Novelas ejemplares y amorosas

Part 40

Chapter 404,186 wordsPublic domain

Desháganse los lazos Del leal y dichoso Hermafrodito, Pues en ajenos brazos A mi hermoso desdén estar permito, Sin que mi mano airada No tome la venganza deseada, Que con celos bien puedo, Ni respetar deidad ni tener miedo.

Canción, si de mi dueño Bien recibida fueses, Pues de mi pena fiel testigo eres; Cual sabia mensajera, Dile me excuse esta pena fiera; Y para no matarme, Si desea mi vida, quiera amarme.

Admiradas estaban doña Leonor y sus hijas, con todas las damas, de oír a Estefanía; y Laurela de rato en rato ponía en ella sus hermosos ojos, admirando los sentimientos con que cantaba, tomando y dejando los colores en el rostro conforme lo que sentía, y ella, de industria, en su canción ya parecía que hablaba con dama, ya con galán, por divertir a las damas; y viendo había dado fin con un ternísimo suspiro, riéndose le dijo:

—Cierto, Estefanía, que si fueras, como eres mujer, hombre, dichosa se pudiera llamar la que tú amaras.

—Y aun así como así —dijo Estefanía—, pues para amar, supuesto que el alma es toda una en varón y hembra, no se me da más ser hombre que mujer, pues las almas no son hombres ni mujeres, y el verdadero amor en el alma está, y no en el cuerpo, y el que amare el cuerpo con el cuerpo no puede decir que es amor, sino apetito, y de esto nace arrepentirse en poseyendo, porque como no estaba el amor en el alma, el cuerpo, como mortal, se cansa siempre de un manjar, y el alma, como espíritu, no se puede fastidiar de nada.

—Sí, mas es amor y no provecho amar una mujer a otra —dijo una de las criadas.

—Ese —dijo Estefanía— es el más verdadero amor, pues amar sin premio es mayor fineza.

—¿Pues cómo los hombres —dijo una de las hermanas de Laurela— a cuatro días de amar le piden, y si no se le dan, no perseveran?

—Porque no aman —respondió Estefanía—, que si amaran, aunque no los premiaran, no olvidarían, que amor verdadero es el carácter del alma, y mientras el alma no muriere, no morirá el amor. Luego siendo el alma inmortal, también lo será el amor, y como amando solo con el cuerpo no le alcanzan, aborrecen u olvidan luego, por tener lugar para buscar alimento en otra parte, y si alcanzan, ahítos buscan lo mismo.

—Pues según eso —dijo otra doncella—, los hombres de ahora todos deben de amar solo con el cuerpo y no con el alma, pues luego olvidan, y detrás de eso dicen mal de las mujeres, sin reservar a las buenas ni a las malas.

—Amiga —respondió Estefanía—, de las buenas dicen mal porque no las pueden alcanzar, y de las malas, porque están ahítos de ellas.

—¿Pues por qué las buscan? —dijo la otra hermana de Laurela.

—Porque las han menester —dijo Estefanía—, y por excusar un buen día a los muchachos, porque los maestros no los suelten temprano.

—Pues si solo por necesidad aman, y son tan malas por ellos las unas como las otras, más vale —respondió Laurela— ser buena y no admitirlos.

—Todo es malo —dijo Estefanía—, que ni han de ser las damas tan desdeñosas que tropiecen en crueles, ni tan desenvueltas que caigan en desestimación.

—Sí, mas yo quisiera saber —replicó la otra doncella— qué piensa sacar Estefanía de amar a mi señora Laurela, que muchas veces, a no ver su hermosura, y haberla visto algunas veces desnuda, me da una vuelta el corazón pensando que es hombre.

—Pluguiera a Dios, amiga —dijo Estefanía—, dieras cuatro en los infiernos; mas eso es vivir de esperanza; aunque qué sé yo si algún día hará, viéndome morir de imposible, algún milagro conmigo.

—El cielo excuse ese milagro por darme a mí gusto —dijo Laurela—, porque no soy amiga de prodigios, y de eso no pudieras ganar más de perderme para siempre.

