Part 13
—Sí, señor —dijo doña Gracia—, después que os fuisteis vino otro marido tan galán y tan lindo, y me dijo que él me enseñaría otra vida de casados mejor que la vuestra.
Y finalmente, le contó cuanto le había pasado con el caballero cordobés, mas que no sabía qué se había hecho, porque así como vio la carta de que él venía, no le había visto.
Preguntole el desesperado y necio don Fadrique de dónde era y cómo se llamaba. Mas a esto respondió doña Gracia que no lo sabía, porque ella no le llamaba sino «otro marido». Y viendo don Fadrique esto, y que pensando librarse había buscado una ignorante, la cual no solo le había agraviado, mas que también se lo decía, tuvo su opinión por mala, y se acordó de lo que le había dicho la duquesa. Y todo el tiempo que después vivió alababa las discretas que son virtuosas, porque no hay comparación ni estimación para ellas; y si no lo son, hacen sus cosas con recato y prudencia.
Y viendo que ya no había remedio, disimuló su desdicha, pues por su culpa sucedió: que si en las discretas son malas pruebas, ¿qué pensaba sacar de las necias? Y procurando no dejar de la mano a su mujer porque no tornase a ofenderle, vivió algunos años.
Cuando murió, por no quedarle hijos, mandó su hacienda a doña Gracia, si fuese monja en el monasterio en que estaba Serafina, a la cual escribió un papel en que le declaraba cómo era su hija. Y escribiendo a su primo don Juan a Madrid, le envió escrita su historia de la manera que aquí va.
En fin, don Fadrique, sin poder excusarse por más prevenido que estaba, y sin ser parte las tierras vistas y los sucesos pasados, vino a caer en lo mismo que temía, siendo una boba quien castigó su opinión.
Entró doña Gracia monja con su madre, contentas de haberse conocido las dos; porque como era boba, fácil halló el consuelo, gastando la gruesa hacienda que le quedó en labrar un grandioso convento, donde vivió con mucho gusto, y yo le tengo de haber dado fin a esta maravilla.
A los últimos acentos estaba don Alonso de su entretenida y gustosa maravilla, y todos absortos y elevados en ella, cuando los despertó de este sabroso éxtasis el son de muchos y muy acordes instrumentos que en una sala, antes de llegar a esta en que estaban, se tocaron.
Y volviendo a ver quién hacía tan dulce armonía vieron entrar hasta doce mancebos vestidos de vaqueros y monteras de raso morado y guarnición de plata, con hachas blancas encendidas en las manos, danzando diestramente, y después de haber hecho un concertado paseo, se dividieron en dos órdenes, y uno de ellos, el más airoso y galán, empezó a danzar solo con una hacha en la mano, y después de dar la vuelta por la sala, se fue a la hermosa Lisarda y con una cortés reverencia la sacó a danzar.
Obedeció la dama, y después de ponerla en su puesto, volvió el airoso mozo a la discreta Matilde, y tras de ella a Nise, y tomando por compañero a don Juan, como en la danza de la hacha se usa, la danzaron con grandísimo desenfado y donaire, y dejando la hacha a Lisarda, vueltas las otras dos damas a sus asientos, prosiguió la dama sacando a don Miguel, don Lope y don Diego, el cual yendo por la sala, suplicó a Lisarda sacase a su prima: y ella, como a quien no le estaba mal esta voluntad, se llegó a la camilla donde Lisis estaba, y con una hermosa reverencia y muy corteses palabras la suplicó que se sirviese de honrar la fiesta, pues sus cuartanas eran tan corteses que desde el primer día que se empezó no la habían molestado.
Obedeció Lisis, más por dar gusto a don Diego que a su prima, y danzó tan divinamente que a todos dio notable contento, y más a don Diego, que mientras duró la danza y al volverla a su asiento, le dio a entender su voluntad, y ella a él cuán agradecida estaba, juntamente con licencia para tratar con su madre y deudos su casamiento.
Finalmente, mientras los criados de don Diego se aderezaban para el ridículo entremés, no quedó caballero ni dama en la sala que no danzase. Empezose a representar, y como para dar lugar se mudasen algunos asientos, vinieron a sentarse don Diego y don Juan juntos. Y don Juan como agraviado le dijo a don Diego:
—Favorecido estás de Lisis, y si bien por haber sido pretensor suyo me pesa, por no verme molestado de sus quejas lo doy por muy bien empleado: mas bueno fuera haberme dado parte de esto, pues soy mejor para amigo que para enemigo.
—Así es —replicó don Diego con enfado—, que un poeta, si es enemigo, es terrible, porque no hay navaja como su pluma; y a Lisis deseo servir, y como ella es libre, yo con su beneplácito me contento. Lisarda es vuestro cuidado, debéis contentaros con ella y no querer una para estimar y otra para maltratar. Licencia tengo de Lisis para pedirla a su madre para mi esposa, y si de esto os agraviáis, aquí estoy para daros la satisfacción que quisiéredes y como quisiéredes.
—Soy contento —replicó don Juan—, ya no por Lisis, que pues ella quiere ser vuestra, yo no quiero sea mía; acabada es sobre esto la cuestión, sino porque sepáis que si soy poeta con la pluma, soy caballero con la espada.
—Sea así —dijo don Diego—, mas no es razón que perturbemos el gusto a estas damas atajando la fiesta; tres días faltan, dejemos que se acaben y después trataremos de esto donde fuéredes servido.
—Soy contento —dijo don Juan: y con esto se volvieron a ver el entremés que andaba en los últimos fines.
Bien oyó Lisis lo que había pasado, y aunque quisiera remediarlo, lo sufrió, viendo que don Juan y don Diego dejaban su desafío para después de la fiesta, y que había lugar para impedir su intento.
NOCHE TERCERA.
Tenían tan picado el gusto todos aquellos señores y señoras de las dos sabrosas noches que habían pasado que apenas llegó la tarde de la tercera, cuando ya empezaron a juntarse en casa de la hermosísima Lisis, la cual los recibió a todos con su acostumbrada cortesía, y haciendo señal a los músicos cantaron este soneto, cuyo asunto fue el rey don Felipe IV:
Sol que en la cuarta esfera al sol le quita Valor, grandeza, luz y resplandores; Perla que tuvo ser en los amores Del sol Felipe, y nácar Margarita;
Fénix que en nuestra España resucita Para darle más ser, glorias mayores; Jardín de hermosas purpúreas flores, Pues que tal flor de lis en ella habita;
Júpiter que gobierna el sacro coro, Y en dulce ambrosía en luz le baña, Siendo a sus ninfas músico sonoro;
Y si la vista a la verdad no engaña, Tierno Cupido con arpones de oro, Es Felipe sol nuestro y rey de España.
De industria la hermosa Lisis quiso, como ya desengañada de don Juan y agradecida a don Diego, mudar de estilo en sus versos porque no causase el tratar de amor ni desamor más disgusto en los dos competidores, los cuales se miraron a lo falso; si bien Lisarda tenía tomada la palabra a don Juan de que, gustando a don Diego, serían amigos: pues viendo Nise que le tocaba a ella la quinta maravilla en esta tercera noche, ocupando el asiento que para este caso estaba prevenido, empezó así:
—La fuerza del amor ninguno hay que la ignore, y más si se apodera de nobles pechos: porque amor es como el sol, que hace los efectos conforme por do pasa. En mi maravilla se verá claro, la cual es de esta suerte:
NOVELA QUINTA.
LA FUERZA DEL AMOR.
En Nápoles, insigne y famosa ciudad de Italia por su riqueza, hermosura y agradable sitio, nobles ciudadanos y gallardos edificios, coronados de jardines y adornados de cristalinas fuentes, hermosas damas y gallardos caballeros, nació Laura, peregrino y nuevo milagro de naturaleza, tanto que entre las más gallardas y hermosas fue tenida por celestial extremo; pues habiendo escogido los curiosos ojos de la ciudad entre todas ellas once, y de estas once tres, fue Laura de las once una, y de las tres una.
