Part 31
Pues crean que aunque las mujeres no son Homeros con basquiñas y enaguas, y Virgilios con moño, por lo menos tienen el alma, las potencias y los sentidos como los hombres. No quiero decir el entendimiento, que aunque muchas pudieran competir en él con ellos, fáltales el arte de que ellos se valen en estudios; y como lo que hacen no es más que una natural fuerza, es preciso que no salga tan acendrado: mas esta noche no les valió las malas intenciones, pues en lugar de vengarse se rindieron, que aquí se vio la fuerza de la verdad.
Salieron las desengañadoras siguiendo a Lisis, que traía de la mano a doña Isabel, muy ricamente vestidas y aderezadas, y muy bien prendidas, y con tantas joyas que parecía cada una un sol con muchos soles; y más doña Isabel, que habiendo renunciado el hábito morisco, pues ya no era necesario, su aderezo era costosísimo; tanto que no se podía juzgar qué daba más resplandores, si su hermoso rostro o sus ricas joyas, que esta noche hizo alarde de las que la pasada había dicho tenía reservadas para los gastos de su religión.
Doña Isabel se pasó al lado de los músicos, y las demás con Lisis al estrado, y la discreta Laura, su madre, que era la primera que había de desengañar, al asiento del desengaño.
Admirados quedaron todos de tanta hermosura y gallardía: los que las habían visto la noche antes juzgaron que en esta se habían armado de nueva belleza, y los que no las habían visto, juzgando que el cielo se había trasladado a la tierra y todos los ángeles a aquella sala, pareciéndoles que con las deidades no se puede tener rencor, perdieron el enojo que traían y decían:
—Aunque más mal digáis de nosotros, os lo perdonamos, por el bien de haber visto tanta hermosura.
Pues sentadas las damas y sosegados todos, la hermosa doña Isabel cantó sola este romance, que se hizo estando ausente el excelentísimo señor conde de Lemos, que hoy vive, y viva muchos años, y mi señora la condesa, su esposa:
Los bellos ojos de Atandra, Claros y hermosos luceros, Cuyo resplandor da al sol Las luces con que le vemos.
De quien aprendió el amor A matar con rayos negros, Quitando a las flechas de oro Valor y merecimientos.
Vertiendo sartas de perlas, Que Manzanares risueño Coge, para que sus ninfas Adoren sus blancos cuellos.
Al tiempo que el alba hermosa Deja del Titán el lecho, La vi yo, y la vio el amor, Por la ausencia de Fileno.
Aquel galán mayoral, Digo de aquel sol, que siendo Sol de este presente siglo, Se pasó a ser sol del cielo.
Dejando púrpura y oro Por el paño tosco y negro Del patriarca Benito, Cuyos pasos va siguiendo.
Tras aquestos resplandores Se fue su amante discreto: Que a los rayos de tal sol Serán los suyos eternos.
Mirando al aurora, dice La aurora de nuestro pueblo: No goces, alba, tu esposa, Cuando sin mi esposo quedo.
Llore la tórtola triste La pérdida de su dueño; Pues yo sin mi dueño amada Ausente y sola padezco.
¿Adónde vas sin tu Atandra? ¿Cómo te cansó tan presta? Eres hombre; no me espanto; Mas no eres hombre, que miento.
Si eres deidad, necia soy, Cuando de un ángel me quejo; No me castigues, amor, Pues ya ves que me arrepiento.
Vuelve, Fileno, a mis brazos, Mira las penas que tengo, Deja al sol, que tú eres sol En su claro firmamento.
Si como luna recibo De tu esplendor rayos bellos, O vuelve a darme tu luz, O tu luz iré siguiendo.
Dijo, y corriendo el aurora La cortina el claro Febo, Porque entraron sus zagales, Puso a sus quejas silencio.
Las ninfas de Manzanares, Que escuchándola estuvieron, Al son de acordadas liras La cantaron estos versos.
Enjugad, Atendra, Vuestros soles negros, Que señala tristeza Si llora el cielo.
Sol es vuestro amante, Ya venir lo vemos, Pues vos sois su oriente Al oriente vuestro.
Si de esa belleza El divino extremo Le cautivó el alma, Y aprisionó el cuerpo.
No juzguéis su amor Tan corto y pequeño, Que no alargue el paso Acortando el tiempo.
No deis a esos soles Tantos desconsuelos, Que señala tristeza Si llora el cielo.
Con graves y dulces ecos se alabó la música, admirando los que no habían visto a la linda doña Isabel la hermosura y el donaire, dejándolos tan enamorados como suspensos, no sabiendo qué lugar le podían dar, sino décima musa; y si habían entrado con ánimo de murmurar y censurar este sarao, por atreverse en él las damas a ser contra los hombres, se les olvidó lo dañado de la intención con la dulce armonía de la voz y la hermosa vista de su belleza, perdonando, por haberla visto, cualquiera ofensa que recibiesen de las demás en sus desengaños; y viendo Laura la suspensión de todos, dio principio de esta suerte:
—Viví tan dulcemente engañada el tiempo que fui amada y amé, de que me pudiese dar la amable condición de mi esposo causa para saber y especificar ahora desengaños, que no sé si acertaré a darlos a nadie.
Mas por ciencia alcanzo, pues de experiencia estoy muy ajena, que hoy hay de todo, engañadas y engañados, y pocos o ningunos que acierten a desengañarse; y así, las mujeres se quejan de sus engaños y los hombres de los suyos; y esto es porque no quieren dejar de estarlo; porque paladea tanto el gusto esto de amar y ser amados que, aunque los desengaños se vean a los ojos, se dan por desentendidos y hacen que no los conocen: si bien es verdad que los que más se cobran en ellos son los hombres, que como el ser mudables no es duelo, se dejan llevar tanto de esta falta que dan motivo a las mujeres para que se quejen, y aun para que se venguen; y han elegido una venganza civil, y que fuera tanto mejor vengarse en las vidas que no en las honras, como de quedar ellas con nombre de valerosas y ellos con el castigo que su mudable condición merece; porque no puedo imaginar sino que el demonio las ha propuesto este modo de venganza de que usan las que lo usan; porque, bárbara, si tu amante o marido te agravia, ¿no ves que en hacer tú lo mismo te agravias a ti misma, y das motivo para que si es marido, te quite la vida, y si es amante, diga mal de ti? No seas liviana, y si lo fuiste, mata a quien te hizo serlo y no mates tu honra.
De esto me parece que nace el tener los hombres motivo para decir mal de las mujeres; demás que como ya los hombres se precian de mudables, fuerza es que para seguir su condición busquen las comunes, y creo que lo hacen de propósito para hallar ocasión para dejarlas; pues claro está que las hallarán a cada paso, porque no quieren seguir otro ejercicio y les sabe mejor pasear que no hilar.
¿Quién duda que a cada paso les darán ocasión para que varíen? Y así, por esta parte a todos los culpo y a todos los disculpo: por lo que no tienen los hombres disculpa es por el hablar licenciosamente de ellas, pues les basta su delito sin que ellos se le saquen a plaza, y lo peor es que se descuidan y las llevan a todas por un camino sin mirar cuánto se desdoran a sí mismos, pues hallaremos pocos que no tengan mujer o pariente o conocida a quien guardar decoro, pues ni de lo malo se puede decir bien, ni de lo bueno mal; mas la cortesía hará más que todo, diciendo bien de todas; de unas, porque son buenas, y de otras, por no ser descorteses.
¿Quién duda, señores caballeros, que hay mujeres muy virtuosas, muy encerradas y muy honestas? Direisme: ¿Adónde están? Y diréis bien, porque como no las buscáis, no las halláis, ni ellas se dejan buscar ni hallar, y hablan de las que tratan y dicen cómo les va con ellas; y así, en lugar de desengañar, quisiera aconsejar y pedirles que aunque sean malas, no las ultrajen, y podrá ser que así las hagan buenas; y en verdad, hermosas damas, que fuera cosa bien parecida que no hubiera hombres muy nobles, muy sabios, muy cuerdos y muy virtuosos: cierto es que los hay, y que no todos tratan engaños ni hablan desenfrenadamente contra las mujeres, y de los que lo hacen digo que no le está a un hombre tan mal obrar mal como hablar mal, que hay cosas que son mejores para hechas que para dichas.
De suerte que, honrando y alabando a las damas, restauran la opinión perdida, pues tanto cuesta lo uno como lo otro, y lo demás es bajeza; y las damas sean cuerdas y recogidas, que con esto no habrán menester desengaños; que quien no se engaña no tiene necesidad de desengañarse.
Los ríos, los prados, las comedias no son para cada día, que se rompen muchos mantos y vale cara la seda; véndanse a deseo, y verán como ellas mismas hacen buenos a los hombres.
En cuanto a la crueldad, no hay duda de que está asentada en el corazón del hombre, y esto nace de la dureza de él; y pues ya este sarao se empezó con dictamen de probar esto y avisar a las mujeres para que teman y escarmienten, pues conocen que todo cae sobre ellas, como se verá en este desengaño, digo así:
En una ciudad cerca de la gran Sevilla, que no quiero nombrarla porque aún existen deudos muy cercanos, vivió don Francisco, caballero principal y rico, casado con una dama su igual hasta en la condición.
Este tenía una hermana de las hermosas mujeres que en toda la Andalucía se hallaba, cuya edad aún no llegaba a diez y ocho años. Pidiósela por mujer un caballero de la misma ciudad, no inferior a su calidad ni menos rico, antes entiendo que le aventajaba en todo; pareciole, como era razón, a don Francisco que aquella dicha solo venía del cielo, y muy contento con ella lo comunicó con su mujer y con doña Inés su hermana que, como no tenía más voluntad que la suya, y en cuanto a la obediencia y amor reverencial le tuviese en lugar de padre, aceptó el casamiento, quizá no tanto por él cuanto por salir de la rigurosa condición de su cuñada, cruel cuanto se puede imaginar, de manera que antes de dos meses se halló, por salir de un cautiverio, puesta en otro martirio; si bien satisfecha con la dulzura de las caricias de su esposo, pues hasta en eso a los principios no hay quien se la gane a los hombres; antes se dan tan buena maña que tengo para mí que las gastan todas al primer año, y después, como se hallan fallidos del caudal del agasajo, hacen morir a puras necesidades de él a sus esposas, y quizá, y sin quizá, es lo cierto ser esto la causa por donde ellas aborrecidas se empeñan en bajezas, con las que ellos pierden el honor y ellas la vida.
¿Qué espera un marido, ni un padre, ni un hermano, y hablando más comúnmente, un galán de una dama, si se ve aborrecida y falta de lo que ha menester, y tras eso poco agasajada y estimada, sino una desdicha? ¡Oh, válgame Dios, y qué confiados son hoy los hombres! Pues no temen que lo que una mujer desesperada hará, no lo hará el demonio, y piensan que por velarlas y celarlas se libran y las apartan de travesuras, y se engañan: quiéranlas, acarícienlas y denlas lo que han menester, y no las guarden ni celen, que ellas se guardarán y celarán, cuando no sea por virtud, por obligación: ¡y válgame otra vez Dios, y qué moneda tan falsa es ya la voluntad que no pasa ni vale sino el primer día, y luego no hay quien sepa su valor!
No le sucedió por esta parte a doña Inés la desdicha, porque su esposo hacía la estimación de ella que merecía su valor y hermosura: por esta le vino la desgracia, porque siempre la belleza anda en pasos de ella.
Gozaba la bella dama una vida gustosa y descansada, como quien entró en tan florida hacienda, con un marido lindo de talle y mejor condición, si le durara, mas cuando sigue a uno la adversa suerte, por más que haga no se librará de ella; y fue que siendo doncella jamás fue vista de nadie por la terrible condición de su hermano y cuñada; mas ya casada, o bien con su esposo, o bien con las parientas y amigas, salía a las holguras, visitas y fiestas de la ciudad.
Fue vista de todos, unos alabando su hermosura y la dicha de su marido en merecerla, y otros envidiándola y sintiendo no haberla escogido para sí, y otros amándola ilícita y deshonestamente, pareciéndoles que con sus dineros y galanterías la granjearían para gozarla: uno de estos fue don Diego, caballero mozo, rico y libre, que, a costa de su gruesa hacienda, no solo había granjeado el nombre y lugar de caballero, mas que no se le iban por alto ni por remontadas las más hermosas garzas de la ciudad.
Este, de ver la peligrosa ocasión, se admiró, y de admirarse, se enamoró, y debió ser de veras, que hay hombres que se enamoran de burlas: con loca desesperación, pues, mostraba y daba a entender su amor en la continua asistencia en su calle, en iglesias y en todas las partes que podía seguirla: amaba, en fin, sin juicio, pues no atendía a la pérdida que podía resultar al honor de doña Inés con tan públicos galanteos.
No reparaba la inocente dama en ellos; lo uno, por parecerla que con su honestidad podía vencer cualesquiera deseos lascivos de cuantos la veían; y lo otro, porque en su calle vivían sujetos, no solo hermosos, mas hermosísimos, a quien imaginaba dirigía don Diego su asistencia: solo amaba a su marido, y con este descuido ni se escondía si estaba en el balcón, ni dejaba de asistir a las músicas y demás finezas de don Diego, pareciéndola iban dirigidas a una de dos damas que vivían más abajo de su casa, doncellas y hermosas, mas con libertad.
Don Diego cantaba y tenía otras habilidades que ocasiona la ociosidad de los mozos ricos y sin padres que los sujeten, y las veces que se ofrecía, daba muestras de ellas en la calle de doña Inés.
Ella y sus criadas, y su mismo marido salían a oírlas, como he dicho, creyendo se dirigían a diferente sujeto; que a imaginar otra cosa, de creer es que pusiera estorbo al dejarse ver: en fin, con esta buena fe pasaban todos haciendo gala del bobeamiento de don Diego: cuando el esposo de doña Inés o sus criados le veían, daba a entender lo mismo que ellos pensaban, y con este cuidado descuidado, cantó una noche, sentado a la puerta de las dichas damas, este romance:
Como la madre a quien falta El tierno y amado hijo, Así estoy cuando no os veo, Dulcísimo dueño mío.
Los ojos en vuestra ausencia Son dos caudalosos ríos, Y el pensamiento sin vos Un confuso laberinto.
¿Adónde estáis, que no os veo, Prendas que en el alma estimo? ¿Qué oriente goza esos rayos, O qué venturosos Indios?
Si en los brazos del aurora Está el sol alegre y rico, Decid, siendo vos mi aurora, ¿Cómo no estáis en los míos?
Salís y os ponéis sin mí, Acaso triste me pinto, Triste Noruega parezco, Tormento en que muero y vivo.
Amaros no es culpa, no, Adoraros no es delito, Si el amor dora los yerros, ¡Qué dorados son los míos!
No viva yo si ha llegado A los amorosos quicios De las puertas de mi alma Pesar de haberos querido.
Ahora que no me oís, Habla mi amor atrevido; Y cuando os veo enmudezco, Sin poder mi amor deciros.
Quisiera que vuestros ojos Conocieran de los míos Lo que no dice la lengua, Que está para hablar sin bríos.
Y luego que os escondéis, Atormento los sentidos, Por haber callado tanto Diciendo lo que os estimo.
Mas porque no lo ignoréis, Siempre vuestro me eternizo; Siglos durará mi amor, Pues para vuestro he nacido.
Alabó doña Inés, y su esposo, el romance, porque, como no entendía que ella era la causa de las bien cantadas y lloradas penas de don Diego, no se sentía agraviada, que a imaginarlo es de creer que no lo consintiera.
Pues viéndose el mal correspondido caballero cada día peor y que no daba un paso adelante en su pretensión, andaba confuso y triste, no sabiendo cómo descubrirse a la dama, temiendo de su indignación alguna áspera y cruel respuesta.