Con esto pasaban, teniendo todas chacota y risa con los amores de Estefanía, que aunque disimulaba, no estaba poco penada al ver que ya las compañeras, entre burlas y veras, jugando unas con otras, procuraban ver si era mujer u hombre; demás que había menester andar con demasiada cuenta con las barbas que ya empezaba a hacer, y no sabía cómo declararse con Laurela, ni menos librarse de su padre, que perdido por ella, era sombra suya en todas las ocasiones que podía.

Pues sucedió, porque la fatal ruina de Laurela venía a toda diligencia, que aquel caballero que vivía en casa y amaba a Laurela con mortales celos de Estefanía, tornó a pedírsela por esposa a su padre, diciendo, porque no se la negase, que no quería otro dote con ella sino el de su hermosura y virtudes.

Don Bernardo, codicioso, aceptó luego, y tratándolo con su mujer e hija, la hermosa Laurela obedeció a su padre, diciendo no tenía más gusto que el suyo; y con esto, muy contenta, entró donde estaba Estefanía y las demás criadas, y las dijo:

—Ya, Estefanía, ha llegado la ocasión en que podré hacer por ti, y pagarte el amor que me tienes.

—¿En qué forma, señora mía? —respondió ella.

—En que me caso —tornó a responder Laurela—, que ahora me lo acaba de decir mi padre, que me ha prometido por esposa a don Enrique.

Apenas oyó estas últimas palabras Estefanía, cuando con un mortal desmayo cayó en el suelo, con lo que todas se alborotaron; y más Laurela que, sentándose y tomándole la cabeza en su regazo, empezó a desabrocharle el pecho, apretarle las manos y pedir apriesa agua, confusa, sin saber qué decir de tal amor y sentimiento.

Al cabo de un rato, con los remedios que se le hicieron, Estefanía volvió en sí, con que ya consoladas todas, mandó Laurela fuesen a acostarla.

Laurela, mientras las demás fueron a que se acostase, quedó revolviendo en su pensamiento mil quimeras, no sabiendo dar color de lo que veía hacer a aquella mujer; mas que fuese hombre jamás llegó a su imaginación, que si tal pensara, no hay duda sino que resueltamente la apartara de sí sin tornarla a ver, y no le valiera menos que la vida.

Acostada Estefanía y las criadas ocupadas en prevenir la cena, Laurela entró donde estaba y, sentándose sobre la cama, la dijo:

—Cierto, Estefanía, que me tienes fuera de mí, y que no sé a qué atribuya las cosas que te veo hacer después que estás en casa. Y acaso pensara, a no ser cosa imposible y que pudiera ocasionar muchos riesgos, o que no eres lo que pareces, o que no tienes juicio. ¿Qué perjuicio te viene de que yo tome estado, para que hagas los extremos que esta noche he visto?

—El de mi muerte —respondió Estefanía—; y pues morir, viéndote casada, o morir a tus manos todo es morir, mátame o haz lo que quisieres, que ya no puedo callar, ni quiero: tan aborrecida tengo la vida que por no verte en poder de otro dueño, la quiero de una vez perder. No soy Estefanía, no, don Esteban soy, un caballero de Burgos, que enamorado de la extrema belleza que te dio el cielo, tomé este hábito, por ver si te podía obligar con estas finezas a que fueses mía; porque aunque tengo nobleza con que igualarte, soy tan pobre que no he tenido atrevimiento de pedirte a tu padre, teniendo por seguro que el granjear tu voluntad era lo más esencial, pues una vez casado contigo, tu padre había de tenerse por contento, pues no me excede más que en los bienes de fortuna, que el cielo los da y los quita. Ya te he sacado de confusión, cuerda eres, obligada estás de mi amor; mira lo que quieres disponer, porque apenas habrás pronunciado la sentencia de mi muerte con negarme el premio que merezco, cuando yo me la daré con esta daga que tengo debajo de la almohada para este efecto.

Figura de mármol parecía Laurela: tan helada y elevada estaba oyendo a Estefanía, que apenas osaba apartar de ella los ojos, pareciéndola que en aquel breve instante que la perdiese de vista, se la había de transformar, como lo había hecho de Estefanía en don Esteban, en algún monstruo o serpiente; y visto que callaba, no sabiendo si eran burlas o veras sus razones, le dijo (ya más cobrada del susto que le había dado con ellas):

—Si no imaginara, Estefanía, que te estás burlando conmigo, la misma daga con que estás amenazando tu vida fuera verdugo de la mía y castigo de tu atrevimiento.

—No son burlas, Laurela, no son burlas —respondió Estefanía—, ya no es tiempo de burlarme, que si hasta aquí lo han sido y he podido vivir de ellas, era con las esperanzas de que habían de llegar las veras, y habías de ser mía, y si esto no llegara a merecer, me consolara con que si no lo fueras, por lo menos no te hicieras ajena, entregándote a otro dueño; mas ya casada, o concertada, ¿qué tengo que esperar sino morir? ¿Es posible que has estado tan ciega que en mi amor, en mis celos, en mis suspiros y lágrimas, en los sentimientos de mis versos y canciones, no has conocido que soy lo que digo y no lo que parezco?; porque, ¿quién ha visto que una dama se enamore de otra? Y supuesto esto, o determínate a ser mía, dándome la mano de esposa, o apenas saldrás con intento contrario por aquella puerta, cuando yo me haya quitado la vida; y veremos luego qué harás, o cómo cumplirás con tu honor para entregarle a tu esposo y para disculparte con tus padres y con todo el mundo; que claro es que hallándome sin vida, y que violentamente me la he quitado, y viendo que no soy mujer, si primero creyendo que lo era solemnizaban por burlas mis amores, conociendo las veras de ellos, no han de creer que tú estabas ignorante sino que con tu voluntad me transformé contigo.

¿Quién podrá ponderar la turbación y enojo de Laurela, oyendo lo que don Esteban con tanta resolución decía? Ninguno por cierto. Mas en lo que hizo se conocerá: que fue, casi fuera de juicio, asir la daga que en la mano tenía, diciendo:

—Matándome yo, excusaré todas estas afrentas y evitaré que lo hagan mis padres.

Mas don Esteban, que estaba con el mismo cuidado, la tuvo tan firme que las flacas fuerzas de la tierna dama no bastaron a sacarla de sus manos; y viéndola tan rematada, la rogó se aquietase, que todo era burla, que lo que era la verdad era ser Estefanía y no más, que se mirase muy bien en todo y que no se precipitase, que Estefanía sería mientras ella gustase que no fuese don Esteban.

Con esto, Laurela, sin hablarle palabra, con muy grande enojo, se salió y la dejó contenta con haber vencido la mayor dificultad, pues ya por lo menos sabía quién era, la cual, ni segura de que fuese Estefanía ni cierta de que era don Esteban, se fue a su aposento con grandísima pasión, y sin llamar a nadie se desnudó y acostó, mandando dijesen a sus padres que no salía a cenar por no sentirse buena.

Dormían todas tres hermanas, aunque en camas distintas, en una misma cuadra, con lo que Laurela se aseguró de que Estefanía no se pondría en ningún atrevimiento, caso que fuese don Esteban; y ya todos recogidos y aun dormidos, sola Laurela desvelada y sin sosiego, dando vueltas por la cama, empezó a pensar qué salida tendría de un caso tan escandaloso como el que le estaba sucediendo.

Unas veces se determinaba a avisar a su padre de ello: otras si sería mejor decir a su madre que despidiese a Estefanía, y otras miraba los inconvenientes que podrían resultar si su padre no creyese que ella de tal atrevimiento estaba inocente.

Ya se aseguraba en lo mucho que la querían sus padres y cuán ciertos estaban de su virtuosa y honesta vida: ya reparaba que, cuando sus padres se asegurasen, no lo había de quedar el que había de ser su esposo, pues comunicación de tanto tiempo con Estefanía había de criar en él celosos pensamientos, y que, o había de ser para perderle, o para vivir siempre mal casada, pues no podía esperarse menos de marido que entraba a serlo por la puerta del agravio, y no de la confianza.

Consideraba luego las bellas prendas de don Esteban, y parecíale que no le aventajaba don Enrique más que en la hacienda; y para esta falta (que no era pequeña) echaba en la balanza de su corazón, por contrapeso, para que igualase el amor de don Esteban, la fineza de haberse puesto por ella en un caso tan arduo, las lágrimas que le había visto verter, los suspiros que le había oído desperdiciar, las palabras que le había dicho aquella noche, que con estas cosas y otras tocantes a su talle y gracias igualaba el peso, y aun hacía ventaja.

Ya se alegraba, pareciéndole que, si le tuviese por esposo, todas podían envidiar su dicha; ya se entristecía, pareciéndole que su padre no le estimaría, aunque más noble fuese, siendo pobre.

En estos pensamientos y otros muchos, vertiendo lágrimas y dando suspiros, sin haber dormido sueño, la halló la mañana; y lo que peor es, que se halló enamorada de don Esteban, que como era niña, mal leída en desengaños, aquel rapaz enemigo común de la vida, del sosiego, de la honestidad y del honor, el que tiene tantas vidas a cargo como la muerte, el que, pintándole ciego, ve adónde, cómo y cuándo ha de dar la herida, asestó el dorado arpón al blando pecho de la delicada niña, y la hirió con tanto rigor que ya cuantos inconvenientes hallaba antes de amar, los hallaba fáciles. Ya le pesara que fuera Estefanía y no don Esteban, ya se reprendía de haber hablado con aspereza, ya temía si se había muerto, como lo había de hacer, y al menor ruido que sentía fuera, le parecía que eran las nuevas de su muerte.

Todas estas penas la ocasionaron un accidente de calentura que puso a todos en gran cuidado, como tan amada de todos, y más Estefanía, que como lo supo, conociendo procedía de la pena que había recibido con lo que le había dicho, se vistió y fue a ver a su señora, muy triste y los ojos muy rojos de llorar, lo que notó muy bien Laurela, como quien ya no la miraba como a Estefanía sino como a don Esteban.

Vino el médico y mandó sangrar a Laurela, y ejecutado ese remedio saliéronse todos de allí, juzgando que donde Estefanía asistía sobraban los demás en servir a Laurela.

Últimamente, por ir dando fin a este discurso, tanto hizo Estefanía puesta de rodillas delante de la cama, tanto rogó y tanto lloró, y todo con tan ternísimos afectos y sentimientos, que ya cierta Laurela de ser don Esteban, perdió el enojo y perdonó el atrevimiento del disfraz, y prometiéndose el uno al otro palabra de esposo, concertaron se disimulase hasta que ella estuviese buena, que entonces determinarían lo que se había de hacer para que no tuviesen trágico fin tan extraños y prodigiosos amores.

¡Ay, Laurela, y si supieras cuán trágicos serán, no hay duda sino que antes te dejaras morir que aceptar este concierto! Mas inútil es querer excusar lo que ha de ser; y así le sucedió a esta mal aconsejada niña. ¡Oh traidor don Esteban! ¿En qué te ofendió la candidez de esta inocente, que tan aprisa la vas diligenciando su perdición?

Más de un mes estuvo Laurela en la cama bien apretada de su mal, que valiera más que la acabara: mas ya sana y convalecida, concertaron ella y su amante, viendo con la prisa que se le facilitaba su matrimonio con don Enrique, quien hechas las capitulaciones y corridas dos amonestaciones, no aguardaba a más que pasase la tercera para desposarse, y viendo también cuán imposible era estorbarlo, ni persuadir a sus padres que trocasen a don Enrique por don Esteban, pues no era lance ajustado el descubrir en tal ocasión el engaño de Estefanía, menos que estando los dos seguros de la indignación de don Bernardo y don Enrique, que ya como hijo era admitido; concertaron, digo, que se ausentarían una noche, y puestos en cobro y ya casados, sería fuerza aprovecharse del sufrimiento, pues no había otro remedio, y que interpondrían personas que con su autoridad alcanzasen el perdón de su padre.

Suspendieron la ejecución para de allí a tres días, y Estefanía, con licencia de su señora, diciendo iba a ver una amiga o parienta, salió a prevenir la parte adonde había de llevar a Laurela, como quien no tenía más casa ni bienes que su persona, y en esa había más males que bienes, que fue en casa de un amigo, que aunque era mancebo por casar, no tenía mal alhajado un cuarto de una casa en que vivía, que era el mismo donde don Esteban había dejado a guardar un vestido y otras cosillas, no de mucho valor.

Cuando el tal amigo le vio con el hábito de dama, pues él creía estaba fuera de Madrid, santiguándose le preguntó qué embeleco era aquel. A quien don Esteban satisfizo contándole todo lo que queda dicho; si bien no le dijo quién era la dama.

En fin, le pidió lugar para traerla allí, a lo que el amigo condescendió voluntariamente, no solo por una noche sino por todas las que gustase, y le dio una de dos llaves que tenía el cuarto, quedando advertido que de allí a dos noches él se iría a dormir fuera, porque con más comodidad gozase amores que le costaban tantas invenciones; con lo que se volvió muy alegre a casa de Laurela, la cual aquellos días juntó todas las joyas y dineros que pudo, que serían de valor de dos mil ducados, por tener, mientras su padre se desenojase, con qué pasar.

Llegada la desdichada noche, escribió Laurela un papel a su padre dándole cuenta de quién era Estefanía y cómo ella se iba con su esposo, por dudar que no le admitiría por pobre, aunque en nobleza no le debía nada, y otras muchas razones en disculpa de su atrevimiento, pidiéndole perdón con sentidas expresiones.

Aguardaron a que todos estuviesen acostados y dormidos, y habiendo de nuevo don Esteban prometido a Laurela ser su esposo, que con menos seguridad no se arrojara a tan atrevida acción, dejando el papel sobre las almohadas de su cama, y Estefanía el vestido de mujer en su aposento, se salieron cerrando por defuera la puerta y llevándose la llave, para que, si fuesen sentidos, no pudiesen salir tras ellos hasta que estuviesen en salvo.

Se fueron a la casa que don Esteban tenía apercibida, dando el traidor a entender a la desdichada Laurela que era suya, donde se acostaron con el mayor reposo, Laurela creyendo que con su esposo y él imaginando lo que había de hacer, que fue lo que ahora se dirá.

Apenas se empezó a reír la mañana cuando se levantó e hizo vestir a Laurela, pareciéndole que a esta hora no había riesgo que temer, como quien sabía que en casa de Laurela las criadas no se levantaban hasta las ocho y los señores a las diez, si no era el criado que iba a comprar.

Vestido él, y Laurela bien temerosa qué sería tanto madrugar, facción bien diferente de la que ella esperaba, la hizo cubrir el manto, y tomando las joyas y dineros, salieron de casa y la llevó a Santa María, iglesia mayor de esta corte, y en estando allí la dijo estas razones:

—Las cosas, hermosa Laurela, que se hacen sin más acuerdo que por cumplir con la sensualidad del apetito, no pueden durar, y más cuando hay tanto riesgo como el que a mí me corre, sujeto al rigor de tu padre y esposo, y al de la justicia, que no me amenaza menos que la horca: yo te amé desde que te vi, e hice lo que has visto, y te amo por cierto, mas no con aquella locura que antes, cuando no miraba en riesgo alguno, mas ya los veo todos y a todos los temo; con que es fuerza desengañarte.

Yo, Laurela, no soy de Burgos, ni caballero, porque soy hijo de un pobre oficial de carpintería, que por no inclinarme al trabajo me vine a este lugar, donde sirviendo he pasado fingiendo nobleza y caballería: te vi y te amé, y busqué la invención que has visto hasta conseguir mi deseo; y si bien no fueras la primera en el mundo que casándose humildemente ha venido de alto a bajo estado, y trocando la seda en sayal ha vivido con su marido contenta, aun cuando yo quisiera hacer esto, me es imposible, porque soy casado en mi tierra, que no es veinte leguas de aquí, y mi mujer la tienen mis padres en su casa, sustentándola con su pobre trabajo.

Esto soy; y como no hay tal potro como el miedo, que en él se confiesan verdades, puedes considerar cómo me atreveré a ser hallado de tu padre, pues a este punto ya seré buscado, y no puedo esperar sino la muerte, que tan merecida tengo por la traición que en su casa he cometido.

Nada miraba con el deseo de alcanzar tu hermosura; mas ya es fuerza que lo mire, y así vengo determinado a dejarte aquí, y ponerme en salvo, y para hacerlo tengo necesidad de estas joyas que tú no has menester, pues te quedas en tu tierra, donde tienes deudos que te ampararán, y ellos reportarán el enojo de tu padre, que al fin eres su hija y considerará la poca culpa que tienes, pues has sido engañada.

Aquí no hay que gastar palabras ni verter lágrimas, pues con nada de esto me has de enternecer, porque primero es mi vida que todo; antes tú misma, si me tienes voluntad, me aconsejarás lo mismo; pues no remedias nada con verme morir delante de tus ojos, y todo lo que me detengo aquí contigo pierdo de tiempo para salvarme.

Sabe Dios que si no fuera casado no te desamparara, aunque fuera echarme una esportilla al hombro para sustentarte, que ya pudiera ser que tu padre, por no deshonrarse, gustara de tenerme por hijo; mas si tengo mujer, mal lo puedo hacer, y más que cada día hay aquí gente de mi tierra que me conocen y luego han de llevar allá las nuevas, y de todas maneras tengo de perecer.

Dicho te he lo que importa, conque quédate a Dios, que yo me voy a poner al punto a caballo para en partiéndome de Madrid excusarme el peligro que me amenaza.

Dicho esto, sin aguardar respuesta de la desdichada Laurela, sin obligarse de su lindeza, sin enternecerse de sus lágrimas, sin apiadarse de sus tiernos suspiros, sin dolerse del riesgo y desamparo en que la dejaba, como vil y ruin, que quiso más la vida infame que la muerte honrosa, pues muriendo a su lado cumplía con su obligación, la dejó tan desconsolada como se puede imaginar, vertiendo perlas y pidiendo a Dios la enviase la muerte, marchándose donde hasta hoy no se saben nuevas de él; si bien piadosamente podemos creer que no le dejaría Dios sin castigo.

Dejemos a Laurela en la parte dicha, adonde la trajo su ingrato amante, o donde se trajo ella misma por dejarse tan fácilmente engañar, implorando justicias contra el traidor y temiendo las iras de su padre, sin saber qué hacer ni dónde irse; y vamos a su casa, que hay bien que contar en lo que pasaba en ella.

Así que fue hora de que el criado que tenía a cargo el ir a comprar lo necesario se vistiese, fue a tomar la llave (que siempre para este efecto quedaba en la puerta por la parte de adentro, porque no inquietasen a los señores que dormían), y como no la halló, pensando que Estefanía, que era la que cerraba, la habría llevado, hubo de aguardar hasta que ya las criadas vestidas salieron a aliñar la casa, y dícholes fuesen a pedir la llave a Estefanía, de que enfadadas, así como envidiosas de ver que ella lo mandaba todo, después de haber murmurado un rato, como se acostumbra entre este género de gente, entraron a su aposento, y como no hallaron sino solos los vestidos sobre la cama, creyeron se habría ido a dormir con Laurela, de quien no se apartaba de noche ni de día; mas como viesen que sus señoras reposaban, no se atrevieron a entrar, y volviéndose afuera empezaron a decir bellezas sobre la curiosidad de quitar la llave; y así estuvieron hasta que fue hora, que entrando en la cámara y abriendo las ventanas para que despertasen, viendo las cortinas de la cama tiradas, abriéndolas decían: «¿Dónde Estefanía puso anoche la llave de la puerta?».