Part 37
Asegurado de todo, y sin sosiego hasta ver el fondo a un caso con tantas cautelas gobernado, apenas vi que serían las diez cuando, hurtándome a mis camaradas, me fui al señalado puesto, y dando el reloj las diez, llegó mi viejo en un valiente caballo, que por hacer la noche entre clara se dejaba ver, y bajando de él lo primero que hizo fue vendarme los ojos con un tafetán de que venía apercibido, de cuya acción unas veces dudaba fuese segura y otras me reía de semejantes transformaciones; y diciendo que subiese en el caballo, subió él a las ancas y empezamos a caminar, pareciéndome, en el tiempo que caminamos, que habían sido dos millas, porque cruzando calles y callejuelas, como por ir tapados los ojos no podía ver por dónde iba, muchas veces creí que volvíamos a caminar lo que ya habíamos andado.
En fin, llegamos al cabo de más de una hora a una casa, y entrando en el zaguán, nos apeamos, y así, tapados los ojos como estaba, me asió de la mano y me subió por unas escaleras.
Yo os confieso que en esta ocasión tuve algún temor y me pesó de haberme puesto en una ocasión, que ella misma, pues iba fundada en tanta cautela, estaba amenazando algún grave peligro; mas considerando que ya no podía volver atrás y que no era lo peor haberme dejado mi daga y espada, y una pistola pequeña que llevaba en la faltriquera, me volví a cobrar, pues juzgué que, teniendo con que defenderme, ya que muriese, podía matar.
Acabamos de subir, y en medio de un corredor, a lo que me pareció por haber tentado las barandas, con una llave que traía abrió una puerta, y trasladando, al entrar por ella, mi mano, que en la suya llevaba a otra que al parecer del tacto juzgué mejor, sin hablar palabra volvió a cerrar y se fue, dejándome más encantado que antes; porque la dama a quien me entregó, según juzgué por el rugir de la seda, fue conmigo caminando otras tres salas, y en la última, llegando a un estrado, se sentó y me dijo que me sentase.
Animeme cuando la oí hablar, y díjele:
—Gracias a Dios, señora mía, que ya sé que estoy en el cielo, y no como he creído que me llevaban a los infernales abismos.
—¿Pues en qué conocéis que aquí es el cielo? —me replicó.
—En la gloria que siento en el alma y en el olor y dulzura de este albergue, y que, aunque ciego, o yo soy de mal conocimiento, o esta mano que tengo en la mía no puede ser sino de un ángel.
—¡Ay, don Jaime! —me volvió a replicar—, no juzgues a desenvoltura esto que has visto sino a fuerza de amor, de que he querido muchas veces librarme y no he podido, aunque he procurado armarme de la honestidad y de la calidad que tengo; mas tu gala y bizarría han podido más, y así han salido vencedoras, rindiendo todas cuantas defensas he procurado poner a los pies de tu valor, con lo cual, atropellando inconvenientes, te he traído de la manera que ves; porque tanto a ti como a mí nos importa vivir con este secreto y recato; y así, para conseguir este amoroso empleo, te ruego que no lo comuniques con nadie, que si alguna cosa mala tenéis los españoles es el no saber guardar secreto.
Con esto me desvendó los ojos, aunque fue como si no lo hiciera, porque todo estaba a oscuras; y yo, agradeciéndole tan soberanos favores, con el atrevimiento de estar solos y sin luz, empecé a procurar por el aliento a conocer lo que la vista no podía, brujuleando partes tan realzadas, que la juzgué en mi imaginación por alguna deidad.
Hasta dada la una estuve con ella gozando regaladísimos favores, cuanto la ocasión daba lugar, y pareciéndole hora, como me hubiese dado un bolsillo grande y con buen bulto, pues estaba tan lleno que apenas se podía cerrar, se despidió de mí con amorosos sentimientos, y volviéndome a vendar los ojos, diciendo que la noche siguiente no me descuidase de estar en el mismo puesto, salió conmigo hasta la puerta por donde entré, y entregándome al mismo que me había traído, volviendo a cerrar, bajamos donde estaba el caballo, y subiendo en él, caminamos otro tanto tiempo como a la ida, hasta ponerme en el mismo puesto de donde me había sacado.
Llegué, en yéndose el criado, a mi posada, y hallando en ella ya acostados y durmiendo a mis camaradas, me entré a mi aposento, y haciéndome millares de cruces del suceso que por mí pasaba, abrí el bolsillo, y había en él una cadena de peso de doscientos escudos de oro, cuatro sortijas de diamantes, y cien doblones de a cuatro. Quedé absorto, juzgando que debía de ser mujer poderosa, y dando gracias a mi buena dicha pasé la noche, dando otro día cadena al cuello y a las manos relumbrones, jugando largo y gastando liberal con los amigos: tanto que ellos me decían que de qué Indias había venido; a quienes satisfacía con decir que mi padre me lo había enviado; y a la noche siguiente aguardando en el puesto a mi guía, que fue muy cierta a la misma hora, a quien recibí con los brazos, y con darle lo que merecía su cuidado, con esto de la misma suerte que la noche pasada fui recibido y agasajado, y bien premiado mi trabajo, pues aquella noche me proveyó las faltriqueras de tantos doblones que sería imposible el creerlo.
De esta suerte pasé más de un mes, sin faltar noche alguna mi guía, ni yo de gozar mi dama encantada, ni ella de colmarme de dineros y preciosas joyas, que en el tiempo que digo largamente me dio más de seis mil ducados, con que yo me trataba como un príncipe, sin que, en todo este tiempo que he dicho, permitiese dejarse ver; y si la importunaba para ello, me respondía que no nos convenía; porque verla y perderla había de ser uno; mas como las venturas fundadas en vicios y deleites perecederos no pueden durar, cansose la fortuna de mi dicha y volvió su rueda contra mí; y fue que como mis amigos y camaradas me veían tan medrado y poderoso, sospecharon mal y empezaron a hablar peor; porque echando juicios y haciendo discursos de donde podía tener yo tantas joyas y dineros, dieron en el más ínfimo, diciendo que era ladrón o salteador, y esto lo hablaban en mis espaldas tan descaradamente que vino a oídos de un camarada mío, llamado don Baltasar: y si bien en varias ocasiones había vuelto por mí, y puéstose en muchos riesgos, enfadado de verme en tan mala opinión y quizá temiendo no fuese verdad lo que decían, me apartó una tarde de todos y sacándome al campo me dijo:
—Cierto, amigo don Jaime, que ya es imposible el poder excusar deciros mi sentimiento, para lo que aquí os he traído, y creedme que el quereros bien lo ocasiona, porque siento tanto el oír hablar mal de vos, como se hace entre todos los que os conocen y os han visto no tan sobrado como estáis; y para decirlo de una vez, sabed que después que os ven con tantos aumentos y mejorado de galas y joyas, como hacéis alarde de unos días a esta parte, entre los soldados, todos juntos y cada uno de por sí, haciendo conjeturas y juicios de dónde os puede venir, dicen públicamente que lo tenéis de donde aun yo me avergüenzo de decirlo, mas ya no es tiempo de que se os encubra; dicen, en fin, que debéis de hurtar y capear, infiriéndolo de que os ven faltar de casa todas las noches: yo he tenido por volver por vos muchos enfados, mas es caso dificultoso poder uno solo contra tantos.
Ruégoos, por la amistad que entre los dos hay, que es más que parentesco, me saquéis de esta duda, para que ya que los demás estén engañados, no lo esté yo, que soy también hombre y puede ser que viendo que os guardáis y cauteláis de mí, crea el mismo engaño que los demás creen, y sabiendo yo lo contrario, pueda seguramente volver por vuestra perdida opinión y sustentar la mía.
Reíme muy de voluntad oyendo a don Baltasar lo que me decía, y quise disculparme dando diferente color al caso, por no descubrir el secreto de mi amada prenda, que ya a este tiempo, con las cargas de las obligaciones que la tenía, aunque no la veía, la quería; mas al fin, don Baltasar apretó tanto la dificultad que, pidiéndole por la amistad que había entre los dos me guardase el secreto, avisándole el riesgo que me corría, le conté todo lo que me había sucedido y sucedía.
