Part 12
[314] “¡Válame Dios, dije, llegándome a Lutero como a mal hombre, por no decir como a mal fraile: te atreviste a decir que no se habían de adorar las imágenes, si en ellas no se adora sino la espiritual grandeza que a nuestro modo representan! Si dices que para acordarte de Dios no has menester imágenes, es verdad y no te las dan para eso, sino para que te muevan afectos la representación de la verdad que reverenciamos y del Señor que amamos sobre todo bien. Como los enamorados, que el retrato de su dama no le traen para acordarse della, pues ya presuponen memoria della en acordarse de que la traen, sino para deleitarse con la parte que se les concede del bien ausente. Dices también que Cristo pagó por todos y que no hay sino vivir como quisiéremos, porque el que me hizo a mí sin mí, me salvará a mí sin mí. Bien me hizo a mí sin mí; pero hecho, siente que yo destruya su obra y manche su pintura y borre su imagen. Y si, como confiesas, sintió en el primer hombre tanto un pecado, que por satisfacerle mostrando su amor murió, ¿cómo te dejas decir que murió para darnos libertad de pecar quien siente tanto que pequemos? Y si murió y padeció Cristo para enseñarnos lo que cuesta un pecado y lo que hemos de huirle, ¿de dónde coliges que murió para darnos licencia para hacer delitos? Que satisfizo por todos es verdad, ¿luego no tenemos que trabajar nosotros? Mientes, pues hay que trabajar en no caer en otros y pagar los cometidos delitos. Enojóse Dios por un pecado, cuando no le debemos sino la creación sola, y ¿no sentiría las culpas, cuando le debemos redempción costosa y trabajosa? Espántome, Lutero, de que supieses nada. ¿De qué te aprovecharon tus letras y agudeza? Más le dijera, si no me enterneciera la desventurada figura en que estaba el miserable Lutero. Estaba ahorcado”, etc. (Edic. de Pamplona, 1631, y Ms. de la Bibl. de las Cortes, F. 3, pág. 109; L. 31, pág. 98).
[315] En _P_: _estaba el miserable Lutero. Estaba ahorcado penando Helyovano, este célebre._
[316] _Helio Eobano hesso._ Este sobrenombre indica su patria en el Hesse, donde nació en 1488. Fué mirado como uno de los primeros poetas latinos de su época. La necesidad le obligó a emprender la Medicina y escribió un Tratado sobre la dieta, que fué recibido con mucho aplauso. Tuvo comunicación estrecha con los sabios más distinguidos de la Alemania protestante y murió en 1540.
[317] “No pude sino suspirar”. (Edic. de Pamplona, 1631).
[318] “Miré por los españoles y no vi corona ninguna española: quedé contentísimo, que no lo sabré decir”. (Ídem).
[319] “y Julio César estaba llamando de traidores a Bruto y Casio. ¡Oh cuáles andaban el mal obispo don Olpas y el conde don Julián, pisando su propia patria y manchándose en sangre cristiana! Allí vi colgados otros muchos de todas naciones, cuando se llegó a mí el portero y dijo:”, etcétera. (Ms. de la Biblioteca de las Cortes, F. 3, y L. 31, págs. 110 y 100).
[320] _Que... que veáis_, repetida la conjunción a causa del inciso.
[321] _¿Cómo, diablos._ Aquí _diablos_ es a manera de voto o exclamación de extrañeza, por tenerse al diablo como autor de maravillas.
[322] _De molde_, por sus historias impresas, _y con licencia_.
[323] _Pesquisidores_, por el abuso de malpesquisar.
[324] “ocicadas, doncellas preñadas como tazas”; y dijo el demonio: “Doncellas son que vinieron al infierno con... fiambre, y por cosa rara se guardan acá”. (Ídem, págs. 110 y 101); “con los virgos fiambres” (_P_).
[325] _Penadas como tazas_, que eran de cuello muy angosto, para que con pena o a duras penas saliese el licor y más lentamente se dejase saborear. PEDRO VEGA, _ps._ 7. v. 11, d. 3: “Las copas, que llaman penadas, porque escasean la bebida, tarda en colar, dura y son mayores sus sabores”. QUEV., _Poem. her._, 1: “Que a las tazas penadas echan retos”.
[326] _Demandadores_, que se visten diferentemente y como que se disfrazan para mendigar. Y demandadores para las ánimas, que se lo gastan en beber.
[327] En _P_: _porque piden para sus misas y consumen ellos con vino, cuanto les dan, sin ser sacerdotes._ (Edic. de Pamplona, 1631).
[328] En vez de mascarones había en el camarín _madres postizas_ o sean terceronas que se hacen madres de las jóvenes que ofrecen, o que venden a sus sobrinas como en trastienda, escondidamente.
[329] En el Ms. citado, por _suegras_ léese _terceras_.
[330] _Peaña_ o _peana_ se decía. T. RAMÓN, _Dom. 21_, _Trin._ 1: “Le tenemos en los sacrarios y peañas sacramentado”. J. PIN., _Agr._, 5, 26: “También se mostró en la peaña el nombre de Academia, luego que la nombrastes”.
[331] Sebastián Quartel, general en Alemania contra el Emperador, tras haber sido su alabardero, tabernero en Roma y borracho en todas partes. (Ms. de la Biblioteca de las Cortes, F. 3, y L. 31, págs. 111 y 102). En _P R_: _Sebastián Gortel._
[332] “por los cuales los hombres se condenan y son condenados”. (Ms., ídem).
[333] En _B_: _Fresno, 31 de abril de 1608._ Y añade: _sub correctione sanctae Matris ecclesiae_ (P).
[334] Castellanos (tomo 1, pág. 428, impresión de 1840) estampó que poseía una censura del _Sueño del infierno_ hecha por fray Antonio Méndez de Santo Domingo. Hoy, según me manifiesta--dice don Aureliano--, no es ya dueño de aquel documento. En él parece que se veía inserto y anatematizado un largo párrafo de la papisa Juana, que el mismo señor Castellanos publicó en el lugar referido. Si es, como se supone, de Quevedo, razón tuvo el censor oponiéndose a que afease obra de tan ingenioso escritor un rasgo de ningún interés, de muy escaso gracejo y de no pequeño escándalo. No se encuentra en ninguno de los antiguos manuscritos.
VISITA DE LOS CHISTES
Las impresiones anteriores al año de 1629 tienen al margen del texto las notillas que copiamos a continuación, y que, expresando el asunto de cada párrafo, constituyen el argumento, digámoslo así, de toda la obra; “Médicos, recetas, cirujanos, sacamuelas, barberos, habladores, chismosos, mentirosos, entremetidos, la muerte, enfadosos, habladores y entremetidos, médicos, los tres enemigos del alma, el dinero contra los tres enemigos del alma, las postrimerías, el infierno, el juicio, malas nuevas, el llanto, el dolor, envidia, la discordia, casamenteros y sastres, la muerte de amores, la muerte de frío, la muerte de miedo, avarientos, la muerte de risa, Joan de la Encina, el Rey que rabió, el rey Perico, Mateo Pico, nigrománticos, ginoveses, honra, maridos, mujeres, letrados, pleitos y pleitear, Venecia, cómo se ha de tratar con los Reyes y Príncipes, Rey de España, Agrages, Arbalias, Chisgaravís, Pero Grullo, profecías y verdades de Pero Grullo, dinero, el dinero es como las mujeres, casados, escribanos y ginoveses, el otro, Calaínos, Cantipalos, dueña Quintañona, don Diego de Noche, Cochitehervite, Trochimoche, doña Fáfula, comedias, autos del Corpus, entremeses, Marizápalos, Marirrabadilla, Marta con sus pollos, alma de Garibay, Perico de los palotes, Pateta, Juan de las calzas blancas, Pedro por demás, el bobo de Coria, Pedro de Urde-males, san Macarro, san Leprisco y san Ciruelo, santo de Pajares, fray Jarro y san Porro, don Diego de Noche, Diego Moreno, marido cornudo”.
A DOÑA MIRENA RIQUEZA
Harto es que me haya quedado algún discurso después que vi a vuesa merced[335], y creo que me dejó éste por ser de la muerte. No se lo dedico porque me lo ampare; llévoselo yo porque le mejore. Designio interesado[336] es el mío, para la enmienda de lo que puede estar escrito con algún desaliño, o imaginado con poca felicidad. No me atrevo yo a encarecer la invención, por no acreditarme de invencionero[337]. Procurado he pulir el estilo y sazonar la pluma con curiosidad. Ni entre la risa me he olvidado de la doctrina. Si me han aprovechado el estudio[338] y la diligencia, le remito a la censura, que vuesa merced hiciera dél, si llega a merecer que le mire. Y podré yo decir entonces que soy dichoso por sueños. Guarde Dios a vuesa merced, que lo mismo hiciera yo. En la prisión y en la Torre, a 6 de abril de 1622.
NOTAS:
[335] “veo a vuesa merced”. (Edic. de Pamplona, 1631: Barcelona, 1635, y todas las posteriores).
[336] “el mayor designio interesado es el mío para la enmienda”. (Ídem).
[337] _Invencionero._ T. RAM., _Dom._, 14, 6: “Algunos grandes, grandes invencioneros de trajes”.
[338] _Estudio_, así en _A_; en la corregida y de don Aureliano: _estilo_.
A QUIEN LEYERE
He querido que la muerte acabe mis discursos como las demás cosas. Quiera Dios que tenga buena suerte. Este es el quinto sueño[339]; no me queda ya que soñar. Y si en la _Visita de los Chistes_ no despierto, no hay que aguardarme[340]. Si te pareciere que ya es mucho sueño, perdona algo la modorra que padezco; y si no, guárdame el sueño[341], que yo seré sietedurmiente[342] de las tales figuras. _Vale._[343]
NOTAS:
[339] “tratado al _Sueño del juicio_, al _Alguacil endemoniado_, al _Infierno_ y al _Mundo por de dentro_”. (Ms. de la Biblioteca Nacional y la edición de Pamplona, 1631).
[340] “Y si en la _Visita de la muerte_”. (Ídem).
[341] _Guardarle el sueño_, cuidarle mientras duerme. ZAMORA, _Monarq. mist._, 2, 5: “Que aquel haber de guardar el sueño a otro a costa del suyo”.
[342] _Sietedurmiente_, muy dormilón, aludiendo a los sietedurmientes, que diz no despertaron en muchos años. Fueron siete hermanos que sufrieron martirio en Éfeso en tiempo de Decio. Habiéndose ocultado en una caverna, fueron emparedados en ella de orden del Emperador. Halláronse ciento cincuenta y siete o ciento ochenta y cuatro años después dormidos en el mismo lugar y vivieron un día. (BALT. ALCÁZ., _Biblióf. Andal._, p. 163). Nótese que _siete_ indica muchedumbre, así _sietepicos_ es la muy parlera, _sieteencarado_ el muy disimulado (_Autos del siglo_ XVI, 3, 285); _sietedoblar_, doblar muchas veces. J. PIN., _Agr._, 5, 40: “Un portal que por sietedoblar los ecos; _sietecueros_, tumor en el dedo; _sietecolores_, cierto pajarito americano; _siete-cabezas_, el que la tiene grande”.
[343] “postrimerías. _Vale_”. (Edic. de Pamplona).
DISCURSO
Están siempre cautelosos y prevenidos los ruines pensamientos, la desesperación cobarde y la tristeza, esperando coger a solas a un desdichado para mostrarse alentados con él. Propia condición de cobardes, en que juntamente hacen ostentación de su malicia y de su vileza. Por bien que lo tengo considerado en otros, me sucedió en mi prisión. Pues habiendo, o por acariciar mi sentimiento o por hacer lisonja a mi melancolía, leído aquellos versos que Lucrecio escribió con tan animosas palabras[344], me vencí de la imaginación, y debajo del peso de tan ponderadas palabras y razones me dejé caer tan postrado con el dolor del desengaño que leí, que ni sé si me desmayé advertido o escandalizado. Para que la confesión de mi flaqueza se pueda disculpar, escribo por introducción a mi discurso la voz del poeta divino, que suena ansí, rigurosa con amenazas tan elegantes:
_Denique si vocem rerum natura repente Mittat et hoc alicui nostrum sic increpet ipsa: Quid tibi tantopere est, mortalis, quod nimis aegris Luctibus indulges? Quid mortem congemis ac fles? Nam si grata fuit tibi vita anteacta, priorque, Et non omnia pertusum congesta quasi in vas Commoda perfluxere atque ingrata interiere: Cur non, ut plenus vitae, conviva, recedis? Aequo animoque capis securam, stulte, quietem?_
Entróseme luego por la memoria de rondón Job dando voces y diciendo:
Al fin, hombre nacido[345] De mujer flaca, de miserias lleno, A breve vida como flor traído, De todo bien y de descanso ajeno, Que, como sombra vana, Huye a la tarde y nace a la mañana.
Con este conocimiento propio acompañaba luego el de la vida, que hicimos, diciendo:
Guerra es la vida del hombre[346] Mientras vive en este suelo, Y sus horas y sus días, Como las del jornalero.
Yo, que arrebatado de la consideración, me vi a los pies de los desengaños, rendido, con lastimoso sentimiento y con celo enojado, repetí a éstos en la fantasía:
¡Qué perezosos pies, qué entretenidos[347] Pasos lleva la muerte por mis daños! El camino me alargan los engaños Y en mí se escandalizan los perdidos. Mis ojos no se dan por entendidos, Y, por descaminar mis desengaños, Me disimulan la verdad los años Y les guardan el sueño a los sentidos. Del vientre a la prisión vine en naciendo, De la prisión iré al sepulcro amando, Y siempre en el sepulcro estaré ardiendo: Cuantos plazos la muerte me va dando, Prolijidades son, que va creciendo, Porque no acabe de morir penando.
Entre estas demandas y respuestas, fatigado y combatido (sospecho que fué cortesía del sueño piadoso, más que de natural), me quedé dormido. Luego que desembarazada el alma se vió ociosa sin la tarea de los sentidos[348] exteriores, me embistió desta manera la comedia siguiente, y así la recitaron mis potencias a escuras, siendo yo para mis fantasías auditorio y teatro.
Fueron entrando unos médicos a caballo en unas mulas, que con gualdrapas negras parecían tumbas con orejas. El paso era divertido, torpe y desigual, de manera que los dueños iban encima en mareta[349] y algunos vaivenes de serradores; la vista asquerosa de puro pasear los ojos por orinales y servicios; las bocas emboscadas en barbas, que apenas se las hallara un brazo; sayos con resabios de vaqueros[350]; guantes en infusión, doblados como los que curan[351]; sortijón[352] en el pulgar con piedra tan grande, que cuando toma el pulso pronostica al enfermo la losa. Eran éstos en gran número, y todos rodeados de platicantes[353], que cursan en lacayos, y, tratando más con las mulas que con los doctores, se gradúan de médicos. Yo, viéndolos, dije:
--Si déstos se hacen estos otros, no es mucho que estos otros nos deshagan a nosotros.
Alrededor venía gran chusma y caterva de boticarios con espátulas desenvainadas y jeringas en ristre, armados de cala[354] en parche, como de punta en blanco. Los medicamentos que éstos venden, aunque estén caducando en las redomas de puro añejos, y los socrocios[355] tengan telarañas, los dan, y así son medicinas redomadas[356] las suyas. El clamor del que muere empieza en el almirez del boticario, va al pasacalles[357] del barbero, paséase por el tableteado[358] de los guantes del dotor, y acábase en las campanas de la iglesia. No hay gente más fiera que estos boticarios. Son armeros de los dotores: ellos les dan armas. No hay cosa suya que no tenga achaques de guerra y que no aluda a armas ofensivas. Jarabes que antes les sobran letras para jara[359], que les falten. Botes[360] se dicen los de pica; espátulas son espadas en su lengua; píldoras son balas; clísteres y melecinas, cañones; y así se llaman cañón de melecina. Y bien mirado, si así se toca la tecla de las purgas, sus tiendas son purgatorios, y ellos los infiernos, los enfermos los condenados[361], y los médicos los diablos. Y es cierto que son diablos los médicos, pues unos y otros andan tras los malos y huyen de los buenos, y todo su fin es que los buenos sean malos y que los malos no sean buenos jamás.
Venían todos vestidos de recetas y coronados de erres[362] asaeteadas, con que empiezan las recetas. Y consideré que los dotores hablan a los boticarios diciendo: _Recipe_, que quiere decir _recibe_. De la misma suerte habla la mala madre a la hija, y la codicia al mal ministro. ¡Pues decir que en la receta hay otra cosa que erres asaeteadas por delincuentes, y luego _Ana_, _Ana_,[363] que juntas hacen un Annás para condenar a un justo! Síguense uncias y más onzas:[364] ¡qué alivio para desollar un cordero enfermo! Y luego ensartan nombres de simples, que parecen invocaciones de demonios: _Buphthálmus_,[365] _opopánax_, _leontopétalon_, _tragoríganum_, _potamogéton senos pugillos_, _diacathalicon_, _petroselinum_, _scilla_ y _rapa_. Y sabido qué quiere decir tan espantosa baraúnda de voces tan rellenas de letrones, son zanahoria, rábanos y perejil y otras suciedades. Y como han oído decir que quien no te conoce te compre,[366] disfrazan las legumbres porque no sean conocidas y las compren los enfermos. _Elingatis_[367] dicen lo que es lamer, _catapotia_ las píldoras, _clyster_ la melecina, _glans_ o _balanus_ la cala, y _errhinae_ el moquear. Y son tales los nombres de sus recetas y tales sus medicinas, que las más veces, de asco de sus porquerías y hediondeces con que persiguen a los enfermos, se huyen las enfermedades.
¿Qué dolor habrá de tan mal gusto, que no se huya de los tuétanos por no aguardar el emplasto de Guillén Serven[368] y verse convertir en baúl una pierna o muslo donde él está? Cuando vi a éstos y a los dotores, entendí cuan mal se dice para notar diferencia aquel asqueroso refrán: “Mucho va del c... al pulso”;[369] que antes no va nada, y sólo van los médicos, pues inmediatamente desde él van al servicio y al orinal a preguntar a los meados lo que no saben, porque Galeno los remitió a la cámara y a la orina. Y como si el orinal les hablase al oído, se le llegan a la oreja, avahándose[370] los barbones con su niebla. ¿Pues verles hacer que se entienden con la cámara por señas, y tomar su parecer al bacín, y su dicho a la hedentina[371]? No les esperara un diablo. ¡Oh malditos pesquisidores contra la vida, pues ahorcan con el garrotillo, degüellan con sangrías, azotan con ventosas, destierran las almas, pues las sacan de la tierra de sus cuerpos sin alma y sin conciencia!
Luego se seguían los cirujanos cargados de pinzas, tientas[372], cauterios, tijeras, navajas, sierras, limas, tenazas y lancetones. Entre ellos se oía una voz muy dolorosa a mis oídos, que decía:
--Corta, arranca, abre, asierra, despedaza, pica, punza, ajigota[373], rebana, descarna y abrasa.
Dióme gran temor, y más verlos el paloteado que hacían con los cauterios y tientas. Unos huesos se me querían entrar de miedo dentro de otros. Híceme un ovillo.
En tanto vinieron unos demonios con unas cadenas de muelas y dientes, haciendo bragueros, y en esto conocí que eran sacamuelas, el oficio más maldito del mundo, pues no sirven sino de despoblar bocas y adelantar la vejez. Éstos, con las muelas ajenas y no ver diente, que no quieran ver antes en su collar que en las quijadas, desconfían[374] a las gentes de Santa Polonia, levantan testimonios a las encías y desempiedran las bocas. No he tenido peor rato que tuve en ver sus gatillos[375] andar tras los dientes ajenos, como si fueran ratones, y pedir dineros por sacar una muela, como si la pusieran.
--¿Quién vendrá acompañado desta maldita canalla?--decía yo.
Y me parecía que aun el diablo era poca cosa para tan maldita gente, cuando veo venir gran ruido de guitarras. Alegréme un poco. Tocaban todos pasacalles y vacas. Que me maten si no son barberos. Ellos[376], que entran. No fué mucha habilidad el acertar. Que esta gente tiene pasacalles infusos y guitarra gratis data[377]. Era de ver puntear[378] a unos y rasgar a otros. Yo decía entre mí:
--¡Dolor de la barba, que, ensayada en saltarenes[379], se ha de ver raspar y del brazo, que ha de recibir una sangría, pasada por chaconas y folías!
Consideré que todos demás ministros del martirio, inducidores de la muerte, estaban en mala moneda y eran oficiales de vellón y hierro viejo, y que solos los barberos se habían trocado en plata[380]. Y entretúveme en verlos manosear una cara, sobajar otra[381] y lo que se huelgan con un testuz en el lavatorio.
Luego comenzó a entrar una gran cantidad de gente. Los primeros eran habladores. Parecían azudas[382] en conversación, cuya música era peor que la de órganos destemplados. Unos hablaban de hilván[383], otros a borbotones, otros a chorretadas, otros habladorísimos hablaban a cántaros. Gente que parece que lleva pujo de decir necedades, como si hubiera tomado alguna purga confeccionada de hojas de Calepino[384] de ocho lenguas. Éstos me dijeron que eran habladores de diluvios, sin escampar[385] de día ni de noche. Gente que habla entre sueños, y que madruga a hablar. Había habladores secos[386] y habladores que llaman del río o del rocío y de la espuma; gente que graniza de perdigones. Otros que llaman tarabilla[387]; gente que se va de palabras como de cámaras, que hablan a toda furia. Había otros habladores nadadores, que hablan nadando con los brazos hacia todas partes y tirando manotadas y coces. Otros jimios, haciendo gestos y visajes. Venían los unos consumiendo a los otros.
Síguense los chismosos, muy solícitos de orejas, muy atentos de ojos, muy encarnizados de malicia. Y andaban hechos uñas de las vidas ajenas, espulgándolos[388] a todos. Venían tras ellos los mentirosos, contentos, muy gordos, risueños y bien vestidos y medrados, que, no teniendo otro oficio, son milagro del mundo, con un gran auditorio de mentecatos y ruines.
Detrás venían los entremetidos, muy soberbios y satisfechos y presumidos, que son las tres lepras de la honra del mundo. Venían injiriéndose en los otros y penetrándose en todo, tejidos y enmarañados en cualquier negocio. Son lapas de la ambición[389] y pulpos de la prosperidad. Estos venían los postreros, según pareció, porque no entró en gran rato nadie. Pregunté que cómo venían tan apartados, y dijéronme unos habladores, sin preguntarlo yo a ellos:
--Estos entremetidos son la quinta esencia de los enfadosos, y por eso no hay otra cosa peor que ellos.
En esto estaba yo considerando la diferencia tan grande del acompañamiento y no sabía imaginar quién pudiese venir.
En esto entró una que parecía mujer, muy galana y llena de coronas, cetros, hoces, abarcas, chapines, tiaras, caperuzas, mitras, monteras, brocados, pellejos, seda, oro, garrotes, diamantes, serones, perlas y guijarros. Un ojo abierto y otro cerrado y vestida y desnuda de todas colores. Por el un lado era moza y por el otro era vieja. Unas veces venía despacio y otras apriesa. Parecía que estaba lejos y estaba cerca. Y cuando pensé que empezaba a entrar, estaba ya a mi cabecera.
Yo me quedé como hombre que le preguntan qué es cosa y cosa[390], viendo tan extraño ajuar y tan desbaratada compostura. No me espantó; suspendióme, y no sin risa, porque, bien mirado, era figura donosa[391]. Pregúntele quién era, y díjome[392]:
--La muerte.
¿La muerte? Quedé pasmado. Y apenas abrigué al corazón algún aliento para respirar, y, muy torpe de lengua, dando trasijos[393] con las razones, la dije:
--Pues ¿a qué vienes?
--Por ti--dijo.
--¡Jesús mil veces! Muérome según eso.
--No te mueres--dijo ella--; vivo has de venir conmigo a hacer una visita a los difuntos. Que pues han venido tantos muertos a los vivos, razón será que vaya un vivo a los muertos y que los muertos sean oídos. ¿Has oído decir que yo ejecuto sin embargo? Alto, ven conmigo.
Perdido de miedo, le dije:
--¿No me dejarás vestir?
--No es menester--respondió--. Que conmigo nadie va vestido, ni soy embarazosa. Yo traigo los trastos de todos, porque vayan más ligeros.
Fuí con ella donde me guiaba. Que no sabré decir por dónde, según iba poseído del espanto. En el camino la dije:
--Yo no veo señas de la muerte[394], porque allá nos la pintan unos huesos descarnados con su guadaña.
Paróse y respondió: