Novelas ejemplares y amorosas

Part 55

Chapter 554,300 wordsPublic domain

Tantas cosas me dijo y tantos ejemplos me puso, y tantas leyes me alegó, que como yo deseaba lo mismo que ella me persuadía, reducida a su parecer, dimos entre las dos la sentencia contra la inocente y agraviada doña Magdalena, que siempre a un error sigue otro, y a un delito, muchos: y dando y tomando pareceres cómo se ejecutaría, me respondió la atrevida mujer, en quien pienso que hablaba y obraba el demonio:

—Lo que me parece más conveniente para que ninguna de nosotras peligre, es que la mate su marido, y de esta suerte no culparán a nadie.

—¿Cómo será eso —dije yo—, pues doña Magdalena vive tan honesta y virtuosamente que no hallará jamás su marido causa para hacerlo?

—Eso no es del caso —dijo la doncella—, ahí ha de obrar mi industria; calla y déjame hacer, sin darte por entendida de nada; y si antes de un mes no te vieres desembarazada de ella, tenme por la más ruda y boba que hay en el mundo.

Diome parte del modo, apartándonos las dos, ella a hacer oficio de demonio y yo a esperar el suceso, con lo que cesó nuestra plática: y la mal aconsejada moza, y yo más que ella, pues que ambas seguíamos lo que el demonio nos inspiraba, hallando ocasión, como ella la buscaba, dijo a don Dionís que su esposa le quitaba el honor, porque mientras él no estaba en casa, tenía trato ilícito con Fernandico.

Este era un mozo de hasta edad de diez y ocho a veinte años, que había en casa nacido y criádose en ella, porque era hijo de una criada de los padres de don Dionís, la que había sido casada con un mayordomo suyo: y muertos ya sus padres, el desdichado mozo se había criado en casa heredando el servir mas no el premio, pues fue muy diferente del que ellos habían tenido; que este era el que hallasteis muerto a la puerta de la cuadra donde estaba doña Magdalena: era galán y de buenas prendas, y muy virtuoso, por lo cual a don Dionís no se le hizo muy fácil el creerlo, si bien la preguntó que cómo lo había visto. A lo que ella respondió que al ladrón de casa no hay nada oculto, que piensan las amas que las criadas son ignorantes.

En fin, don Dionís le dijo que cómo haría para satisfacerse de la verdad.

—Haz que te vas fuera y vuelve al amanecer, o ya pasando de media noche, y hazme una seña para que yo sepa que estás en la calle —dijo la criada—, que te abriré la puerta y los cogerás juntos.

Quedó concertado para de allí a dos días, y mi criada me dio parte de lo hecho, de que yo algo temerosa me alegré, aunque por otra parte me pesaba; mas viendo que ya no había remedio, hube de pasar, aguardando el suceso. Vamos al endemoniado enredo que voy diciendo, por la pena que me da referir tan desdichado suceso.

Al otro día dijo don Dionís que iba con unos amigos a ver unos toros que se corrían en un lugar tres leguas de Lisboa; y apercibido su viaje, aunque Fernandico le acompañaba siempre, no quiso que esta vez fuera con él, ni otro ningún criado, que para dos días los criados de los otros le asistirían; y con esto se partió el día a quien siguió la triste noche que me hallasteis.

En fin, él vino solo, pasada media noche, y hecha la seña, mi doncella, que estaba alerta, le dijo se aguardase un poco, y tomando una luz, se fue al aposento del malogrado mozo, y entrando alborotada, le dijo:

—Fernando, mi señora te llama que vayas allá muy apriesa.

—¿Qué me quiere ahora mi señora? —replicó Fernando.

—No sé —dijo ella— más de que me envía muy apriesa a llamarte.

Levantose, y queriendo vestirse, le dijo:

—No te vistas, sino ponte esa capa y enchanclétate esos zapatos, y ve a ver qué te quiere, que si después fuere necesario vestirte, lo harás.

Hízolo así Fernandico, y mientras él fue donde su señora estaba, la cautelosa mujer abrió a su señor.

Llegó Fernando a la cama donde estaba durmiendo doña Magdalena, y despertándola, la dijo:

—Señora, ¿qué es lo que me quieres?

A lo que doña Magdalena asustada, como despertó y le vio en su cuadra, le dijo:

—Vete, vete, mozo, con Dios. ¿Qué buscas aquí? Que yo no te llamo.

Que como Fernando la oyó, se fue a salir de la cuadra cuando llegó su amo al tiempo que él salía, y como vio que estaba desnudo y que salía del aposento de su esposa, creyó que salía de dormir con ella, y dándole con la espada, que traía desnuda, dos estocadas, una tras otra, le tendió en el suelo, sin poder decir más de _Jesús sea conmigo_, con tan doloroso acento que yo, que estaba en mi aposento, bien temerosa y sobresaltada (como era justo estuviese quien era causa de un mal tan grande, y autora de un testimonio tan cruel, y motivo de que se derramase aquella sangre inocente, que ya empezaba a clamar delante del tribunal supremo de la divina justicia), me cubrí con un sudor frío; y queriéndome levantar para salir a estorbarlo, o ya que mis fuerzas estuviesen enflaquecidas, o que el demonio que estaba ya señoreado en aquella casa lo estorbase, me hallé de suerte que no pude verificarlo.

En tanto don Dionís, ya de todo punto ciego, entró donde estaba su inocente esposa, que se había vuelto a quedar dormida con los brazos sobre la cabeza, y llegando a su puro y casto lecho, a sus airados ojos y engañada imaginación sucio, deshonesto y violado con la mancha de su deshonor, le dijo:

—¡Ah traidora, y cómo descansas en mi ofensa!

Y sacando la daga, la dio tantas puñaladas cuantas su indignada cólera le pedía, sin que pudiese ni aun formar un ¡ay!, con lo que desamparó aquella alma santa el más hermoso y honesto cuerpo que conoció el reino de Portugal.

Ya a este tiempo había yo salido fuera de mi estancia y estaba en parte que podía ver lo que pasaba, bien perdida de ánimo y anegada en lágrimas, mas no me atreví a salir; y vi que don Dionís pasó adelante a un retrete que estaba consecutivo a la cuadra de su esposa, y hallando dos desdichadas doncellas que dormían en él, las mató, diciendo:

—Así pagaréis, dormidas centinelas de mi honor, vuestro descuido, dando lugar a vuestra alevosa señora para que velase a quitarme el honor.

Y bajando por una escalera excusada que daba a un patio, salió al portal, y llamando los dos pajes que dormían en un aposento cerca de allí, que a su voz salieron despavoridos, les pagó su puntualidad con quitarles la vida: y como un león encarnizado y sediento de humana sangre volvió a subir por la escalera principal, y entrando en la cocina, mató las tres esclavas que dormían en ella, que la otra había ido a llamarme, oyendo la revuelta y llanto que hacía mi criada, que sentada en el corredor estaba, la que, o porque se arrepintió del mal que había hecho cuando no tenía remedio, o porque Dios quiso que le pagase, o porque el honor de doña Magdalena no quedase manchado sino que supiese el mundo que ella y cuantos allí habían muerto iban sin culpa, y que solo ella y yo la teníamos, que es lo más cierto, arrimando una hacha que ella propia había encendido a la pared, pues tan descaradamente siguió su maldad que para ir a abrir la puerta a su señor la pareció poca luz la de una vela, que en dejándonos Dios de su divina mano, pecamos como si hiciéramos algunas virtudes, sin vergüenza de nada se sentó y empezó a llorar, diciendo:

—¡Ay desdichada de mí, qué he hecho! ¡Ya no hay perdón para mí en el cielo ni en la tierra; pues por apoyar un mal con tan grande y falso testimonio, he sido causa de tantas desdichas!

A este mismo punto salía su amo de la cocina, y yo por la otra parte, y la esclava que me había ido a llamar, con una vela en la mano; y como la oí, me detuve y vi que llegando don Dionís a ella, la dijo:

—¿Qué dices, moza, de testimonio y de desdichas?

—¡Ay, señor mío! —respondió ella—, ¿qué tengo de decir, sino que soy la más mala hembra que ha nacido, que mi señora doña Magdalena y Fernando han muerto sin culpa, con todos los demás a quienes has quitado la vida? Sola yo soy la culpada y la que no merezco vivir; que yo hice este enredo, llamando al triste Fernando, que estaba en su aposento dormido, diciéndole que mi señora le llamaba, para que, viéndole tú salir de la forma que le viste, creyeses lo que yo te había dicho; para que, matando a mi señora doña Magdalena, te casaras con doña Florentina, mi señora, restituyéndola y satisfaciendo con ser su esposo el honor que la debes.

—¡Oh, falsa traidora! si eso que dices es verdad —dijo don Dionís—, poca venganza es quitarte una vida que tienes, que mil son pocas, y que a cada una se te diese un género de muerte.

—Verdad es, señor; verdad es, señor, y lo demás mentira; yo soy la mala, y mi señora la buena; la muerte merezco, y el infierno también.

—Pues yo te daré lo uno y lo otro —respondió don Dionís—, y restauraré la muerte de tantos inocentes con la de una traidora.

Y dicho esto, la atravesó con la espada por los pechos contra la pared, dando la desdichada una grande voz, diciendo:

—Recibe, infierno, el alma de la más mala mujer que crió el cielo, y aun allá pienso que no hallará lugar.

Y diciendo esto la rindió a quien la ofrecía.

A este punto salí yo con la negra, y fiada en el amor que me tenía, entendiendo amansarle y reportarle, le dije:

—¿Qué es esto, don Dionís, qué sucesos son estos? ¿Hasta cuándo ha de durar el rigor?

Él, que ya a este punto estaba de la rabia y dolor sin juicio, embistiendo conmigo, me dijo:

—Hasta matarte y matarme, falsa, traidora, liviana, deshonesta, para que pagues haber sido causa de tantos males; pues no contenta con los agravios que con tu deshonesto apetito hacías a la que tenías por hermana, no has parado hasta quitarla la vida.

Y diciendo esto, me dio las heridas que habéis visto y acabárame de matar si la negra no acudiera a ponerse en medio, que como la vio don Dionís, asió de ella y mientras la mató tuve yo lugar de entrarme en un aposento y cerrar la puerta, toda bañada en mi sangre.

Acabando pues don Dionís con la vida de la esclava, y que ya no quedaba nada vivo en casa si no era él, porque de mí bien creyó que iba de modo que no escaparía; e instigado del demonio, puso el pomo de la espada en el suelo y la punta en su cruel corazón, diciendo:

—No he de aguardar a que la justicia humana castigue mis delitos, que más acertado es que sea yo el verdugo de la justicia divina.

Se dejó caer sobre la espada, pasando la punta a las espaldas, llamando al demonio que le recibiese el alma.

Yo viéndole ya muerto y que me desangraba, si bien con el miedo que podéis imaginar de verme en tanto horror y cuerpos sin alma, que de mi sentimiento no hay qué decir, pues era tanto que no sé cómo no hice lo mismo que don Dionís, mas no lo debió de permitir Dios porque se supiese un caso tan desdichado como este; con más ánimo del que en la ocasión que estaba imaginé tener, abrí la puerta del aposento, y tomando la vela que estaba en el suelo me bajé por la escalera y salí a la calle con ánimo de ir a buscar, viéndome en el estado que estaba, quién me confesase, para que, ya que perdiese la vida, no perdiese el alma.

Con todo, tuve advertimiento de cerrar la puerta de la calle con aquel cerrojo que estaba, y caminando con pasos desmayados por la calle, sin saber adónde iba, me faltaron con la sangre las fuerzas y caí donde vos, señor don Gaspar, me hallasteis, donde estuve hasta aquella hora y llegó vuestra piedad a socorrerme, para que, debiéndoos la vida, la gaste el tiempo que me durare en llorar, gemir y hacer penitencia de tantos males como he causado, y también en pedir a Dios guarde la vuestra muchos siglos.

Calló con esto la linda y hermosa Florentina: mas sus ojos, con los copiosos raudales de lágrimas, no callaron, que a hilos se desperdiciaban por sus más que hermosas mejillas, en que mostraban bien la pasión que en el alma sentía, que forzada de ella se dejó caer con un profundo y hermoso desmayo, dejando a don Gaspar suspenso y espantado de lo que había oído; y no sé si más desmayado que ella, viendo que, entre tantos muertos como el muerto honor de Florentina había causado, también había muerto su amor, porque ni Florentina era ya para su esposa ni para dama era razón que la procurase, pues que la veía con determinación grande de tomar más seguro estado que la librase de otras semejantes desdichas como las que por ella habían pasado, y se alababa en sí de muy cuerdo en no haberle declarado su amor hasta saber lo que entonces sabía.

Y así, acudiendo a remediar el desmayo con que estaba, ya vuelta de él la consoló, esforzándola con algunos dulces y conservas, y diciéndola cariñosas razones, la aconsejó que en estando con más entera salud, el mejor modo de adquirir su reposo era entrarse en religión, donde viviría segura de nuevas calamidades; que en lo que tocaba a allanar el riesgo de la justicia, si hubiese alguno, él se obligaba al remedio, aunque diese cuenta a Su Majestad del caso, si fuese menester: a lo que la dama, agradeciendo los beneficios que había recibido y recibía, con nuevas caricias le respondió que ese era su intento, y que cuanto antes se negociase y ejecutase, le haría mayor merced: que ni sus desdichas ni el amor que al desventurado don Dionís tenía, le daban ya lugar a otra cosa.

Acabó don Gaspar con esta última razón de desarraigar y olvidar el amor que la tenía; y en menos de dos meses que tardó Florentina en cobrar fuerzas, sanar de todo punto y negociarse todo, pues que fue necesario que se diese cuenta a Su Majestad del caso, quien dio piadoso el perdón de la culpa que Florentina tenía en ser culpada de lo referido, se consiguió su deseo, entrándose religiosa en uno de los suntuosos conventos de Lisboa, sirviéndole de castigo su mismo dolor y las heridas que le dio don Dionís, supliendo el dote y demás gastos la gruesa hacienda que había de la una parte y de la otra, donde hoy vive santa y religiosísima vida, carteándose con don Gaspar, a quien, siempre agradecida, no olvida, antes con muchos regalos que le envía, agradece la deuda en que le está; el cual, vuelto con Su Majestad a Madrid, se casó en Toledo, donde hoy vive, y de él mismo supe este desengaño que habéis oído.

Apenas dio fin la hermosa Lisis a su desengaño, cuando la linda doña Isabel, como quien tan bien sabía su intención, mientras descansaba para decir lo que para dar fin a este entretenido sarao faltaba, porque ya Lisis había comunicado con ella su intento, dejando el arpa y tomando una guitarra, cantó sola lo que se sigue:

Al prado, en que espinas rústicas Crían mil humores sálicos, Que de ausencias melancólicas Es fruto que da mi ánimo:

Salgo a llorar de un cruelísimo Olvidos de un amor trágico; Que si fuera dichosísimo, Cantara en estilo jácaro.

Que como visión fantástica, Ni aun de mis ojos los párpados Vieron, pues voz armónica Ganó en el alma habitáculo.

Con solo acentos científicos Goza de mi amor el tálamo, Si bien con olvido fúnebre Le quito a mi vida el ámbito.

Acentos congojadísimos Escuchan aquestos álamos; Que pena sin culpa acérrima Le dan al alma estos tártagos.

No canto como oropéndola, Ni cual jilguerillo orgánico; Mas lamento como tórtola, Cuando está sola en el páramo.

Como fue mi amor platónico, Y en él no fue el fuego tácito, No quiso con fino anhélito Ser trueno, sino relámpago.

Amó solo por teórica, Pagándome con preámbulos, Y olvidando cruelísimo Un amor puro y magnánimo.

¡Ay prados y secos céspedes, Montes y fríos carámbanos! Oíd en bascas armónicas Aquestos suspiros lánguidos.

Con mil lágrimas ternísimas, Vuestros arroyos cristálicos Serán ríos caudalísimos Con que crezca amor hispánico.

Y si de mi muerte acérrima Vieres los temblores pálidos, Y mi vida cansadísima Dejaré su vital tráfago.

Decidle al pájaro armónico, Que con mal sentidos cánticos, Las aves descuidadísimas Cautiva al modo mecánico;

¡Cómo siendo ilustre héroe Y de valor tan diáfano, Engaña siendo ilustrísimo, Fingiendo fuegos seráficos!

¿Qué hay que esperar de los cómunes Sino desdichas y escándalos? Que mire a Teseo infelice Atado en el monte Cáucaso.

Que sin razones históricas, Con estilo dulce y práctico, Pone por culto a las tórtolas, Que vive con libre ánimo.

¿Qué milagro que, oyéndole, Se descuelguen de los pámpanos? ¿Ni qué milagro que, ardiéndose, Quede aturdida cual tábano?

Que si la mira benévola, Es estilo fiero y áspero, Que volando ligerísimo, La deje en amargo tártago.

Que aunque a su bella oropéndola Amase, es estilo bárbaro, Siendo este amor tan castísimo, Darle pago tan tiránico.

Que en tiempo dilatadísimo No se ha visto en mi habitáculo De su memoria mortífica, Ni en su voluntad un átomo.

Que si amara lo inteléctico, No le pesara ser Tántalo, Ni olvidara facilísimo Tiernos y dulces diálogos.

Esto cantaba una tórtola Con ronco y fúnebre cántico, Sentada en un ciprés fúnebre, Que estaba en un seco páramo.

—Bien ventilada me parece que queda, nobles y discretos caballeros y hermosísimas damas —dijo la bien entendida Lisis, viendo que doña Isabel había dado fin a su romance—, la defensa de las mujeres, por lo que me dispuse a hacer esta segunda parte de mi entretenido y honesto sarao; pues si bien confieso que hay muchas mujeres que con sus vicios y yerros han dado motivo a los hombres para la mucha desestimación que hoy hacen de ellas, no es razón que hablando en común las midan a todas con una misma medida; que lo cierto es que, en una máquina tan dilatada y extendida como la del mundo, ha de haber buenas y malas, como asimismo hay hombres de la misma manera, que eso ya fuera negar la gloria a tantos santos como hay ya pasados en esta vida, y que hoy se gozan con Dios en ella, y la virtud a millares de estos que se precian de ella; mas no es razón que se alarguen tanto de la desestimación de las mujeres que, sin reservar a ninguna, como pecado original las comprenden a todas: pues como se ha dicho en varias partes de este discurso, las malas no son mujeres, y no pueden ser todas malas, que ya esto fuera no haber criado Dios en ellas almas para el cielo, sino monstruos que consumiesen el mundo.

Bien sé que me dirán algunos cuáles son las buenas: supuesto que hasta en las de alta jerarquía se hallan hoy travesuras y embustes. A eso respondo que estas son más bestias fieras que las comunes, porque, olvidando las obligaciones, dan así motivo a desestimación: pues ya que su mala estrella las inclina a esas travesuras, tuvieran más disculpa si se valieran del recato.

Esto es, si acaso a las deidades comprehende el vicio, que yo no lo puedo creer, antes me persuado que algunas de las comunes, pareciéndoles ganan estimación con los hombres, se deben (fiadas de un manto) de vender por reinas, y luego se vuelven a su primer ser, como las damas de las farsas; y como los hombres están dañados contra ellas, luego creen cualquiera flaqueza suya, y para apoyar su opinión dicen mal hasta de las de mayores obligaciones; y aquí se ve la malicia de algunos hombres, que no quiero decir todos, aunque en común han dado todos en tan noveleros que, por ser lo más nuevo el decir mal de las mujeres, dicen que lo que se usa no se excusa.

Lo que me admira es que los nobles, los honrados y virtuosos, se dejen ya llevar de la común voz, sin que obre en ellos ni la nobleza de que el cielo los dotó, ni las muchas virtudes de que ellos se pueden dotar, ni de las ciencias que siempre están estudiando, pues por ellas pudieran sacar, como tan estudiosos, que hay y ha habido en las edades pasadas y presentes muchas mujeres buenas, santas, virtuosas, estudiosas, honestas, valientes, firmes y constantes.

