo, y lloraba sus despegos bien lastimosamente; mas al fin lo supo, porque vencido don Alonso de sus importunaciones, la enseñó la carta de su padre.
Pues como se quitó la máscara y vio que ya doña Ana lo sabía, lo que antes eran despegos se convirtió en aborrecimiento; la daba a cada paso en cara con su pobreza, y más fue cuando, gastado el dinero que tenía, empezó a dar tras las galas de su esposa, vendiendo unas para el sustento y jugando otras. Vino a tal estado de miseria que, despidiendo las criadas, se humilló a servir su casa, aunque alguna vez la criada de su madre la excusaba con acudir a servirla, y lo peor de todo era que muchos días no comiera si no la socorrieran su madre y abuelo.
Con estas cosas se remató don Alonso de suerte que no había cosa más aborrecida de él que la hermosa dama, y de aborrecerla nació el desear verse sin ella, creyendo que así volvería a la amistad y gracia de su padre; y luego, con los buenos consejos de su amigo Marco Antonio, se resolvió a salir de todo de una vez; y concertando los dos cómo había de ser, lo dilataron hasta la partida del excelentísimo señor conde de Lemos, que ya trataba su vuelta a España, quedando en su lugar, hasta que de Sicilia viniese el señor duque de Osuna, el señor don Francisco de Castro, conde de Castro y duque de Taurisano.
¡Ah, mozo mal aconsejado, y cómo la sangre de tu hermana clama contra ti y, no harto de ella, quieres verter la de tu inocente esposa!
Llegose el plazo, y más apriesa el que ha de ser más desgraciado; y como el embarcarse había de ser de noche, fue don Alonso a su casa con su amigo y díjola a doña Ana, que acababa de dormir a su niño y le había echado en la cama, que viniese y vería embarcar al virrey, que antes que el niño despertase se volverían.
Pareciola a doña Ana que era nuevo favor en medio de tantos disgustos como con ella tenía; y así, cerrando la puerta del cuarto y echándose la llave en la manga para cuando volviese, y no desasosegar a su madre ni abuelo, llegó a su cuarto, diciéndoles dejasen la puerta de la calle abierta, porque iba con don Alonso y Marco Antonio a ver embarcar al virrey; y se fue con ellos.
Acabada doña Ana de salir, la dijo la criada a su madre:
—¿Por qué, señora, deja vuestra señoría ir a mi señora doña Ana de noche fuera, no usándose en esta tierra salir así las señoras?
A lo que respondió:
—Amiga, con su marido va; ¿en eso qué hay que temer que se murmure?
Con esto, habiéndose recogido, se acostaron, bien inocentes y descuidadas del mal que había de suceder.
Llegó doña Ana a la marina acompañada de sus dos enemigos, y habiendo estado en ella hasta las diez, embarcado ya el virrey y partidas las galeras, aunque no todas, que algunas quedaban para la demás gente, ya que se quería volver a su casa con muy grandísimo cuidado de su niño, les rogó, a ella y a don Alonso, Marco Antonio llegasen a su posada a tomar un refresco; y aunque lo excusaron, doña Ana con su cuidado y don Alonso con su falsedad, como después se supo de él y Marco Antonio, lo hubo de aceptar.
En fin, fueron, y llegando a ella, abriéndoles la puerta una criada de Marco Antonio, ya mujer mayor, se entraron a un jardinico donde estaba la mesa, y en ella una empanada y otras cosas: sentáronse a ella y, repartiendo Marco Antonio, dio al ama su parte y la dijo pusiese allí lo que era menester, y se fuese a su aposento, cenase y se acostase, que él cerraría la puerta y se llevaría la llave, para que cuando volviese de acompañar aquellos señores pudiese entrar a acostarse.
Hecho como él lo ordenó y recogida la ama, estando la descuidada doña Ana comiendo de la empanada, fingiendo don Alonso levantarse por algo que le faltaba, se llegó por detrás con un cuchillo grande que él traía apercibido y aquel día había hecho amolar, y la dio en la garganta tan cruel golpe que la derribó la cabeza sobre la misma mesa.
