Novelas ejemplares y amorosas

Part 35

Chapter 354,373 wordsPublic domain

Hízolo así el admirado caballero, y como cortó la soga, se quedó el hombre sentado en las ancas del caballo.

Hecho esto, volvieron a su camino, pareciéndole a don Juan siglos lo que se había detenido: tanto deseo tenía de llegar donde esperaba gozar toda su gloria en los brazos de Roseleta; y yendo por él, le dijo:

—Dime ahora cómo ha sido esto que habiéndote ahorcado estés vivo.

—Yo estaba inocente del delito que me levantaron, confesé de miedo del tormento, y así fue Dios servido de guardarme la vida.

—La cosa más rara y milagrosa que se ha visto es esta —dijo don Juan.

—Sí es —dijo el hombre—, mas ya ha sucedido en otros, como se ve en el milagro de Santo Domingo de la Calzada en España, que hasta hoy se guardan las memorias en el gallo y la gallina, que resucitaron para crédito de que el mozo que habían ahorcado quince días había estaba vivo, que Dios como padre de misericordia acude con ella a quien le ha menester, como ha hecho a mí, y aun a ti, pues quiso traerte por esta parte a tiempo que me pudieses socorrer y fueses la mano por donde se cumpliese la voluntad divina.

—Bendito sea —dijo don Juan—, que lo ordenó así, pues cuando no fuera mi venida para el gusto que espero gozar de ella, por haberte socorrido a tal tiempo, la doy por muy bien empleada y te prometo como caballero no desampararte mientras viviere, porque la necesidad no te obligue a hacer por donde te veas otra vez en tan desventurado lugar como te has visto.

—Yo te beso, señor, la mano —dijo el hombre—, y doy gracias al cielo que te encaminó por esta parte.

Al fin, tratando en esto y en otras cosas, descubrieron la quinta, que estaba en medio de una deleitosa arboleda, por haber en aquella tierra muy hermosos jardines, y la quinta la tenía de las mejores de cuantas por aquel prado había. A tiro de arco de ella bajó don Juan del caballo, y haciendo el hombre lo mismo, le dijo:

—Quédate aquí con este caballo, y aguárdame, que yo voy a un negocio preciso, que es el que me sacó esta noche de mi casa, que presto daré la vuelta para que nos volvamos a la ciudad, o te avisaré de lo que has de hacer.

—No, don Juan —replicó el hombre—, no andas acertado en eso que me mandas, que a ese negocio a que vas que importa tanto, yo lo tengo de hacer y tú eres el que te has de quedar aquí con el caballo.

Riose don Juan de voluntad, y respondiole:

—¿Pues sabes tú lo que yo vengo a hacer, o cómo puedes tú suplir la falta que yo haré?

—Esa es la gracia —respondió—, que sé a lo que vienes, y he de suplir la que tú vienes a desempeñar.

—Acaba —dijo don Juan—, que estás porfiado en vano y perdemos tiempo.

—Ya yo lo veo —dijo el ahorcado— que perdemos no solo tiempo, mas las palabras, y tú eres el porfiado, y así toma el caballo, que esto ha de ser; yo he de ir y tú te has de quedar.

—Cansado eres, y a saber esto no te hubiera traído conmigo, que si supieses los ratos de gusto que me quitas en detenerme, no me pagarías descortés el beneficio que esta noche te he hecho.

—No sabes bien cómo te lo pago —dijo el hombre— y los gustos que te estorbo; y para que no nos cansemos, que quieras que no quieras he de ir yo adonde tú vas; y más, que no has de quedar aquí donde estamos, que el caballo lo has de atar a aquel árbol que está allí desviado, y tú te has de subir a otro apartado de él, donde no puedas ser visto: ten atención a lo que vieres y oyeres, y entonces conocerás a cuál de los dos importa más que vaya, tú o yo.

