Novelas ejemplares y amorosas

Part 28

Chapter 284,149 wordsPublic domain

De la misma suerte que la víbora pisada me pusieron las infames palabras y aleves obras del ingrato don Manuel, y queriendo responder a ellas, Luis, que desde el punto que él había empezado su plática había mejorado de lugar y puéstose al mismo lado de don Manuel, sacando la espada y diciendo:

—Oh falso y mal caballero, ¿de esa suerte pagas las obligaciones y finezas que debes a un ángel?

Viendo que a estas voces se levantaba don Manuel, metiendo mano a la suya, le tiró una estocada tal que, o fuese por cogerle desapercibido, o que el cielo por su mano le envió su merecido castigo y a mí la deseada venganza, le pasó de parte a parte con tal presteza que al primer «¡ay!» le salió el alma del cuerpo, dejándome a mí casi sin ella, y en dos saltos se puso a la puerta diciendo:

—Ya, hermosa doña Isabel, te vengó don Felipe de los agravios que te hizo don Manuel; quédate con Dios, que si escapo de este riesgo con vida yo te buscaré —y en un instante se puso en la calle.

El alboroto en un fracaso como este fue tal que es imposible contarle, porque las criadas, unas acudieron a las ventanas dando voces y llamando gente, y otras a doña Eufrasia, que se había desmayado, de suerte que ninguna reparó en Zaida, que como siempre había tenido cautivas cristianas, no sabía ni hablaba muy mal nuestra lengua; y no habiendo entendido todo el caso, viendo a don Manuel muerto, se arrojó sobre él llorando, y con el dolor de haberle perdido le quitó la daga que tenía en la cinta, y antes que nadie pudiese, con la turbación que todas tenían, prevenir su riesgo, se la escondió en el corazón, cayendo muerta sobre su infeliz amante.

Yo, que como más cursada en desdichas era la que tenía más valor, por una parte lastimada del suceso y por otra satisfecha con la venganza, viéndolos a todos revueltos y que ya empezaba a venir gente, me entré en mi aposento, y tomando todas las joyas de Zaida que de más valor y menos embarazo eran, que estaban en mi poder, me salí a la calle, lo uno porque la justicia no asiese de mí para que dijese quién era don Felipe, y lo otro por ver si le hallaba, para que entrambos nos pusiésemos en salvo; mas no le hallé.

En fin, aunque había días que no pisaba las calles de Zaragoza, acerté la casa de Octavio, que me recibió con más admiración que cuando la primera vez fui a ella, y contándole mis sucesos, reposé allí aquella noche (si pudo tener reposo mujer por quien habían pasado y pasan tantas desventuras), y así aseguro que no sé si estaba triste o alegre; porque por una parte el lastimoso fin de don Manuel, como aún hasta entonces no había tenido tiempo de aborrecerle, me lastimaba el corazón; por otra sus traiciones y malos tratos, considerándole ya no mío sino de Zaida, encendía en mí tal ira que tenía su muerte y mi venganza por consuelo: considerando además el peligro de don Felipe, a quien tan obligada estaba por haber hecho lo que a mí me era fuerza hacer para volver por mi opinión perdida. Todo esto me tenía con mortales ahogos y desasosiegos.

Otro día salió Octavio a ver por la ciudad lo que pasaba, y supo cómo habían enterrado a don Manuel y a Zaida: al uno como a cristiano, y a ella como a mora desesperada; y cómo a mí y a don Felipe nos llamaba la justicia a pregones, poniendo grandes penas a quien nos encubriese y ocultase, así me fue forzoso estarme escondida quince días hasta que se sosegase el alboroto de un caso tan prodigioso: al cabo de los cuales persuadí a Octavio fuese conmigo a Valencia, que allá más seguros le diría mi determinación.

No le iba a Octavio tan mal con mis sucesos, pues siempre granjeaba de ellos con qué sustentarse, y así me lo concedió; y puesto por obra, tres o cuatro días estuve después de llegar a Valencia sin determinar lo que dispondría de mí; unas veces me determinaba a entrarme en un convento hasta saber nuevas de don Felipe, a quien no podía negar la obligación que le tenía, y a costa de mis joyas sacarle libre del peligro en que estaba por el delito cometido, y pagarle con mi persona y bienes, haciéndole mi esposo; mas de esto me apartaba el temor de que quien una vez había sido desdichada no sería jamás dichosa. Otras veces me resolvía a irme a Murcia con mi madre; y de esto me disuadía el imaginar cómo parecería ante ella, habiendo sido causa de la muerte de mi padre y de todas sus penas y trabajos.

Finalmente, me resolví tomar la determinación con que empecé mis fortunas, que era ser siempre esclava herrada, pues lo era en el alma; y así, metiendo las joyas de modo que las pudiese siempre traer conmigo, y este vestido en un lío que no pudiese parecer más de ser algún pobre arreo de una esclava, dando a Octavio satisfacción del trabajo que por mí tomaba, le hice me sacase a la plaza y a pública voz de pregonero me vendiese, sin reparar en que el precio que le diesen por mí fuese bajo ni subido.

Con grandes veras procuró Octavio apartarme de esta determinación, poniéndome por delante quién era, lo mal que me estaba; y que si hasta entonces por reducir y seguir a don Manuel lo había hecho, ya era excusado seguir una vida tan vil; mas viendo que no podía reducirme, quizá por permisión del cielo, que me quería traer a esta ocasión, me sacó a la plaza, y de los primeros que llegaron a comprarme fue el tío de mi señora Lisis, que aficionado, o por mejor decir enamorado, como pareció después, me compró, pagando por mí cien ducados; y haciendo a Octavio merced de ellos, me despedí de él, y él se apartó de mí llorando, viendo cuán sin remedio era ya el verme en descanso, pues yo misma me buscaba los trabajos.

Llevome mi señor a su casa y entregome a mi señora doña Leonor, la cual poco contenta, por conocer a su marido travieso de mujeres, quizá temiendo de mí lo que le debía de haber sucedido con otras criadas, no me admitió con gusto; mas después de algunos días que me trató, satisfecha de mi proceder honesto, admirando en mí la gravedad y estimación que mostraba, me cobró amor, y más cuando viéndome perseguida de su marido, se lo avisé, pidiéndole pusiese remedio en ello, y el que más a propósito halló fue quitarme de sus ojos.

Con esto ordenó enviarme a Madrid, y a poder de mi señora Lisis, que dándome nuevas de su afable condición vine con grandísimo gusto en mejorar de dueño, que en esto bien le merezco ser creída; pues por el grande amor que la tengo, y haberme importunado algunas veces la dijese de qué nacían las lágrimas que en varias ocasiones me veía verter, y yo haberla prometido contarlo a su tiempo, lo he hecho en esta ocasión; pues para contar un desengaño, ¿qué mayor que el que habéis oído en mi larga y lastimosa historia?

Ya, señores —prosiguió la hermosa doña Isabel—, pues he desengañado con mi engaño a muchas, no será razón que me dure toda la vida vivir engañada, fiándome en que tengo de vivir hasta que la fortuna vuelva su rueda en mi favor.

Ya no ha de resucitar don Manuel, ni cuando esto fuera posible me fiara de él ni de ningún hombre, pues a todos los contemplo en este, engañosos y taimados para con las mujeres; y lo que más me admira es que ni el noble, ni el honrado, ni el de obligaciones, ni el que más se precia de cuerdo, hace más con ellas que los civiles y de humilde esfera, porque han tomado por oficio decir mal de ellas, desestimarlas y engañarlas, pareciéndoles que en esto no pierden nada; y si lo miran bien, pierden mucho: porque mientras más flaco y débil es el sujeto de las mujeres, más apoyo y amparo habían de tener en el valor de los hombres.

Mas a esto basta lo dicho, que yo no lo he menester ya, porque no quiero haberlos menester, ni me importa que sean fingidos o verdaderos, pues tengo elegido amante que no me olvidará y esposo que no me despreciará, a quien contemplo con los brazos abiertos para recibirme.