Fue tercera en el nacer, pues gozó del mundo después de haber nacido en él dos hermanos tan nobles y virtuosos como ella hermosa. Murió su madre del parto de Laura, quedando su padre por gobierno y amparo de los tres gallardos hijos, que si bien sin madre, la discreción del padre suplió medianamente esta falta. Era don Antonio (que este es el nombre de su padre) del linaje y apellido de Carrafa, deudo de los duques de Nochera, y señor de Piedra Blanca.
Criáronse don Alejandro, don Carlos y Laura con la grandeza y cuidado que su estado pedía, poniendo su noble padre en esto el cuidado que requería su estado y riqueza; enseñando a los hijos en las buenas costumbres y ejercicios que dos caballeros y una tan hermosa dama merecían, viviendo la bella Laura con el recato y honestidad que a mujer tan rica y principal era justo, siendo los ojos de su padre y hermanos y alabanza de la ciudad.
Quien más se señalaba en querer a Laura era don Carlos, el menor de los hermanos, que la amaba tan tierno que se olvidaba de sí por quererla; y no era mucho, que las gracias de Laura obligaban, no solo a los que tan cercano deudo tenían con ella, mas a los que más apartados estaban de su vista.
No hacía falta su madre para su recogimiento, demás de ser su padre y hermanos vigilantes guardas de su hermosura; y quien más cuidadosamente velaba a esta señora eran sus honestos pensamientos: si bien cuando llegó a la edad de discreción no pudo negar su compañía a las principales señoras sus deudas, para que Laura pagase a la desdicha lo que debe la hermosura.
Es costumbre en Nápoles ir las doncellas a los saraos y festines que en los palacios del virrey y casas particulares se hacen: aunque en algunas tierras de Italia no lo aprueban por acertado, pues en las más de ellas se les niega ir a misa, sin que basten a derogar esta ley que ha puesto en ellas la costumbre las penas que los ministros eclesiásticos y seglares les imponen.
Salió en fin Laura a ver y ser vista, tan acompañada de hermosura como de honestidad; aunque a acordarse de Diana no se fiara de su recato. Fueron sus bellos ojos basiliscos de las almas, su gallardía monstruo de las vidas, y su riqueza y nobles prendas cebo de los deseos de mil gallardos y nobles mancebos de la ciudad, pretendiendo por medio de casamiento gozar de tanta hermosura.
Entre los que pretendían servir a Laura se aventajó don Diego de Piñatelo, de la noble casa de los duques de Monteleón, caballero rico y galán. Vio, en fin, a Laura y rindiole el alma con tal fuerza que casi no la acompañaba, sino solo por no desamparar la vida (tal es la hermosura mirada en ocasión); túvola don Diego en un festín que se hacía en casa de un príncipe de los de aquella ciudad, no solo para verla sino para amarla, y después de amarla darla a entender su amor tan grande en aquel punto como si hubiera mil años que la amaba.
Úsase en Nápoles llevar a los festines un maestro de ceremonias, el cual saca a danzar a las damas, y las da al caballero que le parece. Valiose don Diego en esta ocasión del que en el festín asistía, ¿quién duda que sería a costa de dinero?, pues apenas calentó con él las manos al maestro cuando vio en las suyas las de la bella Laura el tiempo que duró el danzar una gallarda; mas no le sirvió de más que de arderse con aquella nieve, pues apenas se atrevió a decir: «Señora, yo os adoro» cuando la hermosa dama, fingiendo justo impedimento, le dejó y se volvió a su asiento, dando que sospechar a los que miraban y que sentir a don Diego; el cual quedó tan triste como desesperado, pues en lo que quedaba del día no mereció que Laura le favoreciese siquiera con los ojos.
Llegó la noche, que don Diego pasó revolviendo mil pensamientos, ya animando con la esperanza, ya desesperando con el temor, mientras la hermosa Laura, tan ajena de sí cuanto propia de su cuidado, llevando en la vista la gallarda gentileza de don Diego y en la memoria el yo os adoro que le había oído, ya se determinaba a querer, y ya pidiéndose estrecha cuenta de su libertad y perdida opinión, como si en solo amar se hiciese yerro, arrepentida se reprendía a sí misma, pareciéndole que ponía en condición, si amaba, la obligación de su estado, y si aborrecía, se obligaba al mismo peligro.
