Part 33
En un aposento, el último de toda la casa, donde aunque hubiese gente de servicio ninguno tuviese modo ni ocasión de entrar en él, en el hueco de una chimenea que allí había, o ellos la hicieron, porque para este caso no hubo más oficiales que el hermano, marido y cuñada, habiendo traído yeso, cascotes y lo demás que era menester, pusieron a la pobre y desdichada doña Inés, no dejándole más lugar que cuanto pudiese estar en pie; porque si se quería sentar no podía sino, como ordinariamente se dice, en cuclillas, y la tabicaron, dejando solo una ventanilla como medio pliego de papel, por donde respirase y le pudiesen dar una miserable comida porque no muriese tan presto, sin que sus lágrimas ni protestas los enterneciesen.
Hecho esto, cerraron el aposento, y la llave la tenía la mala y cruel cuñada, y ella misma iba a darla la comida y un jarro de agua, de manera que aunque después recibieron criados y criadas, ninguno sabía el secreto de aquel cerrado aposento.
Aquí estuvo doña Inés seis años, que permitió la divina Majestad en tanto tormento conservarla la vida, o para castigo de los que se le daban, o para mérito suyo, pasando lo que imaginar se puede, supuesto que he dicho de la manera que estaba, y que las inmundicias y basuras que de su cuerpo echaba la servían de cama y estrado para sus pies.
Siempre estaba llorando y pidiendo a Dios la aliviase de tan penoso martirio, sin que en tan largo tiempo viese luz ni pudiese recostar su triste cuerpo, ajena y apartada de las gentes, negada a los divinos sacramentos y a oír misa, padeciendo más que los que martirizan los tiranos, sin que ninguno de sus tres verdugos tuviese piedad de ella ni se enterneciese; antes la traidora cuñada cada vez que la llevaba la comida la decía mil oprobios y afrentas.
Nuestro Señor, cansado de sufrir tales delitos, permitió que fuese sacada esta triste mujer de tan desdichada vida, siquiera para que no muriese desesperada; y fue el caso que a las espaldas de esta casa en que estaba había otra principal de un caballero de mucha calidad: la mujer del que digo había tenido una doncella que la había casado años había, la cual enviudó, quedando necesitada, y la señora, por caridad y haberla servido, porque no tuviese en la pobreza en que estaba que pagar casa, le dio dos aposentos que estaban arrimados al emparedamiento en que la cuitada doña Inés estaba, y nunca había habitado gente en ellos porque no habían servido sino de guardar cebada.
Pasada pues a ellos esta buena viuda, acomodó su cama a la parte que digo estaba doña Inés, la cual, como siempre, estaba lamentando su desdicha y llamando a Dios que la socorriese; la otra, que estaba en su cama, como con el sosiego de la noche todo estaba en quietud, oía los ayes y suspiros; y al principio es de creer que entendiera era alguna alma de la otra vida, y tuvo tanto miedo, como estaba sola, que apenas osaba estar allí; de tal modo que la obligó a pedir a una hermana suya le diese una muchacha de hasta diez años, hija suya, para que estuviese con ella, con cuya compañía, más alentada, asistía más allí; y como se reparase más, y oyese que entre los gemidos que doña Inés daba llamaba a Dios y a la Virgen María Señora nuestra, juzgó sería alguna persona enferma a quien los dolores que padecía la obligaban a quejarse de aquella forma.
Y una noche que más atenta tuvo arrimado el oído a la pared, pudo percibir que decía estas razones:
—¿Hasta cuándo, poderoso y misericordioso Dios, ha de durar esta triste vida? ¿Cuándo, Señor, darás lugar a la airada muerte que ejecute en mí el golpe de su cruel guadaña; y hasta cuándo estos crueles y carniceros verdugos de mi inocencia les ha de durar el poder de tratarme así? ¿Cómo, Señor, permites que te usurpen tu justicia, castigando con su crueldad lo que tú, Señor, no castigaras?
Pues cuando tú envías el castigo es a quien tiene culpa, y aun entonces con piedad; mas estos tiranos castigan en mí lo que no hice, como lo sabéis vos, que no fui parte en el yerro por que padezco tan crueles tormentos; y el mayor de todos y que más siento es carecer de vivir y morir como cristiana, pues ha tanto tiempo que no oigo misa, ni confieso mis pecados, ni recibo tu santísimo cuerpo.
¿En qué tierra de moros pudiera estar cautiva que me trataran como me tratan? ¡Ay de mí!, que no deseo salir de aquí por vivir, sino solo por morir católica y cristianamente; que ya la vida la tengo tan aborrecida que, si tomo el triste sustento que me dan, no es por vivir, sino por no morir desesperada.
Acabó estas razones con tan doloroso llanto que la que escuchaba, movida a lástima, alzando la voz para que la oyese, la dijo:
—Mujer, o quien eres, ¿qué tienes o por qué te lamentas tan dolorosamente? Dímelo por Dios; y si soy parte para sacarte de donde estás, lo haré, aunque aventure y arriesgue la vida.
—¿Quién eres tú —respondió doña Inés—, que ha permitido Dios que me tengas lástima?
—Soy —replicó la otra mujer— una vecina de esta otra parte, que ha poco que vine aquí y en ese corto tiempo me has ocasionado muchos temores, tantos cuantos ahora compasiones; y así, dime qué podré hacer, y no me ocultes nada, que yo no excusaré ningún trabajo por sacarte del que padeces.
—Pues si es así, señora mía —respondió doña Inés—, que no eres de la parte de mis crueles verdugos, no te puedo decir más por ahora, porque temo que me escuchen, sino que soy una triste y desdichada mujer a quien la crueldad de un hermano, un marido y una cuñada me tienen puesta en tal desventura que aun no tengo lugar de poder extender este triste cuerpo: tan estrecho es en el que estoy que, si no es en pie, o mal sentada, no hay otro descanso sin otros dolores y desdichas que estoy padeciendo; pues cuando no la hubiera mayor que la oscuridad en que estoy, bastaba; y esto no ha un día ni dos, porque aunque aquí no sé cuando es de día ni de noche, ni domingo, ni sábado, ni pascua, ni año, bien sé que ha una eternidad de tiempo; y si esto lo padeciera con culpa, ya me consolara; mas sabe Dios que no la tengo: y lo que temo no es la muerte, que antes la deseo; perder el alma es mi mayor temor; porque muchas veces me dan tentaciones de con mis propias manos hacer cuerda a mi garganta para acabarme; mas luego considero que es el demonio, y pido ayuda a Dios para librarme de él.
—¿Qué hiciste que los obligó a tal? —dijo la mujer.
—Ya te he dicho —dijo doña Inés— que no tengo culpa; mas son cosas muy largas, y no se pueden contar. Ahora lo que has de hacer, si deseas hacerme bien, es irte al arzobispo o al asistente y contarle lo que te he dicho, y pedirles vengan a sacarme de aquí antes que muera, siquiera para que haga las obras de cristiana; que te aseguro que está ya tal mi triste cuerpo que pienso no viviré mucho, y pídote por Dios que sea luego, que le importa mucho a mi alma.
—Ahora es de noche —dijo la mujer—; ten paciencia y ofrécele a Dios eso que padeces, que yo te prometo que siendo de día yo haré lo que pides.
—Dios te lo pague —replicó doña Inés—, que así lo haré, y reposa ahora, que yo procuraré, si puedo, hacer lo mismo con las esperanzas de que has de ser mi remedio después de Dios.
—Créelo así —respondió la buena mujer; y con esto callaron.
Venida la mañana, la viuda bajó a su señora y la contó todo lo que la había pasado, de lo que la señora se admiró y lastimó; y si bien quisiera aguardar la noche para hablar ella misma a doña Inés, temiendo el daño que podía crecer si aquella pobre mujer se muriese, no lo dilató más; antes mandó poner el coche; y para que con su autoridad se diese más crédito al caso, se fue ella y la viuda al arzobispo, dándole cuenta de todo lo que en esta parte se ha dicho; el cual, admirado, avisó al asistente y juntos, con todos sus ministros seculares y eclesiásticos, se fueron a la casa de don Francisco y don Alonso, y cercándola por todas partes, porque no se escapasen, entraron en ella y prendieron a los dichos y a la mujer de don Francisco, sin reservar criados ni criadas; y tomadas sus confesiones, estos no supieron decir nada, porque no lo sabían; mas los traidores, hermano, marido y la cruel cuñada, al principio negaban; mas viendo que era por demás, porque el arzobispo y asistente venían bien instruidos, confesaron la verdad, y dando la cuñada la llave subieron donde estaba la desdichada doña Inés que, como sintió tropel de gente, imaginando lo que sería, dio voces: en fin, derribando el tabique la sacaron.
Aquí entra la piedad; porque cuando la encerraron allí no tenía más de veinte y cuatro años, y seis que había estado eran treinta, que era la flor de su edad.
En primer lugar, aunque tenía los ojos claros, estaba ciega, bien fuese de la oscuridad (porque es cosa asentada que si una persona estuviese mucho tiempo sin ver luz, cegaría), o ya fuese de llorar; sus hermosos cabellos, que cuando entró allí eran como hebras de oro, estaban como la misma nieve, enredados y llenos de animalejos, en tanta cantidad que por encima hervoneaban; el color, el de la muerte; y tan flaca y consumida que se le señalaban los huesos, como si el pellejo que estaba encima fuera un delgado cendal; desde los ojos hasta la barba tenía dos surcos cavados de las lágrimas, que se le escondía en ellos un bramante grueso; los vestidos hechos cenizas, y se le veían las más partes de su cuerpo, descalza de pies y piernas, pues los excrementos de su cuerpo, como no tenía dónde echarlos, la habían consumido la carne hasta los muslos, que tenía llenos de llagas y gusanos de que abundaba aquel hediondo lugar. No hay más que decir, sino que causó a todos tanta lástima que lloraban como si fuera hija de cada uno.
Así como la sacaron, pidió que si estaba allí el señor arzobispo, la llevasen a él (como fue hecho), habiéndola, por la indecencia que estar desnuda causaba, cubierto con una capa.
En fin, en brazos la llevaron junto a él, y ella echada en el suelo le besó los pies y pidió la bendición, contando en sucintas razones toda su desdichada historia, de que se indignó tanto el asistente que al punto los mandó a todos tres poner en la cárcel con grillos y cadenas, de suerte que no se viesen los unos a los otros, afeando a la cuñada más que a los otros la crueldad: a lo que ella respondió que hacía lo que le mandaba su marido.
La señora que dio el aviso, junto con la buena dueña que lo descubrió, que estaban presentes a todo, rompiendo la pared por la parte que estaba doña Inés, por no pasarla por la calle, la llevaron a su casa, y haciendo la noble señora prevenir una regalada cama, puso a doña Inés en ella, llamando médicos y cirujanos para curarla, haciéndola tomar sustancias, porque era tanta su flaqueza que temía no se muriese: mas doña Inés no quiso tomar cosa alguna hasta dar la divina sustancia a su alma, confesando y recibiendo el santísimo sacramento, que le fue luego traído.
Últimamente, con tanto cuidado miró la señora por ella, que sanó; solo la vista no fue posible restaurársela.
El asistente sustanció luego el proceso a los reos y, averiguado todo, los condenó a todos tres a muerte, que fue ejecutada en un cadalso, por ser nobles y caballeros, sin que les valiesen sus dineros para alcanzar perdón, por ser el delito de tal calidad.
A doña Inés pusieron, ya sana y restituida en su hermosura, aunque ciega, en un convento, con dos criadas que cuidaban de su regalo, sustentándose de la gruesa hacienda de su hermano y marido, donde hoy vive haciendo vida de una santa, afirmándome quien la vio cuando la sacaron de la pared, y después, que es de las más hermosas mujeres que hay en el reino de Andalucía; porque, aunque está ciega, como tiene los ojos claros y hermosos como ella los tenía, no se le echa de ver que no tiene vista.
Todo este caso es tan verdadero como la misma verdad, que ya digo me lo contó quien se halló presente. Ved ahora si puede servir de buen desengaño a las damas; pues si a las inocentes les sucede esto, ¿qué esperan las culpadas? Pues en cuanto a la crueldad para con las desdichadas mujeres, no hay que fiar en hermanos ni maridos, que todos son hombres. Y como dijo el rey don Alonso el Sabio, el corazón del hombre es bosque de espesura que nadie le puede hallar senda, y donde la crueldad, bestia fiera e indomable, tiene su morada y habitación.
Este suceso habrá que pasó veinte años, y vive hoy doña Inés, y muchos de los que la vieron y se hallaron en el suceso; y quiso Dios darla sufrimiento y guardarla la vida porque no muriese allí desesperada; y para que tan rabioso lobo como su hermano, y tan cruel basilisco como su marido, y tan rigurosa leona como su cuñada, ocasionasen ellos mismos su castigo.
Deseando estaban las damas y caballeros que la discreta Laura diese fin a su desengaño: tan lastimados y enternecidos los tenían los prodigiosos sucesos de la hermosa cuanto desdichada doña Inés, que todos de oírlos derramaban ríos de lágrimas, y no ponderaban tanto la crueldad del marido como la del hermano, pues parecía que no era sangre suya quien tal había permitido; pues cuando doña Inés de malicia hubiera cometido el yerro que les obligó a tal castigo, no merecía más que una muerte breve, como se ha dado a otras que han pecado de malicia, y no darla tantas y tan dilatadas como la dieron; y a la que más culpaban era a la cuñada, pues ella como mujer pudiera ser más piadosa, estando cierta, como se averiguó, que privada de sentido con el endemoniado encanto había caído en tal yerro.
La primera que rompió el silencio fue doña Estefanía, que dando un lastimoso suspiro dijo:
—¡Ay divino esposo mío!, y si vos, todas las veces que os ofendemos, nos castigarais así, ¡qué fuera de nosotros! Mas soy necia en hacer comparación de vos, piadoso Dios, con los esposos del mundo; jamás me arrepentí cuanto ha que me consagré a vos de ser esposa vuestra, y hoy menos lo hago ni lo haré, pues, aunque os agraviase, sé que a la más mínima lágrima me habéis de perdonar y recibirme con los brazos abiertos.
Y vuelta a las damas, las dijo:
—Cierto, señoras, que no sé cómo tenéis ánimo para entregaros, con nombre de marido, a un enemigo que no solo se ofende de las obras sino de los pensamientos; que ni con el bien ni el mal acertáis a darles gusto: y si acaso sois comprendidas en algún delito contra ellos, ¿por qué os fiais y confiáis de sus disimuladas maldades, que hasta que consiguen su venganza, y es lo seguro, no sosiegan?
Con solo este desengaño que ha dicho la señora Laura, mi tía, podéis quedar bien desengañadas, y concluida la opinión que se sustenta en este sarao: y los caballeros podrán también conocer qué engañados andan en dar toda la culpa a las mujeres, acumulándolas todos los delitos, flaquezas, crueldades y malos tratos, pues no siempre tienen la culpa; y es el caso que, por la mayor parte, las de más aventajada calidad son las más desgraciadas y desvalidas, no solo en sucederles las desdichas que en los desengaños referidos hemos visto, sino que también las comprenden en la opinión en que tienen a las vulgares; y es género de pasión o tema de los divinos entendimientos que escriben libros y componen comedias formar un empeño en seguir la opinión del vulgacho, que en común da la culpa de todos los malos sucesos a las mujeres, pues hay tantos en qué culpar a los hombres; y escribiendo de unos y de otros hubieran excusado a estas damas el trabajo que han tomado en volver por el honor de las mujeres y defenderlas, viendo que no hay quien las defienda, haciendo presentes los casos más ocultos para probar que no son todas las mujeres las malas, ni todos los hombres los buenos.
—Lo cierto es —replicó don Juan— que verdaderamente parece que todos hemos dado en el vicio de no decir bien de las mujeres como en el tomar tabaco, que ya tanto le gasta el ilustre como el plebeyo; y los que dicen mal de los que le toman traen ellos su tabaquera más a mano y en más custodia que el rosario y las horas; como si porque anda en cajas de oro, plata y cristal dejase de ser tabaco. Y si preguntan por qué lo toman, dicen que porque se usa. Lo mismo es en cuanto a culpar a las damas en todo; porque si se preguntase al más apasionado por qué dice mal de las mujeres, siendo el más deleitable vergel de cuanto crió la naturaleza, respondería que porque se usa.
Todos rieron la comparación del tabaco al decir mal de las mujeres que había hecho don Juan; y si se mira bien, tuvo razón, porque el vicio más abominable que puede haber es no estimar, alabar y honrar a las damas, a las buenas, por buenas, y a las malas, por las buenas.
Pues viendo la hermosa doña Isabel que la linda Matilde se prevenía para pasarse al asiento del desengaño, hizo señal a los músicos que cantaron este romance:
Cuando te mirare, Atandra, No mires, ingrato dueño, Los engaños de sus ojos, Porque me matas con celos.
No esfuerces sus libertades, Que si ve en tus ojos ceño, Tendrán los livianos suyos En los tuyos escarmiento.
No desdores tu valor Con tan civil pensamiento, Que serás causa que yo Me arrepienta de mi empleo.
Dueño tiene, en él se goce, Si no le salió a contento, Reparara en elegirle O su locura o su acierto.
Oblíguente a no admitir Sus livianos devaneos Las lágrimas de mis ojos, De mi alma los tormentos.
Que si procuro sufrir Las congojas que padezco, Si es posible a mi valor, No lo es a mi sufrimiento.
¿De qué me sirven, Salicio, Los cuidados con que velo, Sin sueño las largas noches, Y los días sin sosiego?
Si tú gustas de matarme, Dando a esa tirana el premio, ¿Qué me cuestas tantas penas, Qué me cuestas tanto sueño?
Hoy, al salir de tu albergue Mostró, con rostro risueño, Tirana de mis favores, Cuánto se alegra en tenerlos.
Si miraras que son míos, No se los dieras tan presto; Cometiste estelionato, Porque vendiste lo ajeno.
Si te viera desabrido, Si te mirara severo, No te ofreciera atrevida Señas de que yo te ofendo.
Esto cantó una casada A solas en su instrumento, Viendo en Salicio y Atandra Averiguados los celos.
NOCHE CUARTA.
DESENGAÑO CUARTO.
EL VERDUGO DE SU ESPOSA.
A los últimos ecos del estribillo se levantó la hermosa Nise de su asiento, y haciendo una cortés reverencia, se pasó al desengaño, y con mucho donaire y despejo dijo:
—Por decreto de la hermosa y discreta Lisis me toca esta noche el cuarto desengaño; y aunque pudiera esta audiencia cerrarse con los referidos, pues son bastantes para que las damas de estos tiempos estemos prevenidas con el ejemplo de las pasadas a guardarnos de no caer en las desdichas que ellas cayeron por dejarse vencer de los engaños disfrazados en amor de los hombres; por que no me tengáis por alguna de las engañadas, pues si mi corto entendimiento me ayuda espero no serlo, y aunque mi desengaño no sea de tanta erudición como los referidos, ocupo este lugar, advirtiendo que, supuesto que la hermosa Lisis manda que sean casos verdaderos los que se digan, si acaso pareciere que los desengaños hasta aquí referidos, y los que faltan, los habéis oído en otras partes, habrán sido contados por quien, como yo y las demás desengañadoras, lo supo por mayor, mas no con las circunstancias que aquí van hermoseados, y no sacados de una parte a otra, como hubo algún ignorante o envidioso que lo dijo de la primera parte de nuestro sarao.
Diferente cosa es novelar solo con la inventiva un caso que ni fue ni pudo ser, y este no sirve de desengaño sino de entretenimiento, a contar un caso verdadero que no solo sirva de entretener sino de avisar; y como nuestra intención no es de solo divertir sino de aconsejar a las mujeres a que miren por su opinión y teman, con tantas libertades como el día de hoy profesan, no les suceda lo que a las que han oído y oirán les ha sucedido, y también por defenderlas, habiendo dado los hombres en la opinión, por no decir flaqueza, de ser contra ellas, hablando y escribiendo como si en todos tiempos no hubiera habido de todo, buenas mujeres y buenos hombres, y al contrario, malas y malos, y así no vea libro ni comedia en que encuentren una mujer inocente ni un hombre con defectos.
Toda la carga de las culpas es al sexo femenil, como si no fuese mayor la del hombre, supuesto que ellos quieren ser la perfección de la naturaleza. Luego mayor delito será el que hiciere el perfecto que el imperfecto; más pesada es la necedad del discreto que del necio; y así, es bien se sepa que, como hay mujeres livianas, hay hombres mudables, y como interesadas, engañosos, y como libres, crueles; y si se mira bien, la culpa de las mujeres la causan los hombres.
Caballero que solicitas la doncella, déjala, no la inquietes, y verás como ella, aunque no sea más de por vergüenza y recato, no te buscará a ti: el que busca y desasosiega la casada, no lo haga, y verá que cuando no la obligue la honestidad, el respeto y temor de su marido le hará que no te solicite ni busque; y el que inquieta la viuda, no lo haga, que no será ella tan atrevida que aventure su recato, ni te busque, ni pretenda; y si las buscas y solicitas, y las haces caer, ya con ruegos, ya con regalos, ya con dádivas, no digas mal de ellas, pues tú tuviste la culpa de que sean débiles.
Esto es respecto a las mujeres de honor, que las que tratan de vivir con libertad, ¿qué quieres sacar de ellas sino lo que pretendes, que es entretenerte y quitarte tus dineros, que para eso te admiten? Y pues ya lo sabes, ¿para qué las culpas de que hacen su hacienda y destruyen la tuya, y luego te quejas que te engañan? Vosotros sí os queréis engañar, y la causa de todo esto yo la diré ahora.
Encuentras una mujer en la calle; dícesla cuatro palabras; óyelas sin averiguar si tú las dices de veras o burlando; píntasete honrada y que no la ve el sol; créeslo, necio; convídasla con tu posada; acepta, va a ella; ¿pues cómo de una mujer que tan fácil se rinde a tus deseos podrás creer no haga con otros lo mismo en apartándose de ti? Y si piensas diferente, tú eres el que te engañas; que ella con su misma facilidad avisa.
¿Pues para qué te quejas de ella ni la ultrajas? Ella hace su oficio: si te ruega y busca, no la admitas, que su misma deshonestidad te avisa muy claramente que no eres tú el primero; y si te agradó algo, y la sigues, no te quejes de nadie, pues sabes muy bien que cada uno ha de hacer como quien es.
He aquí como no tienen la culpa las mujeres, sino los hombres, en quienes ha de estar la cordura, el buen lenguaje, la modestia y entendimiento; pero ya no se hallan estas virtudes, sino todo al contrario. ¡Ay, qué de buenas hubiera si los hombres las dejaran! Mas ellos hablan y ellas escuchan, y de mentiras bien alhajadas ¿quién no se deja vencer?, y más si, convertida la pretensión en tema, esta misma las está incitando a todas horas.
Esto basta, y pluguiera a Dios sirviese para enmienda; y para que se vea que, si Camila perdió con su esposo por callar las pretensiones de don Juan, en el desengaño que ahora diré no le sirvió a otra dama para asegurar su crédito con su marido avisarle de las pretensiones de otro don Juan, aunque el cielo abonó su causa; y con estas prevenciones prosigo de esta suerte:
En la ciudad de Palermo, en el reino de Sicilia, hubo en tiempos pasados dos caballeros nobles, ricos, galanes, discretos, y sobre todo, para que fuesen estas gracias de naturaleza y fortuna más lucidas, eran hijos de españoles que habiendo sus padres pasado a aquel reino a ejercer cargos que su rey les encomendó, se casaron y avecindaron allí, como sucede cada día a los españoles que allá pasan.