Chapter 22
El perro de _Can Mallorquí_, excitado por los disparos, ladraba lúgubremente. A lo lejos, otros perros le contestaban. El aullido del hombre se alejó, con incesantes repeticiones, cada vez más remoto, más débil, hundiéndose en el misterio azul de la noche.
III
Apenas rompió el día, el _Capellanet_ se presentó en la torre.
Lo había oído todo. Su padre, que tenía el sueño fuerte, no estaba tal vez enterado a aquellas horas del suceso. Ya podía ladrar el perro y sonar junto a la alquería tantos disparos como en una guerra; el buen Pep, cuando se acostaba cansado de sus faenas diurnas, era insensible como un muerto. Los demás de la casa habían pasado una noche de angustias. La madre, luego de varios intentos para despertar a su esposo, sin conseguir otro éxito que palabras incoherentes seguidas de nuevos ronquidos, había rezado hasta el amanecer por el alma del señor de la torre, creyéndolo muerto. Margalida, que dormía cerca de su hermano, le había llamado con voz queda y angustiosa al oír los primeros tiros. «¿Oyes, Pepet?...»
La pobre muchacha se había incorporado en la cama, encendiendo el candil; a su luz la había visto el _atlot_, con el rostro pálido y unos ojos de loca. Ella, tan pudorosa y tímida, mostraba en su agitación los mayores secretos de su desnudez, olvidada de todo, retorciéndose los brazos, llevándose las manos a la cabeza. «Habían matado a don Jaime: se lo anunciaba el corazón.» Y temblaba con el eco lejano de nuevos disparos. «Un verdadero rosario de tiros», según decía el _Capellanet_, había contestado a las dos primeras detonaciones.
--Ésos fueron de usted, ¿verdad, don Jaime?--continuó el muchacho--. Los conocí al momento y se lo dije a Margalida. Recuerdo la tarde que disparó usted el revólver en la playa. Yo tengo mucho oído para estas cosas.
Luego contó la desesperación de su hermana, buscando las ropas en silencio, queriendo vestirse para correr a la torre. Pepet la acompañaría. Pero después, súbitamente acobardada, ya no quiso ir. Sólo sabía llorar, y se opuso a que el muchacho cumpliera su propósito de escaparse por las bardas del corral.
Habían oído el _auquido_ junto a la alquería, mucho después de los disparos; y al hablar de este grito, sonreía el muchacho con aire malicioso. Luego, Margalida, súbitamente tranquilizada por las palabras de su hermano, había callado, quedando inmóvil en el lecho; pero durante toda la noche oyó el _Capellanet_ suspiros de angustia y un ligero murmullo, como si debajo del embozo una voz queda murmurase palabras y palabras con incansable monotonía. También la joven había estado rezando.
Después, al esparcirse la luz del alba, se levantaron todos, menos el padre, que seguía en su plácido sueño. Al asomarse las mujeres al porche, dominadas por los más lúgubres pensamientos, esperaban presenciar un cuadro horroroso: la torre destruida y colgando sobre sus ruinas el cadáver del señor. Pero el _Capellanet_ había reído al ver la puerta abierta, y junto a ella, como en otras mañanas, a don Jaime, con el busto desnudo, chapuzándose en un balde que él mismo traía de la costa lleno de agua del mar.
No se había equivocado al reírse de los terrores de las mujeres. «A su don Jaime no había quien lo matase. Y esto lo decía él, que entendía de hombres.»
Luego, tras el breve relato que le hizo el señor de todo lo ocurrido en la noche, examinó, entornando los ojos con una expresión de inteligente, los dos agujeros abiertos por las balas en la pared.
--¿Y usted tenía la cabeza aquí, donde la tengo yo?... ¡Futro!...
Su mirada reflejó admiración, devota idolatría, ante aquel hombre portentoso que acababa de salvarse por un verdadero milagro.
Febrer interrogó al muchacho sobre el supuesto agresor, fiando en su conocimiento de las gentes del país, y el _Capellanet_ sonrió con aire de persona importante. Había escuchado el aullido. Era el mismo modo de _aucar_ que tenía el _Cantó_: muchos se hubiesen imaginado que era él. Lo mismo aullaba en las serenatas, en las tardes de baile y a la salida de los cortejos.