Hecho el sacrificio, la echaron en un pozo que había en el mismo jardín, y el cuchillo con ella, y tomando la cabeza se salieron, y cerrando la puerta, echaron la llave por debajo y se fueron a la marina, y en una cueva que estaba en ella, haciendo un hoyo, la metieron, y al punto se embarcaron en una galera que iba aprisa en seguimiento del virrey. Vayan, que la justicia de Dios va tras ellos.
Como pasó de media noche, el niño que doña Ana había dejado dormido despertó, que ya tenía un año, y como se halló sin el abrigo y cariño de su madre empezó a llorar, a cuyo llanto despertó su abuela; mas no pudiéndose persuadir que su madre no estaba ya con él, juzgando que el sueño la tenía rendida, decía entre sí:
—¡Válgame Dios, tan dormida está doña Ana que no siente llorar su hijo!
Calló el niño un rato, con lo que la buena señora se volvió a dormir, y cuando empezó a amanecer despertó bien alborotada a los gritos que el niño daba, y levantándose se vistió y salió a ver qué era la causa de estar su nieto tan sin sosiego; mas como llamando muy recio no la respondieron, casi sospechando el mal sucedido, llamando a don Fernando y a un criado, abrieron la puerta y entraron; y como no hallasen más que el angelito solo, no sintiendo bien del caso, la señora tomó el nieto y llamando a una vecina que le diese de mamar, le aquietó y adormeció: en tanto se vistió don Fernando y salió fuera para hacer diligencias por saber de don Alonso; mas todos decían no haberle visto.
Mientras que esto pasaba en casa de doña Ana, en la de Marco Antonio había otra tragedia, y fue que la ama se levantó y fuese adonde su amo dormía; mas aunque no le halló, no hizo novedad de ello, porque otras veces se quedaba fuera; mas hízola cuando salió al jardín y vio la mesa puesta, toda llena de sangre, y también la silla en que se había sentado aquella mujer: y si bien conocía a don Alonso, por ser amigo de su amo, no sabía que fuese casado ni conocía a su esposa; y no bien contenta de ver tales señales, quitó la mesa, y saliendo fuera halló la llave.
En fin, tomó un caldero y empezó a entrarle en el pozo para sacar agua y regar la casa: aún no había entrado la mitad de la soga cuando el caldero se detuvo en el malogrado cuerpo, que se había quedado atravesado en lo angosto del pozo y no había llegado al agua; porfiando, pues, para que entrase, y siendo imposible, sacole fuera y encendió un candil, y le ató en la soga, y como le bajó, miró qué era lo que no dejaba pasar el caldero; bien medrosa vio el bulto, que aunque le pareció de persona no pudo percibir quién fuese.
Con grandísimo susto soltó la soga, fue corriendo a la calle, dando descompasados gritos, a los cuales acudió la vecindad y la gente que pasaba, y buscando quien bajase al fondo, sacaron el triste cuerpo sin cabeza.
Tenía vestido un faldellín francés, con su justillo de damasco verde con pasamanos de plata, que como era verano, no había salido con otro arreo, y rebocillo negro que llevaba cubierto, unas medias de seda nacarada, con el zapatillo negro que apenas era de seis puntos. Conoció el ama por los vestidos que era la mujer que había visto cenar con su amo y don Alonso; mas no supo decir quién era.
Avisaron a la justicia, que, venida, prendieron a la ama hasta hallar más noticia del caso y secuestraron los bienes de Marco Antonio, que no debían de ser muchos; llevaron el cuerpo a la plaza de palacio, para ver si había alguno que le conociese, habiendo mirado primero en el pozo si estaba la cabeza, mas no hallaron sino el cuchillo.
Llegados con el cuerpo de doña Ana a la dicha plaza y poniéndole en medio de ella en unas andas, acudieron todos los soldados a ver el cuerpo, y entre los demás don Fernando de Añasco, que al punto conoció a su nieta, y dando una gran voz, dijo:
—¡Ay, hija mía, y cómo ha muchos días que me decía el corazón este desastrado suceso, y no le quería creer!
Hízole llevar a su casa, donde no hay que decir cómo le recibiría su madre: los oyentes lo juzguen, que yo no me atrevo a contarlo.
Fuese a pedir justicia al virrey, el cual, lastimado de sus lágrimas, despachó tras las galeras, en un barco grande, una escuadra de soldados, y por cabo al sargento don Antonio de Lerma, con cartas pidiendo al marqués de Santa Cruz, como general de las galeras, los reos; si bien eso no pudo ser tan breve que no pasaran cinco o seis días, en los cuales se hicieron diligencias buscando la cabeza de doña Ana, mas no pareció. Al fin dieron al cuerpo, sin ella, sepultura, dejando en su abuelo, madre y hermanas gran dolor de su muerte y aun en cuantos la conocían.
Partidos los soldados, y con ellos un sobrino de don Fernando, por prisa que dieron en la navegación no alcanzaron las galeras hasta Génova, donde, cuando llegaron, había sucedido un acaso en que se vio que Dios estaba ofendido y cansado de aguardar tan enormes delitos como don Alonso cometía, para que pagase con su sangre culpada la inocente que había derramado en las muertes de su hermana y esposa; y fue que, habiendo dado fondo las galeras en el puerto, salieron de ellas todos o los más que iban embarcados para descansar en tierra de las fatigas de la mar, sabiendo que habían de estar allí tres o cuatro días, y con ellos don Alonso y su mal amigo Marco Antonio.
Llegaron a comprar unas medias de seda en casa de un mercader, y habiéndoles sacado el dicho una caja en que había muchos pares de todos colores para que escogiesen, don Alonso, persuadido del demonio, o que Dios lo permitió así, escondió unas azules, y el amigo otras leonadas, que como el mercader las echó de menos, apellidándoles ladrones, llamando amigos y criados, asió de ellos, sacándoselas a vista de todos, y no contento con esto, llamó la justicia, que los llevó a la cárcel, haciéndoles causa de ladrones; y si bien don Alonso y Marco Antonio se defendieran y no se dejaran prender, no llevaban armas, que en Génova no las trae ninguno, ni dejan pasar a nadie en la puerta con ellas, y así, habían dejado las suyas donde las dejaban los demás, sin valerles el ser soldados; y así, los llevaron a la cárcel, donde estaban cuando llegaron los que iban por ellos, y dando las cartas al marqués de Santa Cruz, mandó se buscasen y los entregasen a quien venía por ellos, que parando en la cárcel los sacaron y entregaron, y volvieron con ellos a Nápoles, y apenas les tomaron la confesión cuando dijeron lo que sabían y más de lo que les preguntaron: diciendo don Alonso que ya era tiempo de pagar con la vida, no solo la muerte de su esposa sino también la de su hermana, y que así había permitido Dios que hiciese en Génova aquel delito para que pagase lo uno y lo otro; mas que no le perdonase Dios si él tuviera ánimo para matar a doña Ana si Marco Antonio su amigo no le persuadiera a ello, diciéndole que con eso quitaría el enojo a su padre; y que él le había dado el modo y dispuesto el caso, y que haberse dejado vencer de su enojo era permisión divina, para que pagase por lo uno y lo otro; y añadió que hacía más de dos meses que apenas se dormía, cuando le parecía ver a su hermana que le amenazaba con su cuchillo.
Sentenciáronle a degollar, y a Marco Antonio a ahorcar, y otro día salieron a morir. Iba ya don Alonso, cuando salió, tan desmayado que casi no se podía tener en la mula, y fue fuerza que se pusiese cerca quien le tuviese; y viéndole así Marco Antonio, dando una voz grande, le dijo:
—¿Qué es esto, señor don Alonso?, ¿tuvisteis ánimo para matar y no le tenéis para morir?
A lo que respondió don Alonso:
—¡Ay, Marco Antonio, y como si supiera qué era morir, no matara!
