Part 45
¿Qué no intentará una mujer libre y celosa? Pues como tal buscó a don Enrique, viendo que él no la buscaba a ella; y sobre muchos disgustos que acerca del caso tuvieron, viendo que ni con lágrimas ni ruegos, ni con amenazas, le podía volver a su amistad, se determinó a llevarlo por camino más violento: pues aunque don Enrique se lo negó, como ella estaba bien cierta de la verdad, no tuvo atención a más que a vengarse, y la desdicha la dio modo para hacerlo.
Tenía esta dama amistad con unas señoras de la ciudad, madre e hija, de lo bueno y calificado de ella, aunque en su modo de vida no se portaban con la atención competente a su sangre, porque recibían visitas con gran desdoro de su opinión, en cuya casa entraba familiarmente don Alonso, y aun ellas visitaban algunas veces a su hermana; porque aunque por su modo de vida las más principales de la ciudad se negaban a su casa, no las podían impedir venir a las suyas.
En esta casa había visto don Alonso a Clavela, y aun no le había parecido mal, sino que se le había ofrecido por muy suyo, y aun dicho a las expresadas señoras la hablasen de su parte. No ignoraba Clavela ser don Alonso hermano de doña Mencía, y si bien a los principios, creyendo don Enrique volvería a su amistad, se había negado a su pretensión, ya desvalida de todo punto de don Enrique, admitió a don Alonso, no tanto por estar aficionada a él cuanto por entablar su venganza.
Veíase, por causa de su marido, con don Alonso en casa de sus amigas, y un día que todas juntas estaban con don Alonso en conversación, le dijo Clavela que por qué no casaba su hermana, que si aguardaba a que ella se casase sin su gusto y el de su padre.
—No hará Mencía tal —dijo don Alonso—, porque demás de que su virtud y obediencia la asistía siempre, era muy niña y aún no habían llegado a su imaginación esos deseos, que a ser de más edad, ya estuviera en religión.
—¡Qué bueno es eso —respondió Clavela— para lo que sé! Bien dicen que el postrero que lo sabe es el ofendido: pues advierta, don Alonso, que si no está casada, ya anda en eso; y dígolo así porque no es de creer que una dama de la calidad y circunstancias de la señora doña Mencía se atreviera contra su opinión, la de su padre y hermano, a hablar todas las noches por una reja con don Enrique, si no fuera para casarse.
—Mira lo que dices, Clavela —dijo don Alonso—, que si son celos de don Enrique porque entra algunas veces en mi casa, bien puedes tenerlos, y dármelos a mí con saber que aún no estás olvidada de esa voluntad, mas no que pongas dolo en el honor de mi hermana, porque desde mi cuarto al suyo hay mucho, y juraré que las veces que don Enrique entra a buscarme a mí, ni ve a mi hermana ni ella está en tan poca custodia que le vea a él, porque es mi padre quien la vela.
Riose Clavela y las demás, que ya todas estaban puestas en hacer este mal a doña Mencía, y dijo:
—Ni son celos, ni a mí me importa nada don Enrique, que no es sino sentimiento de que se hable mal en la vecindad y otras partes contra el honor de esta señora; las músicas, los paseos, el hablar de noche es tan público que antes dicen que don Alonso y su padre se dan por desentendidos, por casarla sin dote con un hombre tan poderoso como don Enrique. Esto lo saben muy bien estas señoras, y es muy buen modo de tener yo celos, y supuesto que si se toma mi voto, le daré ahora, aconsejando que sería mejor casarlos que no dar motivo a murmuraciones.
La ira y cólera que al instante se excitó en don Alonso, con esto que oyó, fue tan grande que apenas acertó a responderla, y ciego de enojo, tanto de la liviandad de su hermana como del atrevimiento de don Enrique, sin poder disimular su pasión ni las mal aconsejadas mujeres reportarle en ella, pues no pretendían sino incitarle a ella, se despidió y fue a su casa, y apartando a su padre, le dio cuenta de lo que pasaba, y después de varios acuerdos se determinaron a disimular hasta vengarse, teniendo por afrenta que la sangre de don Enrique se mezclase con la suya.
