Part 8
Y en el día del juicio todos los condenados, en señal de serlo, estarán a la mano izquierda. Al fin es gente hecha al revés y que se duda si son gente.
En esto me llamó un diablo por señas y me advirtió con las manos que no hiciese ruido. Lleguéme a él y asoméme a una ventana, y dijo:
--Mira lo que hacen las feas.
Y veo una muchedumbre de mujeres, unas tomándose puntos[222] en las caras, otras haciéndose de nuevo, porque ni la estatura en los chapines, ni la ceja con el cohol[223], ni el cabello en la tinta, ni el cuerpo en la ropa, ni las manos con la muda, ni la cara con el afeite, ni los labios con la color, eran los con que nacieron ellas. Y vi algunas poblando sus calvas con cabellos que eran suyos[224] sólo porque los habían comprado. Otra vi que tenía su media cara en las manos, en los botes de unto y en la color.
--Y no queráis más de las invenciones de las mujeres--dijo un diablo--; que hasta resplandor tienen sin ser soles ni estrellas. Las más duermen con una cara y se levantan con otra al estrado, y duermen con unos cabellos y amanecen con otros. Muchas veces pensáis que gozáis las mujeres de otro y no pasáis el adulterio de la carne. Mirad cómo consultan con el espejo sus caras. Éstas son las que se condenan solamente por buenas siendo malas.
Espantóme la novedad de la causa con que se habían condenado aquellas mujeres, y, volviendo, vi un hombre asentado en una silla a solas, sin fuego ni hielo, ni demonio ni pena alguna, dando las más desesperadas voces que oí en el infierno, llorando el propio corazón, haciéndose pedazos a golpes y a vuelcos.
--¡Válgame Dios!--dije en mi alma--. ¿De qué se queja éste no atormentándole nadie?
Y él, cada punto doblaba sus alaridos y voces.
--Dime--dije yo--: ¿qué eres y de qué te quejas, si ninguno te molesta, si el fuego no te arde ni el hielo te cerca?
--¡Ay!--dijo dando voces--, ¡que la mayor pena del infierno es la mía! ¿Verdugos te parece que me faltan? ¡Triste de mí, que los más crueles están entregados a mi alma! ¿No los ves?--dijo.
Y empezó a morder la silla y a dar vueltas alrededor y gemir.
--Velos, que sin piedad van midiendo a descompasadas culpas eternas penas. ¡Ay, qué terrible demonio eres, memoria del bien que pude hacer y de los consejos que desprecié y de los males que hice! ¡Qué representación tan continua! Déjasme tú y sale el entendimiento con imaginaciones de que hay gloria que pude gozar y que otros gozan a menos costa que yo mis penas! ¡Oh, qué hermoso que pintas el cielo, entendimiento, para acabarme! Déjame un poco siquiera. ¿Es posible que mi voluntad no ha de tener paz conmigo un punto? ¡Ay, huésped, y qué tres llamas invisibles y qué sayones incorpóreos me atormentan en las tres potencias del alma! Y cuando éstos se cansan, entra el gusano de la conciencia, cuya hambre en comer del alma nunca se acaba: vesme aquí, miserable y perpetuo alimento de sus dientes.
Y diciendo esto, salió la voz:
--¿Hay en todo este desesperado palacio quien trueque sus almas y sus verdugos a mis penas? Así, mortal, pagan los que supieron en el mundo, tuvieron letras y discursos y fueron discretos: ellos se son infierno y martirio de sí mismos.
Tornó amortecido a su ejercicio con más muestras de dolor. Apartéme de él medroso, diciendo:
--¡Ved de lo que sirve caudal de razón y doctrina y buen entendimiento mal aprovechado! ¡Quien se lo vió llorar solo y tenía dentro de su alma aposentado el infierno!
Lleguéme, diciendo esto, a una gran compañía, donde penaban en diversos puestos muchos, y vi unos carros en que traían atenaceando muchas almas con pregones delante. Lleguéme a oir el pregón, y decía:
--Éstos manda Dios castigar por escandalosos y porque dieron mal ejemplo.
Y vi a todos los que penaban, que cada uno los metía en sus penas, y así pasaban las de todos como causadores de su perdición. Pues éstos son los que enseñan en el mundo malas costumbres, de quien dijo Dios que valiera más no haber nacido[225].
Pero dióme risa ver unos taberneros que se andaban sueltos por todo el infierno, penando sobre su palabra, sin prisión ninguna, teniéndola cuantos estaban en él. Y preguntando por qué a ellos solos los dejan andar sueltos, dijo un diablo:
--Y les abrimos las puertas. Que no hay para qué temer que se irán del infierno gente que hace en el mundo tantas diligencias para venir. Fuera de que los taberneros trasplantados acá, en tres meses son tan diablos como nosotros. Tenemos sólo cuenta de que no lleguen al fuego de los otros, porque no lo agüen.
Pero, si queréis saber notables cosas, llegaos a aquel cerco. Veréis en la parte del infierno más hondo a Judas con su familia descomulgada de malditos dispenseros.
Hícelo así, y vi a Judas, que me holgué mucho, cercado de sucesores suyos y sin cara[226]. No sabré decir sino que me sacó de la duda de ser barbirrojo[227], como le pintan los extranjeros por hacerle español, porque él me pareció capón. Y no es posible menos ni que tan mala inclinación y ánimo tan doblado se hallase sino en quien, por serlo, no fuese ni hombre ni mujer. ¿Y quién sino un capón tuviera tan poca vergüenza? ¿Y quién sino un capón pudiera condenarse por llevar las bolsas? ¿Y quién sino un capón tuviera tan poco ánimo que se ahorcase sin acordarse de la mucha misericordia de Dios? Ello[228] yo creo por muy cierto lo que fuere verdad; pero capón[229] me pareció que era Judas. Y lo mismo digo de los diablos, que todos son capones, sin pelo de barba y arrugados, aunque sospecho que, como todos se queman, que el estar[230] lampiños es de chamuscado el pelo con el fuego, y lo arrugado, del calor. Y debe ser así porque no vi ceja ni pestaña y todos eran calvos.
Estaba, pues, Judas muy contento de ver cuán bien lo hacían algunos dispenseros en venirle a cortejar y a entretener, que muy pocos me dijeron que le dejaban de imitar. Miré más atentamente, y fuíme llegando donde estaba Judas, y vi que la pena de los dispenseros era que, como a Titio[231] le come un buitre las entrañas, a ellos se las descarnaban dos aves, que llaman sisones[232]. Y un diablo decía a voces de rato en rato:
--Sisones son dispenseros y los dispenseros, sisones.
A este pregón se estremecían todos, y Judas estaba con sus treinta dineros atormentándose[233]. Yo le dije:
--Una cosa querría saber de ti: ¿por qué te pintan con botas y dicen por refrán _las botas de Judas_[234]?
--No porque yo las truje--respondió--; mas quisieron significar, poniéndome botas, que anduve siempre de camino para el infierno y por ser dispensero. Y así se han de pintar todos los que lo son. Ésta fué la causa, y no lo que algunos han colegido de verme con botas, diciendo que era portugués, que es mentira; que yo fuí...
Y no me acuerdo bien de dónde me dijo que era, si de Calabria[235], si de otra parte.
--Y has de advertir que yo sólo soy el dispensero, que se ha condenado por vender; que todos los demás, fuera de algunos, se condenan por comprar[236]. Y en lo que dices que fuí traidor y maldito en dar a mi Maestro por tan poco precio, tienes razón, y no podía hacer yo otra cosa, fiándome de gente como los judíos[237], que era tan ruin, que pienso que, si pidiera un dinero más por él, no me lo tomaran. Y porque estás muy espantado y fiado en que yo soy el peor hombre que ha habido, ve ahí debajo y verás muchísimos tan malos. Vete--dijo--, que ya basta de conversación, que no los escurezco.
--Dices la verdad--le respondí.
Y acogíme donde me señaló, y topé muchos demonios en el camino, con palos y lanzas, echando del infierno muchas mujeres hermosas y muchos malos letrados. Pregunté por qué los querían echar del infierno a aquéllos solos, y dijo un demonio:
--Porque eran de grandísimo provecho para la población del infierno en el mundo: las damas, con sus caras y con sus mentirosas hermosuras y buenos pareceres, y los letrados, con buenas caras y malos pareceres.
Y que así los echaban porque trujesen gente.
Pero el pleito más intrincado y el caso más difícil que yo vi en el infierno fué el que propuso una mujer condenada con otras muchas por malas, enfrente de unos ladrones, la cual decía:
--Decidnos, señor, ¿cómo ha de ser esto de dar y recibir, si los ladrones se condenan por tomar lo ajeno y la mujer por dar lo suyo? Aquí de Dios, que, si el ser puta es ser justicia, si es justicia dar a cada uno lo suyo, pues lo hacemos así, ¿de qué nos culpan?
Dejé de escucharla, y pregunté, como nombraron ladrones, dónde estaban los escribanos.
--¡Es posible que no hay en el infierno ninguno ni le pude topar en todo el camino!
Respondióme un verdugo:
--Bien creo yo que no toparíades ninguno por él.
--Pues ¿qué hacen? ¿Sálvanse todos?
--No--dijo--; pero dejan de andar y vuelan con plumas. Y el no haber escribanos por el camino de la perdición no es porque infinitísimos que son malos no vienen acá por él, sino porque, es tanta la prisa con que vienen, que volar y llegar y entrar es todo uno, tales plumas se tienen ellos, y así no se ven en el camino.
--Y acá--dije yo--, ¿cómo no hay ninguno?
--Sí hay--me respondió--; mas no usan ellos de nombre de escribano, que acá por gatos los conocemos. Y para que echéis de ver qué tantos hay, no habéis de mirar sino que, con ser el infierno tan gran casa, tan antigua, tan maltratada y sucia, no hay un ratón en toda ella, que ellos los cazan.
--Y los alguaciles malos, ¿no están en el infierno?
--Ninguno está en el infierno--dijo el demonio.
--¿Cómo puede ser, si se condenan algunos malos entre muchos buenos que hay?
--Dígoos que no están en el infierno porque en cada alguacil malo, aun en vida, está todo el infierno en él.
Santigüéme y dije:
--Brava cosa es lo mal que los queréis los diablos a los alguaciles.
--¿No los habemos de querer mal, pues, según son endiablados los malos alguaciles, tememos que han de venir a hacer que sobremos nosotros para lo que es materia de condenar almas y que se nos han de levantar con el oficio de demonios y que ha de venir Lucifer a ahorrarse de diablos y despedirnos a nosotros por recibir a ellos?
No quise en esta materia escuchar más, y así, me fuí adelante, y por una red vi un amenísimo cercado, todo lleno de almas, que, unas con silencio y otras con llanto, se estaban lamentando. Dijéronme que era el retiramiento de los enamorados. Gemí tristemente viendo que aun en la muerte no dejan los suspiros. Unos se respondían en sus amores y penaban con dudosas desconfianzas. ¡Oh, qué número dellos echaban la culpa de su perdición a sus deseos, cuya fuerza o cuyo pincel los mintió las hermosuras! Los más estaban descuidados por _penséque_, según me dijo un diablo.
--¿Quién es _penséque_--dije yo--, o qué género de delito?
Rióse, y replicó:
--No es sino que se destruyen, fiándose de fabulosos semblantes, y luego dicen _pensé que_ no me obligara, _pensé que_ no me amartelara, _pensé que_ ella me diera a mí y no me quitara, _pensé que_ no tuviera otro con quien yo riñera, _pensé que_ se contentara conmigo solo, _pensé que_ me adoraba, y así, todos los amantes en el infierno están por _pensé que_. Éstos son la gente en quien más ejecuciones hace el arrepentimiento y los que menos sabían de sí. Estaba en medio dellos el amor, lleno de sarna, con un rótulo que decía:
No hay quien este amor no dome Sin justicia o con razón, Porque es sarna y no afición Amor que se pega y come.
--¿Coplica hay?--dije yo--. No andan lejos de aquí los poetas.
Cuando, volviéndome a un lado, veo una bandada de hasta cien mil dellos en una jaula, que llaman los Orates en el infierno. Volví a mirarlos, y díjome uno, señalando a las mujeres:
--¿Qué digo? Esas señoras hermosas todas se han vuelto medio camareras de los hombres, pues los desnudan y no los visten.
--¿Conceptos gastáis aun estando aquí? Buenos cascos tenéis--dije yo.
Cuando uno entre todos, que estaba aherrojado y con más penas que todos, dijo:
--¡Plegue a Dios, hermano, que así se vea el que inventó los consonantes! Pues porque en un soneto
Dije que una señora era absoluta, Y, siendo más honesta que Lucrecia, Por dar fin al cuarteto, la hice puta. Forzóme el consonante a llamar necia A la de más talento y mayor brío: ¡Oh, ley de consonantes, dura y recia! Habiendo en un terceto dicho lío, Un hidalgo afrenté tan solamente, Porque el verso acabó bien en judío. A Herodes otra vez llamé inocente, Mil veces a lo dulce dije amargo Y llamé al apacible impertinente. Y por el consonante tengo a cargo Otros delitos torpes, feos, rudos, Y llega mi proceso a ser tan largo, Que, porque en una octava dije escudos, Hice sin más ni más siete maridos Con honradas mujeres ser cornudos. Aquí nos tienen, como ves, metidos Y por el consonante condenados. ¡Oh, míseros poetas desdichados, A puros versos, como ves, perdidos!
--¡Hay tan graciosa locura--dije yo--, que, aun aquí, estáis sin dejarla ni de cansaros della! ¡Oh, qué vi dellos!
Y decía un diablo:
--Ésta es gente que canta sus pecados como otros los lloran, pues en amancebándose, con hacerla pastora o mora, la sacan a la vergüenza en un romancico por todo el mundo. Si las quieren a sus damas, lo más que les dan es un soneto o unas octavas, y si las aborrecen o las dejan, lo menos que les dejan es una sátira. ¡Pues qué es verlas cargadas de pradicos de esmeraldas, de cabellos de oro, de perlas de la mañana, de fuentes de cristal, sin hallar sobre todo esto dinero para una camisa ni sobre su ingenio! Y es gente que apenas se conoce de qué ley son. Porque nombre es de cristianos, las almas de herejes, los pensamientos de alarbes y las palabras de gentiles.
--Si mucho me aguardo--dije entre mí--, yo oiré algo que me pese.
Fuíme adelante y dejélos con deseo de llegar adonde estaban los que no supieron pedir a Dios. ¡Oh, qué muestras de dolor tan grandes hacían! ¡Oh, qué sollozos tan lastimosos! Todos tenían las lenguas condenadas a perpetua cárcel y poseídos del silencio. Tal martirio, en voces ásperas de un demonio, recibían por los oídos:
--¡Oh, corvas almas, inclinadas al suelo, que con oración logrera y ruego mercader y comprador os atrevistes a Dios y le pedistes cosas que, de vergüenza de que otro hombre las oyese, aguardábades a coger solos los retablos! Pues ¿cómo? ¿Más respeto tuvisteis a los mortales que al Señor de todos? Quien os ve en un rincón, medrosos de ser oídos, pedir mormurando, sin dar licencia a las palabras que se saliesen de los dientes, cerrados de ofensas:
--¡Señor, muera mi padre y acabe yo de suceder en su hacienda; llevaos a vuestro reino a mi mayor hermano y aseguradme a mí el mayorazgo; halle yo una mina debajo de mis pies, el Rey se incline a favorecerme y véame yo cargado de sus favores!
--Y ved--dijo--a lo que llegó una desvergüenza que osastes decir.
Y haced esto, que si lo hacéis, yo os prometo de casar dos huérfanas, de vestir seis pobres y de daros frontales.
--¡Qué ceguedad de hombres: prometer dádivas al que pedís, con ser la suma riqueza! Pedistes a Dios por merced lo que Él suele dar por castigo, y, si os lo da, os pesa de haberlo tenido cuando morís, y, si no os lo da, cuando vivís, y así, de puro necios, siempre tenéis quejas. Y si llegáis a ser ricos por votos, decidme, ¿cuáles cumplís? ¿Qué tempestad no llena de promesas los santos? Y ¿qué bonanza tras ellas no los torna a desnudar, con olvido, de toques de campanas? ¿Qué de preseas ha ofrecido a los altares la espantosa cara del golfo? Y ¿qué dellas ha muerto y quitado de los mismos templos el puerto? Nacen vuestros ofrecimientos de necesidad; y no de devoción. ¿Pedisteis[238] alguna vez a Dios paz en el alma, aumento de gracia, favores suyos o inspiraciones? No, por cierto; ni aun sabéis para qué son menester estas cosas ni lo que son. Ignoráis que el holocausto, sacrificio y oblación que Dios recibe de vosotros es de la pura conciencia humilde espíritu, caridad ardiente. Y esto, acompañado con lágrimas, es moneda, que aun Dios, si puede, es cudicioso en nosotros. Dios, hombres, por vuestro bien gusta que os acordéis dél, y, como, si no es en los trabajos, no os acordáis, por eso os da trabajos, porque tengáis dél memoria. Considerad vosotros, necios demandadores, cuán brevemente se os acabaron las cosas, que importunos pedisteis a Dios. ¡Qué presto os dejaron y cómo, ingratos, no os fueron compañía en el postrer paso! ¿Veis cómo vuestros hijos aún no gastan de vuestras haciendas un real en obras pías, diciendo que no es posible que vosotros gustéis dellas, porque si gustárades en vida hiciérades algunas? Y pedís tales cosas a Dios, que muchas veces, por castigo de la desvergüenza con que las pedís, os las concede. Y bien, como suma sabiduría, conoció el peligro que tenéis en saber pedir, pues lo primero que os enseñó en el _Pater noster_ fué pedirle; pero pocos entendéis aquellas palabras donde Dios enseñó el lenguaje con que habéis de tratar con Él.
Quisieren responderme; mas no les daban lugar las mordazas.
Yo, que vi que no habían de hablar palabra, pasé adelante, donde estaban juntos los ensalmadores[239] ardiéndose vivos, y los saludadores también condenados por embestidores. Dijo un diablo:
--Veislos aquí a estos tratantes en santiguaduras, mercaderes de cruces, que embelesaron[240] el mundo y quisieron hacer creer que podía tener cosa buena un hablador. Gente es esta ensalmadora, que jamás hubo nadie que se quejase dellos. Porque, si les sanan antes, se lo agradecen, y si los matan, no se pueden quejar. Y siempre les agradecen lo que hacen y dan contento. Porque, si sanan, el enfermo los regala, y si matan, el heredero les agradece el trabajo. Si curan con agua y trapos la herida, que sanara por virtud de naturaleza, dicen que es por ciertas palabras virtuosas, que les enseñó un judío. ¡Mirad qué buen origen de palabras virtuosas! Y si se enfistola[241], empeora y muere, dicen que llegó su hora y el badajo[242] que se la dió y todo. Pues ¿qué es de oir a éstos las mentiras que cuentan de uno, que tenía las tripas fuera en la mano en tal parte, y otro, que estaba pasado por las ijadas? Y lo que más me espanta es que siempre he medido la distancia de sus curas, y siempre las hicieron cuarenta o cincuenta leguas de allí, estando en servicio de un señor, que ha ya trece años que murió, porque no se averigüe tan presto la mentira, y por la mayor parte, estos tales que curan con agua, enferman ellos por vino. Al fin, éstos son por los que se dijo: “Hurtan que es bendición”[243], porque con la bendición hurtan, tras ser siempre gente ignorante. Y he notado que casi todos los ensalmos están llenos de solecismos. Y no sé qué virtud se tenga el solecismo por lo cual se pueda hacer nada. Al fin, vaya do fuere, ellos están acá algunos, que otros hay buenos hombres, que, como amigos de Dios, alcanzan dél la salud para los que curan: que la sombra de sus amigos suele dar vida.
Pero para ver buena gente, mirad los saludadores[244], que también dicen que tienen virtud.
Ellos se agraviaron, y dijeron que era verdad que la tienen. Y a esto respondió un diablo:
--¿Cómo es posible que por ningún camino se halle virtud en gente que anda siempre soplando?
--Alto--dijo un demonio--, que me he enojado. Vayan al cuartel de los porquerones[245], que viven de lo mismo.
Fueron, aunque a su pesar. Y yo abajé otra grada por ver los que Judas me dijo que eran peores que él, y topé en una alcoba muy grande una gente desatinada, que los diablos confesaban que ni los entendían ni se podían averiguar con ellos. Eran astrólogos y alquimistas. Éstos andaban llenos de hornos y crisoles, de lodos, de minerales, de escorias, de cuernos, de estiércol, de sangre humana, de polvos y de alambiques. Aquí calcinaban, allí lavaban, allí apartaban y acullá purificaban. Cual estaba fijando el mercurio al martillo, y, habiendo resuelto la materia viscosa y ahuyentado la parte sutil, lo corruptivo del fuego, en llegándose a la copela, se le iba en humo. Otros disputaban si se había de dar fuego de mecha o si el fuego o no fuego de Raimundo[246] había de entenderse de la cal o si de luz efectiva del calor, y no de calor efectivo de fuego. Cuales, con el signo de Hermete, daban principio a la obra magna, y en otra parte miraban ya el negro blanco y le aguardaban colorado. Y juntando a esto _la proporción de naturaleza, con naturaleza se contenta la naturaleza, y con ella misma se ayuda_, y los demás oráculos ciegos suyos, esperaban la reducción de la primera materia, y, al cabo, reducían su sangre a la postrera podre, y, en lugar de hacer del estiércol cabellos, sangre humana, cuernos y escoria oro, hacían del oro estiércol, gastándolo neciamente. ¡Oh, qué de voces que oí sobre el padre muerto ha resucitado y tornarlo a matar! ¡Y qué bravas las daban sobre entender aquellas palabras tan referidas de todos los autores químicos!:
--¡Oh! Gracias sean dadas a Dios, que de la cosa más vil del mundo permite hacer una cosa tan rica[247].
Sobre cuál era la cosa más vil se ardían. Uno decía que ya la había hallado, y, si la piedra filosofal[248] se había de hacer de la cosa más vil, era fuerza hacerse de corchetes. Y los cocieran y distilaran si no dijera otro que tenían mucha parte de aire para poder hacer la piedra, que no había de tener materiales tan vaporosos. Y así se resolvieron que la cosa más vil del mundo eran los sastres, pues cada punto se condenaban y que era gente más enjuta.
Cerraran con ellos, si no dijera un diablo:
--¿Queréis saber cuál es la cosa más vil? Los alquimistas. Y así, porque se haga la piedra, es menester quemaros a todos.
Diéronles fuego y ardían casi de buena gana sólo por ver la piedra filosofal.
Al otro lado no era menos la trulla de astrólogos y supersticiosos. Un quiromántico[249] iba tomando las manos a todos los otros que se habían condenado, diciendo:
--¡Qué claro que se ve que se habían de condenar éstos por el monte de Saturno![250]
Otro que estaba a gatas con un compás, midiendo alturas y notando estrellas, cercado de efemérides y tablas, se levantó y dijo en altas voces:
--Vive Dios[251] que, si me pariera mi madre medio minuto antes, que me salvo: porque Saturno, en aquel punto, mudaba el aspecto y Marte se pasaba a la casa de la vida, el escorpión perdía su malicia y yo, como di en procurador, fuí pobre mendigo[252].
Otro tras él, andaba diciendo a los diablos, que le mortificaban, que mirasen bien si era verdad que él había muerto: que no podía ser, a causa que tenía Júpiter por ascendente y a Venus en la casa de la vida, sin aspecto ninguno malo, y que era fuerza que viviese noventa años.
--Miren--decía--que les notifico que miren bien si soy difunto, porque por mi cuenta es imposible que pueda ser esto.
En esto, iba y venía, sin poderlo nadie sacar de aquí.
Y para enmendar la locura déstos, salió otro geométrico, poniéndose en puntos con las ciencias, haciendo sus doce casas gobernadas por el impulso de la mano y rayas a imitación de los dedos, con supersticiosas palabras y oración. Y luego, después de sumados sus pares y nones, sacando juez y testigos, comenzaba a querer probar cuál era el astrólogo más cierto. Y si dijera _puntual_, acertara, pues es su ciencia de punto, como calza[253] sin ningún fundamento, aunque pese a Pedro de Abano[254], que era uno de los que allí estaban, acompañando a Cornelio Agripa, que, con una alma[255], ardía en cuatro cuerpos de sus obras malditas y descomulgadas, famoso hechicero.
Tras éste vi, con su poligrafía y esteganografía, a Trithemio[256], que así llaman al autor de aquellas obras escandalosas, muy enojado con Cardano,[257] que estaba enfrente, porque dijo mal dél solo y supo ser mayor mentiroso en sus libros de _Subtilitate_, por hechizos de viejas que en ellos juntó.
Julio César Scaligero[258] se estaba atormentando por otro lado en sus _Ejercitaciones_, mientras pensaba las desvergonzadas mentiras que escribió de Homero y los testimonios que le levantó por levantar a Virgilio aras, hecho idólatra de Marón.