Part 14
--¡Oh! No estoy para quebraderos de cabeza --replicó Salmón--. Dejemos eso, y ya que en el latín me ha vencido, esta tarde le venceré a la barra.
--Esta tarde no --dijo Rubio--, pues Fray Jacinto ha prometido venir conmigo a ver a las Constantinoplas, que están locas por conocerle.
--Y Castillo, ¿dónde está? --preguntó Palomeque.
--En misa.
--¡Oh, _patres conscripti_! --dijo otro fraile que vino a toda prisa por el claustro adelante--. ¡Grandes y estupendas novedades! Han llegado tres Consejeros de Castilla, y están en conferencia con el Prior.
--¿Y a qué vienen esos Consejeros del diantre?
--Según he olido, los manda Napoleón para que nos emboben, por ver si consigue que una diputación de regulares de todas las Órdenes vaya a cumplimentarle y hacerle _randibú_ en su cuartel de Chamartín.
--Antes al demonio.
--¿Conque _randibú_ al azote de los pueblos, al enemigo de la religión, al carcelero de nuestro Rey? Muy bien, tras de cornudo, aporreado, y vengan palos, que con besar la mano que nos los da, todo queda concluido.
--Como se han de levantar contra Napoleón hasta las piedras, y al fin ha de marcharse con su hermano, excusado es andarse con mieles.
A esta sazón llegó el Padre Castillo que venía de decir su misa, aquel discreto y agudo fraile que en casa de la señora Condesa había hecho el expurgo de libros.
--Padre Castillo, ¿conque tenemos visita de Consejeros de Castilla para que nos humillemos ante Napoleón?
--No sé nada de esto.
--Yo estoy determinado a salir de Madrid e irme por esas provincias a predicar la guerra, juntando gente armada --dijo Rubio.
--Y yo, como me suelte por tierra del Barco de Ávila y eche allá cuatro sermones, levanto hasta las piedras --afirmó el Niño Jesús.
--Yo no me moveré de aquí --dijo Castillo--. En esta casa me mandan los estatutos que resida, y aquí residiré mientras no me echen. Fundose nuestra Orden para redimir cautivos, no para predicar guerra ni armar soldados.
--Muy bien dicho; mas tampoco se fundó para que la patearan Emperadores y la escupieran Juntas.
--Dios hará de nuestra Orden lo que fuese servido --repuso Castillo--. En tanto, nosotros nos estamos mejor en nuestra casa, que por montes y valles incitando a los hombres a matarse. Y no es que dejemos de ser patriotas. Más harán las oraciones de un fraile piadoso en pro de nuestros ejércitos, que los sermones furibundos y crueles de esos desgraciados que con los hábitos al cinto se han lanzado a la guerra. Y dígame el buen Niño Jesús, ¿le parece meritoria y digna de un cristiano y de un sacerdote la conducta de ese dominico que no quiero nombrar, y que se ha señalado por sus sanguinarias excitaciones a la matanza de franceses? No: nada que sea contrario a las generales leyes de la caridad, debe sacarnos de nuestra ordinaria vida.
--Con buenas retóricas se viene ahora el Padre Castillo --dijo otro de los presentes--. No, sino hagámonos miel para que nos papen imperiales moscas.
--Dígame --preguntó un tercero--, ¿ha oído decir el Sr. D. Librote y Cata-pergaminos, que Napoleón va a reducir el número de regulares a la tercera parte? Pues sí, eso está muy bonito. Apláudalo el Padre Castillo. Y nosotros veámoslo y callemos, ¿no? ¡Pues me gusta! De modo que si un conquistador atrevido pone en peligro nuestro instituto, lo daremos por bien hecho.
--¿Conque reducirnos a una tercera parte? --dijo Salmón--. ¡Bonita invención! Esas son las tan decantadas novedades de los filósofos y de todos esos masones a la francesa que hay ahora.
--No disputaré sobre si es conveniente o no reducir el número de conventos --dijo Castillo--. Cuestión es esta delicada y sobre la que se podría hablar mucho. Lo que sí afirmo es que la reducción del número de regulares, y las ideas de poner coto a tantas fundaciones, son bastantes antiguas, y se han ocupado de ello mil eminentes repúblicos. Ya saben todos que en el siglo pasado se ha clamoreado bastante sobre esto. ¿Y qué más? A principios del decimoséptimo siglo, cuando aún no se soñaba en enciclopedias, ni en revoluciones, ni en logias, ni en filosofías, personajes respetables, y entre ellos algunos españoles sapientísimos, se expresaron en igual sentido. Como me dedico a buscar papeles viejos, ¡vean mis caros hermanos la casualidad! en estos días he encontrado dos que vienen como de molde a terciar en esta contienda.
Y al punto fue a su celda, que muy cerca estaba, y volviendo con dos libros viejos, los mostró a sus hermanos.
--Aquí están --dijo--. Uno es el _Memorial que al Rey D. Felipe III dio en su Consejo de Estado Fray Luis de Miranda, lector jubilado, de la Orden de San Francisco, acerca de la ruyna y destrucción que amenazaba a la república y monarquía de España, si con presteza no se acude al remedio_. Las causas y razones que expone, son: PRIMERA, _la muchedumbre de hacienda que de secular se está convirtiendo en eclesiástica_. SEGUNDA, _las innumerables personas que, por sus particulares fines, de seglares se hacen religiosos, sin aver de ello necesidad, antes con daño de las mismas religiones_. Esto se escribía en los primeros años del siglo decimoséptimo, y si el mal era cierto, juzguen Vuestras Paternidades si habrá aumentado, no habiendo nadie acudido al remedio. El otro libro se titula _Discurso del doctor D. Gutiérrez, Marqués de Careaga, en que intenta persuadir que la monarquía de España se va acabando y destruyendo a causa del estado eclesiástico, fundación de Religiones, Capellanías, Aniversarios y Mayorazgos_. Esto está impreso en 1620. De modo, hermanos míos --añadió con zunga el buen Castillo--, que hace doscientos años hubo quien ya dio en la flor de decir que éramos muchos. Ahora, pues, carísimos, cada uno meta la mano en su pecho, consulte a su conciencia y pregúntese a sí mismo si cree estar de más: _intelligenti pauca_. ¿Y esas gallinas, Padre Palomeque, cuántos huevos han puesto en la semana? ¿Y cómo van esas jaulas, Padre Salmón? ¿Qué me dice Vuestra Paternidad de aquellos enigmillas tan reservados que le enviaron ayer las Constantinoplas, Padre Rubio? ¿Halos acertado ya? ¿Y qué tal van esos toques de flauta, Fray Agustín del Niño Jesús?
Y así fue dirigiendo a todos graciosas pullas, si bien ellos no se irritaban, gracias al respeto que le tenían. Con esto y con la retirada de Castillo se desbarató el corro, y casi todos fueron a husmear a la puerta de la celda del Prior por ver si descubrían cuál era la misteriosa comisión de los Consejeros de Castilla. Cuando Salmón y yo íbamos a espaciarnos un poco por la huerta, vimos un fraile anciano que, leyendo devotamente su libro de oraciones, se paseaba en el claustro bajo. Pregunté a mi amigo quién era aquel venerable sujeto, y me dijo:
--Este es el Padre Chaves, el más piadoso y recogido de todos los frailes de este convento, si bien me parece que es algo mentecato. No hace más que rezar, leer libros santos, y asistir a todos los enfermos de la casa. Hace catorce años que no ha salido una sola vez a la calle. No recibe regalos, sino aquellos que puede dar a los pobres. Apenas come, y cuanto le dan aquí lo guarda para repartirlo los sábados a una chusma que viene a la portería, porque, según dice él, ya que no puede redimir cautivos, quiere redimir a los que padecen la peor esclavitud de todas, que es la miseria. Antes te dije que era un mentecato; pero la verdad, hijo, Chaves es un excelente hermano.
--Dios ha puesto de todo en el mundo --pensé yo--; y así como no hay nada perfecto, tampoco hay cosa alguna que sea rematadamente mala.
XXIII
Al día siguiente, Salmón me dio muy malas noticias.
--¿Sabes lo que pasa, Gabriel? --me dijo entrando muy de mañana en la celda que se me había asignado--. Pues he sabido que el Gobierno francés, que ahora nos rige, ha nombrado alguacil, o como ahora dicen, oficial, jefe o no sé qué de policía, a ese mismo Santorcaz que quería prenderte. Esto tiene indignados a cuantos le conocían, y prueba a las claras que ya estaba vendido a los franceses desde antes del sitio. También es indudable que en aquellos días fue nombrado alguacil por la Sala de Alcaldes, sin que nadie acierte a darse cuenta de cómo consiguió tal cosa. Le acompaña hoy, como antes, su escuadrón de gente de mal vivir, que, como sabes, era la que días pasados acaloraba los ánimos contra los franceses en los barrios bajos, haciéndose pasar por ardientes patriotas. Pero di, ¿qué has hecho para que te quieran prender? Porque me han dicho que él y los suyos te buscan con verdadero frenesí, registrando todos los rincones de Madrid.
--En verdad que no sé en qué fundan su persecución --respondí--, pues por más que me devano los sesos, no puedo traer al pensamiento ninguna acción mía que a cien leguas se parezca a un delito. Pero esos hombres son muy malos, y no hay que buscar fuera de ellos la causa de sus maldades.
--Pues me han dicho que en todo el día de ayer ese Santorcaz no ha hecho más que prender gente sospechosa, es decir, gente a quien supone hostil a los franceses.
--Es una venganza personal --dije--, o tal vez deseo de apoderarse de mí para una baja intriga.
--¡Qué inmunda canalla! ¡Y de esta manera quiere el rey de Copas y su hermano hacerse amar de los españoles! Pues no es mal chubasco el que se nos viene encima. Dicen que Napoleón ha rasgado el acta de capitulación, expidiendo con fecha de ayer varios decretos contrarios a lo estipulado.
--Pues, Padre mío --dije--, veo que me es preciso huir de Madrid a toda prisa.
--¡Huir de Madrid! ¿Crees que es fácil ahora? Estate unos días más en esta casa, que el Prior no tendrá inconveniente en ello, y después veremos cómo te sacamos de la Villa. ¡Oh! Me han asegurado que la salida es muy difícil hasta para las ratas. Parece que la gente de los pueblos inmediatos a Madrid está levantada en armas. Temen los franceses que esto sea cosa urdida con los de aquí para favorecer un movimiento insurreccional dentro de la Corte, y han resuelto incomunicar a Madrid. La vigilancia que hay en las puertas es peor que de inquisidores: no dejan salir a alma viviente sin registrarle y darle mil vueltas; y como el viajero no lleve un papelucho que llaman _carta de seguridad_, expedida por esa bendita Superintendencia de policía, a quien vea yo comida de lobos, lo someten a un consejo de guerra. Conque, hijo, estás en peligro; no puedes vivir en Madrid, y la salida es muy difícil. ¡Ah! En este momento se me ocurre una cosa, y es que podemos solicitar el amparo de la señora Condesa, en cuya casa estuviste el otro día, la cual me han dicho que es amiga de los franceses.
--¡La señora Condesa amiga de los franceses!
--Quiero decir, partidaria. Su primo, el Duque de Arión, que ha pasado toda su vida en Francia, entró en España con Bonaparte, de quien es muy devoto, y actualmente está en el Cuartel general de Chamartín. Anteayer estuve en casa de la Condesa, y le esperaban de un día a otro. Como haya venido, no nos sería difícil que aquella bondadosa señora te consiguiese una carta de seguridad para evadirte. Entre tanto, hijo, aquí estás más seguro; y por sí o por no, vamos tú y yo ahora mismo a ver al Prior del convento, que es hombre de mucho mundo y de tanta trastienda, que sería capaz de pegársela al lucero del alba. Él nos dirá si lo que me ha ocurrido es razonable, o si hay otro medio más expedito para ponerte en salvo.
Y sin más dimes ni diretes, llevome a la celda del Padre Prior, que en aquel momento había vuelto de decir su misa y despabilaba dos onzas de chocolate. Era el Padre Ximénez de Azofra un hombre pequeño, de edad madura, ojos muy vivos, sonrisa maliciosa, cortesanos modales y simpática conversación. Recibiome con mucha bondad; y cuando Salmón le expuso las apreturas en que yo me encontraba, dijo lo que sigue:
--En otras circunstancias, joven incauto, fácil nos habría sido socorreros poniéndoos al abrigo de esta casa. Pero ahora todo está al revés. El Gobierno intruso nos mira con muy malos ojos, y bastaría que le protegiéramos a usted para que se nos acusara de cómplices de la insurrección, que así llaman ellos a nuestra santa causa. En verdad que cada vez odio más a esa canalla. Ved lo que hacen ahora. Desde que Madrid se ha rendido, ya les ha faltado tiempo para quebrantar lo convenido; y si prometieron respetar las vidas, libertades y hacienda de este vecindario, ayer todo ha sido prender y encarcelar gentes honradas, a quienes se acusa de auxiliar a los insurgentes de Talavera y de Cuenca. Todo es sospechar, y acusar, y asustarse hasta de vanas sombras; y como los restos del ejército de San Juan y las tropas del de Castaños que se unieron al Duque del Infantado andan por estas inmediaciones levantando los pueblos contra los franceses, estos ven un espía en cada vecino de Madrid, y han resuelto impedir toda comunicación entre los habitantes de esta Villa y los de Ocaña, Toledo, Talavera e Illescas, por lo cual no permiten la entrada de los paletos, fruteros y verduleros, razón de la gran carestía que hoy tienen todos los artículos.
--Mala situación es esta --dijo Salmón--. ¿De modo, señor Prior de mi alma, que en buenos tiempos no recibiremos nada de nuestras granjas de Leganés, Valmojado, Casarrubuelos, Bayona de Tajuña y Santa Cruz del Romeral? ¡Bonito porvenir! ¿Y entonces _quid manducaverunt vel manducavere_?
--¡Oh! amigo Salmón --contestó el Prior con malicia--, aquí viene bien aquello de _ventorumque regat pater_, que quiere decir _viento en panza_, según traducía aquel gilito descalzo de quien tanto nos hemos reído. Es preciso hacer penitencia.
--Bien, retebién --exclamó Salmón bufando--. ¡Viva el Emperador de los franceses y Rey de Italia y protector de la confederación del Rhin! De esa manera conseguirá Vuestra Majestad Imperial y Real, que asada en parrillas vea yo, conquistar las simpatías del clero regular.
--No se cuida él de nuestras simpatías, amigo Salmón.
--Pero en resumidas cuentas, señor Padre Prior, este muchacho, de cuya moralidad y buen proceder respondo, necesita salir de Madrid, y no dudo que usted con su influencia le podrá sacar una _carta de seguridad_, con la cual y disfrazado...
--¡Qué cosas tiene Salmón! --dijo Ximénez de Azofra--. ¿Qué puedo yo hacer? Conque en priesa me ve, y doncellez me demanda. ¿No le he dicho que desconfían de los regulares, y especialmente han tomado entre ojos a los de esta casa?
--No sabía tal cosa. Al contrario: oí decir que Vuestra Paternidad es de los que van a Chamartín a cumplimentar a mi señor Don Caco imperial, rey de los pillos, y protector de la congregación del Rin... conete y Cortadillo.
--¡Yo! --exclamó Ximénez con asombro--. No he nacido para besar la mano que me azota. Español soy, y español seré mientras viva. He predicado en el púlpito de la Merced contra el Emperador, y no imitaré a los que siendo primero desaforados patriotas, ahora son patriotas tibios con vislumbres, amagos y pintas de afrancesados. Cierto es que va a Chamartín una diputación de todas las clases de la sociedad; cierto que me han invitado para ir, y vea su merced aquí la carta que sobre este punto el Corregidor me ha dirigido y que, de haber justicia en la tierra, debería ser quemada por la mano del verdugo. ¿No es una vergüenza que de este modo se humillen los hombres? Ayer todo era inquina contra el _ogro de Córcega_, todo insultarle y ponerle por esos suelos; hoy todas son blanduras. El mismo señor Corregidor de Madrid, que en su bando del 25 de noviembre decía: _La España está invadida por el tirano que domina en Francia, el cual ha quebrantado pérfidamente las santas leyes, etc._; ese mismo señor Corregidor D. Pedro de Mora y Lomas, caballero de la Orden de Carlos III, del Consejo de Su Majestad, subsecretario con ejercicio de decretos, intendente de los reales ejércitos y de esta provincia, corregidor de esta villa, subdelegado de Rentas reales, intendente de la real Regalía de Casa y Aposento, superintendente general de Sisas reales y municipales de ella, y subdelegado de Montes y Pósitos, etc., etc., pues la retahíla de títulos no tiene fin; ese mismo Corregidor, repito, es el que hoy dirige un llamamiento _ante diem_ a todos los regidores, diputados del Común, procurador general y personero, alcaldes de la Hermandad, Mesta y alguacil mayor por el estado noble, al ilustrísimo señor obispo auxiliar, vicarios eclesiástico y castrense, al venerable cabildo de señores curas y beneficiados, a los reverendos prelados de todas las religiones, al cuerpo colegiado de la nobleza, diputados de los cinco gremios mayores, y a todas las diputaciones de los sesenta y cuatro barrios de esta población. ¿Para qué creerán ustedes? Pues nada menos que para hacer presente _que la villa de Madrid habrá tenido el honor de ofrecerse a los pies de S. M. I. y R. para manifestarle el reconocimiento a la bondad e indulgencia con que ha tratado esta Corte, felicitarse por tener a S. M. en su seno, y expresarle que si lograba merecer la dignación y aprecio de S. M., se contemplaría dichosa_. ¿Qué tal? ¿Es este un lenguaje digno y patriótico? Además, en la convocatoria --añadió recorriendo con la vista el papel-- se llama a Napoleón _padre amoroso_, y a sus atropellos _benéficas miras_, y el objeto es reunir un cierto número de personas respetables que piquen espuelas hacia Chamartín para pedir a Bonaparte _se digne conceder la gracia de que vean en Madrid a su augusto hermano nuestro Rey Josef_. Vamos, vamos, no puedo leer más, porque tanta bajeza me saca los colores de la cara. Verdad es que los que esto han firmado lo han hecho cediendo a amenazas del comandante general M. Belliard que les pone el puñal al pecho; pero no por eso es disculpable, pues si no traición a la patria, debe imputárseles una debilidad y flaqueza que raya en crimen.
--¿De modo que usted no va a Chamartín?
--¿Yo? Ni por pienso. He oído que van en representación de los regulares el Padre Amadeo, abad de San Bernardo, y el Padre Calixto Núñez, abad de los Basilios. Ya se ve: ¿qué se puede esperar de esos infelices Benitos, tan dejados de la mano de Dios? Caerán en el garlito los Mínimos, algunos pobres Franciscos, los desdichados Agonizantes, no pocos Agustinos, todos los Gilitos, los Hospitalarios, los Donados, los Carmelitas descalzos, y esos infelices Afligidos, que son los mayores mentecatos de la cristiandad; pero la Merced sostendrá su bandera; la Merced no adulará Emperadores; la Merced, en unión con los Dominicos, desafiará el poder del tirano, contra franceses ladrones y empecatados españoles.
--Y los víveres por esas nubes, y las puertas de Madrid cerradas al buen vino, al rico aceite, a los huevos, a las coles, al extremeño tocino, y a los jamones de Candelario. Bueno, bueno: comamos ensalada de perejil y cañutillos de monjas mojados en agua de limón. ¡Viva la patria, Sr. Ximénez; viva el orgullito que nos pondrá como espátulas!
--Pues bien: lo que he dicho a usted --continuó el Prior-- lo he dicho a los que vinieron a sonsacarme; y oídas mis palabras, tratáronme con tal acritud, que espero grandes desdichas para nuestra Orden y nuestra casa. De modo que nada puedo hacer por este joven.
A esto llegaban, cuando entró el Padre Castillo acompañado de otros dos frailes. El uno supe después que se llamaba el Padre Vargas, y aunque del mismo hábito y Orden, pertenecía al convento de la Trinidad calzada, también de mercenarios redentores de cautivos, y el otro era dominico, del convento de Santo Tomás, y tenía por nombre el Padre Luceño de Frías.
--Ya, ya pareció aquello --exclamó Vargas con estrepitosa voz--. Ya no podemos dudar de la veracidad de esos decretos, porque por ahí los reparten impresos, y aquí tengo un ejemplar. Todos los decretos llevan la fecha del 4, y son tales que podrían arder en un candil en noche de aquelarre.
--Veámoslos. ¿Es cierto que nos reducen a la tercera parte?
--Tan cierto que... --dijo el dominico-- no nos reducen a la tercera parte, sino que nos parten por el eje, Sr. D. Ximénez de Azofra.
--Atención, que leo --dijo Vargas, poniendo ante los ojos, de verdes antiparras armados, un papel impreso--. Los decretos rezan lo siguiente: _En nuestro Campo Imperial de Madrid a 4 de diciembre de 1808. Napoleón Emperador de los, etc... Considerando que el Consejo de Castilla se ha comportado en el ejercicio de sus funciones con tanta debilidad como superchería... que después de haber reconocido y proclamado nuestros legítimos derechos al trono, ha tenido la bajeza de declarar que había suscrito a estos diversos actos con restricciones secretas y pérfidas, hemos decretado y decretamos lo siguiente: Art. 1.º Los individuos del Consejo de Castilla quedan destituidos como cobardes e indignos de ser magistrados de una nación brava y generosa._
--Pues digo --exclamó Ximénez-- que eso está muy lindísimamente hecho.
--Es verdad --afirmó el dominico--, porque esos señores han estado jugando a dos juegos, y con todo el mundo quieren comer. Adelante.
--Otro --prosiguió Vargas--. _En nuestro Campo Imperial, etc... Napoleón, etc..._ Este no hace exposición de motivos, ni considerando alguno, sino que dice simplemente: _Art. 1.º El Tribunal de la Inquisición queda suprimido como atentatorio a la soberanía y a la autoridad civil. Art. 2.º Los bienes pertenecientes a la Inquisición se secuestrarán y reunirán a la corona de España_.
--Ya se ve --manifestó el dominico sin disimular su enojo--. Sin eso no podía pasar. Afuera Inquisición, y vengan herejes, y lluevan masones: ¿qué les importa esto a los que no se cuidan de lo espiritual?
--Poco significa esto --dijo Castillo--; porque el Santo Tribunal casi no existe ya de hecho, abolido por la suavidad de las costumbres.
--Pero se conservan las fórmulas, señor mío --contestó con aspereza el dominico--, y las fórmulas tienen gran fuerza. Verdad es que no se quema, ni se descuartiza (lo cual, dicho sea de paso, es excesiva blandura, según estamos hoy comidos de herejía); pero hay todavía degradaciones y simulados tormentos, que tienen muy buen ver para los malos.
--_Item_ --prosiguió Vargas--. _Art. 1.º Un mismo individuo no puede poseer sino una sola encomienda._
--Adelante, que eso nos interesa poco.
--_Item. Art. 1.º El derecho feudal queda abolido en España. Art. 2.º Toda carga personal, todos los derechos exclusivos de pesca, de almadrabas u otros derechos de la misma naturaleza, en ríos grandes y pequeños; todos los derechos sobre hornos, molinos y posadas, quedan suprimidos, y se permite a todos, conformándose a las leyes, dar una extensión libre a su industria._
--Eso no es nuevo --dijo Castillo--, y es lástima que nuestros gobernantes con su indolencia hayan permitido a los franceses el jactarse de promulgar una ley tan buena.
--Eso, eso es, ¡hágale su merced la mamola! --observó Luceño de Frías con el mayor desabrimiento, sentándose a horcajadas en una silla para apoyar los brazos en el respaldo--. Me gustan las ideas del Padre Castillo. Si para eso pasa Vuestra Paternidad la vida entre la polilla de los libros, buenas nos las dé Dios.
Y sacando su tabaquera y alargando la mano hacia el Prior, añadió:
--Señor Ximénez, un polvito, que los duelos con rapé son menos.
--No lo gasto --repuso el Prior.
--Vamos, amigo Vargas, un polvito.
--No lo gasto, que eso es cosa de viejas. Aquí tengo unos cigarritos de la Habana, que merecen ser chupados por los ángeles del cielo. Si el señor Prior me da su permiso...
--Vengan --gritó Salmón-- esos tabaquíferos incensarios y pebetes de Oriente, que tan bien matan el fastidio.
--Allá van --dijo Vargas--. Son regalo de la señora Marquesa del Fresno, y fuéronme remitidos poniéndolos en la mano de un Niño Jesús, que me envió para que le diera una mano de pintura.