Part 12
Perdido al fin Recoletos, corrimos todos por la calle del Barquillo hacia la de Alcalá, y cuando llegamos, ya los franceses eran dueños del Pósito, del palacio de San Juan, y procuraban apoderarse de San Fermín y de la casa de Alcañices. Fue muy mala idea la de construir la gran barricada más arriba del Carmen Calzado, dejando al descubierto la calle del Turco y todos los edificios del extremo de aquella gran vía; así es que los imperiales apoderáronse fácilmente de estos, y abriéndose paso después por el interior a la citada calle del Turco, dominaron de tal modo la posición, que al cabo de un cuarto de hora de estéril tiroteo, vimos que era preciso buscar la nuestra un poco más arriba, entre Vallecas y el callejón de Sevilla. Se hacía fuego tenazmente desde los balcones de ambos lados de la calle, y no había casa alguna que no fuese improvisada fortaleza, pues la tenacidad de nuestros paisanos era tanta, que no les acobardaba ver la creciente ventaja del enemigo, su inmensa fuerza y arrogancia. La población, antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un furor parecido al del 2 de mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas parciales de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en las casas invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que no la tenían de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella enajenación popular y aquel divino estro de la guerra, que varias veces mostró no comprender en paisanos y menos en mujeres.
En medio de esta refriega se hizo la tercera intimación, y cuando creímos que nuestros jefes contestarían a ella mandando redoblar el fuego, observamos que este cesaba en la gran barricada, y que a todo escape corría a caballo el Marqués de Castelar hacia la casa de Correos, donde estaba la Junta permanente.
--¿Qué hay, Sr. D. Diego? --pregunté a este, viéndole venir hacia mí, con su escarapela de _honrado_--. No sabía que también estaba usted entre nosotros.
--He estado en el Retiro desde el amanecer --me contestó--. Pero ¿qué se había de hacer con tan mala y tan poca artillería?
--¿Pero por qué ha cesado el fuego?
--El Marqués de Castelar ha pedido una tregua para consultar a la Junta. Creo que habrá capitulación. ¿Has visto a Santorcaz?
--¿Yo?... Ni ganas.
--Pues te andaba buscando ayer tarde con mucho empeño.
--¿También se ha batido D. Luis?
--¡Vaya! en el Retiro estaba hace poco gritando como un furioso y jurando matar a los que nos han hecho traición. Pero luego nos ha aconsejado que nos retiremos a nuestras casas, porque es imposible pelear contra los franceses.
Subía la calle arriba mucha gente del bronce, gran número de _honrados_, voluntarios y algunas mujeres, y por las imprecaciones que oí en boca de todos, se comprendía que los defensores de Madrid no habían recibido bien la suspensión de armas.
--Como que les han untao --decía un majo de trabuco y charpa.
--¡Que nos han vendío! --exclamaba una mujer, en quien me pareció reconocer a la viuda de Chinitas.
--Si cojo a Castelar por delante, me lo como.
--Ya me percataba yo que el Tomasillo Morla estaba vendido al Tuerto. ¿Cuánto va a que él puso los cartuchos de arena?
--¡Más vale morir que rendirse! Canallas, cobardes: si tenéis miedo, quitaos de en medio, y dejadnos a nosotros.
--Compañeros, antes que la corte de las Españas y la mapa del mundo, que es Madrid, caiga en poder de los gabachones, tuertos, botelludos, dejémonos matar tras esas piedras.
--¡Que hayamos vivido para ver esto!
--Ni la Junta, ni el Consejo, ni los Generales, ni el Corregidor, ni ninguno de esos Caifases tienen tanto así de vergüenza.
De este modo, en diversos estilos, expresaba el pueblo de Madrid su rabia, no tanto por verse casi vencido, como por echar de menos el amparo de las autoridades, y encontrarse solo entre un enemigo formidable y un poder débil, incapaz de imitar las desesperadas sublimidades de Zaragoza y Valencia. Así es que desde la suspensión de la lucha cundió el desaliento tan rápidamente, y la idea de una capitulación indispensable se apoderó tan pronto de todos los espíritus, que las armas se caían de las manos. Cercados por poderoso enemigo, ¿qué podía hacerse sin entusiasmo, y qué entusiasmo cabía allí, donde los jefes no contaban para nada con lo extraordinario, con lo divino, con aquella táctica ideal y no aprendida, que o detiene las catástrofes o las hace gloriosas, no dejando al vencedor sino lo material de la victoria, la posición topográfica, aquello que podrá ser lo principal en los hechos de un día, pero que es lo secundario y lo último en la historia?
El pueblo español, que con presteza se inflama, con igual presteza se apaga, y si en una hora es fuego asolador que sube al cielo, en otra es ceniza que el viento arrastra y desparrama por el bajo suelo. Ya desde antes del sitio se preveía un mal resultado por la falta de precaución, la escasez de recursos y la excesiva confianza en las propias fuerzas, hija de recuerdos gloriosos a todas horas evocados, y que suelen ser altamente perjudiciales, porque todo lo que aumenta la petulancia, lo hace quitándoselo al verdadero valor. Lo que habían preparado las discordias, la impremeditación y la soberbia, rematolo la excesiva prudencia de autoridades timoratas, que además de no ver dos palmos más allá de sí mismas, no comprendieron que la capital no debía rendirse con menos aparato que la última aldea de Castilla. La presencia de Napoleón traía a aquellos pobres señores muy azorados, y tanto se preocuparon de sus togas, de sus posiciones, de sus fajas y de sus sueldos, que con todas estas telarañas ante los ojos era imposible que pudieran ver cosa alguna.
XIX
Diose orden de que los cuerpos ocuparan sus primitivas posiciones, y partí otra vez a Los Pozos, contemplando por el camino el espectáculo de Madrid abatido y desilusionado. En algunas partes, escenas de escandalosa protesta contra las autoridades, y amenazas y gritos; en otras, vergonzoso silencio y raras manifestaciones de la general angustia.
Cuando llegué a la Puerta de Los Pozos, los soldados y voluntarios estaban en actitud un tanto sediciosa. El Gran Capitán, que continuaba en el jardín de Bringas, no quería creer la noticia de la próxima y ya inevitable capitulación.
--Gabriel --me dijo--, eso que cuentan no puede ser cierto, y sin duda es alguna estratagema de D. Tomás de Morla. ¡Cómo se miente! ¿Creerás que unas desvergonzadas mujeres llegaron aquí diciendo que el Prado y media calle de Alcalá estaban en poder de la Francia? Me dio tal enfado, que si no estuviera mi mujer entre las que tal insolencia decían, las habría atravesado de parte a parte.
No quise darle un disgusto, y callé.
--Aquí hemos tenido un combate terrible --continuó--. Se atrevieron a acercarse, y esa compañía de voluntarios salió y les hizo tan terrible fuego, que no han vuelto a asomar las narices. En tan grande acción, no tuvimos más que cinco muertos y once heridos.
Vi, en efecto, que Pujitos se ocupaba en acomodar estos últimos en las casas inmediatas con auxilio del generoso vecindario, y que en torno a los cinco primeros una multitud de mujeres entonaban estrepitoso miserere de imprecaciones y lamentos. En las cuatro puertas septentrionales no había ocurrido otra lucha importante que aquella que Fernández me refería.
El cual prosiguió así:
--Pensar que aquí nos rendiremos, es pensar en lo imposible. Ríndase todo Madrid; mas no se rendirán Los Pozos. ¿No es verdad, muchachos?
Los _muchachos_, sentados en el suelo del citado jardín, y a la redonda, despachaban unas sopas, acompañados de mujeres y chiquillos; y con tanta gana comían, y tal era su pachorra y tranquilidad, que no me parecieron dispuestos a secundar los gigantescos planes del portero de la oficina de Cuenta y Razón. Antes bien, el uno con su reumatismo, el otro con sus toses, y aquel con sus escalofríos, tenían cara de satisfechos por el fin de una aventara que empezó con visos de ser broma pesada.
--Pues si está de Dios que nos rindamos, nos rendiremos --dijo un bravo, que lo menos tenía a cuestas sesenta años y pico.
--Hemos hecho todo lo que exigía el honor. No es posible más --dijo otro--. Cuando los jefes han acordado la rendición, ya sabrán que es imposible resistir.
--Yo --añadió un tercero-- he cumplido con mi deber. Lo menos he disparado tres tiros.
--Y yo, aunque no he disparado ninguno, le cargaba la escopeta a aquel soldadillo del bigote rubio.
--Esto no se puede oír --exclamó bramando de ira D. Santiago--. Pero ¿qué se puede esperar de unos hombres que se ponen a comer sopas, cuando tenemos a cien varas de nosotros al vencedor de Europa? ¡Fuera de aquí, almas de mazapán, cuerpos momios y sangre de arrope! ¿De qué os valen esas canas que estáis deshonrando? ¿De qué vuestros años, hasta ahora no envilecidos? ¿De qué el haber asistido a aquellas gloriosas campañas?... Nada, lo dicho, dicho. Se rendirá Madrid; pero no se rendirán Los Pozos.
--Mira, marido mío --dijo a esta sazón Doña Gregoria, que en unión de las otras vecinas había venido con un canastillo y algo de bebida para D. Santiago--, ya has cumplido con tu deber; ya te has portado como un valiente, y tan verdad es esto, que por todo Madrid andan contando tus hazañas, y hasta el Capitán General dicen que echó un discurso poniéndote por modelo de los buenos patriotas. Basta ya, y puesto que todo se acabó, y no hay más guerra por ahora, no seas testarudo. ¿Qué vas a hacer tú solo?
El Gran Capitán no contestaba, y paseo arriba, paseo abajo, con el arma al brazo, atendía tan solo a sus agitados pensamientos.
--Dejémonos de tonterías, marido mío --añadió Doña Gregoria--, y vamos a despachar este cocidito y esta botella de vino. ¿Acaso puede Napoleón decir que te ha vencido? Eso no, porque buen cuidado tuvo de no asomar por aquí; que si tú lo llegas a coger...
--Quítate de mi vista, vete de aquí --gritó de improviso el veterano--; y no me seduzcas con tu cocidito y tu bebida, que no soy hombre que se entrega a la molicie en días de peligro. Afuera los cantos de sirena, y las seducciones del amor y los ricos manjares. No como: he dicho que no como, y basta. He dicho que no volveré a mi casa vencido, y no volveré. Se rendirá Madrid; pero yo no me rindo.
--¡Hay hombre más cabezudo!
Entonces el Gran Capitán llamó a su mujer, y llevándola aparte conmigo a un rincón de la huerta de Bringas, que era donde estábamos, le habló así muy gravemente:
--Señora Doña Gregoria Conejo, ¿cuánto hace que nos casamos?
--Cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, si no cuento mal --respondió absorta la anciana, sin comprender en qué pararía aquello.
--En estos cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, ¿le he dado algún disgusto a la señora Doña Gregoria Conejo?
--No, marido mío --respondió algo conmovida.
--Pues bien: si le he dado alguno, le ruego que me lo perdone, y está dicho todo.
--Tú estás loco, Santiaguillo. ¿A qué dices esas necedades?
--¿Tiene usted alguna queja de su marido?
--Yo no; y como él no la tenga de mí...
--Pues por mi parte --dijo el Gran Capitán con alguna emoción--, yo le digo a Doña Gregoria Conejo que la quiero hoy lo mismo que el día que nos casamos, y que todavía me parece tan guapa, tan mona y tan salada como cuando éramos novios, y que no tengo ninguna queja de ella, más que la de no haberme dado hijos, lo cual, en verdad, ha sido voluntad de Dios.
--Sí, niñito mío --respondió la vieja--; ¿pero a dónde va tanto hablar?
--Esto va a que te retires y me dejes, porque si no, reñimos por primera vez. Pero te has de ir perdonándome todo agravio que te haya hecho en el discurso de nuestra común vida. En mi testamento te dejo todo lo que poseo, que no es mucho, y además de las ocho misas que dejo mandadas, harás que me digan otras ocho. Y quiero que me entierren con mi lanza y con los dos reales que me dio Don Luis Daoiz, cuando le llevé las botas a la calle de la Ternera, y basta ya de palabras.
--¡Ay, Santa Virgen de Maravillas, que mi marido está loco y se quiere matar! --exclamó Doña Gregoria, echándole los brazos al cuello--. Santiaguillo, no digas tales simplezas... ¿Me quieres dejar viuda? ¿Qué es eso de testamentos y misas?
--He dicho que si Madrid se rinde, no se rendirán Los Pozos; y si Los Pozos se rinden, no se rendirá el jardín de Bringas --afirmó secamente el anciano, deshaciéndose de los brazos de su esposa--. ¡Atrás, seductora; atrás, sirena; atrás, flaqueza de mi valor!
--¡Bárbaro, animal! --dijo llorando la buena mujer--. ¡Este pago me das; así tratas a la que te ha querido tanto! Si fue ayer cuando nos casamos, y me parece que te estoy viendo venir con tu gorra de cuartel, tan garboso y tan chusco, a la reja de la casa donde yo servía... A ver, chiquillo, si te acuerdas de aquellas coplitas que me cantabas...
--Yo no estoy para coplitas, señora. Retírese usted.
--¡Y estar una queriendo a un hombre cincuenta años, estar una enamorada toda la vida y mirándose en los ojos de su marido, para recibir este pago!... Santiago, mira que me enfado. Vámonos a casa, y maldito sea el Emperador, causante de mis desgracias, y a quien vea yo comido de perros.
Ni los ruegos, ni las amenazas, ni los artificios de su mujer, quebrantaron la entereza de mi ilustre amigo, el cual, resistiéndose a tomar alimento, por no caer en la molicie, rechazando toda idea de descanso, volvió a pasearse de largo a largo en la extensión de la huerta, arma al brazo.
Y sucedió que una infinidad de chiquillos del barrio, a quienes antes se había prohibido introducirse allí, vencieron, por fin, con la gran fuerza de su curiosidad y travesura, los rigores de la guardia; se colaron repentinamente y en tropel; recorrieron la fortificación, metiendo las narices por todas partes, y tocando con sus manos los cañones y cureñas, gozosos de ver tan de cerca todo aquel tremendo aparato. Como el asedio se daba por concluido, nadie se cuidaba de estorbar su impertinentísima inspección y entrometimiento. Luego que en todo pusieron las manos, las narices y los ojos, empezaron a imitar a los soldados, dando gritos de guerra y marchando a compás, todo según en las personas mayores habían visto, y con estos militares aspavientos entráronse por la huerta de Bringas adelante, batiendo cajas, disparando tiros, soplando cornetas y relinchando al modo de caballos, todo hecho con la boca, en mil discordes sones que atronaban el espacio. Y en cuanto divisaron a D. Santiago Fernández, a quien los más conocían, fueron derechos a él y le rodearon, gritando entre saltos, brincos, cabriolas y corcovos: «¡Viva el Gran Capitán, viva el Grandísimo Capitán!»
Visto y oído lo cual por nuestro insigne veterano, parose, y quitándose el sombrero hizo varios saludos y cortesías, diciendo:
--Gracias, mil gracias, señores míos. Ya he dicho que si Madrid se rinde, yo no me rindo.
Las aclamaciones y los chillidos, siempre acompañados de zapatetas, cabriolas y vueltas de carnero, tocaron los límites del delirio.
--Todos vosotros sois grandes patriotas, ¿no es verdad? --prosiguió mi amigo--; y no como estos cobardes, corrompidos por los placeres. Ya veo que la juventud vale más que la edad madura, y a mi lado os quisiera ver, valientes españoles, defendiendo a nuestro amado Monarca.
La algazara y jaleo de los muchachos al oír esto, fue tal, que no cabe en descripción ni en pintura, pues no parecía sino que cuantos angelitos engendraron los matrimonios de un siglo, estaban allí haciendo de las suyas. Allí vierais el correr, el atropellarse, el darse de coscorrones, el cantar y gritar, el batir palmas, el tirar coces, el correr y dar vueltas, arremolinándose en torno de mi amigo, cuyas piernas por largo tiempo estuvieron sin movimiento en medio de aquel zumbador enjambre.
--Tantas muestras de afecto, señores --dijo al fin--, me conmueven, y no las puedo considerar sino como una prueba de lo bien acogida que ha sido en Madrid mi conducta. Pero digan ustedes por ahí que el cumplimiento del deber no merece alabanzas, pues estas solo son para lo extraordinario y heroico. Mi deber es defender este sitio, y le defenderé. Conque basta ya de aclamaciones y aplausos.
¡Pero que si quieres! ¡Buena familia era aquella para hacer caso de tales exhortaciones! Fue preciso que uno de los jefes diera orden de echarlos afuera, y aun así costó trabajo librar a D. Santiago de la ruidosa ovación. Además, quiso nuestro coronel que todas las personas extrañas desalojaran el recinto fortificado, y al fin, no sin esfuerzo, hicimos salir a las mujeres, inclusa Doña Gregoria, que se fue llorosa y entristecida, encargándome que no perdiese de vista a su buen marido.
No sé si he dicho que por Los Pozos había pasado poco antes a caballo D. Tomás de Morla, camino de Chamartín, donde el Corso tenía su cuartel general. Largo rato duró la conferencia con el Emperador, porque el regreso de Morla fue muy tarde, y por cierto que, al volver, su rostro demudado y tenebroso demostraba que en la entrevista había habido sapos y culebras. Aquel gigante con corazón de niño fue tratado por Napoleón como un muchacho de escuela. Después se supo que el vencedor le puso cual no digan dueñas, sacándole a relucir el haber permitido que no se cumpliera la capitulación de Bailén, y amenazándole con fusilarle a él y a sus tropas si la población no se rendía antes de las seis de la mañana del día siguiente.
La tarde pasó sin ningún acontecimiento militar digno de contarse. Los franceses ocupaban sus posiciones sin hacer fuego, y nosotros, seguros de que todo se daría por concluido, estábamos también quietos y en expectativa. La agitación en el interior de la villa, persistía; y según oí, numeroso gentío, nada tranquilo por cierto, llenaba la Puerta del Sol, con la atención fija en la casa de Correos, residencia de la Junta.
Rendido de cansancio, el gran Pujitos tendiose en el suelo junto a mí, y me dijo:
--Ya esperaba yo esto que ha pasado. ¿No te dije que los traidores iban a vendernos a los franceses?
--Más que a la traición --respondí con mucha tristeza--, debemos atribuir este mal resultado a la falta de recursos para la defensa.
--¿Qué? --gritó el héroe con mucho enojo--. ¡Qué falta de recursos ni qué niño muerto! Con los voluntarios basta y sobra. Pero, hijo, contra traidores nada podemos, y así los vea yo podridos, y mala sarna se los coma. Hace poco estuvo aquí el malcarado y peor chapado Santorcaz, y no lo despabilé por aquello de que uno no quiere meter bulla en estas ocasiones; pero...
Y dio un resoplido que anunciaba exterminadores proyectos contra los enemigos de la patria.
--¿Y a qué vino acá ese charlatán embaucador?
--A buscarte, muchacho. ¿Sabes que debes andarte con cuidado? Cuando le dijimos que no estabas, dio la gran patá en el suelo y apretó los dientes. Venían con él Majoma, Tres Pesetas y otros perdidos que ahora le hacen la comitiva, junto con un tal Román, que fue criado de una casa rica. Este, cuando oyó que no estabas y vio que Santorcaz daba aquella gran patá, le dijo: «Pues esta noche no se nos escapará.» ¿Qué tal? Mala gente es esa, Gabriel, y ya te dije que están vendidos en cuerpo y alma a los franceses. De modo que ahora hay que huir de ellos como de la sarna, porque los meterán en lo que llaman _pulicía_, que es al modo de alguaciles, para prender al que se les antoje.
--No me prenderán a mí --dije--, por lo menos mientras sea soldado. Después de la rendición, yo buscaré medios de que no me cojan, aunque la verdad, amigo Pujitos, no sé por qué me quieren mal esos señores, ni por qué hablan de si me escaparé o no me escaparé.
--Te digo que son malos más que Judas, y que ahora harán ellos migas con los franceses, como que todos son unos, lobos y zorros... pues, y a todo el que tengan entre ojos le molerán a palos, si no es que me le arman un trementorio de otrosíes, y me lo empapelan y me lo ponen a la sombra.
--En todo eso que ha dicho el amigo Pujitos --respondí-- hay mucho de verdad. Quiera Dios no nos den que sentir esos bergantes; y si en Madrid no podemos vivir, afuera todo el mundo, y combatamos allí donde sepan morir antes que rendirse a los franceses.
Levantose el héroe, y poniéndose la mano en el pecho, hizo exclamaciones de ardiente patriotismo, después de lo cual nos separamos.
Al avanzar la noche, la tropa de línea que estaba en Los Pozos recibió orden perentoria de internarse, y fue que cuando la Junta acordó formalmente la capitulación, no queriendo el Marqués de Castelar presenciar este hecho, ni tampoco que se rindiera la tropa, discurrió el escapar con ella por la Puerta de Segovia, lo que verificó con toda felicidad a media noche. Solos los paisanos, ¿qué esperanza quedaba? Para que la rendición de Madrid fuera honrosa, la diplomacia, no las armas, debía hacer un esfuerzo.
Yo conté al Gran Capitán lo que pasaba, con la esperanza de que, desalentado, se retirase a su casa, como habían hecho otros pobres veteranos, convencidos de su inutilidad. El juró y perjuró que era imposible una capitulación acordada por la Junta; pero contra lo que yo esperaba, de repente dijo:
--Tengo que ir a mi casa, Gabriel: ¿quieres acompañarme?
--Al instante --le contesté.
Y pedimos permiso al jefe, que nos lo concedió de buen grado. Era ya muy entrada la noche.
XX
Pronto llegamos a nuestra morada de la calle del Barquillo. Abrió mi amigo la puerta de su casa, con llave que consigo llevaba; subimos; abrió la entrada de su domicilio de la misma manera, y encontrámonos dentro de la salita, donde tantas veces me ha visto el discreto lector en compañía de mis amables vecinos. En la pared del fondo, donde desde inmemoriales tiempos tenía asiento la lanza consabida, había una especie de altarejo, sobre cuya tabla dos velas de cera, puestas en candeleros de azófar, alumbraban una imagen de la Virgen de los Dolores, un San Antonio y otros muchos santos de estampa, que de los cuatro testeros habían sido descolgados para congregarlos allí. Algunas cintas y lazos a falta de flores, servían de adorno al improvisado tabernáculo, con varios jarros y cacharros antaño lujosos y bonitos, pero ya perniquebrados, mancos y heridos. Delante de todo esto, estaba el sillón de cuero, y sentada en él Doña Gregoria, profundamente dormida. La pobre mujer, que de tal modo se había rendido al cansancio, tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, aún humedecida la cara por recientes lágrimas, y sus cruzadas manos indicaban que el sueño la había sorprendido en lo mejor de su fervorosa oración.
Quedose suspenso el esposo al verla, y después me dijo:
--Gabriel, no hagamos ruido, porque no se despierte; que más vale que descanse la pobrecita.
Después, llegándose a una cómoda vieja que en un rincón había, añadió en voz muy baja:
--Aquí en la tercera gaveta está mi testamento, y en esta otra todo el dinero que tengo ahorrado, con el cual mi mujer puede mantenerse en lo que le quedare de vida, que no será mucho. Voy a escribir mis últimas disposiciones. No chistes, ni me respondas nada.
Y acto continuo sentose junto a la mesilla, y con una pluma de ganso mal cortada, trazó sobre un papel dos docenas de torcidas líneas.
--Aquí dispongo --añadió alzando la vista del papel-- que las misas me las digan en San Marcos, donde está enterrado D. Pedro Velarde, ese valiente entre todos los valientes. En cuanto a mis huesos, no dispongo nada, porque no se dónde caerán.
--¿Todavía está usted con esas manías? --dije--. Hablaré en voz alta para que despierte Doña Gregoria y le ponga a usted las peras a cuarto.
--No harás tal, porque te estrangularé, que no quiero que ella abandone su blando sueño para pasar amarguras. Aquí en esta primera gaveta dejo mi última disposición.
Y luego, levantándose y acercándose de puntillas a su mujer, la contempló un buen espacio, pálido y conmovido. Después de un rato, llevome a la alcoba inmediata, y sentándose en la cama en sitio desde el cual, al través de la mampara medio abierta, se veía el rostro de Doña Gregoria iluminado por las luces del altar, hablome así: