Novelas ejemplares y amorosas

Part 36

Chapter 364,293 wordsPublic domain

Bien se advierte en Camila y Roseleta, que ni la una con su prudencia pudo librarse, aunque calló, ni la otra con su arrojamiento, hablando, se libró tampoco; y aunque miro en Carlos y don Pedro dos amigos bien crueles, no me puedo persuadir a que todos los hombres sean de una misma manera; pues juzgo que ni los hombres deben ser culpados en todo, ni las mujeres tampoco. Ellos nacieron con libertad de hombres, y ellas con recato de mujeres; y así, por lo que deben ser más culpadas, dejando aparte que son más desgraciadas, es que, como son las que pierden más, luce en ellas más el delito; y por esto, como los hombres se juzgan los más ofendidos, quéjanse y condénanlas en todo, y así están hoy más abatidas que nunca, porque deben de ser los excesos mayores.

Demás de esto, como los hombres, con el imperio que naturaleza les otorgó en serlo, temerosos quizá de que las mujeres no se le quiten, pues no hay duda que si no se dieran tanto a la compostura, afeminándose más que naturaleza las afeminó, y como en lugar de aplicarse a jugar las armas y a estudiar las ciencias, estudian en rizar el cabello y matizar el rostro, ya pudiera ser que pasaran en todo a los hombres: luego el culparlas de fáciles y de poco valor y menos provecho es porque no se les alcen con la potestad; y así, en empezando a tener discurso las niñas, pónenlas a labrar y hacer vainillas, y si las enseñan a leer es por milagro; que hay padre que tiene por cosa de menos valor que sepan leer y escribir sus hijas, dando por causa que de saberlo son malas; como si no hubiera muchas más que no lo saben y lo son; y esta es natural envidia y temor que tienen de que los han de pasar en todo.

Bueno fuera que si una mujer ciñera espada, sufriera que la agraviara un hombre en ninguna ocasión; harta gracia fuera que si una mujer profesara las letras, no se opusiera con los hombres tanto a las dudas como a los puestos: según esto, temor es el abatirlas y obligarlas a que ejerzan las cosas caseras.

Esto prueba bien el valor de las hermanas del emperador Carlos V, que no quiero asir de las pasadas, sino de las presentes; pues el entendimiento de la serenísima infanta doña Isabel Clara Eugenia de Austria, pues con ser el católico rey don Felipe II de tanto saber que adquirió el nombre de prudente, no hacía ni intentaba acción alguna que no tomase consejo con ella: en tanto estimaba el consejo de su hija; pues en el gobierno de Flandes bien mostró cuán grande era su saber y valor.

Pues la excelentísima condesa de Lemos, camarera mayor de la serenísima reina Margarita, y aya de la emperatriz de Alemania, abuela del excelentísimo conde de Lemos, que hoy vive, y viva muchos años, fue de tan excelentísimo entendimiento, demás de haber estudiado la lengua latina, que no había letrado que la igualase.

La señora doña Eugenia de Contreras, religiosa en el convento de Santa Juana de la Cruz, hablaba la lengua latina, y tenía tanta prontitud en la gramática y teología, por haberla estudiado, que admiraba a los más elocuentes en ella.

Pues demás de estas hay otras muchas de que hoy goza el mundo, excelentes en prosa y verso, como se ve en la señora doña María Varona, religiosa en el convento de la Concepción Jerónima, y la señora doña Ana Caro, natural de Sevilla: y ya Madrid ha visto y hecho experiencia de su entendimiento y excelentísimos versos, pues los teatros la han hecho estimada y los grandes entendimientos la han dado laureles y vítores, rotulando su nombre por las calles; y no será justo olvidar a la señora doña Isabel de Ribadeneira, dama de mi señora la condesa de Gálvez, tan excelente y única en hacer versos que de justicia merece el aplauso entre las pasadas y presentes: pues escribe con tanto acierto que arrebata, no solo a las mujeres, mas a los hombres, el laurel de la frente; y otras muchas que no nombro por no ser prolija.

Puédese creer que, si como a estas que estudiaron las concedió el cielo tan divinos entendimientos, si todas hicieran lo mismo, unas más y otras menos, todas supieran y fueran famosas.

De manera que no voy fuera de camino en que los hombres, por temor y envidia, las privan de las letras y las armas, como hacen los moros a los cristianos que han de servir donde hay mujeres, que los hacen eunucos por estar seguros de ellos.

¡Ah, damas hermosas, y qué os pudiera decir si supiera que como soy oída no había de ser murmurada! Ea, dejemos las galas, rosas y rizos, y volvamos por nosotras; unas con el entendimiento y otras con las armas; y será el mejor desengaño para las que hoy son y las que han de venir; y supuesto que he dicho lo que me parece, y ya que estoy en este asiento, he de desengañar, es fuerza que, cumpliendo el mandamiento de la divina Lisis, ha de ser mi desengaño contra los caballeros; y por si algún día los hubiere menester, les pido perdón y licencia.

Con gran gusto escucharon todos a la hermosa Filis, que después de haberla dado las gracias, y concedido lo que tan justamente pedía, empezó así:

Si mis penas pudieran ser medidas, No fueran penas, no, que glorias fueran; Con más facilidad contar pudieran Las aves que en el aire están perdidas.

Las estrellas a cuenta reducidas, Más cierto que ellas número tuvieran; Por imposibles, fáciles se vieran Contadas las arenas esparcidas.

Sin ti, dulce y ausente dueño mío, La noche paso deseando el día, Y en viendo el día, por la noche lloro.

Lágrimas, donde estáis, con gusto envío, Gloria siento por ti en la pena mía, Cierta señal que lo que pierdo adoro.

Espero, desespero, gimo y lloro, Que sin ti, dueño amado, Me cansa el río y entristece el prado.

¡Cuándo llegará el día En que te vuelva a ver, señora mía,

Que hasta que yo te vea, No hay gusto para mí que gusto sea!

Así cantaba para divertir su pena, siendo tan grande como quien sabe qué es ausencia, don Martín, caballero mozo, noble, galán y bien entendido, natural de la imperial ciudad de Toledo, a quien deseos de aumentar honor habían ausentado de su patria y apartado de una gallarda y hermosa dama, prima suya, a quien amaba para esposa; cuando navegaba la vuelta de España, honrado de valerosos hechos y acrecentado de grandes servicios, adquiridos en Flandes, donde había servido con valeroso ánimo y heroico valor a su católico rey, y de quien esperaba, llegando a la corte, honrosos premios, ligando de camino el libre cuello al yugo del matrimonio, lazo amable y suave para quien le toma con gusto, como él esperaba hacerlo con su hermosa prima, juzgando el camino eterno, por impedirle llegar a gozar y poseer sus amorosos brazos, pareciéndole el próspero viento con que la nave volaba perezosa calma.

Mas la fortuna (cruel enemiga del descanso, que jamás hace cosa a gusto del deseo), habiendo cerrado la noche oscura, tenebrosa y revuelta de espantosos truenos y relámpagos, con furiosa lluvia, trocándose el viento apacible en rigurosa tormenta; los marineros, temerosos de perderse, queriendo amainar las velas porque la nave no diese contra alguna peña y se hiciese pedazos, no les fue posible, antes empezó a correr, sin orden ni camino, por donde el furioso viento la quiso llevar, con tanta pena de todos que viendo no tenían otro remedio, puestos de rodillas, llamando a Dios que tuviese misericordia de las almas, ya que los cuerpos se perdiesen; y así, poniendo el timón la vía de Cerdeña, pareciéndoles no medrarían muy mal si llegasen a ella, perdidas las esperanzas de quedar con las vidas, con grandes llantos se encomendaba cada uno al santo con quien más devoción tenía; y es lo cierto que, si no fuera por el valor con que don Martín los animaba, el mismo miedo los acabara: mas era toledano, cuyos pechos no le conocen, y así, haciendo la misma cara al bien que al mal, poniendo todas sus esperanzas en Dios, esperaban con valor lo que sucediese.

Tres días pasaron de esta suerte sin darles lugar la oscuridad y el ir engolfados en alta mar a conocer por dónde iban; y ya que esto les aseguraba el temor de hacerse pedazos la nave, no lo hacía el dar en tierra de moros, cuando al cuarto día descubrieron tierra poco antes de anochecer, mas fue para acrecentarles el temor, porque eran unas montañas tan altas que, antes de sucederles el mal, ya le tenían previsto; y procurando amainar, fue imposible, pues la triste nave venía tan furiosa que antes que tuviesen lugar de hacer lo que intentaban, dio contra las peñas y se hizo pedazos, con lo que viéndose perdidos, acudió cada uno como pudo a salvar la vida, y aun esa tenían por imposible librarla.

Don Martín, que siguiendo el ejercicio de las armas, no era esta la primera fortuna en que se había visto, animosamente asió una tabla, haciendo cada uno lo mismo, con cuyo amparo y el del cielo lograron, a pesar de las furiosas olas, tomar tierra en la parte donde más cómodamente pudieron; y como en ella se vieron, aunque conociendo su manifiesto peligro por llegar las olas a batir en las mismas peñas, por estar furiosas y fuera de madre, dieron gracias a Dios por las mercedes que les había hecho.

Buscando como pudieron dónde ampararse, don Martín y otro caballero pasajero, que los demás enderezaron hacia otras partes, se acogieron a un hueco o quiebra que en la peña había, donde, por estar bien cóncavo y cavado, no llegaba el agua.

Estuvieron hasta la mañana, que habiéndose sosegado el aire y quitádose al cielo el ceño, salió el sol y dio lugar a que las olas, retiradas a su cerúleo albergue, descubriesen una arenosa playa, de ancho hasta dos varas, de modo que se podía muy bien andar alrededor de las peñas.

Viendo esto don Martín y su compañero, temerosos de que no les hallase allí la venidera noche y deseosos de saber dónde estaban, y menesterosos de sustento, por no haber comido desde la mañana del día pasado, salieron de aquel peligroso albergue y caminando por aquella vereda iban buscando si hallaban alguna parte por donde subir a lo alto, con harto cuidado de que no fuese tierra de moros, donde perdiesen la libertad que el cielo les había concedido, aunque les parecía más civil muerte acabar la vida a manos de la hambre. No sé qué dulzura tiene esta triste vida que, aunque sea con trabajos y desdichas, la apetecemos.

Dábales a don Martín y su camarada más guerra la hambre que el esperar verse cautivos, y sentían más la pérdida de los mantenimientos, que con la nave se habían perdido, que los vestidos y ropa que se habían anegado con ella: si bien a don Martín no le hacían falta los dineros, porque en un bolsillo que traía en la faltriquera había salvado buena cantidad de doblones y una cadena.

Más de medio día sería pasado cuando, caminando orilla del mar, descubrieron una mal usada senda que a lo alto de la peña subía, y entrando por ella, no con poca fatiga, a cosa de las cuatro de la tarde llegaron a lo alto, desde donde descubrieron la tierra llana y deleitosa, muchas arboledas muy frescas y en ellas huertas de agradable vista, y muchas tierras sembradas, y en ellas, o cerca, algunas hermosas caserías; mas no vieron gente alguna, con lo que no pudieron salir de sus dudas de si estaban entre enemigos; mas, al fin, sujetos a lo que la fortuna quisiese hacer de ellos como hallasen qué comer, siguieron su camino, y a poco más de una legua, cuando ya quería anochecer, descubrieron un grande y hermoso castillo, y vieron delante de él andarse paseando un caballero, que en su talle, vestido y buena presencia pareció serlo.

Tenía, sobre un vestido costoso y rico, un gabán de terciopelo carmesí, con muchos pasamanos de oro y al uso español, de que no se alegraron poco nuestros mojados y hambrientos caminantes, dando mil gracias a Dios de que, ya que con tanto trabajo los había guiado hasta allí, fuese tierra de cristianos, porque hasta aquel punto habían temido lo contrario.

Yéndose para el caballero, que se paró a esperarlos, juzgando en verlos venir así lo que podía ser, y como llegasen más cerca pudieron ver que era un hombre de hasta cuarenta años y algo moreno, mas de hermoso rostro, el bigote y cabello negro y algo encrespado. Llegando pues más cerca, con semblante severo y alegre los saludó con mucha cortesía, y prosiguió diciendo:

—No tengo necesidad, señores, de preguntaros qué ventura os ha traído aquí, que ya juzgo en el modo que venís, a pie y mal enjutos, que habéis escapado de alguna derrotada nave que en la tempestad pasada se ha perdido, haciéndose pedazos en estas peñas; y no ha sido pequeña merced del cielo en haber escapado con las vidas, que ya otros muchos han perecido sin haber podido tomar tierra.

—Así es —respondió don Martín, después de haberle vuelto los corteses saludos—, y suplícoos, señor caballero, me hagáis merced de decirme qué tierra es esta, y si hallaremos cerca algún lugar donde poder repararnos del trabajo pasado y del que nos fatiga, que es no haber comido dos días ha.

—Estáis, señores —respondió el caballero—, en la Gran Canaria, si bien por donde la fortuna os la hizo tomar es muy dificultoso el conocerla, y de aquí a la ciudad hay dos leguas; y supuesto que ya el día va a la última jornada, será imposible llegar a ella a tiempo que os podáis acomodar de lo que os falta, y más siendo forasteros, que es fuerza ignoréis el modo, y supuesto la necesidad que tenéis de sustento y descanso, porque me parecéis en la lengua españoles, y tener yo gran parte de esta dichosa tierra, que es de lo que más me honro, os suplico aceptéis mi casa para descansar esta noche y todo el tiempo que más os diere gusto, que en todo podéis mandar como propia, y yo lo tendré por muy gran favor; que después yo iré con vosotros a la ciudad, donde voy algunas veces, y os podréis acomodar de lo que os faltare para vuestro viaje.

Agradecieron al noble caballero don Martín y su camarada con corteses razones lo que les ofrecía, aceptando, por la necesidad que tenían, su piadoso ofrecimiento; y con esto todos tres y algunos criados que habían salido del castillo se entraron en él; y cerrando y echando el puente, por ser ya tarde y aquellos campos mal seguros de salteadores y bandoleros, subieron a lo alto.

Iban notando nuestros héroes que el caballero debía ser muy principal y rico, porque todas las salas estaban muy aliñadas de ricas colgaduras y excelentes pinturas, y de otras cosas curiosas que decían el valor del dueño, sin faltar mujeres que acudieron a poner luces y ver qué se les mandaba tocante al regalo de los huéspedes que su señor tenía, porque salieron, habiéndolas llamado, dos doncellas y cuatro esclavas blancas herradas en los rostros, a quienes el caballero dijo que fuesen a su señora y la dijesen mandase apercibir dos buenas camas para aquellos caballeros, juntas en una cuadra, y que se aderezase presto la cena, porque necesitaban de comer y descansar; y mientras esto se hacía, don Martín y el compañero se quedaron con el caballero, contando de su viaje y del modo que habían llegado allí, juzgando, por lo que a las criadas había dicho dijesen a su señora, que el caballero era casado.

Aderezada la cena y puestas las mesas, ya que iban a sentarse, se les ofrecieron a la vista dos cosas de que quedaron bien admirados, sin saber qué les había sucedido; y fue que, diciéndoles el caballero que se sentasen, y haciendo él lo mismo, sacó una llave de la faltriquera, y dándola a un criado, abrió con ella una pequeña puerta que en la sala había, por donde vieron salir, cuando esperaban o que saliesen algunos perros de caza u otra cosa semejante, salió, como digo, una mujer, al mismo tiempo que, por la otra donde entraban y salían las criadas, otra, que la vista de cualquiera de ellas causó a don Martín y su compañero tan grande admiración que, suspendidos, no se les acordó de lo que iban a hacer, ni atendieron a que el caballero les daba prisa que se sentasen.

La mujer que por la pequeña puerta salió parecía tener hasta veinte y seis años, hermosísima con tan grande extremo que juzgó don Martín, con haberlas visto muy lindas en Flandes y España, que esta las excedía a todas; mas tan flaca y sin color, que parecía más muerta que viva, o que daba muestras de su cercana muerte.

No traía sobre sus blanquísimas y delicadas carnes sino un saco de una jerga muy basta, y este le servía de camisa, faldellín y vestido, ceñido con un pedazo de soga. Los cabellos, que más eran madejas de Arabia que otra cosa, partidos en trenza, como se dice, al estilo aldeano, y puestos detrás de sus orejas, y sobre ellos arrojada una toca de lino muy basto. Traía en sus hermosas manos (que parecían copos de nieve) una calavera.

Juzgó don Martín, harto enternecido de verla destilar de sus hermosos ojos sartas de cristalinas perlas, que si en aquel traje se descubrían tanto los quilates de su belleza, que en otro más precioso fuera asombro del mundo; y como llegó cerca de la mesa, se entró debajo de ella.

La otra que por la otra puerta salió era una negra, tan tinta que el azabache era blanco en su comparación, y sobre esto, tan fiera que juzgó don Martín que si no era el demonio, que debía ser retrato suyo; porque tenía las narices tan romas que imitaban los perros bracos que ahora están tan validos, y la boca con tan grande hocico y bezos tan gruesos que parecía boca de león, y lo demás a esta proporción.

Pudo muy bien don Martín notar su rostro y costosos aderezos en lo que tardó en llegar a la mesa, por venir delante de ella las dos doncellas con dos candeleros de plata en las manos, y en ellos dos bujías de cera encendidas.

Traía la fiera y abominable negra vestida una saya entera con manga en punta, de un raso de oro encarnado, tan resplandeciente y rica que una reina no la podía tener mejor; collar de hombros y cintura de resplandecientes diamantes; en su garganta y muñecas, gruesas y albísimas perlas, como lo eran las arracadas que colgaban de sus orejas; en la cabeza, muchas flores y piedras de valor, como lo eran las sortijas que traía en sus manos.

Así que llegó, el caballero, con alegre rostro, la tomó por la mano y la hizo sentar a la mesa, diciendo:

—Seáis bien venida, señora mía.

Y con esto se sentaron todos, la negra a su lado y don Martín y su camarada enfrente, tan admirados y divertidos en mirarla que casi no se acordaban de comer.

Bien notó el caballero la suspensión, mas no por esto dejó de regalar y acariciar a su negra y endemoniada dama, dándola los mejores bocados de su plato; y a la desdichada belleza que estaba debajo de la mesa, los huesos y mendrugos, que aun para los perros no eran buenos, pero como tan necesitada de sustento, los roía como si fuera uno de ellos.

Acabada la cena, la negra se despidió de los caballeros y de su amante o marido, que ellos no podían adivinar qué fuese, y se volvió por donde había venido, con la misma solemnidad de salir las doncellas con las luces; y saliendo de debajo de la mesa la maltratada hermosura, un criado, de los que asistían a servir, en la calavera que traía en las manos la echó agua, y volviéndose a su albergue, cerró el criado la puerta con llave y se la dio a su señor.

Pasado pues esto, y los criados idos a cenar, viendo el caballero a sus huéspedes tan suspensos pensando en las cosas que en aquella casa veían, sin atreverse a preguntar la causa les habló de esta suerte:

—Si bien, buenos amigos, el trabajo pasado en la mar os ha hecho necesario más el descanso y reposo que el oír sucesos, véoos tan admirados de lo que en esta casa veis que estoy seguro que no os pesará el oír el mío, y la causa de los extremos que veis, que los juzgaréis encantamientos de los que se cuentan había en la primera edad del mundo; y porque salgáis de la admiración en que os veo, si gustáis de saberla, con vuestra licencia os contaré mi prodigiosa historia, asegurándoos que sois los primeros a quienes la he dicho y han visto lo que en este castillo pasa; porque desde que me retiré a él de la ciudad, no he consentido que ninguno de mis deudos o amigos que me vienen a ver pasen de la primera sala, ni mis criados se atreverán a contar a nadie lo que aquí pasa, pena de que les costara la vida.

—Antes, amigo y señor —respondió don Martín—, te suplico que lo digas y me saques de la confusión en que estoy, que no puedo tener el descanso que dices que mi fatiga ha menester sin saber primero la historia que encierra tan prodigiosos misterios.

—Pues supuesto eso, os la diré —dijo el caballero—: estadme atentos, que pasa así:

Mi nombre es don Jaime de Aragón, que este mismo fue el de mi padre, quien fue natural de Barcelona, en el reino de Cataluña, y de nobles caballeros de ella, como lo dice mi apellido.

Tuvo mi padre con otros caballeros de su patria unas competencias sobre el galanteo de una dama, y fue de suerte que llegaron a sacar las espadas, donde mi padre, o por más valiente, o más bien afortunado, dejando uno de sus contrarios en el último vale, se escapó en un caballo al reino de Valencia, y embarcándose allí, pasó a Italia, donde estuvo algunos años en la ciudad de Nápoles sirviendo al rey como valeroso caballero, donde llegó a ser capitán; y ya cansado de andar fuera de su patria, volviéndose a ella, con tormenta derrotado, como vosotros, en esas peñas y salvando la vida por el mismo modo, estándose reparando en la ciudad del trabajo pasado, vio a mi madre, que habiendo muerto sus padres, la habían dejado niña y rica. Finalmente, al cabo de dos años que la galanteó, vino a casarse con ella.

Tuviéronme a mí solo por fruto de su matrimonio, que llegando debajo de su educación a la edad floreciente de diez y ocho años, era tan inclinado a las armas que pedí a mis padres la licencia para pasar a Flandes a emplear algunos años en ellas y ver tierras.

Tuviéronlo por bien mis padres, porque no perdiese el honor que por tan noble ejercicio podía ganar, aunque con paternal sentimiento me acomodaron de lo necesario, y tomando su bendición, me embarqué para Flandes, que llegando a ella, asenté mi plaza y acudí a lo que era necesario en el ejercicio que profesaba, y en esto empleé seis años, y pienso que estuviera hasta ahora si no me hubiera sucedido un caso, el más espantoso que habréis oído.

Tenía yo a esta sazón veinte y cuatro años, el talle conforme a la floreciente edad que tenía, las galas como de soldado y las gracias como de mozo, acompañando a esto el valor de la noble sangre que tengo.

Pues estando un día en el cuerpo de guardia con otros camaradas y amigos, llegó a mí un hombre anciano, que al parecer profesaba ser escudero, y llamándome a un lado me dijo que le oyese una palabra, y despidiéndome de mis amigos, me aparté con él, que en viéndome solo me puso en la mano un papel, diciendo que leyese y de palabra le diese la respuesta.

Leíle, y contenía estas razones:

«Tu talle, español, junto con las demás gracias que te dio el cielo, me fuerzan a desear hablarte: si te atreves a venir a mi casa con las condiciones que te dirá ese criado, no te pesará de haberme conocido. Dios te guarde.»

Viendo que el papel no decía más y que se remitía a lo que dijese el criado, le pregunté el modo de poder obedecer lo que en aquel papel se me mandaba, y me respondió que no había que advertirme más de que si me resolvía a ir, que le aguardase en dando las diez en aquel mismo puesto, que él vendría por mí y me llevaría.

Yo, que con la juventud que tenía, la facultad que profesaba, y ayudado de mi noble sangre, no miraba en riesgos ni temía peligros, pareciéndome que aunque fuese a los abismos no aventuraba nada, porque no conocía la cara al temor, acepté la ida respondiendo que le aguardaría.

Advirtiome el sagaz mensajero que en este caso no había más riesgo que el de comunicarlo con nadie, y que así me suplicaba que ni a camarada ni a amigo lo dijese, que importaba a mí y a la persona que le enviaba.