Más de un mes se pasó sin tratarse de nada, en razón de la venganza; porque como don Pedro era hombre mayor, no quiso hallarse a los riesgos de ella; y así, habiendo venido la flota donde le traían cantidad de dineros, diciendo que quería hallarse presente al despacho de ellos en las aduanas de Sevilla, se partió de Jaén llevando consigo a Gonzalo y otros dos criados que había en casa, no quedándole a don Alonso más de un paje que le acompañaba en este tiempo.
Disimuladamente se había don Alonso enterado del galanteo de su hermana, y vístola por sus ojos hablar con don Enrique, el que, si bien no se aseguraba mucho de las amenazas que Clavela le había hecho, amaba tanto a doña Mencía que, sin temer riesgos ni peligros, continuaba en verla, pareciéndole que cuando Clavela intentara hacer algún mal, todo podía parar en sacar la cara y decir que era doña Mencía su mujer: y aun a no impedírselo ella, temerosa de la ira de su padre, ya lo hubiera hecho. En teniendo cartas don Alonso de que su padre había llegado a Sevilla, al punto dio orden de lo que entre ellos había quedado dispuesto.
Mal segura se hallaba doña Mencía y temerosa por ver a su hermano andar desabrido con ella; y no queriendo ya aguardar a algún lance peligroso, un día, acabando de comer, viendo a su hermano que se había ido a su cuarto, se entró en aquella cuadra por donde hablaba a don Enrique, cuya reja caía a las espaldas de la casa, que era donde ella se tocaba, por detrás de la en que ella tenía su cama, y se puso a escribir un papel a su esposo, pidiéndole se viese aquella noche con ella para disponer sus cosas; y acabando de escribirle, don Alonso, que no se descuidaba, y había estado acechando lo que hacía, habiendo enviado al paje de propósito fuera, y dejando cerradas en su mismo cuarto dos doncellas y una criada de cocina que había, amenazándolas con la muerte si chistaban, entró en el aposento de su hermana tan paso, que sin poder prevenir guardar el papel, le cogió cerrándole; y como se le quitó y le leyó, aunque la triste dama quiso disculparse, no le bastó ninguna cosa que en abono suyo intentase decir.
Saliose don Alonso fuera, y cerrándola con llave, se salió a la puerta de la calle, donde se estuvo hasta que vio pasar un clérigo, al cual llamó, diciéndole entrase a confesar una mujer que estaba en grande peligro de muerte.
Hízolo así el sacerdote, y entrando dentro y don Alonso con él, harto espantado de no ver en toda la casa persona alguna, llegaron al retrete, y abriendo don Alonso la puerta le dijo que entrase y confesase aquella mujer que estaba allí, porque al punto había de morir.
Asustose el sacerdote, y dijo que por qué causa quería hacer crueldad semejante.
—Padre —respondió don Alonso—, eso no le toca a usted, ni a mí el darle cuenta por qué la tengo de matar: confesarla es lo que le piden, y si no lo quiere hacer, váyase con Dios, que sin confesar la mataré.
Viendo pues el clérigo la determinación de don Alonso, entró y confesó a doña Mencía, la cual con muchas lágrimas lo hizo, deteniendo al clérigo para entretener algún poco más la vida, como le contó él mismo después.
Acabada de confesar la dama, el sacerdote salió, y con palabras muy cuerdas y cristianas quiso reducir a don Alonso, diciéndole que mirase que aquella señora no debía aquella muerte, por cuanto su delito no pasaba a ofensa, supuesto que no era más que deseo de casarse, sin haber habido agravio ninguno de por medio; que temiese la ofensa de Dios y su castigo.
—Bien estoy en esto, padre —respondió el airado mozo—; yo sé lo que tengo de hacer, y nunca dé consejo a quien no se le pide. Lo que yo le ruego es que en estos ocho días no diga a nadie esto que aquí ha visto; porque si lo contrario hace, le he de hacer menudas piezas.
