Novelas ejemplares y amorosas

Part 29

Chapter 294,333 wordsPublic domain

—No sé, Carlos, cómo me tienes por tan cruel e ingrata como has mostrado y das a entender en tus versos, pues has merecido llegar al favor que hoy gozas, a pesar de mi recato y nobleza, sin haberme asegurado de un dichoso fin en tu pretensión; y yo, por quererte bien, aún no he reparado en eso ni mirado lo mal que le está a mi opinión, y a la de mis padres y hermanos, galanteos sino de quien ha de ser mi esposo, y ahora, mal hallado con la merced que te hago, te quejas de ingratitudes y crueldades cuando debieras mirar que fuera tenerlas conmigo misma, si hiciera lo que pides sin resguardo de mi honor: tú sí que eres cruel conmigo, pues pudiéndome hacer dichosa, me haces desdichada; que claro es que perderé esposo por tu causa, y no te ganaré a ti, como si desmereciera yo esta dicha.

Pobre soy para igualarme a tu riqueza; en esto confieso que me excedes, pero en lo demás te igualo; y cuando no lo fuera, amor iguala bajezas con grandezas fiadoras: esta poca o mucha belleza que tengo, que esto será lo que tú quieres, ¿por qué estás cobarde de hacerla tuya? Y cuando haciéndolo me conozcas ingrata, entonces te podrás levantar por desvalido, y si no, conténtate con lo que alcanzas y no te quejes; y para que en ningún tiempo lo puedas hacer justamente de mí, te digo que, menos que siendo mi esposo, ni pidas más ni alcanzarás más; y aun esto lo he hecho pareciéndome a mí que un hombre de tu entendimiento y capacidad, el día que se puso y determinó a amar una mujer de mi calidad y prendas, no había de ser con otro intento y fin.

Con esto calló; y Carlos, como no lo había de cumplir, no se le hizo dificultoso prometerlo, y así la respondió:

—Hermoso dueño mío, no quiera el cielo que por cosa que a mí me está bien me quite a mí propio la dicha de ser vuestro y de gozar los favores que tanto deseo; y para conseguirlo y teneros a vos segura, y que vos lo estéis de mí, yo os daré, no una vez sino mil, la fe y palabra de ser vuestro esposo; pero con la condición de que por ahora esté secreto, por la avara y civil condición de mi padre que piensa darme mujer aún más rica que él, sin mirar que la riqueza más grande es vuestra hermosura.

¡Qué liberal promete Carlos, y qué ignorante cree Octavia! Liviandad me parece; mas vaya, que ella se hallará burlada; que promesas de rico a pobre pocas veces se cumplen, y más en casos amorosos.

Quería Carlos alcanzar, y prometía; y quería Octavia marido de las prendas de Carlos, y así, pareciéndola que con el dote de la hermosura la bastaba, aceptó, dándole a Carlos las gracias: y Carlos, después de haber venido la criada, tercera en estas locuras, delante de ella la dio fe y palabra de ser su marido.

¡Ah, Octavia, y qué engaño se te previene! En la hermosura te fías, sin mirar que es una flor que en manoseándola un hombre se marchita, y en marchitándose la arroja y la pisa. Este es el mismo desengaño, hermosas damas; no creáis que ningún hombre lo que hace enamorado lo hará después arrepentido; y si alguno lo ha hecho, es un milagro, y aun después lo hace pagar bien caro.

Riose Octavia: ¡oh mujer fácil! Abrió a Carlos la puerta: ¡oh loca! Entregó la joya más rica que una mujer tiene: ¡oh hermosura desdichada! No quiero decir más en esto, que el mismo suceso desengañará. Gozaron sus amores muchos días, entrando Carlos con secreto en casa de Octavia. No se arrepintió Carlos tan presto, pues antes se hallaba muy gustoso con su amada prenda, y ella teniéndose por extremo dichosa.

Ocasionáronse en este tiempo las largas y peligrosas guerras de aquellos reinos, que no solo lloran ellos sino nosotros; pues de esto se originó entrársenos en España y costarnos a todos tanto como cuesta; y en una de las batallas que se dieron murió el padre de Octavia, por seguir ya anciano el ejercicio de su mocedad, que eran las armas; y su madre a pocos meses murió también de pena de haber perdido su amado esposo. ¡Dichosos en perder la vida antes que se la acabara ver la perdición de su hija!

Don Juan, luego que supo la muerte de sus padres y que ya no tenía freno a sus travesuras, vino al punto a Milán, más cursado en juegos y amoríos que en los estudios; que como no los seguía de voluntad, mas de por la fuerza que le hacía su padre, no había aprovechado nada en ellos, sino contribuido a acabar parte de la hacienda que había, y arrimando los hábitos y libros empezó a gastar la que había quedado, sin mirar que tenía una hermana moza, hermosa, y por tomar estado; y para que ella no gastase nada, la tenía tan encerrada y necesitada de todo que, aunque él no la tuviera así, ella misma se quitara de los ojos de todos por no parecer en menos porte que el que traía en vida de sus padres; porque aunque tenía algunas joyas de valor que Carlos la había dado, no osaba que don Juan se las viese; porque tan presto como llegaran a sus ojos las tuviera puestas con dueño.

Con estos sucesos cesó el poder entrar Carlos en su casa como solía; no porque don Juan supiese nada, sino por temor de que no lo entendiese, viendo que Carlos no quería, por temor de su padre, que se publicase; de manera que apenas se veían si no era pasando por la calle, y eso con mil temores, por conocer la arrebatada condición de don Juan y que con él no había hora segura; de que los dos amantes estaban tan impacientes, que ni Carlos vivía ni sosegaba, ni Octavia enjugaba sus ojos: el mayor alivio que tenían era escribirse por medio de aquella criada dicha, la cual un día trajo un papel a su señora, que Carlos le dio, con estas décimas; habiendo tomado asunto para ellas haber visto a Octavia en el balcón muy triste y llorosa, como la que más sentía el estar apartada de su esposo, que tal creía que era Carlos:

Triste estáis, dueño querido, Y puedo decir que al sol Le ha faltado el esplendor De que siempre está vestido: El gusto tenéis perdido, Y yo no os le puedo dar; Mas si para remediar La alegría perdida, Habéis menester mi vida, Con gusto os la quiero dar.

Leandro seré en perderla Con voluntad animosa; Porque en mi poder no hay cosa Que no seas dueño de ella: Y si por secreta estrella Para ser vuestro nací, Y falta el poder en mí Para alegrar vuestros ojos, Dadme a mí aquesos enojos, Hareisme dichoso así.

¡Ay, quién poderoso fuera De poderos alegrar! Porque como os supe amar, Daros contento supiera: El sol en su sacra esfera Aun no estuviera seguro; Y por vuestros ojos juro Que son en mí sus enojos Prados de espinas y abrojos, Donde el sufrimiento apuro.

Mas, señora, si mi suerte, De mis glorias enemiga, Es la misma que os obliga A que sufráis esa muerte: Decidle que porque acierte Su golpe ejecute en mí; Y vos, mi dueño, vivid: Y si no, pedidle vos Que le ejecute en los dos, Y será acertado así.

Mas en tanto que esto llega, Alegraos, que, vive Dios, Que a mí me matáis, si vos Os matáis de rabia ciega: En mis lágrimas se anega Este papel amoroso, En vuestras manos dichoso Cuando las llegue a besar; Pues sin saber qué es amar, Más es que yo venturoso.

Muchos días, como he dicho, se pasaron sin que estos dos amantes pudiesen dar alivio a sus penas; porque don Juan, o de celoso, o mal intencionado, el día que iba a misa no se quitaba de su lado; que otras visitas no se las dejaba hacer: con que Carlos estaba desesperado y Octavia perdía el juicio; hasta que sucedió que en una casa de juego, sobre jugar una suerte mató a un caballero principal de la ciudad, y queriéndole prender por ella se escapó y retiró a un convento, viendo que si le prendían no le iría muy bien, respecto de traerle ya sobre ojo la justicia por sus travesuras; y desde allí avisó por un papel a su hermana que, deshaciéndose de algunas cosas de casa, le juntase el dinero que pudiese para ponerse a mejor recaudo; porque le habían avisado trataban de sacarle de la iglesia; que en llegando a Nápoles, donde quería irse, la avisaría o enviaría por ella, dándola asimismo media docena de documentos de lo que había de hacer en su ausencia, quien los pudiera también tomar para él.

Así se hizo como él pidió, supliéndolo todo Carlos porque Octavia no se deshiciese de sus joyas, y con todo secreto fue a ver a su hermana, y despedido de ella, se pasó al reino de Nápoles, quedando Carlos con la ausencia de don Juan por dueño de la casa de Octavia, entrando y saliendo de ella sin ningún recato, restaurando los gustos perdidos con tantos excesos que ya le vinieron a cansar, dando lugar a que toda la ciudad lo murmurase, y a que todas las señoras amigas de Octavia se retrajesen de su comunicación, por estar su fama tan oscurecida.

Más de dos años pasaron de esta suerte, pues aunque Carlos se hallaba ya achacoso de la voluntad, no se atrevía a declararse de todo punto con Octavia, si bien ella vivía ya menos segura de que Carlos la cumpliese la palabra, conociendo en su tibieza su desdicha, porque no le veía con tanta puntualidad ni la trataba con el cariño que antes.

Si muchas noches faltaba al lecho y a las lágrimas que Octavia vertía, y a las bien entendidas quejas que le daba, él ponía por excusa a su padre, diciendo que le reñía porque salía de casa de noche; y si ella le hablaba en razón del casamiento, la respondía que si le quería ver destruido y muerto a manos de su padre: y aunque Octavia le suplicaba que por excusar la ofensa a Dios se casasen en secreto, la decía que si era él persona que cuando llegase la ocasión se había de casar así. Avivó con estas cosas la desconfianza de Octavia, dándose por perdida y dudando de la poca fe de Carlos; martirizaba sus ojos y ajaba su hermosura, mientras Carlos estaba cada día más desapasionado.

¡Ah, qué se les pudiera decir ahora a los hombres, infamando a Carlos de engañador, de falso y mal caballero!; ¡y quién pudiera afear a Octavia su flaqueza, para que las damas, viendo reprender a Octavia, mirasen lo que habían de hacer!; mas este desengaño se lo está diciendo por mí; fíense, fíense, que al cabo se hallarán como Octavia se halló, sin esposo, sin honor y aun sin amante, que Carlos aun de serlo estaba arrepentido.

Carlos no alcanzaba, y se desesperaba: Carlos alcanzó, y se arrepiente: y es lo peor que este Carlos debió de procurar muchos Carlos, que aunque en todos tiempos los ha habido, y hoy lo son todos y todas son Octavias, ni ellos se arrepienten de serlo ni ellas tampoco, cayendo cada día en los mismos hoyos que cayeron los pasados.

Ya, en fin, Carlos, cansado de Octavia, no le parecía tan hermosa ni le agradaba su asistencia, ni le descuidaba su cuidado; y como naturalmente se enfadaba de ella, todo le enfadaba; la asistencia era poca, los cariños eran menos: ya se descuidaba del ordinario sustento, y si se le pedía, ponía ceño; de manera que Octavia se halló en el estado de aborrecida sin saber cómo; y si bien conocía los lazos que en otro tiempo tenían preso a su desconocido dueño, ya los ponderaba dogales para el cuello, y disimulaba cuanto podía por no acabar de perderle.

¡Ah, desdichadas mujeres, que el mismo martirio conserváis por no perderle! ¡Dichosas muchas veces las que, libres de tal mal, conserváis la vida en quietud, sin estar agradando un tirano que cuando más propio le tenéis más perdido!

Finalmente, Carlos aborreció a Octavia, y estaba tan cansado de ella que se pasaban los dos y los tres días sin verla; y si la veía era a fuerza y con poco aliento; y de todo no tenía culpa su padre, que él no la tenía de todo punto, porque aunque eran ya estos amores tan públicos que ni él ni nadie los ignoraba, y le reprendía como padre, y pudiera por esta parte no acudir a ellos, no era tan a menudo que le estorbase lo que él mismo, con el poco gusto que tenía, se estorbaba.

Sucedió, pues (que cuando las desdichas han de venir, no faltan acasos que alienten), que en Navarra murió un caballero, amigo del senador, padre de Carlos, y le dejó por testamentario y tutor de una sola hija que tenía, llamada Camila, de edad de veinte años, medianamente hermosa y sumamente rica: si bien la mayor riqueza de Camila era la virtud, que sobre ser honesta y virtuosa criatura, su entendimiento y demás gracias eran grandes.

Pues como el senador vio la ocasión, aplicó luego tal joya para su hijo, y como lo pensó lo quiso efectuar; y llamándole a solas se lo comunicó, engrandeciendo las prendas de Camila y el acierto que en que fuese su esposa se hacía, añadiendo a esto afearle la amistad de Octavia y diciéndole lo mal que parecía en Milán, aunque la estimase por amiga, cuanto y más tomarla por esposa, pues una mujer que se había rendido a él, ¿qué confianza podía tener que no se rindiese a otro?, y que la hermosura de todos era apetecida; añadiendo a eso que si no ponía remedio en ello, dotándola para que se casase o entrase religiosa, admitiendo la esposa que le proponía, que con la potestad que tenía de juez haría en ella un ejemplar castigo, desterrándola de Milán públicamente por inquietadora de su casa.

Como Carlos ya no amaba a la desdichada Octavia, dando las disculpas a su padre convenientes y asegurándole pondría en orden su vida, y haciendo que Octavia se entrase en un convento, aceptó el casamiento de Camila, aficionándose, como mudable, de la nueva dama que esperaba tener por suya.

Y porque Octavia no le impidiese mediante la palabra que delante de testigos la había dado, añadió un engaño a otro. Fue a ver a Octavia, fingiéndose muy triste; y la afligida dama, como le quería y siempre estaban colgados sus ojos de su semblante, y le vio algunas ternezas en ellos, o falsedades, por no mentir, y dar algunos congojosos suspiros, sintiendo más su pena que él mismo, empezó a temer, y más viendo que Carlos, sin rogárselo, como muchas veces la había sucedido, porque después que la había aborrecido si no era a fuerza de lágrimas no podía alcanzar tal favor, se desnudó y puso en el lecho, haciendo ella lo mismo, para que en aquel amoroso potro confesase, apretado de los lazos que le pusiese al cuello, que no era menester apretarlo mucho, porque él tenía voluntad de decirlo, pues de industria se mostraba tan afligido. Al fin, con amorosas caricias le dijo:

—No sé qué me tema, oh Carlos y señor mío, de lo que veo en ti esta noche, y de tus suspiros en el pecho y lágrimas en los ojos, y que no paras conmigo. La pena que causa esta novedad, a la cuenta yo soy quien te la da; y si es así, cree que será con ignorancia y no de malicia; y entender lo contrario será en ti falta de conocimiento y aun de voluntad; porque si de mí entendiera que pendía ni aun con el pensamiento ofenderte, antes que tú llegaras a saber mi delito me le castigara yo quitándome la vida; y supuesto esto, si quieres que yo más justamente te ayude a sentir lo que sientes, comunica conmigo tu pena y sácame de tanta confusión, que me tienes ahogada en temores y sepultada en sospechas.

No aguardaba más el engañoso Carlos, y así, fingiendo mayores ahogos y más apretados sentimientos, la respondió:

—Mucho me pesa, Octavia mía, que juzgues que es mi pena por desaciertos tuyos; que si alguna cosa me obliga a adorarte y estimarte, es tu cordura y honestidad, pues con ser tu hermosura tanta, es más que tu hermosura, pues si ella me enamoró, tus virtudes me cautivaron; y cree que aunque eres tú la causa de mi sentimiento, no eres tú, supuesto que no tienes más culpa en ella sino por ser desgraciada y no haber nacido rica, ocasión para que mi padre te aborrezca y yo no me atreva a decirle que eres mi esposa; y para no darte la purga en taza dorada, sino que la bebas de una vez, mi padre ha sabido de hecho todos nuestros amores y la asistencia que tengo en tu casa, la continuación con que te asisto, y rematadamente le han dicho que me quiero casar contigo, que le gasto la hacienda y otras cosas en que se adelantó la lengua traidora que se lo dijo; que a saber yo de quién era, la hubiera sacado del lugar donde se halla.

Él está, como padre, enojado; y como juez, airado, y como viejo avaro sin paciencia ha jurado te ha de prender, y por inquietadora de la ciudad y de su hijo desterrarte públicamente, añadiendo que hará buscar a tu hermano, cuando esto no baste, y le obligará con decirle tus flaquezas a que te dé el merecido castigo. No me atreví, según le veía, a declararle la verdad, ni tampoco a casarme luego, por no agravar más el caso ni provocarle a más cólera, porque si ahora, en duda, es su ira tanta, ¿qué será si lo tuviese por verdad? Tengo por sin duda que a entrambos nos quitara la vida.

Esta es mi confusión y tristeza, porque sé cuán aprisa se ejecutará lo que ha dicho: aquí estoy contigo, y te tengo en mis brazos, y te estoy llorando ausente y desterrada con tanta afrenta, o en poder de la ira de tu hermano, adonde corre riesgo tu vida y la mía: ahora que lo sabes, mira si con tu divino entendimiento hallas salida a tantas desdichas como se nos aparejan, pues claro es que pasándolas tú, son tan mías como tuyas.

En gran espacio no pudo responder Octavia a Carlos, temiendo, como flaca mujer, el daño que la amenazaba, no sospechando de Carlos cautela ninguna, viéndole con tan tiernos sentimientos; mas, cobrándose de la pasión que tenía, le respondió, desperdiciando hermosas perlas:

—¡Ay, Carlos, y qué de días ha que ha temido y teme esto mi triste corazón! Y cuando te rogaba con tantas ansias que me hicieras de todo punto dichosa, no era por temer que me habías de faltar a la palabra dada, sino por escapar de esta tempestad con honor, y tú creías que era desconfianza de tu amor; que si estuvieras casado conmigo, a lo hecho ¿qué podía hacer tu padre?, pues no aventuraba a perder más de los bienes de fortuna, que en lo demás no le debo nada. Pedirte en el riesgo que lo hagas es excusado, pues el que no lo hizo en la bonanza de la paz mucho menos se puede esperar lo hará en la tempestad de la guerra; y así, no trato de nada más de huir de la fortuna que me amenaza, fiada en que obrarás como cristiano y como buen caballero. Mira tú ahora dónde será bien esconderme del rigor de tu padre, y si será a propósito salirme de Milán por algunos meses u ocultarme en casa de algún deudo mío.

—No, Octavia mía, no —dijo entonces el cauteloso Carlos—; salirte de la ciudad es muy a costa mía, que no podrán mis ojos, enseñados a mirar tu belleza, vivir sin ella: en casa de ningún pariente, tampoco, porque yo no he de dejar de entrar a verte, y dos veces que sea notado de las espías que me ha de poner mi padre, no hallándote a ti cuando te busque, ha de correr el mismo peligro: lo que me parece más a propósito es entrarte en un convento, y que lleves a él tu hacienda y criadas, y te estés allí algunos meses en tanto que a mi padre se le pase la ira, que viéndote a ti en clausura y a mí obediente, no le durará mucho, que al fin es padre y hará como tal; que cuando yo te saque de él para mi esposa, podrá ser estén las cosas de otra manera: allí te veré todos los días, y te iré dando joyas y dineros para que, pues la codicia de mi padre es tanta, no obstante que a ti la riqueza de tu hermosura te bastara, tengas con que hartarla y satisfacerla.

Concedió Octavia en lo que ordenó Carlos; y no fue mucho que la engañara, según él lo sabía ponderar, y haciéndola mil caricias y prometiéndola de nuevo ser su esposo, se despidió de sus brazos con caudalosos ríos que vertían sus ojos.

Llegó el día, y con él se dispuso todo, de suerte que antes de la noche ya Octavia estaba en el convento y Carlos libre de su embarazo, quien avisando a su padre como ya Octavia estaba en religión, se efectuó el casamiento con Camila, partiéndose el senador mismo a Navarra por ella.

Más de un mes se pasó en disponer las cosas para la boda, visitando en este tiempo cada día a Octavia con tantas finezas y agasajos que, como la dama había visto en él tantos despejos desde que la había aborrecido, y ahora le juzgaba tan amante, daba por bien empleada su reclusión.

Regalábala mucho y dábala joyas de valor, que ella tomaba creyendo que era para la causa que le había dicho, que era aumentar su dote; mas Carlos iba con otra intención, porque como no se había de casar con ella, quería de este modo satisfacer a su obligación, para que, cuando Octavia supiese que se había casado, no lo sintiese tanto, viéndose rica para tomar otro estado, imaginando que con el oro doraría la falta de su fama.

¡Quién hiciera esta traición sino un hombre! Mas quiero callar, que el mismo suceso dice más de lo que yo puedo expresar.

Llegose el día deseado de Carlos, ya nuevamente enamorado de Camila, que aunque no muy hermosa, el trato y ser ropa nueva le hacía apetecerla. Tenía Camila la belleza que ha de tener la propia mujer, pues más en las virtudes que en hermosura ha de florecer; demás que no era tan fea que pudiera por esto ser aborrecida, y cuando lo fuera la hiciera hermosa más de cincuenta mil ducados que tenía de dote, y deseaba ya Carlos verse dueño de todo.

Desposose y velose Carlos con mucho gusto y grandes fiestas, olvidando de todo punto la obligación de Octavia. Pasados dos o tres días en las ocupaciones dichas, ya más moderados los alientos de desear, con haber gozado de su esposa y tenerla ya, como suya, menos apreciada; pues como dijo un galán que otro día después de haberse casado estaba triste, y siendo preguntado si estaba arrepentido, respondió: «¿Pues quién ignora que no fuera casamiento si no lo estuviera?»

En fin, como digo, acordose Carlos de Octavia, y que era fuerza desengañarla: como él no pensaba verla más, la escribió un papel que decía así:

«Cuando los sucesos están dispuestos del cielo, ni sirve desearlos ni pretenderlos: que fueses, hermosísima Octavia, mía, y yo tuyo, se ve que no lo estaba, pues permitió otra cosa. Sabe Dios lo que siento el desengañarte, mas, pues no puede ser menos, mayor crueldad será tenerte engañada que haberte trocado por otra: mi padre me ha casado con una señora de la calidad y nobleza que sabrás tiene mi esposa Camila, demás de haber juntado a mi hacienda cincuenta mil ducados, de que soy dueño, y tú también, si quieres serlo, pues todo estará a tu voluntad si quieres usar de ella como de tu entendimiento espero: ya no sirven lágrimas ni desesperaciones, porque lo hecho no tiene remedio; el tuyo deseo, como quien te ha querido tanto; y así, te suplico pongas la mira en el estado que gustes elegir. Es cierto que por mi gusto el de religiosa te suplico que admitas; yo te ayudaré con mi persona y hacienda, y excusarasme con esto la pena que recibiré en ver la belleza que ha sido mía en poder de otro dueño.»

Había pasado Octavia los días que Carlos había faltado muy angustiada, no pudiendo imaginar la causa, y más no atreviéndose a enviar a saber de Carlos por el peligro que temía, y así que recibió el papel, bien asustada le abrió, le leyó, y viendo en él la sentencia de su muerte en la burlada fe de Carlos, se cayó tan amortecida que, por más remedios que la hicieron, no volvió en sí en muchas horas; y ya que fue restaurada en sus sentidos, hacía tales extremos y cosas como pudiera hacer una mujer loca; y sin duda se quitara la vida si las criadas y religiosas la dejaran sola.

En fin, algo más quieta, de allí a dos días despachó a Nápoles un propio con una carta a su hermano, diciéndole en ella que sin temor de ningún peligro se viniese luego a Milán, que tenía necesidad de él para cosas tocantes a su honor, avisándole dónde estaba para que se viniese allí derecho. Leída la carta por don Juan, al punto se puso en camino.