Part 7
--¿Qué he de callar--dijo--, si nos tratáis de esta manera, debiendo regalarnos? Pues no os traemos al infierno la hacienda maltratada, arrastrada y a pie, llena de lodos, como los siempre rotos escuderos, zanqueando y despeados, sino sahumada[177], descansada, limpia y en coche. Por otros lo hiciéramos, que lo supieran agradecer. Pues ¡decir que merezco yo eso por barato y bienhablado y aguanoso[178], o porque llevé tullidos a misa, enfermos a comulgar o monjas a sus conventos! No se probará que en mi coche entrase nadie con buen pensamiento. Llegó a tanto, que por casarse y saber si una era doncella se hacía información si había entrado en él, porque era señal de corrupción. ¿Y tras desto me das este pago?
--Vía[179]--dijo un demonio mulato y zurdo.
Redobló los palos y callaron. Y forzóme ir adelante el mal olor de los cocheros, que andaban por allí.
Y lleguéme a unas bóvedas, donde comencé a tiritar de frío y dar diente con diente, que me helaba. Pregunté, movido de la novedad de ver frío en el infierno, qué era aquello, y salió a responder un diablo zambo, con espolones y grietas, lleno de sabañones, y dijo:
--Señor, este frío es de que en esta parte están recogidos los bufones, truhanes y juglares chocarreros, hombres por de más y que sobran en el mundo y que están aquí retirados, porque, si anduvieran por el infierno sueltos, su frialdad[180] es tanta, que templaría el dolor del fuego.
Pedíle licencia para llegar a verlos. Diómela y calofriado[181] llegué, y vi la más infame casilla del mundo y una cosa, que no habrá quien lo crea, que se atormentaban unos a otros con las gracias que habían dicho acá. Y entre los bufones vi muchos hombres honrados, que yo había tenido por tales. Pregunté la causa y respondióme un diablo que eran aduladores y que por esto eran bufones de entre cuero y carne[182]. Y repliqué yo cómo se condenaban, y me respondieron[183]:
--Gente es que se viene acá sin avisar, a mesa puesta y a cama hecha[184], como en su casa. Y en parte, los queremos bien, porque ellos se son diablos para sí y para otros y nos ahorran de trabajos y se condenan a sí mismos, y por la mayor parte, en vida, los más ya andan con marca del infierno. Porque, el que no se deja arrancar los dientes por dinero, se deja matar hachas[185] en las nalgas o pelar las cejas. Y así, cuando acá los atormentamos, muchos dellos, después de las penas, sólo echan menos las pagas. ¿Veis aquél?--me dijo--. Pues mal juez fué, y está entre los bufones, pues por dar gusto no hizo justicia, y a los derechos, que no hizo tuertos[186], los hizo bizcos.
Aquél fué marido descuidado, y está también entre los bufones, porque por dar gusto a todos, vendió el que tenía con su esposa, y tomaba a su mujer en dineros como ración y se iba a sufrir[187]. Aquella mujer, aunque principal, fué juglar, y está entre los truhanes, porque por dar gusto, hizo plato[188] de sí misma a todo apetito.
Al fin, de todos estados entran en el número de los bufones, y por eso hay tantos que, bien mirado, en el mundo todos sois bufones, pues los unos os andáis riendo de los otros, y en todos, como digo, es naturaleza y en unos pocos oficio. Fuera déstos, hay bufones desgranados y bufones en racimos. Los desgranados son los que de uno en uno y de dos en dos andan a casa de los señores. Los en racimo son los faranduleros miserables de bululú[189], y déstos os certifico que, si ellos no se nos viniesen por acá, que nosotros no iríamos por ellos.
Trabóse una pendencia adentro, y el diablo acudió a ver lo que era. Yo, que me vi suelto, entréme por un corral adelante, y hedía a chinches que no se podía sufrir.
--A chinches hiede--dije yo--: apostaré que alojan por aquí los zapateros.
Y fué así, porque luego sentí el ruido de los bojes y vi los tranchetes. Tapéme las narices y asoméme a la zahurda donde estaban, y había infinitos. Díjome el guardián:
--Éstos son los que vinieron consigo mismos, digo, en cueros[190]. Y como otros se van al infierno por su pie, éstos se van por los ajenos[191] y por los suyos y así vienen tan ligeros.
Y doy fe de que en todo el infierno no hay árbol ninguno chico ni grande y que mintió Virgilio en decir que había mirtos en el lugar de los amantes, porque yo no vi selva ninguna, sino en el cuartel que dije de los zapateros, que estaba todo lleno de bojes, que no se gasta otra madera en los edificios.
Estaban todos los zapateros vomitando de asco de unos pasteleros, que se les arrimaban a las puertas, que no cabían en un silo[192], donde estaban tantos, que andaban mil diablos con pisones atestando almas de pasteleros y aún no bastaban.
--¡Ay de nosotros--dijo uno--, que nos condenamos por el pecado de la carne[193], sin conocer mujer, tratando más en huesos!
Lamentábase bravamente, cuando dijo un diablo:
--Ladrones, ¿quién merece el infierno mejor que vosotros, pues habéis hecho comer a los hombres caspa y os han servido de pañizuelos los de a real, sonándoos en ellos, donde muchas veces pasó por caña el tuétano de las narices? ¿Qué de estómagos pudieran ladrar, si resucitaran los perros que les hicistes comer? ¿Cuántas veces pasó por pasa la mosca golosa y muchas fué el mayor bocado de carne que comió el dueño del pastel? ¿Qué de dientes habéis hecho jinetes[194] y qué de estómagos habéis traído a caballo, dándoles a comer rocines enteros? ¿Y os quejáis, siendo gente antes condenada que nacida, los que hacéis así vuestro oficio? Pues ¿qué pudiera decir de vuestros caldos? Mas no soy amigo de revolver caldos. Padeced[195] y callad enhoramala. Que más hacemos nosotros en atormentaros que vosotros en sufrirlo. Y vos andad adelante, me dijo a mí, que tenemos que hacer éstos y yo.
Partíme de allí y subíme por una cuesta donde en la cumbre y alrededor se estaban abrasando unos hombres en fuego inmortal, el cual encendían los diablos, en lugar de fuelles, con corchetes, que soplaban mucho más. Que aun allá tienen este oficio[196] y son abanicos de culpas y resuello de la provincia y vaharada[197] del verdugo.
Vi un mercader que poco antes había muerto.
--¿Acá estáis?--dije yo--. ¿Qué os parece?
¿No valiera más haber tenido poca hacienda y no estar aquí?
Dijo en esto uno de los atormentadores:
--Pensaron que no había más y quisieron con la vara de medir sacar agua de las piedras[198]. Éstos son--dijo--los que han ganado como buenos caballeros el infierno por sus pulgares[199], pues a puras pulgaradas[200] se nos vienen acá. Mas ¿quién duda que la oscuridad de sus tiendas[201] les prometía estas tinieblas? Gente es ésta--dijo al cabo muy enojado--que quiso ser como Dios, pues pretendieron ser sin medida; mas Él, que todo lo ve, los trajo de sus rasos[202] a estos nublados, que los atormenten con rayos. Y si quieres acabar de saber cómo éstos son los que sirven allá a la locura de los hombres, juntamente con los plateros y buhoneros, has de advertir que, si Dios hiciera que el mundo amaneciera cuerdo un día, todos éstos quedaran pobres, pues entonces se conociera que en el diamante, perlas, oro y sedas diferentes, pagamos más lo inútil y demasiado y raro que lo necesario y honesto. Y advertid ahora que la cosa que más cara se os vende en el mundo es lo que menos vale, que es la vanidad que tenéis. Y estos mercaderes son los que alimentan todos vuestros desórdenes y apetitos.
Tenía talle[203] de no acabar sus propiedades, si yo no me pasara adelante, movido de admiración de unas grandes carcajadas que oí. Fuíme allá por ver risa en el infierno, cosa tan nueva.
--¿Qué es esto?--dije.
Cuando veo dos hombres dando voces en un alto, muy bien vestidos con calzas atacadas. El uno con capa y gorra, puños como cuellos y cuellos como calzas. El otro traía valones y un pergamino en las manos. Y a cada palabra que hablaban, se hundían siete u ocho mil diablos de risa y ellos se enojaban más. Lleguéme más cerca por oírlos, y oí al del pergamino, que, a la cuenta, era hidalgo, que decía:
--Pues si mi padre se decía tal cual y soy nieto de Esteban tales y cuales, y ha habido en mi linaje trece capitanes valerosísimos y de parte de mi madre doña Rodriga desciendo de cinco catedráticos los más doctos del mundo, ¿cómo me puedo haber condenado? Y tengo mi ejecutoria y soy libre de todo y no debo pagar pecho.
--Pues pagad espalda--dijo un diablo.
Y dióle luego cuatro palos en ellas, que le derribó de la cuesta. Y luego le dijo:
--Acabaos de desengañar, que el que desciende del Cid, de Bernardo y de Gofredo[204], y no es como ellos, sino vicioso como vos, ése tal más destruye el linaje que lo hereda. Toda la sangre, hidalguillo, es colorada. Parecedlo en las costumbres y entonces creeré que descendéis del docto, cuando lo fuéredes o procuráredes serlo, y si no, vuestra nobleza será mentira breve en cuanto durare la vida. Que en la chancillería del infierno arrúgase el pergamino y consúmense las letras, y, el que en el mundo es virtuoso, ése es el hidalgo, y la virtud es la ejecutoria que acá respetamos, pues aunque descienda de hombres viles y bajos, como él con divinas costumbres se haga digno de imitación, se hace noble a sí y hace linaje para otros. Reímonos acá de ver lo que ultrajáis a los villanos, moros y judíos, como si en éstos no cupieran las virtudes, que vosotros despreciáis.
Tres cosas son las que hacen ridículos a los hombres: la primera, la nobleza; la segunda, la honra; la tercera, la valentía. Pues es cierto que os contentáis con que hayan tenido vuestros padres virtud y nobleza para decir que la tenéis vosotros, siendo inútil parto del mundo. Acierta a tener muchas letras el hijo del labrador, es arzobispo el villano que se aplica a honestos estudios, y los caballeros que descienden de buenos padres, como si hubieran ellos de gobernar el cargo que les dan, quieren, ¡ved qué ciegos!, que les valga a ellos, viciosos, la virtud ajena de trescientos mil años, ya casi olvidada, y no quieren que el pobre se honre con la propia.
Carcomióse el hidalgo de oir estas cosas, y el caballero que estaba a su lado se afligía, pegando los abanillos[205] del cuello y volviendo las cuchilladas de las calzas.
--Pues ¿qué diré de la honra mundana? Que más tiranías hace en el mundo y más daños y la que más gustos estorba. Muere de hambre un caballero pobre, no tiene con qué vestirse, ándase roto y remendado, o da en ladrón, y no lo pide, porque dice que tiene honra; ni quiere servir, porque dice que es deshonra. Todo cuanto se busca y afana dicen los hombres que es por sustentar honra. ¡Oh, lo que gasta la honra! Y llegado a ver lo que es la honra mundana, no es nada. Por la honra no come el que tiene gana donde le sabría bien. Por la honra se muere la viuda entre dos paredes. Por la honra, sin saber qué es hombre ni qué es gusto, se pasa la doncella treinta años casada consigo misma. Por la honra, la casada se quita a su deseo cuanto pide. Por la honra, pasan los hombres el mar. Por la honra, mata un hombre a otro. Por la honra, gastan todos más de lo que tienen. Y es la honra mundana, según esto, una necedad del cuerpo y alma, pues al uno quita los gustos y al otro el descanso. Y porque veáis cuáles sois los hombres desgraciados y cuán a peligro tenéis lo que más estimáis, hase de advertir que las cosas de más valor en vosotros son la honra, la vida y la hacienda. La honra está en arbitrio de las mujeres; la vida, en manos de los doctores, y la hacienda en las plumas de los escribanos.
--Desvaneceos, pues, bien, mortales--dije yo entre mí--. ¡Y cómo se echa de ver que esto es el infierno, donde, por atormentar a los hombres con amarguras, les dicen las verdades.
Tornó en esto a proseguir, y dijo:
--¡La valentía! ¿Hay cosa tan digna de burla? Pues, no habiendo ninguna en el mundo sino la caridad, con que se vence la fiereza de otros y la de sí mismo y la de los mártires, todo el mundo es de valientes; siendo verdad que todo cuanto hacen los hombres, cuanto han hecho tantos capitanes valerosos como ha habido en la guerra, no lo han hecho de valentía, sino de miedo. Pues el que pelea en la tierra por defendella, pelea de miedo de mayor mal, que es ser cautivo y verse muerto, y el que sale a conquistar los que están en sus casas, a veces lo hace de miedo de que el otro no le acometa, y los que no llevan este intento, van vencidos de la cudicia.
--¡Ved qué valientes! ¡A robar oro y a inquietar los pueblos apartados, a quien Dios puso como defensa a nuestra ambición mares en medio y montañas ásperas! Mata uno a otro, primero vencido de la ira, pasión ciega, y otras veces de miedo de que le mate a él. Así, hombres que todo lo entendéis al revés, bobo llamáis al que no es sedicioso, alborotador y maldiciente; sabio llamáis al malacondicionado, perturbador y escandaloso; valiente, al que perturba el sosiego, y cobarde, al que con bien-compuestas costumbres escondido de las ocasiones, no da lugar a que le pierdan el respeto. Éstos tales son en quien ningún vicio tiene licencia.
--¡Oh, pesia tal!--dije yo--. Más estimo haber oído este diablo que cuanto tengo.
Dijo en esto el de las calzas atacadas muy mohíno:
--Todo eso se entiende con ese escudero; pero no conmigo, a fe de caballero--y tornó a decir caballero tres cuartos de hora--. Que es ruin término y descortesía. ¡Deben de pensar que todos somos unos!
Esto les dió a los diablos grandísima risa. Y luego, llegándose uno a él, le dijo que se desenojase y mirase qué había menester y qué era la cosa que más pena le daba, porque le querían tratar como quien era. Y al punto dijo:
--¡Bésoos las manos! Un molde para repasar el cuello.
Tornaron a reír y él a atormentarse de nuevo.
Yo, que tenía gana de ver todo lo que hubiese, pareciendo que me había detenido mucho, me partí. Y a poco que anduve, topé una laguna muy grande como el mar, y más sucia, adonde era tanto el ruido, que se me desvaneció la cabeza. Pregunté lo que era aquello, y dijéronme que allí penaban las mujeres que en el mundo se volvieron dueñas. Así supe cómo las dueñas de acá son ranas del infierno, que eternamente como ranas están hablando, sin tono y sin son[206], húmedas y en cieno, y son propiamente ranas infernales. Porque las dueñas ni son carne ni pescado[207], como ellas. Dióme grande risa el verlas convertidas en sabandijas tan pierniabiertas y que no se comen sino de medio abajo, como la dueña, cuya cara siempre es trabajosa y arrugada.
Salí, dejando el charco a mano izquierda, a una dehesa donde estaban muchos hombres arañándose y dando voces, y eran infinitísimos y tenía seis porteros. Pregunté a uno qué gente era aquélla tan vieja y tan en cantidad.
--Éste es--dijo--el cuarto de los padres que se condenan por dejar ricos a sus hijos, que, por otro nombre, se llama el cuarto de los necios.
--¡Ay de mí!--dijo en esto uno--. Que no tuve día sosegado en la otra vida ni comí ni vestí por hacer un mayorazgo, y después de hecho, por aumentarle. Y en haciéndole, me morí sin médico, por no gastar dineros amontonados. Y apenas espiré, cuando mi hijo se enjugó las lágrimas con ellos. Y cierto de que estaba en el infierno por lo que vió que había ahorrado, viendo que no había menester misas, no me las dijo ni cumplió manda mía. Y permite Dios que aquí para más pena le vea desperdiciar lo que yo afané, y le oigo decir:
--Ya se condenó mi padre. ¿Por qué no tomó más sobre su ánima y se condenó por cosas de más importancia?
--¿Queréis saber--dijo un demonio--qué tanta[208] verdad es ésa? Que tienen ya por refrán en el mundo contra estos miserables decir: “Dichoso el hijo que tiene a su padre en el infierno”.[209]
Apenas oyeron esto, cuando se pusieron todos a aullar y darse de bofetones. Hiciéronme lástima, no lo pude sufrir, y pasé adelante.
Y llegando a una cárcel oscurísima, oí grande ruido de cadenas y grillos, fuego, azotes y gritos. Pregunté a uno de los que allí estaban qué estancia era aquélla, y dijéronme que era el cuarto de los de: _¡Oh, quién hubiera!_[210]
--No lo entiendo--dije--. ¿Quién son los de _¡oh, quién hubiera!?_
Dijo al punto:
--Son gente necia que en el mundo vivía mal y se condenó sin entenderlo, y ahora acá se les va todo en decir: ¡Oh, quién hubiera oído misa! ¡Oh, quién hubiera callado! ¡Oh, quién hubiera favorecido al pobre! ¡Oh, quién no hubiera hurtado!
Huí medroso de tan mala gente y tan ciega y di en unos corrales con otra peor. Pero admiróme más el título con que estaban aquí, porque preguntándoselo a un demonio, me dijo:
--Estos son los de: ¡Dios es piadoso!
--¡Dios sea conmigo!--dije al punto--. Pues ¿cómo puede ser que la misericordia condene siendo eso de la justicia? Vos habláis como diablo.
--Y vos--dijo el maldito--, como ignorante, pues no sabéis que la mitad de los que están aquí se condenan por la misericordia de Dios. Y si no, mirad cuántos son los que, cuando hacen algo malhecho y se lo reprenden, pasan adelante y dicen: “Dios es piadoso y no mira en niñerías; para eso es la misericordia de Dios tanta”. Y con esto, mientras ellos haciendo mal esperan en Dios, nosotros los esperamos acá.
--Luego ¿no se ha de esperar en Dios y en su misericordia?--dije yo.
--No lo entiendes--me respondieron--. Que de la piedad de Dios se ha de fiar, porque ayuda a buenos deseos y premia buenas obras; pero no todas veces con consentimiento de obstinaciones. Que se burlan a sí las almas, que consideran la misericordia de Dios encubridora de maldades y la aguardan como ellas la han menester, y no como ella es, purísima y infinita en los santos y capaces della, pues, los mismos que más en ella están confiados, son los que menos la dan para su remedio. No merece la piedad de Dios quien, sabiendo que es tanta, la convierte en licencia y no en provecho espiritual. Y de muchos tiene Dios misericordia que no la merecen ellos. Y en los más es así, pues nada de su mano pueden, sino por favor, y el hombre que más hace es procurar merecerla. Porque no os desvanezcáis y sepáis que aguardáis siempre al postrero día lo que quisiérades haber hecho al primero y que las más veces está pasado por vosotros lo que teméis que ha de venir.
--Esto se ve y se oye en el infierno. ¡Ah, lo que aprovechara allá uno destos escarmentados!
Diciendo esto, llegué a una caballeriza donde estaban los tintoreros, que no averiguara un pesquisidor quiénes eran, porque los diablos parecían tintoreros y los tintoreros diablos. Pregunté a un mulato, que a puros cuernos tenía hecha espetera la frente, que dónde estaban los sodomitas, las viejas y los cornudos. Dijo:
--En todo el infierno están. Que ésa es gente que en vida son diablos, pues es su oficio traer corona de hueso[211]. De los sodomitas y viejas, no sólo no sabemos dellos, pero ni querríamos saber que supiesen de nosotros. Que en ellos peligran nuestras asentaderas, y los diablos por eso traemos colas. Porque, como aquéllos están acá, habemos menester mosqueador de los rabos. De las viejas, porque aun acá nos enfadan y atormentan, y, no hartas de vida, hay algunas que nos enamoran; muchas han venido acá muy arrugadas y canas y sin diente ni muela, y ninguna ha venido cansada de vivir. Y otra cosa más graciosa, que si os informáis dellas, ninguna vieja hay en el infierno. Porque la que está calva y sin muelas, arrugada y lagañosa de pura edad y de puro vieja, dice que el cabello se le cayó de una enfermedad, que los dientes y muelas se le cayeron de comer dulce, que está jibada de un golpe. Y no confesará que son años, si pensara[212] remozar por confesarlo.
Junto a éstos estaban unos pocos dando voces y quejándose de su desdicha.
--¿Qué gente es ésta?--pregunté.
Y respondióme uno dellos:
--Los sin ventura, muertos de repente.
--Mentís--dijo un diablo--. Que ningún hombre muere de repente; de descuidado y divertido, sí. ¿Cómo puede morir de repente quien dende que nace ve que va corriendo por la vida y lleva consigo la muerte? ¿Qué otra cosa veis en el mundo sino entierros, muertos y sepulturas? ¿Qué otra cosa oís en los púlpitos y leéis en los libros? ¿A qué volvéis los ojos que no os acuerde de la muerte? Vuestro vestido que se gasta, la casa que se cae, el muro que se envejece y hasta el sueño cada día os acuerda de la muerte, retratándola en sí. Pues ¿cómo puede haber hombre que se muera de repente en el mundo, si siempre lo andan avisando tantas cosas? No os habéis de llamar, no, gente que murió de repente, sino gente que murió incrédula de que podía morir así, sabiendo con cuán secretos pies entra la muerte en la mayor mocedad y que en una misma hora, en dar bien y mal, suele ser madre y madrastra.
Volví la cabeza a un lado y vi en un seno muy grande apretura de almas y dióme un mal olor.
--¿Qué es esto?--dije.
Y respondióme un juez amarillo, que estaba castigándolos:
--Éstos son los boticarios, que tienen el infierno lleno de bote en bote[213]. Gente que, como otros buscan ayudas[214] para salvarse, éstos las tienen para condenarse. Éstos son los verdaderos alquimistas, que no Demócrito Abderita en la _Arte sacra_, Avicena, Géber ni Raimundo Lull. Porque ellos escribieron cómo de los metales se podía hacer oro y no lo hicieron ellos, y, si lo hicieron, nadie lo ha sabido hacer después acá; pero estos tales boticarios de la agua turbia, que no clara, hacen oro y de los palos[215], oro hacen de las moscas, del estiércol; oro hacen de las arañas, de los alacranes y sapos, y oro hacen del papel, pues venden hasta el papel en que dan el ungüento. Así que sólo para éstos puso Dios virtud en las yerbas y piedras y palabras, pues no hay yerba, por dañosa que sea y mala, que no les valga dineros, hasta la ortiga y cicuta; ni hay piedra que no les dé ganancia, hasta el guijarro crudo, sirviendo de moleta[216]. En las palabras también, pues jamás a éstos les falta cosa que les pidan, aunque no la tengan, como vean dinero, pues dan por aceite de matiolo[217] aceite de ballena, y no compra sino las palabras el que compra. Y su nombre no había de ser boticario, sino armeros; ni sus tiendas no se habían de llamar boticas, sino armerías de los doctores, donde el médico toma la daga de los lamedores[218], el montante de los jarabes y el mosquete de la purga maldita, demasiada, recetada a mala sazón y sin tiempo. Allí se ve todo esmeril de ungüentos, la asquerosa arcabucería de melecinas con munición de calas. Muchos déstos se salvan; pero no hay que pensar que, cuando mueren, tienen con qué enterrarse.
Y si queréis reír ved tras ellos los barberillos cómo penan, que en subiendo esos dos escalones, están en ese cerro.
Pero pasé allá y vi, ¡qué cosa tan admirable y qué justa pena!, los barberos atados y las manos sueltas, y sobre la cabeza una guitarra y entre las piernas un ajedrez con las piezas de juego de damas. Y cuando iba con aquella ansia natural de pasacalles a tañer, la guitarra le huía. Y cuando volvía abajo a dar de comer una pieza, se le sepultaba el ajedrez. Y ésta era su pena. No entendí salir de allí de risa.
Estaban tras de una puerta unos hombres, muchos en cantidad, quejándose de que no hiciesen caso dellos, aun para atormentarlos. Y estábales diciendo un diablo, que eran todos tan diablos como ellos, que atormentasen a otros.
--¿Quién son?--le pregunté.
Y dijo el diablo:
--Hablando con perdón, los zurdos[219], gente que no puede hacer cosa a derechas, quejándose de que no están con los otros condenados, y acá dudamos si son hombres o otra cosa. Que en el mundo ellos no sirven sino de enfados y de mal agüero. Pues, si uno va en negocios y topa zurdos, se vuelve como si topara un cuervo o oyera una lechuza. Y habéis de saber que, cuando Scévola[220] se quemó el brazo derecho porque erró a Porsena, que fué, no por quemarle y quedar manco, sino queriendo hacer en sí un gran castigo, dijo:
--Así, ¿que erré el golpe? Pues en pena he de quedar zurdo.
Y cuando la justicia manda cortar a uno la mano derecha por una resistencia, es la pena hacerle zurdo, no el golpe. Y no queráis más, que, queriendo el otro echar una maldición muy grande, fea y afrentosa, dijo:
Lanzada de moro izquierdo te atraviese el corazón[221].