Part 10
--¿Qué pide esa gente?
--¿Qué ha de pedir? Armas y cartuchos.
--Ya están repartidos todos los que hay.
--¡A mí con esas! --exclamó el apreciable sujeto--. Ya estamos de traidores hasta el gañote. ¡Pillos lairones! Si no les espachamos, nos van a entregar a los franceses. ¡Perros gabachos! Les conozco bien, y se la tengo sentenciada, sí, señor; y el que diga que no son traidores, que se vea conmigo, porque yo soy más español que Santiago y más patriota que Fernando VII.
--Pero desde hace tiempo se sabe que la plaza tenía muy pocas armas; y en cuanto a los cartuchos, todos los que había y los fabricados en esta semana, se han repartido ya. El Sr. de Mañara ha estado ocho días ocupado en dirigir la fábrica de cartuchos, y ayer tarde repartió muchos miles en el Ave María y en la Comadre.
--¡No me lo nombres! --exclamó Majoma, afectando una indignación que más tenía de cómica que de trágica--. Ahí tienes al traidor más que Judas, al gabachón más que Copas... Gabriel, ¿eres tú traidor también? ¿Estás vendido a los franceses, como ese regidorcillo hambrón? Dime que sí y verás... miá tú... aquí mismo te pongo en pipitoria con esto que traigo debajo de la capa.
--¿La navajita? Guarda tu coraje para mejor ocasión, Majomilla --le respondí--. Me parece que estás borracho.
--¿Borracho yo? Si no lo he probao, chico... Esta mañana me convidó el Sr. de Santorcaz a beber unas copas, y... por esta, que no bebí más que dos azumbres... ¿Qué hacer sin la calorcilla en el estómago?... Pero di, ¿eres tú traidor? Di que no, porque te rajo... pues yo (y se daba fuertes golpes en el pecho) tengo un corazón como un bronce, y soy más valiente que el Ciz, y nadie me tosa, si no quiere ver quién es Majoma.
Y sin oír más, nos apartamos del insigne varón.
--Esto no me gusta --dijo Fernández--, y me parece que si la alta empresa que entre manos traemos no sale tan bien como debiera, consistirá en esta inmunda canalla motinesca, díscola y bullanguera, que en circunstancias tan críticas se vuelve contra sus jefes. Gabriel, de buena gana te digo que si nuestro D. Tomás de Morla nos mandase cerrar contra esta gentuza, la meteríamos en un puño prontamente. Y has de saber que estos perdularios chillones, más sirven de estorbo que de ayuda en la defensa, y verás cómo son ellos los primeros que se rinden.
Miramos al balcón de la casa de Correos, y vimos que en él aparecía un hombre alto, moreno, hosco, vestido de uniforme; le vimos accionar hablando a la multitud; pero no pudimos oír sus palabras, porque la femenil chillería de abajo habría impedido oír tiros de cañón, que no digo humanas voces. Después aquel militar, el cual no era otro que D. Tomás de Morla, encogíase de hombros y cruzaba los brazos. Este lenguaje le entendimos mejor, y evidentemente quería decir: «No hay nada de lo que me pedís: se acabaron las armas y los cartuchos.»
Pero la multitud se enfurecía con la negativa y le silbaba, pidiendo con su omnipotente antojo y volubilidad que saliese Castelar, personaje más conocido que Morla. Salió el Marqués de Castelar, habló sin poder apaciguar a sus admiradores, y repitiose el encogimiento de hombros y el gesto desconsolador. Aquí de los silbidos, de los gritos, de las amenazas; poco después el pueblo empezó a arremolinarse y a culebrear como dragón de mil colas que se dispone a emprender movimiento, y vimos que muchos se desparramaban por la calle Mayor, y que otros subían hacia Santa Cruz.
--Vamos allá a ver en qué para esto --dijo D. Santiago, apoyándose en mi brazo y siguiendo el general torrente--. Estos majaderos primero dejarán de existir que de hacer alguna atrocidad. ¿Por qué piden armas, si con las que hay repartidas basta y sobra? ¿A qué piden cartuchos, si no hay cartucho que mate más franceses que el entusiasmo español, ni mejor pólvora que nuestra indignación?
--Todo eso es verdad, Sr. D. Santiago --repuse--; pero no habría sido malo que la Junta Central o el Consejo, en vez de ocuparse en discutir sus rivalidades, hubiera depositado en Madrid unos cuantos barriles de indignación, de esa que se hace con salitre, carbón y azufre, que la otra sin esta de poco sirve. Pero aquí no ha habido previsión, ni iniciativa, ni actividad, ni eminentes cabezas que dirijan, sino que la defensa ha quedado a merced de la voluntad, de la invención y del buen sentido del pueblo, Sr. D. Santiago; y no llamo pueblo a esa miserable turba gritona que de nada sirve, sino a todos nosotros, altos y bajos, grandes y chicos... ¿Pero quién es aquel que corre? Es el insigne patriota a quien llaman Pujitos. ¡Eh... Sr. de Pujitos, lléguese acá y díganos lo que ocurre!
--Ahora va la gente hacia la calle de la Magdalena --contestó-- donde vive el Regidor Mañara. Esta mañana estuvimos allí: salió al balcón y nos dijo que los miles de cartuchos que ha fabricado los entregó ya, y que no hay más pólvora. ¿Van ustedes hacia el Avapiés? Por allá hay gran alboroto, y dicen que Mañara es un traidor, y que acá y allá.
--¿Y usted, qué piensa de Mañara?
--Mañara es hombre cabal, porque lo digo yo --afirmó Pujitos en tono misterioso--. Los traidores son otros y andan por allí revolviendo la gente y armando estas tramoyas. Gabriel, acuérdate de lo dicho. Los que más chillan son los piores; pero yo ando con mucho ojo, porque así me lo ha mandado el jefe, y como les eche la mano encima, verán quién es Pujitos.
Siguió a toda prisa hacia la Puerta del Sol, y nosotros, atravesando la Plaza Mayor, entramos en la calle de Toledo, arteria de toda la circulación manolesca, centro de las chulerías, metrópoli de las gracias, bazar de las bullangas, cátedra de picardías y teatro de todas las barrabasadas madrileñas.
Pasando luego a la calle de Embajadores, oímos de nuevo que hacia el Avapiés había gran marejada, por lo cual, atravesando por los Abades hacia el Mesón de Paredes, nos fuimos a presenciar el tumulto, que no era flojo, según el rumor de voces que desde lejos se oía. En efecto, habíase armado un zipizape que déjelo usted estar.
De manos a boca tropezamos con el tío Mano de Mortero, que se llegó a nosotros diciendo:
--¡Cómo nos engañan, Gabriel! ¡Quién lo había de decir en un caballero tan bueno como el Sr. de Mañara!
--¿Pero es traidor el Sr. de Mañara? Vamos, tío Mano. ¿Usted también? Usted que es una persona de tantísimo talento...
--Es verdad, niño de mi alma; ¿pero qué quieres tú? Lo dicen por ahí. A mí no me consta; pero al son que me tocan bailo. Pues dicen que hay traidores, ¡abajo los traidores!
--¿Y qué dicen de Mañara?
--Que tiene arreglado con los franceses el entregarles la Puerta de Toledo.
--¿Y cómo lo saben?
--¡Qué sé yo! Pero cuando el río suena agua lleva. Yo no he de ser menos que los demás, y pues hay traidores, ¡abajo los traidores!
--¿Y la Zaina?
--¿Pues no la oyes? ¡Si es la que más grita en medio de la plaza! ¡Santa Virgen! ¡Y no está poco furiosa esa leoncilla! Ahora se ha vuelto la patriota más patriota de todo Madrid. ¡Ay, mi Dios, qué nacionala tengo a mi niña!
De rato en rato aumentaba el gentío en la Plazuela del Avapiés, y los hombres de mala facha, unidos a las mujeres más desenvueltas de los cercanos barrios, menudeaban sus gritos y vociferaciones de tal modo, que ninguna persona honrada podría ante tal espectáculo permanecer tranquila.
--Acerquémonos --me dijo Fernández--. Yo con todo mi corazón te aseguro que si Su Majestad, y en su Real nombre la Sala de Alcaldes de casa y corte, me mandase despejar este sitio, lo haría con dos lanzazos o sablazos, que para el caso lo mismo daría.
--Guárdese usted de decir en alta voz tales cosas, y acerquémonos a aquel grupito de damas.
La Primorosa salió del grupo.
--¿Eh... Primorosa, qué traes por aquí? --le pregunté.
--¡Cachiporros! --exclamó la arpía alzando los brazos, cerrando los puños, y dirigiéndose a algunos hombres que la rodeaban--. ¿Pa qué estáis aquí? ¿No vos quieren dar cartuchos? Pues dir ca el Regidor y sacárselos de las asauras. ¡Él los tiene escondíos! Él los tiene enterraos en paquetes pa dárselos a los franceses.
Entonces la Zaina, abriéndose paso, presentose en el centro del corrillo formado en torno a la Primorosa. Estaba la hermosa verdulera amoratada y ronca, con los ojos encendidos, las ropas hechas pedazos, y con tan fiera expresión retratada en su semblante y en toda su persona, que causaba espanto. En el momento de presentarse, traía un cartucho entre los dedos, y lo mordía, y derramaba en la palma de la mano lo que debía ser pólvora y resultaba ser arena.
XV
--Los cartuchos están llenos de arena --gritó la muchacha, mostrando a todos aquel objeto.
Y al mismo tiempo los hombres allí presentes sacaban de sus sacos otros cartuchos, los mordían, y, en efecto, en todos o en casi todos aparecía arena.
--¡Ese traidor nos ha dado cartuchos de arena!
La terrible voz cundió por la plaza. Allí cerca había un retén de guardia de voluntarios. Sacaron el depósito de cartuchos, mordíanlos, y por cada dos o tres con pólvora, había uno con arena. Esto lo vimos el Gran Capitán y yo, y ambos nos quedamos mudos de indignación.
--Pues indudablemente ha habido traición --dije yo.
--¡Poner arena en los cartuchos! ¡Qué alevosía! Esto es entregar la patria villanamente al extranjero.
--El que tal ha hecho --exclamé no ocultando mi rabia-- es un miserable que debe ser castigado.
--Gabriel, no lo creí --vociferó mi amigo, derramando lágrimas de coraje--; no creí que hubiera españoles capaces de semejante vileza. No, el que tal ha hecho no es español.
Y los dos, casi sin darnos cuenta de ello, hicimos coro con la rabiosa multitud, gritando: «¡Mueran los traidores!»
--¡Ese Mañara, ese ladrón! --gritaron a nuestro lado.
--¡Él ha sido! ¡Mueran los traidores y viva Fernando VII!
¡De arena! ¡Cartuchos de arena! Esta funesta frase corrió por todo Madrid más rápidamente que si la llevara la electricidad. En muchas partes, que no en todas, pudo confirmarse la verdad de la afirmación; pero la ira era general, y el que había puesto arena en los cartuchos fue condenado a muerte por la indignación del pueblo. Mi amigo y yo observamos que la multitud corría en todas direcciones; pero los más iban hacia la Merced. Desaparecieron de nuestra vista la Pelumbres, el tío Mano, y desapareció también la Zaina. Corrimos por la calle de Jesús y María, y al llegar a la de la Magdalena, la vimos completamente llena de gente: todo el vecindario estaba en los balcones, y un clamor inmenso llenaba la vasta longitud de la calle. Hacia el centro de ella existía entonces, y existe aún, una casa suntuosa, pero de bastarda y ridícula arquitectura, por haber puesto en ella su mano D. Pedro de Ribera, autor de la fachada del Hospicio. A aquella casa histórica, residencia antes y también hoy de una respetabilísima familia, por mil títulos merecedora de la estimación pública, se dirigían las amenazas de la muchedumbre, borracha de ira. Todos querían entrar; pero las puertas estaban cerradas. Este obstáculo no tardó en desaparecer, y terribles hachazos hicieron temblar las labradas maderas de la puerta señorial, protegida por el ancho escudo que en esculpidos emblemas representaba hazañas y virtudes de otros tiempos. Mas ¿quién reparaba en esto? El pueblo, que ya había pisoteado en Aranjuez la real corona, no vacilaba en pasar por sobre la de un noble. Hicieron, pues, pedazos la puerta, y el pueblo entró desbordándose o invadiendo el palacio, como un río que rompe los diques que durante siglos le han contenido y se extiende por el llano con ímpetu destructor. Entraron todos, los que iban con algún objeto y los que no iban más que a gritar. No debía, pues, hacerse esperar mucho la satisfacción de la popular furia, y bien pronto nos quedamos helados de terror, oyendo decir:
--Le han matado, ya le han matado.
¡Pobre y desgraciado Mañara! Ayer ídolo, ayer amigo, ayer compañero de la vil plebe, cuyo traje y costumbre, y hablar y modos imitaba, hoy inmolado por ella con barbarie inaudita, con esa cruel presteza que ella emplea, ¡la infame furia! en todas sus cosas.
Pero lo espantoso, lo abominable, y más que abominable, vergonzoso para la especie humana, fue lo que ocurrió después. La plebe tiene un sistema especial para celebrar las exequias de sus víctimas, y consiste en echarles una cuerda al cuello y arrastrarlas después por las calles, paseando su obra criminal, sin duda para presentarse a los piadosos ojos en la plenitud de su execrable fealdad. Esto pasó con el cadáver del infeliz Regidor, a quien conocimos amante de Lesbia, amante de la Zaina, amante de todas, pues no hubo otro que como él prodigara su hermosa persona en altas y bajas aventuras; esto pasó con el cadáver del infeliz a quien llamo D. Juan de Mañara, no porque este fuera su nombre, sino porque me cuadra designarle así, para no andar trayendo y llevando los títulos de respetables casas por los altibajos de esta puntual historia. Pero apartemos los ojos; no miremos, no, ese despojo sangriento que por la calle de la Magdalena, y después por la del Avapiés abajo, arrastran en inmunda estera unos cuantos monstruos, hombres y mujeres tan solo en la apariencia; cerremos los oídos a sus infames gritos, y, sobre todo, no miremos ese destrozado cuerpo, aún caliente, a quien las puñaladas, los golpes, el frecuente tropezar van quitando la figura humana, haciendo un jirón lastimoso de lo que fue, de lo que era pocos minutos antes hombre gallardo y gentil, y lo que es más digno de consideración, hombre dichoso y amable. Y mientras pasa esa salvaje bacanal, ese río de sangre y de infamia y de crimen, meditemos sobre las mudanzas mundanas, y especialmente sobre las cosas populares, las más dignas de meditación y estudio.
¿Era Mañara autor de la traición indudable descubierta en los cartuchos de arena? Histórica, no hija de nuestra invención, es la persona de Mañara; histórica es también su vida licenciosa, sus hábitos manolescos, sus aventuras y trato con la gente de los barrios bajos; histórica es también la Zaina, y tan históricos como la Jura en Santa Gadea y el compromiso de Caspe son sus amores con el Regidor, su abandono, sus celos, su despecho, su ira, su sed de venganza y el descubrimiento, fatalmente hecho por ella, de los cartuchos de arena. Para saber todo esto, basta leer media página de la historia mejor y más conocida que sobre aquellos tiempos se ha escrito. Pero ni en este eminente libro, ni en otro alguno, ni en boca de ningún viejo oiréis razones para contestar categóricamente a la pregunta que antes hice. ¿Fue Mañara traidor? ¿Intervino él en la obra criminal de los cartuchos de arena?
Os diré francamente que yo tampoco lo sé; pero debo advertiros que nunca tuve a aquel desgraciado por capaz de acción tan fea. Mañara pecaba de libertino, de ligero, de vano, y más que nada de enamorado. Jamás se distinguió en otras maldades que en las del amor, por cierto bien perdonables. Le conocí alevoso y traidor en cuestiones de faldas; pero no supe nunca que en asuntos graves faltara a las leyes del honor. Con estos antecedentes casi puede asegurarse que no fue Mañara autor de la superchería de los cartuchos. ¿Pues quién lo fue entonces? Esto sí que ni la historia, ni la tradición, ni los viejos, ni yo, podemos decíroslo. ¿No habéis observado que todos los movimientos populares llevan en su seno un germen de traición, cuyo misterioso origen jamás se descubre? En todo aquello que hace la plebe por sí y de su propio brutal instinto llevada, se ve tras la apariencia de la pasión un tejido de alevosías, de menguados intereses o de criminales engaños; pero ningún sutil dedo puede tocar ni determinar los hilos de esta tela escondida, en cuyas mallas quedan enredados y cogidos mil bárbaros incautos.
¿Quién hizo correr la voz de la traición de Mañara? ¿Fue todo obra deliberada de la Zaina? La historia dice que sí; pero yo creo haber oído tachar de sospechoso al pobre Regidor en parajes muy distantes de la calle de la Pasión. Sin duda el frecuente roce con la plebe había desconceptuado mucho a D. Juan en la opinión de sus iguales. Carecía en absoluto de respetabilidad, y el que la pierde entre los de arriba, queriendo sustituirla con bajas amistades, que son siempre inconstantes, está expuesto a perderlo todo en un momento, y a que cualquier chispa fugaz incendie de improviso la fábrica de una reputación que no se funda en nada sólido.
Mañara había adulado a la plebe imitándola. Con este animal no se juega. Es como el toro, que tanto divierte y de quien tantos se burlan; pero que cuando acierta a coger a uno, lo hace a las mil maravillas. Vimos caer a Godoy, favorito de los reyes, y ahora hemos visto caer a Mañara, favorito del pueblo. Todas las privanzas que no tienen por fundamento el mérito o la virtud, suelen acabar lo mismo. Pero nada hay más repugnante que la justicia popular, la cual tiene sobre sí el anatema de no acertar nunca, pues toda ella se funda en lo que llamaba Cervantes _el vano discurso del vulgo, siempre engañado_.
--Pero vámonos de aquí --dije a mi amigo--. ¿No oye usted lo que dicen esos que pasan? Dicen que los franceses han aparecido por Fuencarral.
--Vamos, vamos a cumplir con nuestro deber --repuso el Gran Capitán, siguiéndome por la calle de las Urosas--. Pero me temo que lo que debía ser gloriosísima jornada, va a ser cualquier cosa, gracias a esa vil gentualla. La traición mina la plaza. Eso de los cartuchos de arena me ha puesto triste, y el miserable canalla que tal hizo merece mil muertes.
Madrid, después de inmolado Mañara, continuaba inquieto, como presagiando grandes males, mientras los frailes agonizantes arrancaban de manos del pueblo el cadáver informe. La noticia de que los franceses estaban a las puertas de la villa, lo hizo, sin embargo, olvidar todo, y corría la gente azorada y medrosa, creyendo ver asomar, al volver de una esquina, la figura característica del azote de Europa.
XVI
El Cuerpo de voluntarios a que yo pertenecía fue destinado a defender la Puerta de los Pozos (la misma que después se llamó de Bilbao, al extremo de la calle de Fuencarral), y el inmediato jardín de Bringas. Consistía su fortificación en un foso no muy profundo en un gran espaldón de tierra y piedras, a toda prisa levantado, y en seis cañones de a 6. La tapia, que no tenía facha de inexpugnable, como recordarán los que han alcanzado alguno de sus heroicos trozos, había sido aspillerada en toda su extensión. Iguales, poco más o menos, eran las fortificaciones de las vecinas Puertas de Santa Bárbara y Fuencarral. El sitio donde se habían levantado obras más considerables era la Puerta de Recoletos, monumento que ha durado hasta ayer y que no necesito designar topográficamente, con su Costanilla de la Veterinaria ni su convento de Agustinos, porque los mozuelos barbilampiños los han conocido. Pero volvamos a Los Pozos, puerta destinada a ser teatro de nuestro heroísmo, y empecemos diciendo que en la noche del 1.º de diciembre nos situamos allá, tan convencidos de que íbamos a ser atacados, que estuvimos largas horas sobre las armas, dispuestos a vender caras nuestras vidas. La fuerza se componía de estos elementos: unos sesenta soldados, que aunque no todos artilleros, hacían de tales por necesidad imprescindible; cuatro compañías de voluntarios antiguos, con los cuales mezclábase un número irregular de conscriptos, y como ochenta hombres de la milicia _honrada_, a quien mandaba o quería mandar el Gran Capitán, no sé si con el título de sargento, coronel o general, pues cualquiera de estos grados le cuadraría. Los soldados estaban fríos y con poco ánimo; los voluntarios inflamados en patriotismo y llenos de ilusiones; pero tan inexpertos, que no daban pie con bola, como vulgarmente se dice, a pesar de estar entre ellos el gran Pujitos; y finalmente, los _honrados_ no cabían en sí de entusiasmo, no obstante ser todos ellos personas de paz, y tener algunos buena carga de años a la espalda, especialmente los de la compañía, o mejor, los del grupito en que alzaba el gallo D. Santiago, cuya hueste se componía de respetables porteros y criados de la oficina de Cuenta y Razón.
En cuanto a jefes, debo decir que allí no existían en todo el rigor de la palabra, pues si bien entre la tropa había oficiales valientes y entendidos, no sabían o no querían hacerse obedecer de los paisanos, resultando de esta desconformidad que allí cada cual hacía lo que le daba la gana y según su propia inspiración; y aunque mi amigo tenía pretensiones de imponer su autoridad, esto no pasó nunca de un conato de dictadura que más se inclinaba a lo cómico que a lo trágico.
En cambio, reinaba gran fraternidad, y cuando avanzada la noche tuvimos la certeza de que no había tales franceses por los alrededores, nos reunimos en el jardín de Bringas, y encendida una gran hoguera, celebramos agradable tertulia, donde se habló de temas patrióticos con la verbosidad, facundia y exageración propia de españolas lenguas. Cuál encomiaba la defensa de Zaragoza; cuál ponía la defensa de Valencia contra Moncey por cima de todos los hechos de armas antiguos y modernos; quién decía que nada podía igualarse a lo del Bruch; quién encomió hasta las nubes la vuelta de las tropas de la Romana, y, por último, no faltó uno que, sin quitar su mérito a estas gloriosas acciones, pusiera sobre los cuernos de la luna cierta campaña famosa de Portugal en 1762.
Disipado todo temor, muchas mujeres fueron a visitarnos, y entre ellas no faltó Doña Gregoria, ni Doña Melchora con las niñas, ni tampoco la señora de Cuervatón, pues ha de saberse que su marido formaba en las filas de los _honrados_. Para que no se crea que todos éramos gente de poco más o menos, añadiré que algunas altísimas damas fueron a visitar a sus hijos, hermanos o maridos, que allí se andaban mano a mano con nosotros, o como voluntarios o como sorteados.
Cenamos, bebimos, cantamos, hablamos, y, por último, a todos nos vino el deseo de llevar adelante alguna hazaña aquella misma noche. El primero que emitió la idea fue D. Santiago, y al punto se la aceptó con alborozo, determinando hacer una exploración camino arriba hasta Fuencarral, por ver si realmente estaban los franceses tan cerca como se creía. A toda prisa se preparó la salida, y a eso de las dos de la madrugada nos pusimos en marcha unos doscientos hombres, en buen orden, mandados por un coronel de ejército.
--¡Qué bueno fuera --me decía Fernández-- que ahora tropezáramos con una avanzada enemiga y la derrotáramos en un abrir y cerrar de ojos, volviendo a Madrid con unos cuantos miles de prisioneros!
--Todo podría ser, amigo mío --le respondí--, que para la voluntad de Dios no hay nada imposible.
--Más gracioso aún sería --prosiguió-- que el bergante del Emperador se anduviera paseando por ahí, mirando desde lejos la gran ciudad que aspira a ganar, y le sorprendiéramos de sopetón, echándole mano para llevarle a Madrid sobre un asno foncarralero.
--También es posible --repuse--, y pongamos que ese señor se haya aburrido de estar en su campamento, y tomando una escopeta, a pesar de la oscuridad de la noche, se venga con un par de generales y un par de perros por esos trigos a levantar y correr perdices, que todos los monarcas suelen ser cazadores.
--Eso no me parece verosímil --dijo--; pero bien podría suceder que ese hombre, conociendo que no puede vencernos por la fuerza, intente dar al traste con la astucia a nuestro poderío, y se disfrace con el traje de un payo huevero de Alcobendas, para acercarse a nuestras formidables fortificaciones y estudiarlas cómodamente.
Con estos y otros coloquios rebasamos más allá de la venta situada en lo que hoy se llama Cuatro Caminos, sin hallar alma viviente ni sentir rumor alguno; pero cuando estábamos cerca del camino que a mano derecha conduce a Chamartín, percibimos un ruido lejano que a todos nos dejó suspensos, pues no parecía sino que temblaba la tierra al galopar de millares de caballos.
--¡Es una avanzada de caballería! --gritó nuestro coronel--. Retirémonos.