Part 14
Y al son de aquestos celos Instrumentos de quejas, Cantaremos llorando Lastimosas endechas.
Oíd atentamente, Nevadas y altas peñas, Y vuestros ecos claros Me sirvan de respuesta.
Escuchad, bellas aves, Y con arpadas lenguas Ayudaréis mis celos Con dulces cantinelas.
Mi Albano adora a Nise, Y a mí penar me deja; Estas sí son pasiones, Y aquestas sí son penas.
Su hermosura divina Amoroso celebra, Y por cielos adora Papeles de su letra.
¿Qué dirás, Ariadna, Que lloras y lamentas De tu amante desvíos, Sinrazones y ausencias?
Y tú, afligido Fenicio, Aunque tus carnes veas Con tal rigor comidas Por el águila fiera;
Y si, atado al Cáucaso, Padeces, no lo sientas, Que mayor es mi daño, Más fuertes mis sospechas.
Desdichado Ixión, No sientas de la rueda El penoso ruido, Porque mis penas sientas.
Tántalo, que a las aguas, Sin que gustarlas puedas, Llegas, y no alcanzas, Pues huyen si te acercas:
Vuestras penas son pocas, Aunque más se encarezcan; Pues no hay dolor que valga, Sino que celos sean.
Ingrato, plegue al cielo Que con celos te veas Rabiando como rabio, Y que cual yo padezcas.
Y esta enemiga mía Tantos te dé, que seas Un Midas de cuidados, Como el de las riquezas.
¿A quién no enterneciera Laura con quejas tan dulces y bien sentidas, si no a don Diego, que se preciaba de ingrato? El cual, entrando al tiempo que ella llegaba con sus endechas a este punto, y las oyese y entendiese el motivo de ellas, desobligado con lo que pudiera obligarse y enojado de lo que fuera justo agradecer y estimar, empezó a maltratar a Laura de palabras diciéndola tales y tan pesadas que la obligó a que, virtiendo cristalinas corrientes por su hermoso rostro, le dijese:
—¿Qué es esto, ingrato? ¿Cómo das tan largas alas a la libertad de tu mala vida que, sin temor del cielo ni respeto alguno, te enfadas de lo que fuera justo alabar? Córrete de que el mundo entienda y la ciudad murmure tus vicios, tan sin rienda que parece que estás despertando con ellos tu afrenta y mis deseos.
Si te pesa de que me queje de ti, quítame la causa que tengo para hacerlo, o acaba con mi cansada vida, ofendida de tus maldades. ¿Así tratas mi amor? ¿Así estimas mis cuidados? ¿Así agradeces mis sufrimientos? Haces bien, pues no tomo a la causa de estas cosas y la hago entre mis manos pedazos. ¿Qué espera un marido que hace lo que tú, sino que su mujer, olvidando la obligación de su honor, se le quite?
No porque yo lo he de hacer aunque más ocasiones me des, que el ser quien soy y el grande amor que por mi dicha os tengo, no me darán lugar; mas temo que has de darlo a los viciosos como tú para que pretendan lo que tú desprecias; y a los maldicientes y murmuradores para que lo imaginen y digan. Pues ¿quién verá una mujer como yo, y un hombre como tú, que no tengan tanto atrevimiento como tú descuido?
Palabras eran estas para que don Diego, abriendo los ojos del alma y del cuerpo, viese la razón de Laura; pero como tenía tan llena el alma de Nise, como desierta de su obligación, acercándose más a ella y encendido en una tan infernal cólera, la empezó a arrastrar por los cabellos y maltratarla de manos; tanto que las perlas de sus dientes presto tomaron forma de corales, bañados en la sangre que empezó a sacar en las crueles manos; y no contento con esto, sacó la daga para salir con ella del yugo tan pesado como el suyo, a cuya acción las criadas, que estaban procurando apartarle de su señora, alzaron las voces dando gritos, llamando a su padre y a sus hermanos, que desatinados y coléricos subieron al cuarto de Laura, y viendo el desatino de don Diego y la dama bañada en sangre, creyendo don Carlos que la había herido, arremetió a don Diego, y quitándole la daga de la mano se la iba a meter por el corazón, si el arriesgado mozo, viendo su manifiesto peligro, no se abrazara con don Carlos, y Laura haciendo lo mismo le pidiera que se reportase diciendo:
—¡Ay hermano!, mira que en esa vida está la de tu triste hermana.
Reportose don Carlos y metiéndose su padre por medio apaciguó la pendencia, y volviéndose a sus aposentos, temiendo don Antonio que si cada día había de haber aquellas ocasiones, sería perderse, se determinó no ver por sus ojos tratar mal a una hija tan querida; y así, otro día tomando su casa, hijos y hacienda, se fue a Piedrablanca, dejando a Laura en su desdichada vida, tan triste y tierna de verlos ir que la faltó poco para perderla. Causa porque oyendo decir que en aquella tierra había mujeres que obligaban por fuerza de hechizos a que hubiese amor, viendo cada día el de su marido en menoscabo, pensando remediarse por este camino, encargó que la trajesen una.
No fue muy perezoso el tercero a quien la hermosa y afligida Laura encargó que le trajese la embustera, y le trajo una a quien la discreta y cuidadosa Laura, después de obligada con dádivas (sed de semejantes mujeres), enterneció con lágrimas y animó con promesas, contándole sus desdichas, y en tales razones la pidió lo que deseaba, diciéndola:
—Amiga, si tú haces que mi marido aborrezca a Nise y vuelva a tenerme el amor que al principio de mi casamiento me tuvo, cuando él era más leal y yo más dichosa, tú verás en mi agradecimiento y liberal satisfacción de la manera que estimo tal bien, pues pensaré que quedo corta con darte la mitad de toda mi hacienda. Y cuando esto no baste, mide tu gusto con mi necesidad y señálate tú misma la paga de este beneficio, que si lo que yo poseo es poco, me venderé para satisfacerte.
La mujer, asegurando a Laura de su saber, contando milagros en sucesos ajenos, facilitó tanto su petición que ya Laura se tenía por segura: a la cual la mujer dijo que había menester (para ciertas cosas que había de aderezar para traer consigo en una bolsilla) barbas, cabellos y dientes de un ahorcado; las cuales reliquias con las demás cosas harían que don Diego mudase la condición, de suerte que se espantaría: y que la paga no quería que fuese de más valor que conforme a lo que le sucediese.
—Y creed, señora —decía la falsa enredadora—, que no bastan hermosuras ni riquezas a hacer dichosas, sin ayudarse de cosas semejantes a estas, que si supieses las mujeres que tienen paz con sus maridos por mi causa, desde luego te tendrías por dichosa y asegurarías tus temores.
Confusa estaba la hermosa Laura viendo que le pedía una cosa tan difícil para ella, pues no sabía el modo cómo viniese a sus manos, y así, dándole cien escudos en oro, le dijo que el dinero todo lo alcanzaba, que los diese a quien la trajese aquellas cosas. A lo cual replicó la taimada hechicera (que con esto quería entretener la cura, para sangrar la bolsa de la afligida dama y encubrir su enredo) que ella no tenía de quien fiarse; demás que estaba la virtud en que ella lo buscase y se lo diese, y con esto, dejando a Laura en la tristeza y confusión que se puede pensar, se fue.
Discurriendo estaba Laura cómo podía buscar lo que la mujer pedía, y hallando por todas partes muchas dificultades, el remedio que halló fue hacer dos ríos caudalosos sus hermosos ojos, no hallando de quien poderse fiar, porque le parecía que era afrenta que una mujer como ella anduviese en tan mecánicas cosas. Con estos pensamientos no hacía sino llorar; y hablando consigo misma decía, asidas sus blancas manos una con otra:
—Desdichada de ti, Laura, y cómo fueras más venturosa si como le costó tu nacimiento la vida a tu madre, fuera también la tuya sacrificio de la muerte.
¡Oh amor, enemigo de las gentes! Y qué de males han venido por ti al mundo, y más a las mujeres que, como en todo somos las más perdidosas y las más fáciles de engañar, parece que solo contra ellas tienes el poder, o por mejor decir, el enojo.
No sé para qué el cielo me crió hermosa, noble y rica, si todo había de tener tan poco valor contra la desdicha, sin que tantos dotes de naturaleza y fortuna me quitasen la mala estrella en que nací.
O, ya que lo soy, ¿para qué me guarda la vida? Pues tenerla un desdichado más es agravio que ventura. ¿A quién contaré mis penas que me las remedie? ¿Quién oirá mis quejas que se enternezca? ¿Y quién verá mis lágrimas que me las enjugue?
Nadie, por cierto, pues mi padre y hermanos por no oírlas me han desamparado, y hasta el cielo, consuelo de los afligidos, se hace sordo por no dármele.
¡Ay don Diego! ¿y quién lo pensara? Mas sí debiera pensar, si mirara que eres hombre, cuyos engaños quitan el poder a los mismos demonios y hacen ellos lo que los ministros de maldades dejan de hacer.
¿Dónde se hallará un hombre verdadero? ¿En cuál dura la voluntad un día? Y más si se ven queridos. Mal haya la mujer que en ellos cree, pues al cabo hallará el pago de su amor, como yo le hallo.
¿Quién es la necia que desea casarse, viendo tantos y tan lastimosos ejemplos? ¿Cómo es mi ánimo tan poco, mi valor tan afeminado y mi cobardía tanta que no quito la vida, no solo a la enemiga de mi sosiego, sino al ingrato que me trata con tanto rigor?
¡Mas, ay, que tengo amor! Y en lo uno temo perderle y en lo otro enojarle: ¿por qué, vanos legisladores del mundo, atáis nuestras manos para las venganzas, imposibilitando nuestras fuerzas con vuestras falsas opiniones, pues nos negáis letras y armas? ¿Nuestra alma no es la misma que la de los hombres? Pues si ella es la que da valor al cuerpo, ¿quién obliga a los nuestros a tanta cobardía?
Yo aseguro que si entendierais que también había en nosotras valor y fortaleza, no os burlaríais como os burláis; y así, por tenernos sujetas desde que nacemos, vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con los temores de la honra, y el entendimiento con el recato de la vergüenza; dándonos por espadas ruecas, y por libros almohadillas.
¡Mas triste de mí! ¿De qué sirven estos pensamientos, pues ya no sirven para remediar cosas tan sin remedio? Lo que ahora importa es pensar cómo daré a esta mujer lo que pide.
Diciendo esto, se ponía a pensar qué haría, y luego volvía de nuevo a sus quejas.
Quien oyera las que está dando Laura, dirá que la fuerza del amor está en su punto, mas aún faltaba otro extremo mayor, y fue que viendo cerrar la noche, y viendo ser la más oscura y tenebrosa que en todo aquel invierno había hecho (respondiendo a su pretensión su opinión), sin mirar a lo que se ponía y lo que aventuraba si don Diego venía y la hallaba fuera, diciendo a sus criadas que si venía le dijesen que estaba en casa de alguna de las muchas señoras que había en Nápoles, poniéndose un manto de una de ellas, con una pequeña linternilla se puso en la calle y fue a buscar lo que ella pensaba había de ser su remedio.
Hay en Nápoles, como una milla apartada de la ciudad, camino de Nuestra Señora del Arca, imagen muy devota de aquel reino, y el mismo por donde se va a Piedrablanca, como un tiro de piedra del camino real, a un lado de él, un humilladero de cincuenta pies de largo y otros tantos de ancho: la puerta del cual está hacia el camino, y en frente de ella un altar con una imagen pintada en la misma pared.
Tiene el humilladero estado y medio de alto, el suelo es una fosa de más de cuatro en hondura que coge toda la dicha capilla, y solo queda alrededor un poyo de media vara de ancho por el cual se anda todo el humilladero. A estado de hombre, y menos, hay puestos por las paredes unos garfios de hierro en los cuales cuelgan a los que ahorcan en la plaza; y como los tales se van deshaciendo, caen los huesos en aquel hoyo que, como está sagrado, les sirve de sepultura.
Pues a esta parte tan espantosa guió sus pasos Laura, donde a la sazón había seis hombres que por salteadores habían ajusticiado pocos días hacía: la cual, llegando a él con ánimo increíble (que se lo daba amor), tan olvidada del peligro cuanto acordada de sus fortunas, pues podía temer si no a la gente con quien iba a negociar a lo menos caer dentro de aquella profundidad, donde si tal fuera jamás se supiera de ella.
Ya he contado como el padre y hermanos de Laura, por no verla maltratar y ponerse en ocasión de perderse con su cuñado, se habían retirado a Piedrablanca, donde vivían (si no olvidados de ella, a lo menos desviados de verla).
Estando don Carlos acostado en su cama al tiempo que llegó Laura al humilladero, despertó con riguroso y cruel sobresalto, dando tales voces que parecía se le acababa la vida.
Alborotose la casa, vino su padre, acudieron sus criados; todos confusos y turbados, y solemnizando su dolor con lágrimas le preguntaban la causa de su mal, la cual estaba escondida aun al mismo que la sentía.
El cual, vuelto más en sí, levantándose de la cama y diciendo: «En algún peligro está mi hermana», se comenzó a vestir a toda diligencia, dando orden a un criado para que luego al punto le ensillase un caballo, el cual apercibido saltó en él, y sin querer aguardar que le acompañase algún criado, a todo correr de él partió la vía de Nápoles con tanta prisa que a la una se halló en frente del humilladero, donde paró el caballo de la misma suerte que si fuera de piedra.
Procuraba don Carlos pasar adelante, mas era porfiar en la misma porfía; porque atrás ni adelante era posible volver, antes, como arrimándole la espuela quería que caminase, el caballo daba unos bufidos espantosos.
Viendo don Carlos tal cosa, y acordándose del humilladero, volvió a mirarle, y como vio luz que salía de la linterna que su hermana tenía, pensó que alguna hechicería le detenía, y deseando saberlo de cierto, probó si el caballo quería caminar hacia allá, y apenas hizo la acción cuando el caballo, sin apremio alguno, hizo la voluntad de su dueño; y llegando a la puerta con su espada en la mano, dijo:
—Quienquiera que sea quien está ahí dentro, salga luego fuera, que si no lo hace, por vida del rey que no me he de ir de aquí hasta que con la luz del día vea quién es y qué hace en tal lugar.
Laura, que en la voz conoció a su hermano, pensando que se iría y mudando cuanto pudo la suya, le respondió:
—Yo soy una pobre mujer, que por cierto caso estoy en este lugar; y pues no os importa saber quién soy, por amor de Dios que os vayáis: y creed que si porfiáis en aguardar, me arrojaré luego al punto en esa sepultura, aunque piense perder la vida y el alma.
No disimuló Laura tanto la habla que su hermano, que no la tenía tan olvidada como ella pensó, dando una gran voz, acompañada con un suspiro, dijo:
—¡Ay hermana, grande mal hay, pues tú estás aquí; sal fuera, que no en vano me decía mi corazón este suceso!
Pues viendo Laura que ya su hermano la había conocido, con el mayor tiento que pudo, por no caer en la fosa, salió arrimándose a las paredes, y tal vez a los mismos ahorcados, y llegando donde su hermano lleno de mil pesares la aguardaba, y no sin lágrimas, se arrojó en sus brazos, y apartándose a un lado supo de Laura en breves razones la ocasión que había tenido por venir allá, y ella de él la que le había traído a tal tiempo; y el remedio que don Carlos tomó fue ponerla sobre su caballo, y subiendo asimismo él, dar la vuela a Piedrablanca, teniendo por milagrosa su venida; y lo mismo sintió Laura, mirándose arrepentida de lo que había hecho.
Cerca de la mañana llegaron a Piedrablanca, donde sabido de su padre el suceso, haciendo poner un coche, metiéndose en él con sus hijos e hija, se vino a Nápoles, y derecho al palacio del virrey, a cuyos pies arrodillado le dijo que, para contar un caso portentoso que había sucedido, le suplicaba mandase venir allí a don Diego Piñatelo, su yerno, porque importaba a su autoridad y sosiego.
Su excelencia lo hizo así: y como llegase don Diego a la sala del virrey y hallase en ella a su suegro, cuñados y mujer, quedó absorto, y más cuando Laura en su presencia contó al virrey lo que en este caso queda escrito, acabando la plática con decir que ella estaba desengañada de lo que era el mundo y los hombres; y que así no quería más batallar con ellos, porque cuando pensaba lo que había hecho y dónde se había visto, no acababa de admirarse; y que supuesto esto, ella se quería entrar en un monasterio, sagrado poderoso para valerse de las miserias a que las mujeres están sujetas.
Oyendo don Diego esto, y negándole al alma el ser causa de tanto mal, en fin como hombre bien entendido, estimando en aquel punto a Laura más que nunca y temiendo que ejecutase su determinación, no esperando él por sí alcanzar de ella cosa alguna, según estaba agraviada, tomó por medio al virrey, suplicándole pidiese a Laura que volviese con él, prometiendo la enmienda de allí adelante.
Hízolo el virrey, mas Laura, temerosa de lo pasado, no fue posible que lo aceptase, antes, más firme en su propósito, dijo que era cansarse en vano, que ella quería hacer por Dios, que era amante más agradecido, lo que por un ingrato había hecho; con que este mismo día se entró en la Concepción, convento noble, rico y santo.
Don Diego desesperado se fue a su casa, y tomando las joyas y dineros que halló, se partió sin despedirse de nadie de la ciudad, donde a pocos meses se supo que en la guerra que la majestad de Felipe III tenía con el duque de Saboya había acabado la vida.
Con grande admiración oyeron todos la discreta maravilla que la hermosa Nise había referido, y habiéndose sosegado el aplauso y cantado los músicos, comenzó la hermosa Lisis la maravilla que la tocaba en esta forma:
NOVELA SEXTA.
EL DESENGAÑADO AMADO, Y PREMIO DE LA VIRTUD.
En la imperial ciudad de Toledo, silla de reyes, y corona de sus reinos, como lo publica su hermosa fundación, agradable sitio, nobles caballeros y hermosas damas, hubo no ha muchos años un caballero cuyo nombre será don Fernando.
Nació de padres nobles y medianamente ricos, y él por sí tan galán, alentado y valiente que si no desluciera estas gracias de naturaleza con ser mucho más inclinado a travesuras y vicios que a virtudes, pudiera ser adorno, alabanza y grandeza de su patria. Desde su tierna niñez procuraron sus padres criarle e instruirle con las costumbres que requieren los ilustres nacimientos para que lleven adelante la nobleza que heredaron de sus pasados; mas estos virtuosos estilos eran tan pesados para don Fernando, como quien en todo seguía su traviesa inclinación, sin vencerse en nada; y más que al mejor tiempo le faltó su padre, con que don Fernando tuvo lugar de dar más rienda a sus vicios.
Gastó en esto alguna parte de su patrimonio, falta que se veía mucho, como no era de los más abundantes de su tierra. En medio de estos vicios y distraimiento de nuestro caballero, le sujetó amor a la hermosura, donaire y discreción de una dama que vivía en Toledo medianamente rica y sin comparación hermosa, cuyo nombre será doña Juana. Sus padres, habiendo pasado de esta a mejor vida, la habían dejado encomendada a solo su valor, que en Toledo no tenían deudos, por ser forasteros.
Era doña Juana de veinte años, edad peligrosa para la perdición de una mujer, por estar entonces la bella vanidad y locura aconsejadas con la voluntad, causa por que no escuchando a la razón ni al entendimiento, se dejen cautivar de deseos livianos. Dejábase doña Juana servir y galantear de algunos caballeros mozos, pareciéndole tener por esta parte más seguro su casamiento.
De esta dama se aficionó don Fernando con grandes veras; solicitole la voluntad con papeles, músicas y presentes, balas que asestan luego los hombres para rendir las flacas fuerzas de las mujeres.
Miraba bien doña Juana a don Fernando y no le pesaba verse querida de un caballero tan galán y tan noble, pareciéndole que si le pudiese obligar a ser su marido, sería felicísimamente venturosa, puesto que no ignoraba sus travesuras, y decía, como dicen algunas (dicen mal), que eran cosas de mozos; porque el que no tiene asiento a los principios poco queda que aguardar a los fines.
Era don Fernando astuto y conocía que no se había de rendir doña Juana menos que casándose, y así daba muestras de desearlo, diciéndolo a quien le parecía que se lo diría, en particular a las criadas, las veces que hallaba ocasión de hablarlas.
La dama era asimismo cuerda, y para amartelarle más se hacía de temer, obligándole con desdenes a enamorarse más, pareciéndole que no hay tal cebo para la voluntad como las asperezas, las cuales sentía don Fernando sobre manera, o porque si al principio empezó de burlas ya la quería de veras, o por haber puesto la mira en rendirla; y le debía de parecer que perdía de su punto si no vencía su desdén, y más conociendo de su talle ser poderoso para rendir cualquiera belleza.
Una noche del verano con otros amigos le trajo amor, como otras, a su calle, les pidió que cantasen, y obedeciendo los músicos cantaron:
De dos premios que ha querido Dar amor a un desdichado, Mayor que ser olvidado Es el ser aborrecido; Que el que olvida, aquel olvido En amor puede volver; Mas quien llega a aborrecer, Cuando se venga a acordar, Será para maltratar, Que no para bien querer.
El olvido es privación De la memoria importuna, Consiste en mala fortuna; Pero no es mala intención: Mas quien ciego de pasión, Contra la ley natural, Aborrece en caso igual, Más que olvido es el desdén, Pues sobre no querer bien, Está deseando mal.
Y si en fin aborrecer Es agraviar, bien se infiere, Que el que ingrato aborreciere, Está cerca de ofender: Y si hay quien quiera querer Ser antes aborrecido, Tome por suyo el partido; Que si me han de maltratar, Por no verme despreciar Quiero anegarme en olvido.
No cantó don Fernando con tan poco acierto estas décimas, si bien dichas sin propósito, pues hasta entonces no podía juzgar de la voluntad de su dama si se inclinaba a quererle, si a aborrecerle, que no hallasen lugar en su pecho sus gracias, que a caer sobre menos travesuras lucieran mucho. Mas ya determinada a favorecerle, se dejó ver, que hasta entonces había oído la música encubierta, y dio a entender con palabras que había estimado sus versos, asistiendo al balcón mientras se cantaron.
Y con el favor que doña Juana hizo a don Fernando aquella noche, se partió el más contento que imaginar se puede, pareciéndole que para ser el primero no había negociado mal respecto del desdén con que siempre le había tratado; y continuando sus paseos y perseverando en su amor, acrecentando los regalos, vino a granjear de suerte la voluntad de la dama que ya era la enamorada y perdida, y don Fernando el que se dejaba amar y servir (condición de hombre amado y ventura de mujer rendida), porque aunque don Fernando quería bien a doña Juana, no de suerte que se rematase ni dejase por su amistad las demás ocasiones.
Venció don Fernando y rindiose doña Juana, y no es maravilla, pues se vio obligar con la palabra que le dio de ser su esposo, oro con que los hombres disimulan la píldora amarga de sus engaños.
Vivía la madre de don Fernando, y este fue el inconveniente que puso para no casarse luego, diciendo que temía disgustarla y que por no acabarla del todo a fuerza de disgustos era necesario disimular hasta mejor ocasión.
Creyole doña Juana y de esta suerte sufría con gusto las excusas que le daba, pareciéndole que ya lo más estaba granjeado, que era la voluntad de don Fernando, con la cual se aseguraba de cuantos temores se le ofrecían mientras la fortuna se inclinaba a favorecerla, o porque ya no podía vivir sin su amante, que era lo más cierto.
En esta amistad pasaron seis meses, dándola don Fernando cuanto había menester y sustentándole la casa como pudiera la de su misma mujer, porque con tal intento era admitido.