Part 38
Don Jaime, ya retirado a otra cuadra en donde dormía, con la pasión, como él había dicho, de traer a la memoria los naufragios de su vida, se empezó a pasear por ella, dando suspiros y golpes una mano con otra, que parecía que estaba sin juicio.
Estando en esto, Dios, que no se olvida de sus criaturas y quería, habiendo ya dado (como luego se verá) el premio a Elena de tanto padecer, que no quedase el cuerpo sin honor, ordenó lo que ahora oiréis: y fue que apenas se habían recogido todos, cuando la negra, que acostada estaba, empezó a dar grandes gritos diciendo: «¡Jesús, que me muero, confesión!», y llamando a las criadas por sus nombres, a cada una decía que le llamasen a su señor.
Alborotáronse todas, y entrando donde la negra estaba la hallaron batallando con la cercana muerte. Tenía el rostro y cuerpo cubierto de un mortal sudor, y tras esto con un temblor, que la cama se estremecía, y de rato en rato se quedaba amortecida, que parecía que ya había dado el alma, y luego volvía con los mismos dolores y congojas a temblar y sudar a un tiempo.
Viendo pues que decía que le llamasen a su señor, que le importaba hablarle antes de partir de este mundo, le llamaron, y así él como don Martín y su compañero habían, al alboroto de la casa, salido fuera, y entrando todos tres, y algunos de los criados que vestidos se hallaron, en donde la negra estaba, notó don Martín la riqueza de la cama en que la abominable figura dormía, que era de damasco azul, goteras de terciopelo con franjas y flecos de plata, que a la cuenta juzgó ser la cama misma de Elena, que hasta de aquello la había hecho dueña el mal aconsejado marido.
Así que la negra vio a su señor, le dijo:
—Señor mío, en este paso en que estoy no han de valer mentiras ni engaños; yo me muero, porque a mucha priesa siento que se me acaba la vida, yo cené y me acosté buena y sana, y ya estoy acabando; soy cristiana, aunque mala, y conozco, aunque negra, con el discurso que tengo, que ya estoy en tiempo de decir verdades, porque siento que me está amenazando el juicio de Dios; y ya que en la vida no le he temido, en la muerte no ha de ser de ese modo; y así te juro, por el paso riguroso en que estoy, que mi señora está inocente y no debe la culpa por donde la tenéis condenada a tan rigurosa pena; y que no me perdone Dios si cuanto dije no fue testimonio que la levanté, que jamás yo la vi cosa que desdijese de lo que siempre fue, santa, honrada y honesta; y que su primo murió sin culpa: porque lo cierto del caso es que yo me enamoré de él y le andaba persuadiendo fuese mi amante, y como veía que siempre hablaba con mi señora y que a mí no me quería, di en aquella mala sospecha que se debían de amar, pues aquel día mismo que tú viniste, riñendo mi señora conmigo, la dije no sé qué libertades en razón de esto, que indignada de mi libertad, me maltrató de palabra y obra, y estándome castigando entró su primo, quien, sabido el caso, ayudó también a maltratarme, jurando entrambos que te lo habían de decir, y yo, temiendo tu castigo, me adelanté con aquellas mentiras para que tú me vengases de entrambos, como lo hiciste; mas ya no quiere Dios que esté más encubierta mi maldad; ya no tiene remedio lo hecho: lo que ahora te pido es que me perdones y alcances de mi señora lo mismo, para que me perdone Dios, y vuélvela a su estado, porque por él te juro que es sin culpa lo que está padeciendo.
—Sí haré —dijo a esta última razón don Jaime, los ojos bermejos de furor—: este es el perdón que tú mereces, engañadora y mala hembra, y pluguiera a Dios tuvieras más vidas que esa que tienes para quitártelas todas.
Y diciendo esto se acercó de un salto a la cama, y sacando la daga, la dio tres o cuatro puñaladas, o las bastantes para acelerar más presto la muerte. Fue hecho el caso con tanta presteza que ninguno lo pudo prevenir ni estorbar, ni creo lo hicieran, porque juzgaron bien merecido aquel castigo.