Pues, estando, como digo, una mujer que vivía en la misma calle y en frente de la casa de la dama, algo más abajo, notó el cuidado de don Diego con más sentimiento que doña Inés, y luego conoció el juego, y un día que le vio pasar, le llamó, y con cariñosas razones le procuró sacar la causa de sus desvelos.
Al principio negó don Diego su amor, por no fiarse de la mujer; mas ella, como astuta, y que no debía de ser la primera que había hecho, le dijo que no se lo negase, que ella conocía medianamente su pena; y que si alguna en el mundo le podía dar remedio era ella; porque su señora doña Inés le hacía mucha merced, dándole entrada en su casa y comunicando con ella sus más escondidos secretos, porque la conocía desde antes de casarse, estando en casa de su hermano.
Finalmente, ella lo pintó tan bien y con tan finos colores que don Diego casi pensó si era echada por parte de la dama, por haber notado su cuidado; y con este loco pensamiento, a pocas vueltas que este astuto verdugo le dio, confesó de plano toda su voluntad, pidiéndola diese a entender a la dama su amor, ofreciéndola, si se veía admitido, grande interés; y para engolosinarla más, quitándose una cadena que traía puesta, se la dio: era rico y deseaba alcanzar, y así no reparaba en nada: ella la recibió y le dijo descuidase, y que anduviese por allí que ella le avisaría en teniendo negociado, que no quería que nadie le viese hablar con ella, porque no cayesen en alguna malicia.
Pues, ido don Diego, muy contenta la mala mujer, se fue a casa de unas mujeres de oscura vida que ella conocía, y escogiendo entre ellas una, la más hermosa, y que así en el cuerpo y garbo pareciese a doña Inés, llevola a su casa, comunicando con ella el engaño que quería hacer; y escondiéndola donde de nadie fuese vista, pasó a casa de doña Inés diciendo a las criadas dijesen a su señora que una vecina de en frente la quería hablar, lo que sabido por doña Inés, la mandó entrar; y ella, con la arenga y labia necesaria, de que la mujercilla no carecía, después de haberla besado la mano, la suplicó le hiciese merced de prestarle por dos días aquel vestido que traía puesto, y que se quedase en prenda de él aquella cadena, que era la misma que la había dado don Diego, porque casaba una sobrina.
No anduvo muy descaminada en pedir aquel que traía puesto, porque, como era el que doña Inés ordinariamente traía, que era de damasco pardo, pudiese don Diego dejarse llevar de su engaño. Doña Inés era afable, y como la conoció por vecina de la calle, la respondió que aquel vestido estaba ya ajado de traerle continuo, que otro mejor la daría.
—No, señora —dijo la engañosa mujer—, este basta, que no quiero que sea demasiadamente costoso, que parecerá (lo que es) que no es suyo, y los pobres también tenemos reputación; y quiero yo que los que se hallaren a la boda piensen que es suyo y no prestado.
Riose doña Inés, alabando el pensamiento de la mujer, y mandando traer otro se le puso, desnudándose aquel y dándosele a la dicha, que le tomó contentísima, dejando en prendas la cadena que doña Inés tomó por quedar segura, yéndose con él más contenta que si llevara un tesoro.
Con esto aguardó a que viniese don Diego, que no fue nada descuidado, y ella, con alegre semblante, le recibió diciendo:
—Esto sí que es saber negociar, caballerito; bobillo, si no fuera por mí, toda tu vida te pudieras andar tragando saliva sin remedio; ya hablé a tu dama y la dejé más blanda que una madeja de seda floja, y para que veas lo que me debes y en la obligación que me estás, esta noche, a la oración, aguarda a la puerta de tu casa, que ella y yo te iremos a hacer una visita, porque es cuando su marido se va a jugar a una casa de conversación, donde está hasta las diez; mas dice que, por el decoro de una mujer de su calidad y casada, no quiere ser vista, que no haya criados ni luz, sino muy apartada o que no la haya: mas yo, que soy muy apretada de corazón, me moriré si estoy a oscuras, y así podrás apercibir un farolillo que dé luz, y esté sin ella la parte donde hubieres de hablarla.
Todo esto hacía porque pudiese don Diego reconocer el vestido y no el rostro, y se engañase; mas volvíase loco el enamorado mozo, y abrazaba a la falsa y cautelosa tercera, ofreciéndola de nuevo suma de interés, dándole cuanto consigo traía.
En fin, él se fue a aguardar su dicha, y ella, ido él, vistió a la moza que tenía apercibida el vestido de la desdichada doña Inés, tocándola y aderezándola al modo que la dama andaba; púsola de modo que, mirada algo a lo oscuro, parecía la misma doña Inés, muy contenta de haberle salido tan bien la invención que ella misma, con saber la verdad, se engañaba.
Poco antes de anochecer se fueron en casa de don Diego, que las estaba aguardando a la puerta, haciéndosele los instantes siglos; que, viéndolas y reconociendo el vestido, por habérsele visto ordinariamente a doña Inés, como en el talle le parecía y venía tapada, y era ya cuando se acercaba la noche, la tuvo por ella. Loco de contento, la recibió y entró en un cuarto bajo donde no había más luz que la de un farol que estaba en la antesala, y a esta y a una alcoba que en ella había no se comunicaba más que el resplandor que entraba por la puerta.
Quedose la vil tercera en la sala de afuera, y don Diego, tomando de la mano a su fingida doña Inés, se fueron a sentar sobre una cama de damasco que estaba en la alcoba. Gran rato se pasó en encarecer don Diego la dicha de haber merecido tal favor, y la fingida doña Inés, bien instruida en lo que había de hacer en responderle a propósito, encareciéndole el haber venido y vencido los inconvenientes de su honor, marido y casa, con otras cosas que más a gusto les estaba, don Diego, bien ciego en su engaño, llegó al colmo de los favores que tantos desvelos le habían costado el desearlos y alcanzarlos, quedando muy más enamorado de su doña Inés que antes.
Entendida era la que hacía el papel de doña Inés, y representábale tan al propio que en don Diego puso mayores obligaciones; y así, cargándola de joyas de valor, y a la tercera de dinero, viendo ser la hora conveniente para llevar adelante su invención, se despidieron, rogando el galán a su amada señora que viniese presto, y ella prometiéndole que sin salir de casa la aguardase cada noche desde la hora que había dicho hasta las diez, que si hubiese lugar no le perdería. Él se quedó gozosísimo, y ellas se fueron a su casa contentas y aprovechadas a costa de la opinión de la inocente y descuidada doña Inés.
De esta suerte le visitaron algunas veces en quince días que tuvieron el vestido; al cabo de los cuales, temerosas de que se descubriese la verdad, o por temor de que don Diego no reconociese con el tiempo que no era la verdadera doña Inés la que gozaba, no se previnieron de otro vestido como el que les servía de disfraz; y viendo era tiempo de volverle a su dueño, la última noche que se vieron con don Diego le dieron a entender que su marido había dado en recogerse temprano, y era fuerza por algunos días recatarse, por parecerles andaba algo cuidadoso, y que era fuerza asegurarle que en habiendo ocasión de verle no la perderían. Se despidieron, quedando don Diego tan triste como alegre cuando la primera vez la vio. Con esto se volvió el vestido a doña Inés; y la fingida y la tercera partieron la ganancia, muy contentas con la burla.
Don Diego, muy triste, paseaba la calle de doña Inés, y muchas veces que la veía, aunque notaba el descuido de la dama, juzgábalo a recato, y sufríalo sin atreverse a más que a mirarla; otras hablaba con la tercera que había sido de su gloria; y ella unas veces le decía que no tenía lugar por andar su marido cuidadoso, otras, que buscaría ocasión para verle; hasta que un día, viéndose importunada de don Diego, y que le pedía llevase a doña Inés un papel, le dijo no se cansase, porque la dama, o por miedo de su esposo, o porque se había arrepentido, no consentía la hablase en esas cosas, y aun llegaba a más, que la negaba la entrada en su casa, mandando a las criadas no la dejasen entrar. En esto se ve cuán mal la mentira se puede disfrazar en traje de verdad; y si lo hace, es por poco tiempo.