Part 32
Quedó el triste don Diego con eso tal, que fue milagro no perder el juicio; y en mitad de sus penas, por ver si podía hallar alivio en ellas, se determinó hablar a doña Inés y saber de ella misma la causa de tal desamor y tan repentino, y así no faltaba de día ni de noche de la calle hasta hallar ocasión de hacerlo.
Pues un día que la vio ir a misa sin su esposo (novedad grande, porque siempre le acompañaba), la siguió hasta la iglesia; y arrodillándose junto a ella lo más paso que pudo, si bien con grande turbación, la dijo:
—¿Es posible, señora mía, que vuestro amor fuese tan corto, y mis méritos tan pequeños, que apenas nació cuando murió? ¿Cómo es posible que mi agasajo fuese de tan poco valor y vuestra voluntad tan mudable que, siquiera bien hallada en mis cariños, no hubiera echado algunas raíces para a lo menos tener en la memoria cuántas veces os nombrasteis mía, y yo me ofrecí por esclavo vuestro? Si las mujeres de calidad dan mal pago, ¿qué se puede esperar de las comunes? Si acaso este desdén nace de haber andado corto en serviros y regalaros, vos habéis tenido la culpa, que quien os rindió lo poco os hubiera hecho dueño de lo mucho, si no os hubiésedes retirado tan cruel que, aun cuando os miro, no os dignáis favorecerme con vuestros hermosos ojos, como si cuando os tuve en mis brazos no jurasteis mil veces por ellos que no me olvidaríais.
Mirole doña Inés, admirada de lo que decía, y dijo:
—¿Qué decís, señor? ¿Deliráis, o teneisme por otra? ¿Cuándo estuve en vuestros brazos, ni juré de no olvidaros, ni recibí agasajos, ni me hicisteis cariños?; porque mal puedo olvidar lo que jamás me he acordado, ni cómo puedo amar ni aborrecer lo que nunca amé.
—¿Pues cómo —replicó don Diego—, queréis negar que no me habéis visto ni hablado? Decid que estáis arrepentida de haber ido a mi casa, y no lo neguéis; porque no lo podrá negar el vestido que traéis puesto, que es el mismo que llevásteis, ni lo negará fulana, vecina de en frente de vuestra casa, que fue con vos.
Cuerda y discreta era doña Inés; y oyendo del vestido y mujer, aunque turbada y medio muerta de un caso tan grave, cayó en lo que podía ser; y volviendo a don Diego le dijo:
—¿Cuánto habrá eso que decís?
—Poco más de un mes —replicó él.
Con lo cual doña Inés acabó de todo punto de creer que el tiempo que el vestido estuvo prestado a la misma mujer la habían hecho algún otro; y por averiguarlo mejor dijo:
—Ahora, señor, no es tiempo de hablar más en esto; mi marido ha de partir mañana a Sevilla a la cobranza de unos pesos que le han venido de las Indias; por la tarde estaréis en mi calle, que yo os haré llamar, y hablaremos largo sobre esto que me habéis dicho; y no digáis nada a esa mujer, que importa encubrirlo de ella.
Con esto don Diego se fue muy gustoso por haber negociado tan bien, cuanto doña Inés quedó triste y confusa.
Finalmente, su marido se fue a otro día, como ella dijo, y luego doña Inés envió a llamar al corregidor, y venido le puso en parte donde pudiese oír lo que pasaba, diciéndole convenía a su honor que fuese testigo y juez de un caso de mucha gravedad; y llamando a don Diego, que no se había descuidado, le dijo estas razones:
—Cierto, señor don Diego, que me dejasteis ayer puesta en tanta confusión que si no hubiera permitido Dios la ausencia de mi esposo en esta ocasión, que con ella he de averiguar la verdad y sacaros del engaño y error en que estáis, pienso que hubiera perdido el juicio o yo misma me hubiera quitado la vida; y puesto que tenemos ocasión tan oportuna, os suplico me digáis muy por entero y despacio lo que ayer me dijisteis de paso en la iglesia.
Admirado don Diego de sus razones, le contó cuanto con aquella mujer le había pasado, las veces que había estado en su casa, las palabras que le había dicho y las joyas que la había dado; a que doña Inés admirada, satisfizo y contó cómo ese tiempo había estado el vestido en poder de esa mujer, y cómo le había dejado en prenda una cadena, atestiguando con sus criadas la verdad, y como ella no había faltado de su casa, ni su marido iba a ninguna otra a conversación, antes se recogía con el día, y que ni conocía tal mujer sino de verla a la puerta de su casa, ni la había hablado, ni entrado en ella en su vida; con lo cual don Diego quedó embelesado como los que han visto visiones, y corrido de la burla que de él se hizo, y aún más enamorado de doña Inés que antes.
A esto salió el corregidor, y juntos fueron en casa de la desdichada tercera que al punto confesó la verdad de todo, entregando algunas de las joyas que le habían tocado de la partición, y la cadena, que se volvió a don Diego, granjeando de la burla doscientos azotes por infamadora de mujeres principales y honradas, y más desterrada por seis años de la ciudad, no declarándose más el caso por la opinión de doña Inés: con que la dama quedó satisfecha en parte, y don Diego más perdido que antes, volviendo de nuevo a sus pretensiones, paseos y músicas; y esto con más confianza, pareciéndole que ya había menos que hacer, supuesto que la dama sabía su amor, no desesperando de la conquista, pues tenía caminado lo más; y lo que le debió de animar fue no creer que no había sido doña Inés la que había gozado, pues aunque se averiguó la verdad con tan fieles testigos, y que la misma tercera lo confesó, con todo debió de entender había sido fraude, y que arrepentida doña Inés lo había negado, y la mujer de miedo se había sujetado a la pena.
Con este pensamiento la galanteaba muy atrevido, siguiéndola, si salía fuera, y hablándola, si hallaba ocasión; con lo que doña Inés perseguida, ni aun a misa se dejaba ver del atrevido mozo, que con la ausencia de su marido se tomaba más licencia que era menester; de suerte que la afligida señora aun la puerta no consentía que se abriese, porque no llegase su descomedimiento a entrarse en su casa; mas, ya desesperada y resuelta a vengarse por este soneto que una noche cantó en su calle, sucedió lo que luego se dirá.
Dueño querido, si en el alma mía Alguna parte libre se ha quedado, Hoy de nuevo a tu imperio la he postrado, Rendido a tu hermosura y gallardía.
Dichoso soy desde aquel dulce día Que con tantos favores quedé honrado, Instantes a mis ojos he juzgado Las horas que gocé tu compañía.
¡Oh, si fueran verdad los fingimientos De los encantos que en la edad primera Han dado tanta fuerza a los engaños!
Ya se vieran logrados mis intentos; Si de los dioses merecer pudiera Encantado gozarte muchos años.
Sintió tanto doña Inés entender que aún no estaba don Diego cierto de la burla que aquella engañosa mujer le había hecho, en desdoro de su honor, que al punto le envió a decir con una criada, que supuesto que ya sus atrevimientos pasaban a desvergüenzas, que se fuese con Dios, sin andar haciendo escándalos ni publicando locuras, y si no, que le prometía, como quien era, de hacerle matar.
Sintió tanto el mal aconsejado mozo esto, que como desesperado, con mortales bascas, se fue a su casa donde estuvo muchos días en la cama con una peligrosa enfermedad, acompañada de tan cruel melancolía que parecía querérsele acabar la vida, y viéndose morir de pena, habiendo oído decir que en la ciudad había un moro, grande hechicero y nigromántico, le hizo buscar y que se le trajesen, para obligar con encantos y hechicerías a que le quisiese doña Inés.
Hallado el moro y venido a su presencia, se encerró con él, dándole larga cuenta de sus amores tan desdichados como atrevidos, pidiéndole remedio contra el desamor y desprecio que hacía de él su dama, tan hermosa como ingrata. El nigromántico agareno le prometió que dentro de tres días haría que la misma dama se le viniese a su poder, como lo hizo, que como ajenos de nuestra católica fe no les es dificultoso, con apremios que hacen al demonio, aun en casos de más calidad.
