Napoleón en Chamartín

Part 8

Chapter 84,134 wordsPublic domain

--¡A mí con esas el asno Regidor! --vociferó la Zaina--. Después que le he despreciao, después que he tenido que escupirle en la cara para que no anduviera tras de mí chupándose la tierra que yo pisaba, ¿ahora viene con esa? Con las barbas de un usía friego yo los cacharros de la cocina, y tripas de caballero le echo a mi gato.

--¡Condenada manola! --dijo Mañara cada vez más colérico--. La culpa tiene quien te ha dado esas alas y quien con personas bajas se entretiene. ¿Para qué tomas en tu ruin boca el nombre de señoras respetables de quien no mereces besar la suela del zapato? ¡Cuidado con los celitos de la niña!

--¿Celos yo? --chilló la maja más encendida que la grana--. ¡Por Dios, que me quiera usted, so pringoso: tomelo por estera y se creyó cortejo!

Y diciendo esto, lanzó un salivazo en medio del corrillo.

--¡Miserable mujerzuela! ¡La culpa tiene quien se arrima a ti, por hacerte gente siquiera un día!

--¡Eh, eh! poco a poquito --dijo a este punto el tío Mano de Mortero, que de espectador indiferente de aquella escena se trocaba en actor de ella--. Eso de mujerzuela es de gente mal hablada, y aquí no se habla mal de nadie, y lo que es mi hija tiene su siempre y cuando como cualquier otra. Que el señor D. Juan no nos toque a la honor, porque a mí no me falta un saco de onzas de oro ensayadas para apedrear a cualquiera. Y tú, princesa mía, ¿a qué le haces tantos cocos ahora al Sr. de Mañara, cuando ha pocos días te chiflabas por él, y si alguna noche faltaba su señoría a hacerte compañía o a ayudarte a rezar el rosario, ponías en el cielo unos suspiros como catedrales? Anda, que todos son buenos, y váyase lo uno por lo otro.

--¿Suspiritos tenemos? --preguntó Mañara con presunción.

--Y si hubo suspiros --dijo Mortero--, mi hija es una persona de etiqueta, y los puede echar como cualquiera otra, aunque sea por el Rey; que si está en el cajón de verduras, es porque quiere, que su padre ya le ha prometido varias veces ponerla al frente de una casa de bebidas finas.

--¡Yo suspirar por ese animal! --dijo la Zaina--. Por lástima le he mirao una vez cuando iba al cajón a echarme flores.

--Eso quisieras tú; pero no se estila echar margaritas a puercos.

La Zaina hizo un movimiento. El demonio fue sin duda quien llevó a sus irritadas manos una botella de las que en la mesa contigua había, y disparola con tanta fuerza contra Mañara, que a no apartarse este vivamente, viéramos allí partida en dos la cabeza más dura que ha gastado Regidor en el mundo. Levantose este furioso para castigar el descomedimiento de la Zaina; pero con tanta presteza acudió D. Diego en defensa de la verdulera, que sobre él cayeron los primeros golpes. Lleno de rabia al verse aporreado, arremetió contra Mañara, a punto que el tío Mano de Mortero empezaba a probar la exactitud de su apodo, repartiendo algunos puñetazos sobre tirios y troyanos. Las majas Narcisa, Menegilda y Alifonsa declaráronse también en guerra, por dar gusto a las inquietas manos, y bien pronto de todos los allí presentes no quedó uno que no llevase su óbolo a tal colecta de golpes y gritos. Era aquello una bendición de Dios, y juro que jamás habría yo metido mis manos en tal fregado, si no me incitara a ello una caricia que sentí en mitad de la espalda, hecha por mano desconocida. Y lo peor fue que Majoma, hombre ingenioso, inclinado siempre a sacar partido de tales alteraciones del orden privado, descargó varios palos sobre el candil que la escena iluminaba, y al punto nos vimos todos de un color. Aquí fue el arreciar de los puñetazos, y el esfuerzo de los gritos, y el rodar unos sobre otros; y si bien el peso de un cuerpo nos oprimía a veces, también el nuestro caía en humanas blanduras, de cuyos choques provenían los pellizcos, arañazos y demás proyectiles menudos. Por aquí se oían voces lastimeras; por allá gritos de venganza, y sobre toda especie de rumores, descollaba la voz estentórea del tío Mano de Mortero, diciendo:

--En mi casa no ha de haber escándalos, y el que diga que aquí se siente el vuelo de una mosca, miente. Vamos, amiguitos: no meter tanto ruido ni pegar tan recio. Esto es una broma: conque paz y pan, y divertámonos.

Y a todas estas la vecindad se alborotaba, y en la calle deteníase la gente curiosa, no porque le hiciera novedad aquel ruido, sino por gozar de él; y se temió la intervención de la justicia, lo cual hería al Sr. Mano en lo más delicado de su dignidad. Por fin hubo uno que pudo dar con la puerta y abrirla y echarse fuera, con lo cual, habiendo entrado un poco de luz, pudimos vernos. Todo indicaba que íbamos a tener una visita alguacilesca, lo que me impulsó a coger por un brazo a D. Diego y echarlo conmigo afuera, y bajar a saltos la escalera hasta dar con nuestros cuerpos en la calle, por la que nos escurrimos sin miedo a la corchetería.

Cuando nos vimos lejos, acortamos el paso, contemplándonos uno a otro. D. Diego había padecido más averías que yo en la refriega, y ostentaba en la cara un verdugón hecho por buena mano.

--¡Maldito de mí! --exclamó tentándose los bolsillos de sus calzones--. ¿Sabes que me han quitado mis dos relojes? ¡Pues también el dinero, todo el dinero que llevaba!

--Era de suponer, Sr. D. Diego --le respondí registrándome también--, pues no salimos de ninguna misa cantada. Y por lo que veo, a mí también me han desplumado.

--¿Te quitaron el reloj?

--No, señor: el reloj no me lo han quitado ni me lo quitarán todos los cacos del mundo, porque no lo tengo; pero sí perdí un dinerillo; bien poco, por cierto.

--¡Dios mío! Sin relojes, sin dinero... --clamó doloridamente D. Diego--. ¿Con qué compraré ahora las diez y siete varas de cotonía que quiere la Zaina? ¿Con qué alquilaré el coche para que vaya el lunes a los novillos? Si Santorcaz no me presta, me moriré.

--Diez y siete varas de fresno, que no de cotonía, es lo que merece esa gentuza --le contesté--; pues es necesario estar loco o enamorado para poner los pies en tales casas.

XII

Como antes indiqué, no pude obtener licencia para salir de Madrid, porque la Villa, viéndose pronto en gran aprieto, cayó en la cuenta de que necesitaba de toda su gente para defenderse. ¿Por qué no me marché? ¿Quién me lo impidió? ¿Quién torció el camino de mi resolución? ¿Quién había de ser sino aquel que por entonces era el trastornador de todos los proyectos, el brazo izquierdo del destino, el que a los grandes y a los pequeños extendía el influjo de su invasora voluntad? Sí: el baratero de Europa; el destronador de los Borbones y fabricante de reinos nuevos; el que tenía sofocada a Inglaterra, y suspensa a la Rusia, y abatida a la Prusia, y amedrentada al Austria, y oprimida a la hermosa Italia, osó también poner la mano en mi suerte, impidiéndome pasar a otro ejército.

Es, pues, el caso, que el D. Quijote imperial y real, como algunos de nuestros paisanos le llamaban, no sin fundamento, había entrado en España a principios de noviembre con ánimos de instalar de nuevo en Madrid la corte botellesca. A él se le importaba poco que los españoles llamasen tuerto a su hermano, y fijo en el número y fuerza de nuestros soldados, no atendía a lo demás. Una vez puesto el pie en tierra de España, no le agradó mucho que el mariscal Lefebvre ganase la batalla de Zornoza, porque sabido es que no era de su gusto que se adquiriese gloria sin su presencia y consentimiento. Mandó, sin embargo, al Mariscal Víctor que persiguiese a nuestro desgraciado Blake, cuyas tropas se habían reforzado con las del Marqués de la Romana, escapadas de Dinamarca, y aquí tienen ustedes la batalla de Espinosa de los Monteros, dada en los días 10 y 11, y perdida por nosotros, por más que el Gran Capitán, con más celo que buen sentido, se empeñe en negarlo. ¡Ay! No hagan ustedes caso de aquel mi honradísimo y entusiasta amigo, y crean a pie juntillas que lo de Espinosa fue un gran descalabro, aunque no sin gloria para nuestras hambrientas, desnudas y fatigadas tropas. Valientes oficiales perecieron allí, y grandes apuros y privaciones pasaron todos, sin un pedazo de pan que llevar a la boca, ni una venda que poner en sus heridas.

Así sucumbió el ejército de la izquierda, cuyos restos, salvándose por las fragosidades de Liébana, recalaron por tierra de Campos, para ser mandados por el Marqués de la Romana. No fue más dichoso el ejército de Extremadura en Gamonal, cerca de Burgos, pues Bessières y Lasalle lo destrozaron también el mismo fatal día 10 de noviembre, y el 12 entraba en la capital de Castilla el azote del mundo, publicando allí su traidor decreto de amnistía. Aún nos quedaba un ejército, el del Centro, que ocupaba la ribera del Ebro por Tudela: mandábalo Castaños; pero nadie confiaba que allí fuéramos más afortunados, porque una vez abierta la puerta a las calamidades, estas habían de venir unas tras otras a toda prisa, como suele suceder siempre en el pícaro mundo. También nos preparaba el cielo en el Ebro otra gran desgracia; pero a mediados de noviembre, cuando corrieron por Madrid las tristes nuevas de Espinosa y de Gamonal, aún no se había dado la batalla de Tudela.

El pánico en Madrid era inmenso, y se creía segura la pronta presentación del corso en las inmediaciones de la capital. ¿Qué podía oponérsele? No quedaba más ejército que el del Centro, situado allá arriba a orillas del Ebro. ¿Quién detendría al invasor en su marcha terrible? La Junta se desesperaba, y los madrileños creían acudir a remediar la gravedad de las circunstancias, entusiasmándose. ¡Ay! Después de mandar algunas tropas a los pasos de Somosierra y Navacerrada, ¿qué ejército de línea quedaba para defender a Madrid? Da pena el decirlo. Quinientos hombres.

Los paisanos armados eran ciertamente muchos; pero había muy pocos fusiles, y de estos la mitad resultaban inútiles por falta de cartuchos; y ¿con qué se hacían los cartuchos, si no había pólvora? A esto habíamos llegado cuatro meses después de la victoria de Bailén. Todo al revés. Ayer barriendo a los franceses, y hoy dejándonos barrer; ayer poderosos y temibles, y hoy impotentes y desbandados. Contrastes y antítesis propias de la tierra, como el paño pardo, los garbanzos, el buen vino y el buen humor. ¡Oh, España, cómo se te reconoce en cualquier parte de tu historia, a donde se fije la vista! Y no hay disimulo que te encubra, ni máscara que te oculte, ni afeite que te desfigure, porque a donde quiera que aparezcas, allí se te conoce desde cien leguas con tu media cara de fiesta, y la otra media de miseria; con la una mano empuñando laureles, y con la otra rascándote tu lepra.

--Hola, Gabriel, ¿tú por aquí? --me dijo Pujitos en la Puerta del Sol el día 20 de noviembre--. Ya sabes que tenemos de Regidor a nuestro amigo D. Juan de Mañara. Él es el encargado de la cartuchería. ¿Tienes fusil?

--Y bueno. ¿Pero todavía no se dice nada de fortificar a Madrid, ni se trata de abrir fosos y levantar parapetos y abrigos, ya que a esta villa y corte la hicieron sin murallas ni otra defensa alguna?

--Todo eso se hará. Pero lo que más urge es la cartuchería y armas.

--¿Dónde hacen cartuchos?

--En varias partes. Allá junto al Colegio de Niñas de la Paz hay más de sesenta personas trabajando en ello noche y día.

--Pero de nada nos sirven los cartuchos sin armas, Sr. de Pujitos --le dije--. Yo conozco muchísimos hombres valientes que no tienen sino chuzos, pedreñales y espadas llenas de orín.

--Eso será nonada, y si no nos hacen traición...

--¡Traición!

--¡Sí: aquí hay muchos traidores!

--Ahora, como la gente anda tan exaltada, es común llamar traidores a los más leales patriotas.

--Gabriel --dijo deteniéndose en medio de la calle y asomando por el embozo de su capa un dedo con el cual ciceronianamente acentuaba sus palabras--, cuando yo lo digo, sabido me lo tengo. ¿Te acuerdas de lo que se habló hace noches en casa del tío Mano? ¿Te acuerdas cómo se puso furioso el Sr. de Santorcaz contra los traidores? Pues hemos descubierto que ese Sr. de Santorcaz o D. Demonio, es espía del _córcego_. Velay por qué estaba tan enfoguetado.

--No es la primera vez que lo oigo.

--Él les escribe cartas de lo que aquí pasa, y con el dinero que le dan paga gente alborotadora, que arme querellas entre la tropa. Como este hay muchos, y se dice que señores muy alcurniados están vendidos a los franceses. Pero, Gabriel, que se nos amostacen las narices, y veremos a dónde van a parar. Hay otros que, aunque no son traidores, son melindrosos, y no quieren lo que llaman _Constitución_, la cual se va a poner ahora pa acabar con el espotismo. ¿Sabes tú lo que es el espotismo? Pues el espotismo es una cosa muy mala, muy mala. A bien que desde que acabamos con Godoy y los lairones que con él vivían, se acabaron todas las picardías, y ahora, luego que demos fin a esto del _córcego_, los reinos de España se van a gobernar de otra manera, y estaremos tan bien, que no nos cambiaremos por los ángeles del cielo.

Y diciendo esto, dio media vuelta y marchose lejos de mí a toda prisa. No tardé yo en acudir pronto a la formación de mi compañía.

Ante las evidentes muestras de alarma que a todas horas se observaban en Madrid, mal podía el optimismo del Gran Capitán sostenerse en las ideales regiones donde le hemos visto cernerse, como el águila de la patria a quien ni el peligro ni el miedo pueden obligar a abatir su majestuoso vuelo. Ya no era posible negar la derrota de Espinosa, ni tampoco la de Gamonal, y solo los locos podrían suponer a Napoleón dispuesto a detenerse en su victorioso camino. Muchos días resistiose el fuerte espíritu de mi amigo a la evidencia de tantos descalabros; por muchos días sostuvo que nuestras armas victoriosas echarían a los franceses con su malhadado Emperador del otro lado del Bidasoa; por muchos días continuó atribuyendo a los papeles públicos la pérfida invención de aquellos absurdos acontecimientos que no cabían en su homérica cabeza; pero al fin la muchedumbre de las noticias malas, la agitación pública, el pánico de todos, la general zozobra, y el tumulto y laberinto de los preparativos de defensa rindieron golpe tras golpe el formidable castillo de su terquedad, dando en tierra con tantas ilusiones. El héroe no aparentó desmayar con esto, antes bien se reía tomando la cosa como una fiesta. Lleno de confianza en la capital, siempre negaba que Napoleón se atreviese a ponerse delante de los madrileños, y esta fue una tenacidad que le duró contra viento y marea hasta el 25 de noviembre, en cuya noche, al retirarse a su casa, preguntole Doña Gregoria, como siempre, las noticias de la tarde:

--Nada, mujer --repuso frotándose las manos, y promulgando con desdeñosas sonrisas la categórica confianza que llenaba su espíritu--. Nada, mujer: emperadorcito tenemos.

XIII

Y el emperadorcito salió de Burgos el 22; detúvose en Aranda el 24; el 29 estaba en Boceguillas, y, por fin, el 30 llegó a Somosierra.

En Madrid la alarma crecía en tales términos, que ya en 23 de noviembre se pensaba en una defensa formal, guarneciendo el circuito de la Corte para hacer de ella, con el valor de sus habitantes, una segunda Zaragoza. Era Capitán general de Castilla la Nueva el Marqués de Castelar, y Gobernador de la plaza D. Fernando de la Vera y Pantoja; pero a este no se le conceptuaba muy entendido en materias facultativas, y como se tratara de obras de defensa, fue nombrado para el caso el célebre D. Tomás de Morla, sucesor de Solano en Cádiz cinco meses antes; hombre feísimo de rostro, de carácter aparentemente enérgico, aunque en realidad muy débil. Gozaba en el conocimiento de la artillería de gran reputación, que aún conserva, pues sus estudios sirven hoy para la enseñanza de la juventud que a la guerra científica se consagra.

Morla dirigió las obras de defensa, que consistían en grandes fosos abiertos fuera de las puertas de Fuencarral, Santa Bárbara, Los Pozos, Atocha y Recoletos; en aspillerar toda la muralla de la parte Norte; en desempedrar las calles de Alcalá, Carrera de San Jerónimo y calle de Atocha para levantar barricadas, y, por último, en fortificar el Retiro con trincheras y una mediana artillería, la única que teníamos, pues todo se reducía a unas cuantas piezas de a 6 y poquísimas de a 8. Esto se hizo precipitadamente a última hora; mas con tanto entusiasmo y determinación, que la diligencia parecía suplir con creces a la previsión.

En las obras trabajaba todo el mundo sin reparos de clase. Las señoras, no contentas con afiliarse en la Congregación del _Lavado y cosido_, dirigieron a las autoridades una exposición en que se ofrecían a ayudar, _ya llevando espuertas de tierra_, ya ocupándose en lo que se les mandase. No es esto invento mío, y la exposición existe impresa, donde el incrédulo podrá verla si aún duda de la grandeza de ánimo de las señoras de aquel tiempo. Y al decir _señoras_, se comprende que no me refiero a aquellas de quienes en otro lugar de este relato tengo hecha mención, pues las del Rastro y Maravillas tenían especial gusto en pasearse por todo Madrid arrastrando un cañón entre seguidillas y chanzonetas: me refiero a las más altas hembras, a quienes vi empleadas en menesteres indignos de sus delicadas manos.

De los hombres no hay que hablar, porque todos trabajábamos a porfía día y noche, sacando tierra de los fosos para construir los espaldones de la artillería. En poco tiempo quedó la calle de Alcalá tan limpia de guijarros como tierra de sembradura, y desde las Baronesas al Carmen Calzado levantamos un parapeto formidable.

El personal de la defensa era el siguiente:

1.º Quinientos soldados de línea que apenas bastaban para el servicio de las bocas de fuego. 2.º Las tropas colecticias formadas por el alistamiento voluntario de 7 de agosto, y a las cuales pertenecía un servidor de ustedes (no pasábamos de tres mil hombres). 3.º Los conscriptos pertenecientes a Madrid en el llamamiento de doscientos cincuenta mil hombres que hizo la Junta, y cuyo sorteo se verificó en 23 de noviembre. 4.º La milicia urbana llamada _honrada_, que se formó por enganche voluntario el 24 del mismo mes.

Voy a deciros algo de esta conscripción y de estos señores _honrados_. Hízose aquella llamando a las armas a todos los ciudadanos desde 16 a 40 años, y declarando derogadas todas las excepciones que establecían las Reales Ordenanzas de 27 de octubre de 1800 para el reemplazo del ejército. Se declararon útiles los viudos con hijos; los hijosdalgo de Madrid; los nobles que no tuvieran más excepción que su nobleza; los tonsurados sin beneficio que estuviesen asignados a servicio eclesiástico, para cuya determinación se cubrió con un velo el Concilio de Trento; los que disfrutaban capellanía sin estar ordenados _in sacris_ (muchos de estos eran los llamados _abates_); los novicios de órdenes religiosas; los doctores y licenciados, que no fueran catedráticos con propiedad; los retirados del servicio, y los quintos que hubieran servido su tiempo; los hijos únicos de labradores; en una palabra, no se exceptuaba a rey ni a Roque.

Los _honrados_ eran una milicia sedentaria creada con objeto de guarnecer las ciudades, para _precaver los desórdenes, reprimir los facinerosos, bandidos, desertores y díscolos, que, perturbando la pública tranquilidad, intenten saciar su ambición o su codicia_.

De modo que en Madrid tuvimos en 23 de noviembre sorteo para el reemplazo del ejército, y algunos días después alistamiento de _milicianos honrados_. Aquella y esta operación se verificaban de diez a tres en los claustros de la Trinidad Calzada, de los Mostenses, de San Francisco, y en los de otros conventos situados en el punto más céntrico de cada cuartel, ante un alcalde de casa y corte o un señor regidor de Madrid, un oficial militar, un alcalde de barrio y un escribano. Bastaron, pues, pocos días para que las filas de la guarnición de Madrid se llenaran con muchos miles de hombres. A la poca tropa de línea y al regular número de voluntarios ya disciplinados, uniose la muchedumbre de quintos y la caterva de urbanos, gente toda muy entusiasta; pero casi en general carecían de fusiles, y estaban tan ignorantes de lo que habían de hacer como la madre que les echó al mundo.

Sucedió también que los voluntarios antiguos, aquellos que desde agosto habían paseado presuntuosamente sus fachas uniformadas por Madrid, miraron con mal ojo a los _honrados_, los cuales, llamándose así, parecían querer resumir en su instituto toda la honradez española, y hablaban pestes de los antiguos. Los _honrados_ que no tenían armas, decían que estas debían quitarse a los antiguos que las tenían; juraban estos entregarlas antes a Napoleón que a los _honrados_, y en tanto los quintos recién sorteados, aquellos infelices viudos, nobles, sacristanes, novicios, beneficiados sin beneficio y demás gente antes exceptuada, miraban al cielo, esperando que se les pusiese en la mano alguna cosa con que matar. En resumen: mucha, muchísima gente de última hora; pocas y malas armas; ningún concierto; falta de quien supiese mandar, aunque fuese un hato de pavos; mucho mover de lenguas y de piernas; un continuo ir y venir, con la añadidura inseparable de gritos, amenazas y recelos mutuos, y la contera de los gallardetes, escarapelas, banderolas, signos, letreros y emblemas, que tanto emboban al pueblo de Madrid.

El aspecto de uno de aquellos claustros en que se verificaba el alistamiento, era digno de ser eternizado por los más diestros pinceles. ¡Dichoso yo si con la pluma pudiera dar efímera existencia a uno de ellos! ¿A cuál? Todos eran igualmente pintorescos; y si alguno contenía mayor número de curiosidades, era el claustro de la Trinidad Calzada, en la calle de Atocha.

En mitad de la ancha crujía estaba la mesa, donde el Regidor iba recibiendo los nombres, que asentaba un escribiente en barbudas cuartillas de papel. En su derredor resonaba tal chillería y alboroto, que no sé cómo el Sr. de Mañara (que era el Regidor allí presente) podía aguantarlo; pero inútil era el imponer silencio, porque la multitud de mujeres aglomeradas a la puerta, no callarían aunque el Espíritu Santo se lo mandara. Un pobre alguacil había sido destinado a sostener la debida compostura, y nunca tal hubiera intentado el infeliz instrumento de la justicia, porque le cogieron y le magullaron, y roto y molido dio vueltas por el arroyo.

--¿Pero qué buscan ustedes aquí? --exclamó Pujitos abriendo los brazos en actitud amenazadora--. Fuera mujeres, que no sirven sino de estorbo. Condenáas, ¿por qué no van a sacar tierra en Los Pozos?

--Ya hamos sacado tierra: ¡lástima que no fuera de tu sepultura!

--¿Pues qué queréis, demonios?

--¿Qué hamos de querer? ¡Fusiles, piojo! ¿Te los han dado a ti y a tu batallón pa quitar telarañas? Vengan acá pronto, que nosotras también nos alistamos.

--Afuera, afuera de aquí, canalla.

--Paz, paz --dijo desde el interior del claustro una gruesa y campanuda voz que al punto reconocí por la del venerable Salmón--. Haya paz, y no me levante ninguna el gallo.

Al punto el apretado grupo de mujeres se dividió en dos, dando paso a la procerosa figura del mercenario, que avanzó con majestuoso paso y risueño continente.

--Aquí está el Padrito. ¡Que viva el Padre Salmón! Ven, Pujitos del demonio, a echarnos afuera.

--Arrastrao --dijo una cogiendo a Pujitos por el cuello y mostrándole el puño--. ¿Tus muelas han salido a misa esta mañana? ¿Quieres que salgan a vísperas esta tarde? Pues boquea y verás.

--Déjenlo, dejen en paz a ese pobre hombre --dijo socarronamente Salmón--, y perdónenle su gran descortesía con tan dignas señoras; que yo prometo que se enmendará. Ya os he dicho varias veces que si no sois buenas, no contéis para nada con vuestro queridito Padre Salmón. Vamos a ver, señoras mías, duquesas y princesas, ¿para qué os agolpáis aquí?

--También nosotras queremos alistarnos.

--Alistaros, ¡oh valientes amazonas! Pero, niñas, ¿no veis que en vuestras manos mejor sienta el hilo de oro y las sartas de perlas, que el temido alfanje damasquino? Vaya, idos a rezar, que la mujer honrada, la pierna quebrada y en casa.