En llegando al cadalso, pidió por merced a la justicia se suspendiese la ejecución de su muerte por un poco de tiempo; y diciendo dónde estaba la cabeza de doña Ana enterrada, suplicó que fuesen por ella, como se hizo, sacándola tan fresca y hermosa como si no hubiera seis meses que estaba debajo de tierra: lleváronsela, y tomándola en la mano, llorando, dijo:
—Ya, doña Ana, pago con una vida culpada la que te quité sin culpa: no te puedo dar más satisfacción de la que te doy.
Y diciendo esto, se quedó desmayado, en que se conoció que no la quería mal, sino que los desapegos de su padre y consejos de Marco Antonio fueron causa de que la quitase la vida.
En fin, don Alonso satisfizo con una muerte dos muertes, y con una vida dos vidas. Murió también Marco Antonio tan desahogadamente (si se puede decir de quien moría ahorcado) que, como estaba en la plaza y no entendió qué había pedido don Alonso cuando mandó ir por la cabeza de doña Ana, preguntó que a qué aguardaban. Y diciéndoselo, respondió:
—Buen despacio tiene mi amigo, ya no falta sino que envíe también por la de su hermana a Jaén: acabemos, señores, que no tengo condición para aguardar, y hasta el morir quiero que sea sin dilación.
Fueron estas nuevas a Sevilla, a su padre, y cuando llegaron las cartas estaba jugando con otros amigos, y acabando de leerlas, tomolas para sí, y poniéndose muy despacio a brujulearlas, dijo:
—Más quiero tener un hijo degollado, que mal casado.
Y se volvió a jugar como si tales nuevas no hubiera tenido. Mas Dios, que no se sirve de soberbios, le envió el castigo de su crueldad; pues antes de un mes, una mañana entrando los criados a darle de vestir, le hallaron en la cama muerto, dejando una muy gruesa hacienda; y como los criados le vieron muerto, dando cuenta a la justicia, y sabiendo tenía un nieto, puso la hacienda en administración.
Se avisó la muerte de don Pedro a don Fernando, y sabida, él con su nuera y niño, dejando a Italia, vinieron a Sevilla, donde hoy, a lo que entiendo, vive: será don Pedro Portocarrero y Añasco de algunos veinte y ocho años. Suceso tan verdadero es este, que hay muchos que le vieron de la suerte que le he contado.
Acabando doña Francisca su desengaño, no se moralizó sobre él, por ser muy tarde. Sonó la música y levantándose Lisis lo hicieron así los demás, y pasándose todos a otra sala, tan bien aderezada como la que desocuparon, se sentaron a las mesas, que estaban puestas con ricos y ostentosos aparadores, donde fueron servidos de una suntuosa y sazonada cena; porque al otro día, después de referir los desengaños que faltaban, se había de celebrar el desposorio de Lisis y don Diego. De industria, por si faltaba lugar, les hizo esta noche la bien entendida Lisis el banquete, como quien sabía que otro día no habría tiempo.
Mientras duró la cena, las damas y caballeros tuvieron sobre su opinión diversas y sabidas disputas: si bien los caballeros, o rendidos a la verdad o agradecidos a la cortesía, dieron el voto por las damas, confesando haber habido y haber muchas mujeres buenas, y que han padecido y padecen inocentes en la crueldad de los engaños de los hombres, y que la opinión común y vulgar, por lega y descortés, no era justo guardarla los que son nobles, honrados y bien entendidos, pues no lo es, ni lo puede ser, el que no hace estimación de las mujeres.
Viendo que era hora de irse a reposar, la hermosa doña Isabel dio fin a la fiesta de la octava noche cantando sola este romance:
Parece que me has dado A beber algún hechizo, Con que de mi libertad Vencedor triunfante has sido.
¿En qué te ofendió, tirano, La paz en que mis sentidos, Jamás sujetos a penas, Sin prisiones han vivido?
Apenas ya me conozco, Diferente soy que he sido; Por los imposibles muero, Y a ellos me sacrifico.
Deseando estoy el día, Y cuando el día ha venido, A solo aguardar la noche Estos deseos aplico.
Ya de los gustos me canso, Ya por las penas suspiro, Porque pienso que en penar Nuevos méritos consigo.
No vivo con su esperanza, Cuando a temores me rindo, Que es muy cierto en el amor Ser cobarde como niño.
Ajenas prendas me quitan Con deseos el juicio, Y antes de tener el bien Le lloro ya por perdido.
Mares de lágrimas vierto, Y sin saber cómo ha sido, Me veo vivir sin alma, Que es otro nuevo prodigio.
No he visto lo que idolatro, Y rendimiento publico, Que es deidad que no se ve, Sino por fe, en el sentido.
No quise ver lo que adoro, Y adoro lo que no he visto, Porque amar lo que se goza, Comodidad la imagino.
Yo me quité la ventura, Y lloro haberla perdido; Mi voluntad es enigma, Mi deseo, un laberinto.
El cautiverio apetezco, De la libertad me privo, Y negándome a las dichas, Ya por las dichas suspiro.
No conozco lo que amo, Y pudo ser conocido, Y de todas mis finezas Esta la mayor ha sido.
Temí perder si le viera, No viéndole le he perdido, Y si de pérdida estoy, Mejor es no haberle visto.
¡Ay tesoro perdido! Grande debes de ser, pues yo te estimo.
¡Mas ay!, que si le viera, También pudiera ser que le perdiera;
Y para no perderle, Cuando se estima el bien, es bien no verle. ¡Mas ay de mí!, que de una y otra suerte, El remedio que espero es en la muerte.
NOCHE NONA.
DESENGAÑO NONO.
LA PERSEGUIDA TRIUNFANTE.
Con aplauso de nuevos oyentes se empezó a celebrar la novena noche del honesto y entretenido sarao, porque don Diego convidó para testigos de sus deseadas dichas (como esperaba tener con la posesión de su amada Lisis) muchos señores y señoras de la corte. Sin estos, de parte de Lisis vinieron muchas damas y caballeros, no faltando por la de los demás que en las noches pasadas habían asistido nuevos convidados.
Estaba la casa de la divina Lisis desde las tres de la tarde muy concurrida de caballeros y damas, todos nobles, todos ilustres, y todos bien entendidos; que como la fama, con su sonora trompa, había extendido la nueva de que las desengañadoras probaban bien su opinión, y a los cuerdos poco es menester para sacarlos de un error, que en esto más que en otra cosa alguna se diferencian de los necios; viendo que los demás no los tachaban de otro vicio sino de que engañan a las mujeres y luego dicen mal de ellas, no sujetándose a creer que hay mujeres buenas, honestas y virtuosas; y que asimismo hay y ha habido muchas que han padecido y padecen sin culpa en sus engaños y crueldades; y esto ellos mismos lo saben y confiesan; pues el decir mal no es (a lo que entiendo) porque lo sientan así, sino por seguir la variedad de los muchos, como cuando hay una pendencia o una fiesta, que acudiendo al tumulto de toda suerte de gentes, ilustres y plebeyos, si les preguntasen adónde van, responderían que adonde van todos, y lo mismo les sucede en el decir mal de las mujeres; y, como he dicho, ya los nobles reducidos a no seguir en esto la vulgaridad, se habían engolosinado con los desengaños, que aunque trágicos, por verdaderos eran apetecidos.
Acudieron esta penúltima noche más y más temprano, con propósito de no seguir en adelante la opinión de los necios, que bien necio es el que no dice bien ni estima las mujeres; a la buena, porque lo es, y a la mala, por no parecer descortés y necio, pues por decir bien, aunque de lo que se diga sea malo, no se incurre en multas ni castigos, antes se acreditan de ánimos nobles y generosos, y lo demás es vulgaridad y grosería.
Acomodados ya todos en sus asientos, no veían la hora de oír nuevos desengaños para que fuese disculpado su rendimiento, y más ultrajado el bando descortés y común de los vulgares.
Las cuatro de la tarde serían cuando empezaron a salir las damas desengañadoras, tan vistosas y aderezadas, y con tanta bizarría, que solo en verlas se tuvieron por satisfechos de lo que habían aguardado.