Yo confieso que en parte tienen razón en creer que hay hoy más mujeres viciosas y perdidas que ha habido jamás, pero no que falten tantas buenas que no excedan el número de las malas. Y tomando de más atrás el apoyo de esta verdad, no me podrán negar los hombres que en las antigüedades no haya habido mujeres muy celebradas, porque esto fuera negar las innumerables santas, de quien la Iglesia canta tantas mártires, tantas vírgenes, tantas viudas y continentes, tantas que han muerto y padecido en la crueldad de los hombres; que si esto no fuera así, poco paño hubieran tenido estas damas desengañadoras en que cortar sus desengaños, todos tan verdaderos como la misma verdad, tanto que las debe muy poco la fábula, pues hasta para hermosear no han tenido necesidad de ella.

¿Pues qué ley humana o divina halláis, nobles caballeros, para precipitaros tanto contra las mujeres que apenas se halla uno que las defienda, cuando veis tantos que las persiguen? Quisiera preguntaros si cumplís en esto con la obligación de serlo, y lo que prometéis cuando os ponéis en los pechos las insignias de serlo. Y si es razón que lo que juráis cuando os las dan, no lo cumpláis. Mas pienso que ya no las deseáis sino por gala, como las medias de pelo y las guedejas.

¿De qué pensáis que procede el poco ánimo que hoy todos tenéis, que sufrís que estén los enemigos dentro de España y nuestro rey en campaña, y vosotros en el Prado y en el río, llenos de galas y trajes femeniles, y los pocos que le acompañan, suspirando por las ollas de Egipto? De la poca estimación que hacéis de las mujeres, que a fe que si las estimarais y amárades como en otros tiempos se hacía, por no verlas en poder de vuestros enemigos, vosotros mismos ofreciérades, no digo yo ir a la guerra a pelear, sino a la muerte, poniendo la garganta al cuchillo, como en otros tiempos, y en particular en el del rey don Fernando el Católico, se hacía, donde no era menester llevar los hombres por fuerza, ni maniatados, como ahora (infelicidad y desdicha de nuestro católico rey), sino que ellos mismos ofrecían sus haciendas y personas, el padre por defender la hija, el hermano por la hermana, el esposo por la esposa, y el galán por la dama; y esto era por no verlas presas y cautivas; y lo peor es, deshonradas, como me parece que vendrá a ser si vosotros no os animáis a defenderlas; mas como ya las tenéis por la alhaja más vil y de menos valor que hay en vuestra casa, no se os da nada de que vayan a ser esclavas de otros, y en otros reinos; y si los plebeyos os vieran a vosotros con valor para defendernos, a vuestra imitación lo hicieran todos; y si os parece que en yéndoos a pelear os han de agraviar y ofender, idos todos, seguid a vuestro rey a defendernos, que quedando solas seremos Moisenes, que orando vencerá Josué.

¡Es posible que nos veáis ya en poder de contrarios, pues desde donde están adonde estamos no hay más defensa que vuestros heroicos corazones y valerosos brazos, y no os corráis de estaros en la corte ajando galas y criando cabellos, hollando coches y paseando prados, y que, en lugar de defendernos, nos quitéis la opinión y el honor contando cuentos que os suceden con damas, que creo que son más invenciones de malicia que verdades, alabándoos de cosas que es imposible sea verdad que lo puedan hacer ni aun las públicas rameras, solo por llevar al cabo vuestra dañada intención, todo efecto de la ociosidad en que gastáis el tiempo en ofensa de Dios y de vuestra nobleza! ¡Que esto hagan pechos españoles! ¡Que esto sufran ánimos castellanos!

Bien dice un héroe bien entendido que los franceses os han hurtado el valor, y vosotros a ellos, los trajes: estimad y honrad a las mujeres, y veréis cómo resucita en vosotros el esfuerzo y valor perdidos; y si os parece que las mujeres no os merecen esta fineza, es engaño, que si dos os desobligan con sus malos tratos, hay infinitas que los tienen buenos: y si por una buena merecen perdón muchas malas, merézcanle las pocas que hay, por las muchas buenas que goza este siglo, como lo veréis si os dais a visitar los santuarios de Madrid y de otras partes, que son más en número las que veréis frecuentar todos los días los sacramentos que no las que os buscan en los prados y ríos.