Temió tanto el clérigo que, no dudando que estaba tan en peligro como la dama, habiéndoselo prometido, no vio la hora de verse fuera de aquella casa, y aun después no acababa de asegurarse si estaba en salvo; por lo cual no se atrevió a dar cuenta del caso hasta que estuvo público.
Ido el sacerdote, don Alonso volvió a entrar donde estaba la desdichada dama, y dándola tantas puñaladas cuantas bastaron a privarla de la vida, se salió, y cerrando el retrete, se dejó la llave en la misma puerta, y luego aguardando a que viniese el paje, le dio el papel de doña Mencía y le mandó se le llevase a don Enrique, diciéndole que dijese se le había dado su señora, y que luego le fuese a buscar a casa de aquellas señoras donde solía ir y que le aguardase allí hasta que él fuese.
Con esto, cerrando la puerta de la casa, se fue a la de un amigo que debía de ser de las mismas mañas que él, a quien pidió le acompañase aquella noche en un caso que se le había ofrecido, y hallando en él la ayuda que buscaba, se estuvo en la misma casa del amigo retirado hasta que fuese hora de ir a él.
Dio el papel de doña Mencía a don Enrique el paje, y habiéndole respondido de palabra dijese a su señora haría lo que le mandaba, se fue donde su amo le había dicho le esperase.
Mucho extrañó don Enrique llevase el paje de don Alonso el papel; porque desde que se había ido Gonzalo a Sevilla, doña Mencía no le escribía sino por una criada, y a no conocer la letra de la dama, casi le pusiera en confusión de algún engaño; mas pensó que alguna gran novedad debía de haber, pues le escribía con diferente mensajero, y no veía la hora de ir a saberlo.
Así que vio que habían dado las once, hora en la que la dama le hablaba, por ser en la que su casa estaba sosegada; solo, porque siempre iba así, aunque apercibido de armas bastantes, se fue a la casa de su dama y llegando a su reja la vio cerrada, porque don Alonso la había dejado así; y haciendo la seña por donde se entendían, como vio que ni a una vez, ni a dos, ni a tres salía, llegó a la reja y paso tocó en ella, y apenas puso la mano, cuando las puertas de todo punto se le abrieron con un grandísimo estruendo, y alborotado con él, miró por ver que en el pequeño retrete había gran claridad, no de hachas ni bujías, sino de una luz que solo alumbraba en la parte de adentro, sin que tocase a la de afuera; y más admirado que antes, miró con más cuidado y vio al resplandor de ella a la hermosa dama tendida en el estrado, mal compuesta y bañada en sangre, que con estar muerta desde medio día, corría entonces de las heridas como si se las acabaran de dar, y junto a ella un lago de sangriento humor.
A vista tan lastimosa quedó don Enrique casi sin pulsos, y a su parecer juzgó que ya el alma se le apartaba del cuerpo, sin tener valor para apartarse ni allegarse; porque todo el cuerpo le temblaba como si tuviera un grande accidente de cuartana; y más fue cuando oyó que de donde estaba el sangriento cadáver salía una voz, muy débil y delicada, que le dijo:
—Ya, esposo, no tienes que buscarme en este mundo, porque ha más de nueve horas que estoy fuera de él; pues aquí no está más de este triste cuerpo sin alma, de la suerte que le miras. Por tu causa me han muerto, mas no quiero que tú mueras por la mía, que quiero me debas esta fineza; y así te aviso que te pongas en salvo y mires por tu vida, que estás en muy grande peligro; y quédate a Dios para siempre.
Y acabando de decir esto, se tornaron las puertas de la ventana a cerrar con el mismo ruido que cuando se abrieron.
Quedó de lo que había oído, sobre lo que había visto, tal don Enrique que, casi tan difunto como su malograda esposa, faltábale de todo punto el ánimo y el valor; y no es maravilla, pues por una parte el dolor y por otra el temor le dejaron poco menos que mortal; tanto que ni moverse de allí ni aun alentar le era posible.
