Chapter 23
Y el hombre práctico, el inglés, para no divagar más, cubría otras dos hojas con las explosiones de su indignación contra todo lo que le rodeaba: contra sus hermanos de raza, tímidos y humildes, que besuqueaban la mano enemiga; contra los nietos de los antiguos perseguidores; contra el feroz padre Garau, del que no quedaba ya ni polvo; contra la isla entera, la famosa _Roqueta_, a la que vivían sujetos los suyos por un amor al terruño, pagado siempre con aislamientos e insultos.
«Pero no divaguemos: orden, método y claridad. Sobre todo, escribamos prácticamente. La falta de carácter práctico es lo que nos pierde.»
Y hablaba a continuación de «la Papisa Juana», tremenda señora que Pablo Valls había visto siempre de lejos, por ser para ella la personificación de todas las impiedades revolucionarias y todos los pecados de su raza. «Por este lado no tengas esperanza.» La tía de Febrer sólo se acordaba de él para lamentarse de su mal fin y alabar la justicia del Señor, que castiga a los que caminan por malos senderos y se apartan de las santas tradiciones de la familia. Unas veces le creía en Ibiza la buena señora; otras afirmaba saber con certeza que habían visto a su sobrino en América, dedicado a los más bajos oficios. «De todos modos, cachorro de inquisidor, tu santa tía no se acuerda de ti y no debes esperar de ella el menor auxilio.» Ahora se murmuraba en la ciudad que renunciando definitivamente a las pompas del mundo y tal vez a la «Rosa de Oro» pontifical, que nunca acababa de llegar, entregaría sus bienes a los sacerdotes de su corte, yendo a encerrarse en un convento con todas las comodidades de una dama de privilegio. «La Papisa» se alejaba para siempre; imposible esperar nada de ella. «Y aquí entro yo, pequeño Garau; yo el réprobo, el _chueta_, el rabudo, que deseo ser adorado y reverenciado por ti como si fuese la Providencia.»
Al fin, el hombre práctico, el enemigo de las divagaciones, cumplía su promesa, y el estilo de la carta tornábase conciso, con una sequedad comercial. Primeramente un largo relato de los bienes que aún poseía Jaime antes de partir de Mallorca, esclavos de toda clase de gravámenes e hipotecas; luego una lista de sus acreedores, que era mayor que la de los bienes, seguida de una relación de intereses y obligaciones, enmarañada red en la que se perdía la memoria de Febrer, pero por en medio de la cual caminaba Valls rectamente, con la seguridad de los de su raza para desentrañar los más confusos negocios.
El capitán Pablo había pasado medio año sin escribir a su amigo, pero ocupándose todos los días de sus asuntos. Había peleado con los más feroces usureros de la isla, insultando a unos, venciendo a otros en astucia, valiéndose de la persuasión o de la bravata, avanzando dineros para satisfacer los créditos más urgentes, cuyos tenedores amenazaban con el embargo y la venta. Total: había dejado limpia y sana la fortuna de su amigo, pero ésta resurgía del terrible combate achicada y casi insignificante. Sólo le restaban a Febrer unos miles de duros: tal vez no llegarían a quince; pero mejor era esto que vivir en su antiguo ambiente de gran señor sin tener que comer y sometido a las exigencias de los acreedores. «Ya es hora de que vuelvas. ¿Qué haces ahí? ¿Vas a estar toda tu vida como un Robinsón en esa torre de piratas?» Debía volver inmediatamente, para vivir en alegre modestia. La vida en Mallorca es barata. Además, podía solicitar un empleo del Estado. Con su nombre y sus relaciones no era difícil conseguirlo.
También podía dedicarse al comercio, bajo la dirección y consejo de un hombre como él. Si deseaba viajar, no le sería difícil a Valls buscarle una colocación en Argelia, en Inglaterra o en América. El capitán tenía amigos en todas partes. «Vuelve pronto, pequeño Garau, inquisidor simpático; no te digo más.»
Pasó Febrer el resto de la tarde leyendo la carta o paseando por los alrededores de la torre, conmovido por tales noticias. Los recuerdos de su pasada existencia, amortiguados por la vida solitaria, surgían ahora con el mismo relieve que si fuesen sucesos del día anterior. ¡Los cafés del Borne! ¡Sus amigos del Casino!... ¡Volver allá, pasando de un salto a la vida ciudadana, luego de su reclusión casi salvaje en la torre!... Se marcharía cuanto antes: estaba resuelto a ello. Partiría a la mañana siguiente, aprovechando el viaje de vuelta del mismo vapor que había traído la carta.
El recuerdo de Margalida surgió en su memoria, pretendiendo retenerle en la isla. La veía blanca, con sus adorables redondeces y sus ojos tímidos y bajos, que parecían ocultar como un pecado el negro ardor de sus pupilas. ¡Dejarla! ¡no verla más!... ¡Y ella iba a ser de uno de aquellos bárbaros, que profanarían su belleza usándola en las faenas del campo, convirtiéndola poco a poco en una bestia agrícola, negra, callosa y arrugada!...
Pero una afirmación pesimista le arrancó al poco tiempo de esta duda cruel. Margalida no le amaba, no podía amarle. Un mutismo desconcertante y lágrimas misteriosas era todo lo que él había podido conseguir con sus declaraciones de amor. ¿A qué empeñarse en conquistar lo que a todos parecía imposible? ¿Por qué seguir la lucha sorda con toda la isla, por una mujer que aún no sabía él ciertamente si le amaba?
La alegría de las recientes noticias volvió escéptico a Febrer. «Nadie se muere de amor.» Le costaría un gran esfuerzo abandonar aquella tierra al día siguiente; experimentaría honda tristeza al perder de vista la blancura africana de _Can Mallorquí_. Pero al sentirse libre del ambiente de la isla y volver a su antigua existencia, tal vez no fuese Margalida más que un pálido recuerdo, y él reiría el primero de esta pasión de una _atlota_ hija de un antiguo arrendatario de su familia.
No vaciló más. Esta noche la pasaría en la soledad de la torre, como un hombre primitivo de los que viven acechados por el peligro, dispuestos a matar; a la noche siguiente estaría sentado ante la mesa de un café, bajo el resplandor de los focos eléctricos, viendo carruajes junto a las aceras y pasando por el centro del Borne mujeres más hermosas que Margalida. «¡A Mallorca!» No viviría en un palacio: el caserón de los Febrer lo perdía para siempre en el arreglo revolucionario y salvador ideado por el amigo Valls; pero no le faltaría una casita pequeña y limpia en el Terreno u otro barrio vecino al mar, y en ella la compañía y los cuidados maternales de _madó_ Antonia. Ninguna tristeza, ninguna vergüenza le esperaba allá. Hasta se vería libre de don Benito Valls y de su hija, a los que había abandonado de un modo incorrecto, sin palabras de excusa. El rico _chueta_, según anunciaba su hermano en la carta, vivía ahora en Barcelona para cuidar mejor de su salud. Indudablemente, como creía el capitán Pablo, este viaje era para encontrar un yerno lejos de las preocupaciones que perseguían en la isla a los de su raza.
Al cerrar la noche llegó el _Capellanet_ llevando la cesta de la cena. Mientras Febrer comía ávidamente, con el buen apetito de la alegría, el muchacho anduvo por la habitación, atisbando con ojos ansiosos, por si podía encontrar aquella carta que había excitado su curiosidad. «Nada.» La alegría del señor acabó por contagiarle, y rio también, sin saber de qué, creyéndose obligado a mostrar buen humor, ya que don Jaime estaba contento.
Febrer bromeó sobre su próxima ida al Seminario. Pensaba hacerle un regalo, pero un regalo extraordinario, como él no podía imaginárselo, y al lado del cual nada valdría el cuchillo. Sus ojos, al decir esto, miraban la escopeta colgada del muro.