Pasados los tres días, vino y le trajo una imagen de la misma figura y rostro de doña Inés, que por sus artes la había copiado al natural como si la tuviera presente. Tenía en el remate del tocado una vela de la medida y proporción de una bujía de un cuarterón de cera verde; la figura de doña Inés estaba desnuda, y las manos puestas sobre el corazón, que tenía descubierto, clavado por él un alfiler grande dorado, a modo de saeta, y en lugar de la cabeza tenía una forma de plumas del mismo metal, y parecía que la dama quería sacarle con las manos, que tenía encaminadas a él.
Díjole el moro que en estando solo pusiese aquella figura sobre un bufete y que encendiese la vela que estaba sobre la cabeza, que sin falta ninguna vendría luego la dama, y que estaría el tiempo que él quisiese mientras él no la dijese que se fuese; que cuando la enviase no matase la vela, que en estando la dama en su casa se moriría por sí misma; que si la mataba antes que ella se apagase correría riesgo la vida de la dama; y asimismo que no tuviese miedo de que la vela se acabase aunque ardiese un año entero, porque estaba formada con tal arte que duraría eternamente, mientras que en la noche del Bautista no la echase en una hoguera bien encendida.
Don Diego, aunque no muy seguro de que sería verdad lo que el moro le aseguraba, contentísimo cuando no por las esperanzas que tenía a lo menos por ver en la figura el natural retrato de su enemiga, con tanta perfección y naturales colores que, si como no era de más del alto de media vara fuera de la altura de una mujer, creo con ella olvidara el natural original de doña Inés, a imitación del que se enamoró de otra pintura y de un árbol.
Pagole al moro bien a su gusto el trabajo; y despedido de él, aguardaba la noche como si esperara la vida, haciéndosele un siglo el tiempo que tardó en recogerse la familia y una hermana suya, viuda, que tenía consigo en casa y le asistía a su regalo; tal era el deseo que tenía de experimentar el encanto. Recogida pues la gente, él se desnudó para acostarse y dejando la puerta de la sala no más de apretada, que así se lo advirtió el moro, porque las de la calle nunca se cerraban por haber en la casa más vecindad, encendió la vela, y poniéndola sobre el bufete se acostó, contemplando a la luz que daba la belleza del retrato.
Así que la vela empezó a arder, la desdichada doña Inés, que estaba ya acostada y su casa y gente recogida, porque su marido aún no había vuelto de Sevilla por haberse originado a sus cobranzas algunos pleitos, privada, con la fuerza del encanto y de la vela que ardía, de su juicio y, en fin, forzada de algún espíritu diabólico que gobernaba aquello, se levantó de su cama, y poniéndose unos zapatos que tenía junto a ella y un faldellín que estaba con sus vestidos sobre un taburete, tomó la llave que tenía debajo de su cabecera, y saliendo fuera, abrió la puerta de su cuarto, y juntándola en saliendo y mal torciendo la llave, se salió a la calle y fue a casa de don Diego, que aunque ella no sabía quién la guiaba, la supo llevar, y como halló la puerta abierta, se entró sin hablar palabra ni mirar en nada; se puso dentro de la cama donde estaba don Diego, quien viendo un caso tan maravilloso quedó fuera de sí; mas levantándose y cerrando la puerta, se volvió a la cama diciendo:
—¿Cuándo, hermosa señora mía, merecí yo tal favor? Ahora sí que doy mis penas por bien empleadas. ¡Decidme, por Dios, si estoy durmiendo y sueño este bien, o si tan dichoso que despierto y en mi juicio os tengo en mis brazos!
A esto y otras muchas cosas que don Diego decía doña Inés no respondía palabra, y viendo esto el amante algo pesaroso, por parecerle que doña Inés estaba fuera de su sentido con el maldito encanto y que no tenía facultad para hablar, teniendo aquellos, aunque favores, por muertos, conociendo claro que si la dama estuviera en su juicio no se los hiciera, como era la verdad, que antes pasara por la muerte, quiso gozar el tiempo y la ocasión, remitiendo a las obras las palabras. De esta suerte la tuvo gran parte de la noche, hasta que viendo ser hora se levantó, y abriendo la puerta, la dijo:
—Señora mía, mirad que es ya hora de que os vayáis.
Y en diciendo esto, la dama se levantó, y poniéndose su faldellín y calzándose sin hablar palabra, se salió y volvió a su casa, y llegando a ella, abrió, y vuelto a cerrar sin haberla sentido nadie, o por estar vencidos del sueño, o porque participaban todos del encanto, se echó en su cama. Luego que se halló en ella, la vela que estaba en casa de don Diego, ardiendo, se apagó, como si con un soplo la mataran, dejando a don Diego mucho más asombrado, y no acababa de santiguarse aunque lo hacía muchas veces; y si la admiración que le causaba todo esto no le tuviera como absorto, se volviera loco de alegría.
Estese con ella lo que le durare, y vamos a doña Inés que, como estuvo en su cama y la vela se apagó, la pareció, cobrando el perdido sentido, que despertaba de un profundo sueño; si bien acordándose de lo que le había sucedido, juzgaba que todo le había pasado soñando, y muy afligida de tan descompuestos sueños, se reprendía a sí misma diciendo:
—¡Qué es esto, desdichada de mí! ¿Pues cuándo he dado yo lugar a mi imaginación para que me represente cosas tan ajenas de mí, o qué pensamientos ilícitos he tenido yo con este hombre para que de ellos hayan nacido tan enormes y deshonestos efectos? ¡Ay de mí!, ¿qué es esto o qué remedio tendré para olvidar cosas semejantes?
Con esto, llorando y con gran desconsuelo, pasó la noche y el día, y ya sobre tarde se salió a un balcón por divertir algo su enmarañada memoria; al tiempo que don Diego, aun no creyendo fuese verdad lo sucedido, pasó por la calle para ver si la veía, y fue al tiempo que como he dicho estaba en el balcón; y viéndola el galán quebrada de color y triste, conociendo de qué procedía el tal accidente, se persuadió a dar crédito a lo sucedido; mas doña Inés, en el punto que le vio, quitándose del balcón lo cerró con mucho enojo, en cuya acción conoció don Diego que doña Inés iba a su casa privada de todo sentido, y que su tristeza procedía si acaso como en sueños se acordaba de lo que con él había pasado; si bien, viéndola con la cólera que se quitó del balcón, se puede creer que la diría:
—Cerrad, señora, que a la noche yo os obligaré a que me busquéis.
De esta suerte pasó don Diego más de un mes, llevando a su dama la noche que le daba gusto a su casa, con lo cual la pobre señora andaba tan triste y casi asombrada de ver que no se podía librar de tan descompuestos sueños, que tal creía que eran, ni por encomendarse a Dios, como lo hacía, ni por acudir a menudo a su confesor, que la consolaba cuanto era posible, y deseaba que viniese su marido por ver si con él podía remediar su tristeza; y ya determinada, o a enviarle a llamar, o a persuadirle la diese licencia para irse con él, le sucedió lo que ahora oiréis, y fue que una noche, que por ser de las calurosas del verano, muy serena y apacible con la luna hermosa y clara, don Diego encendió su encantada vela, y doña Inés, que por ser ya tarde estaba acostada, aunque dilataba el sujetarse al sueño por no rendirse a los malignos sueños que ella creía ser, lo que no era sino la pura verdad; cansada de desvelarse, se adormeció, y obrando en ella el encanto, despertó despavorida, y levantándose fue a buscar el faldellín, que no hallándole, por haber las criadas llevado los vestidos para limpiarlos, así en camisa como estaba se salió a la calle, yendo encaminada a la casa de don Diego.
Encontró con ella el corregidor, que con todos sus ministros de justicia venía de ronda, y con él don Francisco su hermano, que habiéndole encontrado gustó de acompañarle por ser su amigo; y como viesen aquella mujer en camisa tan a paso tirado, la dieron voces que se detuviese; mas ella callaba y andaba a toda diligencia, como quien era llevada del espíritu maligno: tanto que les obligó a alargar el paso por lograr alcanzarla; mas cuando lo hicieron fue cuando doña Inés se hallaba ya en la sala, y entrando todos juntos, ella se fue a la cama donde estaba don Diego, y ellos a la figura, que estaba en la mesa con la vela encendida en la cabeza.
Así que don Diego vio el fracaso y desdicha, temeroso de que si mataban la vela doña Inés padecería el mismo riesgo, saltando de la cama, les dio voces que no matasen la vela, que se quedaría muerta aquella mujer; y vuelto a ella, le dijo:
—Idos, señora, con Dios, que ya tuvo fin este encanto; y vos y yo el castigo de nuestro delito: por vos me pesa, que inocente padeceréis —y esto lo decía por haber visto a su hermano al lado del corregidor.
Levantose, dicho esto, doña Inés, y como había venido se volvió a ir, habiéndola al salir reconocido todos, y también su hermano, y fue bien menester la autoridad y presencia del corregidor para que en ella y en don Diego no tomase la justa venganza que a su parecer merecían.
Mandó el corregidor que fuesen la mitad de sus ministros con doña Inés y que, viendo en qué paraba su embelesamiento, no se apartasen de ella hasta que él mandase otra cosa, volviendo uno a darle cuenta de todo; y viendo que de allí a poco la vela se mató repentinamente, le dijo al infelice don Diego:
—¡Ah, señor, y como pudiérades haber escarmentado en la burla pasada, y no poneros en tan costosas veras!
Con esto aguardaron el aviso de los que habían ido con doña Inés, que como llegó a su casa y abrió la puerta, que no estaba más de apretada, y entró, y todos con ella, volvió a cerrar y se fue a su cama, echándose en ella; y como a este mismo punto se apagase la vela, ella despertó del embelesamiento, y dando un grande grito, viéndose cercada de aquellos hombres y conociendo ser ministros de justicia, les dijo que qué buscaban en su casa, o por dónde habían entrado, supuesto que ella tenía la llave.
—¡Ay, desdichada señora —dijo uno de ellos—; y cómo habéis estado sin sentido, pues eso preguntáis!
A esto y al grito de doña Inés habían ya salido las criadas alborotadas, tanto de oír dar voces a su señora como de ver allí tanta gente. Prosiguiendo el que había empezado, contó a doña Inés cuanto había sucedido desde que la habían encontrado hasta el punto en que estaba, y cómo a todo se había hallado su hermano presente: lo que oído por la triste y desdichada dama fue milagro no perdiese la vida.
En fin, para que no se desesperase, según las cosas que hacía y decía, y las hermosas lágrimas que derramaba sacándose a manojos sus cabellos, enviaron a avisar al corregidor de todo, diciéndole ordenase lo que se había de hacer; el cual, habiendo tomado su confesión a don Diego y este dijo la verdad del caso, declarando cómo doña Inés estaba inocente, pues privado su entendimiento y sentido con la fuerza del encanto venía como habían visto: con lo que su hermano mostró serenar su cólera, aunque otra cosa le quedó en el corazón.
Con esto mandó el corregidor poner a don Diego en la cárcel a buen recaudo, y tomando la encantada figura se fueron a casa de doña Inés, a la cual hallaron haciendo las lástimas dichas, sin que sus criadas ni los demás fuesen parte para consolarla, que a haber quedado sola se hubiera quitado la vida.
Estaba ya vestida y arrojada sobre un estrado, alcanzándose un desmayo a otro, y una congoja a otra: y así que vio al corregidor y a su hermano, se arrojó a sus pies pidiéndole que la matase, pues había sido tan mala que, aunque sin su voluntad, había manchado su honor.
Don Francisco, mostrando en su exterior piedad, si bien en lo interior estaba vertiendo ponzoña y crueldad, la levantó y abrazó, teniéndoselo todos a nobleza; y el corregidor la dijo:
—Sosegaos, señora, que vuestro delito no merece la pena que vos pedís, pues no lo es, supuesto que vos no erais parte para no hacerlo.
Y algo más quieta la desdichada dama mandó el corregidor, sin que ella lo supiera, se saliesen fuera y encendiesen la vela: lo que, apenas fue hecho, cuando se levantó y se salió adonde la vela estaba encendida, y en diciéndole que ya era hora de irse se volvía a su asiento, y la vela se apagaba y ella volvía como de un sueño.
Esto hicieron muchas veces, mudando la vela a diferentes partes, hasta volver con ella a casa de don Diego y encenderla allí, y luego doña Inés se iba allá de la manera que estaba, y aunque la hablaban no respondía: con que averiguado el caso, asegurándola, y acabando de aquietar a su hermano, que estaba más sin juicio que ella misma, por entonces disimuló, siendo él el que más la disculpaba; y dejándola el corregidor dos guardas, más por amparo que por prisión, pues ella no la merecía, se fue cada uno a su casa, admirados del suceso.
Don Francisco se recogió a la suya loco de pena, contando a su mujer lo que pasaba; que, como al fin cuñada, decía que doña Inés debía de fingir el embelesamiento por quedar libre de culpa. Su marido, que había pensado lo mismo, fue de su parecer y al punto despachó un criado a Sevilla con una carta a su cuñado, diciéndole en ella dejase todas sus ocupaciones y se viniese al punto, que importaba al honor de entrambos, y que fuese tan secreto que no supiese nadie su venida, ni fuese a su casa hasta que se viese con él.
El corregidor a otro día buscó al moro que había hecho el hechizo; mas no pareció. Divulgose el caso por la ciudad y, sabido por la inquisición, pidió el preso, que le fue entregado con el proceso ya sustanciado y puesto como había de estar, quien llevado a su cárcel, y de ella a la suprema, no pareció más; y no fue pequeña piedad castigarle en secreto, pues al fin él había de morir a manos del marido y hermano de doña Inés, supuesto que el delito cometido no merecía menor castigo.
Llegó el correo a Sevilla y dio la carta a don Alonso, quien como vio lo que en ella se le ordenaba, bien confuso y temeroso de que serían flaquezas de doña Inés, se puso en camino y a largas jornadas llegó a casa de su cuñado con tanto secreto que nadie supo su venida, y sabido todo el caso como había sucedido, entre todos tres había diferentes pareceres sobre qué género de muerte darían a la inocente y desdichada doña Inés, la que, aun cuando de voluntad fuera culpada, la bastara por pena de su delito la que tenía, cuanto más no habiéndole cometido como estaba averiguado: y de quien más pondero la crueldad es de la traidora cuñada, que siquiera por ser mujer podría tener piedad de ella.
Acordado en fin el modo, don Alonso, disimulando su dañada intención, se fue a su casa y con caricias y halagos la aseguró, haciendo él mismo de modo que la triste doña Inés estuviese más quieta, viendo que su marido había creído la verdad y estaba seguro de su inocencia; porque habérselo encubierto era imposible según estaba el caso público; y si bien avergonzada de su desdicha apenas osaba mirarle, se moderó en sus sentimientos y lágrimas.
Con esto pasó algunos días, cuando uno con mucha afabilidad le dijo el cauteloso marido cómo su hermano y él estaban determinados y resueltos a irse a vivir con sus casas y familias a Sevilla; lo uno, por quitarla de los que habían sabido aquella desdicha que la señalaban con el dedo; y lo otro, por asistir a sus pleitos que habían quedado empantanados; a lo cual doña Inés dijo que en ella no había más gusto que el suyo.
Puesta por obra la determinación propuesta, vendiendo cuantas posesiones y hacienda tenían allí, como quien no pensaba volver más a la ciudad, se partieron todos con mucho gozo y doña Inés más contenta que todos; porque vivía afrentada de un suceso tan escandaloso.
Llegados a Sevilla, tomaron casa a su cómodo, sin más vecinos que ellos dos, y luego despidieron todos los criados y criadas que habían traído, para hacer sin testigos la crueldad que ahora diré.