Admirose y tornose a admirar don Baltasar, y después de haber dado y tomado sobre el caso me dijo:
—¿Es posible, amigo, que no hemos de saber esta casa dónde es, siquiera para seguridad de vuestra vida?
—Dudoso lo hallo —dije yo—, por el modo con que me llevan.
—No muy dudoso —dijo don Baltasar—, pues se puede llevar una esponja empapada en sangre, y esta acomodada en un vaso, y haciendo con ella al entrar o salir una señal en la puerta, será fácil otro día que hallemos por ella la casa.
En fin, para abreviar, aquella misma noche llevé la esponja y señalé la puerta, y otro día don Baltasar y yo no dejamos en toda la ciudad calle ni plaza, rincón ni callejuela, que no buscamos; mas nunca tal señal pudimos descubrir, y volviéndonos ya a la posada, cansados y admirados del caso, no a veinte casas de ella, en unas muy principalísimas, vimos la señal de la sangre, de que quedamos confusos y atónitos, y que el rodear, cuando me llevaban, tanto, juzgamos era por deslumbrarme, para que juzgase que era muy lejos.
Informámonos cúyas eran las dichas casas y supimos ser de un príncipe y gran potentado de aquel reino, ya muy viejo, y que solo tenía una hija heredera de todo su estado y riqueza, viuda, mas muy moza, por haberla casado niña, y de las más bellas damas de aquel país. Mirámoslo todo muy bien y notamos que, aunque había muchas rejas y balcones, todas estaban con muy espesas celosías, por donde se podía ver sin ser vistos.
Recogímonos a la posada hablando del caso, y después de haber cenado, nos salimos, yo a mi puesto, para aguardar mi guía, y don Baltasar a ocultarse en la misma casa hasta satisfacerse, y al fin nos enteramos de todo, porque venido mi viejo norte, yo me fui a mis oscuras glorias, y don Baltasar aguardó hasta que me vio entrar, con que se volvió a la posada y yo me quedé con mi dama, con la cual, haciéndole nuevas caricias y mostrándole mayores rendimientos, pude alcanzar, aunque contra su voluntad, dejarse ver: así ella misma fue por la luz, y sacando entre sus hermosos dedos una bujía de cera encendida, vi, no una mujer sino un serafín, y sentándose junto a mí, me dijo:
—Ya me ves, don Jaime, quiera el cielo no sea para perderme: madama Lucrecia soy, princesa de Erne, no dirás que no has alcanzado conmigo cuanto has querido, mira lo que haces.
¡Ay, qué desórdenes hace la mocedad! Si yo tuviera en la memoria estas palabras, no hubiera llegado al estado en que estoy, y le tuviera mayor, porque matando la luz, prosiguió diciendo:
—Mi padre es muy viejo, no tiene otro hijo sino a mí, y aunque me salen muchos casamientos, ninguno acepto ni aceptaré hasta que el cielo me dé lugar para hacerte mi esposo.
Besele las manos por las mercedes que me hacía y las que de nuevo me ofrecía; y siendo hora, colmado de dichas y dineros y muy enamorado de la linda Lucrecia, me vine a mi posada, dando cuenta a don Baltasar de lo que había pasado; si bien cuidadoso de que conocí en Lucrecia quedar triste y confusa.
Otro día por la mañana me vestí aun con más gala y cuidado que otras veces y con mi camarada salimos a la calle según costumbre, y como mozo mal regido y enamorado, empezamos a dar vueltas por la calle, ya hacia arriba y ya abajo, mirando a las ventanas porque ya los ojos no podían excusarse en buscar la hermosura que habían visto, y después de comer gastamos la tarde en lo mismo.
¡Ay de mí!, y cómo ya mi desdicha me estaba persiguiendo, y mis venturas, cansadas de acompañarme, me querían dejar; porque no habiendo en todo el día visto ni aun sombra de mujer en aquella casa, llegamos a la mía, y mientras don Baltasar fue al cuerpo de guardia yo me quedé a la puerta.