--Pero no es él, don Jaime: estoy seguro. Si al _Cantó_ le preguntan, dirá que sí por darse importancia. Pero era el otro, el _Ferrer_, le conocí la voz, y Margalida cree lo mismo.
A continuación, con gesto grave, habló del necio miedo de las mujeres, que sostenían la necesidad de avisar a la Guardia civil de San José.
--Usted no hará eso. ¿Verdad, don Jaime, que es un disparate? Los civiles sólo sirven para los cobardes.
La sonrisa despectiva y el encogimiento de hombros con que le contestó Febrer devolvieron al muchacho su aspecto alegre.
--Ya me lo figuraba yo: eso no se usa en la isla. ¡Pero como usted es forastero!... Hace usted bien: cada hombre debe defenderse él mismo; para eso es hombre; y en caso apurado, buscar a los amigos.
Y al decir esto pavoneábase, resumiendo en su persona toda la ayuda poderosa con que podía contar don Jaime en momentos de peligro.
El _Capellanet_ quiso sacar provecho de este suceso, aconsejando al señor la conveniencia de llevarle a vivir en la torre. Si él se lo pedía al _siñó_ Pep, éste no era capaz de negarle tal favor. Le convenía a don Jaime tenerle a su lado: siempre serían dos para defenderse. Y para apoyar la urgencia de la petición, recordaba el enfado del _siñó_ Pep, y la certeza de que éste iba a llevarlo a Ibiza a principios de la semana próxima, para encerrarle en el Seminario. ¿Qué haría el señor cuando se viese privado del más fiel de sus amigos?...
Queriendo demostrar la utilidad de su presencia, censuraba los olvidos de Febrer en la noche anterior. ¿A quién podía ocurrírsele asomar la cabeza a la puerta cuando de fuera le estaban _aucando_ con el arma preparada? Por milagro no lo habían matado. ¿Y la lección que él le dio? ¿No recordaba su consejo de bajar por la ventana, a espaldas de la torre, para sorprender al enemigo?...
--Es verdad--dijo Jaime, realmente avergonzado de su olvido.
El _Capellanet_, que saboreaba orgulloso el éxito de estos consejos, tuvo un sobresalto al mirar por el hueco de la puerta.
--_¡El pare!..._
Pep subía la cuesta lentamente, con los brazos atrás y el aspecto meditabundo. El muchacho se alarmó al verle. Indudablemente, venía malhumorado por las recientes noticias: no le convenía encontrarse con él. Y repitiendo a Febrer una vez más la conveniencia de que le guardase como compañero, echó las piernas fuera de la ventana, apoyó su vientre en el alféizar, y se deslizó por el muro.
El payés, al entrar en la torre, habló sin ninguna emoción del suceso de la noche anterior, como si fuese un hecho normal que sólo alteraba levemente la monotonía de la vida del campo. Las mujeres le habían contado... él tenía un sueño pesadísimo... ¿De modo que no había sido nada?...
Escuchó con los ojos bajos y los pulgares juntos el breve relato del señor. Luego fue a la puerta, para contemplar las huellas de los proyectiles.
--Un milagro, don Jaime, un verdadero milagro.
Volvió a su silla, permaneciendo inmóvil largo rato, como si le costase un gran esfuerzo interior hacer funcionar su tardo pensamiento.
--El demonio anda en libertad, señor... Era de esperar; ya lo dije yo... Cuando se quieren cosas imposibles, todo se enreda y se acaba la paz.
Luego, levantando la cabeza, fijó sus ojos fríos y escrutadores en don Jaime. Habría que avisar al alcalde; habría que decir todo esto a la Guardia civil.
Febrer hizo un gesto negativo. No; era un asunto de hombres, que debía ventilar él mismo.
Pep quedó con la vista fija en el señor, de un modo enigmático, como si en su pensamiento luchasen encontradas ideas.
--Hace usted bien--dijo al poco rato el cachazudo payés.
Los forasteros pensaban de distinto modo, pero él se alegraba de que el señor dijese lo mismo que decía su pobre padre (que en santa gloria esté). En la isla todos pensaban igual: lo antiguo era lo cierto.
Luego, Pep, sin consultar al señor, expuso su propósito de ayudarle en su defensa. Era un deber de amistad. Él tenía su escopeta en la casa. Hacía tiempo que no la usaba, pero en sus mocedades, cuando vivía su famoso padre (que en santa gloria esté), había sido un regular tirador. Vendría a pasar las noches en la torre, al lado de don Jaime, para que éste no viviese solo, expuesto a una sorpresa durante el sueño.
Tampoco se extrañó el payés de la rotunda negativa del señor, algo ofendido por la proposición. Él era un hombre, no un chiquillo necesitado de compañía. Cada uno en su casa, y podía venir lo que la suerte quisiera.
Pep asintió igualmente con movimientos de cabeza a estas palabras. Lo mismo decía su padre, y como él todas las personas de bien que seguían los antiguos usos. Parecía Febrer un hijo verdadero de la isla... Luego, ablandado por la admiración que le inspiraba la energía de don Jaime, le propuso otro arreglo. Ya que el señor no quería compañía en su torre, podía bajar a dormir en _Can Mallorquí_. Una cama se la improvisarían en cualquier parte.
Febrer sintióse tentado por la proposición. ¡Ver a Margalida!... Pero el tono de flojedad con que el padre le invitaba y el gesto inquieto con que aguardó su respuesta le hicieron desistir. No; muchas gracias, Pep se quedaba en la torre. Podían creer que cambiaba de vivienda a impulsos del miedo.
El payés volvió a mover la cabeza con signos de asentimiento. Comprendía esta actitud; lo mismo haría él en su situación. Pero esto no era obstáculo para que Pep durmiese menos por la noche, y si oía gritos o tiros cerca de la torre saliese al campo con su vieja escopeta.
Y como si esta obligación que se imponía de dormir con zozobra, pronto a exponer la piel en defensa de su antiguo amo, rompiese la calma en que se había mantenido hasta entonces, el payés elevó los ojos y juntó sus manos:
--_¡Ay, Siñor!¡Siñor!..._
El diablo andaba suelto; volvía a repetirlo: ya no había tranquilidad. Todo por no creerle a él; por ir contra la corriente de los usos antiguos, que establecieron personas más sabias que las de ahora... ¿En qué pararía todo esto?
Febrer intentó tranquilizar al payés, y se le escapó un pensamiento que deseaba mantener oculto. Podía tranquilizarse Pep. Él se marchaba para siempre, no queriendo turbar su paz y la de su familia.
¡Ah! ¿Era de veras que se iba el señor?... La alegría del campesino fue tan grande y tan viva su sorpresa, que Jaime quedó indeciso. Le pareció ver en los ojillos del rústico, animados por el gozo de la noticia inesperada, cierta malicia. ¿Si creería aquel isleño que su repentino viaje era por huir de los enemigos?...
--Me voy--dijo mirando a Pep con hostilidad--, pero no sé cuándo. Más adelante... cuando me parezca. Antes tengo que vivir aquí, para que me encuentre el que me busque.
Pep tuvo un gesto de resignación: se desvaneció su alegría; pero estuvo próximo a asentir también a estas palabras, añadiendo que lo mismo hubiese hecho su padre y lo mismo creía él.
Cuando el payés se levantó para marcharse, Febrer, que estaba junto a la puerta, distinguió cerca de la alquería al _Capellanet_, y esto trajo a su memoria el deseo del muchacho. Si a Pep no le molestaba su petición, podía dejar al _atlot_ para que le acompañase en la torre.
Pero el padre acogió su ruego ásperamente. No, don Jaime. Si necesitaba compañía, allí estaba él, que era un hombre. El muchacho a estudiar. El diablo iba suelto, y hora era ya de imponer su autoridad y que la familia no siguiese desarreglada. En la próxima semana pensaba llevarlo al Seminario. Era su última palabra.
Febrer, al quedar solo, bajó a la orilla del mar. El tío Ventolera reparaba con estopa y alquitrán las junturas de su barca, puesta en seco. Tendido en ella como si fuese un enorme ataúd, buscaba con sus débiles ojos los intersticios, y al encontrar uno falto de carena, su alegría le hacía prorrumpir a toda voz en latinajos cantados.
Al notar que la barca se movía y ver apoyado en la borda al señor, el viejo tuvo una sonrisa maliciosa, e interrumpió sus cánticos.
--_¡Hola, don Chaume!..._
Lo sabía todo. Las mujeres de _Can Mallorquí_ le habían contado la noticia, y a aquellas horas circulaba por el _cuartón_, pero de oído en oído, como se debe hablar de estas cosas, sin que se enteren las gentes de la justicia, que sólo sirven para enredarlo todo. ¿Conque le habían buscado la noche anterior, _aucándolo_ para que saliese de la torre?... ¡Ji, ji! A él también... a él también, en otros tiempos, cuando hacía el amor a su difunta entre dos viajes, lo había _aucado_ cierto camarada que era rival suyo. Pero él se llevó a la muchacha por tener la mano más lista; total, una cuchillada al amigo en pleno pecho, que le tuvo mucho tiempo entre la vida y la muerte. Luego había vivido en guardia siempre que bajaba a tierra, para librarse de la venganza de su enemigo; pero los años pasan, todo se olvida, y los dos compadres acabaron por contrabandear juntos, navegando desde Argel a Ibiza o las costas de España.
El tío Ventolera reía, con risa infantil, complacido por estos recuerdos juveniles que resurgían en su memoria siempre que oía hablar de tiros, cuchilladas y provocaciones en la noche. ¡Ay! ¡A él ya no lo _aucarían_! Esto quedaba para los jóvenes. Y su acento era melancólico al no verse mezclado en los lances de amor y de guerra, que juzgaba indispensables para una existencia feliz.
Febrer le dejó cantando la misa mientras terminaba su carenaje. En la torre encontró la cesta de su comida sobre la mesa. El _Capellanet_ la había dejado sin esperar, obedeciendo sin duda a algún llamamiento urgente de su padre malhumorado. Después de comer volvió Jaime a contemplar los dos agujeros que los proyectiles habían abierto en el muro. Pasada la excitación del peligro, y al apreciar fríamente la gravedad de éste, sintió una cólera vengativa, más intensa que la que le había impulsado hacia la puerta en la noche anterior. Unos milímetros más abajo al apuntar, y habría rodado en la obscuridad, al pie de la puerta, como una bestia cazada. ¡Cristo! ¡Y así podía morir un hombre de su clase, víctima de la traición y el acecho de uno de aquellos rústicos!...
Su cólera tomó un impulso vengativo. Sintió la necesidad de provocar, de ser arrogante, de aparecer sereno y amenazador ante aquellos hombres, entre los cuales se ocultaban sus adversarios.
Descolgó la escopeta, examinó sus cargas, se la echó al hombro y descendió de la torre, tomando el mismo camino de la tarde anterior. Al pasar junto a _Can Mallorquí_, los ladridos del perro hicieron salir a la puerta a Margalida y su madre. Los hombres estaban en un campo lejano que cultivaba Pep. La madre, lloriqueante y con la palabra cortada por la emoción, sólo sabía coger las manos del señor.
--_¡Don Chaume! ¡Don Chaume!..._
Debía tener mucho cuidado, salir poco de la torre, estar en guardia contra los enemigos. Y Margalida, silenciosa, con los ojos desmesuradamente abiertos, contemplaba a Febrer, revelando admiración y zozobra. No sabía qué decir; su alma simple parecía recogerse humildemente, no encontrando palabras para expresar sus pensamientos.
Jaime continuó su camino. Al volverse repetidas veces vio a Margalida, de pie bajo el porche, siguiéndolo con visible ansiedad. El señor iba de caza como otras veces, pero ¡ay! tomaba el sendero de la montaña, iba hacia el bosque de pinos, en una de cuyas calvas estaba la herrería.
Durante el camino rumiaba Febrer proyectos de ataque. Estaba resuelto a una acción inmediata. Apenas saliese el _verro_ a la puerta de su casa, le dispararía los dos tiros de la escopeta. Él ventilaba sus negocios a la luz del sol, y sería más afortunado: sus dos balas no irían a clavarse en el muro.
Pero al llegar a la fragua la encontró cerrada. ¡Nadie! El herrero había desaparecido; la vieja vestida de negro no estaba allí para recibirle colérica con el fulgor hostil de su único ojo.
Se sentó al pie de un árbol como la otra vez, con la escopeta preparada, resguardándose detrás del tronco, por si esta soledad ocultaba una asechanza. Transcurrió mucho tiempo; las palomas silvestres, enardecidas por la calma y la soledad de la fragua, revoloteaban en la plazoleta sin fijarse en el cazador, inmóvil y olvidado de ellas. Un gato avanzaba lentamente por el ruinoso tejado, con estiramientos de tigre, pretendiendo atrapar a los inquietos gorriones.
Pasó más tiempo. La espera y la inmovilidad serenaron a Febrer. ¿Qué hacía allí, lejos de su casa, en medio del monte, próximo ya el crepúsculo, esperando a un enemigo de cuya culpabilidad sólo tenía vagos indicios? El herrero tal vez estaba en su casa. Se habría encerrado al verle llegar, y era inútil esperarle. También podía ser que se hubiera marchado lejos, con la vieja, y no volviese hasta bien entrada la noche. Debía partir.
Y con la escopeta en la mano, para ser el primero en disparar si encontraba al enemigo, emprendió el regreso al valle.
Otra vez volvió a encontrar en el camino payeses y muchachas que le miraron con tenaz curiosidad, contestando apenas a su saludo. Otra vez vio al _Cantó_ con su cabeza entrapajada, en el mismo sitio, rodeado de amigos, a los que hablaba con violentas gesticulaciones. Al reconocer al señor de la torre, antes de que sus camaradas pudieran sujetarle, se agachó, y agarrando dos piedras en los endurecidos surcos, arrojólas contra aquél. Los rústicos proyectiles, a impulsos de un brazo débil, no llegaron a hacer la mitad de su camino. Luego, irritado por la despectiva serenidad de Febrer, que seguía adelante, el _atlot_, prorrumpió en amenazas. ¡Mataría al mallorquín! lo declaraba a gritos. ¡Que todos supiesen que él juraba el exterminio de este hombre!
Jaime sonrió tristemente ante estas amenazas. No; el cordero rabioso no era el que había venido a la torre del Pirata a matarle. Sus escandalosas vociferaciones bastaban para demostrarlo.
El señor pasó tranquilamente la primera parte de la noche. Luego de cenar, cuando se fue el hermano de Margalida con la triste certeza de que su padre no desistía de llevarlo al Seminario, Jaime cerró la puerta, colocando tras ella la mesa y las sillas. Temía ser sorprendido durante el sueño. Apagó la luz y fumó en la obscuridad, complaciéndose en el latido del pequeño tizón del cigarro, que se ensanchaba con sus chupetones. Tenía la escopeta cerca y el revólver en la faja, pronto a hacer uso de ellos al menor movimiento de la puerta. Habituado su oído a los rumores de la noche y a la respiración del mar, buscaba al través de éstos un roce, un indicio de que en aquella soledad había otros seres humanos aparte de él.
Pasó mucho tiempo. A la luz del cigarro miró la esfera de su reloj. Las diez. Lejos sonaron ladridos, y Jaime creyó reconocer al perro de _Can Mallorquí_. Tal vez delataba el paso de alguien aproximándose a la torre. Ya estaba cerca el enemigo: era posible que se arrastrase cautelosamente, fuera de la senda, entre las ramas de los tamariscos.
Se incorporó, requiriendo la escopeta, buscando en su faja el revólver. Tan pronto como oyese un grito de reto o un temblor en la puerta, se echaba ventana abajo, y dando vuelta a la torre, cogía al enemigo por la espalda.
Pasó más tiempo... ¡Nada! Febrer quiso mirar el reloj, pero sus manos no obedecían a su voluntad. Ya no brillaba en la sombra la punta rojiza del cigarro. Su cabeza había acabado por caer sobre la almohada; sus ojos se cerraron: oyó gritos de reto, tiros, maldiciones, pero esto fue en un estado anormal, como si viviese en otro mundo, donde los insultos y los ataques no despertaban su sensibilidad. Luego... nada: una sombra densa, una noche profunda e interminable, sin el más leve destello de visión... Le despertó un rayo de sol que, pasando por una rendija de la ventana, venía a dar en sus ojos. Renació con la luz diurna la blancura de aquellos muros, que parecían sudar durante la noche la sombra y el bárbaro misterio de otros siglos.
Jaime se levantó contento, y al deshacer la barricada de muebles que obstruía la puerta, rio algo avergonzado de su precaución, considerándola casi una cobardía. Las mujeres de _Can Mallorquí_ le habían trastornado con su miedo. ¡Quién podía venir a buscarle en la torre, sabiendo que estaba alerta y lo recibiría a tiros! La ausencia del _Ferrer_ cuando él se había presentado en la fragua y la calma de la noche anterior daban que pensar a Jaime. ¿Estaría herido el _verro_? ¿Le habría alcanzado alguna de sus balas?...
Pasó la mañana en el mar. El tío Ventolera le llevó hasta el Vedrá, alabando la ligereza y otros méritos de su barca. La reparaba año tras año, no quedando en ella ni una astilla de su primitiva construcción. Pescaron al abrigo de las rocas hasta media tarde. Al volver a la torre, Febrer vio al _Capellanet_ que corría por la playa agitando en lo alto una cosa blanca.
Antes de saltar a tierra, cuando la barca hundía su proa en la grava, el muchacho le gritó con la impaciencia del que trae una gran noticia:
--_¡Una carta, don Chaume!_
¡Una carta!... En aquel rincón del mundo, el más extraordinario suceso que podía turbar la vida ordinaria era la llegada de una carta. Febrer la revolvió en sus manos, examinándola como algo extraño y lejano. Miró el sello; luego miró la letra del sobre... La conocía; despertaba en su memoria la misma impresión de un rostro amigo al que no podemos asociar un nombre. ¿De quién era?...
El _Capellanet_, mientras tanto, daba explicaciones sobre este gran suceso. La carta la había traído el peatón a media mañana. Era del vapor-correo de Palma, llegado a Ibiza en la noche anterior. Si deseaba contestarla, debía hacerlo sin pérdida de tiempo. El buque volvería a Mallorca al día siguiente.
Mientras iba Jaime hacia la torre, rompió el sobre y buscó la firma, casi al mismo tiempo que en su memoria se precisaba el recuerdo y surgía un nombre: ¡Pablo Valls!... El capitán Pablo le escribía luego de medio año de silencio, y su carta era larga: varias hojas de papel comercial cubiertas de apretada escritura.
A las primeras líneas, el mallorquín sonrió. El capitán estaba allí, en aquellos renglones, con su ruda y desbordante personalidad, escandaloso, simpático y agresivo. Febrer creyó contemplar sobre el papel su nariz enorme y pesada, sus patillas canosas, sus ojos de color de aceite con pintas de tabaco, su chambergo abollado puesto de través.
La carta comenzaba de un modo terrible: «Querido sinvergüenza.» Y en el mismo estilo seguían los primeros párrafos.
--Esto vale la pena--murmuró sonriendo--. Esto hay que leerlo despacio.
Y guardando la carta, con el regodeo del que se reserva un gran placer, Jaime subió a la torre después de despedir al muchacho.
Sentado junto a la ventana, con el busto echado atrás y la espalda apoyada en la mesa, comenzó a leer. Una explosión de furia cómica, de insultos cariñosos, de indignaciones por cosas olvidadas, llenaba las primeras páginas. Pablo Valls desbordaba su graciosa incoherencia, como un charlatán condenado largo tiempo al silencio y que sufre el suplicio de una verbosidad comprimida. Echaba en cara a Febrer su origen y su orgullo, que le habían impulsado a huir sin despedirse de los amigos. «Al fin, de raza de inquisidores.» Sus abuelos habían quemado a los de Valls: ¡que no lo olvidase! Pero en algo habían de distinguirse los buenos de los malos; y él, el réprobo, el _chueta_, el hereje aborrecido de unos y otros, había correspondido a esta falta de amistad ocupándose de los asuntos de Jaime. Seguramente le habría escrito varias veces de esto su amigo Toni Clapés, cuyos negocios marchaban bien, como siempre, aunque acababa de sufrir algunas contrariedades. Le habían cogido dos barcas cargadas de tabaco.
«Pero no divaguemos: al grano. Ya sabes que soy un hombre práctico, un verdadero inglés, enemigo de perder el tiempo.»