Cuando se fue el muchacho, cerró la puerta y se entretuvo a la luz de la vela en hacer el inventario y distribución de los objetos que llenaban su vivienda. En un antiguo arcón de madera, tallado a cuchillo groseramente, estaban dobladas con cuidado por Margalida, entre hierbas olorosas, las ropas con que había llegado él de Mallorca. Las vestiría a la mañana siguiente. Pensó con cierto terror en el suplicio de las botas y el tormento del cuello de la camisa, después de su larga temporada de campestre libertad; pero quería salir de la isla lo mismo que había venido a ella. Lo demás lo regalaba a Pep y la escopeta a su hijo, riendo del gesto del pequeño seminarista ante este presente, que llegaba algo tarde... Ya cazaría, con ella cuando fuese cura de uno de los _cuartones_ de la isla.
Volvió a sacar del bolsillo la carta de Valls, complaciéndose en leerla lentamente, como si cada vez encontrase en su texto nuevas noticias. Mientras leía estos párrafos, que ya le eran familiares, su pensamiento trabajaba aparte a impulsos de la alegría. ¡El buen amigo Pablo! ¡Y qué a tiempo llegaban sus consejos!... Le sacaba de Ibiza en el instante más oportuno, cuando se veía en guerra abierta con todas aquellas gentes rudas, que deseaban la muerte del forastero. No se equivocaba el capitán. ¿Qué hacía allí, como un Robinsón, que ni siquiera podía disfrutar la placidez de la soledad?... Valls, oportuno como siempre, le libraba del peligro.
Su vida de horas antes, cuando aún no había recibido la carta, parecíale absurda y ridícula.. Ahora era otro hombre. Sonreía con lástima y vergüenza de aquel loco que el día anterior, llevando la escopeta al hombro, había emprendido el camino de la montaña para buscar a un antiguo presidiario, retándolo a bárbaro combate en la soledad del bosque. ¡Como si toda la vida del planeta estuviese concentrada en la pequeña isla y hubiera que matar para poder existir en ella!... ¡Como si no hubiese vida ni civilización más allá de la sábana azul que rodeaba a este pedazo de tierra, con su grupo humano de almas primitivas, petrificadas en las costumbres de otros siglos! Ésta era la última noche de su existencia salvaje. Al día siguiente, todo lo ocurrido no sería más que una aglomeración de recuerdos interesantes, con cuyo relato podría entretener a sus amigos del Borne.
Cortó Febrer repentinamente sus pensamientos, separando los ojos del papel. Al encontrar su mirada una mitad de la habitación en la sombra y otra mitad en una luz rojiza que hacía temblar los objetos, pareció volver del lejano viaje al que le arrastraba su imaginación. Aún vivía en la torre del Pirata; aún estaba en medio de lobregueces, de una soledad poblada por los rumores de la Naturaleza, en el interior de un cubo de piedra cuyas paredes parecían sudar lóbrego misterio.
Algo había sonado fuera de la torre: un grito, un aullido, distinto del de la otra noche, más sofocado, más lejano. Jaime tuvo la sensación de que este grito venía de muy cerca, de que tal vez lo lanzaba alguien oculto en los grupos de tamariscos.
Concentró su atención, y al poco rato el aullido volvió a sonar. Era el mismo _aucamiento_ de la otra noche, pero sordo, quedo, ronco, como si el que lo lanzaba tuviese miedo de que el grito se esparciese demasiado, colocando sus manos en torno a la boca para enviarlo con esta bocina natural únicamente hacia la torre.
Pasada la primera sorpresa, rio silenciosamente, encogiendo los hombros. No pensaba moverse. ¿Qué le importaban ya estas costumbres primitivas, estos retos de payeses? «Aúlla, buen hombre; grita hasta que te canses: estoy sordo.»
Y para distraer su atención volvió a leer la carta, complaciéndose en el saboreo de la larga lista de acreedores, muchos de cuyos nombres evocaban visiones coléricas o grotescos recuerdos.
El aullido continuó sonando a largos intervalos, y cada vez que su ronca estridencia cortaba el silencio, Febrer se estremecía de impaciencia y de cólera. «¡Cristo! ¿Iba a pasar así la noche, desvelado por esta serenata amenazadora?...»
Pensó que tal vez el enemigo, oculto en la maleza, veía las rendijas de la puerta iluminadas y esto le hacía persistir en sus provocaciones. Apagó la vela y se tendió en la cama, experimentando una sensación de bienestar al verse en la obscuridad, con la espalda hundida en las crujientes blanduras del jergón. Podía aullar horas y horas hasta perder la voz aquel bárbaro. Él no quería moverse. ¿Qué le importaban sus insultos?... Y rio con una alegría de bienestar animal, en la blandura de su lecho, mientras el otro enronquecía oculto tras los matorrales, con el arma preparada y el ojo atento. ¡Qué chasco para el enemigo!...
Febrer casi se durmió arrullado por estos gritos de amenaza. Había colocado tras la puerta la misma barricada de la noche anterior. Mientras sonasen los gritos tenía la certeza de que ningún peligro le amenazaba. De pronto, se incorporó, repeliendo ese sopor que precede al sueño. Ya no sonaban aullidos. Lo que le había desvelado era el misterio del silencio, más amenazador e inquietante que las vociferaciones de la hostilidad.
Avanzando la cabeza, creyó percibir entre los rumores confusos y fundidos de la respiración nocturna un roce, un leve crujir de madera, algo semejante al ligero peso de un gato trepando de peldaño en peldaño por la escala de la torre, con largas pausas de inmovilidad.
Jaime buscó el revólver y aguardó con él en la diestra. El arma parecía temblar entre sus dedos. Comenzaba a sentir la cólera del hombre fuerte que adivina junto a su puerta el rondar de un enemigo.
La lenta ascensión se detuvo, tal vez en mitad de la escala, y tras largo silencio, oyó el solitario una voz queda, una voz que sonaba sólo para él. Era la voz del _Ferrer_: la reconocía. Le invitaba a salir; le llamaba cobarde, uniendo a este insulto otras injurias para la odiada isla donde había nacido.
Con irreflexivo impulso, se levantó Jaime de la cama, sonando ruidosamente el jergón bajo el hundimiento de sus rodillas. Al estar de pie, en la obscuridad, con el revólver en la mano, volvió a tenerse lástima por este movimiento y a despreciar a su retador. ¿Por qué hacerle caso? Debía volver a acostarse... Hubo una larga pausa, como si el enemigo, al escuchar los crujimientos del jergón, esperase que el habitante de la torre fuera a salir de un momento a otro. Pero transcurrió algún tiempo, y la voz ronca e injuriosa volvió a sonar en la calma de la noche. Le llamaba cobarde otra vez; invitaba a salir al mallorquín. «Sal, hijo de...»
Febrer, ante este insulto, tembló, guardándose el revólver en la faja. ¡Su madre, su pobre madre, pálida, enferma, dulce como una santa, resucitando con el más infamante de los insultos en la boca de aquel presidiario!...
Anduvo instintivamente hacia la puerta, tropezando a los pocos pasos con la mesa y las sillas amontonadas. No; la puerta no... Un rectángulo de luz brumosa y azul se marcó en el muro lóbrego. Jaime acababa de abrir la ventana. El fulgor sideral iluminó débilmente la contracción de su rostro, un rictus frío, desesperado, cruel, que le daba gran semejanza con el comendador don Príamo y otros navegantes de guerra y destrucción, cuyos retratos se empolvaban en el palacio de Mallorca.
Sentóse en el alféizar, echando las piernas fuera, y lentamente empezó a descender, tanteando con los pies las oquedades del muro para evitar que rodasen piedras sueltas, denunciándole con su estrépito.
Al tocar tierra sacó el revólver de la faja, y agachándose, casi de rodillas, con una mano en el suelo, comenzó a seguir el contorno de la base de la torre. Sus pies se enredaron en las raíces de los tamariscos que el viento había dejado al descubierto, y se hundían en la arena como marañas de serpientes negras. Cada vez que un tropezón de éstos le hacía vacilar, obligándole a rudos tirones para seguir adelante, cada vez que una piedra rodaba o crujía, deteníase, conteniendo su respiración. Temblaba, no de miedo, sino de ansiedad y zozobra, con la inquietud del cazador que teme llegar tarde. ¡Ah, si caía sobre el enemigo, si le pillaba cerca de la puerta, lanzando a media voz sus mortales injurias!...
Arrastrándose como una bestia, casi a flor del suelo, llegó a ver el extremo inferior de su escala, luego los peldaños superiores, y al fin la puerta negra en mitad del cubo de la torre, que aparecía blanco bajo el fulgor de las estrellas. ¡Nadie! El enemigo había huido.
La sorpresa le hizo incorporarse, avizorando con inquietud la negra y ondulante mancha de matorrales que se extendía ladera abajo. Este examen duró poco. Un culebreo rojo, una ondulación llameante y breve, seguida de una nubecilla y de un trueno, salió de entre los tamariscos, a corta distancia de él. Jaime creyó recibir en el pecho una piedra, un guijarro caliente que tal vez había hecho saltar el estrépito de la detonación.
«¡No es nada!», pensó.
Pero al mismo tiempo viose en el suelo, sin saber cómo, tendido de espaldas.
«¡No es nada!», pensó otra vez.
Y revolviéndose instintivamente, dio la vuelta, quedando con el pecho en tierra, apoyado en una mano y tendiendo la otra, que empuñaba el revólver. Sentíase fuerte, repetía en su interior que aquello no era nada, pero el cuerpo se negó con súbita torpeza a obedecer su voluntad. Parecía pegado al suelo por una dolorosa simpatía.
Vio agitarse los matorrales como movidos por una bestia obscura, cautelosa y maligna. Allí estaba el enemigo. Primero avanzó la cabeza, luego el busto, al fin sacó las piernas de entre el ramaje crujidor.
Febrer, con la rápida visión que acompaña al ahogado y al moribundo en sus últimos instantes, visión en la que se concentran los fugitivos recuerdos de toda la vida anterior, pensó en su juventud, cuando tiraba a la pistola en el jardín de Palma tendido en el suelo y fingiéndose herido, como un ensayo de ilusorios encuentros. Por primera vez iba a servirle esta caprichosa precaución.
Vio claramente el bulto negro del enemigo inmóvil ante el punto de mira de su revólver. Le vio cada vez más turbio, más indeciso, como si la noche se obscureciese por momentos. Avanzaba cautelosamente, también con un arma en la mano, sin duda para rematarlo. Entonces tiró del gatillo una, y otra, y otra vez, creyendo que el arma no funcionaba, sin llegar a oír sus detonaciones, diciéndose en su desesperación que el enemigo iba a caer sobre él, privado de defensa. Ya no le veía. Una niebla blanca se extendió ante sus ojos; le zumbaron los oídos... Pero cuando creía sentir cerca de él a su contrario, la niebla se deshizo, volvió a ver la luz tranquila y azul de la noche, y a pocos pasos, tendido igualmente en el suelo, un cuerpo que se revolvía, que se arqueaba, arañando la tierra, lanzando un ronquido angustioso, un hipo de muerte.
Jaime no pudo comprender este prodigio. ¿Realmente era él quien había tirado?...
Quiso levantarse, y sus manos, al palpar el suelo, chapotearon en un barro denso y caliente. Se tocó el pecho, y también lo encontró mojado por algo tibio y espeso que chorreaba en hilillos sutiles e incesantes. Intentó contraer las piernas para arrodillarse, y las piernas no le obedecieron. Sólo entonces se convenció de que estaba herido.
Sus ojos perdieron la limpieza de su visión. Contempló doble la torre, luego triple, después toda una cortina de cubos de piedra que se extendía por la costa hundiéndose mar adentro. Esparcióse un gusto acre por su paladar y sus labios. Le pareció que bebía algo caliente y viscoso, pero que lo bebía al revés, por un capricho del mecanismo de su vida, viniendo el extraño licor a su paladar desde lo más recóndito de sus entrañas. El bulto negro que se revolvía entre ronquidos a pocos pasos de él agrandábase cada vez que en sus contorsiones tocaba el suelo. Era ya una bestia apocalíptica, un monstruo de la noche que al arquearse llegaba a las estrellas.
El ladrido de un perro y voces de personas disolvieron estas fantasmagorías de la soledad. De la sombra surgieron luces.
--_¡Don Chaume!¡Don Chaume!..._
¿De quién era esta voz femenil? ¿Dónde la había oído?...
Vio bultos negros que se movían, que se inclinaban, llevando en las manos estrellas rojas. Vio un hombre que retenía a otro más pequeño, y en la mano de este último un relámpago blanco, tal vez un cuchillo, con el que pretendía rematar al monstruo pataleante.
No vio más. Sintió que unos brazos suaves, de fina epidermis y dulce calor, le cogían la cabeza. Una voz, la misma de antes, trémula y llorosa, sonó en sus oídos:
--_¡Don Chaume!¡Ay, don Chaume!..._
Percibió en su boca un roce dulce, algo suave que le acariciaba sedosamente, y poco a poco fue extremando su contacto hasta convertirse en un beso frenético, desesperado, rabioso de dolor.
El herido, antes de perder la vista, sonrió débilmente al reconocer junto a sus ojos unos ojos lacrimosos de amor y de pena: los ojos de Margalida.
IV
Al verse Febrer en una pieza de _Can Mallorquí_, tendido en una cama alta--tal vez la cama de Margalida--, fue dándose cuenta de lo ocurrido poco antes.
Había llegado por su pie a la alquería, apoyado en Pep y su hijo, sintiendo a sus espaldas unas manos de simpático tacto que parecían temblar. Eran remembranzas vagas, imprecisas, rodeadas de un nimbo de blanca niebla; algo semejante a la confusa memoria de hechos y palabras luego de un día de embriaguez.
Recordaba que su frente había buscado con mortal pereza un apoyo en el hombro de Pep; que las fuerzas le iban abandonando, como si la vida se escapase con el chorreo caliente y viscoso que cosquilleaba a lo largo de su pecho y su espalda. Recordaba también que tras sus pasos sonaban gemidos sordos, palabras entrecortadas implorando el auxilio de todos los poderes celestiales. Y él, en medio de su debilidad, latentes las sienes por el zumbido cerebral que acompaña al desvanecimiento, hacía esfuerzos para concentrar sus energías en las piernas, avanzando paso tras paso, con el temor de quedarse para siempre en el camino. ¡Qué interminable la bajada a _Can Mallorquí_! Había durado horas, había durado días: en su memoria obscura aparecía esta marcha casi tan larga como toda su vida anterior.
Cuando brazos amigos le ayudaron a subir al lecho y a la luz de un candil fueron despojándolo de sus ropas, experimentó Febrer una sensación de bienestar y descanso. ¡No levantarse más de estas blanduras! ¡Permanecer en ellas para siempre!...
¡Sangre!... El rojo escandaloso de la sangre por todas partes: en la chaqueta y la camisa, que cayeron como guiñapos al pie de la cama; en la blancura rígida de las gruesas sábanas; en el cubo de agua que se iba coloreando al mojar Pep un trapo para lavar el busto del herido. Cada prenda arrancada de su cuerpo esparcía en torno una menuda lluvia. Las ropas interiores despegábanse de la carne con un tirón doloroso. La luz del candil, en su llamear vacilante, sacaba de las sombras una eterna nota roja.
Las mujeres prorrumpían en lamentos. La madre de Margalida, olvidando toda prudencia, juntaba las manos y elevaba los ojos con una expresión de terror. «¡Reina Santísima!...» Febrer, a quien el descanso en la cama había devuelto la serenidad, extrañábase de estas exclamaciones. Él se sentía bien: ¿por qué se alarmaban de tal modo las mujeres? Margalida, silenciosa, con los ojos agrandados por el terror, iba de un lado a otro, revolviendo ropas, abriendo arcas, con la precipitación del miedo, pero sin aturdirse al oír los gritos furiosos de su padre.
El buen Pep, ceñudo, con una palidez verdosa en su tez obscura, manejaba al herido al mismo tiempo que daba órdenes. «¡Hilas! ¡muchas hilas!... ¡Silencio las hembras! ¿A qué tantos gritos y lamentos?...» Lo que debía hacer su mujer era ir en busca de cierto pucherete que contenía un ungüento maravilloso guardado a prevención desde los tiempos de su valeroso padre, un _verro_ temible habituado a las heridas.