Novelas ejemplares y amorosas

Part 39

Chapter 394,022 wordsPublic domain

Los criados, como su ejercicio es murmurar de los amos, pues les parece que solo para eso les sustentan, le dijeron, burlándose de la condición de Laurela, que si no sabía tañer y cantar que bien se podía volver por donde había venido; porque en aquella casa no se pedía otra labor, y que siendo música la recibirían al punto.

—Siempre oí —dijo don Esteban— que tañer y cantar no es ajuar; mas si en esta casa gustan de eso, les ha venido lo que desean; que a Dios gracias, mis padres, como me criaron para monja, casi no me enseñaron otro ejercicio: faltáronme al mejor tiempo, con que he venido desde señora a servir, y me acomodo mejor a esto que no a hacer otra flaqueza.

—En verdad, dijo el uno de los criados, que tenéis cara más para eso que para lo que pretendéis, y que gastara yo de mejor gana con vos mi jornalejo que con el guardián de san Francisco.

—En lo uno ni en lo otro le envidio la ganancia, hidalgo —dijo don Esteban—, y ahorremos de chanzas y entre a decir si me han menester; porque si no, tengo otras dos casas en venta y me iré a la que más me diere gusto.

—Yo le tendré muy grande en que os quedéis en casa, señora hermosa, porque me habéis parecido un pino de oro, y así entraré a decirlo; mas ha de ser con una condición, que me habéis de tener por muy vuestro.

—Entre, galán, y dígalo, que se verá su pleito —respondió don Esteban.

Con esto el criado entró donde estaban sus señoras y les dijo cómo afuera estaba una doncella que preguntaba si la querían recibir para servir en lugar de la que se despidió.

—Y os aseguro, señoras —medio amartelado el escudero—, que su cara, despejo y donaire más merece que la sirvan que no que sirva: y demás de esto dice que sabe tañer y cantar.

Sonole bien a Laurela esta habilidad, como quien era tan llevada de ella, y a las damas no desagradó, que luego mandaron que entrase, que como madre y hermanas querían ternísimas a Laurela, todas seguían su inclinación, no juzgándola viciosa ni advirtiendo que el demonio teje sus telas, tomando para hacerlo de cada uno la inclinación que tiene.

Dada pues la licencia, entró la doncella, y vista e informadas de lo que sabía hacer, agradadas de su brío y desenvoltura, a pocos lances quedó en casa; porque si a todas agradó, a Laurela enamoró, tanto era el agrado de la doncella. No fue este amor de calidad de don Esteban, porque Laurela, sin advertir engaño, creyó que era mujer.

Preguntáronle el nombre, y dijo que se llamaba Estefanía, sin don, que entonces no debía de ser la vanidad de las señoras tanta como la de ahora, que si tienen picaza la llaman «doña Urraca», y si papagayo, «don Loro»; hasta a una perrita llamó una dama «doña Marquesa», y a una gata, «doña Miza».

—Pues, Estefanía —dijo Laurela—, yo quiero oír tu voz, para ver si me agrada tanto como tu cara.

—¡Ay señora mía —respondió Estefanía—, si la voz no es mejor que la cara, buena medra sacaré!

Y habiéndole dado una guitarra, templó sin enfadar y cantó sin ser rogada: falta tan grande de los cantores, que cuando vienen a conceder, ya tienen enfadado al género humano de rogarlos; mas Estefanía cantó así:

Después que pasaron, De la edad dorada, Las cosas que cuentan Las viejas honradas;

Y después que al cielo Fueron desterradas La verdad hermosa, La inocencia santa:

Porque acá las gentes Ya las maltrataban, O por ser mujeres, O por no imitarlas;

Cuando las encinas La miel destilaban, Y daba el ganado Hilos de oro y plata;

Ofrecían los prados Finas esmeraldas, Y la gente entonces Sin malicia estaba:

Cuando no traían Fregonas ni damas Guardainfantes, moños, Guardapiés y enaguas;

Cuando los galanes Calzaban abarcas, No medias de pelo, Que estén abrasadas;

La de plata vino, Donde ya empezaban A saber malicias Y a maquinar trazas.

