Part 30
Licencia me daréis, señores, para que me admire, en este desengaño en que pondero los engaños de los hombres, de la ira de una mujer; mas también me la darán estos mismos para conocer que de la cautela de los hombres nacen las iras de las mujeres, y que por una que procuraba venganza hay mil que no la toman de sí mismas; pues yo aseguro que si todas vengaran las ofensas que reciben como Octavia hizo, no hubiera tantas burladas y ofendidas; mas hay tantas mujeres de tan común estilo que la venganza que toman es, si las engaña uno, engañarse ellas con otro, con que dan lugar a aquel que pudiera temer ultraje a que salga bien de cualquier empeño.
¡Oh, qué mal tiempo que alcanzamos donde tienen por venganza la deshonestidad y el vicio! ¡Cuánto más acierto fuera que a la que le faltan manos para vengarse, dejara al cielo su causa, que él volviera por ella! ¡Ay, hombres, y cómo sois causa de tantos males! Porque ya no hallados con las comunes, buscáis y solicitáis las recatadas y recogidas, y si las vencéis, las dais ocasión o para que sean tan comunes como las demás o que hagan lo que Octavia hizo.
No se dejara vencer Octavia si Carlos no la combatiera a todo riesgo: no se engañara Octavia si Carlos la desengañara; ni Octavia buscara venganza si no la burlara Carlos: pues tenga Octavia ira y pague Carlos tan mal trato, que todo lo merece, pues no faltando en Milán mujeres sin obligaciones con quien pudiera entretenerse, se puso a solicitar, vencer y engañar la que las tenía.
Paréceme que este desengaño tanto es para los hombres como para las mujeres; pero quédese aquí, que me parece que ya don Juan ha venido y hay mucho que decir.
Llegó don Juan al convento donde estaba su hermana, y después de los recibimientos de ausencia tan larga, que ella aplaudió con lágrimas, la preguntó la causa de estar allí y no en su casa, como la había dejado: a que satisfizo Octavia contando su desdicha y poniéndole el papel de Carlos en las manos, pidiéndole de más a más venganza de sus agravios.
Ya he dicho la inclinación de don Juan, más ajustada a travesuras y desgarros que a prudencia; mas en esta ocasión pareció que degeneró algo de su mismo ser, porque reportando el furor que tal suceso era fuerza le causase, con palabras entre airadas y cariñosas respondió a su hermana que tratase, pues había sido loca y liviana, de tomar el hábito y ser religiosa, pues no había otro remedio si no quería perder la vida a sus manos: que lo demás lo dejase a él, que no se quedaría Carlos alabando de la burla.
Después trató por medio de amigos y deudos de su padre, y de joyas de valor que le dio su hermana, pues ya no las había menester porque a otro día tomó el hábito de religiosa, de ajustar la muerte que había hecho y por la que se ausentó de Milán: que habiendo dineros y favores, no fue dificultoso; de manera que antes de un mes se vio libre, paseando por la ciudad.
No se aseguró mucho Carlos cuando supo la repentina venida de don Juan, y más viéndole libre; y sabiendo que Octavia era ya monja, por medio de algunos amigos había procurado aquietarla, ofreciéndola lo que hubiese menester para su nuevo estado.
Mas Octavia jamás se dejó ver de ninguno, con que Carlos quedó menos seguro: mas como veía a don Juan con el descuido que andaba y que le hablaba y trataba con familiaridad de amigo, se sosegó; aunque no dejó de traer dos pistolas en sus faltriqueras, y los criados que andaban con él de la misma suerte; mas parecíale que Octavia no le debía de haber dicho nada, fiándose en el amor que le tenía.
Él pensaba esto y don Juan su venganza, que si la tomara, como era razón, en quien le había hecho el agravio, nadie le culpara; mas vengose de la culpa de Carlos en quien no la tenía: de suerte que hasta en la satisfacción del honor de su hermana fingió sus traviesas inclinaciones, y así pensó una traición que solo se pudiera hallar en un bajo y común hombre, y no de la calidad que don Juan era; y fue que propuso quitarle a Carlos el honor con Camila, como este se le había quitado a él con Octavia.
Miren qué culpa tenía la inocente: será para vengarse en ella de su marido; pues si Octavia quedó burlada de Carlos, ya Octavia no estaba sin culpa, pues se dejó vencer del amor de Carlos, fiada solo de una palabra falsa que le dio. Mas Camila honesta, Camila cuerda, Camila recogida y no tratando sino de servir a su marido, se quiere vengar en Camila. ¡Oh, pobre dama, y cómo tú sola pagarás los yerros de Octavia, los engaños de Carlos y las traiciones de don Juan!
Ya he dicho el uso y costumbre de aquellos reinos, que son los festines que unos días se celebran en unas casas y otros en otras, y que es permitido a las damas, casadas y doncellas, y aun las viudas, el ir a ellos, y a los caballeros, con máscaras y sin ellas, entrar y sacar a danzar la dama que les parece, y en los asientos, si caen junto a ellas, hablar, y ellas no extrañar el agasajar con ellos.
Pues como Camila era recién casada, si bien su condición no era de las más esparcidas, a petición de sus parientas y amigas, y a ruego de su esposo, iba a muchos o a todos; y don Juan, que no se descuidaba, avisado de los en que podía ver a Camila, entraba en ellos con galas y trajes costosos, que para todo había en lo que Carlos había dado a Octavia, luciendo en él más que en otro, por tener gallardo talle y buen rostro, no faltándole lo entendido y airoso: así se supiera aprovechar para obrar bien de ellos.
Empezó a enamorar a Camila con aquello de lo rendido, afectuoso y tierno, acreditándose de amante con suspiros y elevaciones, de que saben muy bien los señores hombres el arancel, pues para tales engaños son muy diestros: y cuando podía tomaba lugar donde pudiese hablar a Camila, celebrar su talle y hermosura, engrandeciendo la dicha de haber merecido verla; y la que no podía ser esto, hacía por sacarla a danzar, y en tal ocasión la requebraba y galanteaba; mas a todo Camila no respondía palabra, gustando más bien acreditarse de necia que de deshonesta; si bien no se atrevía a negar el salir a danzar porque no la sacrificasen por melindrosa.
Lo que hacía era excusarse de ir a ellos la vez que sin nota podía ejecutarlo; mas cuando los ruegos de las amigas y parientas pasaban a importunación, y por este caso a mandárselo su esposo, era fuerza no negarse a ellos, y de esta suerte vino don Juan en varias ocasiones a ponerle en la mano cuatro o seis papeles bien notados, y no mal escritos, que la dama recibió, no por gusto, sino por no dar nota, de los cuales no se puede decir lo que contenían, porque la discreta Camila, por lo dicho, los recibía y no los leía; antes sin abrirlos los hacía pedazos, y al último, ya cansada, le reprendió de su atrevimiento con palabras severas y crueles amenazas; y viendo que no era posible que se aquietase, desistiendo de tal locura, se excusó de todo punto de ellos, y aun de salir de su casa, si no era que fuese con ella Carlos, a quien no dio cuenta del caso por excusarle el riesgo. Pues viendo el mal aconsejado don Juan que por vía de amor no podía salir con su intención, mudó de intento, y procuró con engaño aprovecharse de la fuerza, y consiguiolo del modo que ahora diré.
Un día que supo que Carlos era ido a caza con sus criados y varios amigos, se puso un vestido de los mejores que tenía su hermana, y tocándose y componiéndose de suerte que pudiese parecer mujer, se entró, cubierto con su manto, en una silla y se hizo llevar a casa de Camila, llevando consigo dos amigos de su parcialidad que le hiciesen resguardo; y llegando a la puerta del cuarto en que la dama vivía, bajo y distinto del que el senador habitaba, preguntó por ella, diciendo la quería hablar para un negocio de importancia: y le respondió una criada que estaba en otro cuarto en la misma casa a visitar una amiga que vivía en él.
A lo que replicó don Juan le dijesen que estaba allí una señora principal, que necesitaba de hablarla para un caso de mucho riesgo; y aunque al pronto lo rehusó la criada, por fin lo hubo de hacer, y dicho el tal recado a Camila respondió que estaba en visita y que sería descortesía dejarla, que volviese otro día.
A lo que replicó don Juan que no sufría dilación su necesidad; que aquella señora con quien estaba daría licencia, que ella sería breve y se podría luego volver; por lo que convencida Camila de esto, y de los ruegos de la amiga con quien estaba, pasó a su casa, y viendo a la dama que tenía echado el manto en el rostro, pareciéndole de calidad en el traje y que era recato necesario tener cubierta la cara, creyendo ser su venida a pedirle favor para con su suegro, sin reparar en más, la tomó por la mano y se fue a sentar con ella en un estrado; a lo cual el engañoso don Juan la dijo que se sirviese de oírla en parte más oculta, para que supiese a lo que venía, que era caso de honor, y se pudiese descubrir el rostro; y viendo esto Camila, se entró con ella hasta la cuadra donde tenía la cama y sentáronse en el estrado que estaba delante. Así como don Juan vio sentada a Camila, se levantó y cerró la puerta con la misma llave que estaba en la cerradura, y sacando una daga la dijo:
—A la primera voz que des, Camila, te tengo de esconder esta daga en el pecho, y los que quedan allá fuera a tus criadas; pues sé bien que hombres no los hay en tu casa, que son idos a caza con Carlos, tu traidor esposo: mírame, y conóceme por don Juan de tal (pase así por no nombrarle, que es muy conocido); no el que te enamoraba, como tú juzgabas, cuando te hablaba y escribía en los festines, sino el que deseaba vencerte, para que publicando tu flaqueza quedara vengada mi desdichada hermana Octavia, a quien Carlos tu marido burló y deshonró debajo de la palabra de esposo, a que faltó por casarse contigo, y con su afrenta vengarme de la mía, y después matarle; mas pues fue tan dichoso que tiene mujer que sabe guardar su honor más que mi liviana hermana el mío, haga la fuerza lo que no ha podido la astucia.
Y así como esto dijo, teniéndole la daga puesta al pecho, tan junta que aun matizó la punta con la inocente sangre de la desdichada dama, que medio muerta del temor de ver la muerte tan cerca y de lo que estaba escuchando, conociendo a su traidor amante, que ya tenía el rostro descubierto, no tuvo fuerzas para defenderse, y si lo hiciera, estaba ya tan resuelto y vencido del demonio, que la matara.
Cumplido don Juan su infame deseo, y viendo que Camila se había desmayado, la dejó, y abriendo la puerta salió, no cubierto como entró, sino echado el manto atrás y diciendo:
—Decidle a Carlos, vuestro dueño, que cómo, habiendo burlado a Octavia y deshonrádome a mí, no vivía con más cuidado: que ya yo me he vengado quitándole el honor con su mujer como él me lo quitó a mí con mi hermana: que yo soy don Juan, hermano de Octavia, y ahora que se guarde de mí, porque aún me falta tomar venganza en su vida, ya que la tengo en su honor.
Y como dijo esto, sin atreverse las criadas a hablar, por verle la daga y una pistola en las manos, se entró en la silla, y a los lados los dos que venían con él caminaron a un convento de religiosos descalzos, donde se ocultaron.
Acudieron las criadas a su señora, y halláronla mal compuesta y sin sentido, corriendo sangre del piquete que la daga del traidor don Juan le había hecho en los pechos; empezaron a dar voces, a las cuales acudió la amiga que vivía en casa, que el senador no estaba en ella; y sabido el caso, haciéndola remedios, volvió en sí tan desconsolada y llorosa que daba lástima a quien la miraba, y no hallándose segura de la ira de su esposo, aunque sin culpa, por no haber avisado a Carlos de la pretensión del traidor don Juan y dádole los papeles que la había escrito, aconsejada de la amiga y criadas, todas mujeres sin ánimo, antes que Carlos y el senador viniesen tomó algunos dineros y joyas, las que fuesen bastantes a alimentarla algunos meses, y una criada de las que tenía, y se fue a un convento, debiendo a esto más la vida que a su inocencia; porque encubrírselo a Carlos era imposible, por cuanto el infame don Juan, como no lo había hecho con otro fin que el de deshonrar a Carlos, lo iba publicando a voces por la casa y la calle.
Vino Carlos de su desdichada caza y halló en su cuarto a su padre haciendo extremos de loco, y sabiendo ser la causa del desdichado suceso de su casa, quedó peor que su padre: si bien el viejo senador hablaba ya dislates, mas Carlos callaba, como el que tenía la culpa y la pena en haberse asegurado de la disimulación de don Juan, culpando a Camila de lo que ella por excusarse algún riesgo había callado.
Divulgose el caso por la ciudad, andando en opiniones la conducta de Camila: unos decían que no quedaba Carlos con honor si no la mataba; otros, que sería mal hecho, supuesto que la dama no tenía culpa, y cada uno apoyaba su parecer.
Más de un año estuvo Camila en el convento y Carlos sin salir de su casa, si bien tenía espías para saber si don Juan estaba en la ciudad; mas él se debió poner en tal parte que era excusado buscarle; y si bien todos los que le visitaban le consolaban con la poca culpa de su esposa, y su padre, ya más reportado por no perderse, hacía lo mismo, con todo Carlos no tenía consuelo.
Visitó el senador a Camila en el convento y este día fue de juicio, según las lástimas que la dama hizo con él; quien, asegurado de su inocencia y viendo la disculpa que daba de no haber avisado a su esposo de la pretensión de don Juan, pareciéndole sería su recato, retiro y aspereza bastante motivo para no poner a Carlos en ocasión de perderse, trató con este que hiciese vida con su mujer, pues por parte de ella no había sido su agravio, y poniéndose por medio el gobernador y toda la nobleza de Milán, convino en ello.
Camila salió del convento, bien temerosa, aunque no culpada, y se vino a su casa tan honestamente vestida que mientras vivió no se puso más galas que las que sacó del convento, reducidas a un hábito de picote. Pareció delante de Carlos con tanta vergüenza que apenas alzó los ojos a mirarle, y él la recibió tan severo que no dio indicios de seguridad alguna. Desconsuelo bien grande para Camila, y más cuando vio que Carlos no consintió que comiese ni durmiese con él, ni hablaba con ella más de lo que no podía excusar, con lo que Camila vivía mártir. Sus ojos continuamente no enjutos de lágrimas, y como quien no tenía segura la vida, confesaba muy a menudo en su oratorio, sin salir más a ver ni ser vista de nadie, ni tampoco Carlos lo consintiera.
De esta suerte, y con esta vida, bien arrepentida de haber salido del convento, vivió poco más de un año, al cabo del cual reinó en Carlos el demonio y la dio un veneno para matarla; mas no le sucedió así, porque debía de querer Dios que esta desdichada señora padeciese más martirios, para darle en el cielo el premio de ellos; y fue el caso que no la quitó luego el veneno la vida, mas hinchose toda con tanta monstruosidad que sus brazos y piernas parecían unas gruesísimas columnas y el vientre se apartaba una gran vara de la cintura; solo el rostro no tenía hinchado. Nunca se levantaba de la cama, y en ella estaba como un apóstol, diciendo mil ejemplos y dando buenos consejos a sus criadas.
De esta suerte vivió seis meses, al cabo de los cuales, estando sola en su cama, oyó una voz que decía: «Camila, ya es llegada tu hora». Dio gracias a Dios porque la quería sacar de tan penosa vida. Recibió los sacramentos y otro día en la noche murió para vivir eternamente.
Enterrada Camila, con gran pesar de su muerte en todos los que conocían su virtud, Carlos, tomando dineros y otras joyas de valor, sin dar parte a nadie, ni a su padre, ni llevar consigo ningún criado, se desapareció una noche, con que dio a su padre bien desconsolada vejez porque no tenía otro hijo ni hija, tanto que le obligó a casarse por tenerlos.
Sospechose que Carlos había partido a buscar a su enemigo don Juan, si acaso supo parte segura donde estaba, mas de ninguno de los dos se supo jamás nueva alguna.
Octavia profesó, siendo la más dichosa, pues trocó por el verdadero Esposo el falso y traidor que la engañó y dejó burlada.
Este caso me refirió quien le vio por sus ojos, y que no ha muchos años que sucedió y me lo afirmó por muy cierto; y más os digo, que no se ha disimulado en él más que la patria y nombre, porque aún viven algunas de las partes en él citadas, como son Octavia y el senador, padre de Carlos, casado y con hijos de su segundo matrimonio.
No tengo que decir a las damas otro desengaño mayor; que habiendo oído el que he contado, ni las con culpa ni las sin culpa están seguras de la desdicha, que a todas se extiende su jurisdicción; y si esta desdicha la causan los engaños de los hombres, o su flaqueza, ellas mismas lo podrán decir, que yo, como he dicho, si hasta ahora no conozco los engaños, mal podré avisar con los desengaños.
Congojada y sonrojada acabó la hermosa Lisarda el pasado suceso, no por faltarle caudal a su entendimiento, que le sobraba para mayores desempeños, sino por huir de culpar de todo punto a los hombres en las desdichas que suceden a las mujeres, por no enojar a don Juan; el cual por alentarla la dijo:
—Cierto, bellísima Lisarda, que habéis tenido tanta gracia y donaire, así en el desengaño que habéis dicho como en las reprensiones que a las damas y caballeros habéis dado, que se puede desear, sin que seáis enfadosa, que digáis mal, y tenerlo todos por favor.
—Lo cierto es —dijo doña Isabel—, que si como es este sarao entretenido fuera certamen, la hermosa Lisarda merecía el premio. Mas de mi voto digo que soy del parecer de Carlos, que no dejó Camila de tener alguna culpa en callarle la pretensión de don Juan a los principios, que con eso se avisara a Carlos, quien sabía el agravio de su hermana.
—Eso fuera —replicó Lisis— si Camila supiera el amor de Carlos y Octavia: pues aunque se murmuraba en la ciudad, Camila, como forastera, no lo sabría; y no sé qué mujer habrá en el mundo tan necia que se atreva a decir a su marido que algún galán la pretende, pues se pueden seguir de eso muchos riesgos, y el mayor es a un hombre seguro de celos despertarle para que los tenga y no viva seguro de su mujer, supuesto que la fineza del amor es la confianza; pues aunque algunos ignorantes dicen que no es sino los celos, lo tengo por engaño; que el celoso, no porque ama más guarda la dama, sino por temor de perderla, envidioso de que lo que es suyo ande en venta para ser de otro; y así no perdió a Camila eso, pues creo que hizo como cuerda y honesta, pareciéndole, como así fuera si el falso don Juan no buscara aquella invención diabólica para su venganza, que su resistencia y recato la libraran del deshonesto amor de don Juan.
No la perdió, como digo, sino la crueldad de Carlos, pues así como se cansó de Octavia, siendo hermosa, y no teniéndola por propia, hastío que empalaga a muchos, o a todos, también le cansaría Camila, y para eso mejor fuera dejarla en el convento o divorciarse de ella, y no después de haberle dado tan triste vida, quitársela.
El desengaño le da y le dará a muchas, pues como dice el señor don Juan, mi prima Lisarda ha dado a todos documentos tan cuerdos que por ello le doy las gracias.
Con esto que dijo la hermosa Lisis cesaron de ventilar la culpa y disculpa de Camila, dando lugar a la linda doña Isabel que, acompañada de los músicos, cantó este romance:
¿Adónde vas, dueño mío, Que aquesos pasos que das, Es dar heridas al alma, Con que la dejas mortal?
Si eres tú mi propia vida, ¿Cómo es posible que vas A ser mi propio cuchillo, Sin mirar que es impiedad?
¡Cómo viviré sin ti! Dime, ¿quién alegrará Mis ojos, cuando, sin verte Llenos de penas están?
¿Qué días serán los míos, Llegando a considerar Ajena toda el aldea De tu suprema deidad?
Pues las noches... ¡ay de mí! Amparadme, voluntad, Que solo en su valentía Tiene defensa mi mal.
Detente, mi amado dueño, Mas no me quiero quejar, Que no quiero detenerte, Si con tu gusto te vas.
Mas con todo, tu partida Muy apriesa es, buena está: Si te vas, vete despacio, Detente un poquito más.
Dame un día más de vida; ¡Ay ojos, cuáles estáis! Pero si os falta la luz, Gozad de la obscuridad.
Esto cantaba un amante A su dueño, que se va, Si no a perderle, a dejarle, Que todo viene a ser mal.
Pues de todas suertes queda Con un dolor inmortal, Siendo su vista su vida, Y su muerte lo demás.
Y así cantaba llorando: ¿Dónde vas? Mira que cada paso Es un puñal, Con que a mi triste vida Muerte das.
NOCHE TERCERA.
DESENGAÑO TERCERO.
LA INOCENCIA CASTIGADA.
A la última hora de su jornada iba por las cristalinas esferas el rubicundo Apolo, recogiendo sus flamígeros cabellos por llegar ya con su carro cerca del occidente, para dar lugar a su mudable hermana a visitar la tierra, cuando los caballeros y damas de la pasada noche se habían hallado en casa de la bien entendida Lisis, honrando la fiesta de su honesto y entretenido sarao.
Estaban ya juntos en la misma sala, y no era pequeño favor haber acudido tan temprano, porque desengañar y decir verdades está hoy tan mal aplaudido, por pagarse todos más de la lisonja bien vestida que de la verdad desnuda, que había bien que agradecerles; mas eso tienen las novedades, que aunque no sean muy sabrosas, todos gustan de comerlas, y por esa causa hubo esta noche más gente que la pasada, que unos a la fama de la hermosa esclava, que ya se había transformado en señora, y otros por la hermosura de las damas convidadas, por gozar de la novedad, venían, aunque no sé si muy gustosos, por estar prevenidos de que las desengañadoras, armadas de comparaciones y casos portentosos, tenían publicada la guerra contra los hombres; si bien ellos viven tan exentos de leyes que no las conocen si no son a favor de su gusto.
Tenían duda de que las segundas, que habían de desengañar a las damas de los engaños en que viven, igualasen a las primeras, y deseaban ver cómo salían de su empeño; aunque tengo por cierto que si bien estaban estas, como las pasadas, determinadas a tratar con rigor las costumbres de los hombres, no era por aborrecerlos sino por enmendarlos, para que si les tocaba alguno no llevasen el pago que llevan las demás; y no me espanto, que suele haber engaños tan bien sazonados que, aunque se conoce que lo son, no empalagan, y aun imagino que cuando más desengañan las mujeres entonces se engañan mejor: demás que mis desengaños son para los que engañan y para las que se dejan engañar; pues, aunque en general se dice por todos, no es para todos, pues las que no se engañan no hay necesidad de desengañarlas, ni a los que no engañan no les tocará el documento.
Quién ignora que habría esta noche algunos no muy bien intencionados a quienes me parece los oigo decir: «¿Quién las pone a estas mujeres en estos disparates? Porque enmendar a los hombres es lindo desacierto».
Veamos ahora a estas bachilleras, que no faltará ocasión de venganza; y como no era fiesta en que se podía pagar un silbo a un mosquetero, dejarían en casa doblado el papel y cortadas las plumas para vengarse, mas también imagino que a las desengañadoras no se les daba mucho, que diciendo verdades no hay que temer, pues pueden poner falta en lo hablado tanto en verso como en prosa; mas en la misma verdad no puede haber falta, como lo dijo Cristo nuestro Señor cuando dijo: «Si verdad os digo, ¿porqué no me creéis?»
Que trabajos del entendimiento, el que sabe lo que es, lo estima, y el que no lo sabe, su ignorancia le disculpa; como sucedió en la primera parte de este sarao, que si unos le desestimaron, ciento le aplaudieron, y todos le buscaron y le buscan, y ha gozado de tres impresiones, dos naturales y una hurtada, que los bien intencionados son como la abeja, que de las flores silvestres y sin sabor ni olor hace dulce miel; y los malos, como el escarabajo, que de las olorosas hace basura.