Saliose, hecho esto, don Jaime fuera, y muy pensativo se paseaba por la sala, dando de rato en rato unos profundos suspiros. A este tiempo llegó don Martín, y muy contento le dijo:
—¿Pues cómo, señor don Jaime, en día de tanta alegría, en que habéis ganado honor y mujer, pudiendo hacer cuenta que hoy os casáis de nuevo con la hermosa Elena, hacéis extremos; y el tiempo que habéis de gozaros en sus brazos le dejáis perder? No tenéis razón; volved en vos y alegraos como todos nos alegramos; dad acá esa llave y saquemos esta triste e inocente señora.
Aquietose algo el pobre caballero y sacando la llave, la dio a don Martín, el cual, abriendo la estrecha puerta, llamó a la dama diciendo:
—Salid, señora Elena, que ya llegó el día de vuestro descanso.
Y viendo que no respondía, pidió le acercasen la luz, y decía bien, que ya Elena no la tenía, y entrando dentro, vio a la desgraciada dama muerta, echada sobre unas pobres pajas, los brazos en cruz sobre el pecho, la una mano tendida, que era la izquierda, y en la derecha, formada con sus hermosos dedos, una perfecta cruz; el rostro, si bien flaco y macilento, pero tan hermoso como un ángel, y la calavera del desdichado e inocente primo junto a la cabecera, a un lado.
Fue tan grande la compasión que le sobrevino al noble don Martín que se le arrasaron los ojos de lágrimas, y más cuando llegó y tentándola la mano, vio que estaba fría, que a la cuenta, así como desde su penosa cárcel debió de oír a su marido contar su lastimosa historia, fue su dolor tan grande que bastó lo que nunca pudo alcanzar la penosa vida que pasaba, viendo el crédito que daba a tan grande engaño, a acabarle la vida.
Viendo pues que ya no había remedio, después de haberle dicho con lágrimas el buen don Martín:
—Dichosa tú, Elena, que ya acabaste con tu desgraciada suerte; y desdichada en que siquiera no supieras cómo ya el cielo volvió por tu inocencia, para que partieras de este mundo con algún consuelo.
Llamó a don Jaime, diciendo:
—Entrad, señor, y ved de lo que ha sido causa vuestro cruel engaño: entrad, os suplico, que para ahora son las lágrimas y los sentimientos, que ya Elena no tiene necesidad de que vos le deis el premio de su martirio, pues ya Dios se le ha dado en el cielo.
Entró don Jaime alborotado y con pasos descompuestos, y como vio a Elena de la suerte que estaba, llorando como flaca mujer el que había tenido corazón de fiera, se arrojó sobre ella y besándole la mano decía:
—¡Ay, Elena mía, y cómo me has dejado! ¿Por qué, señora, no aguardabas a tomar venganza de este traidor, que dio más crédito a una falsedad que a tus virtudes? Pídesela a Dios, que cualquier castigo merezco.
Don Martín, viéndole con tanta pasión, acudió advertido a quitarle la daga que tenía en la pretina, temiendo no hiciese alguna desesperación; y es lo cierto que la hiciera, pues echando la mano a buscarla y no hallándola, empezó a darse puñadas y arrancarse las barbas y cabellos, y a decir muchos desaciertos.
Acudieron todos llorando y casi por fuerza le sacaron fuera; mas, por cosas que hacían, no le pudieron aquietar hasta que rematadamente perdió el juicio, que sobre las demás lástimas vistas, esta echó el sello; y cuantos estaban presentes, soltando las riendas al dolor, daban gritos como si a cada uno le faltara la prenda más amada de su alma, en particular las doncellas y esclavas de la difunta Elena, que cercadas la tenían llorando y diciendo mil lastimosas razones, abonándola y publicando su virtuosa vida, quienes, por no haberlas querido su señor oír, no lo habían hecho antes.
Viendo don Martín la confusión, mandó que las mujeres se retirasen adentro, y por fuerza entre él y los criados llevaron a don Jaime a su cama y le acostaron, atándole por que no se levantase y se arrojase por alguna ventana, que ese era su tema, que le dejasen quitarse la vida para ir donde estaba Elena, mandando a dos criados no se apartaran de él ni le dejaran solo.
Informose si don Jaime tenía algún pariente en la ciudad, y diciéndole tenía un primo hermano, hijo de una hermana de su madre, caballero rico y de mucha calidad y nobleza, despachó luego uno de los criados con una carta para que viniese a disponer lo necesario en tantos fracasos; y sabido el caso por don Alejandro, e informado de todo, él y su mujer, con mucha gente de su casa, así criados como criadas, con otros caballeros que supieron el caso, vinieron al castillo de don Jaime, donde hallando tantas lástimas, todos juntos lloraban de ternura, y más de ver a Elena que cada hora parecía estar más hermosa.
Sacáronla de donde estaba, que hasta entonces no había consentido don Martín tocar a ella, y puesta en una caja que se mandó traer de la ciudad, después de haber enterrado a la negra, que parecía un retrato de Lucifer, allí, en la capilla del castillo, con don Jaime, el cuerpo de Elena y todo lo demás de hacienda y gente se vinieron a la ciudad a casa de don Alejandro, y don Martín y su camarada con ellos, a quienes todos hacían mucha honra; y después de sepultada Elena con general sentimiento, se trató con médicos afamados dar remedio a don Jaime; mas no fue posible. Allí estuvo don Martín un mes aguardando si don Jaime se aliviaba, y visto que no tenía remedio, despedido de don Alejandro, se embarcó para España, y tomando próspero puerto llegó a la corte.
Visto por Su Majestad las ocasiones en que le había servido, se lo premió como merecía; y llegando a Toledo se casó con su amada prima, con quien vive hoy contento y escarmentado en el suceso que vio por sus ojos, para no engañarse de enredos de malas criadas y criados; y en las partes que se hallaba contaba el suceso que habéis oído de la misma manera que yo le he dicho, donde con él queda bien claramente probada la opinión de que, en lo que toca a la crueldad, son los hombres terribles, pues ella misma los arrastra de manera que no aguardan a segunda información; y se ve asimismo que hay mujeres que padecen inocentes, pues no todas han de ser culpadas, como en la común opinión lo son.
Vean ahora las damas si es buen desengaño considerar que si las que no ofenden pagan, como pagó Elena, ¿qué harán las que, siguiendo sus locos devaneos, no solo dan lugar al castigo, mas son causa de que infamen a todas, no mereciéndolo? Y es bien advertir que, en la era que corre, estamos en tan adversa opinión con los hombres que ni con el sufrimiento los vencemos, ni con la inocencia los obligamos.
Aquí dio fin la hermosa Filis a su desengaño, enterneciendo a cuantos le oyeron la paciencia con que había Elena llevado su dilatado martirio; y los galanes, agradecidos a la cortesía que Filis había tenido con ellos, la dieron corteses agradecimientos; y todos, dando cada uno su parecer, gastaron alguna parte de la noche, que ya iba caminando con apresurado paso a su albergue, para dar lugar al día, que asimismo venía caminando a toda diligencia; y esto fue en tanto que sacaban una costosa y bien dispuesta colación que, por ser tan tarde, no quiso Lisis que fuera cena, quedando avisados que se juntasen el día siguiente más temprano, porque tuviesen lugar después de dichos los cuatro desengaños, de recibir un suntuoso banquete que estaba prevenido.
Con esto se dio fin a la noche, cantando doña Isabel y los músicos estas canciones:
Como Tántalo muero, El cristal a la boca, Y cuando al labio toca, Y que gustarlo quiero, De mí se va apartando, Sin mirar que de sed estoy rabiando.
¿Hurté yo la ambrosía, Oh Júpiter airado, Por qué me has castigado Con tanta tiranía? ¡Ay, qué rigor tan fiero, Que estando junto al bien, por el bien muero!
¡Ay, pensamiento mío! ¿Qué te han hecho mis ojos Que, colmados de enojos, Es cada cual un río? ¡Y tú, sordo a mis quejas, Sin dolerte su mal, llorar los dejas!
NOCHE SEXTA.
DESENGAÑO SEXTO.
AMAR SOLO POR VENCER.
Cuando dio fin la música, ya la hermosa Matilde estaba prevenida para referir su desengaño, bien incierta de que luciese como los que ya quedaban dichos; mas ella era tan linda y donairosa, que solo sus gracias bastaban a desengañar a cuantos la miraban, de que ninguno la merecía; y así, cuando no fuera su desengaño de los más realzados, la falta de él supliera su donaire; y viendo que todos suspensos callaban, dijo así:
—Cierto, hermosas damas y bien entendidos caballeros, que cuando me dispuse a ocupar este asiento, dejé a la puerta prevenida una posta, y ya traigo las espuelas calzadas; porque el decir verdad es lo mismo que desengañar: y en el tiempo que hoy alcanzamos, quien ha de decir verdades ha de estar resuelto a irse del mundo, porque si nos han de desterrar de él los que las escuchan, más vale irnos nosotros; pues la mayor suerte es vencerse uno a sí mismo, que no dejarse vencer de otros.
De esto nació el matarse los gentiles, porque como no alcanzaban la inmortalidad del alma, en cambio de no verse abatidos y ultrajados de sus enemigos, no estimaban la vida, y tenían por más hermosa victoria morir a sus mismas manos que no a las de sus enemigos; y de esta misma causa nace hoy el decir mal los hombres de las mujeres, porque los desengañan, si no con palabras, con las obras.
Hablo de las que tratan de engañar y de desengañar; los hombres fueron los autores de los desengaños; historias divinas y humanas nos lo dicen, y aunque pudiera citar algunas, no quiero, porque deseo granjear nombre de desengañadora, mas no de escolástica; que ya que los hombres nos han usurpado este título con debilitarnos más de lo que la naturaleza nos afeminó; y ella, si nos dio flacas fuerzas y corazones tiernos, por lo menos nos infundió el alma tan capaz para todo como la de los varones; y supuesto esto, gocen su imperio, aunque tiranamente adquirido, que yo por lo menos me excusaré de cuestiones de escuela.
Digo, en fin, que como las mujeres vieron que los hombres habían de más a más inventado contra ellas los engaños, hurtáronles no el arte sino el modo. Entra un hombre engañando (como es la verdad, que todos lo saben hacer bien), la mujer finge engañarse, y cuando ve que ya el hombre trata de deshacer el engaño, adelántase a ser la primera.
¿Quién es tu enemigo? El adagio lo dice. Ellos, por no declararse por engañadores, disimulan y queréllanse de que no hay que fiar de ellas, porque todas engañan. Ved cómo la verdad está mal recibida: ellas, por no morir a manos de los engaños de los hombres, desengañan y quieren más morir a las suyas, que bien cruel es la mala opinión en que las tienen; porque, ¿qué mayor desengaño que quitarles su dinero y ponerlos en la calle?
El daño es que los hombres, como están tan hechos a engañar que ya se hereda como mayorazgo, lo mismo hacen con la buena como con la que no lo es. Ellos dicen hacerlo por escarmentados, y este es el mayor engaño suyo, que no es sino porque no pueden más.
Miren las que no tratan de los deleites vulgares lo que les sucede a otras y será el verdadero acierto el mal, que como las que digo no van con el dictamen de las demás, que es engañar y desengañar, entran en el engaño y se están en él toda la vida, y aun de esto se les ha seguido a muchas la muerte, como se verá en mi desengaño.
Pues si hoy las que estamos señaladas para desengañar hemos de decir verdades y queremos ser muestras de ellas, ¿qué esperamos sino odios y rencillas?; y aseguraré hay más de dos que están deseando salir de este lugar para verter de palabra y por escrito la ponzoña que les ha ocasionado nuestro sarao; luego bien prevenida está la posta y bien dispuesto el traer puestas las espuelas, y con todo esto no he de morir de miedo; ya estoy en este asiento, desengañar tengo a todas y guardarme de no ser engañada.
Paciencia, caballeros, que todo viene a ser una satirilla más o menos, y eso no hará novedad, porque ya sé que no puede faltar; mas en esto me la ganan, porque jamás dije mal de las obras ajenas; y hay poetas y escritores que se pudren de que los otros escriban.
Todo lo alabo, todo lo estimo; si es levantadísimo, lo envidio, no porque lo haya trabajado su dueño sino por no haber sido yo la que lo haya alcanzado, y juzgo, en siendo obra del entendimiento, que cuando no se estime de ella otra cosa sino el desvelo del que la hizo, hay mucho que estimar; y supuesto que yo no atropello ni digo mal de los trabajos ajenos, mereceré de cortesía que se diga bien de los míos, y en esta conformidad digo así:
En la Babilonia de España, en la nueva maravilla de Europa, en la madre de la nobleza, en el jardín de los divinos entendimientos, en el amparo de todas las naciones, en la progenitora de la belleza, en el teatro de la gloria, en el archivo de todas las gracias, en la escuela de las ciencias, en el cielo tan parecido al cielo, que es locura dejarle si no es para irse al cielo, y, para decirlo todo de una vez, en la ilustre villa de Madrid, Babilonia, madre, maravilla, jardín, archivo, escuela, progenitora, retrato y cielo, en fin, retiro de todas las grandezas del mundo, nació la hermosísima Laurela, no en estos tiempos, que en ellos no fuera admiración el ser tan desgraciada como ella por haber tantas bellas y desgraciadas, de padres ilustres y ricos, siendo la tercera en su casa, por haberse adelantado la primera y segunda hermana, no en hermosura, sino en nacer antes que Laurela.
Ya se entiende que, siendo sus padres nobles y ricos, la criarían y doctrinarían bien, enseñándola todos los ejercicios y habilidades convenientes, pues sobre los caseros, lavar, bordar y lo demás, que es bien que una mujer sepa para no estar ociosa, sabía leer, escribir, tañer y cantar a una arpa, en que salió tan única que, oída sin ser vista, parecía un ángel, y vista y oída, un serafín.
Aún no tenía Laurela doce años cuando ya tenía doce mil gracias; tanto que ya las gastaba como desperdicios y la llamaban el milagro de naturaleza; y si bien criada con el recogimiento y recato que era justo, ni se pudo esconder de los ojos de la desdicha, ni de los de don Esteban, mozo libre, galán, músico, poeta y, como dicen, baldío, pues su más conocida renta era servir, y en faltando esto le faltaba todo: no se le conocía tierra ni pariente, porque él encubría en la que había nacido, quizá para disimular algunos defectos de bajeza. Servía a un caballero del hábito, y era de él bien querido por sus habilidades y solicitud.
Tendría don Esteban, al tiempo que vio a Laurela, diez y nueve a veinte años, edad floreciente y en la que mejor asesta sus tiros el amor; y así fue, pues viendo un día a la hermosa niña en un coche, en compañía de su madre y hermanas, se enamoró tan locamente (si se puede decir así) que perdió el entendimiento y la razón, que no pudo ser menos, pues informado de quién era Laurela, no desistió de su propósito, conociéndole tan imposible, pues ni aun para escudero le estimaran sus padres.
Andaba loco y desesperado, y tan divertido en sus pensamientos que faltaba a la asistencia de su dueño; si bien como había otros criados, no se conocía de todo punto su falta.
En fin, viéndose naturalmente morir, se determinó a solicitar y servir a Laurela, y probar si por esta parte podía alcanzar lo que no conseguía por otra, supuesto que no alcanzaba más bienes que los de su talle y gracias, que en cuanto a esto no había que desperdiciar en él.
Paseaba la calle, dábala músicas de noche, componiendo él mismo los versos, engrandeciendo su hermosura y gentileza, porque en esto era tan pronto que, si cuanto hablaba lo quería decir en versos, tenía caudal para todo, mas de nada de esto hacía caso ni lo sentía Laurela, porque era tan niña que no reparaba en ello, ni aunque a esta sazón tenía catorce años, porque todo este tiempo pasó don Esteban en sus necios desvelos, no había llegado a su noticia qué era amar ni ser amada, antes su desvelo era, en dejando la labor, acudir al arpa junto con criadas que tenía buscadas al intento que sabían cantar, y con ellas entretener y pasar el tiempo, aunque no sé para qué buscamos ocasiones de pasarle, que él se pasa bien por la posta.
