Part 41
Ni hallaron a Estefanía ni a Laurela, ni otra cosa más del papel sobre las almohadas; y viendo un caso como este, dieron voces, a las cuales las hermanas, que estaban durmiendo con el descuido que su inocencia pedía, despertando despavoridas y sabido el caso, saltaron de las camas y fueron a la de Laurela, entendiendo era burla que les hacían las doncellas, y mirando no solo en ella, mas debajo y hasta los más pequeños dobleces, creyendo en alguno las habían de hallar, con que desengañadas tomaron el papel, que visto, decía el sobrescrito a su padre, llorando y viendo por esta seña que no había que buscar a Laurela, se le fueron a llevar, contándole lo que pasaba, que por no ser cansada no refiero lo que decía, mas de que, como he dicho, le contaba quién era Estefanía y la causa porque se había transformado de caballero en dama, como era don Esteban de Feí, caballero de Burgos, y como a su esposo le había dado posesión de su persona, y se iban hasta que se moderase su ira, y otras cosas a este modo, parando en pedirle perdón, pues el yerro solo tocaba en la hacienda, que en la calidad no había ninguno.
La pena que don Bernardo sintió, leído el papel, no hay para qué ponderarla, mas era cuerdo, y tenía honor, y consideró que con voces y sentimientos no se remediaba nada, antes era espantar la caza para que no viniese a su poder. Consideró esto en un instante, pareciéndole mejor modo para cogerlos y vengarse mostrarse risueño.
Viendo a doña Leonor y sus hijas deshacerse en llanto, las mandó callar y que no alborotasen la casa, ni don Enrique entendiese el caso hasta que con más acuerdo se le dijese: que para qué habían ellas de llorar el gusto a Laurela, y que pues ella había escogido esposo y le parecía que era mejor que el que le daba, que Dios la hiciese bien casada, y cuando quisiese venir a él, claro está que la había de recibir y amparar como a hija.
Con esta disimulación, pareciéndole que no se le encubrirían para darles el merecido castigo, mandó a los criados que, pena de su indignación, no dijesen a nadie nada, y a su mujer e hijas que callasen.
Ya que no los excusó la pena, moderó los llantos y escándalo, juzgando todos que pues no mostraba rigor, que presto se le pasaría el enojo, si tenía alguno, los perdonaría y volvería a su casa; si bien su madre y hermanas a lo sordo se deshacían en lágrimas, ponderando entre ellas las palabras y acciones de la engañosa Estefanía, advirtiendo entonces lo que valiera más hubieran hecho antes.
Tenía don Bernardo una hermana casada, cuya casa estaba cerca de Santa María, y su marido oía todos los días misa en la dicha iglesia: este pues, como los demás días, llevado de su devoción, entró casi a las once en ella, donde halló a Laurela, la que, aunque le vio y pudiera encubrirse, estaba tan desesperada y aborrecida de la vida que no lo quiso hacer, y como la vio tan lejos de su casa, sola sin su madre ni hermanas, ni criada alguna, y sobre todo tan llorosa, le preguntó la causa, y ella, con el dolor de su desdicha, se la contó, pareciéndole que era imposible encubrirlo, supuesto que ya por el papel que había dejado a su padre estaría público.
Algunos habrá que digan fue ignorancia; mas bien mirado, ¿qué podía hacer, supuesto que su desdicha era tan sin remedio? Porque como creyó que su atrevimiento no tenía de yerro más de casarse sin gusto de su padre, con esa seguridad le había declarado tanto en el papel; y así, en esta ocasión no le encubrió a su tío nada, antes le pidió su amparo; y el que la dio fue que, diciéndola palabras bien pesadas, la llevó a su casa y la entregó a su tía diciéndole lo que pasaba, que aun con más rigor que su marido la trató, poniendo en ella violentamente las manos, con lo que la desdichada Laurela, demás de sus penas, se halló bien desconsolada y afligida. Fue el tío al punto a casa de su cuñado, dándole cuenta de lo que pasaba. Con esta segunda pena se renovó la primera, de la que aún no tenía los ojos enjutos.
