Part 34
Eran sobre lo dicho don Juan y don Pedro (que estos son sus propios nombres) tan grandes amigos, por haberse desde niños criado juntos, mediante la amistad de sus padres, que en diciendo «los dos amigos», ya se conocía que eran don Pedro y don Juan: juntos paseaban, de una misma forma vestían, y en no estando don Pedro en su casa le hallaban en la de don Juan, y si faltaba este de la suya era seguro que estaría en la de don Pedro; porque un instante no se hallaban divididos, pues, aunque vivían en casas distintas, todo lo más del tiempo estaban juntos.
Sucedió pues en medio de este extremo de amistad tratar a don Pedro un casamiento con una rica y principal señora de la ciudad, con tanto extremo de hermosura que ninguno la nombraba que no fuese con el aplauso de la bella Roseleta, que este era su nombre.
Efectuose el casamiento, para que fuese esta señora como bella desgraciada, que por la mayor parte se apetece lo mismo que viene a ser cuchillo de nuestras vidas; y aunque don Juan se halló a las bodas de su amigo, que se celebraron con mucha fiesta y aparato, no debió de mirar la belleza, gracia y donaire de Roseleta; y si la miró, fue como a mujer de su amigo: freno que si le durara siempre, fuera tenido por verdadero.
No por temor de sí, que hasta entonces no había ni aun imaginado cupiera en él la menor ofensa de don Pedro, sino por excusar murmuraciones, que esto es lo que ha de mirar la verdadera amistad, considerando no parecerle bien asistir tanto como solía a la casa de don Pedro, excusaba cuanto podía ir a ella; y como este, por ser recién casado y con tan linda dama, estuviese enamorado como amante y cuidadoso como marido, no podía ir tan a menudo como antes a la casa de su amigo.
Sentíalo ternísimamente, y con este sentimiento la vez que veía a don Juan le daba sentidas quejas, diciéndole que si entendiera que por casarse le había de perder, aunque los méritos de su esposa eran tantos, lo hubiera excusado, y con esto le rogaba mudase el propósito, acudiendo a su casa de la misma suerte que antes, que él estaba cierto que Roseleta tendría el mismo gusto que conocía había en él.
Con palabras cuerdas y afables se excusó don Juan muchas veces de la petición de su amigo; mas viendo era imposible el reportarle, hubo de condescender en darle gusto, entrando en casa de don Pedro con la familiaridad que antes, comiendo y cenando los más días con él y su esposa: la cual, viendo lo mucho que su marido amaba a don Juan, le recibía con un honesto agrado.
Ya he dicho que don Juan no había mirado a la bella Roseleta, aunque se halló a sus bodas; y aquí se conoce que una cosa es mirar y otra ver: viola don Juan en estas ocasiones, y admiró en ella una tan singular belleza que sin querer llevaba y atraía la vista de cuantos la miraban, y juzgó a don Pedro por el hombre más dichoso del mundo.
De aquí le renació una envidia de no haber él merecido tal prenda, no faltando en él méritos para haberla alcanzado, que enamorose de todo punto de la mujer de su amigo tan loca y perdidamente que, aunque quería retenerse de mirarla, no le era posible, pues en llegando a mirar una mujer humana con asomos de divinidad, quedaba otra vez perdido; mayormente al contemplar debajo de una honesta gravedad tal donaire y gracia, mezclado con un divino entendimiento, y no solo se aventuraba a perder sus honrados designios, mas la misma vida; en tales términos que, por más que los intentaba, no podía reprimir con el freno de la razón el desenfrenado caballo de su voluntad.
Con grandes desasosiegos se hallaba el triste caballero, y en viéndose a solas, él mismo se reprendía, diciendo: «¿Qué es esto, traidor don Juan? ¿Qué viles pensamientos son estos? ¿Qué enemigo mortal de mi amigo don Pedro los tuviera? ¿O de quién supieras tú que intentaba el agravio de tu amigo, que no le hicieras pedazos? ¿Pues qué dirá de ti el mundo si llegase a saberlo, sino, o que no eres de sangre noble, o has perdido el juicio? ¡Oh, amigo don Pedro, y qué engañado vives en el amor que tienes a este desleal amigo, que ha dado lugar a tan viles e infames pensamientos! Mejor fuera decírtelo, para que tomaras venganza de tan desleal y traidor amigo. ¡Ay Roseleta, nunca mis desdichados ojos vieran tu más que celestial hermosura, acompañada de tan innumerables gracias! ¡Oh, si nacieras fea! ¡Oh, si no fueras mujer de don Pedro! No, no me ha de vencer tu hermosura: viva el honor de mi amigo, y muera yo, pues fui tan liviano que he tenido tan ruines deseos.»
Con este propósito se determinaba a no amar a Roseleta, pero en vano, porque en volviéndola a ver, toda su fortaleza daba en tierra y, rindiendo con ella sus potencias, lo ponía todo a los pies de Roseleta.
Con estos combates andaba tan triste y distraído que, si comía, se le olvidaba el bocado de la mano a la boca, y si le hablaban, parecía que no entendía o respondía a despropósito. Notaba don Pedro la tristeza de su amigo; a solas, y delante de su esposa, le preguntaba la causa de ella; más él se excusaba con decir que él mismo la ignoraba.
Muchos días pasó don Juan con estas imaginaciones, ya perdiéndose y ya volviéndose a cobrar, hasta que, rendido a ellas, cayó en la cama de una peligrosa enfermedad en que llegó muy al cabo, asistiéndole don Pedro y visitándole algunas veces Roseleta.
En fin, ya con salud y volviendo a la casa de su amigo como antes, se resolvió, aunque aventurase cuanto había y el honor, que era lo más, a decir a Roseleta su amor en hallando ocasión; y vínole a propósito porque un día, comiendo con don Pedro y su esposa, estando tan triste y divertido como siempre, le dijo don Pedro:
—Cierto, amigo don Juan, que puedo estar verdaderamente quejoso y agraviado de vuestra amistad, pues no se compadece de tenerla los dos desde nuestra primera edad, como todos saben, y que me calléis la causa de vuestra tristeza, haciéndome sospechar muchas cosas de ella que agravian vuestra calidad y la mía: porque, ¿qué cosa os puede obligar a estar, como os veo y he visto también, en términos de perder la vida, que no se pueda comunicar conmigo aunque fuera contra vuestro honor? Por Dios os pido que me saquéis de esta confusión.
Viendo don Juan que de callar podía imaginar alguna cosa, y también por empezar a poner la primera piedra en el cimiento de su pretensión, le dijo:
—Cierto, amigo don Pedro, que el haberme recatado de haberos dicho mi pena, ni ha sido falta de voluntad, ni menos el tener por sospechosa vuestra amistad, sino de vergüenza de que ninguno sepa mi flaqueza, que es bien grande por haberme rendido a un pensamiento que me cueste lo que veis y habéis visto; y así, para sacaros de ese cuidado, con licencia de vuestra esposa, os lo diré. Sabed que, desde que vi la hermosura de Angeliana, una dama de esta ciudad a quien pienso conocéis, estoy de la manera que veis, porque es tanta su severidad y desvío para conmigo, que aunque he procurado que sepa mi pasión, no ha querido oír ni recibir papel ni recado de mi parte, y esto me trae tan triste y desesperado que si no es quitarme la vida, no me queda otra cosa. Esta es la ocasión, y no otra; ved si hacía bien en callarla; pues es vileza que el corazón de un hombre se rinda a una mujer con tanto extremo que le ponga en el que yo me veo.
No era así como don Juan decía, que en esta ocasión había ya gozado a Angeliana, si bien desde que vio a Roseleta se le había entibiado aquel amor.
Consolaban don Pedro y su esposa a don Juan, lastimados de su pena, aconsejándole que pues Angeliana era de la calidad que todos sabían, y no tenía padres, que la pidiese por esposa a sus deudos, que todos estimarían tenerla por tal.
A esto respondió don Juan que era lo cierto lo que le aconsejaban; mas que, aunque la quería ternísimamente, no tenía voluntad de casarse hasta que entrase en más edad.