Esta pasó, y luego La de alambre falsa Mostró en sus engaños Maliciosas trazas.

Llegó la de hierro, Tan pobre y tan falta De amistad, que en ella No hay más que marañas.

Son tantos los males, Tantas las desgracias, Que se teme el mundo De que ya se acaba.

Al Tiempo envió Con su blanca barba De Júpiter santo A la audiencia sacra:

Para que le advierta Que repare y haga Contra tantos vicios Jueces de la fama.

Júpiter le dijo Que diga la causa, Que a pedir justicia Obliga a sus canas.

Lo primero pido, Dijo en voces altas, Que los lisonjeros Desterrados vayan;

Porque solo aquestos Oro y seda arrastran, Y de los señores Son pulgas que abrasan.

Y que a la mentira Descubran la cara, Que verdad se nombra, Como anda tapada.

Ítem: que declare Cómo o dónde halla Los diversos trajes Con que se disfraza.

Que las viejas muestren Sus cabezas canas, Las damas sus pelos, Los hombres sus calvas:

Porque hay mil achaques, Postillas y agallas, Reumas y jaquecas, Y otras cosas malas,

Después que se usa Vender en la plaza Cabelleras, moños, Que a los muertos sacan.

Si son pelicortas, Que mandan que traigan Las cofias de pavos De la infanta Urraca.

Que a los hombres manden Que vistan botargas, Como en otros tiempos Los godos usaban.

Que nuestros abuelos Era gente honrada, Y siempre vistieron Una martingala.

Las medias de pelo Mueran abrasadas, Y las que las hacen Sean leña y ascuas;

Porque no hay haciendas, Que todas se gastan En ponerse unas Todas las semanas.

Demás que parece Que descalzos andan, Quitando el valor A las toledanas.

Que a sus trajes vuelvan, Y vuelvan a Francia Los que le han hurtado, Que parece infamia.

Que Francia el valor Le ha robado a España, Y los españoles Al francés las galas.

Que en la ropería Acorten las faldas A aquestos jubones, Ya medio sotanas.

Y que se recojan Aquestas que andan Pelando atrevidas Las bolsas y el alma.

Y porque trabajen, Las señalen casa, Donde recogidas Coman, si lo ganan.

Que gastando mantos, Y rompiendo sayas, Como vemos, vale La seda muy cara.

Que a los coches pongan Corozas muy altas, Por encubridores De bajezas tantas.

Y que a ciertas viejas, Que en forma de santas, Voluntades juntan, A los montes vayan.

Porque solo sirven De enseñar muchachas A chupar las bolsas Y hacer caravanas.

Que algunos maridos Manden que en sus casas Miren, por si hay Varas encantadas,

Con que sus mujeres Oro y tela arrastran, Y ellos paseando, Comen, visten, calzan.

Que a mil maldicientes, Que atrevidos hablan Contra las mujeres, A la guerra vayan.

Que sobre los dones Echen alcabalas, Y la cantidad A pobres repartan,

Que si cada uno Ofrece una blanca, El uno por ciento No hará a suma tanta.

Esto pidió el Tiempo, Y Júpiter manda Que se vea su pleito, Que fue no hacer nada.

Cantó esta sátira Estefanía con tanto donaire y desenvoltura que dejó a todas embelesadas, creyendo que tenían en ella una preciosa joya, que a saber que era el caballo troyano, pudiera ser no les diera tanto gusto.

Pues como Laurela era niña y tan inclinada a la música, fuera de sí de gozo, se levantó del estrado y, cruzando los brazos al cuello de Estefanía, juntando su hermosa boca con la mejilla, favor que no entendió ella llegar a merecerle, la dijo:

—¡Ay amiga, y qué alegre estoy de tenerte conmigo, y cómo no tengo de tenerte por criada, sino por hermana y amiga!

Tomola Estefanía una de sus hermosas manos, y besándosela por el favor que la hacía, dio por bien empleado su disfraz, que la hacía merecedora de tantos favores, y díjola:

—Señora mía, yo sé que te merezco y mereceré toda la merced que me hicieres, como lo conocerás con el tiempo; porque te aseguro que desde el punto que vi tu hermosura, estoy tan enamorada (poco digo, tan perdida), que maldigo mi mala suerte en no haberme hecho hombre.

—Y a serlo —dijo Laurela—, ¿qué hicieras?

—Amarte y servirte hasta merecerte, como lo haré mientras viviere; que el poder de amor también se extiende de mujer a mujer, como de galán a dama.

Diolas a todas gran risa oír a Estefanía decir esto dando un lastimoso suspiro, juzgando que se había enamorado de Laurela.

Preguntó Estefanía si había más doncellas en casa.

—Otras dos —dijo Laurela—, y una criada que guisa de comer.

Y oído esto, pidió a sus señoras se sirviesen darla cama aparte, porque no estaba enseñada a dormir acompañada, y demás de esto era apasionada de melancolía, cosa usada de los versistas, y se hallaba mejor con la soledad.

—Luego también tienes esa habilidad —dijo Laurela.

—Por mis pecados —respondió Estefanía—, para que estuviese condenada a eterna pobreza.

—Cada día me parece has de descubrir nuevas habilidades —respondió Laurela—; mas en cuanto a tu pobreza, vencido has a tu fortuna en haber venido a mi poder, pues yo te haré rica para que te cases como mereces.

—Ya soy la más rica del mundo, pues estoy en tu poder, que yo no quiero más bienes que gozar de tu hermosa vista; y en lo que toca a casarme, no tienes que tratarme tal cosa, pues la divina imagen que hoy ha tomado asiento en mi corazón no dará lugar para que se aposente en él otra alguna.

Volviéronse a reír todas, confirmando el pensamiento hecho de haberse Estefanía enamorado de Laurela: y, en fin, para más agradarla, le dieron su aposento y cama dividido de las demás, quedando Estefanía muy contenta, por poder, al desnudarse y vestirse, no dar algunas sospechas, y remediar cuando las flores del rostro empezasen a descubrir lo contrario de su hábito, pues aunque hasta entonces no le habían apuntado, se temía no tardarían mucho. Gran fiesta hicieron las demás criadas a Estefanía, ofreciéndosele todas por amigas, si bien envidiosas de los favores que la hacía Laurela.

Vino su padre a cenar, que era un caballero de hasta cuarenta años, discreto y no de gusto melancólico, sino jovial y agradable; y dándole cuenta de la nueva doncella que había traído a casa y de sus gracias y habilidades, diciendo este la quería ver, vino Estefanía y con mucha desenvoltura y agrado besó a su señor la mano, y él, muy pagado de ella, lo más que ponderó fue su hermosura, con tal afecto que al punto conoció Estefanía que se había enamorado, y no le pesó, aunque temió verse perseguida de él.

Mandola que cantase y no lo rehusó, pues como no era mujer sino en el hábito, no la ocupó la vergüenza; y así, pidiendo una guitarra, con la prontitud del ingenio y la facilidad que tenía en hacer versos, pues era maravillosa, cantó así:

Ausentose mi sol, y en negro luto Me dejó triste y de dolor cercada; Volvió a salir la aurora aljofarada, Y dile en feudo lágrimas por fruto.

Nunca mi rostro de este llanto enjuto, Le da la enhorabuena a su llegada, Que si ella ve su sol, yo desdichada, Al mío doy querella por tributo.

Sale Febo tras ella, dando al suelo Oro, si le dio perlas la aurora, Plata a las fuentes, y cristal al río.

Sola yo, con eterno desconsuelo, No me alegro, aunque miro alegre a Flora, Que aunque sale su sol, no sale el mío.

Amo, temo, y porfío A vencer con mi amor fieros temores; ¡Mas ay, que por instantes son mayores!

En mí es amor gigante, En mí es infante tierno, Para que sea mi tormento eterno.

Ama gigante Y teme como infante, Y yo padezco como firme amante.

—Competencia puede haber, Estefanía, sobre cuál ha de llevar el laurel, entre tu voz y tu hermosura —dijo don Bernardo, que así se llamaba el padre de Laurela.

—Y más —dijo doña Leonor, que este es el nombre de su madre—, que lo que canta ella misma se lo compone; y en este soneto parece debía estar enamorada Estefanía cuando le hizo.

—Señora mía —respondió ella—, lo estaba, lo estoy, y estaré hasta morir; y aún ruego a Dios no pase mi amor más allá del sepulcro; y en verdad que como se iban cantando los versos, se iban haciendo, que a todo esto obliga la belleza de mi señora Laurela, que como se salió acá fuera y me dejó a obscuras, y yo la tengo por mí, soltome este asunto ahora que me mandó don Bernardo, mi señor, que cantase.

Empezaron todas a reírse, y don Bernardo preguntó qué enigmas eran aquellos.

—¿Qué enigmas han de ser —dijo doña Leonor— sino que Estefanía está enamorada de Laurela desde el punto que la vio, y lamenta su ausencia celebrando su amor, como habéis visto?

—Bien me parece —respondió don Bernardo—, pues de tan castos amores bien podemos esperar hermosos nietos.

—No quiso mi dicha, señor mío —dijo Estefanía—, que yo fuera hombre, pues a serlo sirviera como Jacob por tan linda Raquel.

—Más te estimo yo mujer que no hombre —dijo don Bernardo.

—Cada uno busca y desea lo que ha menester —respondió Estefanía.

Con estas y otras burlas, que pararon en amargas veras, llegó la hora de acostarse, diciendo Laurela a Estefanía la viniese a desnudar, porque desde luego la hacía favor de camarera.

Se fueron todos, y Estefanía con su señora, asistiéndola hasta que se puso en la cama, gozando así sus ojos, en virtud de su engaño, lo que no se les permitiera a no ser por su engañoso disfraz, enamorándose más y más, juzgando a Laurela aún más linda desnuda que vestida.

Más de un año pasó en esta vida Estefanía sin hallar modo cómo descubrir a Laurela quién era, temiendo su indignación y perder los favores que gozaba: pues es de creer que, a entender Laurela que era hombre, no pasara por tal atrevimiento, y aunque en todas ocasiones le daba a entender su amor, ella y todas las demás lo juzgaban a locura, y las servía de entretenimiento y motivo de risa siempre que le veían hacer extremos y finezas de amante, como llorar celos y sentir desdenes, admirando que una mujer estuviese enamorada de otra, sin llegar a su imaginación que pudiese ser lo contrario; y muchas veces Laurela se enfadaba de tanto querer y celar, porque si salía fuera, aunque fuese con su madre y hermanas, cuando venía la pedía celos: y si tal vez salía con ellas, la decía se echase el manto en el rostro porque no la viesen, diciendo que a nadie era bien fuese permitido ver su hermosura. Si estaba a la ventana, la hacía quitar, y si no se entraba, se enojaba y lloraba, y la decía tan sentidas palabras que Laurela se enojaba y la decía que la dejase, pues ya se cansaba de amor tan impertinente.

Pero en tratando algún casamiento, como era su belleza tanta, antes la deseaban a ella que a sus hermanas, aunque eran mayores y no feas: allí eran las ansias, las congojas, las lágrimas y los desmayos, que la terneza de su amor vencía la fiereza de hombre; y se tenía entendido que Estefanía se había de morir el día que se casase Laurela.

No le faltaban a Estefanía, sin las penas de su amor, otros tormentos que la tenían bien disgustada, y era la persecución de su amo, pues en todas ocasiones la perseguía, prometiendo casarla muy bien si hacía por él lo que deseaba: y si bien se excusaba con decirle era doncella, no se atrevía a estar un punto sola en estando en casa, porque no fuese con ella atrevido y se descubriese la maraña.

Abrasábase Estefanía en celos de un caballero que había en la misma casa, mozo y galán, con cuya madre y hermanas tenía Laurela, su madre y las demás, grande amistad, y se comunicaban muy familiarmente, pasando por momentos los unos al cuarto de los otros, porque sabía que estaba muy enamorado de Laurela y la deseaba por esposa, habiéndola ya pedido a su padre, si bien no se había efectuado por ser Laurela muy niña, y su padre quisiera primero acomodar a las mayores.

Era de modo lo que Estefanía sentía el que fuese allá Laurela que no le faltaba sino perder el juicio; y lo dio bien a entender una tarde que estaba Laurela con las amigas que digo en su cuarto, pues habiendo estado algún espacio de tiempo allá, la mandó llamar su madre, y viniendo, las halló a todas en una sala sentadas a los bastidores, y Estefanía con ellas bordando, pues aunque no era muy cursada en aquel ejercicio, con su buen entendimiento se aplicaba a todo. Llegó Laurela, y sentándose con las demás, miró a Estefanía que estaba muy melancólica y ceñuda, y empezose a reír, y sus hermanas y las demás doncellas de la misma suerte, de que Estefanía con mucho enojo, enfadada, dijo:

—Graciosa cosa es reírse de mi llorar.

—Pues no llores —respondió Laurela, riéndose— sino canta un poco, pues me parece, según estás de melancólica, que un tono grave le cantaras divinamente.

—Por esto te llamé yo —dijo su madre—, para que, mandándoselo tú, no se excusase, pues aunque se lo hemos rogado, no ha querido; y me he admirado, pues nunca la he visto hacerse rogar sino hoy.

—En verdad que me tiene mi señora Laurela muy sazonada para hacer lo que su merced me mande.

—¡Ay, amiga! —dijo Laurela—, ¿y en qué te he ofendido, que tan enojada estás?

—En el alma —respondió Estefanía.

—Deja esas locuras —replicó Laurela— y canta un poco, que es disparate creer que yo te tengo de agraviar en el alma ni en el cuerpo; y solamente porque sea verdad lo que mi madre dice, que cantarás mandándolo yo, debes hacerlo, para no desdecir lo que tantas veces has dicho, que eres mía.

—No me desdigo ni vuelvo atrás de lo que he dicho —dijo Estefanía—, que una cosa es ser de cúyo soy, y otra estar enojada; y sé que no estoy cantando y hablando sino para decir desaciertos; mas algún día me vengaré de todo.

Con esto reían las demás.

—Canta ahora —dijo Laurela— lo que te gustare, que después yo llevaré con gusto tu castigo, como no sea perderte, pues lo sentiría mucho.

—Así supiera yo —dijo Estefanía— que esto se había de sentir, como no estuviera un instante más en casa.

—Dios me libre de tal —respondió Laurela—. Mas dime, queriéndome tanto, ¿tuvieras corazón para dejarme?

—Soy tan vengativa que por matar, me matara, y más estando rabiosa como ahora.

—Canta, por tu vida —dijo Laurela—, que después averiguaremos este enojo.

Y como Estefanía fuese de tan presto ingenio, y más en hacer versos, en un instante apercibió cantando decirla su celosa pasión en estas canciones:

¡Oh soberana diosa, Así a tu Endimión goces segura, Sin que vivas celosa, Ni desprecies por otra tu hermosura, Que te duela mi llanto, Pues sabes qué es amor, y amarte tanto! Ya ves que mis desvelos Nacen de fieros y rabiosos celos.

Fuese mi dueño ingrato A no sé qué concierto de su gusto: ¡Ay, Dios, y qué mal trato! Castigue amor un caso tan injusto: Y tú, Diana bella, Mira mi llanto, escucha mi querella, Y sus veredas sigue, Y con tu luz divina le persigue.

Para muchos ha sido Cansada, sacra dea, y enfadosa, Y muchos han perdido Por descubrirlos ocasión dichosa: Hazlo así con mi amante, Sigue sus pasos, vela vigilante, Y dale mil disgustos, Impídele sus amorosos gustos.

Darete el blanco toro, De quien Europa enamorada goza; De Midas, el tesoro, Y de Febo, tu hermano, la carroza, El vellocino hermoso, Que de Jasón fue premio venturoso, Y por bella y lozana Juzgaré que mereces la manzana.

Solo porque me digas Si fue a gozar algunos dulces brazos: Sí dices: no prosigas, Hechos los vea cuatro mil pedazos; Y di: ¿quiérelos mucho? Que sí, me dices, tal sentencia escucha: Ea pues, ojos míos, Volveos con llantos caudalosos ríos.

¿Cómo, di, ingrato fiero, Tan mal pagas mi amor, tan mal mi pena? ¡Mas, ay de mí! que quiero Contar del mar la más menuda arena, Ver en el suelo estrellas Y en el hermoso cielo plantas bellas; Pues, si lo consideras, Es lo mismo pedirte que me quieras.

Del amor dijo el Sabio Que solo con amor pagar se puede; No es pequeño mi agravio, No quiero amor que sin castigo quede; Pues cuando más te adoro, Si lo entiendes así, confusa ignoro, Y es mi mal tan extraño, Que mientras más te quiero, más me engaño.

Confieso que en ti sola Extremó su poder naturaleza, Y en la tierra española Eres monstruo de gala y gentileza; Mas de una piedra helada Tienes el alma, por mi mal, formada; Y la mía en tu hielo Es Etna, es un volcán, es Mongibelo.

Esos ojos que adoras, ¿Acaso son más dulces que los míos? Sí; pues en ellos moras, Y por su causa tratas con desvíos Los ojos que en tus ojos Adoran por favores los enojos, Por gloria los desdenes, Y los pesares por dichosos bienes.

Ojos, ¿no la mirasteis? Pues pagad el mirar con estas penas. Corazón, ¿no la amasteis? Pues sufrid con paciencia estas cadenas. Razón, ¿no te rendiste? Pues di, ¿por qué razón estás tan triste? Pues es mayor fineza Amar en lo que amáis esta fineza.

¿No sabes que te adoro? Pues ¿cómo finges que mi amor ignoras? ¿Mas qué mayor tesoro, Que cuando tú nueva belleza adoras, Halles el pecho mío Tan abrasado, cuanto el tuyo frío? Y ten en la memoria Que amar sin premio es la victoria.

Así seas oída De tu Narciso, ninfa desdichada, Que en Eco convertida Fue tu amor belleza malograda; Que si contigo acaso Habla la causa en quien de amor me abraso, Le digan tus acentos Mis tiernos y amorosos sentimientos.

Y tú, Venus divina, Así tu Adonis en tus brazos veas; Y a ti, gran Proserpina, Así de tu Plutón amada seas, Y que tus gustos goce Los seis meses que faltan a los doce. Que a Cupido le pidas Restituya mis glorias ya perdidas.

Así de la corona Goces de Baco, o Ariadna bella, Y al lado de Latona Asiento alcances, como pura estrella; Y al ingrato Teseo Veas preso y rendido a tu deseo: ¿A qué le impides el gusto A quien me mata con cruel disgusto?

Y tú, Calixta hermosa, Así en las aguas de la mar te bañes, Y que a Juno belosa, Para gozar a Júpiter, engañes; Que si desde tu esfera Vieras que esta fe tan verdadera Se paga con engaño, Castigues sus mentiras y mi daño.

Oh tú, diosa suprema, De Júpiter hermana y dulce esposa, Así tu amor no tema Agravios de tu fe, ni estés celosa, Que mires mis desvelos, Pues sabes qué es amor, agravio y celos, Y como reina altiva, Seas, con quien me agravia, vengativa.

Dile al pastor que tiene, Para velar a Jove, los cien ojos, Que a tu gusto conviene Velar de aqueste sol los rayos rojos, Que solían ser míos, Y son ahora de otros desvaríos; Pero tengo advertencia, Que es vara de Mercurio su elocuencia.

Y tú, triste Teseo, Refiere la pena que padeces En el Cáucaso feo, Que las entrañas al rigor ofreces De aquella águila hambrienta, Porque padezca con dolor y afrenta, Y así en cabeza ajena Tendrá escarmiento, y sentirá mi pena.

Dile, Tántalo triste, Por faltarte lealtad, la pena tuya, La gloria que perdiste Del néctar sacro, y para que concluya, Cuéntala tu fatiga: Y como amor tu ingratitud castiga, Habla, no estés tan mudo, Podrá el temor lo que amor no pudo.

No goce de su amante La verde yedra, de su cuello asida, Pues que la fe inconstante De aquel dueño querido de mi vida, Ya se pasa a otro dueño, Con que de morir mi palabra empeño, Por ser de amores, Porque sean más dulces mis dolores.