Los Sueños, Volume I

Part 6

Chapter 64,097 wordsPublic domain

[131] _Asiento_ es _contrato_, concierto u obligación, anotación escrita de una partida, y de _aquí asentista_ o arbitrista, y además el trasero. En _C_: _asientos, que como significan traseros, no sabemos._

[132] En _C_: _negociante ni cuando a lo bujarrón._

[133] _Estanco_ o _monipodio_ que decían, esto es, _monopolio_, como el del _Coloquio de los perros_. MERCADO, _Tratos_, 2, 8: “Haciendo monipodio con sus consortes y compañeros... Que se conciertan los mercaderes de no abajar de tanto (que llamamos los castellanos monipodio). Lo primero en el Código sub rub. de monipodiis”... Véanse Leyes del reino, don Alf. XI, t. 7, part. 5: “Cotas y posturas ponen los mercaderes entre sí, haciendo juros y cofradías, que se ayuden unos a otros, poniendo precio entre sí”. _Atravesar_ llamaban a este estancar y acaparar unos cuantos toda la mercadería para venderla después a como ellos les parecía, de lo cual véase a MERCADO, _Trat._, 2, 20: “Los que usan atravesar todo un género de ropa, o la mayor parte della, para que, teniéndola ellos toda, la puedan vender como quisieren y siempre quieren a precios excesivos y exorbitantes. Unos toman todas las perlas o todo el oro que ha venido en la flota, o todos los ruanes o todas las holandas o todos los anascotes o todas las rajas que vienen de Bretaña o Francia o todo el aceite de Valcargado o del Ajarafe. En Indias, o todos los vinos que han llegado o todo el herraje o todas las sedas”.

[134] _Astrea._ Los poetas, entre ellos Arato (96), cuentan cómo, echada la Justicia de la tierra por los desafueros de los hombres, se remontó al cielo, y ésta creen ser _Astrea_, o hija de Astreo, celebrada como la constelación _Virgo_. “Paulatim deinde ad superos Astraea recessit”. (_Juvenal Sat._, 6).

[135] “extrema per illos | Iustitia excedens terris vestigia fecit”. A lo que dice Natal Alejandro (_Mythologia_, 2, 2): “Nam quanto simpliciores erant homines, tanto iustiores erant natura: ubi legum volumina in civitatibus, quasi Astraeae testamenta composita sunt, illa simplicitas paulatim ad rusticos homines extra civitatem recessit”.

[136] “los que la tienen. Y es de manera que tornó a bajar en Cristo después, y la justicia de acá la hizo de ella; porque hay muchos déstos en quien la vara hurta más que el ladrón”. (Ms. Colomb). “Algunas varas que, fuera de las cruces, arden algunas”. (_C_ y _P_).

[137] _Cicatero_, ladrón de bolsas o _cicas_. L. RUEDA, 1, 100: “A los que cortan bolsas (llamamos) sicateros”. _Rinc. Cort._: “Manifiéstese la cica”.

[138] En _P_: _defiende a los hombres la Santa Iglesia romana._ La Iglesia defiende de diablos y alguaciles; según el texto: pocas cosas libran a los hombres de diablos y alguaciles.

[139] _Medusa_, que petrificaba con el mirar de sus ojos y enhechizaba con su hermosísima cabellera.

[140] _Platicar_ por _practicar_ era común.

[141] “_Sabe un punto más que el diablo._ (Por agudeza, y el vulgo dice de las mujeres que saben un punto más que el diablo, y es que para lo que quieren salen con extraordinario pensamiento)”. CORREAS, 565.

[142] _Hablara yo para mañana; hablara yo para el tercio de la casa o para otro año._ (Dícese al que ya tarde acabó de decir lo que debía o quería). CORREAS.

[143] En _C_: _¿cómo se han de condenar? Por allá los libros._ _En blanco_, sin apuntar un solo pobre.

[144] En _C_ y _P_: _Usó de sus exorcismos y sin poder yo con él, le apremió a que callase._

[145] En _C_ y _P_: _a quien lo dijo; que Herodes profetizó y por la boca._

[146] “en la quijada de un león hay miel y el salmo dice que a veces recebimos _salutem ex inimicis nostris et de manu qui oderunt nos_”. (Ms. Colomb).

LAS ZAHURDAS DE PLUTÓN

Véanse las figuras y asuntos que le componen, según se notan al margen en la edición de 1631: “Camino del cielo, camino del infierno, taberneros, hipócritas, ricos, pobres, discretos, necios, negociantes, reyes, eclesiásticos, soldados, seguir la virtud, mujeres interesadas, sastres, libreros, cocheros, bufones, truhanes y juglares, chocarreros, aduladores, marido que vende su mujer, mujer pública, faranduleros, zapateros, pasteleros, corchetes y alguaciles, mercader, plateros y buhoneros, caballero hidalgo y noble, honra mundana, valentía, capitanes, caballero, dueñas, padres que dejan ricos a sus hijos, necios que dicen: _¡Oh quién hubiera!_, los que abusan de la misericordia de Dios, tintureros, cornudos, sodomitas, viejas, muertos de repente, nadie muere de repente, que todo es avisos de la muerte, boticarios, barberos, zurdos, mujeres feas y que se pintan, memoria del bien perdido, gusano de la conciencia, sabios y doctos, escandalosos, taberneros, Judas, diablos, dispenseros, Judas, mujeres hermosas y malos letrados, malas mujeres, escribanos, alguaciles, enamorados, penséque, amor, poetas, los que no saben pedir a Dios, los que no cumplen los votos y promesas, hijos que no se acuerdan de sus padres muertos, ensalmadores y saludadores, saludadores, astrólogos y alquimistas, corchetes, sastres, alquimistas, astrólogos, supersticiosos, quirománticos, geométrico, mujeres hermosas, los vicios, herejes antes de Cristo, inmortalidad del alma, herejes después de Cristo, Mahoma, herejes, Lutero e impugnación de sus errores y defensa de las imágenes, defensa de las buenas obras y pasión de Cristo, Lucifer y su galería, emperadores, reyes, aposento de Lucifer y quién hay en él, alguaciles, coronistas, pesquisidores, doncellas, demandadores, madres postizas”.

CARTA A UN AMIGO SUYO

Envío a vuesamerced este discurso tercero al _Sueño_ y al _Alguacil_, donde puedo decir que he rematado las pocas fuerzas de mi ingenio, no sé si con alguna dicha. Quiera Dios halle algún agradecimiento mi deseo, cuando no merezca alabanza mi trabajo, que con esto tendré algún premio de los que da el vulgo con mano escasa. Que no soy tan soberbio que me precie de tener envidiosos, pues de tenerlos, tuviera por gloriosa recompensa el merecerlos tener. Vuesamerced, en Zaragoza, comunique este papel, haciéndole la acogida que a todas mis cosas, mientras yo acá esfuerzo la paciencia a maliciosas calumnias, que al parto de mis obras, sea aborto, suelen anticipar mis enemigos. Dé Dios a vuesamerced paz y salud. Del Fresno y mayo 3 de 1608.

DON FRANCISCO DE QUEVEDO VILLEGAS.

PRÓLOGO AL INGRATO Y DESCONOCIDO LECTOR

Eres tan perverso, que ni te obligué llamándote pío, benévolo ni benigno en los más discursos porque no me persiguieses, y, ya desengañado, quiero hablar contigo claramente. Este discurso es del infierno. No me arguyas de maldiciente, porque digo mal de los que hay en él, pues no es posible que haya dentro nadie que bueno sea. Si te parece largo, en tu mano está: toma el infierno que te bastare y calla. Y si algo no te parece bien, o lo disimula piadoso o lo enmienda docto. Que errar es de hombres y ser herrado de bestias o esclavos. Si fuere oscuro, nunca el infierno fué claro; si triste y melancólico, yo no he prometido risa. Sólo te pido, lector, y aun te conjuro por todos los prólogos, que no tuerzas las razones ni ofendas con malicia mi buen celo. Pues, lo primero, guardo el decoro a las personas, y sólo reprendo los vicios, murmuro los descuidos y demasías de algunos oficiales, sin tocar en la pureza de los oficios, y, al fin, si te agradare el discurso, tú te holgarás, y si no, poco importa: que a mí de ti ni de él se me da nada.--_Vale._

DISCURSO

Yo, que en el _Sueño_ vi tantas cosas y en el _Alguacil alguacilado_ oí parte de las que no había visto, como sé que los sueños, las más veces, son burla de la fantasía y ocio del alma, y que el malo nunca dijo verdad[147], por no tener cierta noticia de las cosas que justamente se nos esconden[148], vi, guiado de mi ingenio, lo que se sigue, por particular providencia, que fué para traerme en el miedo la verdadera paz.

Halléme en un lugar favorecido de naturaleza por el sosiego amable, donde, sin malicia, la hermosura entretenía la vista, muda recreación y sin respuesta humana, platicaban las fuentes entre las guijas y los árboles por las hojas, tal vez cantaba el pájaro, ni sé determinadamente si en competencia suya o agradeciéndoles su armonía. Ved cuál es de peregrino nuestro deseo, que no hallo paz en nada desto. Tendí los ojos, codicioso de ver algún camino por buscar compañía, y veo, cosa digna de admiración, dos sendas[149] que nacían de un mismo lugar, y una se iba apartando de la otra, como que huyesen de acompañarse.

Era la de mano derecha tan angosta, que no admite encarecimiento, y estaba, de la poca gente[150] que por ella iba, llena de abrojos y asperezas y malos pasos. Con todo, vi algunos que trabajaban en pasarla; pero, por ir descalzos y desnudos, se iban dejando en el camino, unos, el pellejo; otros, los brazos; otros, las cabezas; otros, los pies, y todos iban amarillos y flacos. Pero noté que ninguno de los que iban por aquí miraba atrás, sino todos adelante. Decir que puede ir alguno a caballo es cosa de risa. Uno de los que allí estaban, preguntándole si podría yo caminar aquel desierto a caballo, me dijo[151]:

--Déjese de caballerías y caiga de su asno.

Y miré con todo eso, y no vi huella de bestia ninguna. Y es cosa de admirar que no había señal de rueda de coche ni memoria apenas de que hubiese nadie caminado en él por allí jamás. Pregunté, espantado desto, a un mendigo, que estaba descansando y tomando aliento, si acaso había ventas en aquel camino o mesones en los paraderos. Respondióme:

--Venta aquí, señor, ni mesón, ¿cómo queréis que le haya en este camino, si es el de la virtud? En el camino de la vida--dijo--, el partir es nacer, el vivir es caminar, la venta es el mundo, y, en saliendo della, es una jornada sola y breve desde él a la pena o a la gloria.

Diciendo esto, se levantó y dijo:

--Quedaos con Dios, que en el camino de la virtud es perder tiempo el pararse uno y peligroso responder a quien pregunta por curiosidad y no por provecho.

Comenzó a andar dando tropezones y zancadillas y suspirando. Parecía que los ojos, con lágrimas, osaban ablandar los peñascos a los pies y hacer tratables los abrojos.

--¡Pesia[152] tal!--dije yo entre mí--; pues tras ser el camino tan trabajoso, ¿es la gente que en él anda tan seca y poco entretenida? ¡Para mi humor es bueno!

Di un paso atrás y salíme del camino del bien. Que jamás quise retirarme de la virtud que tuviese mucho que desandar ni que descansar. Volvíme a la mano izquierda y vi un acompañamiento tan reverendo, tanto coche, tanta carroza cargada de competencias al sol en humanas hermosuras y gran cantidad de galas y libreas, lindos caballos, mucha gente de capa negra y muchos caballeros. Yo, que siempre oí decir: “Dime con quién andas y diréte quién eres”, por ir con buena compañía puse el pie en el umbral del camino, y, sin sentirlo, me hallé resbalado en medio de él, como el que se desliza por el hielo, y topé con lo que había menester. Porque aquí todos eran bailes y fiestas, juegos y saraos; y no el otro camino, que, por falta de sastres, iban en él desnudos y rotos, y aquí nos sobraban mercaderes, joyeros y todos oficios. Pues ventas, a cada paso, y bodegones, sin número. No podré encarecer qué contento me hallé en ir en compañía de gente tan honrada[153], aunque el camino estaba algo embarazado, no tanto con las mulas de los médicos como con las barbas de los letrados, que era terrible la escuadra dellos que iba delante de unos jueces. No digo esto porque fuese menor el batallón de los doctores, a quien nueva elocuencia llama ponzoñas graduadas, pues se sabe que en las universidades estudian para tósigos[154]. Animóme para proseguir mi camino el ver, no sólo que iban muchos por él, sino la alegría que llevaban y que del otro se pasaban algunos al nuestro y del nuestro al otro, por sendas secretas.

Otros caían que no se podían tener, y entre ellos fué de ver el cruel resbalón que una lechigada[155] de taberneros dió en las lágrimas, que otros habían derramado en el camino, que, por ser agua, se les fueron los pies y dieron en nuestra senda unos sobre otros. Íbamos dando vaya a los que veíamos por el camino de la virtud más trabajados. Hacíamos burla dellos, llamábamosles heces del mundo y desecho de la tierra. Algunos se tapaban los oídos y pasaban adelante. Otros, que se paraban a escucharnos, dellos desvanecidos de las muchas voces y dellos persuadidos de las razones y corridos de las vayas, caían y se bajaban.

Vi una senda por donde iban muchos hombres de la misma suerte que los buenos, y desde lejos parecía que iban con ellos mismos, y, llegado que hube, vi que iban entre nosotros. Éstos me dijeron que eran los hipócritas, gente en quien la penitencia, el ayuno, que en otros son mercancía del cielo, es noviciado del infierno[156]. Iban muchas mujeres tras éstos, los cuales, siendo enredo con barba y maraña con ojos y embeleco, andaban salpicando de mentira a todos, siendo estanques donde pescan adrollas[157] los embustidores. Otros se encomiendan a ellos, que es como encomendarse al diablo por tercera persona. Éstos hacen oficio la humildad y pretenden honra, yendo de estrado en estrado y de mesa en mesa. Al fin conocí que iban arrebozados para nosotros; mas para los ojos eternos, que abiertos sobre todos juzgan el secreto más escuro de los retiramientos del alma, no tienen máscara. Bien que hay muchos buenos; mas son diferentes déstos, a quien antes se les ve la disimulación que la cara y alimentan su ambiciosa felicidad de aplauso de los pueblos, y, diciendo que son unos indignos y grandísimos pecadores y los más malos de la tierra, llamándose jumentos, engañan con la verdad, pues siendo hipócritas, lo son al fin. Iban éstos solos aparte, y reputados por más necios que los moros, más zafios que los bárbaros y sin ley, pues aquéllos, ya que no conocieron la vida eterna ni la van a gozar, conocieron la presente y holgáronse en ella; pero los hipócritas, ni la una ni la otra conocen, pues en ésta se atormentan y en la otra son atormentados. Y, en conclusión, déstos se dice con toda verdad que ganan el infierno con trabajos.

Todos íbamos diciendo mal unos de otros: los ricos tras la riqueza, los pobres pidiendo a los ricos lo que Dios les quitó. Van por un camino los discretos, por no dejarse gobernar de otros, y los necios, por no entender a quien los gobierna, aguijan a todo andar. Las justicias llevan tras sí los negociantes; la pasión, a las malgobernadas justicias, y los reyes, desvanecidos y ambiciosos, todas las repúblicas[158].

Vi algunos soldados, pero pocos, que por la otra senda infinitos iban en hileras ordenados, honradamente triunfando; pero los pocos que nos cupieron acá era gente que, si, como habían extendido el nombre de Dios jurando, lo hubieran hecho peleando, fueran famosos. Dos corrilleros[159] solos iban muy desnudos, que, por la mayor parte, los tales, que viven por su culpa, traen los golpes en los vestidos y sanos los cuerpos. Andaban contando entre sí las ocasiones en que se habían visto, los malos pasos que habían andado, que nunca éstos andan en buenos pasos. Nada los oíamos[160]; sólo, cuando por encarecer sus servicios dijo uno a los otros ¿qué digo, camarada?, ¡qué trances hemos pasado y qué tragos!, lo de los tragos se les creyó[161]. Miraban a estos pocos los muchos capitanes, maestres de campo, generales de ejércitos, que iban por el camino de la mano derecha enternecidos. Y oí decir a uno dellos que no lo pudo sufrir, mirando las hojas de lata[162] llenas de papeles inútiles que llevaban estos ciegos:

--¿Qué digo? ¿Soldados por acá? ¿Esto es de valientes, dejar este camino, de miedo de sus dificultades? Venid, que por aquí de cierto sabemos que sólo coronan[163] al que vence. ¿Qué vana esperanza os arrastra con anticipadas promesas de los reyes? No siempre con almas vendidas es bien que temerosamente suene en vuestros oídos: “Mata o muere”. Reprended la hambre del premio, que de buen varón es seguir la virtud sola y de cudiciosos los premios no más, y, quien no sosiega en la virtud y la sigue por el interés y mercedes que se siguen, más es mercader que virtuoso, pues la hace a precio de perecederos bienes. Ella es don de sí misma: quietaos en ella.

Y aquí alzó la voz, y dijo:

--Advertid que la vida del hombre es guerra[164] consigo mismo y que toda la vida nos tienen en armas los enemigos del alma, que nos amenazan más dañoso vencimiento. Y advertid que ya los príncipes tienen por deuda nuestra sangre y vida, pues perdiéndolas por ellos, los más dicen que los pagamos y no que los servimos. ¡Volved, volved!

Oyéronlo ellos muy atentamente,[165] y, enternecidos y enseñados, se encaminaron bien con los demás soldados.

Iban las mujeres al infierno tras el dinero de los hombres, y los hombres tras ellas y su dinero, tropezando unos con otros.

Noté cómo, al fin del camino de los buenos, algunos se engañaban y pasaban al de la perdición. Porque, como ellos saben que el camino[166] es angosto y el del infierno ancho, y al acabar veían al suyo ancho y el nuestro angosto, pensando que habían errado o trocado los caminos, se pasaban acá, y de acá allá los que se desengañaban del remate del nuestro.

Vi una mujer que iba a pie, y espantado de que mujer se fuese al infierno sin silla o coche, busqué un escribano que me diera fe dello, y en todo el camino del infierno pude hallar ningún escribano ni alguacil. Y como no los vi en él, luego colegí que era aquél el camino[167] y este otro al revés. Quedé algo consolado y sólo me quedaba duda que cómo yo había oído decir que iban con grandes asperezas y penitencias por el camino dél[168], y veía que todas se iban holgando, cuando me sacó desta duda una gran parva de casados, que venían con sus mujeres de las manos, y que la mujer era ayuno del marido, pues por darle la perdiz y el capón, no comía, y que era su desnudez, pues por darle galas demasiadas y joyas impertinentes iba en cueros, y, al fin, conocí que un malcasado tiene en su mujer toda la herramienta necesaria para la muerte, y ellos y ellas, a veces el infierno portátil.

Ver esta asperísima penitencia me confirmó de nuevo en que íbamos bien. Mas duróme poco, porque oí decir a mis espaldas:

--Dejen pasar los boticarios.

--¿Boticarios pasan?--dije yo entre mí--: ¡al infierno vamos!

Y fué así, porque al punto nos hallamos dentro por una puerta como de ratonera, fácil de entrar e imposible de salir por ella.

Y fué de ver que nadie en todo el camino dijo: “Al infierno vamos”, y todos, estando en él, dijeron muy espantados: “En el infierno estamos”.

--¿En el infierno?--dije yo muy afligido--. No puede ser.

Quíselo poner a pleito. Comencéme a lamentar de las cosas que dejaba en el mundo: los parientes, los amigos, los conocidos, las damas. Y estando llorando esto, volví la cara hacia el mundo y vi venir por el mismo camino, despeñándose a todo correr, cuanto había conocido allá, poco menos. Consoléme algo en ver esto, y que, según se daban priesa a llegar al infierno, estarían conmigo presto. Comenzóseme a hacer áspera la morada y desapacibles los zaguanes.

Fuí entrando poco a poco entre unos sastres que se me llegaron, que iban medrosos de los diablos. En la primera entrada hallamos siete demonios escribiendo los que íbamos entrando. Preguntáronme mi nombre. Díjele, y pasé. Llegaron a mis compañeros y dijeron que eran remendones, y dijo uno de los diablos:

--Deben entender los remendones en el mundo que no se hizo el infierno sino para ellos, según se vienen por acá.

Preguntó otro diablo cuántos eran. Respondieron que ciento, y replicó un verdugo malbarbado, entrecano:

--¿Ciento y sastres? No pueden ser tan pocos; la menor partida que habemos recibido ha sido de mil y ochocientos. En verdad que estamos por no recibirles.

Afligiéronse ellos, mas, al fin, entraron. Ved cuáles son los malos, que es para ellos amenaza el no dejarlos entrar en el infierno. Entró el primero un negro, chiquito, rubio, de mal pelo[169]. Dió un salto en viéndose allá, y dijo:

--Ahora acá estamos todos[170].

Salió de un lugar donde estaba aposentado un diablo de marca mayor, corcovado y cojo, y, arrojándolos en una hondura muy grande, dijo:

--Allá va leña.

Por curiosidad, me llegué a él y le pregunté de qué estaba corcovado y cojo, y me dijo, que era diablo de pocas palabras:

--Yo era recuero[171] de remendones, iba por ellos al mundo, y de traerlos a cuestas, me hice corcovado y cojo. He dado en la cuenta y hallo que se vienen ellos mucho más apriesa que yo los puedo traer.

En esto hizo otro vómito dellos el mundo y hube de entrarme, porque no había dónde estar ya allí, y el monstruo infernal empezó a traspalar, y diz que es la mejor leña que se quema en el infierno remendones de todo oficio, gente que sólo tiene bueno ser enemiga de novedades.

Pasé adelante por un pasadizo muy escuro, cuando por mi nombre me llamaron. Volví a la voz los ojos, casi tan medrosa como ellos, y hablóme un hombre que, por las tinieblas, no pude divisar más de lo que la llama que le atormentaba me permitía.

--¿No me conoce?--me dijo--. A...

Ya lo iba a decir, y prosiguió tras su nombre: “el librero. Pues yo soy”.

¡Quién tal pensara! Y es verdad, Dios, que yo siempre lo sospeché, porque era su tienda el burdel de los libros, pues todos los cuerpos que tenía eran de la gente de la vida, escandalosos y burlones. Un rótulo que decía: “Aquí se vende tinta fina, papel batido y dorado”, pudiera condenar a otro que hubiera menester más apetitos por ello.

--¿Qué quiere?--me dijo viéndome suspenso tratar conmigo estas cosas--. Pues es tanta mi desgracia, que todos se condenan por las malas obras que han hecho, y yo y algunos libreros nos condenamos por las obras malas que hacen los otros y por lo que hicimos barato de los libros en romance y traducidos de latín, sabiendo ya con ellos los tontos lo que encarecían en otros tiempos los sabios. Que ya hasta el lacayo latiniza y hallarán a Horacio en castellano en la caballeriza.

Más iba a decir, sino que un demonio le comenzó a atormentar con humazos[172] de hojas de sus libros y otro a leerle algunos dellos. Yo, que vi que ya no hablaba, fuíme adelante, diciendo entre mí:

--Si hay quien se condena por obras malas ajenas, ¿qué harán los que las hicieron propias?

En esto iba, cuando en una gran zahurda andaban mucho número de ánimas gimiendo y muchos diablos con látigos y zurriagas azotándolos. Pregunté qué gente eran, y dijeron que no eran sino cocheros. Y dijo un diablo lleno de cazcarrias, romo y calvo, que quisiera más, a manera de decir, lidiar con lacayos. Porque había cochero de aquéllos que pedía aun dineros por ser atormentado, y que la tema de todos era que habían de poner pleito a los diablos por el oficio, pues no sabían chasquear los azotes[173] tan bien como ellos.

--¿Qué causa hay para que éstos penen aquí?--dije.

Y tan presto se levantó un cochero viejo de aquéllos, barbinegro y malcarado, y dijo:

--Señor, porque, siendo pícaros, nos venimos al infierno a caballo y mandando.

Aquí le replicó el diablo:

--¿Y por qué calláis lo que encubristeis en el mundo, los pecados que facilitasteis y lo que mentisteis en un oficio tan vil?

Dijo un cochero que lo había sido de un caballero, y aun esperaba que le había de sacar de allí:

--No ha habido tan honrado oficio en el mundo de diez años a esta parte, pues nos llegaron a poner cotas y sayos vaqueros, hábitos largos y valona, en forma de cuellos bajos[174]. ¿Cómo supieran condenarse las mujeres de los pícaros en su rincón, si no fuera por el desvanecimiento de verse en coche? Que hay mujer destos de honra postiza, que se fué por su pie al don[175], y por tirar una cortina, ir a una testera, hartará de ánimas a Perogotero[176].

--Así--dijo un diablo--, soltóse el cocherillo y no callará en diez años.