De esta manera pasó más de dos meses sin tener lugar de declararle a Roseleta su amor, si no era con los ojos y ansiosos suspiros que ella no entendía, ni creía que fuesen sino por Angeliana; hasta que un día, estando comiendo con Roseleta y don Pedro, le vino a buscar un caballero con quien había de averiguar unas cuentas; y porque no entrase dentro donde estaban comiendo él y su esposa con don Juan, se levantó de la mesa y salió fuera.
Viendo don Juan tan buena ocasión, no la quiso perder, y como su amorosa voluntad estaba ya resuelta y determinada, temblando la voz y con un suspiro que parecía rendir entre él el alma, la dijo:
—¡Ay, hermosa Roseleta, y qué desdichado y dichoso fue el día en que te conocí y vi tu realzada hermosura, dichoso por haber gozado mis ojos de tu celestial vista y desdichado en contemplarte ajena, pues quedé privado del bien de merecerte! No es Angeliana la causa de mi tristeza, sino tú, hermosa señora, que eres el ángel en que idolatra mi voluntad; no te digo esto porque me des remedio, que morir por ti es mi apetecida vida, y amando pienso llegar al fin de ella, sino porque si me ves triste, tú eres la causa y no Angeliana; que ojalá me favorecieses tú como ella me favorece, mas ya no la estimo desde que te conocí.
Más quisiera decir don Juan, y aun pienso que se alargara más su atrevimiento, porque Roseleta estaba fuera de su sentido de enojo, si a este tiempo no entrara don Pedro y estorbara que don Juan fuera más atrevido. Acabose la comida y Roseleta se retiró rabiando de cólera, y don Pedro y su amigo se salieron a pasear, estando don Juan bien contento por haber declarado su amor a la dama.
Muchos días pasaron que no pudo don Juan tornar a decirla ni una sola palabra, porque ella se recataba tanto, y huía de no darle más atrevimientos, que ya estaba pesaroso de haberlos tenido por no perder su vista; porque Roseleta muchas veces, por no salir a comer con don Juan, fingía repentinos accidentes; y otras que no lo podía excusar, no alzaba los ojos a mirarle.
Ya un día que todos tres habían acabado de comer y estaban sobre mesa platicando, no habiendo podido Roseleta excusar el no hallarse presente, don Pedro preguntó a don Juan cómo le iba con los amores de Angeliana.
—Muy mal —dijo don Juan—; pues porque los días pasados tuve lugar de intimarla mi pasión y los desvelos que me cuesta su hermosura, se me ha negado de suerte que apenas se deja ver; y si la veo, es con un ceño que me quita la vida, a cuyos enfados la he hecho unos versos que, si gustáis, os los quiero leer.
—Mucho gusto me daréis —dijo don Pedro, aunque a Roseleta le pesó, como quien ya sabía a quién dirigía don Juan todas aquellas cosas: y si no fuera por su esposo, se levantara y se fuera.
Y sacando don Juan el papel, leyó lo siguiente:
Si es imposible vivir, Amado dueño, sin vos, Que pida al tiempo que vuele, No será muy grande error.
La gloria que tengo en veros, De que al amor gracias doy, En faltando vos, es pena, Porque vos mi gloria sois.
Si sin el sol no vivimos, Y vos, mi bien, sois el sol, Fuerza es que sin vos no viva: Mirad vuestra obligación.
No por interés que tiene El sol de nuestro favor, Acude a darnos la vida, Esta es sabida cuestión.
Sabe que necesitamos, Así el cielo lo ordenó, De que dé aliento a la vida Con su luz y su calor.
Pues si el sol hace este efecto, Y sin vos muriendo estoy, No por vos, sino por mí, Dad remedio a mi pasión.
Fáltame la confianza, Mis méritos pocos son: Así como yo sé amaros, Supiera si amado soy.
A estos ojos que os adoran, No los cercenéis, por Dios, El bien que en veros reciben, Que es darles mortal dolor.
No soy mío, bella ingrata, Vuestro soy; si ingrata sois, Muy presto veréis mi vida Perdida por tal rigor.
¿Quién podrá, si os escondéis, Sufrir el estar sin vos? Ojos, llorad, pues sois nubes, Y se os ha escondido el sol.
Si en otro oriente salís Y yo me quedo sin vos; Noche seré de Noruega, Pues vuestra luz me faltó.
En teniéndote ausente, Muerto soy, La vida se me acaba; ¡Ay qué rigor!
Alabó don Pedro el romance, y no me espanto, que era apasionado de las cosas de don Juan, su amigo, que aunque fuera peor, le pareciera bien: mas su esposa, que desde que le empezó a decir estaba reprimiendo la cólera porque vio al blanco a que tiraba, y con ella dejaba y tomaba su rostro mil alejandrinas rosas, con semblante entre risueño y altivo le dijo:
—Cierto, señor don Juan, que ya vuestro amor deja de serlo y toca en locura o temeridad; si conocéis que esa dama no gusta de que la améis, o por su honestidad, o porque no se agrada de vuestras pretensiones, porque no le están bien a su honor, que es lo más cierto, pues no porque una mujer sepa que un hombre la ama, si es en menoscabo de su opinión, está obligada a amarle, ya os pudierais cansar de querer vencer un imposible: sino que los hombres empiezan amando, acaban venciendo, y salen despreciando; porque en viendo que una mujer se les resiste, ya no por amarla, sino por vencerla, trocando el amor en tema, perseveran para vengarse de los desprecios que les ha hecho; y quieren que una mujer, aunque no quiera, los quiera, y no sé qué ley hay para que, si la tal es cuerda y tiene honra, se aborrezca a sí por querer a otro: y más si sabe que el tal amor no es para darle honor sino para quitársele. Si no os quiere, dejadla y amad a otra, que os amará y os costará menos cuidados, y os excusaréis de riesgos; pues de mí digo que si entendiera que había en algún hombre atrevimiento para poner en mí el pensamiento, ¿qué digo pensamiento?, a mirarme con ojos de quitarme la opinión, si diciéndoselo a mi esposo no le quitara la vida, lo hiciera yo por mis manos.
No sintió bien don Juan la reprensión que Roseleta le dio, porque con ella le amenazaba; mas don Pedro rio mucho el enojo de su esposa por volver por Angeliana: y llevando a don Juan consigo, se salió de casa muy descontento del desdén de su dama; mas no por eso se apartó de su pretensión; antes mientras más imposible lo miraba, más se perdía, y se determinó a no dejar de amar y porfiar hasta vencer o morir: y con esta bien desleal intención, para lo que debía a la verdadera amistad de su amigo, sin temer ponerse al riesgo que Roseleta le había intimado, la escribió en diferentes ocasiones cuatro papeles, que hizo que llegasen a sus manos por cautela y con apoyo de una criada; mas de ninguno tuvo respuesta, ni aun pudo saber de la tercera, que con engaño se los daba, si los había leído, hasta que al quinto, Roseleta, después de haber reñido a la criada su atrevimiento, le envió a decir con ella misma que se quitase de tal locura, porque si pasaba adelante su infame pretensión, se lo diría a su esposo.
No temió don Juan la amenaza de la dama, por parecerle imposible que ninguna mujer tuviese atrevimiento de dar parte a su marido de caso semejante, por lo que podría perder con él, supuesto que le advertía del daño a que estaba expuesta y de la quietud que debe tener un casado, en razón de la confianza que es justo tener y le despertaba a celoso, enfermedad en el casado muy peligrosa, y así pensó que no lo haría, aunque lo proponía, y que era más porque se excusase de molestarla; y con esto le envió el sexto papel, que decía así:
Qué poco siente mis penas Tu corazón de diamante; Qué ingrata miras mi amor, Poco te obligan mis males.
Un volcán tengo en el pecho; Pero como el tuyo es Alpe, Huye el fuego de la nieve, Y en mí muere como nace.
¿Quién pensara que mi amor En guerras tan desiguales Como es mi fuego y tu hielo, No hubiera muerto cobarde?
¿Quién le ve escapar rendido De ingratitudes tan grandes, Que piense que ha de volver Otra vez a aventurarse?
Si no soy yo, bella ingrata, Que soy quien su fuerza sabe, Y conozco que si huye, Es para más animarse.
No porque jamás se aparta De quererte y adorarte, Que antes faltará la vida, Que en mí aquesta fe me falte.
Temblando a tus ojos llego, Que amor tiene tretas tales, En las burlas atrevido, Temeroso en las verdades.
Quien ama, cobarde estima, Que el mismo amor al amante El atrevimiento acorta, Y la soberbia deshace.
Cuando te hablo en mi pecho, Mil cosas digo a tu imagen; Que, a escucharlas, bella ingrata, Fuerza es que las estimases.
Triste estoy, mil penas siento, Todas de tu rigor nacen, Aunque digas que mi amor Intenta temeridades.
Ponme pena de muerte; Mas ¿qué importa que me mates? Pues morir a causa tuya Muerte es que puede envidiarse.
Es tanto lo que te quiero, Que amaré lo que tú ames, Estimaré lo que estimas Solo porque tú lo mandes.
Alguna secreta causa, Que el alma profeta sabe (Que en adivinar desdichas No hay sabio que más alcance),
Señora mía, me obliga Amargamente a quejarme: Quiera el cielo que ella mienta, Quiera el amor que me engañe.
Si mi pena no te obliga, Bien sabes tú lo que haces; No merezco más favor, Pues no te animas a darle.
Sabe Dios, si como él solo Se obliga de voluntades, Te obligaras de la mía, Conociendo lo que vale.
Que aunque cruel me maltratas, Tú vinieras a obligarte De la vida que aborreces, Y acabaran tus crueldades.
¡Ay de mí! ¿cómo diré Mi amor? mas mi lengua calle, Que si no le has de pagar, Más justo será ignorarle.
Fue tan grande el enojo que Roseleta recibió en este último papel, que sin mirar riesgos ni temer peligros, con una crueldad de basilisco, tomando este y los demás que tenía guardados se fue a su marido, y poniéndoselos todos en las manos le dijo:
—Para que veáis el amigo que tenéis, y de quién os fiais y traéis a vuestra casa, vuestro amigo don Juan trata de quitaros la honra, solicitando con las muestras que en él habéis visto vuestra mujer; y advertid que la Angeliana por quien publica desvelos soy yo, y a mí es a quien dirige todas sus palabras y versos; que si le dije el otro día lo que delante de vos pasó, fue por reñirle sus atrevimientos; y ni esto ni amenazarle que os lo diría me ha servido de nada, pues se ha atrevido a escribirme tan descaradamente como veréis. Ahora ved qué remedio se ha de poner, porque yo no hallo otro sino quitarle la vida: yo he cumplido con lo que me toca, ahora cumplid con lo que os conviene a vos.
En el discurso de este desengaño veréis, señores, como a las que nacieron desgraciadas nada les excusa de que no lo sean hasta el fin; pues si Camila murió por no haber notificado a su esposo las pretensiones de don Juan, Roseleta, por avisar al suyo de los atrevimientos y desvelos de su amante, no está fuera de padecer lo mismo; porque en la estimación de los hombres el mismo lugar tiene la que habla como la que calla. Dios nos libre si dan en desacreditarnos, que por una medida pasan todas.
Cómo quedaría don Pedro oyendo a Roseleta no hay lengua que lo diga; júzguelo el que lo oye, pues sobre el agravio se le ofrecía ser su mayor amigo quien se le hacía: leyó los papeles una y otra vez, y ya la cólera no le daba lugar a aguardar tiempo para su venganza, pero el amor que a don Juan tenía le atajaba el tomarla: mas, al fin, resuelto a que tal agravio no quedase sin castigo, dispuso dársele de modo que no se supiese por la ciudad, porque no quedase su honor en opiniones; y así le mandó a Roseleta que respondiese a don Juan un papel muy tierno, disculpándose de su ingratitud y dándole a entender que estaba arrepentida del desdén que hasta allí le había mostrado, y que para darle más seguras satisfacciones le aguardaba, al otro día en la noche, en su quinta, que él muy bien sabía, porque su marido iba al otro día fuera de Palermo a un negocio donde había de estar dos días; y que no entrase por la puerta de la quinta sino por un portillo que estaba en la huerta, por excusar que no le viesen los labradores que en dicha quinta había; que en la misma huerta le aguardaba sola con aquella criada que era testigo de sus pensamientos.
Finalmente, el papel le notó don Pedro y le escribió Roseleta. Llevole la criada, ignorante de que era ordenado por su señor, sino creyendo que Roseleta, ya vencida de don Juan, le respondía.
Recibió el papel el enamorado mozo, haciendo y diciendo mil locuras de gozo, satisfaciendo a la mensajera su cuidado; y enviando a decir a su señora que sería obedecida, la despidió.
¡Oh ceguedad de amante, que no advirtió el peligro, ni admiró la liviandad de Roseleta, quien después de tanta repugnancia, tan pronto se mostraba apasionada; antes alabó su dicha, dando gracias al amor porque tras tantas penas le había dado tal gloria!
Llegó la mañana del aplazado día, y don Pedro, con dos criados, apercibido su camino, se partió hallándose don Juan presente, quien de falso se ofreció a ir con él, mas don Pedro, no aceptando, salió de Palermo por diferente puerta de la que iba a la quinta, y luego torciendo el camino, él y sus criados se ocultaron en ella, que no distaba más de tres millas de la ciudad, que es una legua española.
Acabando de comer, Roseleta se entró en su coche con la criada, tercera de los amores; y a vista del mismo don Juan, que no se descuidaba, partió camino de la quinta, y entreteniéndose por el campo hasta que fue de noche, dio la vuelta por otra parte y se volvió a su casa, admirada la criada de lo que veía.
Poco antes de anochecer subió don Juan en un caballo, y solo, caminó hacia la quinta con tanto contento de ir a verse con la hermosa Roseleta que no llevaba pensamiento de azar ninguno, y al salir de la ciudad tocaron al Ave María, que oyéndolo don Juan, aunque divertido de sus amorosos cuidados, pudo más la devoción; y parando en donde oyó la campana se puso a rezar, pidiendo a la Virgen María, nuestra purísima señora, que no mirando la ofensa que iba a hacerle, le librase de peligro y le alcanzase perdón de su precioso Hijo; y acabada su devota oración siguió su camino.
Úsase en toda la Italia ajusticiar los delincuentes en la misma parte que cometen el delito; y aquel mismo día habían, a una milla de la ciudad, ahorcado tres hombres, y a un lado del camino por donde don Juan iba, porque allí habían muerto a unos caminantes por robarlos; y como por allá, y aun en muchas partes de España, los dejan en la horca, estos tres que digo estaban en ella.
Al llegar don Juan casi en frente del funesto madero, oyó una voz que dijo: «¡Don Juan!», quien, como se oyó nombrar, miró a todas partes, y no viendo persona alguna, porque aunque ya había cerrado la noche hacía luna, aunque algo turbia, pasó adelante, pareciéndole que se había engañado; y a pocos más pasos oyó otra vez la misma voz, que volvió a decir: «¡Don Juan!» Volvió espantado la cabeza a todas partes y no viendo persona alguna, santiguándose, volvió a seguir su camino, y llegando ya en frente de la horca oyó tercera vez la misma voz que le dijo: «¡Ah, don Juan!» A este último acento, y ya casi enfadado de la burla que hacían de él, se llegó a la horca y viendo los tres hombres en ella, con ánimo increíble les dijo:
—¿Llámame acaso alguno de vosotros?
—Sí, don Juan —respondió el que parecía más mozo—, yo te llamo.
—¿Pues qué es lo que me quieres? —le respondió don Juan—. ¿Quieres que te haga algún bien, o que te haga decir algunas misas?
—No —respondió el hombre—, que por ahora no las he menester. Para lo que te llamo es para que me quites de aquí.
—¿Pues qué, estás vivo? —dijo don Juan.
—Pues si no lo estuviera —replicó el hombre—, ¿qué necesidad tenía de pedirte que me quitases?
—¿Cuándo te ahorcaron? —dijo don Juan.
—Hoy —replicó el hombre.
—¿Pues cómo has podido vivir hasta ahora?
—¿Hay para Dios imposible que lo sea? Cuando quiere librar una vida, aun enterrado lo puede hacer, como sea su voluntad.
—¿Pues cómo lo haremos —dijo don Juan—, que no hay con qué subir allá arriba, y si corto la soga podrás caer y hacerte daño?
—Vuelve las ancas al caballo, y como con la espada cortes la soga, yo me quedaré después de pies en él.