Part 12
—¡Ay, señora! —respondió con voz baja—, ¿cómo os habéis descuidado tanto, sabiendo mi peligro? Dejadme salir por Dios, que si despierta vuestro dueño, no lo libraremos bien.
—¿Cómo salir? —replicó la astuta dama—, por Dios que ha de ver mi marido con quien ha dormido esta noche, para que vea en qué han parado sus celos y sus cuidados.
Y diciendo esto, sin poder don Fadrique estorbarlo, respecto de su turbación y ser la cuadra pequeña, se llegó a la cama, y abriendo una ventana tiró las cortinas diciendo:
—Mirad, señor marido, con quién habéis pasado la noche.
Puso don Fadrique los ojos en el señor de la cama, y en lugar de ver el esposo de doña Ana vio a su hermosísima doña Violante, porque el marido de doña Ana ya caminaba más había de seis días. Parecía la hermosa dama al alba cuando sale alegrando los campos.
Quedó con la burla de las hermosas primas tan corrido don Fadrique que no hablaba palabra ni la hallaba a propósito, viéndolas a ellas celebrar con risa el suceso, contando Violante el cuidado con que le había hecho estar.
Mas como el granadino se cobrase de su turbación, dándoles lugar doña Ana, cogió el fruto que había sembrado gozando con su dama muy regalada vida, no solo estando ausente el marido de doña Ana sino después de venido, que por medio de una criada entraba a verse con ella, con harta envidia de don Juan, que como no podía gozar de doña Ana, le pesaba de las dichas de su primo.
Pasados algunos meses que don Fadrique gozaba de su dama con las mayores muestras de amor que pensar se puede, tanto que se determinó a hacerla su esposa si viera en ella voluntad de casarse; mas tratando de mudar estado, lo atajaba con mil forzosas excusas.
Al cabo de este tiempo, cuando con más descuido estaba don Fadrique de tal suceso, empezó Violante a aflojar en su amor, tanto que excusaba lo más que podía el verle: y él celoso, dando la culpa a nuevo empleo, se hacía más enfadoso y desesperado de verse caído de su dicha cuando más en la cumbre de ella estaba.
Cohechó con regalos y acarició con promesas una criada, y supo lo que diera algo por no saberlo, porque la traidora le dijo que se fingiese malo y que ella daría a entender a su señora que estaba en la cama, porque descuidada de su venida no estuviese apercibida como otras noches, y que viniese aquella, que dejaría la puerta abierta.
Podía hacerse eso con facilidad, respecto que Violante desde que se casó su prima posaba en un cuarto apartado, donde estaba sin intervenir con doña Ana ni con su marido, cuya condición llevaba mal doña Violante, que ya enseñada a su libertad no quería tener a quien guardar decoro, si bien tenía puerta por donde se correspondía con ellos y comía muchas veces, obligando su agrado a desear el esposo de doña Ana su conversación.
Es el caso que el hermano del marido de doña Ana, como todo lo demás del tiempo asistía con él y su cuñada, se aficionó de doña Violante: ella, obligada de la voluntad de don Fadrique, no había dado lugar a su deseo; mas ya, o cansada de él o satisfecha de las joyas y regalos de su nuevo amante, dio al través con las obligaciones del antiguo, cuyo nuevo entretenimiento fue causa para que le privase de todo punto de su gloria, no dando lugar a los deseos y afectos de don Fadrique: pues esta noche que le pareció que por su indisposición estaba seguro, avisó a su amante, y él vino al punto a gozar de la ocasión. Pues como don Fadrique hallase la puerta abierta y no le sufriese el corazón esperar, oyendo hablar, llegó a la de la sala y entrando halló a la dama ya acostada y al mozo que se estaba descalzando para hacer lo mismo.
No pudo en este punto la cólera de don Fadrique ser tan cuerda que no le obligase a entrar con determinación de molerle a palos, por no ensuciar la espada en un mozuelo de tan pocos años; mas el amante, que vio entrar aquel hombre tan determinado y se vio desnudo y sin espada, se bajó al suelo y tomando un zapato le encubrió en la mano, como si fuese un pistolete, y diciéndole que si no se tenía afuera le mataría, cobró la puerta, y en poco espacio la calle, dejando a don Fadrique temeroso de su acción.
Pues como Violante, ya resuelta a perder de todo punto la amistad de don Fadrique, le viese quedar como helado mirando a la puerta por donde había salido su competidor, empezó a reír muy de propósito la burla del zapato.
De esto más ofendido el granadino que de lo demás, no pudo la pasión dejar de darle atrevimiento, y llegándose a Violante la dio de bofetadas que la bañó en sangre, y ella perdida de enojo le dijo que se fuese con Dios, que llamaría a su cuñado y le haría que le costase caro. Él, que no reparaba en amenazas, prosiguió en su determinada cólera, asiéndola de los cabellos y trayéndola a mal traer, tanto que la obligó a dar gritos, a los cuales doña Ana y su esposo se levantaron y vinieron a la puerta que pasaba a su posada.
Don Fadrique, temeroso de ser descubierto, se salió de aquella casa, y llegando a la de don Juan, que era también la suya, le contó todo lo que había pasado y ordenó su partida para el reino de Sicilia donde supo que iba el duque de Osuna a ser virrey, y acomodándose con él para este pasaje, se partió dentro de cuatro días, dejando a don Juan muy triste y pesaroso de lo sucedido.
Llegó don Fadrique a Nápoles, y aunque salió de España con ánimo de ir a Sicilia, la belleza de esta ciudad le hizo que se quedase en ella algún tiempo, donde le sucedieron varios y diversos casos, con los cuales confirmaba la opinión de todas las mujeres que daban en discretas, destruyendo con sus astucias la opinión de los hombres.
En Nápoles tuvo una dama que todas las veces que entraba su marido le hacía parecer una artesa arrimada a una pared. De Nápoles pasó a Roma donde tuvo amistad con otra, que por su causa mató a su marido una noche y le llevó a cuestas metido en un costal a echarle en el río.
En estas y otras cosas gastó muchos años, habiendo pasado diez y seis que salió de su tierra. Pues como se hallase cansado de caminar, falto de dineros, pues apenas tenía los bastantes para volver a España, lo puso por obra: y como desembarcase en Barcelona, después de haber descansado algunos días y hecho cuenta con su bolsa, compró una mula para llegar a Granada, en que partió una mañana solo, por no haber ya posibilidad para criado.
Poco más habría caminado de cuatro leguas cuando pasando por un hermoso lugar de quien era señor un duque catalán casado con una dama valenciana, el cual por ahorrar gastos estaba retirado en su tierra, al tiempo que don Fadrique pasó por este lugar, llevando propósito de sestear y comer en otro que estaba más adelante, estaba la duquesa en un balcón, y como viese aquel caballero caminante pasar algo de prisa y reparase en su airoso talle, llamó un criado y le mandó que fuese tras él y de su parte le llamase.
Pues como a don Fadrique le diesen este recado y siempre se preciase de cortés, y más con las damas, subió a ver qué le mandaba la hermosa duquesa; ella le hizo sentar y preguntó con mucho agrado de dónde era y por qué caminaba tan aprisa; encareciendo el gusto que tendría en saberlo, porque desde que le había visto se había inclinado a amarle, y así estaba determinada que fuese su convidado porque el duque estaba en caza.
Don Fadrique, que no era nada corto, después de agradecerle la merced que le hacía le contó quién era y lo que le había sucedido en Granada, Sevilla, Madrid, Nápoles y Roma, con los demás sucesos de su vida, feneciendo la plática con decir que la falta de dinero y cansado de ver tierras, le volvía a la suya, con propósito de casarse, si hallase mujer a su gusto.
—¿Cómo ha de ser —dijo la duquesa— la que ha de ser de vuestro gusto?
—Señora —dijo don Fadrique—, tengo más que medianamente lo que he menester para pasar la vida, y así, cuando la mujer que hubiera de ser mía no fuera muy rica, no me dará cuidado, como sea hermosa y bien nacida: lo que más me agrada en las mujeres es la virtud, esa procuro, que los bienes de fortuna Dios los da y Dios los quita.
—Al fin —dijo la duquesa—, si hallásedes mujer noble, hermosa, virtuosa y discreta, presto rindiérades el cuello al amable yugo del matrimonio.
—Yo os prometo, señora —dijo don Fadrique—, que por lo que he visto, y a mí me ha sucedido, vengo tan escarmentado de las astucias de las mujeres discretas que de mejor gana me dejaré vencer de una mujer necia, aunque sea fea, que no de las demás partes que decís. Si ha de ser discreta una mujer, no ha menester saber más que amar a su marido, guardarle su honor y criarle sus hijos, sin meterse en más bachillerías.
—¿Y cómo —dijo la duquesa—, sabrá ser honrada la que no sabe en qué consiste el serlo? ¿No advertís que el necio peca, y no sabe en qué; y siendo discreta, sabrá guardarse de las ocasiones? Mala opinión es la vuestra, que a toda ley una mujer bien entendida es gusto para no olvidarse jamás, y alguna vez os acordaréis de mí. Mas dejando esto aparte, yo estoy tan aficionada a vuestro talle y entendimiento que he de hacer por vos lo que jamás creí de mí.
Y diciendo esto se entró con él a su cámara, donde por más recato quiso comer con su huésped, de lo cual estaba él tan admirado que ninguno de los sucesos que había tenido le espantaba tanto. Después de haber comido y jugado un rato, convidándoles la soledad y el tiempo caluroso, pasaron con mucho gusto la siesta, tan enamorado don Fadrique de las gracias y hermosura de la duquesa que ya se quedara de asiento en aquel lugar si fuera cosa que sin escándalo lo pudiera hacer.
Ya empezaba la noche a tender su manto sobre las gentes cuando llegó una criada y le dijo cómo el duque era venido. No tuvo la duquesa otro remedio sino abrir un escaparate dorado que estaba en la misma cuadra, en que se conservaban las aguas de olor, y entrarle dentro, y cerrando después con la llave ella se recostó sobre la cama.
Entró el duque, que era hombre de más de cincuenta años, y como la vio en la cama la preguntó la causa. A lo cual la hermosa dama respondió que no había otra más de haber querido pasar la calurosa siesta con más silencio y reposo.
Venía el duque con alientos de cenar, y diciéndoselo a la duquesa, pidieron que les trajesen la vianda allí donde estaban, y después de haber cenado con mucho espacio y gusto, la astuta duquesa, deseosa de hacerle una burla a su concertado amante, le dijo al duque si se atrevía a decir cuántas cosas se hacían del hierro: y respondiendo que sí, finalmente, entre la porfía del sí y no, apostaron entre los dos cien escudos, y tomando el duque la pluma, empezó a escribir todas cuantas cosas se pueden hacer del hierro: y fue la ventura de la duquesa tan buena, para lograr su deseo, que jamás el duque se acordó de las llaves.
La duquesa que vio este descuido y que el duque, aunque ella le decía mirase si había más, se afirmaba no hacerse más cosas, logró en esto su esperanza, y poniendo la mano sobre el papel le dijo:
—Ahora, señor, mientras se os acuerda si hay más que decir, os he de contar un cuento el más donoso que habréis oído en vuestra vida. Estando hoy en esa ventana, pasó un caballero forastero, el más galán que mis ojos vieron, el cual iba tan de prisa que me dio deseo de hablarle y saber la causa: llamele, y venido, le pregunté quién era; díjome que era granadino y que salió de su tierra por un suceso que es este —y contole cuanto don Fadrique la había dicho y lo que había pasado en las tierras que había estado—, feneciendo la plática con decirme que se iba a casar a su tierra si hallase una mujer boba, porque venía escarmentado de las discretas. Yo, después de haberle persuadido a dejar tal propósito, y él dádome bastantes causas para disculpar su opinión, pardiez, señor, que comió conmigo y durmió la siesta, y como me entraron a decir que veníades, le metí en ese cajón en que se ponen las aguas destiladas.
Alborotose el duque, empezando a pedir aprisa las llaves. A lo que respondió la duquesa con mucha risa:
—Paso, señor, paso, que esas son las que se os olvidaron decir que se hacen del hierro, que lo demás fuera ignorancia vuestra creer que había de haber hombre que tales sucesos le hubiesen pasado ni mujer que tal dijese a su marido. El cuento ha sido porque os acordéis, y así, pues habéis perdido, dadme luego el dinero, que en verdad que lo he de emplear en una gala, para que lo que os ha costado tanto susto y a mí tal artificio, juzguéis como es razón.
—¡Hay tal cosa! —respondió el duque—; demonio sois; miren por qué modo me ha advertido en mi olvido, yo me doy por vencido.
Y volviendo al tesorero que estaba delante le mandó que diese luego a la duquesa los cien escudos. Con esto se salió fuera a recibir algunos de sus vasallos que venían a verle y saber cómo le había ido en la caza.
Entonces la duquesa, sacando a don Fadrique de su encerramiento, que estaba temblando la temeraria locura de la duquesa, le dio los cien escudos ganados y otros ciento suyos, y una cadena con un retrato suyo, y abrazándole y pidiéndole la escribiese, le mandó sacar por una puerta falsa, que cuando don Fadrique se vio en la calle, no acababa de hacerse cruces de tal suceso.
No quiso quedarse aquella noche en el lugar sino pasar a otro, dos leguas más adelante, donde había determinado ir a comer si no le hubiera sucedido lo que se ha dicho. Iba por el camino admirando la astucia y temeridad de la duquesa con la llaneza y buena condición del duque, y decía entre sí:
—Bien digo yo que a las mujeres el saber las daña. Si esta no se fiara en su entendimiento, no se atreviera a agraviar a su marido ni a decírselo: yo me libraré de esto si puedo, o no casándome, o buscando una mujer tan inocente que no sepa amar ni aborrecer.
Con estos pensamientos entretuvo el camino hasta Madrid, donde vio a su primo don Juan ya heredero, por muerte de su padre, y casado con su prima, de quien supo como Violante se había casado y doña Ana ídose con su marido a las Indias.
De Madrid partió a Granada, en la cual fue recibido como hijo, y no de los menos ilustres de ella. Fuese en casa de su tía, de la cual fue recibido con mil caricias; supo todo lo sucedido en su ausencia, la religión de Serafina, su penitente vida, tanto que todos la tenían por una santa, y la muerte de don Vicente de melancolía de verla religiosa, arrepentido del desamor que con ella tuvo, debiéndola la prenda mejor de su honor. Había procurado sacarla del convento y casarse con ella: y visto que Serafina se determinó a no hacerlo, en cinco días, ayudado de un tabardillo, había pagado con la vida su ingratitud.
Y sabiendo que doña Gracia, la niña que dejó en guarda a su tía, estaba en un convento antes que tuviera cuatro años, y que tenía entonces diez y seis, la fue a ver otro día acompañando a su tía, donde en doña Gracia halló la imagen de un ángel, tanta era su hermosura, y al paso de ella su inocencia y simplicidad, tanto que parecía figura hermosa, mas sin alma.
Y, en fin, en su plática y descuido conoció don Fadrique haber hallado el mismo sujeto que buscaba, aficionado en extremo de la hermosa Gracia, y más por parecerse mucho a Serafina su madre. Dio parte de ello a su tía, la cual desengañada de que no era su hija, como había pensado, aprobó la elección.
Tomó la hermosa Gracia esta ventura como quien no sabía qué era gusto, bien, ni mal; porque naturalmente era boba e ignorante, lo cual era agravio de su mucha belleza, siendo esto lo mismo que deseaba su esposo.
Dio orden don Fadrique en sus bodas, sacando galas y joyas a la novia, y acomodando para su vivienda la casa de sus padres, herencia de su mayorazgo, porque no quería que su esposa viviese en la de su tía, sino de por sí, porque no se cultivase su rudo ingenio.
Recibió las criadas a propósito, buscando las más ignorantes, siendo este el tema de su opinión, que el mucho saber hacía caer a las mujeres en mil cosas; y para mí, él no debía de ser muy cuerdo, pues tal sustentaba, aunque al principio de su historia dije diferente, porque no sé qué discreto puede apetecer a su contrario, mas a esto le puede disculpar el temor de su honra, que por sustentarla le obligaba a privarse de este gusto.
Llegó el día de la boda, salió Gracia del convento admirando los ojos su hermosura y su simplicidad los sentidos. Solemnizose la boda con muy grande banquete y fiesta, hallándose en ella todos los mayores señores de Granada, por merecerlo el dueño. Pasó el día, y despidió don Fadrique la gente, no quedando sino su familia, y quedando solo con Gracia, ya aliviada de sus joyas y, como dicen, en paños menores y solo con un jubón y un faldellín, y resuelto a hacer prueba de la ignorancia de su esposa, se entró con ella en la cuadra donde estaba la cama y sentándose sobre ella, le pidió le oyese dos palabras, que fueron estas:
—Señora mía, ya sois mi mujer, de lo que doy mil gracias al cielo, para mientras viviéremos; conviene que hagáis lo que ahora os diré, y este estilo guardaréis siempre: lo uno porque no ofendáis a Dios y lo otro para que no me deis disgusto.
A esto respondió Gracia con mucha humildad que lo haría muy de voluntad.
—¿Sabéis —replicó don Fadrique— la vida de los casados?
—Yo, señor, no la sé —dijo Gracia—; decídmela vos, que yo la aprenderé como el Ave María.
Muy contento don Fadrique de su simplicidad, sacó luego unas armas doradas y poniéndoselas sobre el jubón, como era peto y espaldar, gola y brazaletes, sin olvidarse de las manoplas, le dio una lanza y le dijo que la vida de los casados era que, mientras él dormía, le había ella de velar paseándose por aquella sala.
Quedó vestida de esta suerte tan hermosa y dispuesta, que daba gusto verla, porque lo que no había aprovechado en el entendimiento, lo hacía en el gallardo cuerpo, que parecía con el morrión sobre los ricos cabellos y con espada ceñida, una imagen de la diosa Palas.
Armada como digo la hermosa dama, le mandó velar mientras dormía, que lo hizo don Fadrique con mucho respeto, acostándose con mucho gusto y durmió hasta las cinco de la mañana.
Y a esta hora se levantó, y después de estar vestido, tomó a doña Gracia en sus brazos, y con muchas ternezas la desnudó y acostó, diciéndola que durmiese y descansase; y dando orden a las criadas no la despertasen hasta las once, se fue a misa y luego a sus negocios, que no le faltaban, respecto de que había comprado un oficio de veinticuatro. En esta vida pasó más de ocho días, sin dar a entender a Gracia otra cosa, y ella como inocente entendía que todas las casadas hacían lo mismo.
Acertó a este tiempo suceder en el lugar algunas contiendas, para lo cual ordenó el consejo que don Fadrique se partiese por la posta a hablar al rey, no guardándole las leyes de recién casado la necesidad del negocio, por saber que como había estado en la corte, tenía en ella muchos amigos.
Finalmente, no le dio lugar este suceso para más que para llegar a su casa, vestirse de camino, y subiendo en la posta decirle a su mujer que mirase que la vida de los casados la misma había de ser en ausencia suya que había sido en presencia: ella lo prometió hacer así, con lo cual don Fadrique partió muy contento. Y como a la corte se va por poco y se está mucho, le sucedió a él de la misma suerte, deteniéndose no solo días sino meses, pues duró el negocio más de seis.
Prosiguiendo doña Gracia su engaño, vino a Granada un caballero cordobés a tratar un pleito a la chancillería, y andando por la ciudad los ratos que tenía desocupados, vio en un balcón de su casa a doña Gracia las más tardes haciendo su labor, de cuya vista quedó tan pagado que no hay más que encarecer, sino que cautivo de su belleza la empezó a pasear.
Y la dama, como ignorante de estas cosas, ni salía ni entraba en esta pretensión, como quien no sabía las leyes de la voluntad y correspondencia: de cuyo descuido sentido el cordobés andaba muy triste, las cuales acciones viendo una vecina de doña Gracia, conoció por ellas el amor que le tenía a la recién casada; y así un día le llamó, y sabiendo ser su sospecha verdadera, le prometió solicitarla, que nunca faltan hoyos en que caiga la virtud.
Fue la mujer a ver a doña Gracia, y después de haber encarecido su hermosura con mil alabanzas, la dijo como aquel caballero que paseaba su calle la quería mucho y deseaba servirla.
—Yo lo agradezco en verdad —dijo la dama—, mas ahora tengo muchos criados y hasta que se vaya alguno no podré cumplir su deseo, aunque si quiere que yo se lo escriba a mi marido, él por darme gusto podrá ser que lo reciba.
—Que no, señora —dijo la astuta tercera, conociendo su ignorancia—, que este caballero es muy noble, tiene mucha hacienda y no quiere le recibáis por criado, sino serviros con ella, si le queréis mandar que os envíe alguna joya o regalo.
—¡Ay amiga! —dijo entonces doña Gracia—, tengo yo tantas que muchas veces no sé dónde ponerlas.
—Pues si así es —dijo la tercera— que no queréis que os envíe nada, dadle por lo menos licencia para que os visite, que lo desea mucho.
—Venga enhorabuena —dijo la boba señora—, ¿quién se lo quita?
—Señora —replicó ella—, ¿no veis que los criados, si le ven venir de día públicamente, lo tendrán a mal?
—Pues mirad —dijo doña Gracia—, esta llave es de la puerta falsa del jardín y aun de toda la casa, porque dicen que es maestra, y llevadla y entre esta noche, y por una escalera de caracol que hay en él subirá a la propia sala donde duermo.
Acabó la mujer de conocer su ignorancia y así no quiso más batallar con ella, sino tomando su llave se fue a ganar las albricias, que fueron una rica cadena; y aquella noche don Álvaro, que este era su nombre, entró por el jardín como le habían dicho, y subiendo por la escalera, así como fue a entrar en la cuadra vio a doña Gracia armada, como dicen, de punta en blanco y con su lanza, que parecía una amazona: la luz estaba lejos y no imaginando lo que podía ser, creyendo que era alguna traición, volvió las espaldas y se fue.
A la mañana dio cuenta a su tercera del suceso, y ella fue luego a ver a doña Gracia, que la recibió con preguntarla por aquel caballero, que debía de estar muy malo, pues no había venido por donde le dijo.
—¡Ay mi señora! —dijo ella—, y cómo que vino, mas dice que halló un hombre armado, que con una lanza se paseaba por la sala.
—¡Ay Dios! —dijo doña Gracia, riéndose muy de voluntad—, ¿no ve que soy yo, que hago la vida de los casados? Este señor no debe de ser casado, pues pensó que era hombre; dígale que no tenga miedo, que como digo, soy yo.
Tornó con esta respuesta a don Álvaro la tercera; el cual la siguiente noche fue a ver a su dama, y como la vio así la preguntó la causa. Ella respondió riéndose:
—¿Pues cómo tengo de andar sino de esta suerte para hacer la vida de los casados?
—¿Qué vida de casados, señora? —respondió don Álvaro—, mirad que estáis engañada, que la vida de los casados no es esta.
—Pues, señor, esta es la que me enseñó mi marido; mas si vos sabéis otra más fácil, me holgaré de saberla, que esta que hago es muy cansada.
Oyendo el desenvuelto mozo esta simpleza, la desnudó él mismo, y acostándose con ella gozó lo que el necio marido había dilatado por hacer probanza de la inocencia de su mujer.
Con esta vida pasaron todo el tiempo que estuvo don Fadrique en la corte, que como hubiese acabado los negocios y escribiese que venía, y don Álvaro hubiese acabado el suyo, se volvió a Córdoba.
Llegó don Fadrique a su casa, y fue recibido de su mujer con mucho gusto, porque no tenía sentimiento como no tenía discreción. Cenaron juntos, y como se acostase don Fadrique, por venir cansado, cuando pensó que doña Gracia se estaba armando para hacer el complimiento de la orden que la dejó, la vio salir desnuda, y que se entraba con él en la cama, y admirado de esta novedad la dijo:
—¿Pues cómo no hacéis la vida de los casados?
—Andad, señor —dijo la dama—, ¡qué vida de casados, ni qué nada! Harto mejor me iba a mí con el otro marido, que me acostaba con él y me regalaba más que vos.
—¿Pues cómo? —replicó don Fadrique—, ¿habéis tenido otro marido?