Y así, divina Lisis (esto dijo poniéndose de rodillas), te suplico, como esclava tuya, me concedas licencia para entregarme a mi divino Esposo, entrándome en religión en compañía de mi señora doña Estefanía, para que en estando allí avise a mi triste madre, porque en compañía de tal Esposo ya se holgará hallarme, y yo no tendré vergüenza de parecer en su presencia; y ya que la he dado triste mocedad, darela descansada vejez.

En mis joyas me parece tendré para cumplir el dote y los demás gastos. Esto no es razón me lo neguéis; y pues por ingrato y desconocido amante he pasado tantas desdichas, y siempre con los hierros y nombre de esclava, ¿cuánto mejor es serlo de Dios, y a él ofrecerme con el mismo nombre de la Esclava de su amante?

Aquí dio fin la hermosa doña Isabel con un ternísimo llanto, dejando a todos compasivos y lastimados, en particular a Lisis, que como acabó y la vio de rodillas ante sí, la echó los brazos al cuello, juntando su hermosa boca con la mejilla de doña Isabel, a quien dijo con mil hermosas lágrimas y tiernos sollozos:

—¡Ay, señora mía!, ¿y cómo habéis permitido tenerme tanto tiempo engañada, teniendo por mi esclava a la que debía ser y es señora mía? Esta queja jamás la perderé; y os pido perdonéis los yerros que he cometido en mandaros como a esclava, contra vuestro valor y calidad. La elección que habéis hecho, en fin, es hija de vuestro entendimiento; y así yo la tengo por muy justa, y excusado es pedirme licencia, pues vos la tenéis para mandarme como a vuestra; y si las joyas que decís tenéis no bastaren, os podéis servir de las mías, y de cuanto yo valgo y tengo.

Besaba doña Isabel las manos a Lisis mientras le decía esto; y dando lugar a las damas y caballeros que la llegaban a abrazar y ofrecérsele, se levantó, y después de haber recibido a todos, y satisfecho a sus ofrecimientos con increíble donaire y despejo, pidió una arpa, y sentándose junto a los músicos, y sosegados todos, cantó este romance.

Dar celos quita el honor, La presunción, pedir celos, No tenerlos no es amor, Y discreción es tenerlos.

Quien por picar a su amante Pierde a su honor el respeto, Y finge, o que no hace, O se determina a hacerlo,

Ocasionando el castigo Se pone a cualquiera riesgo, Que también supone culpa La obra como el deseo.

Quien pide celos no estima Las partes que le dio el cielo, Y ensalzando las ajenas Abate el merecimiento.

Está a peligro que elija Su mismo dueño por dueño, Lo que por reñir su agravio Sube a la esfera del fuego.

Quien tiene amor y no cela, Todos dicen, y lo entiendo, Que no estima lo que ama, Y finge sus devaneos.

Celos y amor no son dos; Uno es causa, el otro efecto, Porque efecto y causa son Dos, pero solo un sujeto.

Nacen celos del amor, Y el mismo amor son los celos, Y si es, como dicen, dios, Una en dos causas contemplo.

¿Quién vive tan lastimado, Que no teme será necio, Pues quien más estado alcanza, Más cerca está de perderlo?

Seguro salió Faetón Rigiendo el carro febeo, Confiado en su volar Por las regiones del cielo.

Ícaro en alas de cera, Por las esferas subiendo: Y en su misma confianza, Ícaro y Faetón murieron.

Celos y desconfianza, Que son una cosa es cierto: Porque el celar es temer, El desconfiar lo mesmo.

Luego quien celos tuviere Es fuerza que sea discreto; Porque cualquier confiado Está cerca de ser necio.

Con aquesto he desatado La duda que se ha propuesto; Y responderé a cualquiera Que deseare saberlo,

De que en razón de celos, Es tan malo darlos Como tenerlos.

Pedirlos, libertad; Darlos, desprecio; Malo es tenerlos;

Pero aqueste quiero, Porque mal puede amor Serlo sin ellos.

NOCHE SEGUNDA.

DESENGAÑO SEGUNDO.

LA MÁS INFAME VENGANZA.

Acabada la música, ocupó la hermosa Lisarda el asiento situado para las que habían de desengañar, temerosa de haber de mostrarse apasionada contra los hombres, estando su amado don Juan presente; mas pidiéndole licencia con sus hermosos ojos, como si dijera: «Más por cumplir con la obligación que por ofenderte hago esto», empezó así:

—Mandásteme, hermosa Lisis, que fuese la segunda en dar desengaños a las damas, de que deben escarmentar en sucesos ajenos para no dejarse engañar de los hombres; y cierto que más por la ley de la obediencia me obligo a admitirlo que por sentir que tengo de acertar.

Lo primero, porque aún no he llegado a tiempo de desengañarme a mí, pues aún apenas sé si estoy engañada, y mal puede quien no sabe un arte, sea el que fuere, hablar de él, y tengo por incivilidad decir mal de quien no me le ha hecho; y con esto mismo pudiera disculpar a los hombres; pues lo cierto es que los que se quejan están agraviados, que a no ser así no son tan menguados de juicio que dijeran tanto mal como de las mujeres dicen: y para que ni ellos se quejen, y yo cumpla con lo que me es mandado, sucintamente referiré un caso que sucedió a una principal dama, con lo que me parece desengañaré a las que hubieren menester desengañarse; y sobre todo pienso que no conseguiré fruto alguno.

Por donde la hermosa doña Isabel ha salido tan bien de su empeño, escarmentando a todas con su mismo suceso, no deja de ser atrevimiento querer ninguna lucir como ha lucido, y menos mi entendimiento, que carece de todo acierto; mas suplicando a todo este auditorio hermoso y noble perdonéis las faltas de él, digo así:

No ha muchos años que en la nobilísima y populosa ciudad de Milán había un caballero dotado de todas las prendas, gracias y prerrogativas de que puede colmar naturaleza y fortuna; si bien en mocedades y juegos disminuyó lo más de su hacienda. Era español, y como con un honrado cargo en la guerra había pasado a aquel país, casó allí con una dama igual a su calidad, aunque no rica, con que vino a ser su hacienda bastante para poder pasar una modesta y descansada vida, no sobrándole ni faltándole para criar dos hijos que tuvo de su matrimonio.

Con algún regalo nació primero Octavia, llamándose así por su madre: y el segundo don Juan, de quien no diré el apellido; que cuando los hombres con sus flaquezas desdoran su linaje, es mejor encubrirle que manifestarle.

Era Octavia, aunque mayor que su hermano seis años, de las más hermosas mujeres de aquel reino: así no lo fuera en las gracias, donaire y entendimiento; pues quien sin verla la oía, la admiraba fea cuando la celebraba hermosa.

Llegando pues a la edad en que más campea la belleza, se enamoró de ella, viéndola en un festín, un hijo de un senador, mozo, galán, entendido y rico; partes para que no tuviera Octavia mucha culpa en corresponderle; mas era cuerda, y notó que ya no es dote la hermosura, y que Carlos, que este era su nombre, era rico y no se había de casar con quien no lo fuese; con cuyos temores se defendió algún tiempo: así lo hiciera siempre y no fuera causa de las desdichas que después sucedieron; pues, como he dicho, vio Carlos a Octavia en un festín, regocijo usado en aquella tierra; y viéndola se perdió, o lo dio a entender; que para mí lo peor que siento de los hombres es que publican más que sienten.

No miró Octavia mal a Carlos, mas viendo el imposible (aunque no para lo que merecía su hermosura), detuvo el afecto del mirar para no llegar a sentir; porque como no pensaba hacer lo que las comunes, no tenía por acertado empeñarse en amar sino a quien pudiese ser su esposo; y que ya que su desdicha la encaminase a rendirse, fuese obligándose a serlo.

¡Oh, qué de desengaños han padecido por esta parte las mujeres, y cuantas desengañadas tienen los hombres, cuando ya no tienen remedio!

Muy cautivo se halló Carlos de la belleza de Octavia, mas no con el pensamiento que ella tenía, que era el matrimonio, porque en tal caso no pensaba Carlos salir de la voluntad de su padre, que entendía no había hasta entonces nacido mujer que igualase a su hijo: mas pareciole que como Octavia no era rica, pues sus padres no poseían sino una honrada medianía, que con joyas y dineros conquistaría este imposible de hermosura; y a no bastar esto, valerse de la fuerza o de algún empeño; que esto es echar, como dicen, por el atajo; y así, empezó primero su conquista con suspiros, y con pasear su calle de día y de noche; mas a esto Octavia, si no descuidada, a lo menos advertida de que con no verlo ni oírlo se había de defender, se negaba a todo huyendo de la vista de Carlos, aumentando en él con estos desvíos o el amor o el deseo, que tal vez los hombres suelen volver en tema la voluntad.

No gozaba Carlos sin competidores de su amor mal correspondido: pues como Octavia era hermosa, había muchos deseosos de merecer sus divinas prendas, y con más honestos pensamientos que Carlos; mas Octavia los hacía a todos iguales: y si de alguno se dejaba llevar su altivo desdén, era de un deudo de su madre que mediante el parentesco la trataba con mucho más cariño, por visitarla algunas veces, y él andaba buscando ocasión para pedirla a su padre por esposa.

No ignoraba esto Carlos que, como era rico, sobornó a los criados, y estos regularmente son descubridores de lo más oculto que sus amos hacen. Como le era imposible decirla ni su amor ni sus celos, por no darle lugar la dama, una noche de las calurosas de julio, sentado debajo de los balcones como otras veces le sucedía, al son del templado instrumento de sus lastimosos suspiros, cantó este soneto:

Apenas en amor di el primer paso, Cuando en rabiosos celos di de ojos: ¡Ay qué crueles penas! ¡ay qué enojos! Favor, amor, que en su rigor me abraso.

¿Cómo de gloria estás conmigo escaso, Que se lleva otro dueño mis despojos? ¡Oh qué prados de espinas y de abrojos, Mirando ajeno el bien, llorando paso!

Mal haya quien, amando, en nada fía, Fidelidad ingrata, triste lloro, A yugo desleal mi cuello obligo.

Ya murió mi esperanza; era al fin mía: Falsa me paga cuando firme adoro, Tropieza en celos si a Cupido sigo.

¡Oh amor, dulce enemigo, Oh cruel tirana, Reinar y amar no quieren compañía!

Ya parece que Octavia escuchaba a Carlos tan bien como le había mirado; pues estuvo en el balcón mientras Carlos cantó el referido soneto. Había de ser desgraciada, y empezaba ya su desdicha a ponerla en las ocasiones de perderse: y así dio lugar, con estarse queda en el balcón, a que Carlos, como que hablaba con sus mismos pensamientos, le afease lo mal que decía tanta hermosura con tanta crueldad; que aunque no tuvo respuesta, se contentó el amante con el favor de haberle escuchado, con lo que tuvo atrevimiento de escribirla este papel:

«No sé qué gloria consigues, divina Octavia, en ser cruel, o en qué te ofende mi amoroso rendimiento, que te excuses, ya que no de premiarle, de oírle, que aún no me conceden tus hermosos ojos licencia de nombrarme tuyo; pues asegúrote que, o has de dejar de ser hermosa, o que no he de apartarme de amarte; y pues es cada imposible de estos imposible vencerle, permíteme, que pues soy y he de ser tuyo mientras tuviere vida, el favor de oírme, que con esto la sustentaré para ser tuyo.»

¡Qué peligrosa bala para el fuerte de la honestidad es la porfía! Todas cuantas defensas se pueden poner, rinde, como sucedió en Octavia; pues habiendo venido a sus manos este papel por medio de una criada, a quien Carlos supo granjear con oro, lo que primero había sido agrado se convirtió en amor.

Enamorose Octavia, y dejose vencer de suerte que tuvo Carlos respuesta de este y otros que le escribió, y no solo este favor, mas el hablarle de noche por una reja después de acostados sus padres, que don Juan su hermano no asistía en Milán, acudiendo fuera de ella a sus estudios: era muchacho y no muy bien inclinado; ocasión para que su padre le privase de sus regalos. Deseaba que fuese eclesiástico, aunque él no tenía ese parecer, y con esto tenía más lugar Octavia para seguir su empresa amorosa, con intención de ver si podía granjear a Carlos para esposo.

Algunos meses entretuvo Octavia a su amante con solo este favor de hablarle, sin consentirle tomarla una mano por la permisión que daba la reja, temerosa, aunque le quería bien, de algún engaño, conociendo que era un imposible si el amor no le obligaba, por ser Carlos tan rico. Este, más enamorado con las resistencias de Octavia, estaba deseoso de mayores favores; mas la dama, al paso que le veía desearlos más, se los negaba, tanto que ya tocaba en crueldad, de lo que el galán se quejaba, culpando su poco amor, y para mostrárselo mejor cantó una noche a los ecos de un laúd que le traía un criado, esta canción:

¡Ay cómo imito a Tántalo en la pena, Pues el agua a la boca de sed muero! Tengo conmigo al bien que adoro y quiero, Y parece que el bien de mí se ajena.

De las penas de amor el alma llena, El premio de mi amor gozar espero, Y cuando ya le toca desespero, Porque un rigor mi atrevimiento enfrena.

¿Qué delito me usurpan tus favores, Hermosa ingrata que en mi alma vives? ¿Por ventura robete la ambrosía?

Aplaca de mi alma los ardores, Que no es razón que del cristal me prives Cuando muere de sed el alma mía.

Vesme sin alegría, Y tú cruel conmigo, Morir me dejas, y con ser testigo De las penas que paso, No me socorres cuando más me abraso.

Cuando morir me dejas, Y mirarme no sientes con fieros accidentes, Sin remediar mis quejas: Y si lloran mis ojos, Recibes de mis lágrimas enojos: O remedia la llama en que me abraso, O déjame llorar el mal que paso: Y el llanto venza el mío, Tu crueldad, tu tibieza, tu desvío; Pues es rigor quitarme, Cuando llorando estoy, desahogarme.

¡Ay, con cuántos rigores el alma sin ti lucha, Y si tu voz escucha, Oh, cómo son mayores! Cobarde, no me atrevo A hacerla de mi boca dulce cebo: Que fuera gran contento En vaso de rubí beber su acento: ¡Ay, Dios!, quién me lo quita, Digo, que un miedo que en mi alma habita, De temer que te ofendo, Cuando gozar este favor pretendo.

Bien sabes que te quiero, Y que con alma ingrata No miras que me mata Tu recato severo. Pues si vivo en tus ojos, Y me quitan la vida sus enojos, Haces suerte en la vida; ¡Oh, más ingrata, mientras más querida! Y para que concluya, Yo viva y muera en la desgracia tuya, Si no has de ser mi dueño, Yo de ser tuyo mi palabra empeño.

Pues, dueño de mi vida, Goce yo tus favores, Quítame estos temores, No seas mi homicida: Mas ¡ay amor! que muero, Ya de obligarte, ingrata, desespero: Ya mi bien no me quiere; Ya mi memoria en su memoria muere: Y pues de mí se olvida, Venga la muerte, acábese la vida, Y vivan en mis ojos Eternamente lágrimas y enojos.

Canción triste, si obligas A mi dueño querido, Inmortal vivirás de eterno olvido; Y si no moriremos En la desdicha que los dos tenemos.

Menos que esto había ya menester Octavia, porque ya amaba a Carlos más que fuera razón; que en esto se ve cuán flacas son las mujeres, que no saben perseverar en el buen intento; y aun por esta parte disculpo a los hombres en la poca estimación que hacen de ellas; mas disculpemos los yerros de amor con el mismo amor; y así, abriendo la ventana le llamó diciendo: