Napoleón en Chamartín

Part 13

Chapter 134,198 wordsPublic domain

--Si algo enflaquece mi ánimo, es la vista de mi inocente esposa, a quien voy a dejar viuda. Te confieso que al considerar esto, se me nublan los ojos, se me oprime el corazón y estoy a punto de dar al traste con toda mi fiereza. ¿No la ves desde aquí? Parece que fue ayer cuando nos casamos; parece que no han pasado cuarenta y cinco años, y se me representa con la misma celestial figura que tenía allá por los tiempos de Maricastaña, cuando yo iba a la reja, llevándole media libra de peras en el pañuelo o un par de mantecadas de Astorga. En todo este tiempo no me ha dado nada que sentir, y hemos vivido juntos como dos palomos, queriéndonos lo mismo que el primer día. ¿No la ves desde aquí? ¿No ves su hermosa cara, tan serena y tranquila a pesar de su tristeza? Yo la estoy viendo con sus cabellos de oro, con su boquita encarnada como un casco de granada, con sus dulces ojos azules, que al mirarte parece que se abre el cielo delante de los tuyos; estoy viendo el nácar de su tez, y su airoso y gentil cuerpecito, lo mismo que su garganta alabastrina. ¡Oh, Dios mío! ¡Tan hermosa, tan buena y tan desgraciada!

Bien por efecto de la imaginación, ofuscada por aquellas palabras, bien porque la situación diese a Doña Gregoria ideales encantos, lo cierto fue que a pesar de sus blancos cabellos, de su tez arrugada y de su en tantas partes notoria vejez, la estaba viendo tan hermosa como el Gran Capitán decía. ¡Milagroso efecto del pensamiento!

--Mira, Gabriel: desde que nos vimos hace cincuenta años, nos quisimos; vernos y querernos fue todo uno, lo mismísimo que cuentan de los amantes de Teruel. Un lustro duró nuestro noviazgo, porque yo no tenía posibles; pero desde el primer día concertamos la boda. Durante aquel tiempo, ni riñas, ni bromicas, ni celillos. Nunca hemos tenido celos el uno del otro, porque desde el primer día la confianza fue nuestro norte. Todos me tenían envidia. ¡Ay! Cuando nos casamos fuimos tan felices, que no hubiéramos cambiado nuestra casa por siete imperios. Y desde entonces, hijo, esta felicidad no se ha alterado. ¡Ay! se me parte el corazón al pensar que desde mañana se acostará sola en esta cama, que por cuarenta y cinco años nos ha visto juntitos.

Al decir esto, el Gran Capitán se llevó el pañuelo a los ojos para secar sus lágrimas.

--Vamos, amigo --le dije--: de veras no sé si reírme o enfadarme oyendo lo que usted dice. ¿Está loco por ventura?

--Si tú no comprendes esto --me contestó-- es porque eres un simplón y un majadero egoísta. ¿Tú sabes lo que significa cumplir uno con su deber? ¿Tú sabes lo que significa el honor? Y si sabes todo esto, ¿ignoras lo que es la honra de la patria, que vale más que la propia honra? Escúchame bien: si me causa angustia y pesar la consideración de la viudez de Gregorilla, mayor, mucha mayor pena me causa el considerar que la capital de España se entrega a los franceses. Esto es terrible, esto es espantoso, y no vacilaría en dar mil vidas y en sufrir todos los tormentos por impedirlo. ¡España vencida por Francia! ¡España vencida por Napoleón! Esto es para volverse uno loco; ¡y Madrid, Madrid, la cabeza de todas las Españas, en poder de ese perdido! De modo que una nación como esta, que ha tenido debajo de la suela del zapato a todas las otras naciones, y especialmente a Francia; de modo que esta nación que antes no permitía que en la Europa se dijera una palabra más alta que otra, ¿ha de rendirse a cuatro troneras hambrones? ¿Cómo puede ser eso? ¡Eche usted a los moros, descubra y conquiste usted toda la América, invente usted las más sabias leyes, extienda su imperio por todo lo descubierto de la tierra, levante los primeros templos y monasterios del mundo, someta usted pueblos, conquiste ciudades, reparta coronas, humille países, venza naciones, para luego caer a los pies de un miserable emperadorcillo salido de la nada, tramposo y embustero! Madrid no es Madrid si se rinde. Y no me vengan acá con que es imposible defenderse. Si no es posible defenderse, deber de los madrileños es dejarse morir todos en estas fuertes tapias, y quemar la ciudad entera, como hicieron los numantinos. ¡Ay! todos mis compañeros se han portado cobardemente. España está deshonrada, Madrid está deshonrado. No hay aquí quien sepa morir, y todos prefieren la mísera vida al honor.

--Pero cuando no se puede triunfar --le dije-- es una temeridad seguir peleando, y más vale guardar la vida para emplearla con éxito en mejor ocasión.

--¡Simplezas y tonterías! El honor mandaba a los madrileños morir antes que rendirse, y el honor nos manda a los de la Puerta de Los Pozos que muramos todos allí antes que entregarla.

--Yo no creo que estén dispuestos a ello.

--Pues yo lo estoy, porque mi conciencia, que es la voz de Dios, me lo manda. Se rendirá la Puerta; pero el jardín de Bringas está bajo mi mando, y el que quiera entrar en él pasará sobre mi cadáver.

--¡Temeridad loca y hasta ridícula!

--Así será para los que no tienen idea de la honra de la patria, y para los que no ven nada más allá de esta ruin existencia, ni nada más allá del pan que comen todos los días.

--Entregarse de ese modo a la muerte es un suicidio, y el suicidio es un gran pecado.

--No es suicidio, no. La ley ineludible de la patria me ha puesto en un lugar que debo defender, aun a costa de la vida. ¿Que vienen fuerzas superiores? ¡Pues vengan! La patria me manda esperar tranquilo, y la ley me veda el apartar los pies de aquel sitio. ¿No morían los mártires por la religión? Pues la patria es una segunda religión, y antes que faltar a su ley, el hombre debe morir. ¿Y qué es la muerte? Los necios se asustan de la muerte, porque la muerte les quita el comer y el gozar. ¡Mentecatos! ¿Por ventura, no son mejor comida y mejor goce los de la bienaventuranza eterna? Ve ahí a mi esposa. Cierto que me aflige dejarla; pero sé que la perderé de vista tan solo por algún tiempo, y que sus virtudes la llevarán luego a donde la tenga delante de mis ojos durante todas las eternidades, sin cuya compañía creo que el mismo cielo me sería fastidioso. ¡Morir! ¡Ahí es gran cosa morir, y apañado tienes el ojo! ¿Pues acaso el morir es mal que puede compararse siquiera al dolor de un rasguño recibido en la tierra? Y si el morir no es nada para el miserable cuerpo, ¡cuán grande y fausto suceso no es para nuestra alma, mayormente si por la nobleza de nuestro fin nos empingorotamos sobre todas las cosas nacidas! ¡Morir por la patria; morir en el puesto que a uno le marca su deber; morir, no por conquistar un pedazo de tierra, ni por un cacho de pan, ni por una baja ambición, sino por una cosa que no se ve, ni se toca, cual es una idea y un sentimiento puro! ¿No es equipararnos a los santos del cielo y acercarnos a Dios todo lo que acercarse puede una criatura?

Dicho esto, calló. No le contesté nada, porque tanta grandeza me tenía anonadado.

Al cabo de un buen espacio volvimos de la alcoba a la sala; acercose él con pasos muy quedos a Doña Gregoria, y le dio muchos besos, tan en flor por no despertarla, que apenas tocaban sus labios el arrugado cutis de la anciana.

Luego enjugose las lágrimas, y dirigiendo una mirada en redondo a todos los objetos de la sala, me dijo con voz grave y entera:

--Gabriel, vamos.

XXI

No valían razones contra él, y cuanto yo pudiera decirle habría sido predicar en desierto; razón por la cual determiné cesar en mi obstinación, reservándome el emplear después cualquier estratagema para impedir una desgracia. Como durante la visita a la casa había transcurrido mucho tiempo, cuando salimos principiaba ya a clarear la aurora, y advirtiendo por las calles más gente de la que en tales horas suele encontrarse, nos fuimos a curiosear un poco antes de volver a Los Pozos. Serían las seis cuando entrábamos en la calle de Fuencarral, y como era esta la hora señalada para la rendición, subían y bajaban por la citada vía numerosos grupos de hombres, armados unos, sin armas otros, pero todos puestos en mucha agitación. Había quien en alta voz declamaba contra lo capitulado, poniendo a Morla, a la Junta y a Castelar como ropa de pascua; otros se desahogaban insultando a Napoleón; muchos rompían las armas, arrojándolas al arroyo; no faltaba quien disparase al aire los fusiles, aumentando así la general inquietud, y, por último, hacia el Arco de Santa María vimos algunos frailes dominicos y de la Merced que, arengando a la muchedumbre, procuraban calmarla.

--Vamos, corramos a nuestro puesto --dijo Fernández--, no sea que nos tengan preparada una sorpresa.

--Aún no es la hora designada --le dije procurando entretenerle de modo que llegáramos tarde.

--¿Cómo que no? --clamó con exaltación, avivando el paso--. Corramos, no sea que lleguemos tarde y entreguen Los Pozos. Mal hemos hecho en abandonar nuestro puesto por una necia sensiblería. ¡Quién sabe lo que hará esa gente si no estoy yo por allí! Corramos, pues ya he dicho que se rendirá Madrid, que se rendirán Los Pozos, que se rendirá el jardín de Bringas; pero que el Gran Capitán no se rinde.

Empezamos a correr, cuando detúvome de improviso un hombre que en opuesta dirección venía. Era Pujitos.

--Gabriel --me dijo muy sofocado--: vuelve atrás, no vayas a Los Pozos; echa a correr y escapa como puedas.

--¿Por qué? ¿Qué pasa? --preguntó mi amigo con la mayor zozobra--. ¿Ha venido Napoleón en persona?

--¡Qué Napoleón, ni qué Juan Lanas! --añadió Pujitos empujándome para que retrocediera--. Corre presto, que si llegas allá te echan mano. Ahora mismo han estado esos perros por ti.

--¿Quién?

--¿Quién ha de ser sino D. Luis Santorcaz, ese que llaman Román, y los tres o cuatro pillos que andan con ellos?

--¿Y a mí para qué me buscan?

--Para prenderte.

--¿Y quién es él para prenderme? --exclamé lleno de ira--. ¿Pero no dijeron por qué me quieren prender? ¿Qué he hecho yo?

--Sí dijeron, y es un aquel de traiciones que has hecho y no sé qué diabluras. Conque a correr. Mira que vienen. Aire a los pies y buenos días.

--¿Eh? Basta de simplezas --dijo el Gran Capitán--, y no me detengo más, que hago falta en otra parte.

Y marchose resueltamente hacia arriba sin decir nada más. Luego que me quedé solo con Pujitos, proseguimos nuestro altercado, él queriendo obligarme a que retrocediera, y yo obstinándome en seguir, pues me parecía una fábula aquello de mi prisión y la mudanza de Santorcaz y Román en alguaciles, y sobre todo en perseguidores míos por traiciones que yo no había soñado en cometer. Pero al fin logró convencerme recordando pasados sucesos que podían explicar, ya que no justificar, aquel hecho como una venganza; creí prudente seguir el consejo de mi compañero de armas, hombre que no por ser tonto dejaba de ser honrado, y me escurrí a buen andar en dirección al Espíritu Santo.

Cerca de la calle Ancha tuve un feliz encuentro en la aparición de mi reverendo amigo el fraile mercenario, que seguido de mucha gente venía en dirección opuesta.

--¿A dónde vas, Gabriel? --me dijo deteniéndome.

--Voy huyendo, Padre --le respondí--; huyendo de infames enemigos que me persiguen sin motivo alguno.

--¿Quién, quién es el atrevido que te acosa? --exclamó briosamente.

--Hombres pérfidos, hombres inicuos que han sido espías de los franceses, y ahora aparecen como oficiales de la justicia.

--¿Pero de qué justicia? ¿Quién nos manda? Sepámoslo de una vez. ¿Nos manda aún nuestra Sala de Alcaldes, o nos manda un bigotudo General francés, en nombre de Napoladrón? ¿Ha capitulado ya la plaza?

--No lo sé, Padre; pero es lo cierto que esos hombres me buscan para prenderme, y con autoridad o sin ella llevan sus reales despachos en toda regla, que maldito sea el que se los dio para que satisfagan infames venganzas personales.

--Vamos a ver qué es eso...

--No, Padre: yo no pienso ver nada más que la calle por donde corro, porque conozco la clase de gente en cuyas manos voy a caer.

--Por la Santísima Virgen del Carmen, que nadie te ha de tocar el pelo de la ropa, al menos yendo conmigo. Ea, señores --añadió Salmón volviéndose a los que le seguían--, me voy a mi casa. Se despide de ustedes el Padre Salmón, de la Orden de la Merced: ya no soy nada, hijos míos; ya no tenéis Padrito Salmón; ya no tenéis quien os predique, ni quien os aconseje, ni quien os diga cosas joviales. Se acabó todo: España es de los franceses; adiós, frailes y monjas, que a todos nos van a quitar de en medio, hijos míos, y no hagáis pucheros, que de nada valen ahora estos pucheros, pues no se defiende la religión con lagrimitas... No lloréis, que _tarde piache_, como dijo el otro, y sucumbamos. Adiós, hijos míos, que ahora os quieren hacer a todos herejes, y los religiosos estamos de más. Yo os echo la bendición: cuidado, cuidadito con los pecadillos. Y tú, joven desgraciado, arrímate a mí, que aún nos queda un poquillo de influjo, y nadie te hará nada yendo en mi compañía. Ven conmigo a la Merced, y allí procuraremos ponerte en salvo.

Cuando marchamos juntos hacia la calle Ancha, oímos en derredor nuestro estentóreas y acaloradas voces de hombres y mujeres que gritaban: «¡Viva el Padre Salmón! ¡Muera Napoleón! ¡Muera el rey de Copas!»

--En mi convento estarás seguro --me dijo luego el mercenario-- hasta que puedas salir de Madrid. ¿Piensas salir?

--En cuanto pueda, Padre: no puedo ni debo estar más aquí.

--Haces bien: algunos compañeros míos piensan marcharse también a levantar por ahí el espíritu de los pueblos. Yo no saldré de Madrid, porque mi naturaleza es tan delicada y flatulenta, que no resiste los trabajos, hambres y estrecheces de una misión. A la casa de Madrid me atengo: ni quito ni pongo rey, y aunque dicen que el hermano de Copas nos quiere quitar, todo es filfa, hijito mío. Yo sé que andan por Madrid emisarios del Emperador, que nos hacen la mamola a cencerros tapados para que le rindamos pleito homenaje y transijamos con él, requisito indispensable para tratarnos a maravilla, por lo cual opino que tan bien se sirve con Pedro como con Juan, y adelante con los faroles, porque si tienes hogazas no pidas tortas, y si te dan la vaquilla acude con la soguilla, que como dijo el otro, mano que da mendrugo, buena es aunque sea de turco.

Tan sumergido estaba yo en mis pensamientos, que no contesté a mi amigo, si bien mi silencio no fue parte a que dejara de seguir hablando por todo el trayecto, durante el cual no nos ocurrió desgracia alguna, ni tuvimos ningún mal encuentro.

--Ya estamos en casa --me dijo cuando entramos--. Sube y probarás de unas estaquitas de la olla de ayer que el refistolero me ha guardado para hoy, poniéndolas con arroz; y te advierto que en todo lo que sea de arroz soy una especialidad, y a mí se me debe la introducción de las almejas y de la canela en la paella valenciana.

Entramos en su celda, donde me dejó, volviendo al poco rato con un cazuelillo debajo del manteo; y con esto y una botella que sacara de la alacena, juntamente con una cesta llena de pedazos de pan, higos, aceitunas, nueces, embutidos, queso, dátiles y otras viandas, aderezó un almuerzo que me vino de perillas.

--Esta misma celda en que estás, y que es la mía --me dijo mientras comíamos--, fue ocupada hace más de doscientos años, allá en los de 1620, por aquel insigne mercenario Fr. Gabriel Téllez, a quien generalmente se conoce por el maestro Tirso de Molina. Es fama que en este sitio, y quizás en esta misma mesa, escribió su célebre _Crónica de la Orden_, porque comedias se cree que no hizo ninguna después de meterse a fraile.

--¿No le ha dado a Vuestra Paternidad por hacer comedias? --le pregunté.

--Hombre, algunas he hecho, y ahí están pudriéndose en aquella alacena. Mas no he intentado que se representen, porque el Prior nos lo prohíbe, aunque son todas devotas. Una hice que no me parece mala, y se titula _El Santo Niño de la Guardia_. No deja de tener su sal otra que compuse con el rótulo de _La tutora de la iglesia y doctora de la ley_, toda en sonetos arreo, entreverados con lo que se llaman séptimas reales; y me daba tanto el naipe por estas obrillas, que enjaretaba dos en una semana, y si no me lo prohibieran, le hubiera echado la zancadilla a Bustamante, que escribió trescientas veintinueve comedias de santos.

--¿Y en qué se ocupa ahora Vuestra Paternidad?

--¿En qué me he de ocupar, muchacho, sino en hacer jaulas de grillos? ¿No sabes que soy el primer jaulista de Madrid? Pues a fe que me dan poco trabajo las tales obras. Mira cuántas hay allí. Aquella que tiene tres pisos, con dos hermosísimas torres y su reloj figurado en el centro, es para las monjas de Constantinopla, y aquella otra redonda que está por concluir, para las Carmelitas Descalzas, que ha un mes me tienen loco con la dichosa obra.

En efecto: todo un rincón de la celda estaba lleno de jaulas hechas y por hacer, con todos los materiales y herramientas propias de aquel oficio. De libros no vi sino los folletos y papeles que días antes recogió en casa de Amaranta.

--Yo soy un hombre que abomina la holgazanería --continuó Salmón--, y no me parezco a otros de esta misma casa que no se ocupan en maldita la cosa, aunque hay algunos, la verdad sea dicha, como el Padre Castillo, que noche y día están metidos en un mar de libros y papeles.

--Y en verdad, Padre --le dije--, ya que no hay cautivos que redimir, todos ustedes deberían pasar el tiempo en algún útil menester.

--Pues los hay que como no sea tirar a la barra en la huerta y jugar al tute en la solana, no hacen nada. Y si no, en la celda de al lado tienes al Padre Rubio que se pasa la vida haciendo acertijos y enigmas, los cuales envía a las monjas para que ellas le devuelvan la solución y nuevos problemas, y tienen establecidas ganancias y pérdidas para el que acierta y para el que yerra, las cuales pérdidas y ganancias consisten siempre en algo de condumio. ¡Pues y el Padre Pacho, que se ha dedicado a hacer punto de media, y labra unos primores...! Esto es andar a mujeriegas, lo cual no me gusta. Yo al menos he hecho, en lo tocante al arte eminentísimo de las jaulas, adelantos admirables, y además me dedico a la medicina, para lo cual, con aquel Dioscórides que está a la cabeza de mi cama tapando la escudilla, me basta y me sobra.

Por estos caminos siguió nuestra conversación, hasta que me entró gana de dormir. Mi amigo pidió permiso al Prior para que me quedase allí todo el día y aun toda la noche, refugiado contra una injusta persecución, y me llevaron a una celda vacía, donde en lecho muy blando me acomodó, rindiéndome de tal modo el sueño, que hasta el siguiente día no di acuerdo de mí.

XXII

Cuando me levanté y hube despachado el desayuno que con sus propias caritativas manos me llevó el Padre Salmón, salí al claustro alto, donde mi amigo me dijo:

--Hay grandes novedades. Ayer a eso de las diez se entregó la plaza a los franceses, una vez firmada la capitulación por el Emperador en su Cuartel general de Chamartín.

--¿Y ha habido algo en Los Pozos? --pregunté, acordándome pesaroso del Gran Capitán.

--Creo que es el único punto donde hubo alguna resistencia, pues de todos los demás se apoderó sin dificultad el general Belliard, Gobernador de la plaza.

Salió al encuentro de Salmón un fraile pequeño y viejo, que se apoyaba en un palo; hombre al parecer enfermizo y de mal genio, que dijo:

--¿Sabe su merced, Sr. Salomón jaulista, las bases de la entrega?

--Hermano Palomeque, no las sé; pero creo que ha llegado Fray Agustín del Niño Jesús, el cual dicen tiene una copia que le suministró un individuo de la Junta.

--¿Qué, de vuelta por el claustro, Padre Palomeque? --dijo un frailito joven, barbilindo, ancho de cuello, pulcro de rostro, arrebolado de nariz, nimio de cerquillo y con cierto aire galán, el cual de improviso se unió a nuestro grupo.

--Lo que hay --contestó Palomeque con rabia, dando un fuerte bastonazo en el suelo-- es que anoche me han robado una gallina, de las seis que tenía en el corral, y ¡ay del pícaro zorrón si le descubro, que por nuestro santo hábito, si fuera cierta la sospecha que tengo de un fraile madamo y almibaradillo, yo le juro que me la ha de pagar!

--¡_Oh curas hominum_! ¡_Oh quantum est in rebus inane_! ¡_Oh cupidinitas gallinacea_! ¿Y todo ese enfado es por una polla seca y encanijada, con cuyo caldo se podía administrar el Bautismo?

--Basta de bromas; y si era encanijada, no la tenía yo para ningún zángano --exclamó Palomeque--. Pero a otra, y díganme de una vez en que términos se ha hecho esa maldita capitulación. Por ahí asoma Fray Agustín del Niño Jesús.

Llegó, en efecto, con paso grave el tal Niño Jesús, que era un fraile altísimo de estatura, moreno, de pelo en pecho, de aspecto temeroso, ojos fieros y una voz, por raro constraste, tan infantil y atiplada, que parecía salir de otra garganta que la suya. Seguíanle otros dos frailes.

--Vamos a ver, señor músico, ¿qué dice esa minuta? --le preguntó el fraile barbilindo.

--Ahora lo veredes, dijo Agrages --fue la contestación del Padre Agustín--. Creo que Napoleón ha aceptado todos los artículos, excepto dos o tres de los menos importantes.

--El primero --dijo Salmón-- habla de la conservación de la religión católica, sin que se consienta otra.

--Justo --respondió el Niño Jesús sacando un papel--; y el segundo de _la libertad y seguridad de las vidas y propiedades de los vecinos de Madrid_. Igualmente establece el respeto a _las vidas, derechos y propiedades de los eclesiásticos seculares y regulares de ambos sexos, conservándose el respeto debido a los templos, todo con arreglo a nuestras leyes_.

--Como no lo han de cumplir --indicó Palomeque--, excusado es que lo digan. Siga adelante.

--¿Para qué ha de leer más? Lo que sigue poco interés tendrá, y apuesto a que habla de que si las tropas saldrán de Madrid con los honores de la guerra o no.

--Justo --dijo Fray Agustín--, y también hay otro artículo en que se establece que no se perseguirá a persona alguna por opinión ni escritos políticos.

--Eso está muy mal pensado y peor resuelto --dijo otro de los presentes, que era el Padre Rubio, fabricador y artífice de acertijos--, porque si no quitan de en medio a los francmasones y diaristas...

Luego el frailito almibarado, que era nada menos que maestro de Teología, llegose a Salmón y le dijo:

--¿Se atreve Vuestra Paternidad a echar dos tantos a la barra esta tarde después de la siesta?

--¿Pues no me he de atrever? --contestó--. Y tú, Gabriel, ¿juegas a la barra?

--Este joven --dijo el maestro de Teología con bondad-- ¿es aquel portento de las Humanidades, aquel consumado latinista de quien Vuestra Merced me habló?

--El mismo que viste y calza, o por mejor decir, el segundo Pico de la Mirandola. Puede examinarlo Vuestra Merced y verá lo que son castañas.

Yo repetí que no sabía palabra de latín, y que toda mi fama en dicha lengua provenía de una equivocación.

--_Modestus es_ --dijo el teólogo--. Y puesto que es usted tan gran latino, contésteme a esto: ¿qué quiere decir _Vino a lo que vino_?

--Eso no es latín, sino castellano --dijo Salmón.

--¡Oh! --exclamó el otro batiendo palmas--. Los dos se atascaron. ¿Conque castellano? Pues es tan latín como el _Arma virumque_. _Vino a lo que vino_, o lo que es lo mismo, _vi no aloque vino_, que, traducido literalmente, quiere decir _con fuerza nado y me alimento con vino_.

--Este Fray Jacinto de los Traspasos de María es un pozo de ciencia --dijo Salmón--. Gabriel, te atascaste.

--Y díganme ustedes --prosiguió el otro--, ¿qué quiere decir _Archiepiscopi toletani onerati sunt mulieribus_?

--Eso más claro es que el agua, mi señor don Teólogo --repuso Salmón--. Es una blasfemia y calumnia; pero valga lo que valiere, quiere decir, salva la intención, que los Arzobispos de Toledo están cargados de mujeres.

--¡Oh gansos, oh acémilas! Ya les cogí otra vez --dijo Fray Jacinto--. El _archiepiscopi_, que parece nominativo plural, es genitivo singular. De la palabra que suena _mulieribus_, hago dos, a saber: _muli æribus_ y resulta: _los mulos del Arzobispo de Toledo están cargados de riquezas_. ¡Ajajá! Pues y lo de _tú comes caracoles_, ¿qué significa?