Todo el tiempo que he dicho pasó don Esteban en esta suspensa y triste vida, sin hallar modo ni manera para descubrir a Laurela su amor; unas veces por falta de atrevimiento, y las más por no hallar ocasión, porque las veces que salía de casa era con su madre y hermanas, y cuando no fuera esto, ella atendía tan poco a sus criados que los pagaba con un descuidado descuido.
Pues considerando el atrevido mozo lo poco que granjeaba aguardando a que por milagro supiera Laurela su amor, intentó uno de los mayores atrevimientos que se pueden imaginar, y que no se pusiera en él sino un hombre que no estimara la vida, y fue que, hallándose un día en casa de un amigo casado, estaba allí una mujer que había sido criada de la casa de Laurela, a quien él reconoció, como quien medianamente por su asistencia conocía de vista a todas, y haciéndose algo desentendido, dijo:
—Paréceme, señora, haberos visto, mas no me puedo acordar dónde.
La moza, acordándose haberle visto algunas veces en aquella casa, le respondió:
—Habreisme visto, señor, hacia el Carmen, que allí cerca he servido algunos meses en casa de don Bernardo.
—Así es —dijo él—, que en esa misma casa os he visto, y no me acordaba.
—Y yo a vos —dijo la moza— os he visto algunas veces pasar por esa misma calle.
—Tengo en ella —dijo don Esteban— un galanteo, y por eso la paseo a menudo. ¿Mas por qué os salisteis de esa casa, que tengo noticia de ser buena?
—¡Y cómo que lo es! Mas en habiendo muchas criadas, fácil cosa es encontrarse unas con otras, y así me sucedió a mí. Yo servía en la cocina: hay en casa otras tres doncellas, reñimos una de ellas y yo, y la una por la otra nos despedimos, y cierto que me ha pesado, porque los señores son unos ángeles, en particular mi señora Laurela, que es la menor de tres hijas que hay, que solo por ella se puede servir de balde, porque como es muchacha, todo el día anda jugando con las criadas.
—Hermosa es esa dama —respondió don Esteban—, más que sus hermanas.
—¡Qué tiene que hacer; ay, señor mío! Vale más la gracia, el donaire y el agrado de mi señora Laurela que todas las demás, y más cuando toma el arpa y canta, que no parece sino un ángel.
—¿Tan bien canta? —dijo don Esteban.
—Excelentísimamente —respondió la moza—; y es tan aficionada a la música que cuantas criadas recibe gusta que sepan cantar y tañer, y si no lo saben y tienen voz, las hace enseñar, y como lo sepan, no se les da nada a sus padres que no sepan otra labor; porque aman tan tiernamente a esta hija que no tratan sino de agradarla y servirla, y en siendo músicas, no regatean con ellas el salario. Y yo aseguro que habrá sentido harto mi señora Laurela la ida de la que riñó conmigo, porque cantaba muy bien; y aun yo, con no saber cómo se entona, si mucho estuviera allí, saliera cantora; que como la escuchaba a todas horas, también yo, en la cocina, al son de mis platos, entonaba y decía mil letrillas.
Oído esto por don Esteban, al punto fundó en ello su remedio, porque despedido de allí, se fue a la platería, y vendiendo algunas cosillas que tenía granjeadas, compró todo lo necesario para transformarse en doncella; y no teniendo necesidad de buscar cabelleras postizas, porque en todos tiempos han sido los hombres aficionados a melenas, aunque no tanto como ahora, apercibiéndose de una navaja para cuando el tierno vello del rostro le desmintiese su traje, dejando sus golillas a guardar a un amigo, sin darle parte de su intento, se vistió y aderezó de modo que nadie juzgara sino que era mujer, ayudando más el engaño tener muy buena cara, que con el traje que digo daba mucho que desear a cuantos le veían.
Hecho esto, se fue a casa de Laurela y dijo a un criado que avisase a su señora si quería recibir una doncella, porque tenía noticia de que se había despedido una.