Ya cuando esto sucedió, don Alonso y su amigo estaban en la calle, aunque no sintieron el ruido ni vieron abrir la ventana; mas seguros de que era don Enrique, pensando, como le veían parado, que estaba aguardando que le abriesen; el uno por la una parte y el otro por la otra le vinieron cercando, y cogido en medio, sin poder el pobre caballero defenderse con la turbación que tenía, aunque vio acometerse, ni se pudo aprovechar de una pistola que traía, ni meter mano a la espada; y de dos estocadas que a un tiempo le dieron le tendieron en el suelo, donde caído le dieron veinte y dos puñaladas, y dejándole casi muerto se pusieron en fuga, porque a las voces que dio pidiendo confesión, empezó a salir gente y sacar luces.
En fin, vieron que don Alonso se fue a casa de las ya dichas y el amigo a un convento: la gente que se juntó llegaron a don Enrique y le hallaron sin sentido; y estando trazando el llevarle a su casa, porque de todos era bien conocido, llegó la justicia, y haciendo su oficio, no pudieron averiguar más de que a las voces que aquel caballero había dado, pidiendo confesión, habían salido, y hallándole en el estado que le veían, y revolviéndole, conocieron que no estaba muerto.
En fin, le llevaron a su casa, dando con su vista la pena a sus padres, que era razón tener por ser único, y llamando quien le tomase la sangre, le desnudaron y pusieron en la cama, donde estuvo de este modo hasta la mañana, que volvió en sí, permitiéndolo Dios nuestro Señor para que se supiese el lastimoso fin de doña Mencía; porque aunque la justicia, habiendo llamado a las puertas de don Pedro y no respondiendo nadie, admirados y confusos de ver tanto silencio como en la casa había, quisieron dar orden de romper las puertas, mas no lo hicieron hasta que don Enrique, si volvía, diese su declaración; porque como don Pedro era tan principal y poderoso, todos le guardaban en la ciudad el debido respeto y decoro.
Vuelto en sí don Enrique, y dándole una sustancia, cobrando algo del ánimo perdido, pidió que luego juntamente llamasen al confesor, y al corregidor también, y venidos delante del que le había de confesar, contó al corregidor todo lo que aquella noche le había sucedido, pidiendo se fuese a casa de don Pedro, y rompiendo, si no abrían la puerta, viesen si había sido verdad o alguna ilusión fantástica; si bien por aquel papel que de su esposa había recibido y las heridas que le habían dado, lo tenía por verdad.
Mientras el corregidor fue a averiguar el caso, admirado de lo que contaba el herido, este se confesó y recibió el Santísimo Sacramento, hallándole los cirujanos muy de peligro.
El corregidor y sus ministros fueron a casa de don Pedro; llamaron, y como no respondiese nadie, derribaron la puerta, y entrando, no hallaron a nadie, y yendo de una sala en otra hasta llegar al retrete, que, como he dicho, estaba la llave en la puerta, y abriendo hallaron a la hermosa y desdichada doña Mencía de la misma suerte que decía don Enrique haberla visto: las heridas y sangre que de ellas corría estaban como si entonces se acabaran de dar: junto a ella estaba un bufetillo con recado de escribir, y en unos pliegos de papel, que había encima, estaba escrito:
«Yo la quité la vida, porque no mezclara mi noble sangre con la de un villano.
DON ALONSO.»
Visto esto, anduvieron toda la casa por ver si había alguna gente, y en un aposento, al último de otro cuarto que estaba en frente del que acababan de mirar y donde estaba la difunta dama, oyeron dar gritos, y abriendo con la llave que asimismo estaba en la cerradura, hallaron las dos doncellas y la criada de doña Mencía, de quienes no pudieron saber más de que don Alonso, el día antes, habiéndolas llamado, las había encerrado allí, amenazándolas con que si daban voces las había de matar.
Diose orden de depositar el cuerpo de doña Mencía en la parroquia hasta que se determinase otra cosa, y haciendo la justicia sus embargos, como de oficio le tocaba, llamaron a don Alonso a pregones, avisando a Sevilla para que prendiesen a don Pedro; mas él, probando la coartada, de presto le dieron por libre: y tomando por excusa no haber estado en la parte en que había sucedido el fracaso de su amada hija, se quedó viviendo en Sevilla.
Divulgose por la ciudad el suceso y entonces acudió el clérigo que había confesado a doña Mencía a contar lo que le había sucedido.
Don Enrique llegó muy al cabo; mas Dios, por intercesión de su Madre santísima, a quien prometió, si le daba vida, ser religioso, se la otorgó; y así lo hizo, que se entró fraile en un convento del seráfico padre san Francisco, y con mucha parte de su hacienda labró el convento, que era pobre, y una capilla con una aseada bóveda, donde pasó el cuerpo de su esposa; habiendo muchos testigos que se hallaron presentes a su translación, que aseguraron que, con haber pasado un año que duró la obra, estaban las heridas corriendo sangre como el mismo día que la mataron, y ella tan hermosa que parecía no haber tenido jurisdicción alguna la muerte en su hermosura.
Don Alonso, habiendo estado ocho días con su paje escondidos en casa de aquellas damas con Clavela, al cabo de ellos, como estaba bien prevenido de joyas y dineros, que antes de salir de su casa había tomado, dejando al paje durmiendo, se partió una noche la vuelta de Sevilla para despedirse de su padre y caminar a Barcelona, donde tenía determinado embarcarse para pasar a Italia.
El paje, cuando despertó y supo que su amo le había dejado, se salió del encierro, contando por la ciudad como su amo había estado en aquella casa ocho días, y como los había oído hablar de la muerte de su señora y heridas de don Enrique, por lo cual las tales damas estuvieron presas y a pique de darlas tormento; mas donde hay dinero todo se negocia bien.
El amigo de don Alonso, como contra él no había indicio alguno, por estar el secreto entre los dos, en viendo sosegados estos alborotos, salió libremente a la calle.
Don Alonso estuvo con su padre en Sevilla solos dos días, porque como sabía que estaba llamado a pregones y sentenciado en ausencia a cortarle la cabeza, no paró allí más, antes se partió para Barcelona, donde se embarcó y con próspero viaje llegó a la ciudad de Nápoles, donde sentó plaza de soldado, por no dar que decir de que estaba allí sin ocupación alguna; y socorrido largamente de su padre, pasaba una vida ociosa, jugando y visitando damas.
Ayudole a darse tanto al vicio haber tomado amistad con un jenízaro, hijo de español y napolitana, hombre perdido y vicioso, tanto en glotonerías como en lo demás; y como don Alonso tenía dineros, hallábase bien con él, ganándole la voluntad con lisonjas. Este era clérigo salvaje, y porque no se extrañe este nombre, digo que hay en Italia unos hombres que, sin letras ni órdenes, tienen renta por la iglesia solo con andar vestidos de clérigos, y llámanlos prestes salvajes, y así lo era Marco Antonio, que este era su nombre.
Luego que tuvo aviso don Pedro de que su hijo estaba en Nápoles y tenía sentada plaza, le diligenció muchas cartas de favor, por las cuales el excelentísimo señor conde de Lemos, don Pedro Fernández de Castro, que era virrey de aquel reino, le dio una bandera, con la cual estaba don Alonso tan contento y olvidado de la justicia divina, y de la inocente sangre de su hermana que había derramado tan sin causa como se ha visto, que dio en enamorarse; cosa que hasta entonces no había hecho, pues aunque había tenido amistad con Clavela, más había sido apetito que amor, y aun en esta ocasión lo pudiera excusar.
Estaba en la ciudad un caballero entretenido, como hay en ella muchos, cuyo nombre es don Fernando de Añasco, español y caballero de calidad, y que había sido capitán de infantería: este tuvo un hijo que casó allí con una señora de prendas, aunque no muy rica, y dejándola cinco hijas, murió; y visto por don Fernando que la nuera y nietas estaban necesitadas, las trajo a su casa: las dos mayores se entraron religiosas en el convento de la Concepción, de la misma ciudad, porque estando velando juntas una noche, cayó entre las dos un rayo y no las hizo mal, y ellas, asombradas de esto, no quisieron estar más en el siglo: las otras dos casaron por su hermosura, sin dote, con dos capitanes.