En fin, por gusto de su padre, Laurela quedó en casa de su tía hasta que se determinase lo que se había de hacer, y por ver si se podía coger el engañador. Los dos juntos contaron a don Enrique lo que había sucedido, del cual fue tan tierno el sentimiento que fue milagro no perder la vida, además que le pidió que pasasen adelante los conciertos sin que sus padres supiesen lo que pasaba: que si Laurela había sido engañada, el mismo engaño la servía de disculpa: tan enamorado estaba don Enrique. A quien su padre respondió que no tratase de eso, que ya Laurela no estaba más que para un convento.
Más de un año estuvo Laurela con sus tíos, sin ver a sus padres ni hermanas porque su padre no consintió que la viesen; ni él, aunque iba algunas veces a casa de su hermana, no la veía, ni ella se atrevía a ponérsele delante, antes se escondía temerosa de su indignación, pasando una triste y desconsolada vida, sin que hubiese persona que la viese, ni en ventana ni en la calle, porque no salía si no era muy de mañana a misa, ni aun reía ni cantaba como solía; hasta que al cabo de este tiempo un día de Nuestra Señora de Agosto, con su tía y criadas madrugaron y se fueron a Nuestra Señora de Atocha, donde, para ganar el jubileo que en este día hay en aquella santa iglesia, confesaron y comulgaron: Laurela, con buena intención (¿quién lo duda?); mas la cruel tía no sé cómo la llevaba, pues no ignoraba la sentencia que estaba dada contra Laurela, antes había sido uno de los jueces de ella.
Mucho nos sufre Dios, y nosotros por el mismo caso le ofendemos más.
Cruel mujer por cierto, pues ya que su marido y hermano eran cómplices en la muerte de la dama, ella, que la pudiera librar llevándola a un convento, no lo hizo; mas era tía, que es lo mismo que suegra, cuñada o madrastra. Con esto lo he dicho todo.
Mientras ella estaba en Atocha, entró el padre y el tío por un aposento que servía de despensa, donde no entraban sino a sacar lo necesario de ella, cuyas espaldas caían a la parte donde su tía tenía el estrado; y desencajando todo el tabique, lo pusieron de modo que no se echase de ver.
Venidas de Atocha, se sentaron en el estrado, pidiendo las diesen de almorzar, con mucho sosiego, y a la mitad del almuerzo, fingiendo la tía una necesidad precisa, se levantó y entró en otra cuadra desviada de la sala, quedando Laurela y una doncella que había recibido para que la sirviese bien descuidadas de la desdicha que les estaba amenazando; y si bien pudieron salvar a la doncella, no lo hicieron, por hacer mejor su hecho, pues apenas se apartó la tía, cuando los que estaban de la otra parte derribaron la pared sobre las dos, y saliéndose fuera, cerraron la puerta, y el padre se fue a su casa, y el tío dio la vuelta por otra parte para venir a su tiempo a la suya.
Pues como la pared cayó y cogió las pobres damas, a los gritos que dieron las desdichadas acudieron todas dando voces, las criadas con inocencia, mas la tía con malicia, al mismo tiempo que el tío entró con los vecinos que acudieron al golpe y alboroto, quienes hallando el fracaso y ponderando la desgracia, llamaron gente que apartasen la tierra y cascotes, lo que no pudo hacerse tan apriesa que, cuando surtió efecto, hallaron ya a la sin ventura Laurela de todo punto muerta, porque la pared la había abierto la cabeza y con la tierra se acabó de ahogar. La doncella estaba viva, mas tan maltratada que no vivió más de dos días.
La gente que acudió se lastimaba de tal desgracia, y su tía y tío la lloraban por cumplir con todos; ¿mas a una desdicha de fortuna qué se podía hacer sino darles pésames y consolarlos? En fin, pasó por desgracia la que era malicia; y aquella noche llevaron la malograda hermosura a San Martín, donde tenía su padre entierro.