Embelesado estaba don Juan oyéndole, con mil asustadas palpitaciones que el corazón le daba, que le hacían temblar todo el cuerpo sin poder aquietarle, aunque se aprovechaba de todo su valor y ánimo, pareciéndole prodigioso todo lo que veía; y sin replicar más tomó su caballo, y atándole al árbol que el hombre le había señalado, se subió en otro no muy lejos de él, aguardando a ver en qué paraba la porfía de aquel hombre, el cual en viéndole puesto en parte segura, caminó a la quinta; y de lo que más se maravilló don Juan fue de ver que no encaminó a la puerta; antes, dando vuelta por junto a las tapias, se fue a un portillo que en la huerta había, que era por donde él estaba avisado que había de entrar, porque no fuese visto de la gente que en la quinta había, acordándose muy bien que él no le había dicho esta circunstancia.

Llegó el ahorcado al portillo, y apenas saltó por él, que era como de algo menos que un estado de hombre, cuando don Pedro y sus criados, que estaban en centinela, pareciéndoles ser don Juan, disparando a un tiempo las pistolas le derribaron en tierra, y luego que le vieron tendido fueron sobre él y dándole muchas puñaladas le cogieron y echaron en un pozo muy hondo, arrojando sobre él cantidad de piedras que tenían apercibidas.

Sin sentido quedó don Juan oyendo desde el sitio en que estaba el ruido de las bocas de fuego, sin poder imaginar qué fuese, y no hacía sino santiguarse; y más le creció la admiración cuando de allí a un cuarto de hora vio abrir las puertas de la quinta y salir por ellas tres hombres a caballo, que, como llegaron a emparejar con el de don Juan y los sintió, relinchó; a lo que uno de los tres dijo:

—Es el caballo del señor, no subirá más en él —y pareciole en la voz y en el talle a su amigo don Pedro.

—¡Válgame el cielo, qué es esto! —decía el espantado caballero—, ¿qué es lo que me ha sucedido y sucede? ¡Don Pedro y sus criados en la quinta! ¡No dejarme ir aquel hombre que quité de la horca! ¡Oír ruido de pistolas! ¡Decir don Pedro aquellas expresiones!

Y con estos pensamientos, así como los perdió de vista y que habían tomado el camino de la ciudad, se bajó del árbol y, queriendo ir hacia la quinta, llegó el hombre todo bañado en sangre y mojado, dando con su venida a don Juan nuevas admiraciones, quien le dijo:

—Pídote por Dios que me desates de tantas dudas y saques del cuidado en que estoy con las cosas que esta noche me han sucedido; que, o pienso que sueño, o que estoy encantado.

—Ni sueñas ni estás encantado —respondió él—, yo te lo aclararé todo. ¿No viste a don Pedro, tu amigo, y a sus criados? ¿No oíste lo que dijeron? ¿Pues tan ignorante eres que no sacas de eso lo que puede ser? Vesme como vengo; pues todas estas heridas me han dado, creyendo ser tú, y luego me echaron en un pozo, y muchas piedras sobre mí, y aun pienso que don Pedro no quedó vengado de tu traición y falsa amistad, de que Roseleta, su mujer, le dio cuenta poniéndole en la mano tus papeles, y por orden suya te escribió ella para que, viniendo aquí, su marido te diese el castigo que merecen tus atrevimientos; y mira lo que los cristianos pecadores debemos a la Virgen María, Madre de Dios y Señora nuestra, que con venir, como venías, a ofender a su precioso Hijo y a ella, se obligó de aquella Ave María que la rezaste cuando saliendo de la ciudad tocaron a la oración, y de una misa que todos los sábados le haces decir en tu capilla, donde tienes tu entierro y el de tus padres, y le pidió a su precioso Hijo te librase de este peligro que tú mismo ibas a buscar; y su divina Majestad, por su voluntad (quizá para que siendo este caso tan prodigioso y de admiración, tú y los demás que lo entendieran sean con más veras devotos de su Madre), me mandó viniese de la manera que has visto para que, tomando a los ojos de don Pedro y sus criados tu forma, lleven creído que te dejan muerto y sepultado en aquel pozo, y tú tengas lugar de arrepentirte y enmendarte: ya te he librado y dicho lo que tan admirado te tiene: quédate con Dios, y mira lo que haces y que tienes alma, y que esta noche has estado cerca de perderla con la vida: yo me voy adonde estaba cuando Dios me mandó que viniera a librarte, que yo muerto estoy y no vivo; y acuérdate de mí para hacerme algún bien.

Diciendo esto, dejando a don Juan más confuso y asombrado que hasta allí, se le desapareció de delante; y es cierto que a no valerse de todo su ánimo cayera allí sin sentido; mas haciéndose mil veces la cruz en su frente, y dando muchas gracias a Dios y a su bendita Madre, desató su caballo y, subiendo en él, tomó el camino de la ciudad con nuevos pensamientos, bien diferentes de los que hasta allí había tenido; y como llegó en frente de la horca, miró hacia ella y vio a los tres hombres como antes estaban.

Entró en la ciudad encomendándolos a Dios, y llegando a su casa se acostó, sin hablar nada a ninguno de sus criados, que estaban admirados de su tardanza por ser ya más de media noche, la cual pasó hasta que fue de día con mucha inquietud.

Como viese la luz, se vistió y se fue a casa de su amigo don Pedro, que estaba durmiendo con su mujer, contento con haberse vengado, y de modo que nadie sabía qué se había hecho don Juan; y entrando en la calle, como le viesen los criados de don Pedro que habían asistido a su muerte, más admirados que don Juan había estado la noche antes, fueron a su amo y despertándole le dijeron:

—¡Señor, la mayor maravilla que ha sucedido en el mundo!

—¿Y qué es? —replicó don Pedro.

—Que don Juan está vivo, y viene acá —respondieron ellos.

—¿Estáis en vuestro juicio —dijo don Pedro—, o le habéis perdido? ¿Cómo puede don Juan venir ni estar vivo? Pues si no muriera de las heridas que le dimos, era imposible salir del pozo con las piedras que le echamos encima.

—En mi juicio estoy, que no le he perdido; y digo que viene sano y bueno —dijo el uno de ellos—, y vesle sube por la escalera.

—Y ¡vive Dios! —dijo el otro—, que está ya en la antesala, que no las tengo todas conmigo, esté vivo o muerto.

Cuando esto se acabó de decir ya don Juan estaba en la cuadra, dejándolos a todos como los que han visto visiones, y más a don Pedro, que no podía creer sino que era cuerpo fantástico.

Entrando pues don Juan, se echó a los pies de don Pedro, pidiéndole perdón de los agravios que no había cometido, aunque los había intentado; y a Roseleta de sus atrevidas y locas pretensiones, contando sin que faltase nada de lo que le había pasado, dejando a todos tan confusos que apenas acertaban a responderle; y hecho esto, despidiéndose de todos, haciendo primero quitar los cuerpos que estaban en la horca, y haciéndoles un honroso entierro, mandándoles decir muchas misas, se fue a un convento de religiosos carmelitas descalzos, y se entró fraile, tomando el hábito de aquella purísima Señora que le había librado de tan manifiesto peligro.

Bien pensaréis, señores, que estos prodigiosos sucesos serían causa para que don Pedro estimase y quisiese más a su esposa, conociendo cuán honesta y honrada era: pues no solo había defendido su honor de las persuasiones de don Juan, sino avisádole de ellas para que pusiese remedio y se vengase: pues no fue así; que con los crueles y endurecidos corazones de los hombres no valen ni las buenas obras ni las malas; que de la misma suerte, como no sea a su gusto, estiman lo uno que lo otro, pues en ellos no es durable la voluntad y por esto se cansan hasta de las propias mujeres; y si no las arrojan de sí como a las que no lo son, no es porque las aman, sino por su opinión.

Así le sucedió a don Pedro, que, o fuese porque se cansó de la belleza de Roseleta (por tenerla por plato ordinario, y quisiera mudar y ver diferente cara), o por hallarse corrido de lo que había sucedido con don Juan, viendo que se había divulgado por la ciudad, pues no se hablaba de otra cosa; y como el vulgo es novelero y no todos bien entendidos, cada uno daba su parecer; unos, si don Pedro había satisfecho su honor con lo que había hecho, pues aunque se suponía no haber tenido efecto la culpa, para el honor del casado solo el amago basta, sin que dé el golpe: otros, poniéndolo en la honestidad de Roseleta, decían si había sido o no, juzgando si la motivó diferentes accidentes que la honestidad a avisar a su marido de las pretensiones de don Juan, y a esto anteponían el entrar tan de ordinario en su casa: otros, que no cumplía con la ley de honrada si no lo hiciera; de manera que en todas partes se hablaba y había corrillos sobre el caso, señalando a don Pedro con el dedo. «Este —decían— es el que tornó a matar el ahorcado.» Otros respondían: «Buen lance echó, bien desagraviado quedó.»

Todo esto traía a don Pedro avergonzado, y con tal descontento que, sin mirar cómo el cielo había sido autor de la defensa de don Juan, y que él estaba ya puesto al amparo de la misma que se le había dado para que él no ejecutase su venganza, lo vino a pagar todo su inocente esposa, aborreciéndola de modo que, ante sus ojos, era un monstruo y una bestia fiera.

Opúsose a la hermosa y desdichada dama para que lo fuese de todo punto, si ya no bastaba verse aborrecida de su esposo, Angeliana, aquella dama que al principio dije que don Juan amaba cuando se enamoró de Roseleta, y que la había gozado con palabra de esposo; la que como supo el suceso, rabiosa de haber perdido a don Juan por causa de Roseleta, se quiso vengar de entrambos; de la dama, quitándola su marido, y de don Juan, agraviándole con su amigo.

Era libre y había errado, causa para que algunas se den más a la libertad; que esto habían de mirar los hombres cuando desasosiegan las doncellas, que va sobre ellos el enseñarlas a ser malas.

Poníase en las partes más ocasionadas para que don Pedro la viese; y aunque no era tan hermosa como Roseleta, los ademanes libres, con otras señas que con lascivos ojos le hacía, como ya él aborrecía a su esposa, le atrajeron de suerte que vino a conseguir su intento, de modo que don Pedro se enamoró de ella, entrando en su casa, no como recatado amante, sino con más libertad que si fuera su marido; y como a cariño nuevo le asistía más, faltando en su casa no solo al regalo y agasajo de su esposa sino también al sustento de su familia, no bastándole su hacienda y la de su mujer para que Angeliana destruyese; que siempre para las cosas del diablo sobra y para las de Dios falta.

Vino a ser tan pública esta amistad que la ciudad la murmuraba y Roseleta no la ignoraba, por donde, impaciente, se quejaba, viniendo a tener entre ella y don Pedro los disgustos acostumbrados que sobre tales casos hay entre casados; y por esto, y ver que se disminuía su hacienda, no disfrutándola ella, se determinó a escribir un papel a Angeliana, amenazándola que si no se apartaba de la amistad de su marido, la haría quitar la vida.

Este papel dio Angeliana a don Pedro con grandes sentimientos y lágrimas; y para dañarlo más, le dijo que ella sabía por cierto que don Juan había gozado a Roseleta; que el darle los papeles y cuenta de las pretensiones que tenía, fue celosa por vengarse de él, porque se quería casar con ella, y que aquellos papeles eran de los primeros que don Juan le había escrito; que los que después se escribían el uno al otro, llenos de amores y caricias, como ella había visto algunos por habérselos quitado a don Juan, que de esos no le había dado parte.

Finalmente, la traidora Angeliana lo dispuso de tal modo, pidiéndola la vengase de los atrevimientos de su esposa, y de haber sido causa de que ella no lo fuese de don Juan, que don Pedro, dándola crédito, se lo prometió; y para ejecutarlo, porque no le diesen a él ni a Angeliana la culpa, se concertaron en lo que habían de hacer, y fue que don Pedro se retiró de industria de la casa de su dama, y asistir con más puntualidad y cuidado a la suya y al regalo de Roseleta, con que la pobre señora, sosegados sus celos, empezó a tener más gusto que hasta allí había tenido, viendo que su marido se había aquietado y quitádose de la ocasión de Angeliana.

Más de dos meses aguardó el falso don Pedro la ocasión que deseaba, no viendo a su dama sino con gran cautela y recato. En este tiempo Roseleta cayó mala de un aprieto de garganta, de que fue necesario sangrarla, como se hizo; y esa misma noche el ingrato y cruel marido, después de recogida la familia, viendo que dormía Roseleta, la quitó la venda de la sangría, y la destapó la vena, por donde se desangró hasta que rindió la hermosa vida a la fiera y rigurosa muerte, y como vio que ya había ejecutado el golpe y que estaba muerta, dando grandes voces, llamando criados y criadas que trajesen luz, alborotó la casa y vecindad, y entrando con la luz, que él de propósito había muerto cuando hizo el buen hecho, hallaron la hermosa dama muerta, que, como se había desangrado, estaba la más bella cosa que los ojos humanos habían visto.

Llorábala toda su familia, y también la ciudad lamentaba tal desgracia, ayudando a todos el cruel don Pedro, que dando gritos y llorando lágrimas falsas, hacía y decía tales extremos que en muchos acreditaba sentimientos, mas en otros cautela.

—¿Adónde te has ido —decía—, amada esposa mía? ¿Cómo has dejado el triste cuerpo de tu don Pedro sin alma? Presto seguirá tras ti la de este despreciado hombre. ¡Ay, ángel mío!, ¿cómo viviré sin ti? ¿Quién alegrará mis ojos, faltándoles la hermosura de mi querida y amada Roseleta?

Arrojábase sobre ella, besábala las manos, y no quería que nadie le consolase, pues que él se estaba consolando.

Enterraron a Roseleta con general sentimiento de todos, y esa misma noche vino Angeliana a consolar a don Pedro, y lo hizo tan bien que se quedó en casa por que no se volviese a desconsolar, con lo que empezaron todos a conocer que él la había muerto; mas como no se podía averiguar, paró solo en murmurarlo, y más cuando dentro de tres meses se casó con Angeliana, con quien vivió en paz, aunque no seguros del castigo de Dios, que si no se les dio en esta vida, no les reservaría de él en la otra.

Buscó don Pedro a don Juan, ya profeso, para matarle; mas no lo permitió Dios, que la que le había guardado una vez le guardó siempre, porque con licencia de sus mayores pasó a más estrecha vida, donde acabó en paz.

Vean ahora las damas de estos tiempos si, con el ejemplo de los pasados, se hallan con ánimo para fiarse de los hombres, aunque sean maridos; y no desengañarse de que el que más dice amarlas, las aborrece; y el que más las alaba, más las vende; y el que más muestra estimarlas, más las desprecia; y que el que más perdido se muestra por ellas, al fin las da la muerte; que para con las mujeres todos son unos; y esto se ve en que si es honrada, es aborrecida porque lo es; y si es libre, cansa; si es honesta, es melindrosa; si atrevida, deshonesta; ni les agradan sus trajes ni sus costumbres, como se ve en Roseleta y Camila, que ninguna acertó, ni la una callando ni la otra hablando.

Pues, señoras, desengañémonos, volvamos por nuestra opinión, mueran los hombres en nuestras memorias; pues más obligadas que a ellos estamos a nosotras mismas.

Con mucho desenfado, desahogo y donaire dio fin la hermosa Nise a su desengaño, dando a las damas, con su buen entendido documento, que temer y advertir lo que era justo que todas miren.

Libre vivía Nise de amor, que aunque era hermosa y deseada de muchos para merecerla por esposa, jamás había rendido a ninguno su libre voluntad, y por eso con menos embarazo que Lisarda había hablado; y como vieron que ya había dado fin, empezaron las damas y caballeros a dar sus pareceres sobre el desengaño dicho, alegando si don Pedro fue fácil en creer lo que Angeliana le dijo contra el decoro de su esposa, pues debía conocer que, siendo su amiga y estando rabiosa del papel que había recibido, lo cierto es que no podía hablar bien de ella.

Los caballeros le disculpaban, alegando que un marido no está obligado, si quiere ser honrado, a averiguar nada; pues cuando con los cuerdos quedase sin culpa, los ignorantes no le disculparían; y cuando quisiera disimular, por ser caso secreto, lo que Angeliana le decía, le bastaba para pensar que ella lo sabía, y más afirmando haber visto papeles diferentes de los que a él le habían dado: y cuando estuviera muy cierto de la inocencia de Roseleta, ya parecía que Angeliana la ponía en duda, aunque mintiese, y dejaba oscurecido su honor.

Las damas decían lo contrario, afirmando que no por la honra la había muerto, pues qué más deshonrado y oscurecido quería ver su honor que con haberse casado con mujer ajada de don Juan y después gozada de él, sino que por quedar desembarazado por casarse con la culpada, había muerto la sin culpa; que lo que más se podía admirar era de que hubiese Dios librado a don Juan por tan cauteloso modo, y permitido que padeciese Roseleta.

A lo cual Lisis respondió que eso no había que sentir más de que a Dios no se le puede preguntar por qué hace esos milagros, supuesto que sus secretos son incomprensibles; y así, a unos libra y a otros deja padecer; que a ella le parecía, con el corto caudal de su ingenio, que a Roseleta le había dado Dios el cielo, padeciendo aquel martirio, porque la debió de hallar en tiempo de merecerle, y que a don Juan le guardó hasta que le mereciese con la penitencia y que tuviese más larga vida, y tantos desengaños para enmendarla: con que sujetándose todos a su parecer, dieron lugar a la linda doña Isabel y a los demás músicos, que estaban aguardando silencio, para que cantasen este romance:

A pesar de la fortuna Que su vista me quitó, Sin ser aurora en mis brazos, Ayer Febo amaneció,

Vertiendo risa en las flores Con su divino esplendor, Dando perlas a las fuentes, Lustre, ser y admiración.

¿Quién vio, entre celajes rojos, Salir, gobernar el sol Los flamígeros caballos Que descompuso Faetón?

¿Quién vio decretar a Jove El castigo que se dio Al mozo mal entendido Que por soberbio cayó?

¿Y quién vio al sabio Mercurio Adormecer al pastor Que velaba con cien ojos A la desdichada Ío?

¿Quién vio sujetando a Marte, Con su extremado valor, Las belicosas escuadras De quien es dueño y señor?

¿Quién le vio rendir a Venus La soberbia condición, Animoso entre soldados, Tierno tratando de amor?

¿Quién vio conquistando al mundo Aquel magno emperador Que alcanzó en él tanta monta, Glorias, título y blasón?

¿Quién vio vencer imposibles Aquel mozo que abrasó, Por castigar su flaqueza, Su brazo con tal valor?

Así, selvas, a mis ojos Un bello sol ofreció, Y de haberle visto, selvas, Mi dicha alabando estoy.

Envídieme la fortuna Si oriente soy de tal sol, Siendo diamante que alcanzo A sus rayos más valor.

Mas ¡ay! que tal favor En sueños la fortuna me ofreció; Porque nunca mi amor, Si no es durmiendo, aquesto mereció.

NOCHE QUINTA.

DESENGAÑO QUINTO.

TARDE LLEGA EL DESENGAÑO.

Acabada la música, ocupó la hermosa Filis el asiento que había ya quedado desembarazado, bien temerosa de salir del empeño tan airosa como las demás que habían desengañado; y congojada de esto, cubriendo el hermoso rostro de nuevas y alejandrinas rosas que el ahogo le causaron, dijo:

—Cierto, hermosas damas y discretos caballeros, y tú, divina Lisis, a cuyo gobierno estamos todas sujetas, que cediera de voluntad a cualquiera, que me quisiera sacar de este empeño en que estoy puesta, este lugar; porque haber de desengañar en tiempo que se usan tantos engaños, que ya todos viven de ellos, de cualquiera estado o calidad que sean, es fuerte rigor; y así digo que ni las mujeres son engañadas, que una cosa es dejarse engañar y otra es engañarse; ni los hombres deben de tener la culpa de todo lo que se les imputa; y así muchas mujeres vemos hoy, sin los casos pasados, llorar y gemir por haber sido burladas.

¿Qué mejor desengaño habemos menester? Mas dirán lo que dijo una vez una bachillera, oyendo contar una desdicha que había sucedido a una dama casada: «Bueno fuera que por una nave que se anega, no navegasen las demás.» Y cierto que, aunque se dice que el libre albedrío no está sujeto a las estrellas, pues aprovechándonos de la razón las podemos vencer, soy de parecer que, si nacimos sujetos a desdichas, es imposible apartarnos de ellas.