Part 11
--¿Qué es eso de retirarse? --gritó con enojo el Gran Capitán--. ¿Somos españoles o qué somos?
--No tenemos más que cuatro caballos --le dijo el jefe--. Si nos dan una carga, ¿qué va a ser de nosotros?
--¡Qué cargas ni cargas! ¡Buenos son ellos para meterse en cargamentos! Ea, muchachos, el que quiera seguirme que me siga: yo voy adelante.
Los _muchachos_, cuyo patriotismo invocaba Fernández, eran seis o siete vejestorios como él, compañeros en la portería y servicio interior de las oficinas de Cuenta y Razón. Pero aquellos valientísimos militares, más duchos en el manejo de la escoba que en el de otra arma alguna, profesaban aquel principio, tan sabio como famoso, de que una retirada a tiempo es una gran victoria, y todos a una manifestaron al Gran Capitán que no le seguirían en tan temeraria empresa, pues hazañas sin cuento podrían realizar tras las fortificaciones.
El escuadrón francés avanzaba, a juzgar por el acrecentamiento del ruido; pero no veíamos cosa alguna. Se dio orden de retirada, y para hacerla más a salvo, nos desviamos del camino, escurriéndonos por una hondonada que caía hacia la dehesa de Amaniel. D. Santiago renunció a regañadientes a los peligros de una lucha con los dragones que a toda prisa avanzaban, y me decía:
--Pensar que de esta manera hemos de vencer, es una necedad. En la guerra ha de fiarse todo a lo imprevisto, a la sorpresa y a los golpes de mano. ¿Qué nos costaba esperar esos caballos, sorprenderlos, matar a los jinetes y entrar en Madrid caballeros los que salieron peones?
En esto vimos un bulto, un hombre, que saliendo precipitadamente de detrás de unos tejares, corrió hacia la carretera, al parecer huyendo de nosotros.
--¡Eh! ¡Un hombre! ¡Un espía!... ¡Quién vive! --gritamos, corriendo algunos en su persecución.
Detúvose el hombre ante nosotros con muestras de tener mucho miedo, y entonces advertimos que su traje era el de un paleto, con ancho sombrero y una manta por capa. Cuando nos llegábamos a él, pareció vacilante e indeciso; pero al fin, oyéndonos hablar, abalanzose hacia nosotros, diciendo:
--¡Ah! Sois españoles. Gracias a Dios: ya me he salvado.
Acabando de decir esto, cayó de rodillas. Pero en el mismo instante llegose a él con aire resuelto el Gran Capitán, y poniéndole en el pecho la boca de un fusil, exclamó con voz exaltada y furiosa:
--Dese a prisión Vuestra Majestad Imperial y Real. Bien lo decía yo; pero a mí no me la da usted... digo, Vuestra Majestad, que soy perro viejo, y harto se ve que, disfrazado con traje de paleto, se acerca Vuestra Majestad Imperial a nuestra gran plaza para estudiar las fortificaciones.
--Hombre de Dios --dijo el payo--, usted es loco o me toma por el Emperador Napoleón.
--¡Por quién le he de tomar, hermano! A mí no se me engaña con palabritas. Es Vuestra Majestad mi prisionero, y no le he de soltar aunque me dé siete condados. ¡Viva España y viva Fernando VII!
Todos los circunstantes nos reímos, lo cual desconcertó a D. Santiago, y al punto el prisionero dijo levantándose:
--Yo, señores, soy oficial del ejército de D. Benito San Juan, y he asistido al desastre más funesto de esta campaña. Perdí en la acción de Somosierra a mi padre y a dos hermanos, y vengo huyendo de las guerrillas francesas que persiguen a los dispersos. Tuve que disfrazarme en Robregordo para evitar que me cogieran, y a pie he llegado hasta aquí. Pero si quieren que les diga más, denme algo que me sustente, pues con dos días de no probar bocado, estoy cayéndome muerto por instantes.
Un compañero nuestro le dio a beber un trago de aguardiente, con lo cual tomó fuerzas y pudo seguirnos, reanimado también moralmente por verse en nuestra compañía. El Gran Capitán, corrido y confuso, marchaba silenciosamente a su lado; pero no las tenía todas consigo, y no hacía más que mirarle y remirarle, sospechando que si no el mismo Emperador, podía ser algún generalazo, o cualquier archipámpano de la corte imperial.
--Con ser tantas mis personales desdichas --dijo el desconocido--, pues en el campo de batalla quedaron mis dos hermanos y mi buen padre (que somos de un antiguo solar de tierra de Sepúlveda), todavía abruma mi ánimo más que nada la catástrofe nacional de que he sido testigo. Nosotros acudimos a tomar las armas en defensa de la patria. Felices mil veces los que murieron por tan santo objeto, y malhayan los que quedamos para contar tan gran desventura. ¿Se sabe ya en Madrid la derrota de San Juan? ¿Cómo se cuenta? ¿Qué se dice? Se nos tachará de medrosos o cobardes. ¡Oh, señores! Yo no creo que sea posible llevar más adelante el heroísmo. Nuestros soldados se han conducido con bravura portentosa, y si no vencieron, fue porque la superioridad de los enemigos y su mucho número lo han hecho imposible.
--Eso será lo que tase un sastre --dijo el Gran Capitán--. ¿Por dónde anda ahora San Juan? Porque yo entiendo que fingió retirarse para atacar después en mejor posición.
--¡Qué ha de fingir, hombre, qué ha de fingir! --repuso el oficial--. San Juan, si es que vive, andará fugitivo como yo y sin un solo soldado.
--Eso no puede ser, caballero. ¿Cómo se entiende? Si eso fuera cierto, señor mío, significaría ni más ni menos una especie de derrota.
--Pues ya lo creo; pero les contaré punto por punto. San Juan tomó buenas posiciones en el paso de Somosierra y puso una vanguardia en Sepúlveda. Atacaron esta los franceses anteayer de madrugada; mas no pudieron romper su línea y tuvieron que retirarse.
--¿Los franceses? Bien --dijo el Gran Capitán--. Pues si se retiraron, ¿cómo se entiende nuestra derrota?
--Paciencia, señor mío, paciencia. Sepa usted que sin aparente motivo, aunque es fácil comprender que ha habido algo de traición, la vanguardia de Sepúlveda, a pesar de quedar victoriosa, se retiró a Segovia. Avanzaron los franceses, y nos atacaron en nuestras posiciones de Somosierra. Nosotros no teníamos fuerzas bastantes para defender el paso, y mucho menos después de la defección, o no sé cómo llamarlo, de la vanguardia. Sin embargo, nos resistimos toda la mañana de ayer, aglomerando nuestra gente en el camino, y sin disponer de fuerzas ligeras que flanquearan las alturas. Los franceses, que traen muchos soldados y cuerpos de todas clases, dispusieron guerrillas de cazadores que en un instante tomaron las alturas, y con un cuerpo de caballería polaca nos cargaron en la carretera de un modo espantoso. No puede formarse idea de aquel ataque sino viéndolo. Escuadrones enteros se estrellaban contra nuestra batería, y centenares de jinetes caían despeñados a los abismos que costean el camino; pero sus recursos son inmensos: tras un escuadrón inútilmente sacrificado, lanzaban otro y otro, sin que se les importara ver morir oficiales a centenares y generales por docenas. Con este ataque incesante combinaban el fuego de las tropas ligeras, desparramadas por los altos, y al fin sucumbimos al número, que no al valor. Los franceses se abrieron paso a costa de inmensas pérdidas, y luego persiguieron a los restos de nuestra tropa con tanto encarnizamiento, que dudo que hayan podido sobrevivir muchos. La mayor parte, pereciendo en aquellas fragosidades, han cumplido con su deber, que era defenderlas mientras tuvieran cuerpo vivo en que recibir una bala. No fue posible más, porque más habría sido hacer milagros, y estos solo Dios los hace.
Calló el oficial, y todos los que le oíamos estábamos tan apesadumbrados y tristes con su relato, que nada le contestamos. Tampoco él habló más, y así silenciosos y taciturnos llegamos a Madrid y a nuestra Puerta de Los Pozos, donde el desgraciado tránsfuga halló una hoguera en que calentarse, y un bocado con que reanimar sus fuerzas. Todos le prodigaban solícitos cuidados, menos D. Santiago Fernández, el cual no podía desechar cierta comezón y desasosiego.
--Gabriel --me dijo, llevándome aparte--, no insisto por no parecer pesado; pero digan lo que quieran los demás, ese hombre que hemos encontrado no me gusta, y quiera Dios no tengamos que sentir; porque yo sé, y tú sabráslo también, que en las guerras es muy común eso de disfrazarse para visitar el campo enemigo y examinar a mansalva las fortificaciones, así como también es cosa corriente sobornar a algún infeliz para que, fingiéndose amigo, penetre en la plaza y haga circular noticias falsas que desalienten a los sitiados.
Amaneció el 2 de diciembre, y a favor de las primeras luces del día se distinguieron fuertes columnas de caballería francesa en los cerros del Norte. Ya estaban allí, y no eran pocos ciertamente.
XVII
Aquella mañana fue muy alegre para nosotros, porque sin motivo alguno que lo justificara, nos sentíamos tan animados, que no nos cambiáramos por los sitiadores. El peligro había acallado por el momento todas las discordias, y nuestro patriotismo nos achicaba las circunstancias desfavorables, aumentando considerablemente las ventajosas. Todo se volvía gritar, dando vivas y mueras, pues nada cuesta triunfar de este modo con las fáciles armas de la lengua.
Nos desayunamos muy contentos con lo que las mujeres del barrio, altas y bajas, feas y bonitas, nos traían en repletas cestas. También fue con la suya Doña Gregoria; mas del contenido de ella no probó bocado D. Santiago, porque, según decía, en los momentos supremos no debe embrutecerse el cuerpo con viciosos regalos.
Lejos de asentir a la más mínima concupiscencia del paladar, increpó D. Santiago a los glotones, y luego, pasando revista a sus compañeros, que, desiguales en estatura, armamento y vestido, no tenían más uniformidad que la de su vejez, ni otro aspecto respetable que el de sus canas, les arengó así:
--Muchachos, acordaos de que todos sois unos buenos chicos, y de que os habéis cubierto de gloria en los reales ejércitos. Ha llegado la ocasión suprema, y desde el momento en que se presenta a las puertas de Madrid ese monstruo infame, ya no pertenecéis a vuestros hogares, ya no pertenecéis a la oficina de Cuenta y Razón, ya no pertenecéis sino a la patria. Compañeros: todos sois hombres experimentados; no como estos mocosos rapazuelos, que no saben coger un fusil. ¡Ya se ve! ¡Cuándo las han visto ellos más gordas! Y basta de sermones, que ahora, obras y no palabras, y más vale una buena puntería que cien discursos; conque, compañeros: ¡viva Fernando VII! y sepan que los estima su amigo y seguro servidor Santiago Fernández.
Esta alocución del veterano hizo reír a muchos de sus amigos, y casi, casi... si no fuera por temor a denigrar la memoria de varón tan insigne, diría que la recibieron con chistes, jácaras y todas las zandunguerías que son propias de los españoles, aun en apretadas ocasiones de la vida; pero Fernández, sin hacer caso, seguía tomando enérgicas disposiciones. Quiso también meter su cucharada en la artillería, echándoselas de gran balístico; pero le mandaron que fuera a rezar el rosario, insulto que le exasperó de tal manera, que, a no reparar en consideraciones patrióticas de gran peso, habríale abierto en dos tajadas la cabeza al descomedido y grosero que tal dijo.
En confianza revelaré a mis lectores que el deslenguado y procaz que de tal modo prohibió a nuestro Gran Capitán que se acercase a los cañones, fue el insigne Pujitos, flor y espejo de los entremetidos, personaje de todas las ocasiones y de todos los sitios, a quien la suerte nos deparó también por compañero en aquella gran jornada.