Fueron las nuevas a su padre, que no era necesario dárselas, quien las recibió con severidad, y él mismo las llevó a su madre y hermanas, diciendo que ya la fortuna había hecho de Laurela lo que él había de hacer en castigo de su atrevimiento; en cuyas palabras conocieron que no había sido acaso el suceso, con lo que los tiernos sentimientos que hacían lastimaban a cuantos las miraban, y para que su dolor fuese mayor, una criada de los tíos de Laurela que servía en la cocina y se quedó en casa cuando fueron a Atocha, oyó los golpes que daban para desencajar la pared en la despensa, y saliendo a ver qué era, acechó por la llave y vio a su amo y cuñado que lo hacían y decían:
—Páguelo la traidora que se dejó engañar y vencer, pues no hemos podido hallar al engañador para que lo pagaran juntos.
La moza, como oyó esto y sabía el caso de Laurela, luego conoció que lo decían por ella, y con gran miedo, temiendo no la matasen porque lo había visto, sin hablar palabra se volvió a la cocina, y no se atrevió o no pudo avisar a Laurela, antes aquella misma noche, mientras se andaba previniendo el entierro, cogió su hatillo y se fue, sin atreverse a descubrir el caso a nadie, y aguardando tiempo, pudo hablar en secreto a la hermana mayor de Laurela, y la contó lo que había visto y oído, y ella a su madre y a la otra hermana, lo que fue causa de que su sentimiento y dolor se renovase, que les duró mientras vivieron, sin poder jamás consolarse.
Las hermanas de Laurela entraron a pocos meses monjas, que no se pudo acabar con ellas se casasen, diciendo que su desdichada hermana las había dejado buen desengaño de lo que había que fiar de los hombres; y su madre, después que enviudó, se fue con ellas, las cuales contaban este suceso como yo lo he dicho, para que sirva a las damas de desengaño, para no fiarse de los bien fingidos engaños de los cautelosos amantes, que no les dura de voluntad más de hasta vencerlas.
—Dirán ahora los caballeros presentes —dijo la hermosa Lisis, viendo que Matilde había dado fin a su desengaño—: ¡cuántos males causamos nosotros! Y si bien hablarán irónicamente, dirán bien; pues en lo que acabamos de oír se prueba bastantemente la cautela con que tratan a las desdichadas mujeres, no llevando la mira a más que vencerlas, y luego darlas el pago que dio don Esteban a Laurela, sin perdonar el engaño de transformarse en Estefanía, y que hubiese en él perseverancia para que en tanto tiempo no se cansase de engañar, o no se redujese a querer de veras.
Quien le vio tan enamorado, tan fino, tan celoso, tan firme, tan hecho Petrarca de Laurela, ¿podría creer jamás hubiese usado con ella tan infame bajeza?; y nosotros asimismo deberíamos pensar que había de ser Laurela la más dichosa de cuantas han nacido, y que había de quitarnos a todos con su dicha la acedía de tantas desdichas.
¡Ay, señores caballeros! No digo yo que todos seáis malos, mas sí que no sé cómo se ha de conocer el bueno; demás que yo no os culpo de otros vicios, que eso fuera disparate; solo para con las mujeres no hallo con qué disculparos.
Conocida cosa es que habéis dado todos en este vicio, y haréis más transformaciones que Proteo por traer una mujer a vuestra voluntad; y si esto fuese para perseverar amándola y estimándola, no fuera culpable; mas, para engañarla y deshonrarla, ¿qué disculpa habrá que lo sea?
Vosotros hacéis a las mujeres malas, y os ponéis a mil riesgos porque sean malas, y no miráis que si las quitáis el ser buenas, ¿cómo queréis que lo sean? Si inquietáis la casada, y ella persuadida de las finezas que hacéis, pues no son las mujeres mármoles, la derribáis y hacéis violar la fe que prometió a su esposo, ¿cómo será esta buena? Diréis: siéndolo.
No se hallan ya a cada paso santas Teodoras Alejandrinas que, por solo un yerro que cometió contra su esposo, hizo tantos años de penitencia; antes hoy en haciendo uno, procuran hacer otro, por ver si les sale mejor; y no le hicieran si no hubieran caído en el primero.
Déjase vencer la viuda honesta de vuestros ruegos; responderéis: no se rinda. No hay mujeres tórtolas, que siempre lamentan el muerto esposo, ni Artemisas, que mueren en llorándole sobre el sepulcro. ¿Cómo queréis que esta sea buena si la hicisteis mala y la enseñasteis a serlo?
Veis la simple doncella, criada al abrigo de sus padres, y traéis ya el gusto tan desenfadado que no hacéis caso de nada; lo mismo es que sea doncella que no lo sea: decís linda y desahogadamente cualquier yerro, por pesado y fuerte que sea, solicitaisla, regalaisla; y aun si estos tiros no bastan, la amagáis con casamiento. Si cae, que no son las murallas de Babilonia, que tan a costa labró Semíramis, daisla mal pago, faltando a lo que prometisteis, y lo peor es que faltáis a Dios a quien habéis hecho la promesa. ¿Qué queréis que haga esta? Proseguir con el oficio que la enseñasteis, si se libra del castigo a que está condenada, si lo saben sus padres y deudos: luego cierto es que vosotros las hacéis malas; y no solo eso, sino que decís que lo son.
Pues ya que sois los hombres el instrumento de que lo sean, dejadlas, no las deshonréis, que sus delitos y el castigo de ellos a cuenta del cielo están; mas no sé si vosotros os libraréis también de él, pues lo habéis causado, como se ve cada día en tantos como pagan con la vida.
Lo cierto es que a ninguno matan que no lo merezca; y si en la presente justicia no lo debía, de atrás tendría hecho por donde pagase; que como a Dios no hay nada encubierto, y son sus secretos tan incomprensibles, castiga cuando más es su voluntad, o quizá cansado de que apenas salís de una cuando os entráis en otra: y es que como no estimáis de verdad en ninguna parte, para todas os halláis desembarazados.
Oí preguntar una vez a un desprevenido de amor (porque aunque dicen que le tiene, es engaño, supuesto que en él la lealtad está tan achacosa como en todos) que de qué color es el amor. Yo respondile que el que mis padres y abuelos y las historias que son más antiguas dicen se usaba en otros tiempos: no tenía color, ni el verdadero amor le ha de tener; porque ni ha de tener el alegre carmesí, porque no ha de esperar la alegría de alcanzar; ni el negro, porque no se ha de entristecer de que no alcance; ni el verde, porque ha de vivir sin esperanza; ni el amarillo, porque no ha de tener desesperaciones; ni el pardo, porque no ha de darle nada de esto penas. Solos dos le competen, que es el blanco, puro, cándido y casto, y el dorado por la firmeza que en esto ha de tener.
Este es el verdadero amor, el cual no es delito tenerle, ni merece castigo. Hay otro modo de amar, uno que no mancha jamás la lealtad: este es el amor imitador de la pureza. Otro, que tal vez violado, arrepentido de haber quebrado la lealtad, vuelve por este mérito a granjear lugar en amor; mas no por puro, sino por continente.
El amor que usáis ahora, señores caballeros, tiene muchos colores; ya es rubio, ya pelinegro, ya moreno, ya blanco, ya casado, ya soltero, ya civil, ya mecánico, y ya ilustre y alto: y Dios os tenga de su mano no le busquéis barbado, que andáis tan de mezcla que ya no sabéis de qué color vestirle.
Para conseguir esto es fuerza que hagáis muchas mujeres malas; y hay muchas que lo son por desdicha y no por accidente ni gusto; y a estas no es razón que las deis ese nombre, cuando es culpa sin perdón dársele aun a las más comunes.
Pues si el honrar a las mujeres comunes es deuda: ¿qué será para con las que no lo son, no habiendo entre tantos como hoy las vituperan y ultrajan ninguno que las defienda? ¿Puede ser mayor desdicha, que ni aun los caballeros, pues cuando se señalan por tales, prometen la defensa de las mujeres, se dejen también llevar de la vulgaridad, sin mirar que faltan a lo mismo que son y a la fe que prometieron?
No hay más que ponderar, sino que, ya que las hacéis malas y estudiáis astucias para que lo sean, ocasionando sus desdichas, deshonras y muertes, gustéis castigarlas con las obras y afrentarlas con las palabras, no os corráis de que sea así. Decid bien de ellas, y ya os perdonaremos el mal que las hacéis.
Esto es lo que os pido, que, si lo miráis con reflexión, en favor vuestro es más que en el suyo, y los más nobles y más afectuosos haréis que los que no lo son, por imitaros, hagan lo mismo; y creed que, aunque os parece que hay muchas malas, hay muchas más inculpables; y que no todas las que han sido muertas violentamente lo han sido con razón, pues si muchas padecen con causa, hay tantas más que no la han dado; y si la dieron, fue por haber sido engañadas.
Más dijera Lisis, y aun creo que no fuera mal escuchada; porque los nobles y cuerdos presto se sujetan a la razón, como se vio en esta ocasión, en la que estaban los caballeros tan colgados de sus palabras que no hubo allí quien quisiese contradecirla ni estorbarla.
Mas viendo la linda doña Isabel que era tarde y faltaban dos desengaños para dar fin a la noche; y también que doña Luisa se prevenía para dar principio al que le tocaba, haciendo señas a los músicos, cantó así:
Si amados pagan mal los hombres, Gila, Dime, ¿qué harán si son aborrecidos? Si no se obligan cuando son queridos, ¿Por qué tu lengua su traición perfila?
Su pecho es Caribdis y una Escila, Donde nuestros deseos van perdidos, No te engañen, que no han de ser creídos Cuando su boca más dulzor destila.
Si la que adoran tienen hoy consigo, Que mejor es llamarla la engañada, Pues engañada está quien de ellos fía.
A la que encuentran, como soy testigo, Dentro de una hora dicen que es la amada: Conclúyase con esto tu porfía.
Su cruel tiranía Huir pienso animosa, No he de ser de sus giros mariposa.
En solo un Hombre creo, Cuya verdad estimo por empleo;
Y este no está en la tierra; Porque es un Hombre Dios, que el cielo encierra;
Este sí que no engaña; Este es hermoso y sabio, Y que jamás hizo a ninguno agravio.
NOCHE SÉPTIMA.
DESENGAÑO SÉPTIMO.
MAL PRESAGIO CASAR LEJOS.
Cuando la hermosa doña Isabel acabó de cantar, ya doña Luisa tenía ocupado el asiento del desengaño, y con mucha gracia dijo así:
—Por mi vida que no sé qué mayor desengaño, hermosas damas, queréis oír, que este soneto que la hermosa doña Isabel acabó ahora de decir, pues en él ha dicho el Hombre que solo hay que no se engañe, y el que merece solo ser amado.
Mas, ya que no puedo excusar de decir lo que me toca, dejaré a un lado muchas circunstancias en que pudiera detenerme si supiérades los penosos desasosiegos que tuve con mi esposo, tan opuesto a mi voluntad que jamás le conocí agradecido a ella; antes, con muchos desabrimientos en las palabras y gran parte en los ojos, me satisfacía cuando más le granjeaba y lisonjeaba con caricias: mas, porque para sí nadie es buen juez, a los ojos ajenos dejaré muchas fortunas mías y contaré desdichas ajenas, refiriendo una historia tan verdadera que aún hoy hay quien no tiene, acordándose de ella, enjutas las lágrimas, no dando más reprensión a los caballeros que la que el mismo desengaño les ofrece; porque fui tan amante de los despegos y tibiezas de mi esposo que en él respeto a todos, y con esta advertencia digo así:
Por muerte de un gran señor de España, quedaron sin el amparo que tenían en su padre, por haberles faltado su madre días antes, un hijo y cuatro hijas de la hermosura y virtudes que se puede creer tendrían tan grandes señoras: y si bien entrando su hermano en la herencia de los estados les previno a sus hermanas el amparo de padre, no les pudo prevenir el librarlas de la desdichada estrella en que nacieron, porque puedo asegurar que de cada una se pudiera contar un desengaño; pues ni les sirvió la hermosura, la virtud, el entendimiento, la ilustre sangre, ni la inocencia para que no fuesen víctimas sacrificadas en las aras de la desgracia.
La primera, llamada doña Mayor, casó en Portugal: esta señora se llevó consigo, cuando se fue con su esposo, a la menor de todas: su nombre es doña María, con intención de darla en aquel reino marido igual a su grandeza; mas a una y a otra siguió su mala fortuna; porque no siendo doña Mayor amada de su esposo, por la simpatía que la nación portuguesa tiene con las damas castellanas, en no hacer confianza de ellas, y así, o por probarla, o, lo más cierto, por tener achaque para librarse de ella con color de agravio, escribió una carta en nombre de un caballero castellano, dándosela a un paje que se la llevase a la señora, que, hecho así, estándola leyendo, admirada de que a ella se escribiese tal, entró el marido, que aguardaba esta ocasión, y sacando la espada para matarla, porque el triste paje, a voces, empezó a decir la traición, le mató, y luego a su inocente esposa.
La hermana, viendo el fracaso y habiendo muy bien oído ella y las criadas lo que el paje había dicho, temiendo la muerte (que la diera sin duda), se arrojó por una ventana, y de las criadas castellanas se escaparon algunas y otras acompañaron a su señora en el eterno viaje.
Doña María fue tan desgraciada que se rompió las piernas, de modo que algunos años que vivió estuvo siempre en la cama; porque al caer, pudo ser vista de algunos caballeros castellanos que asistían a su malograda hermana, los cuales la salvaron y trajeron a Castilla; en donde, sabido el caso por Su Majestad, castigó al reo como hasta hoy permanece la memoria de su castigo.
La segunda hermana, cuyo nombre es doña Leonor, casó en Italia: esta señora, teniendo ya de su matrimonio un niño de cuatro años, porque alabó de muy galán un capitán español, no con mal intento sino que de verdad lo era, estándose lavando la cabeza, entró el marido por una puerta excusada de un retrete, y con sus propios cabellos, que los tenía muy hermosos, la hizo lazo a la garganta, con que la ahogó, y después mató al niño con un veneno, diciendo que no había de heredar sus estados hijo dudoso: y si el capitán, avisado por una dama de la misma señora, no se escapara, corriera la misma fortuna.
Quedó por casar doña Blanca, que era tercera hermana, y la primera no solo de las demás en hermosura, entendimiento y valor, mas de todas las de aquel tiempo; porque así lucía doña Blanca entre las más solemnizadas de la corte como el lucero entre las demás estrellas. Por conveniencias a la real corona y gusto de su hermano, se concertó su matrimonio con un príncipe de Flandes, cuyo padre, que aún vivía, era gran potentado de aquel reino.
No había sucedido ni sucedió tan presto la desdicha de sus hermanas; porque puédese creer que si sucediera antes de casarse doña Blanca, por sin duda tengo que no lo aceptara, antes se entrara religiosa; mas había de seguir por lo que las demás, y por esto la suerte cruel no ejecutó su deseo hasta que doña Blanca estuvo cautiva en el lazo que solo la muerte le rompe.
Con poco gusto aceptó la hermosa señora el casarse sin conocer ni saber con quién; porque decía, y decía bien, que era gran ánimo el de una mujer cuando se casaba solo por conveniencias y ajeno gusto con un hombre de quien ignoraba la condición y costumbres; por cuya causa envidiaba a las que se casaban precediendo primero las finezas de enamorados; pues, cuando sobre voluntad no aceptase, no se podía quejar de nadie sino de sí misma; y viendo que no podía conseguir este modo de casarse, al tiempo de firmar las capitulaciones, sacó por condición, antes de otorgarlas, que el príncipe había de venir a España, y antes de casarse la había de galantear y servir un año, de la misma manera y con las mismas finezas que si no estuviera otorgada por su esposa, sino que la enamorase con paseos, músicas, billetes y regalos, como si la pretendiera a excusas y a fuerza de finezas; porque quería amar por el trato y conocer por él el entendimiento, condición y gracias de su esposo.
Mucho rieron su hermano y todos cuantos supieron las condiciones con que doña Blanca aceptó el casamiento, que aun en palacio se contaba y reía; mas su hermano, que la quería ternísimamente, por darla gusto y porque se dilatase el perderla, vino en todo cuanto doña Blanca pedía, y así, se avisó al príncipe, quien hizo lo mismo con mucho gusto, que como era de poca más edad que doña Blanca, por ver a España, si bien a descontento de su padre, puso luego en ejecución su partida.