Part 13
--Eso no es la muerte, sino los muertos, o lo que queda de los vivos. Estos huesos son el dibujo sobre que se labra el cuerpo del hombre. La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte. Tiene la cara de cada uno de vosotros, y todos sois muertes de vosotros mismos. La calavera es el muerto, y la cara es la muerte. Y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo. Y los huesos es lo que de vosotros deja la muerte y lo que le sobra a la sepultura. Si esto entendiérades así, cada uno de vosotros estuviera mirando en sí su muerte cada día y la ajena en el otro, y viérades que todas vuestras casas están llenas della y que en vuestro lugar hay tantas muertes como personas, y no la estuviérades aguardando, sino acompañándola y disponiéndola. Pensáis que es huesos la muerte y que hasta que veáis venir la calavera y la guadaña no hay muerte para vosotros, y primero sois calavera y huesos que creáis que lo podéis ser.
--Dime--dije yo--: ¿qué significan éstos que te acompañan, y por qué van, siendo tú la muerte, más cerca de tu persona los enfadosos y habladores que los médicos?
Respondióme:
--Mucha más gente enferma de los enfadosos que de los tabardillos y calenturas, y mucha más gente matan los habladores y entremetidos que los médicos. Y has de saber que todos enferman del exceso o destemplanza de humores; pero, lo que es morir, todos mueren de los médicos que los curan. Y así, no habéis de decir, cuando preguntan: “¿De qué murió Fulano?”, de calentura, de dolor de costado, de tabardillo, de peste, de heridas, sino murió de un dotor Tal que le dió, de un dotor Cual. Y es de advertir que en todos los oficios, artes y estados se ha introducido el don en hidalgos, en villanos[395]. Yo he visto sastres y albañiles[396] con don y ladrones y galeotes en galeras. Pues si se mira en las ciencias, en todas hay millares. Sólo de los médicos ninguno ha habido con don, pudiéndolos tener muchos; mas todos tienen don de matar, y quieren más din[397] al despedirse que don al llamarlos.
En esto llegamos a una sima grandísima, la muerte predicadora y yo desengañado. Zambullóse sin llamar, como de casa, y yo tras ella, animado con el esfuerzo que me daba mi conocimiento tan valiente. Estaban a la entrada tres bultos armados a un lado y otro monstruo terrible enfrente, siempre combatiendo entre sí todos, y los tres con el uno y el uno con los tres. Paróse la Muerte, y díjome:
--¿Conoces a esta gente?
--Ni Dios me la deje conocer--dije yo.
--Pues con ellos andas a las vueltas--dijo ella--desde que naciste. Mira cómo vives--replicó--. Éstos son los enemigos del hombre: el Mundo es aquél, éste es el Diablo y aquélla la Carne[398].
Y es cosa notable que eran todos parecidos unos a otros, que no se diferenciaban. Díjome la Muerte:
--Son tan parecidos, que en el mundo tenéis a los unos por los otros. Piensa un soberbio que tiene todo el mundo, y tiene al diablo. Piensa un lujurioso que tiene la carne, y tiene al demonio[399]. Y así anda todo.
--¿Quién es--dije yo--aquél que está allí apartado, haciéndose pedazos con estos tres con tantas caras y figuras?
--Ése es--dijo la Muerte--el Dinero, que tiene puesto pleito a los tres enemigos del alma, diciendo que quiere ahorrar de émulos y que adonde él está no son menester, porque él solo es todos tres enemigos. Y fúndase para decir que el dinero es el diablo, en que todos decís: “Diablo es el dinero” y que “Lo que no hiciere el dinero, no lo hará el diablo”, “Endiablada cosa es el dinero”.
Para ser el Mundo, dice que vosotros decís que “No hay más mundo que el dinero”, “Quien no tiene dinero, váyase del mundo”; al que le quitan el dinero decís que “Le echan del mundo”, y que “Todo se da por el dinero”.
Para decir que es la carne el dinero, dice el Dinero: “Dígalo la Carne”, y remítese a las putas y mujeres malas, que es lo mismo que interesadas.
--No tiene mal pleito el Dinero--dije yo--, según se platica por allá.
Con esto, nos fuimos más abajo, y, antes de entrar por una puerta muy chica y lóbrega, me dijo:
--Estos dos, que saldrán aquí conmigo, son las postrimerías.
Abrióse la puerta, y estaban a un lado el infierno y el que llaman juicio[400] de Minos[401], así me dijo la Muerte que se llamaban. Estuve mirando al infierno con atención, y me pareció notable cosa. Díjome la Muerte:
--¿Qué miras?
--Miro--respondí--al Infierno, y me parece que le he visto otras veces.
--¿Dónde?--preguntó.
--¿Dónde?--dije--. En la codicia de los jueces, en el odio de los poderosos, en las lenguas de los maldicientes, en las malas intenciones, en las venganzas en el apetito de los lujuriosos, en la vanidad de los príncipes. Y donde cabe el infierno todo, sin que se pierda gota, es en la hipocresía de los mohatreros de las virtudes, que hacen logro del ayuno y del oir misa. Y lo que más he estimado es haber visto el juicio de Minos, porque hasta ahora[402] he vivido engañado, y ahora veo el Juicio como es. Echo de ver que el que hay en el mundo no es juicio ni hay hombre de juicio, y que hay muy poco juicio en el mundo. ¡Pesia tal!--decía yo--. Si deste juicio hubiera allá, no digo parte, sino nuevas creídas, sombra o señas, otra cosa fuera. Si los que han de ser jueces han de tener deste juicio, buena anda la cosa en el mundo. Miedo me da de tornar arriba, viendo que, siendo éste el juicio, se está aquí casi entero, y que poca parte está repartida entre los vivos. Más quiero muerte con juicio que vida sin él.
Con esto, bajamos a un grandísimo llano, donde parecía estaba depositada la oscuridad para las noches. Díjome la Muerte:
--Aquí has de parar, que hemos llegado a mi tribunal y audiencia.
Aquí estaban las paredes colgadas de pésames. A un lado estaban las malas nuevas, ciertas y creídas y no esperadas; el llanto, en las mujeres engañoso, engañado en los amantes, perdido de los necios y desacreditado en los pobres. El dolor se había desconsolado y creído, y solos los cuidados estaban solícitos y vigilantes, hechos carcomas de reyes y príncipes, alimentándose de los soberbios y ambiciosos. Estaba la envidia con hábito de viuda, tan parecida a dueña, que la quise llamar Álvarez o González. En ayunas de todas las cosas, cebada en sí misma, magra y exprimida. Los dientes, con andar siempre mordiendo de lo mejor y de lo bueno, los tenía amarillos y gastados. Y es la causa que lo bueno y santo, para morderlo, no llega a los dientes; mas nada bueno le puede entrar de los dientes adentro[403]. La discordia estaba debajo della, como que nacía de su vientre, y creo que es su hija legítima. Ésta, huyendo de los casados, que siempre andan a voces, se había ido a las comunidades y colegios, y, viendo que sobraba en ambas partes, se fué a los palacios y cortes, donde es lugarteniente de los diablos. La ingratitud estaba en un gran horno, haciendo de una masa de soberbia y odio demonios nuevos cada momento. Holguéme de verla, porque siempre había sospechado que los ingratos eran diablos y caí entonces en que los ángeles, para ser diablos, fueron primero ingratos. Andaba todo hirviendo de maldiciones.
--¿Quién diablos--dije yo--está lloviendo maldiciones aquí?
Díjome un muerto que estaba a mi lado:
--¿Maldiciones queréis que falten donde hay casamenteros y sastres, que son la gente más maldita del mundo, pues todos decís: “Mal haya quien me casó”, “Mal haya quien con vos me juntó”, y los más, “Mal haya quien me vistió”?
--¿Qué tiene que ver--dije yo--sastres y casamenteros en la audiencia de la muerte?
--¡Pesia tal!--dijo el muerto, que era impaciente--. ¿Estáis loco? Que, si no hubiera casamenteros, ¿hubiera la mitad de los muertos y desesperados? ¡A mí me lo decid, que soy marido! Cinco, como bolo[404], y se me quedó allá la mujer y piensa acompañarme otros diez[405]. Pues sastres, ¿a quién no matarán las mentiras y largas de los sastres y hurtos? Y son tales, que para llamar a la desdicha peor nombre, la llaman desastre, del sastre, y es el principal miembro de este tribunal que aquí veis.
Alcé los ojos y vi la Muerte en su trono, y a los lados, muchas muertes. Estaba la muerte de amores, la muerte de frío, la muerte de hambre, la muerte de miedo y la muerte de risa, todas con diferentes insignias. La muerte de amores estaba con muy poquito seso[406]. Tenía, por estar acompañada, porque no se le corrompiese por la antigüedad, a Píramo y Tisbe[407], embalsamados, y a Leandro y Hero y a Macías, en cecina, y algunos portugueses derretidos. Mucha gente vi que estaba ya para acabar debajo de su guadaña, y, a puros milagros del interés, resucitaban.
En la muerte de frío vi a todos los ricos, que, como no tienen mujer ni hijos ni sobrinos[408] que los quieran, sino a sus haciendas, estando malos, cada uno carga en lo que puede y mueren de frío.
La muerte de miedo estaba la más rica y pomposa y con acompañamiento más magnífico, porque estaba toda cercada de gran número de tiranos y poderosos. Éstos mueren a sus mismas manos, y sus sayones con sus conciencias[409], y ellos son verdugos de sí mismos, y sólo un bien hacen en el mundo, que, matándose a sí de miedo, recelo y desconfianza, vengan de sí propios a los inocentes. Estaban con ellos los avarientos, cerrando cofres, arcones y ventanas, enlodando resquicios, hechos sepulturas de sus talegos, y pendientes de cualquier ruido del viento, los ojos hambrientos de sueño, las bocas quejosas de las manos, las almas trocadas en plata y oro.
La muerte de risa era la postrera, y tenía un grandísimo cerco de confiados y tarde arrepentidos. Gente que vive como si no hubiese justicia y muere como si no hubiese misericordia. Éstos son los que, diciéndoles: “Restituid lo mal llevado”, dicen: “Es cosa de risa”. “Mirad que estáis viejo y que ya no tiene el pecado que roer en vos: dejad la mujercilla que embarazáis inútil, que cansáis enfermo; mirad que el mismo diablo os desprecia ya por trasto embarazoso y la misma culpa tiene asco de vos”. Responden: “Es cosa de risa, y que nunca se sintieron mejores”. Otros hay que están enfermos, y, exhortándolos a que hagan testamento, que se confiesen, dicen que se sienten buenos y que han estado de aquella manera mil veces. Éstos son gente que están en el otro mundo y aún no se persuaden a que son difuntos.
Maravillóme esta visión, y dije, herido del dolor y conocimiento:
--¡Diónos Dios una vida sola y tantas muertes! ¡De una manera se nace y de tantas se muere! Si yo vuelvo al mundo, yo procuraré empezar a vivir.
En esto estaba, cuando se oyó una voz que dijo tres veces:
--Muertos, muertos, muertos.
Con esto se rebulló el suelo y todas las paredes, y empezaron a salir cabezas, brazos y bultos extraordinarios. Pusiéronse en orden con silencio.
--Hablen por su orden--dijo la Muerte.
Luego salió uno con grandísima cólera y priesa y se vino para mí, que entendí que me quería maltratar, y dijo:
--Vivos de Satanás, ¿qué me queréis, que no me dejáis muerto y consumido? ¿Qué os he hecho que, sin tener parte en nada, me disfamáis en todo y me echáis la culpa de lo que no sé?
--¿Quién eres--le dije con una cortesía temerosa--que no te entiendo?
--Soy yo--dijo--el malaventurado _Juan de la Encina_[410], el que, habiendo muchos años que estoy aquí, toda la vida andáis, en haciéndose un disparate, o en diciéndole vosotros, diciendo: “No hiciera más _Juan de la Encina_; daca los disparates de _Juan de la Encina_”. Habéis de saber que para hacer y decir disparates, todos los hombres sois _Juan de la Encina_, y que este apellido de Encina es muy largo en cuanto a disparates. Pero pregunto si yo hice los testamentos en que dejáis que otros hagan por vuestra alma lo que no habéis querido hacer. ¿He porfiado con los poderosos? ¿Teñíme la barba por no parecer viejo? ¿Fuí viejo, sucio y mentiroso? ¿Llamé favor el pedirme lo que tenía? ¿Enamoréme con mi dinero y el quitarme lo que tenía? ¿Entendí yo que sería bueno para mí el que a mi intercesión fué ruin con otro que se fió dél? ¿Gasté yo la vida en pretender con qué vivir, y, cuando tuve con qué, no tuve vida que vivir? ¿Creí las sumisiones del que me hubo menester? ¿Caséme por vengarme de mi amiga? ¿Fuí yo tan miserable que gastase un real segoviano en buscar un cuarto incierto? ¿Pudríme[411] de que otro fuese rico o medrase? ¿He creído las apariencias de la fortuna? ¿Tuve yo por dichosos a los que al lado de los príncipes dan toda la vida por una hora? ¿Heme preciado de hereje y de malreglado en todo y peor contento, porque me tengan por entendido? ¿Fuí desvergonzado por campear de valiente? Pues si _Juan de la Encina_ no ha hecho nada desto, ¿qué necedades hizo este pobre _Juan de la Encina_? Pues en cuanto a decir necedades, sacadme un ojo[412] con una. Ladrones, que llamáis disparates los míos y parates[413] los vuestros, pregunto yo: ¿_Juan de la Encina_ fué acaso el que dijo: “Haz bien y no cates a quién[414]”, habiendo de ser al contrario: “Si hicieres bien, mira a quién”? ¿Fué _Juan de la Encina_ quien, para decir que uno era malo, dijo: “Es hombre que ni teme ni debe”[415], habiendo de decir que ni teme ni paga? Pues es cierto que la mejor señal de ser bueno es ni temer ni deber, y la mayor de la maldad, ni temer ni pagar. ¿Dijo _Juan de la Encina_: “De los pescados, el mero; de las carnes, el carnero[416]; de las aves, la perdiz, de las damas, la Beatriz”? No lo dijo, porque él no dijera sino: “De las carnes, la mujer; de los pescados[417], el carnero; de las aves, el Ave María, y después la presentada[418]; de las damas, la más barata”. Mirad si es desbaratado _Juan de la Encina_: no prestó sino paciencia, no dió sino pesadumbres; él no gastaba con los hombres que piden dinero ni con las mujeres que piden matrimonio. ¿Qué necedades pudo hacer _Juan de la Encina_, desnudo por no tratar con sastres, que se dejó quitar de la hacienda por no haber menester letrados, que se murió antes de enfermo que de curado, para ahorrarse el médico? Sólo un disparate hizo, que fué, siendo calvo, quitar a nadie el sombrero, pues fuera menos mal ser descortés que calvo, y fuera mejor que le mataran a palos porque no se quitaba el sombrero, que no a apodos porque era calvario[419]. Y si por hacer una necedad anda _Juan de la Encina_ por todos esos púlpitos y cátedras, con votos, gobiernos y estados, enhoramala para ellos, que todo el mundo es monte[420] y todos son Encinas.
En esto estábamos, cuando, muy estirado y con gran ceño, emparejó[421] otro muerto conmigo, y dijo:
--Volved acá la cara; no penséis que habláis con _Juan de la Encina_.
--¿Quién es vuesamerced--dije yo--, que con tanto imperio habla, y donde todos son iguales presume diferencia?
--Yo soy--dijo--el _Rey que rabió_[422]. Y si no me conocéis, por lo menos no podéis dejar de acordaros de mí, porque sois los vivos tan endiablados, que a todo decís que se acuerda del _Rey que rabió_, y, en habiendo un paredón viejo, un muro caído, una gorra calva, un ferreruelo lampiño, un trabajazo rancio, un vestido caduco, una mujer manida de años y rellena de siglos, luego decís que se acuerda del _Rey que rabió_. No ha habido tan desdichado rey en el mundo, pues no se acuerdan dél sino vejeces y harapos, antigüedades y visiones[423]. Y ni ha habido rey de tan mala memoria ni tan asquerosa ni tan carroña[424] ni tan caduca, carcomida y apolillada. Han dado en decir que rabié, y juro a Dios que mienten; sino que han dado todos en decir que rabié, y no tiene ya remedio. Y no soy yo el primero rey que rabió ni el solo, que no hay rey, ni le ha habido, ni le habrá, a quien no levanten que rabia. Ni sé yo cómo pueden dejar de rabiar todos los reyes. Porque andan siempre mordidos por las orejas de envidiosos y aduladores que rabian.
Otro, que estaba al lado del _Rey que rabió_, dijo:
--Vuesa merced se consuele conmigo, que soy el _rey Perico_[425], y no me dejan descansar de día ni de noche. No hay cosa sucia, ni desaliñada, ni pobre, ni antigua, ni mala, que no digan que fué en tiempo del _rey Perico_. Mi tiempo fué mejor que ellos pueden pensar. Y para ver quién fuí yo y mi tiempo y quién son ellos, no es menester más que oíllos, porque en diciendo a una doncella; ahora la madre: “Hija, las mujeres, bajar[426] los ojos y mirar a la tierra, y no a los hombres”, responden: “Eso fué en tiempo del _rey Perico_; los hombres han de mirar a la tierra, pues fueron hechos della, y las mujeres al hombre, pues fueron hechas dél”. Si un padre dice a su hijo: “No jures, no juegues, reza las oraciones cada mañana, persígnate en levantándote, echa la bendición a la mesa”, dice que: “Eso se usaba en tiempo del _rey Perico_”. Ahora le tendrán por un maricón si sabe[427] persignarse, y se reirán dél si no jura y blasfema. Porque en nuestros tiempos más tienen por hombre al que jura que al que tiene barbas.
Al que acabó de decir esto se llegó un muertecillo muy agudo, y sin hacer cortesía, dijo:
--Basta lo que han hablado, que somos muchos y este hombre vivo está fuera de sí y aturdido.
--No dijera más _Mateo Pico_[428], y vengo a eso sólo.
--Pues, bellaco vivo, ¿qué dijo _Mateo Pico_, que luego andáis _si dijera más, no dijera más?_ ¿Cómo sabéis que no dijera más _Mateo Pico_? Dejadme tornar a vivir sin tornar a nacer: que no me hallo bien en barrigas de mujeres, que me han costado mucho, y veréis si digo más, ladrones viejos. Pues si yo viera vuestras maldades, vuestras tiranías, vuestras insolencias, vuestros robos, ¿no dijera más? Dijera más y más, y dijera tanto, que enmendárades el refrán, diciendo: “Más dijera _Mateo Pico_”. Aquí estoy, y digo más, y avisad desto a los habladores de allá; que yo apelo deste refrán con las mil y quinientas[429].
Quedé confuso de mi inadvertencia y desdicha en topar con el mismo _Mateo Pico_. Era un hombrecillo menudo, todo chillido, que parecía que rezumaba[430] de palabras por todas sus conjunturas, zambo de ojos y bizco de piernas, y me parece que le he visto mil veces en diferentes partes.
Quitóse de delante y descubrióse una grandísima redoma de vidrio. Dijéronme que llegase, y vi jigote, que se bullía en un ardor[431] terrible, y andaba danzando por todo el garrafón, y poco a poco se fueron juntando unos pedazos de carne y unas tajadas, y déstas se fué componiendo un brazo, un muslo y una pierna, y, al fin, se coció y enderezó un hombre entero. De todo lo que había visto y pasado me olvidé, y esta visión me dejó tan fuera de mí, que no diferenciaba de los muertos.
--¡Jesús mil veces!--dije--. ¿Qué hombre es éste, nacido en guisado[432], hijo de una redoma?
En esto, oí una voz que salía de la vasija, y dijo:
--¿Qué año es éste?
--De seiscientos y veintidós[433]--respondí.
--Este año esperaba yo.
--¿Quién eres--dije--, que, parido de una redoma, hablas y vives?
--¿No me conoces?--dijo--. La redoma y las tajadas, ¿no te advierten que soy aquel famoso nigromántico de Europa[434]? ¿No has oído decir que me hice tajadas dentro de una redoma para ser inmortal[435]?
--Toda mi vida lo he oído decir--le respondí--; mas túvelo por conversación de la cuna y cuento de entre dijes[436] y babador. ¿Qué tú eres? Yo confieso que lo más que llegué a sospechar fué que eras algún alquimista, que penabas en esa redoma, o algún boticario. Todos mis temores doy por bien empleados por haberte visto.
--Sábete--dijo--que[437] mi nombre no fué del título que me da la ignorancia, aunque tuve muchos; sólo te digo que estudié y escribí muchos libros, y los míos quemaron, no sin dolor de los doctos[438].
--Sí, me acuerdo--dije yo--. Oído he decir que estás enterrado[439] en un convento de religiosos; mas hoy me he desengañado.
--Ya que has venido aquí--dijo--, desatapa esa redoma.
Yo empecé a hacer fuerza y a desmoronar tierra con que estaba enlodado el vidrio de que era hecha, y díjome:
--Espera. Dime primero[440]: ¿hay mucho dinero en España? ¿En qué opinión está el dinero? ¿Qué fuerza alcanza? ¿Qué crédito? ¿Qué valor?
Respondíle:
--No han descaecido las flotas de las Indias, aunque los extranjeros han echado unas sanguijuelas[441] desde España al cerro del Potosí, con que se van restañando las venas y a chupones se empezaron a secar las minas.
--¿Ginoveses[442] andan a la zacapela[443] con el dinero?--dijo él--. Vuélvome jigote. Hijo mío, los ginoveses son lamparones del dinero, enfermedad que procede de tratar con gatos[444]. Y vese que son lamparones porque sólo el dinero que va a Francia[445] no admite ginoveses en su comercio. ¿Salir tenía yo, andando esos usagres de bolsas[446] por las calles? No digo yo hecho jigote en redoma, sino hecho polvos en salvadera quiero estar antes que verlos hechos dueños de todo.
--Señor nigromántico--repliqué yo--, aunque esto es así, han dado en adolecer de caballeros en teniendo caudal, úntanse de señores y enferman de príncipes. Y con esto y los gastos y empréstidos[447] se apolilla la mercancía y se viene todo a repartir en deudas y locuras. Y ordena el demonio que las putas vendan las rentas reales dellos, porque los engañan, los enferman, los enamoran, los roban, y después los hereda el consejo de Hacienda. La verdad adelgaza y no quiebra[448]; en esto se conoce que los ginoveses no son verdad, porque adelgazan y quiebran.
--Animádome has--dijo--con eso. Dispondréme a salir desta vasija--como primero me digas en qué estado está la honra en el mundo.
--Mucho hay que decir en esto--le respondí yo--. Tocado has una tecla del diablo. Todos tienen honra, y todos son honrados, y todos lo hacen todo caso de honra. Hay honra en todos estados, y la honra se está cayendo de su estado, y parece que está ya siete estadios debajo tierra. Si hurtan, dicen que por conservar esta negra de honra, y que quieren más hurtar que pedir. Si piden, dicen que por conservar esta negra honra, y que es mejor pedir que no hurtar. Si levantan un testimonio, si matan a uno, lo mismo dicen; que un hombre honrado[449] antes se ha de dejar morir entre dos paredes, que sujetarse a nadie; y todo lo hacen al revés. Y al fin en el mundo todos han dado en la cuenta, y llaman honra a la comodidad y con presumir de honrados y no serlo se ríen del mundo.
--El diablo puede salir a vivir en ese mundecillo--dijo él[450]--. Considérome yo a los hombres con unas honras títeres, que chillan, bullen y saltan, que parecen honras, y mirado bien son andrajos y palillos[451]. ¿El no decir verdad será mérito? ¿El embuste y la trapaza, caballería? ¿Y la insolencia, donaire? Honrados eran los españoles cuando podían decir deshonestos y borrachos[452] a los extranjeros; mas andan diciendo aquí malas lenguas que ya en España ni el vino se queja de malbebido ni los hombres mueren de sed. En mi tiempo no sabía el vino por dónde subía a las cabezas, y ahora parece que se sube hacia arriba[453]. Pues los maridos, porque tratamos de honras, considero yo que andarán hechos buhoneros[454] de sus mujeres, alabando cada uno a sus agujas. Hay maridos calzadores, que los meten para calzarse la mujer con más descanso y sacarlos fuera ellos. Hay maridos linternas, muy compuestos, muy lucidos, muy bravos, que vistos de noche a escuras parecen estrellas, y llegados cerca son candelilla, cuerno y hierro, rata por cantidad. Otros maridos hay jeringas, que apartados atraen, y llegando se apartan. Pues la cosa más digna de risa es la honra de las mujeres, cuando piden su honra, que es pedir lo que dan. Y si creemos a la gente y a los refranes que dicen: “Lo que arrastra honra[455]”, la honra del marido son las culebras y las faldas. No estoy dos dedos[456] de volverme jigote, dijo el nigromántico, para siempre jamás: no sé qué me sospecho. Dime, ¿hay letrados?