Con estos pensamientos y cuidados empezó a negarse a sí misma el gusto y a la gente de su casa la conversación, deseando ocasiones para ver la causa de su descuido; y dejando pasar los días (al parecer de don Diego) con tanto descuido que no se ocupaba en otra cosa sino en dar quejas contra el desdén de la enamorada señora, la cual no le daba, aunque lo estaba, más favores que los de su vista, y esto tan al descuido y con tanto desdén, que no tenía lugar ni aun para poderle decir su pena, porque aunque la suya la pudiera obligar a dejarse pretender, el cuidado con que la encubría era tan grande que a sus más queridas criadas guardaba el secreto de su amor.
Sucedió que una noche de las muchas que a don Diego le amanecía a las puertas de Laura, viendo que no le daban lugar para decir su pasión, trajo a la calle un criado que con un instrumento fuese tercero de ella, por ser su dulce y agradable voz de las buenas de la ciudad, procurando declarar en un romance su amor y los celos que le daba un caballero muy querido de los hermanos de Laura, y que por este respeto entraba a menudo en su casa.
En fin, el músico, después de haber templado, cantó el romance siguiente:
Si el dueño que elegiste, Altivo pensamiento, Reconoce obligado Otro dichoso dueño;
¿Por qué te andas perdido, Sus pisadas siguiendo, Sus acciones notando, Su vista pretendiendo?
¿De qué sirve que pidas Ni su favor al cielo, Ni al amor imposibles, Ni al tiempo sus efectos?
¿Por qué a los celos llamas, Si sabes que los celos, En favor de lo amado Imposibles han hecho?
Si a tu dueño deseas Ver ausente, eres necio Que por matar, matarte No es pensamiento cuerdo.
Si a la discordia pides Que haga lance en su pecho, Bien ves que a los disgustos Los gustos vienen ciertos.
Si dices a los ojos Digan su sentimiento, Ya ves que alcanzan poco, Aunque más miren tiernos.
Si quien pudiera darte En tus males remedio, Que es amigo piadoso, Siempre agradecimiento:
También preso le miras En ese ángel soberbio, ¿Cómo podía ayudarte En tu amoroso intento?
Pues si de sus cuidados, Que tuvieras por premio, Si su dueño dijera: De ti lástima tengo.
Mira tu dueño, y miras Sin amor a tu dueño, Y aun este desengaño, ¿No te muda el intento?
A Tántalo pareces, Que el cristal lisonjero, Casi en los labios mira; Y nunca llega a ellos.
¡Ay Dios, si mereciera Por tanto sentimiento Algún fingido engaño, Por tu muerte temo!
Fueran de purgatorio Tus penas, pero veo Que son sin esperanza Las penas del infierno.
Mas si elección hiciste, Morir es buen remedio, Que volver las espaldas Será cobarde de hecho.
Escuchando estaba Laura la música desde el principio de ella por una menuda celosía, y determinó a volver por su opinión, viendo que la perdía, en que don Diego por sospechas como en sus versos mostraba, se la quitaba; y así lo que el amor no pudo hacer hizo este temor de perder su crédito, y aunque batallando su vergüenza con su amor, se resolvió a volver por sí, como lo hizo, pues abriendo la ventana le dijo:
—Milagro fuera, señor don Diego, que siendo amante no fuerais celoso, pues jamás se halló amor sin celos, mas son los que tenéis tan falsos que me han obligado a lo que jamás pensé, porque siento mucho ver mi fama en lenguas de la poesía y en las cuerdas de ese laúd, y lo que peor es, en boca de ese músico, que siendo criado será fuerza ser enemigo: yo no os olvido por nadie, que si alguno en el mundo ha merecido mis cuidados sois vos, y seréis el que me habéis de merecer, si por ellos aventurase la vida. Disculpe vuestro amor mi desenvoltura y el verme ultrajar mi atrevimiento, y tenedle desde hoy para llamaros mío, que yo me tengo por dichosa en ser vuestra. Y creedme que no dijera esto si la noche con su oscuro manto no me excusara la vergüenza y colores que tengo en decir estas verdades.
Pidiendo licencia a su turbación, el más alegre de la tierra quiso responder y agradecer a Laura el enamorado don Diego, cuando sintió abrir las puertas de la propia casa y saltearle tan brevemente dos espadas, que a no estar prevenido y sacar también el criado la suya, pudiera ser que no le dieran lugar para llevar sus deseos amorosos adelante.
Laura, que vio el suceso y conoció a sus dos hermanos, temerosa de ser sentida, cerró la ventana y se retiró a su aposento acostándose, más por disimular que por desear de reposo.
Fue el caso que como don Alejandro y don Carlos oyesen la música, se levantaron a toda prisa y salieron, como he dicho, con las espadas desnudas en las manos; las cuales fueron, si no más valientes que las de don Diego y su criado, a lo menos más dichosas, pues siendo herido de la pendencia, hubo de retirarse, quejándose de su desdicha, aunque mejor fuera llamarla ventura, pues fue fuerza que supiesen sus padres la causa y viendo lo que su hijo granjeaba con tan noble casamiento, sabiendo que era este su deseo, pusieron terceros que lo tratasen con el padre de Laura. Y cuando pensó la hermosa Laura que las enemistades serían causa de eternas discordias, se halló esposa de don Diego.
¿Quién viera este dichoso suceso y considerara el amor de don Diego, sus lágrimas, sus quejas, y los ardientes deseos de su corazón, que no tuviese a Laura por muy dichosa? ¿Quién duda que dirán los que tienen en esperanzas sus pensamientos: «¡Oh, quién fuera tan venturoso que mis cosas tuvieran tan dichoso fin como el de esta noble dama!»? Y más las mujeres, que no miran en más inconvenientes que su gusto. Y de la misma suerte, ¿quién verá a don Diego gozar en Laura un asombro de hermosura, un extremo de riqueza, un colmo de entendimiento y un milagro de amor, que no diga que no crió otro más dichoso el cielo?
Pues, por lo menos, siendo las partes iguales, ¿no es fácil de creer que este amor había de ser eterno? Y lo fuera, si Laura no fuera como hermosa, desdichada, y don Diego como hombre, mudable; pues a él no le sirvió el amor contra el olvido ni la nobleza contra el apetito, ni a ella la valió la riqueza contra la desgracia, la hermosura contra el remedio, la discreción contra el desdén ni el amor contra la ingratitud, bienes que en esta edad cuestan mucho y se estiman en poco.
Fue el caso que don Diego antes que amase a Laura había empleado sus cuidados en Nise, gallarda dama de Nápoles, si no de lo mejor de ella por lo menos no era de lo peor, ni tan falta de bienes de naturaleza y fortuna que no la diese muy levantados pensamientos, más de lo que su calidad merecía, pues los tuvo de ser mujer de don Diego, y a este título le había dado todos los favores que pudo y él quiso; pues como los primeros días y aun meses de casado se descuidase de Nise, que todo cansa a los hombres, procuró con las veras posibles saber la causa, y diose en eso tal modo en saberla que no faltó quien se lo dijo todo; demás que como la boda había sido pública y don Diego no pensaba ser su marido, no se recató de nada.
Sintió Nise con grandísimo extremo ver casado a don Diego, mas al fin era mujer, y con amor, que siempre olvida agravios aunque sea a costa de opinión. Procuró gozar de don Diego, ya que no como marido, a lo menos como amante, pareciéndole no poder vivir sin él; y para conseguir su propósito solicitó con palabras y obligó con lágrimas a que don Diego volviese a su casa, que fue la perdición de Laura; porque Nise supo con tantos regalos enamorarle de nuevo que ya empezó Laura a ser enfadosa como propia, cansada como celosa y olvidada como aborrecida, porque don Diego amante, don Diego solícito, don Diego porfiado y, finalmente, don Diego que decía a los principios ser el más dichoso del mundo, no solo negó todo esto, mas se negó a sí mismo lo que se debía: pues los hombres que desprecian tan a las claras están dando alas al agravio; y llegando un hombre a esto, cerca está de perder el honor.
Empezó a ser ingrato, faltando a la cama y mesa, y no sintiendo los pesares que daba a su esposa, desdeñó sus favores y la despreció diciendo libertades, pues es más cordura negar lo que se hace que decir lo que no se piensa.
Pues como Laura veía tantas novedades en su esposo, empezó con lágrimas a mostrar sus pesares y con palabras a sentir sus desprecios; y en dándose una mujer por sentida de los desconciertos de su marido, dese por perdida, pues como era fuerza decir su sentimiento, daba causa a don Diego para no solo tratar mal de palabras, mas a poner las manos en ella. Solo por cumplimiento iba a su casa la vez que iba; tanto la aborrecía y desestimaba, pues le era el verla más penoso que la muerte.
Quiso Laura saber la causa de estas cosas y no faltó quien le dio larga cuenta de ellas. Lo que remedió Laura fue el sentirlas más, viéndolas sin remedio, pues no le hay si el amor se trueca. Lo que ganó en darse por entendida de las libertades de don Diego fue darle ocasión para perder más la vergüenza e irse más desenfrenadamente tras sus deseos, que no tiene más recato el vicioso que hasta que es su vicio público.
Vio Laura a Nise en una iglesia y con lágrimas la pidió desistiese de su pretensión, pues con ella no aventuraba más que perder la honra y ser causa de que ella pasase mala vida. Nise, rematada de todo punto como mujer que ya no estimaba su fama ni temía caer en más bajeza que en la que estaba, respondió a Laura tan desabridamente que, con lo mismo que pensó la pobre dama remediar su mal y obligarla, con eso la dejó más sin remedio y más resuelta a seguir su amor con más publicidad.
Perdió de todo punto el respeto a Dios y al mundo, y si hasta allí con recato enviaba a don Diego papeles, regalos y otras cosas, ya sin él, ella y sus criados le buscaban, siendo estas libertades para Laura nuevos tormentos y firmísimas pasiones, pues ya veía en su desventura menos remedio que primero: con lo que pasaba sin esperanzas la más desconsolada vida que decir se puede. Tenía celos: ¡qué milagro!, como si dijésemos rabiosa enfermedad.
Notaban su padre y hermanos su tristeza y deslucimiento, y viendo la perdida hermosura de Laura, vinieron a rastrear lo que pasaba y los malos pasos en que andaba don Diego, y tuvieron sobre el caso muchas rencillas y disgustos, hasta llegar a pesadumbres declaradas. De esta suerte andaba Laura algunos días, siendo mientras más pasaban, mayores las libertades de su marido y menos su paciencia.
Como no siempre se pueden llorar desdichas, quiso, una noche que la tenían desvelada sus cuidados y la tardanza de don Diego, cantando divertirlas, y no dudando que estaría don Diego en los brazos de Nise, tomó una arpa, en que las señoras italianas son muy diestras, y unas veces llorando y otras cantando, disimulando el nombre de don Diego con el de Albano, cantó así:
¿Por qué, tirano Albano, Si a Nise reverencias, Y a su hermosura ofreces De tu amor las finezas:
Por qué de sus ojos Está tu alma presa, Y a los tuyos su cara Es imagen bella:
Por qué si en sus cabellos La voluntad enredas, Y ella a ti agradecida, Con voluntad te premia:
Por qué si de su boca, Caja de hermosas perlas, Gustos de amor escuchas, Con que tu gusto aumentas:
A mí que por quererte Padezco inmensas penas, Con deslealtad y engaños Me pagas mis finezas?
Y ya que me fingiste Amorosas ternezas, Dejárasme vivir En mi engaño siquiera.
¿No ves que no es razón Acertada ni cuerda Despertar a quien duerme, Y más cuando pena?
¡Ay de mí desdichada! ¿Qué remedio me queda, Para que el alma mía A este su cuerpo vuelva?
Dame el alma, tirano, Mas ¡ay! no me la vuelvas, Que más vale que el cuerpo Por esta causa muera.
Mal haya, amén, mil veces, Cielo tirano, aquella Que en prisiones de amor Prender su alma deja.
Lloremos, ojos míos, Tantas lágrimas tiernas, Que del profundo mar Se cubran las arenas.