A eso de las doce nos visitó el Capitán General con D. Tomás de Morla, y aunque los vitoreamos hasta quedar roncos, no me pareció que estaban ellos muy satisfechos. Aún permanecían allí cuando distinguimos un gran tropel de franceses por la Mala de Francia abajo y flanqueando el camino. Era la avanzada del Cuerpo de Bessières que venía a intimarnos la rendición. Cuando el parlamentario llegó a Los Pozos, poco faltó para que los más belicosos y trapisondistas le despidieran a puntapiés; pero al fin fue recibido decorosamente, y se le contestó que no nos daba gana de rendirnos.
--Como no sea por medio de artimañas, embaucamientos o pérfidas tretas, semejantes a aquella del caballo de Troya, no nos rendiremos --me dijo Fernández--. Mira qué cabizbajo se va el oficial a dar la infausta nueva a su Emperador. Me parece que veo a este pateando y arrancándose los pelos de rabia al saber nuestra respuesta.
Durante aquella tarde no volvieron parlamentarios, ni se presentó fuerza alguna francesa; pero a lo lejos distinguíamos el movimiento de las columnas tomando posiciones y estableciendo trincheras para la artillería, lo cual indicaba que los franceses diferían la función para el día 3. Durante la noche el mariscal Ney hizo otra intimación; pero fue hacia la parte de Recoletos o Puerta de Alcalá.
--¿Ves cómo no se atreven a volver acá, ni quieren más cuentas con nosotros? --dijo el Gran Capitán cuando lo supo--; pero allá les habrán contestado lindezas. Ya se ve: comprendiendo que por las armas no pueden nada, ponen en juego melosidades, agasajos y socaliñas. Pero durmamos, Gabriel, con toda tranquilidad, pues me parece que mañana 3 tampoco habrá nada, y sabe Dios si al ver el aparato de estas intomables fortificaciones, habrán decidido retirarse del lado allá de la sierra.
No necesito decir que de todo en todo se engañaba mi optimista amigo, pues cuando dormíamos a pierna suelta en la huerta de Bringas al calor de una hermosísima hoguera, nos despertaron unos tremendos cañonazos que retumbaban en todo Madrid con pavoroso ruido.
--¡A las armas! --dijo Fernández--. Levántense todos, y si cae una granada, arrojarse de barriga. Mi opinión es que hagamos una salida para ver de ponerle las peras a cuarto a esos de los cañoncitos. Mirad, chicos: hacia Chamberí hay una batería.
Al punto nuestros artilleros, que eran mitad de línea y mitad paisanos, se dispusieron a la defensa; y como dos de las piezas hicieran fuego, no quisimos ser menos los infantes, y allá fue una descarga sin saber contra quién.
Densa niebla envolvía la tierra, y no se percibían los lejos, lo cual hizo que figurándonos nosotros tener enfrente un formidable ejército, disparásemos cañones y fusiles en ruidosísima salva sin resultado alguno, pues los franceses no soñaban con atacar Los Pozos, y las detonaciones oídas eran las de la artillería que empezaba a embestir la Puerta de Recoletos.
--Cese el fuego --dijo nuestro jefe--. No nos atacan ni hay enemigos en la Mala de Francia.
--¿Pues cómo ha de haber? --dijo el Gran Capitán dando fuerte patada en el suelo--. ¿Cómo ha de haber si han huido todos?
--No hay tal trinchera ni cosa que lo valga en Chamberí. Los franceses están hacia la Fuente Castellana.
--A mí que no me vengan con músicas --gruñó el Gran Capitán preparando su arma--. Favorecidos de la niebla, esos miserables quieren engañarnos. Haré fuego mientras me quede un cartucho.
Seguía disparando como si quisiera acribillar la espesa cortina de niebla, por cuyo insensato acaloramiento pronto se quedó sin municiones. Y como continuaran oyéndose tiros de cañón hacia nuestra derecha, Fernández exclamaba, volviéndose a sus amigos:
--Van en retirada, valientes compañeros. Gracias a vuestro arrojo temerario, todo se acabará felizmente.
Por largo tiempo estuvimos quietos y mudos, esperando con la mayor ansiedad a que de una vez se nos atacara; pero pasaban horas y como no fuera D. Santiago, nadie veía enemigos enfrente, ni lejos ni cerca. Entre ocho y nueve, el fuego de cañón y de fusilería arreció tanto por Recoletos, que no dudamos era este sitio teatro de una vigorosa lucha; y al mismo tiempo, como comenzase a disiparse la niebla, vimos que cesaba poco a poco aquel desdeñoso abandono en que el Emperador nos tenía, porque corrían de oriente a poniente algunas columnas con apariencia de tener en respeto a las cuatro puertas septentrionales.
--Gracias a Dios --dijo Fernández--, que se atreven a atacarnos. Por detrás del parador del Norte me parece que avanza un cuerpo de artillería de batalla.
No tardaron en romper el fuego contra las trincheras de Los Pozos, y nuestros seis cañones, que ya rabiaban por tomar formalmente la palabra, contestaron con precisión; mas para que todo fuera desastroso, mientras la bala rasa de sus piezas nos deterioraba los espaldones, nuestros proyectiles, lanzados por la carretera adelante o hacia la derecha, apenas llegaban hasta ellos: tan inferior era la artillería española en aquel trance. Entonces comenzó una lucha, que antes que lucha debería llamarse simulacro, harto deslucida para nosotros, pues más nos hubiera valido ser destrozados por el enemigo, que soportar tan cruel situación; y fue que los franceses nos cañoneaban desde muy lejos con sus piezas de superior calibre, y mientras recibíamos cada poco rato la visita de una bala rasa o de una granada, a nosotros no nos era posible hacerles daño alguno.
--Pero esos cobardes, canallas, ¿por qué no se acercan? --decía Fernández bufando de cólera--. Eso no es de caballeros, no, señor: cañonearnos sin piedad, destruyendo los parapetos con tanto trabajo levantados, y ponerse en donde no alcanzan las balas de aquí, eso no es de gente hidalga, y bien dicen que Napoleón ha hecho siempre la guerra de mala fe.
--¡Malditos sean! --gritó el oficial que nos mandaba--. Esta era ocasión para hacer una salida, si tuviéramos un puñado de gente de la buena que yo conozco.
--¿Pues y nosotros, pues y mis amigos, todos estos bravos muchachos de la compañía de _honrados_? --dijo el Gran Capitán dando un fuerte golpe en el suelo con la culata--. ¿Pues qué desean ellos, sino es salir para que esa canalla se marche de ahí o se ponga al alcance de nuestros fuegos?
--Lo que es eso, buenos tontos serán si lo hacen, pudiendo foguearnos a pecho descubierto.
--Saldremos, sí, saldremos --insistió mi amigo--. Muchachos, os conozco en la cara el ardor sublime y el generoso patriotismo que os inflama. Rabiando estáis por cebaros en esa gentuza. ¿Salimos, señor coronel?
El coronel se rio con lástima y pena al ver la bravura del anciano. Uno de los _honrados_, a quienes Fernández llamaba _muchachos_, aseguró que no podía dar un paso porque el reúma se lo impedía; otro dijo que el ruido de los cañonazos le había vuelto completamente sordo, y un tercero se tendió en el suelo de largo a largo, lamentándose de haber cogido una pulmonía por razón del mucho frío y desabrigo en que toda la noche estuvieran. Entre los demás _honrados_, había alguna gente fuerte y valerosa; pero casi todos los del grupito que rodeaba a D. Santiago, componíase de unos Matusalenes tan mandados recoger, que daba compasión verles. Cuando algunas mujeres de Maravillas y del Barquillo vinieron tumultuosamente a Los Pozos y pidieron con gritos y chillidos que les dieran las armas de los ancianos, yo creo que se hizo mal en no acceder a su petición; y aunque todos ellos rechazaron indignados tan deshonrosa propuesta, sospecho que alguno pedía interiormente a la Virgen Santísima que lograran su objeto aquellas valientes semidiosas de San Antón y de la Chispería.
La defensa de aquella posición continuó por espacio de más de una hora, sin más accidentes que los que he referido. Hacíamos fuego de cañón ineficazmente, y lo sufríamos de los franceses sin poder causarles daño. Indudablemente su intención era entretenernos, mientras se verificaba el ataque formal por Recoletos; y seguros de su triunfo, no querían sacrificar hombres inútilmente lanzándoles contra posiciones que al fin se habían de rendir. Cerca de las diez, el que nos mandaba recibió aviso de enviar a Recoletos la gente de infantería que no necesitase, y así lo hizo, tocándome a mí marchar entre los cien hombres destinados a aquella operación.
Por el camino, mientras atravesamos las calles de San Opropio y de las Flores hasta llegar a la Plazuela de las Salesas, encontramos mucha gente que corría alarmadísima, dando a entender con sus gritos y agitación que la cosa iba mal. Extendiéndonos luego por la calle de los Reyes Alta[3], bajamos por la del Almirante a la Ronda de Recoletos, donde reinaba gran confusión. Fuerte cañoneo se oía por detrás de la Veterinaria, edificio que ustedes habrán conocido en el solar de la comenzada Biblioteca, y también por detrás de los Hornos de Villanueva y del Pósito, hacia la Puerta de Alcalá. El convento de Recoletos estaba ocupado por tropa española; pero en el momento en que nosotros llegamos casi toda la fuerza salía, por ser más necesaria fuera que dentro. En el principio del ataque, la batería puesta detrás de la Veterinaria rechazó con tanta energía el empuje de los franceses, mandados en persona por el mismo Emperador, que este tuvo que retroceder a toda prisa.
[3] Hoy de las Salesas.
Suprimid con la imaginación el barrio de Salamanca y todos los jardines y palacios del costado oriental de la Castellana; figuraos aquella casi desnuda planicie poblada por numerosa tropa francesa de todas armas, con dos frentes que operaban uno contra el Retiro y la Plaza de Toros, otro contra la Veterinaria y Recoletos, y tendréis completa idea de la situación. En el centro de aquellas tropas y en lo que hoy es parte de la calle de Serrano, poco más o menos entre el jardín llamado del Pajarito y las casas de Maroto, estaba Napoleón sereno y tranquilo, montado en aquel caballejo blanco que había pateado el suelo de las principales naciones del continente; allí estaba, sí, disponiendo los movimientos de sus soldados, y sin quitarse del ojo derecho el catalejo con que alternativamente miraba, ya a este punto, ya al otro. Como es fácil comprender, yo no le vi en aquella ocasión; pero me lo figuraba y me lo figuro por lo que me contara quien lo vio muy de cerca; y por cierto que aquel testigo ocular observó detenidamente algunos pormenores muy curiosos de su persona, que no nombra la historia, cuales eran ciertos monosílabos o gruñiditos que emitía mientras miraba por el anteojo, un movimiento maquinal de apretarse el vientre con la mano izquierda, repentinos fruncimientos de cejas y algunas veces una sonrisa dirigida a su mayor general Berthier. Con su anteojo, su tosecilla, sus mugidos, sus golpes en la barriga, sus polvos de tabaco y sus delgadas y finas sonrisas, el _ogro de Córcega_ nos estaba partiendo de medio a medio.
XVIII
Y digo esto porque la batería de la Veterinaria, después de una defensa heroica, caía en poder de los franceses, precisamente en el momento en que llegamos, refuerzo tardío, los de la Puerta de Los Pozos. Ya no había nada que hacer allí. ¿Podía prolongarse aún la resistencia en el Retiro? Así lo creímos en el primer momento; pero no tardamos en perder esta ilusión, porque atacado aquel sitio por treinta cañones, no tardó en entregar sus débiles tapias, que lo eran de jardín y no de fortaleza. Así es que mientras un regimiento de voluntarios y otro de ejército recibían a tiros con admirable arrojo en Recoletos a la primer columna francesa que se destacó a apoderarse de la Puerta, los defensores del Retiro, faltos de recursos, de armas y de jefes, retrocedían al Prado, fiando la defensa a las barricadas de la calle de Alcalá. El momento aquel lo fue de gran pánico y de consternación; pero la verdad es que entre mucha gente apocada, la hubo también resuelta y decidida.