Era poquito antes de anochecer, como se dice entre dos luces, cuando llegó a mí una mujer en traje de flamenco, con una mascarilla en el rostro, y me dijo en lengua española, que ya la saben todos en aquel reino por la comunicación que hay con españoles:
—Mal aconsejado mozo, salte de la ciudad al punto; mira que no te va menos que la vida, porque esta noche te han de matar por mandado de quien más te quiere; y por la lástima que tengo a tu juventud y gallardía, con harto riesgo mío te aviso.
Y diciendo esto se fue como el mismo viento, sin aguardar respuesta mía, ni yo poder seguirla, porque al mismo punto llegó don Baltasar con otros amigos que posaban con nosotros; y si os he de decir la verdad, aunque no vinieran, no la pudiera seguir, según cortado y desmayado me dejaron sus palabras; si bien me colegí que fuese mi amada señora el juez que me condenaba a tan precisa y cercana muerte: con todo eso, como llegaron los amigos, me cobré algo, y después de haber cenado, aparté a don Baltasar y le conté lo que me había pasado, que echando mil juicios, unas veces temiendo y otras con el valor que requerían tales cosas, estuvimos hasta los tres cuartos de las diez, que ya cansado de pensar qué sería, con la soberbia que mi valor me daba dije:
—Las diez darán; vamos, amigo, y venga el mundo, que aunque me cueste la vida, no dejaré la empresa comenzada.
Salimos, llegué al puesto, dieron las diez y no vino el que esperaba; aguardé hasta las once, y viendo que no venía, dije a don Baltasar:
—Puede ser que si acaso os han visto, no lleguen por eso: apartaos y encubríos en esta callejuela, veamos si es esta la ocasión.
Y apenas don Baltasar se desvió donde le dije, cuando salieron de una casa más abajo de donde yo estaba seis hombres armados y con máscaras, y disparando dos de ellos dos pistolas, y los otros metiendo mano a las espadas, me acometieron cercándome por todas partes: de las pistolas, la una fue por alto, mas la otra me acertó en un brazo, que si bien no encarnó para hacerme pedazos, bastó a herirme muy mal: metí mano y quise defenderme, mas fue imposible, porque a cuchilladas y estocadas, como eran seis contra mí, me derribaron, herido mortalmente.
Al ruido volvió mi camarada y salieron de las casas vecinas gentes, y de mi posada los amigos, que aún no estaban acostados por haberse puesto a jugar, y los traidores, viendo lo que les importaba, se pusieron en fuga, que si no, tengo por sin duda que no se fueran hasta acabarme.
Lleváronme a la posada medio muerto, trajeron a un tiempo los médicos para el alma y para el cuerpo, que no fue pequeña misericordia de Dios quedar para poderme aprovechar de ellos. En fin, llegué a punto de muerte; mas no quiso el cielo que se ejecutase entonces esta sentencia.
Púsose tanto cuidado en mi cura como me hallé con dinero para hacerlo, que vine a mejorar de mis heridas y estar ya para poderme levantar; y cuando lo empezaba a hacer, me envió el general a decir con el sargento mayor que tratase de salir luego de aquel país y me volviese a mi patria, porque me hacía cierto de que quien me había puesto en el estado que estaba aún no estaba vengado, que así se lo avisaban por un papel que le habían dado, sin saber quién; y que le decían en él que por loco y mal celador de secretos había sido; que no hiciese juicios, que de mano de una mujer se había todo originado.
En esto conocí de qué parte había procedido mi daño; y así, sin aguardar a estar más convalecido, me puse en camino, y con harto trabajo, por mi poca salud, llegué a mi patria, donde hallé que ya la airada parca había cortado el hilo de la vida a mi madre, y a mi padre, viejo y muy enfermo, por lo que dentro de un año siguió a su amada consorte.
Quedé rico, y en lo mejor de mi edad, pues tenía a la sazón treinta y tres a treinta y cuatro años. Ofreciéronseme luego muchos casamientos de señoras de mucha calidad y hacienda, mas yo no tenía ninguna voluntad de casarme porque aún vivía en mi alma la imagen adorada de madama Lucrecia, perdida el mismo día que la vi, pues aunque había sido causa de tanto mal como padecí, no la podía olvidar ni aborrecer; hasta que una Semana Santa, acudiendo a la iglesia mayor a los divinos oficios, vi un sol, poco digo, un ángel; vi, en fin, un retrato de Lucrecia, tan parecido a ella que mil veces me quise persuadir a que, arrepentida de haberme puesto en la ocasión que he dicho, se había venido tras mí: vi, en fin, a Elena, que este es el nombre de aquella desventurada mujer que habéis visto comer los huesos y migajas de mi mesa; y así como la vi, no la amé, porque ya la amaba; la adoré, y luego propuse, si no había causa que lo estorbase, a hacerla mi esposa; seguila, informeme de su calidad y estado; supe que era noble, mas tan pobre que aun para una medianía le faltaba; era doncella, y sus virtudes las mismas que pude desear, pues el dote de la hermosura se allegaba al de honesta, recogida y bien entendida: no tenía padre, que había muerto un año había, y su madre era una honrada y santa señora.
Contento de todo, haciendo cuenta que la virtud y hermosura era la mayor riqueza, y que en tener a Elena tenía más riquezas que tuvo Midas, me casé con ella, quedando madre e hija tan agradecidas que siempre lo estaban repitiendo; y yo, como más amante, me tuve en merecerla por el más dichoso de los hombres.
Saqué a Elena de la mayor miseria a la mayor grandeza, como habéis visto en esta negra que ha estado a mi mesa esta noche, dando envidia a las más nobles damas de toda la Gran Canaria, tanto con la hermosura como con la grandeza en que la veían; luciendo tanto la belleza de Elena con los atavíos y ricas joyas, que se quedaban embelesados cuantos la veían: y yo cada día más y más enamorado, buscando nuevos rendimientos para más obligarla, amábala tan ternísimamente que las horas sin ella juzgaba siglos, y los años en su compañía, instantes. Elena era mi cielo, Elena era mi gloria, Elena era mi jardín, Elena mis holguras y Elena mi recreo.
¡Ay de mí, y cómo me tendréis por loco, viéndome recrear con el nombre de Elena, y maltratarla como esta noche habéis visto! Pues ya es Elena mi asombro, mi horror, mi aborrecimiento; fue mujer Elena, y como mujer ocasionó sus desdichas y las mías. Murió su madre a los seis años de casada Elena, y sentilo yo más que ella: ¡pluguiera al cielo viviera, que quizá a su sombra fuera su hija la que debía ser!
Tenía Elena un primo hermano, hijo de una hermana de su padre, mozo galán y bien entendido; mas tan pobre que no tenía para poder seguir sus estudios y dedicarse a la iglesia; y yo, que todas las cosas de Elena las estimaba mías, para que pudiera conseguir los estudios le traje a mi casa, comiendo, vistiendo y triunfando a costa mía, y se lo daba yo con mucho gusto, porque le tenía en lugar de hijo.
Ya había ocho años que éramos casados, pareciéndome a mí que no había una hora: vivíamos en la ciudad, si bien los veranos nos veníamos a este castillo a recoger la hacienda del campo, como todos hacen; y aquel verano, que fue en el que empezó mi desdicha, sucedió no estar Elena buena; y creyendo que fuesen achaques de preñada, como yo lo deseaba, no la consentí venir aquí: vine yo solo, y como el vivir sin ella era imposible, a los ocho días, instándome el deseo de verla, volví a la ciudad con el mayor contento que puede imaginarse: llegué a sus brazos, y fui recibido con el mismo.
Cuando considero las traiciones de una mujer, se me acaba la vida: ¡con qué disimulación me acarició, pidiéndome que si había de volver al castillo no la dejase, que estando apartada de mí no vivía! Pues apenas estuve sosegado en mi casa, me llamó aparte esta negra que aquí veis, que nació en mi casa de otra negra y un negro, que siendo los dos esclavos de mis padres, los casaron, y me dijo llorando:
—Ya, señor, no será razón encubrirte la maldad que pasa, que fuera negarme a la crianza que tus padres y tú hicisteis a los míos, y a mí y al pan que como: sabe Dios la pena que tengo en llegar a decirte esto, mas no es justo que pudiendo remediarlo, por callar yo, vivas tú engañado y sin honra; y por no detenerme, que temo no será más mi vida de cuanto me vean hablar contigo, porque así me han amenazado, mi señora y su primo tratan en tu ofensa e ilícito amor y, en faltando tú, en tu lugar ocupa su primo tu lecho; yo lo había sospechado y cuidadosa lo miré, y es el mal que lo sintieron. Yo te he avisado de la traición que te hacen; ahora pon en ello el remedio.
Cómo quedé, buenos amigos, el cielo solo lo sabe, y vosotros lo podéis juzgar. Mil veces quise sacar la lengua a la vil mensajera y otras no dejar en toda la casa nada vivo; mas viendo que era espantar la caza si lo hacía, me reporté, y disimulando mi desventurada pena, traté otro día, no teniendo ya paciencia para aguardar a ver mi agravio a vista de mis ojos, de que nos viniésemos aquí; y dando a entender que me importaba estar aquí más despacio que otras veces, envié todo el menaje de casa, criados y esclavos primero, y luego partimos nosotros.
Elena, con gusto de lo que yo le tenía, aunque fuese por cautela y disimulación, que estoy en que lo era, y aunque no lo fuese, pues al honor de un marido solo que él lo sospeche basta, cuanto más habiendo testigo de vista, convino en todo placentera.
Lo primero que hice, ciego de furiosa cólera, en llegando aquí, fue quemar vivo al traidor primo de Elena, reservando su cabeza para lo que habéis visto, que es la que traía en las manos para que le sirva de vaso en que beba los acíbares, como bebió en su boca las dulzuras.
Luego, llamando a la negra que me había descubierto la traición, la di todas las joyas y galas de Elena delante de ella misma, y la dije, por darle más dolor, que ella había de ser mi mujer, y como a tal se sirviese y mandase de la hacienda, criadas y criados, durmiendo en mi misma cama, aunque esto no lo ejecuto, pues antes que Elena acabe, la he de quitar a ella también la vida.
Queríase disculpar Elena, mas no se lo consentí. No la maté luego, porque una muerte breve es pequeño castigo para quien hizo tal maldad contra un hombre que, sacándola de su miseria, la puso en la alteza que os he contado.
En fin, de la suerte que veis ha dos años que la tengo, no comiendo más de lo que hoy ha comido y bebido, ni teniendo más de unas pajas para cama, ni aquel rincón donde está es mayor que lo que cabe su cuerpo echado, que aun en pie no se puede poner; su compañía es la calavera de su traidor y amado primo, y así ha de estar hasta que muera, viendo cada día la esclava que ella más aborrecía adornada de sus galas, y en el lugar que ella perdió en mi mesa y a mi lado.
Esto es lo que habéis visto y lo que os tiene tan admirados. Consejo no os lo pido, que no lo tengo de tomar aunque me lo deis, y así podéis excusaros de ese trabajo; porque si me decís que es crueldad que viva muriendo, ya lo sé, y por eso lo hago.
Si dijéredes que fuera más piedad matarla, digo que es la verdad, que por eso no la mato: porque pague los agravios con la pena, y los gustos que perdió y me quitó con los disgustos que pasa; con esto idos a reposar sin decirme nada, porque, de haber traído a la memoria estas cosas, estoy con tan mortal rabia que quisiera que fuera hoy el día en que supe mi agravio, para poder de nuevo ejecutar el castigo. Mañana nos veremos, y podrá ser que esté más humana mi pasión y os oiré todo lo que me quisiéredes decir; no porque he de mudar de propósito, sino por no ser descortés con vosotros.
Con esto se levantó de la silla, haciendo don Martín y su compañero lo mismo, y mandando a un criado los llevase adonde tenían sus lechos, dándoles las buenas noches se retiró don Jaime adonde tenía el suyo.
Espantados iban don Martín y su compañero del suceso de don Jaime, admirándose cómo un caballero de tan noble sangre, cristiano y bien entendido, tenía ánimo para dilatar tanto tiempo tan cruel venganza en una miserable y triste mujer que tanto había querido, juzgando, como discretos, que también podía ser testimonio que la maldita esclava hubiese levantado a su señora, supuesto que don Jaime no se aseguró de ello; y resuelto don Martín en dárselo a entender otro día, se empezaron a desnudar.