Quedó la menor y la más hermosa, llamada doña Ana, y tan niña que apenas llegaba a quince años: mas como su madre y abuelo habían gastado tanto con las dos monjas, no tenían qué darla, ni aun para vestirla sino con un moderado aseo, y con todo eso sobresalía tanto su belleza que ninguna de la ciudad (con haber muchas) la igualaba, y ella excedía a todas: mas no le había llegado su ventura como a sus hermanas, porque la estaba aguardando su desventura.
Viola don Alonso y enamorose de ella, y, enamorado, dio en galantearla con las tretas que todos los hombres galantean, o, por mejor decir, engañan, que este arancel todos le saben de memoria.
¡Ay de aquellas que los creen! ¡Y ay de doña Ana, que se dejó ver de don Alonso, que no fue para ella amante sino el hado fatal que la ocasionó su desgracia! Noble, honesta, recogida y hermosa era doña Ana, ¿mas de qué la sirvió si nacía desgraciada?
Hacíale, como dicen, rostro; lo uno, porque sabía quién era y su rico mayorazgo después de la vida de su padre: lo otro, porque cuanto al talle, bien merecía ser querido; y quiso probar la suerte por ver si acertaba, como sus hermanas, mas no porque se alargase más en los favores que le hacía, que a dejarse ver en la ventana y oír con gusto alguna música que la daba, que en esto aun con más extremos se adelantan en Italia que en otras partes, porque son todos muy inclinados a ella.
Diola una don Alonso una noche, cantando él mismo a una vihuela este romance, tomando por asunto no haber ido doña Ana a un jardín, por llover mucho, donde habían de ir a holgarse su madre y hermanas con otras amigas; que como don Alonso estaba enamorado, siempre andaba inquiriendo las salidas de la dama, por mostrarla su cuidado en ellas, y esto se lo había dicho un criado de su casa.
En fin, el romance era este:
Llorad, ojos, pues las nubes Han hecho conjuración, Por quitar que no gocéis Los rayos de vuestro sol.
Si para los desdichados Hasta la muerte faltó, ¿Cómo queréis ver la vida, Pues tan desdichados sois?
Esclavos sois de buen dueño; No os quejaréis, que no os dio Todo cuanto pudo daros La fortuna de favor.
Solo con este consuelo Vivo alegre en mi pasión, Que es gloria por tal belleza Pasar penas y dolor.
Detened, nubes, el agua, Pues con mis ojos les doy Bastante censo a los ríos, Que ya por mí mares son.
Y tú, Anarda de mi vida, No te dé agua el temor; Más agua vierten mis ojos; Y con más justa razón.
En el fuego que me abraso, Como la fragua es amor, Con agua nunca se apaga, Antes crece con su ardor.
Muerto de mis propias penas, Y en ellas penando estoy: Que es purgatorio tu ausencia, Tu vista gloria mayor.
En el infierno las almas Penan, que los cuerpos no; Aquí penan alma y cuerpo Juntos, por una razón.
¿Cuándo en la gloria de verte Se acabará mi dolor? ¿Y cuándo he de verte mía, Que es el premio de mi amor?
Ya la esperanza me alienta, Ya me desmaya el temor, Ya fío en tu cortesía, Y ya temo tu rigor.
Mas en mirando estas nubes, Me falta todo el valor, Que hasta las nubes persiguen Los que desdichados son.
Sal a alumbrarme, sol, Que se me anega el alma de dolor.
Con estos y otros engaños (que así los quiero llamar) andaba don Alonso solicitando la tierna y descuidada corderilla, hasta cogerla para llevarla al matadero, no acordándose de que había traído al mismo a la hermosa doña Mencía su hermana.
Se pasaron en solicitudes amorosas muchos días, y como con ella no granjeaba más favores de los ya dichos, andaba desesperado, de lo cual su amigo Marco Antonio había estado ignorante hasta que, ya a los últimos días, viéndole melancólico y desesperado, le dijo: