Los muertos mandan

Chapter 24

Chapter 243,966 wordsPublic domain

Y cuando la madre, afligida por las órdenes furiosas, quería unirse a Margalida para buscar el remedio, la reclamaba otra vez su marido junto al lecho. Debía sostener al señor: lo había puesto de lado para examinar y lavar al mismo tiempo el pecho y la espalda. El pacífico Pep había visto de mozo sucesos más estupendos que aquél, y entendía algo de heridas. Al borrar las manchas de sangre con el trapo mojado, dejó al descubierto dos orificios en el busto de don Jaime, uno en el pecho y otro en la espalda... Bueno: la bala le había atravesado el cuerpo; no habría que extraerla, y esto llevaban adelantado.

Con sus manos rústicas, a las que pretendía infundir cierta delicadeza femenil, pugnaba por formar unos tapones de hilas, intraduciéndolos en aquellos orificios de carne rota y sanguinolenta, que seguían vomitando mansamente el rojo líquido. Margalida, frunciendo las cejas y desviando la vista para no encontrarse con los ojos del herido, intervino, apartando a Pep. «¡Deje, padre!»; tal vez ella sabría hacerlo mejor... Y Jaime creyó percibir en su carne viva, sensible, vibrante por el cruel rasguño, una impresión de frescura, de dulce calma al hundirse en ella los tapones manejados por los dedos de la muchacha.

Quedó Jaime inmóvil, sintiendo en la espalda y en el pecho los trapos amontonados por las dos mujeres en su horror a la sangre.

El optimismo que le había animado al doblarse sus piernas y caer junto a la torre volvió a reaparecer. Seguramente, aquello no era nada: una herida insignificante; sentíase mejor. Le molestaba, como si fuese algo inoportuno, el gesto triste y silencioso de los que le rodeaban, y sonrió para animarlos. Intentó hablar, pero el primer intento de palabra le produjo una gran fatiga.

El payés le atajó con un gesto. «¡Quieto, don Jaime: debía permanecer inmóvil!» El médico iba a llegar. Su hijo había montado en la mejor caballería de la casa, para traerlo de San José.

Y al ver a don Jaime con los ojos muy abiertos, persistiendo en su sonrisa animosa, Pep siguió hablando para entretener al herido.

Estaba él durmiendo con la pesadez de un sueño inconmovible, cuando le despertaron las voces y tirones de su mujer, los gritos de los _atlots_ que corrían hacia la puerta queriendo salir. Fuera de la alquería, por la parte de la torre, sonaban tiros. ¡Otro ataque al señor, lo mismo que dos noches antes!... Pepet, al escuchar los últimos disparos, pareció alegrarse. Eran de don Jaime: conocía el estampido de su revólver.

Pep había encendido el farol que le servía para salir al campo, su mujer cogió el candil, y todos corrieron cuesta arriba hacia la torre, sin pensar en el peligro. El primero que encontraron fue el _Ferrer_, moribundo, con la cabeza chorreando sangre, lanzando aullidos y retorciéndose lo mismo que un demonio... Ya había acabado de penar. ¡Que Dios le acogiese en su misericordia! Pep había tenido que ir a las manos con su hijo, rabioso y maligno como un mono, el cual, al ver al moribundo, extrajo de su faja un gran cuchillo, pretendiendo rematarlo. ¿De dónde habría sacado Pepet aquella arma? ¡El demonio son los muchachos! ¡Famoso juguete para un seminarista!...

Y el padre señalaba con los ojos el cuchillo regalado por Febrer al _Capellanet_, que estaba ahora abandonado sobre una silla.

Luego habían descubierto al señor, caído de bruces cerca de la escalera de la torre. ¡Ay, don Jaime, qué susto el de Pep y su familia! Le habían creído muerto. En estos trances es cuando se conoce el cariño que se tiene a las personas. Y el buen payés, con su mirada lacrimosa, parecía besar al herido, acompañándole en esta caricia muda las dos mujeres, que, encogidas junto a la cama, pretendían devolverle la salud con sus ojos.

Esta mirada de cariño y de zozobra dolorosa fue lo último que vio Febrer. Sus ojos se cerraron, y dulcemente fue cayendo en un sopor, sin ensueños, sin delirio, en la blandura gris de la nada, como si su pensamiento se durmiese antes que su cuerpo.

Cuando volvió a abrir los ojos ya no era roja la luz que alumbraba la habitación. Vio el candil colgado en el mismo sitio, con la mecha negra y apagada. Una luz glacial y lívida penetraba por el ventanillo del dormitorio: la luz del amanecer. Jaime experimentó una sensación de frío. Arrancaban de su cuerpo las cubiertas del lecho; unas manos ágiles iban tentando los envoltorios de sus heridas. La carne, insensible pocas horas antes, estremecíase ahora al más leve contacto, con la espeluznante vibración del dolor, despertando un deseo irresistible de quejarse.

El herido, siguiendo con su mirada nebulosa las manos que le martirizaban, vio unas mangas negras, luego una corbata, un cuello de camisa distinto al que usaban los isleños, y encima de todo esto una cara con bigote cano, una cara que había visto otras veces en los caminos, pero no podía asimilar ahora al recuerdo de un hombre. Poco a poco fue reconociéndolo. Debía ser el médico de San José, al que había encontrado en muchas ocasiones a caballo o guiando un carrito; un practicón viejo, calzando alpargatas como los payeses, y que sólo se diferenciaba de éstos por la corbata y el cuello planchado, signos de superioridad social mantenidos por él cuidadosamente.

¡Cómo le atormentaba este hombre al palpar su carne, que parecía haberse endurecido, haciéndose más sensible, con una sensibilidad enfermiza y tímida, cual si se contrajera al simple contacto del aire!... Cuando perdió de vista esta cara, y no sintió ya el martirio de sus manos, sumióse otra vez en el sopor del descanso. Cerró los ojos, pero su oído pareció aguzarse en esta obscuridad. Hablaban en voz baja fuera de la pieza, en la cocina inmediata, y el herido sólo llegó a percibir algunas frases de esta conversación sorda. Una voz desconocida, la del médico, sonaba en medio del angustioso silencio. Felicitábase de que la bala no se hubiese quedado en el cuerpo; indudablemente sólo había atravesado en su trayectoria el pulmón. Aquí un coro de exclamaciones de asombro, de ayes contenidos, y la protesta de la misma voz. «Sí, el pulmón; no había que asustarse. El pulmón se cicatriza con facilidad. Es el órgano más bondadoso del cuerpo.» Sólo había que temer a la pulmonía traumática.

El herido, escuchando esto, persistía en su optimismo. «No es nada; no es nada.» Y otra vez volvía a sumergirse dulcemente en el brumoso mar del sopor, un mar inmenso, terso, pesado, en el que se hundían visiones y sensaciones sin ondulación ni huellas.

Desde este instante Febrer perdió la noción del tiempo y de la realidad. Vivía aún, estaba cierto de ello, pero su vida era anormal, extraña, una larga vida de sombra e inconsciencia, con ligeros intervalos de luz. Abría los ojos y era de noche. El ventanillo estaba negro y la llama del candil lo coloreaba todo de inquietas manchas rojas que danzaban agarradas a las sombras. Volvía a abrirlos cuando sólo consideraba transcurridos unos instantes, y era ya de día. Un rayo de sol entraba en la habitación trazando un redondel de oro a los pies de la cama. Y de este modo se sucedían con una rapidez fantástica el día y la noche, como si se hubiese trastornado para siempre el curso del tiempo. Cuando no era así, la general revolución, en vez de marchar aceleradamente, se inmovilizaba en una monotonía desesperante. Al abrir el herido los ojos era de noche, eternamente de noche, como si el globo viviese condenado a interminables tinieblas. Otras veces brillaba el sol siempre seguido, lo mismo que en los países árticos, sometidos al deslumbramiento irritante de un día de meses.

En un despertar de estos encontró los ojos del _Capellanet_. El muchacho, creyéndole súbitamente mejorado, habló con voz queda para no incurrir en las iras de su padre, que recomendaba el silencio.

Ya habían enterrado al _Ferrer_. El valentón estaba pudriendo tierra. ¡Qué tiros tan certeros los de don Jaime! ¡Qué mano la suya!... Le había deshecho la cabeza.

Recordaba el _atlot_ todo lo ocurrido después, con el orgullo del que ha gozado el honor de presenciar un suceso histórico. Habían llegado de la ciudad el juez con su bastón de borlas, el oficial de la Guardia civil y dos señores que llevaban papeles y tinteros, todos con escolta de tricornios y fusiles. Estos personajes omnipotentes, tras un descanso en _Can Mallorquí_, habían subido a la torre, mirándolo todo, escudriñándolo todo, corriendo el terreno como si quisieran tomar medidas, obligándole a él, ¡al _Capellanet_!, a que se tendiese en el sitio en que habían encontrado a don Jaime, adoptando su misma postura. Luego, unos vecinos piadosos, con la venia del juez, se habían llevado el cadáver del _Ferrer_ al cementerio de San José, y la imponente comitiva de la justicia bajó a la alquería para hacer preguntas al herido. Imposible hablarle. Dormía, y cuando le despertaban miraba a todos con ojos vagos, volviendo a cerrarlos inmediatamente. ¿De veras que no se acordaba el señor?... Ya le preguntarían otra vez, cuando estuviese restablecido. No había cuidado: todas las gentes honradas, lo mismo que la justicia, «estaban a favor de ellos». Como el _Ferrer_ carecía de parientes próximos que le vengasen y se había hecho antipático, los vecinos no tenían interés en callar y todos decían la verdad. El _verro_ había ido dos noches a buscar al señor en su torre, y el señor se había defendido. Era indudable que no le harían nada. Lo afirmaba el _Capellanet_, que por sus aficiones belicosas tenía algo de jurisconsulto. «Defensa propia, don Jaime...» En la isla sólo se hablaba de este suceso. En los cafés y casinos de la ciudad todos le daban la razón. Hasta habían escrito a Palma relatando el hecho para que lo publicasen los diarios. A estas horas sus amigos de Mallorca estarían enterados de todo.

Las actuaciones del proceso iban a ser cortas. Al único que se habían llevado a Ibiza para meterlo en la cárcel era al _Cantó_, por sus amenazas y mentiras. Intentaba hacer creer que era él quien había ido en busca del odiado mallorquín; ensalzaba al _verro_ como una víctima inocente; pero de un momento a otro le pondría en libertad la justicia, cansada de sus trapacerías y embustes. El _atlot_ hablaba de él con desprecio. Aquel gallina no podía darse el lujo de matar a un hombre. ¡Todo farsa!

Otras veces, al abrir el herido sus ojos, veía la figura inmóvil y acurrucada de la mujer de Pep mirándolo fijamente con sus pupilas sin expresión, moviendo los labios como si rezase, interrumpiendo este silabeo mudo con suspiros profundos. Apenas se encontraba con la mirada vidriosa de Febrer, corría a una mesita cubierta de botellas y vasos. Su cariño manifestábase con un incesante deseo de hacerle beber todos los líquidos ordenados por el médico.

Cuando Jaime, en su turbio despertar, encontraba el rostro de Margalida, sentía una impresión placentera que le ayudaba a mantenerse con los ojos abiertos. Las pupilas de la muchacha tenían una expresión adorante y temerosa. Parecía implorar misericordia con sus ojos lagrimeantes, aureolados de azul sobre la blancura monástica y delicada del rostro. «¡Por mí! ¡todo por mí!», decía mudamente, con un gesto de remordimiento.

Se aproximaba a él tímida, vacilante, pero sin rubores que alterasen su palidez, como si lo extraordinario de las circunstancias hubiese vencido a su antiguo encogimiento. Arreglaba el embozo del lecho, desordenado por los movimientos del herido, daba a beber a éste y levantaba con manos maternales su cabeza, para ahuecar la almohada. Llevábase un dedo a los labios para imponerle silencio cuando Febrer intentaba hablar.

Una vez, el herido agarró al paso una de sus manos y se la llevó a la boca, acariciándola con un beso prolongado. Margalida no osó retirarla. Únicamente volvió la cabeza para que no viese sus ojos llenos de lágrimas. Gemía con honda angustia, y el enfermo creyó oír las mismas expresiones de remordimiento que otras veces había adivinado en su mirada. «¡Por mi culpa!... ¡Ha sido por mi culpa!» Jaime experimentó una sensación de alegría ante estas lágrimas. ¡Oh dulce «Flor de almendro»!...

Ya no vio más su cara de fina palidez; sólo distinguió el brillo de sus ojos envueltos en blancas neblinas, como se ve el resplandor del sol en un amanecer tempestuoso. Le zumbaron cruelmente las sienes; su mirada se enturbió. Al dulce sopor de antes, blando y vacío como la nada, fue sucediendo un sueño poblado de visiones incoherentes, de imágenes de fuego vibrantes sobre un fondo de intensa negrura, de tormentos que arrancaban a su pecho gemidos de miedo y alaridos de angustia. Algunas veces, en medio de sus espantosas pesadillas, despertábase por un instante, un instante nada más, lo preciso para reconocerse incorporado en la cama, con los brazos sujetos por otros brazos que intentaban mantenerlo inmóvil. Y de nuevo volvía a sumirse en aquel mundo de sombras, poblado de espantos. En este fugaz despertar, que era semejante a la rápida visión luminosa de un respiradero en la lobreguez de un túnel, reconocía junto a su cara las caras afligidas de la familia de _Can Mallorquí_. Otras veces, sus ojos se encontraron con los del médico, y en una ocasión hasta creyó ver las patillas canosas y los ojos color de aceite de su amigo Pablo Valls. «¡Ilusión! ¡Locura!», pensaba al sumirse de nuevo en su inconsciencia.

Mientras sus ojos permanecían sumidos en este mundo lóbrego surcado por los rojos cometas de la pesadilla, su oído vibraba débilmente en ciertos momentos con palabras que parecían sonar lejos, muy lejos, y sin embargo eran pronunciadas junto a su cama. «Pulmonía traumática... Delirio.» Estas palabras eran repetidas por diversas voces, pero él dudaba que se refiriesen a su persona. Sentíase bien; aquello no era nada: un fuerte deseo de seguir acostado; una renuncia de la vida; la voluptuosidad de estar inmóvil, de permanecer allí hasta que llegase la muerte, que no le infundía ahora miedo alguno.

Su cerebro, desordenado por la fiebre, parecía girar y girar en loca rotación, y este movimiento circulatorio evocaba en su memoria confusa una imagen que la había ocupado muchas veces. Veía una rueda, una enorme rueda, inmensa como el globo terráqueo, perdiéndose su parte más alta en las nubes, hundiéndose el arco inferior entre el polvo sideral que brillaba en la negrura celeste.

La llanta de esta rueda era de carne animada: millones y millones de criaturas soldadas, amasadas, gesticulantes, con las extremidades libres, moviéndolas para convencerse de su soltura y su libertad, mientras sus cuerpos estaban pegados unos a otros. Los rayos de la rueda atraían la atención de Febrer por sus diversas formas. Unos eran espadas con las sangrientas hojas cubiertas de guirnaldas de laurel, símbolo de heroísmo; otros parecían áureos cetros rematados por coronas de rey o de emperador; varas de justicia; barras de oro formadas de monedas superpuestas; báculos con piedras preciosas, símbolos de divino pastoreo desde que los hombres se agruparon en rebaños para balar temerosos con la vista puesta en lo alto. Y el cubo de esta rueda era un cráneo, blanco, limpio, brillante, como si fuese de marfil pulido; un cráneo enorme lo mismo que un planeta, que permanecía inmóvil, mientras todo giraba en torno de él; un cráneo luminoso como la luna, que con sus negras oquedades parecía gesticular malignamente, burlándose silencioso de todo este movimiento.

La rueda giraba y giraba. Los millones de seres sujetos a su continua revolución gritaban y manoteaban entusiasmados y enardecidos por la velocidad. Jaime, tan pronto los veía subiendo a lo más alto, como descendiendo cabeza abajo; pero ellos, en su ilusión, creían marchar rectamente, admirando a cada vuelta nuevos espacios, nuevas cosas. Juzgaban como un lugar desconocido y asombroso el mismo punto por el que habían pasado momentos antes. Ignorando la inmovilidad del centro en torno del cual rodaban, creían con la mejor buena fe que el movimiento era de avance. «¡Cómo corremos! ¿Adonde iremos a parar?» Y Febrer sonreía, apiadado de su simpleza, viéndolos ufanarse de la rapidez de su progreso, cuando estaban en el mismo sitio, de la velocidad de una ascensión que emprendían por milésima vez y había de ser seguida fatalmente por el descenso cabeza abajo.

De pronto, Jaime sintióse empujado por una fuerza irresistible. El gran cráneo le sonreía burlonamente, «Tú también: ¿por qué resistirte a tu destino?» Y se encontraba adosado a la rueda, confundido con aquella humanidad crédula e infantil, pero sin el consuelo de su dulce engaño. Y sus compañeros de viaje le insultaban, le escupían, le golpeaban indignados al enterarse de que negaba su movimiento, y le tenían por loco al poner en duda lo que era visible para todos.

La rueda estallaba, poblando el negro espacio de llamas de explosión, de millares de millones de gritos y estremecimientos, que eran otros tantos seres arrojados a través del misterio de la eternidad. Y él caía y caía, durante años, durante siglos, hasta sentir en su espalda la blandura de la cama... Abría entonces los ojos. Margalida estaba allí, contemplándolo con expresión de terror a la luz del candil. Debían ser las altas horas de la noche. La pobre muchacha suspiraba de miedo mientras le cogía los brazos con sus manecitas temblorosas.

--_¡Don Chaume!¡Ay, don Chaume!..._

Había gritado como un loco; se inclinaba fuera de la cama con marcada intención de caer al suelo; hablaba de una rueda y una calavera. ¿Qué era aquello, don Jaime?...

El enfermo sentía el roce amoroso de unas manos dulces que arreglaban las ropas desordenadas, subían el embozo y lo apretaban en torno de sus hombros maternalmente, con el mismo cuidado acariciador que si fuese un niño.

Febrer, antes de sumirse de nuevo en la inconsciencia, antes de atravesar otra vez las puertas ígneas del delirio, veía próximos a sus ojos los ojos húmedos de Margalida, cada vez más tristes y lagrimeantes en sus círculos azulados; sentía el soplo tibio de su aliento en sus propios labios, y luego estremecerse éstos con un contacto sedoso y húmedo, una caricia leve y tímida semejante al roce de un ala. _«Dorga, don Chaume.»_ El señor debía dormir. Ya pesar del respeto con que hablaba al herido, sus palabras tenían un susurro de cariñosa intimidad, como si don Jaime fuese otro para ella luego que la desgracia los había aproximado.

El delirio de la fiebre empujaba al enfermo por extraños mundos, donde no persistía la más leve forma de realidad. Se veía otra vez en su torre solitaria. El sombrío cubo ya no era de piedra: estaba formado de cráneos, unidos como bloques, por una argamasa hecha de polvo de huesos. De huesos eran también la colina y los peñascos de la costa, y blancos esqueletos las líneas de espuma que coronaban las rompientes del mar. Todo cuanto abarcaba la vista, árboles y montes, buques e islas lejanas, estaba osificado, con una blancura deslumbradora de paisaje glacial. Cráneos con alas, parecidos a los querubines de los cuadros religiosos, revoloteaban en el espacio, lanzando por su mandíbula caída roncos himnos a la gran divinidad que lo llenaba todo con los bullones de su sudario y cuya cabeza de hueso se perdía en las nubes. Él mismo sentía que uñas invisibles le despojaban de su carne, sanguinolentos andrajos que, por haber estado adheridos a él toda una vida, le arrancaban alaridos de dolor al despegarse. Luego se veía mondo y pulido en su blancura de esqueleto, y una voz remota murmuraba una horrible consagración en sus orejas ausentes. «Había llegado el momento de su verdadera grandeza: dejaba de ser hombre para convertirse en muerto. El esclavo había pasado por la gran iniciación, trocándose en semidiós.» ¡Los muertos mandan! No había más que ver con qué supersticioso respeto, con qué miedo servil saludan los vivos en las ciudades a los que se marchan para siempre. El poderoso se descubre ante el mendigo.

Con la potente visión de sus cuencas negras y sin ojos, para los cuales no había distancia ni obstáculos, abarcaba el conjunto de la tierra. ¡Muertos, muertos por todas partes! Lo llenaban todo. Vio tribunales con hombres vestidos de negro, los ojos entornados y el gesto imponente, oyendo las miserias y locuras de sus semejantes, y tras ellos otros tantos esqueletos enormes, con una grandeza de siglos, envueltos en togas, eran los que movían las manos de los jueces cuando éstos escribían y los que soplando sobre sus cabezas les dictaban sus sentencias. ¡Los muertos juzgan! Vio grandes salones de luz cenital con hemiciclos de bancos, y en ellos centenares de hombres que hablaban, vociferaban y gesticulaban en la ruidosa labor de confeccionar leyes. Tras ellos se ocultaban los verdaderos legisladores, los muertos, los diputados con sudario, cuya presencia no adivinaban estos hombres de grandilocuente vanidad, creyendo hablar siempre por inspiración propia. ¡Los muertos legislan! En un momento de duda, bastaba que alguien recordase lo que habían pensado los muertos en otros tiempos para que se restableciese la calma, aceptando todos su opinión. Los muertos eran la única realidad eterna e inmutable. Los hombres de carne un accidente pasajero, una burbuja insignificante que no tardaba en estallar por la hinchazón de su hueca soberbia.

Y vio blancos esqueletos velando como tétricos ángeles a las puertas de las ciudades que eran su obra, vigilando el rebaño apriscado en su interior, repeliendo como reses malditas a los locos irrespetuosos que se negaban a reconocer su autoridad. Vio al pie de los grandes monumentos, de los cuadros de los museos, de los estantes de las bibliotecas, la muda sonrisa de los cráneos, que parecía decir a los hombres: «Admiradnos: ésta es nuestra obra, y cuanto hagáis vosotros debe ser a nuestra semejanza». El mundo entero pertenecía a los muertos. Ellos reinaban. El viviente, al abrir su boca para el alimento, mascaba partículas de los que le antecedieron en el camino de la vida; al recrear ojos y oídos en la belleza, daba el arte obras y patrones de los muertos. Hasta el amor sufría esta servidumbre. La hembra, en sus pudores o sus arrebatos, plagiaba sin saberlo a sus abuelas, que habían sido, según las épocas, tentadoras con una virtud hipócrita o francamente mesalinescas.

El enfermo, en su delirio, empezó a sentirse agobiado por la densidad y el número de estos seres blancos y huesosos, de negros alvéolos y maligna risa, armazones de una vida desaparecida que se empeñaban tenazmente en subsistir, llenándolo todo. Eran tantos, ¡tantos!... Imposible moverse. Febrer tropezaba con sus abombados y limpios costillares, con las agudas aristas de sus caderas, estremeciéndose sus oídos con el chasqueteo de sus rótulas. Le oprimían, le asfixiaban, eran millones de millones: todo el pasado de la humanidad. No encontrando espacio donde poner sus pies, se alineaban en filas unos sobre otros. Eran a modo de una marea montante de huesos que subía y subía hasta alcanzar la cumbre de las más altas montañas y tocar las nubes. Jaime empezaba a ahogarse en esta inundación blanca, dura y crujiente. Gravitaban sobre su pecho con la pesadez de las cosas muertas... Iba a perecer. En su desesperación se asió a una mano que parecía venir de muy lejos, saliendo de la sombra: una mano de vivo, una mano de carne. Tiró de ella, y poco a poco, en la bruma, fue tomando forma la mancha pálida de un rostro. Después de su existencia en aquel mundo de cráneos escuetos y huesos pelados, este rostro humano le causó la misma impresión de grata sorpresa que siente el explorador al encontrarse con la cara de uno de su raza tras larga permanencia entre salvajes.

Siguió tirando de aquella mano, y fue condensándose la vaguedad del rostro, hasta reconocer a Pablo Valls inclinado sobre él, moviendo los labios como si murmurase palabras cariñosas que no podía oír. «¡Otra vez!... ¡Siempre el capitán apareciendo en sus delirios!»