Part 9
--Todos esos son unos calzonazos. Nosotras hemos cargado ya muchas espuertas de tierra. Ahora llevamos dos cañones a Los Pozos, y queremos que nos los dejen disparar.
--Bueno, bueno, todo se hará. Cada una a su casa, y cuidado con lo que les tengo prevenido. Tú, Nicolasa, eres una tramposa, que en cada libra de carne pones dos onzas menos de peso. Tú, Bastiana, te condenarás por la usura de prestar a dos pesetas por duro a la gente del Rastro; y tú, Alifonsa, aguardentera de todos los diablos, ten entendido que tantas docenas de estos verás a la hora de tu muerte como cortejos has mantenido en vida, y no digo más por no escandalizar delante del público.
Con estas y otras filípicas iba Salmón despejando la puerta en tales términos, que pronto quedó practicable; mas no por eso tornose adentro el popular fraile, sino que siguió adelante, diciendo a cada uno su palabrita y dando a besar la correa a viejos, mujeres, hombres y muchachos. Cuando me vio echome los brazos al cuello, saludándome con mucho afecto.
--¿Vienes a alistarte? --me dijo.
En esto abalanzose hacia nosotros un hombre que besó las manos a Salmón con fervoroso cariño, y luego le habló así:
--¡Ay, mi Padrito de mi alma! ¡Gracias a Dios que este probe tiene el refrigerio de encontrarle y verle y hablarle, que es para él de más gusto que si le dieran todos los reinos del mundo limpios de fronteras! ¿Recibió Su Paternidad las siete libras de rapé y el barrilito?
--Si, hijo mío, y gracias se os dan, pues sois el caballero más cumplidor de juramentos y palabras que conozco.
--Sí: que soy hombre para desairar a un Paternidad tan reverendo. Mande mi frailito por esa boca, que yo le traeré la Inglaterra toda, aunque gaste en pólvora y balas todo mi dinero.
--¿Y la Zainilla?
--¡Está malucha! La otra noche tuvimos junción en casa, y todo concluyó con un sainetillo de lo que llaman palos, que aquello parecía una gloria. La probecita niña de mis entrañas está desde esa noche que no come ni bebe, y manda al cielo unos suspiros que parten el corazón de bronce de su padre.
--Eres un zopenco, tío Mano --dijo Salmón--. Cuando estuve en tu casa el día de Difuntos... ¿recuerdas que me diste aquellos puches; que con el aditamento de un cierto aguardiente de Chinchón, estaban propios para que metiera en ellos las barbas el mismo Emperador del Sacro Romano Imperio?
--Me acuerdo, sí.
--Pues aquella noche te dije: «Morterillo, ándate con cuidado, que tu Zaina y el Sr. de Mañara están de mucho paliqueo, y míralos en aquel rincón con la cabeza inclinada el uno sobre el otro como dos higos maduros.» ¡Y cómo se le caía la baba a tu hija!
--Verdad es, señor; y ya sé que de ahí viene todo.
--Entonces te dije: «Morterillo, mucho ojo, que el Mañara quiere enmarañar a tu hija, y vas a perder este bocadito de ángeles que tú destinabas a un Veinticuatro.» ¿Acerté?
--¿Pues ello?... Yo no quería reñir con Mañara --dijo Mortero rascándose una oreja--. Verdad que él iba allá todas las noches... pero mi probecita niña es más inocente que una paloma.
--Apuesto a que el demonio ha metido el rabo en tu casa, Morterillo. Dices que tu hija ni come ni bebe, y da unos suspiros... ¿suspiritos?
--Sí; y en tres días no le he podido sacar palabra de la boca, y a veces heme puesto a acecharla tras la puerta de su cuarto, y cata a mi niñita diciendo unas palabrotas... pues... así como los cómicos en los teatros... Y a ratos la veía enjugándose las lágrimas, y a ratos echando centellas por los ojos... «Dime qué tienes, serafín de tu padre», le he preguntado algunas veces; pero no me contesta más que un poste. Anoche nos pusimos a rezar el rosario (porque yo no falto jamás amén a esta devota costumbre, ni en casa ni en campo raso), y ella empezó con mucha devoción, diciendo los santamarías con un dejo y un canticio meloso que llegaba al alma; pero de repente, Padrito, empieza a dar manotadas como una loca, rompe en mil pedazos el rosario, levántase, y con las manos en la cabeza, dando paseos por el cuarto, dice así: «Virgen de la Paloma, no puedo, no puedo.» Luego púsose el mantón y corrió a la calle, a donde la seguí... ¿Creerá Su Reverencia de mi alma que fue hasta la casa donde vive ese condenado Regidor, parose en la puerta, y arrimando la cabeza contra una reja, dio a llorar como un chiquillo? Tuve que traerla en brazos a mi casa, y al día siguiente no pudo ir al cajón porque cayó mala.
--Ya lo veo clarito: es que Mañara la tiene sorbidos los sesos, y no es la primera, Mortero, no es la primera; pero yo iré por allí, echarele un sermón a la niña, y veremos si te la curo... Pero calle... ¿no es aquella que asoma por allí? Sí, es ella misma. Zaina, Zainilla, ven acá.
--Sí, es mi flor temprana, es el lucero de su padre. Llégate aquí, arrastradilla --dijo el tío Mano llamando a su hija--. ¿De dónde vienes?
--De llevar tierra --contestó la Zaina, en cuyo semblante fresco y animado no se veían señales de aquel hondo pesar y exaltación que acababa de referir el respetable progenitor--. Ya hemos puesto tres cañones en la Puerta de Atocha, y están clavadas las estacas y armado tal ramaje de palitroques, que parece un nacimiento.
--¿Y para qué andas tú en esas faenas, solito de justicia? --Padre, échele Su Reverencia un buen sermón, o dos, si es menester, para que se quede en casa.
--Tú no tienes buena cara, Zaina --le dijo Salmón--. Tú estás triste, te lo conozco.
--¡Qué buen barruntador tenemos! ¿Y por qué estoy triste?
--Dime, ¿has visto por ahí al Sr. D. Juan de Mañara?
La Zaina se puso pálida y cesó de reír.
--Ya está cogida --exclamó Salmón batiendo palmas--. Esa cara no miente. Mira, Ignacia, en la huerta de mi convento hay un pajarito que todas las mañanas viene a mi celda a contarme las picardías de las muchachas que conozco. ¿Sabes lo que me dijo de ti? Pues me dijo...
--Está más encarnada que un tomate --añadió Mano--; déjela Su Paternidad por ahora.
--¿Qué dejar? ¡Bueno soy yo!... Conque, niña, ¿ha habido gatuperio? Mucho cuidado con los galanes que van a casa; mucho ojo, que si me enfado... Fuera pecados mortales, fuera cosas malas, que entonces no hay lo de Padrito por acá, Padrito por allá, sino que saco unas disciplinas, y a zurriagazos enderezo yo a mis niñas. Conque ven acá, loquilla, ¿ese señor de Mañara te ha trastornado el juicio?
--¿A mí? --chilló la Zaina con súbita expresión de despecho, que la puso más arrogante y más hermosa de lo que realmente era--. ¿A mí ese pelón? Sé que se lustrea diciéndolo por ahí; pero que se aspere un poquito, que astavía tenga mucho orgullo y no me echo a perros.
--Vamos, no lo niegues.
--¿Yo? Voime al zumo, que no a las cáscaras, y sobre que no me gustan los usirias estirados, ni los madamos que huelen a bergamota, cuanti más los malinos traidores, gabachones...
--¡El Sr. de Mañara traidor! --exclamó con asombro el mercenario--. ¿Cómo hablas así de un caballero tan principal y tan buen patricio, de ese bendito Regidor, que ahora está allí dentro alistando soldados?
--Traidor, más traidor que Judas --afirmó la Zaina--. ¿Y Su Reverencia se hace de nuevas? Pues todo el mundo lo dice, y no queda en Madrid quien no lo sabe.
--De otros lo he oído yo, pero no de Mañara --indicó Mortero.
--Está vendido a los franceses, y todo ese papel que hace, es por disimular sus maldades --dijo la Zaina--. Pero se la tienen sentenciada a ese pícaro, arrastrao, endino, criado del tío Copas. ¡Viva Fernando VII!
--Yo creí que estabas embobada --dijo Salmón--, y ahora veo que estás loca.
--¡Ay, mi niñita! --dijo el tío Mano--: no hables tales cosas, que pueden llegar a las orejas del Sr. de Mañara, y ya sabes que ando en empeños con él para que ponga en libertad a aquellos dos angelitos seráficos que están en la cárcel de Villa, Agustinillo y el Manco, los cuales, por diez pellejos de mal vino de Esquivias, están pasando el Purgatorio en vida, aunque pienso que en la otra Dios les ha de descontar estas penas.
--¡Me han de oír los sordos! --exclamó la Zaina--, que aquí no queremos traidores. Acabar con ellos, y Napoleón es muerto.
--Cuidado, muchacha --dijo Salmón--, que palabra y piedra suelta no tienen vuelta, y palabra en boca es lo mismo que piedra en honda.
--Sea lo que Dios quiera. A mí quien me la hace, me la paga.
--¿Ves cómo todo es el rencorcillo que te ha quedado?
Iba a contestar Ignacia, cuando apareció D. Diego, y luego que aquella le vio, hízole entrar en el corro, diciéndole:
--Aquí estoy, aquí está su princesa, señor Conde; no me busque con esos ojazos de pájaro bobo.
--¿También el señor Conde te corteja, arpihuela? --preguntó el fraile, haciendo una reverencia a D. Diego.
--¡Y que le quiero más que a las niñas de mis ojos! --dijo la maja--. Los zarcillos son chicos, y otra vez tenga más miramiento; que a las señoras no se las osequia con colgajitos de a cuatro duros; y un novio tuve yo, que en barras de plata y oro me llevó a casa los tesoros del Rey.
D. Diego, turbado por la presencia del mercenario, no acertaba a decir palabra. En cambio el Padrito se encaró con él, y campanudamente endilgole la siguiente homilia:
--Ya sé que anda el señor Conde en malos pasos, y mis señoras la Condesa y Marquesa lo saben también. ¿Conque es cortejo de la Zaina? _¡Optime, superlative!_ Sr. D. Diego. Y no lo digo porque esta sea ningún guiñapo, sino porque cada oveja con su pareja. ¿Qué dirá la señora Doña María Castro de Oro, Condesa de Rumblar, a quien no conozco sino para servirla; qué dirá cuando sepa los traeres de su hijo? Y pensar que a un jovenzuelo casquivano se le ha de dar por esposa aquella flor sin tacha, aquel lucero matutino, que cual oro en paño guardan donde usía sabe, es pensar en las nubes de antaño. ¡Pues no faltaba más... un Afán de Ribera metido en tales tapujos! ¿No le da a usted vergüenza? Y no lo digo porque frecuente la casa de este Sr. D. Mano de Mortero, que es persona honradísima, sino porque mi niño va también a casa de la Zancuda, donde se juega de lo lindo, y jóvenes muy acomodados conozco que han dejado allí los hígados.
--Verdad es --dijo Mortero--. Lo que es en mi casa, nadie se deja nada, como no sea el malhumor, porque a conversaciones honestas, y a lenguas castas, y a manos quietas, nadie nos gana; que a veces la casa parece un monasterio de tanto afinamiento y quinta substancia de la comenencia.
--Pero el Sr. D. Diego no solo frecuenta esas deshonestísimas regiones --añadió Salmón--, sino que también va a las logias de los masones _infernalis espelunca_, donde se pasa la noche entre herejías y diabluras. ¡Veo que es aprovechado el rapazuelo! ¡Y quería la señora Marquesa que yo le trajese al buen caminito con sermones y consejos! No está la Magdalena para tafetanes, Sr. D. Diego, y yo primero arrojo el hábito que llevo, que decir a usía por ahí te pudras, y lléveselo el diablo con sus bobadas y truhanerías.
Más que una mona corrido, quedose Don Diego con esta filípica, y de buena gana habría contestado a Salmón, vomitando todas las abominaciones que acerca de los frailes había aprendido ya, si no le detuviera la vergüenza y las muchas miradas de enojo que de distintas partes le observaban. Así es que solo protestando a medias palabras contra el _frailazo pancista_, se escurrió bonitamente entre el gentío, llevando consigo a la Zaina y a Mortero, que no quiso dejarle escapar sin previa entrega de las ofrecidas espuelas de plata.
Quedémonos allí Salmón y yo, y como mi amigo oyera lo de _frailazo pancista_, palabras que ya en aquellos días empezaban a menudear en bocas populares, se enfureció y quiso seguir tras el jovenzuelo para reprenderle su osadía; mas el agolpamiento de la gente, junto con las muestras de simpatías que recibió, se lo impidieron.
--Temple Su Paternidad la ira --le dije--, y váyase en buen hora D. Diego.
--Tienes razón --repuso--, que _aquila non capit muscas_. Su castigo tendrá en ver que se queda sin novia.
--Pues él está tan firme en casarse --dije-- que lo da por hecho, y añade que llevará adelante lo del matrimonio contra viento y marea.
--¡Oh, qué ilusión! Pues están contentas de él mis señoras la Condesa y Marquesa. Y por lo que hace a la novia... Acompáñame a la Merced y te contaré. ¿Hablaste largo con la señora Condesa? ¿Le dijiste todo lo que sabes de este botarate?
--Un poquito, sí, señor. ¿De modo que no se casará?
--Lo dudo, porque si las personas mayores de la casa no le pueden ver, lo que es la joven... Anda esta trastornadilla después que se le han descubierto todos los escondrijos de su almita. Por fin lo dijo todo. Ya te conté que ni yo con mi gran autoridad y mis chistes y juegos, ni la Marquesa con su mal genio, ni el Marqués apedreándola a regalos y obsequios, pudimos hacerle confesar la causa de sus melancolías; pero al fin, apretada por su prima la señora Condesa que la ama mucho, un día entre lágrimas y suspiros le confesó todo.
--Y no resultaría nada...
--Nada más sino que todo aquel mal gesto y aquellas tristezas le venían de amar a un muchachuelo, a un perdidillo, a un cascaciruelas de esas calles, a quien conoció y tuvo por novio en toda regla, allá cuando vivía lejos de sus padres. ¡Cosa de niños! Lejos de parecerme mala, me parece un buen signo de virtud la firmeza de sus sentimientos, lo mismo en la adversa que en la próspera fortuna. Con todo, la Marquesa y su hermano rabian, como es natural, viendo que no pueden desencantar a la niña, pues lo que tiene, más parece encanto que otra cosa. Y todo se les vuelve decir: «Padre Salmón, ¿qué haremos? Padre Salmón ¿qué no haremos?» Yo me voy al cuarto de la madamita, y después de decirle cuatro gracias y de imitar el graznido de los cuervos, y el relincho de un caballo, y el rum-rum de las viejas rezando en la iglesia, con lo cual ella se ríe mucho, le digo: «Pero mi niña de mi corazón, ¿por qué no desecha vueseñoría todo pensamiento que no sea el de su actual grandeza? ¿Qué cosa puede apetecer ahora? ¿Le falta algo? ¿No tiene todas las comodidades, todos los miramientos, todos los mimos que una doncella puede apetecer?» A lo que me contesta que ella no desea nada, y después se calla. Entonces le tomo las manos, se las acaricio y le digo: «El pajarito de mi convento me ha contado que amasteis a un jovenzuelo. ¿Por qué no arrojáis esta idea de la cabeza? ¿No comprende usía que en una tan principal casa no pueden entrar por las puertas del matrimonio personas de baja condición? Seguramente que ese zascandil que fue vuestro novio no se acuerda para nada de mi querida niña.» Y ella al punto se sonríe, muda de conversación y empieza a hablar de otro asunto con tan buen tino y tanto talento, que a mí y al Padre Castillo nos deja atónitos.
--Pues veo que cuando dos tan buenos predicadores no la pueden quitar con sus buenos sermones el desencanto, encantada estará toda la vida.
--No, hijo; que se han intentado varios medios para quitarle eso de la cabeza. La Condesa díjole que el zascandil ese había muerto según sus averiguaciones, y la Marquesa y su hermano, tomando otro camino, han concertado hacerla creer que el tal desconocido jovenzuelo es un pícaro ladroncillo de las calles, un tramposo, estafador, a quien persigue la justicia por sus robos, chuladas y granujerías.
--¡Vive Dios! --exclamé sin poderme contener--, y que eso es mentira, y le romperé el alma al que me diga que es cierto.
--¡Cómo, muchacho! --dijo muy absorto el fraile--. ¿Pero a ti qué te va ni qué te viene en esa cuestión para tomarla tan a pechos?
--Y a todas esas, ella, ¿qué decía?
--Nada. Hasta hoy la verdad es que el ingenioso artificio no ha hecho gran efecto, y mientras la doncella sin par aparenta no darse por entendida, la señora Marquesa se incomoda más cada día, y a todas horas exclama: «Esto no puede seguir así.» Riñe con su sobrina; esta suele llorar, aunque en ella todo revela más paciencia que dolor, y aquí de la Condesa, que se pone como un basilisco en cuanto mortifican a su prima. Tía y sobrina se dicen cuatro cosas; yo las apaciguo, y hasta el otro día, que sucede lo mismo.
En esto llegamos a la puerta de la Merced, y Salmón, deteniéndose, me dijo:
--¿Quieres subir? Te daré chocolate crudo y una copita.
--Gracias, Padre: estoy rabiando, y no tengo ganas de chocolate ni de copitas.
Y sin más palabras, despedime de aquella lumbrera de la Iglesia para irme a mi casa.
XIV
Llegó con el 28 de noviembre la noticia de la batalla de Tudela, y una vez que se consideró deshecho nuestro ejército de Aragón y del Centro, ya todos vimos el sombrero de Napoleón asomando por la Mala de Francia. Las fortificaciones avanzaban, y en los días 27, 28 y 29 recuerdo que menudearon bastante las que podremos llamar fortificaciones y armamentos espirituales, que eran las rogativas, rosarios, funciones de desagravios, novenas y otras devociones para alcanzar de la Divina Providencia, no que apartase los peligros, sino que enardeciera nuestros ánimos para salir victoriosos. Hubo rosario en San Ginés, jubileo en los Dominicos de la Pasión, solemnes cultos en el Carmen Calzado, y, por último, en la iglesia de Nuestra Señora de Gracia, sita en la Plazuela de la Cebada, se inauguró un novenario que fue la más popular de las devociones de aquellos días, por predicar allí popularísimos oradores. La gente piadosa, al par que patriota, no tenía tiempo para acudir a tantas partes, y vacilaba entre la iglesia y la trinchera. En los sermones había de todo, como es fácil suponer: piedad cristiana y entusiasmo bíblico en algunos púlpitos; garrulería en otros, con perdón sea dicho de mi respetable amigo el mercenario calzado a quien ustedes conocen. Los hombres, aunque lo deseáramos, no teníamos tiempo para frecuentar las iglesias, y especialmente los armados no dábamos paz a los pies ni a las manos con el frecuente ejercicio y ensayo de nuestra fuerza. Los soldados, los voluntarios, los conscriptos, los _honrados_ que tenían armas, nos confundimos por algunos días en comunes trabajos y preparativos, dando al olvido discordias importunas. Y no estaba el tiempo para andarse con juegos, porque ya Napoleón se nos venía encima. La temida sombra veíase por todas partes. Mientras existió la pueril confianza de que las tropas enviadas a Somosierra estorbarían el paso del tirano, menos mal: íbamos viviendo, alimentando nuestro espíritu con risueñas ilusiones, y soñando con ver hechos pedazos el poder de Bonaparte en la era del Mico.
Pero el día 1.º de diciembre comenzaron a circular desde muy temprano rumores gravísimos acerca de la derrota del general San Juan en Somosierra. Echose todo el mundo a la calle en averiguación de lo ocurrido, y corriendo de boca en boca las nuevas, exageradas por la ignorancia o la mala fe, bien pronto llegó a decirse que los franceses estaban en Alcobendas, y hasta alguno aseguró haberlos visto paseándose en el Campo de Guardias. Desde el famoso 2 de mayo no había visto a Madrid tan agitado: corrían hombres y mujeres por las calles, y entonces era el lamentar la ciega confianza, el echar de menos la actividad y previsión propias de un pueblo realmente decidido a defenderse. El Gran Capitán y yo habíamos salido desde muy temprano, él para tomar disposiciones importantes en el Cuerpo de _honrados_ a que pertenecía, y yo por acudir a mi puesto, o curiosear en caso de que aún no se tratara de cosa formal.
--Lejos de acoquinarme yo, como estos gallinas --decía el Gran Capitán--, me animo y me gallardeo y me esponjo al saber que los tenemos tan cerca. Y a mí no me hablen de que el general San Juan ha sido derrotado. Para los que conocemos las artimañas y recovecos del arte de la guerra, esa dispersión de las tropas de San Juan que parece derrota, no es otra cosa más que un hábil movimiento para engañar a Napoleón, dejándole pasar el Puerto. Y si no, figúrate si será bonito ver a lo mejor que, cuando tranquilamente avanzan los franceses creyéndose seguros, aparecen como llovidas por el flanco derecho las tropas españolas, y me los cogen ahí sin disparar un tiro entre Alcobendas y San Agustín.
--Podrá suceder --dije yo sin manifestarle mi incredulidad--; pero figúrese el Sr. Fernández que no pasa nada de esto, sino que viene Napoleón sano y entero, y nos pone cerco. ¿Cómo saldremos de este apuro?
--Admirablemente --repuso--. Podrá suceder que si trae muchas, muchísimas tropas, vamos al decir, un par de milloncitos de hombres, dure el sitio dos o tres años, al cabo de los cuales tendrá que retirarse... porque pensar que Madrid se ha de rendir, es pensar en lo excusado. Y si no, pasea tus ojos por esas fortificaciones que en diferentes partes se han hecho en lo que el diablo se restrega un ojo; espacia tu vista por esos hondos fosos, por esos gruesos parapetos, por esos inexpugnables montones de tierra, y por esas terroríficas baterías de cañones de a 6; y si la admiración te da tregua a las reflexiones, comprenderás que es imposible tomar a Madrid, aunque Napoleón trajera mejor gente que aquella que fue a Portugal con el señor Marqués de Sarriá.
--Dios le oiga a usted. Por mi parte haré lo que pueda. ¿Y usted manda, o es mandado?
--Yo mando; que a ello me obligan antiguos amigos, cuya ciega confianza en mis conocimientos raya en fanatismo. Yo no quería mandar porque no me gustan papeles; pero he tenido que ceder, y entre todos hemos formado una compañía que ha recibido orden de operar en Los Pozos, sitio el más arriesgado, peligroso y temerario de este gran asedio que nos espera. Casi todos tenemos fusiles, y los que no, manejarán la lanza.
--¡Lanza para defender murallas! --exclamé sin poder disimular la risa.
--Sí, hijo: ¿qué entiendes tú de eso? Figúrate que a esos tontos se les ponga en la cabeza dar un asalto: ¿qué mejor cosa para impedirlo...? Por cierto que voy a reunir mi gente para ir a ocupar la posición, no sea que el señor _córcego_ quiera darnos una sorpresa con su mala fe acostumbrada.
--Ahora dejémonos llevar a la Puerta del Sol con todo ese gentío que allá va --dije yo--, y parece que ocurre alguna cosa grave, según gritan.
--Efectivamente; pero esa gritería es de mujeres. Sin duda esas valerosas matronas piden que se les den armas.
--Bajemos por la calle de la Montera... Por allí sube, si no me engaño, el Sr. de Santorcaz. Llamémosle: él sabrá lo que ocurre... ¡Eh, Sr. D. Luis!
--¿Qué hay en la Puerta del Sol, que tanto chilla la gente? --preguntó Fernández cuando el otro se nos acercó.
--Es que el pueblo pide armas y no se las quieren dar --repuso Santorcaz--. Es una picardía, y todos esos mandrias de la Junta deben ser arrastrados.
--¡La Junta! ¡Los señores de la Junta Central!
--No hablo de la Central --prosiguió Santorcaz--, que esa, si es cierto lo que dicen, ha acordado hoy retirarse de Aranjuez, buscando refugio en Andalucía. Hablo de la Juntilla que se ha formado aquí para la defensa de Madrid, y que está en permanencia en la casa de Correos. ¡Aquí hay muchos traidores --añadió en voz alta--, y algunos han cogido dinero para entregar la plaza a los franceses! ¡Canallas de traidores! Ahora salimos con que se han acabado las armas y los cartuchos. ¡Mentira! Yo sé dónde hay armas y cartuchos. ¡Nos están engañando, nos van a vender!
Diciendo esto, se apartó de nosotros, después de lo cual seguimos hacia abajo, y al llegar a la Puerta del Sol vimos que estaba de bote en bote, llena de gente. Aquel hueco abierto en el apelmazado caserío de Madrid, es el corazón de la antigua villa, y a él afluye con precipitada congestión la sangre toda en sus ratos de cólera, de alegría o de miedo. La Puerta del Sol latía con furia. Hombres y mujeres hablaban a la vez, y a sus voces se unían actitudes y gestos amenazadores. La masa más inquieta, más hirviente, más loca y alborotadora estaba al pie de la casa de Correos.
--Busquemos algún conocido que nos informe de lo que aquí ha pasado --dije, metiéndome con el Gran Capitán por lo menos apretado del gentío.
--Astavía no ha pasado nada --dijo un caballero que, envuelto en una capa, se nos apareció, y en quien al punto reconocí al señor de Majoma--. Astora nada; pero... ya verán.