Chapter 25
Sumióse de nuevo el enfermo en su inconsciencia después de esta rápida visión. Ahora su sopor era más tranquilo. La sed, una sed horrible que le hacía avanzar las manos fuera del lecho y apartar sus labios del vaso vacío con un gesto de ansiedad no saciada, empezó a decrecer. Había visto en su delirio claros arroyos, ríos silenciosos e inmensos, a los que no podía llegar nunca, sumidas sus piernas en dolorosa inmovilidad. Ahora contemplaba una catarata luminosa y espumeante rodando en el fondo de su ensueño, y podía al fin caminar, aproximarse a ella, viéndola a cada paso más grande, sintiendo en su rostro la fresca caricia de la humedad.
En medio del estrépito de esta caída líquida llegaban a su oído apagadas voces humanas. Alguien volvía a hablar de la pulmonía traumática. «Estaba vencida.» Y una voz agregaba alegremente:
«En hora buena. Ya tenemos hombre.» El enfermo reconoció esta voz. ¡Siempre Pablo Valls resurgiendo en su pesadilla!
Continuó su marcha hacia adelante, atraído por la frescura del agua, hasta colocarse bajo el sonoro raudal, estremeciéndose con escalofríos voluptuosos al recibir en su espalda todo el empuje del derrumbamiento acuático. Una sensación de frescura se esparcía por su cuerpo, haciéndole suspirar de placer. Sus miembros parecían dilatarse bajo la helada caricia. Se ensanchaba su pecho, desvaneciéndose la opresión que le había martirizado hasta poco antes, como si la tierra entera gravitase sobre su tronco. Sentía que en el interior de su cráneo se iban disolviendo las nebulosidades de su pensamiento. Deliraba aún, pero su delirio no se desarrollaba cortado por escenas de terror y gritos de angustia. Era más bien un ensueño plácido, en el que su cuerpo se dilataba con estiramientos de voluptuosidad y su imaginación corría por los risueños horizontes del optimismo. Las espumas de la cascada eran blancas, vibrando en las facetas de sus diamantes líquidos los colores del iris. El cielo era de tinta rosa, con lejanas músicas y suaves perfumes. Alguien temblaba misterioso, invisible y al mismo tiempo sonriente, en esta atmósfera fantástica: una fuerza sobrenatural que parecía embellecerlo todo con su contacto. La salud que llegaba.
La sábana de agua que se encorvaba al desprenderse de las altas rocas despertó en su memoria ensueños anteriores. Vio otra vez la rueda, la inmensa rueda, imagen de la humanidad, que giraba y giraba sin cambiar de sitio, emprendiendo una ascensión tras otra, para pasar siempre por los mismos puntos.
El enfermo, enardecido por aquella sensación de frescura, creyó poseer nuevos sentidos para darse cuenta de lo que le rodeaba.
Vio otra vez la rueda girando y girando en el infinito; ¿pero realmente estaba inmóvil?...
La duda, principio de nuevas verdades, le hizo mirar con mayor atención. ¿No era un engaño de sus ojos? ¿Sería él quien vivía en el error, y aquellos millones de seres que lanzaban gritos de júbilo en su prisión rodante estarían en lo cierto al creer que realizaban un nuevo avance con cada vuelta?...
Era cruel que la vida se desarrollase centenares y centenares de siglos en esta agitación mentirosa que ocultaba una inmovilidad real. ¿Para qué, entonces, la existencia de lo creado? ¿No tenía la humanidad otro fin que engañarse a sí misma, dando vueltas por su propio esfuerzo a la caja circular que la aprisionaba, como esos pájaros que con sus saltos mueven una jaula que es su cárcel?...
De pronto ya no vio la rueda. Vio pasar ante él un globo inmenso, de color azulado, en el que se marcaban mares y continentes con perfiles iguales a los que había contemplado en los mapas. Era la Tierra. Y él, imperceptible molécula en la inmensidad del espacio, ínfimo espectador de la estupenda representación de la Naturaleza, podía abarcar con sus ojos el globo azul ceñido de nubes.
También daba vueltas, como la rueda fatal. Giraba y giraba sobre sí mismo con una monotonía desesperante; pero este movimiento, que era el más inmediato, el más visible, el que todos podían apreciar, resultaba insignificante. Otro movimiento era el superior. Sobre la monótona rotación siempre en torno del mismo eje, estaba el movimiento de traslación, que arrastraba al globo por los espacios infinitos en eterno viaje, sin pasar nunca por los mismos lugares.
¡Maldición a la rueda! La vida no era una eterna vuelta por idénticos puntos. Sólo los cortos de vista, al contemplar este movimiento, podían imaginarse que era el único. La imagen de la vida era la Tierra. Giraba sobre sí misma en determinados espacios de tiempo: repetíanse los días y las estaciones, como en la historia de los humanos se repiten las grandezas y las ruinas; pero había algo más sobre todo esto: el movimiento de traslación, que arrastra hacia lo infinito, siempre adelante... ¡siempre adelante!
La teoría del «eterno recomenzar de las cosas» era falsa. Repetíanse los hombres y los sucesos, como en la Tierra se repiten los días y las estaciones; pero aunque todo pareciese igual, no lo era realmente. La forma exterior de las cosas podía semejarse; el alma era distinta.
No; ¡rómpase la rueda! ¡perezca la inmovilidad! Los muertos no podían mandar. El mundo, en su movimiento de traslación, corría demasiado aprisa para que ellos lograsen mantenerse eternamente en su superficie. Se agarraban a la corteza con sus garras de hueso, pugnando por mantenerse firmes durante muchos años, tal vez durante siglos, pero la velocidad de la carrera acababa por expelerlos a todos, dejando atrás una estela de huesos rotos, luego de polvo, y al fin nada.
El mundo, cargado de vivientes, corría siempre adelante, sin pasar dos veces por el mismo sitio. Jaime lo había visto aparecer en el horizonte como una lágrima de luminoso azul; luego agrandarse y agrandarse, hasta llenar todo el espacio, pasando junto a él con rotación de rueda y velocidad de proyectil a un mismo tiempo; y ahora se empequeñecía otra vez, huyendo por el extremo opuesto. Ya era una gota, un punto, nada... perdiéndose en la obscuridad, ¡quién sabe hacia dónde y para qué!...
Era inútil que sus ideas de poco antes, al quedar vencidas, se revolviesen con el intento de una última protesta, gritando que aquel movimiento de traslación resultaba igualmente falso, ya que la Tierra giraba como una rueda alrededor del Sol... No; el Sol tampoco estaba inmóvil, y con todo su coro familiar de planetas caía y caía, si es que en el infinito se puede caer ni subir; marchaba y marchaba, ¡quién sabe hacia que punto, ni con qué fin!...
Definitivamente, abominó de la rueda, la hacía trizas mentalmente, sintiendo el goce del preso que pasa la puerta del encierro y aspira el aire libre. Se imaginó que de sus ojos caían escamas, como de los del apóstol hebreo en el camino de Damasco. Contemplaba una luz nueva. El hombre era libre y podía escaparse del tirón de los muertos, organizando su vida con arreglo a sus deseos, cortando el lazo de esclavitud que le soldaba a estos déspotas invisibles.
Cesó de soñar; se sumió en la nada con el placer íntimo y silencioso del trabajador que descansa después de una jornada provechosa.
Pasado mucho tiempo, ¡mucho! abrió los ojos y se encontró con los de Pablo Valls fijos en él. Le tenía cogido de las manos, le miraba cariñosamente con sus pupilas amarillentas.
No podía dudar: era una realidad. Su olfato percibió el olor de tabaco inglés ligeramente perfumado de opio que parecía flotar siempre en torno de su boca y sus patillas. ¿No era, pues, una ilusión haberle visto en el curso de su delirio? ¿Era realmente su voz la que había escuchado en medio de sus pesadillas?...
El capitán rompió a reír, mostrando sus dientes largos amarilleados por la pipa.
--¡Ah, buen mozo!--dijo--. Esto marcha, ¿verdad? Ya no hay fiebre, ya no hay nada de peligro. Las heridas marchan bien. Debes sentir en ellas una picazón de mil demonios; algo así como si te hubiesen metido avispas bajo los vendajes. Es la formación de los tejidos, la carne nueva que escuece al crecer.
Jaime se dio cuenta de la verdad de estas palabras. Sentía en el lagar de sus heridas una fuerte picazón, una rigidez que ponía tirante su carne.
Valls adivinó una curiosidad suplicante en los ojos de su amigo.
--No hables, no te fatigues... ¿Que cuánto tiempo estoy en Ibiza? Cerca de dos semanas. Leí en los papeles de Palma lo tuyo, y al momento me planté aquí. Tu amigo el _chueta_ siempre será el mismo... ¡Los malos ratos que nos has hecho pasar! Una pulmonía, hijo mío, y de las de peligro. Abrías los ojos y no me reconocías: delirabas como un loco. Pero eso se acabó. Te hemos cuidado mucho... Mira quién está aquí.
Y se apartó de la cama para que viese a Margalida, oculta tras el capitán, encogida y vergonzosa ahora que el señor podía mirarla con ojos limpios de fiebre. ¡Ah, «Flor de almendro»!... La mirada de Jaime, tierna y dulce, la hizo enrojecer. Tuvo miedo de que el enfermo pudiera acordarse de lo que ella había hecho en los momentos más críticos, cuando estaba casi segura de que iba a morir.
--Ahora a estarse quieto--continuó Valls--. Permaneceré aquí hasta que nos vayamos juntos a Palma. Ya me conoces... Yo lo sé todo; yo lo arreglo todo... ¿Eh? ¿me explico?...
El _chueta_ guiñaba un ojo y reía maliciosamente, seguro de su habilidad para adivinar los deseos de los amigos.
¡Famoso capitán! Desde que estaba en _Can Mallorquí_, todos parecían pendientes de sus mandatos, admirándolo como un personaje poderoso y jovial. Margalida ruborizábase con sus palabras y guiños, pero le quería al verle tan abnegado. Recordaba sus ojos llenos de lágrimas una noche en que todos creyeron que iba a morir don Jaime. Valls había llorado al mismo tiempo que mascullaba maldiciones. El _Capellanet_ también adoraba a aquel señorón de Mallorca desde que le vio reír al enterarse de que pensaban hacerlo cura. Pep y su mujer le seguían como perros obedientes y sumisos.
Varias tardes hablaron Pablo y el enfermo de los sucesos pasados.
El capitán era hombre rápido en sus decisiones.
--Ya sabes que no me canso cuando se trata de un amigo. Al desembarcar en Ibiza vi al juez. Eso se arreglará; tú llevas razón y todos lo reconocen: defensa propia. Unas pocas molestias cuando estés bueno, pero nada al final... El asunto de tu salud también está resuelto. ¿Qué más queda?... ¡Ah, sí! Algo más queda, pero también lo tengo en punto de arreglo.
Rio maliciosamente al hablar así, apretando las manos de Febrer, y éste, por su parte, no quiso preguntar más, temeroso de sufrir una decepción.
Una vez, al entrar Margalida en el dormitorio, Valls la cogió de un brazo, llevándola junto al lecho.
--¡Mírala!--exclamó con burlesca gravedad dirigiéndose al enfermo--. ¿Es ésta la misma que tú quieres? ¿No te la cambiaron?... Dale, pues, la mano, tonto. ¿Qué haces ahí, contemplándola con ojos espantados?...
Las dos manos de Febrer estrecharon la diestra de Margalida. ¡Ay! ¿era verdad lo que decía el capitán?... Sus ojos buscaron los de la _atlota_, que permanecían bajos, mientras la emoción blanqueaba sus mejillas y hacía palpitar las alas de su nariz.
--Ahora, besaos--dijo Valls, empujando suavemente a la muchacha, hacia el enfermo.
Pero Margalida, como si se viera amenazada de un peligro, se desasió de sus manos, huyendo de la habitación.
--Bueno--dijo el capitán--. Ya os besaréis dentro de un rato: cuando yo no esté.
Valls aprobaba este casamiento. ¿La quería Febrer? Pues adelante... Esto era más lógico que la boda con su sobrina por los millones del padre. Margalida era una gran mujer. Él entendía de estas cosas. Cuando Jaime la sacara de la isla, habituándola a otros usos y otros trajes, con la facilidad de asimilación que tienen las hembras para todo lo bueno, nadie reconocería a la antigua payesa.
--Yo he arreglado tu porvenir, pequeño inquisidor. Ya sabes que tu amigo el judío consigue siempre lo que se propone. Te queda en Mallorca con qué vivir modestamente. No muevas la cabeza: ya sé que deseas trabajar, y más ahora que estás enamorado y quieres constituir una familia. Trabajarás; entre los dos montaremos un negocio: hay donde escoger. Yo siempre llevo la cabeza atiborrada de proyectos: es cosa de la raza... Si prefieres irte de Mallorca, te buscaré una ocupación en el extranjero... Es asunto que debe pensarse.
En todo lo referente a la familia de _Can Mallorquí_, el capitán hablaba con una autoridad de amo. Pep y su mujer no osaban desobedecerle. ¡Cómo discutir con un señor que lo sabía todo!... El payés opuso escasa resistencia. Ya que don Pablo deseaba el matrimonio de Margalida con el señor y daba palabra de que esto no traería ninguna desgracia a la _atlota_, podían casarse. Era un gran infortunio para los dos viejos verla marcharse de la isla, pero preferían esta tristeza a conservar a su lado como yerno a Febrer, que les inspiraba un respeto irresistible.
Al _Capellanet_ le faltó poco para arrodillarse ante Valls. ¡Y aún dicen en Palma si los _chuetas_ son malos!... Bien se conocía que eran mallorquines los que hablaban: ¡gente injusta y orgullosa!... El capitán era un santo. Gracias a él, ya no iría al Seminario. Sería payés; _Can Mallorquí_ quedaba para él. Hasta había recobrado de su padre, por intercesión de don Pablo, el cuchillo regalado por Febrer, y contaba con la promesa de una pistola moderna presente del capitán: una de aquellas armas milagrosas que había admirado en Palma en los escaparates del Borne. Apenas se efectuase el casamiento de Margalida, saldría en busca de novia por el _cuartón_, llevando en la faja estos dos nobles acompañantes. Los _verros_ no debían acabarse en la isla. Rebullía en sus venas la heroica sangre de su abuelo.
Una mañana de sol, Febrer, apoyado en Valls y en Margalida, fue avanzando con pasos de convaleciente hasta el porche de la alquería. Sentado en un sillón de brazos, contempló con avidez el tranquilo paisaje extendido ante él. Sobre la cumbre del promontorio alzábase la torre del Pirata. ¡Cuánto había soñado y sufrido en ella!... ¡Cómo la amaba al recordar que en su interior, solo y olvidado del mundo, había incubado esta pasión que iba a llenar el resto de una vida sin objeto hasta entonces!...
Debilitado por su larga permanencia en el lecho y por la sangre perdida, aspiraba el tibio ambiente de la mañana luminosa, cortado por las ráfagas que venían de la costa.
Margalida, luego de contemplar a Jaime con sus ojos amorosos que aún guardaban cierta timidez, volvió al interior de la alquería para preparar el desayuno.
Quedaron los dos hombres en largo silencio. Valls había sacado su pipa, llenándola de tabaco inglés, y expelía olorosas bocanadas.
Febrer, con la vista fija en el paisaje, abarcando en su retina deslumbrada el cielo, los montes, el campo y el mar, habló en voz baja, como si dialogase consigo mismo.
La vida era hermosa. Lo afirmaba con la convicción del resucitado que vuelve inesperadamente al mundo. El hombre podía moverse libremente, lo mismo que el pájaro y el insecto en el seno de la Naturaleza. Para todos había sitio. ¿Por qué inmovilizarse bajo las ataduras que otros crearon, disponiendo del porvenir de los hombres que debían venir detrás de ellos?... ¡Los muertos, siempre los malditos muertos, queriendo mezclarse en todo, complicando nuestra existencia!...
Sonrió Valls, mirándole con ojos maliciosos. Varias veces le había escuchado en su delirio hablar de los muertos, agitando los brazos como si pelease con ellos y los repeliese de sus angustias terroríficas. Al escuchar las explicaciones que le dio Jaime, al enterarse de su antiguo respeto al pasado y de aquella sumisión a la influencia de los muertos que había entorpecido su vida, confinándolo en una isla apartada, Valls quedó silencioso y abstraído.
--¿Tú crees que los muertos mandan, Pablo?...
El capitán se encogió de hombros. Para él no había en el mundo nada absoluto. Tal vez el imperio de los muertos fuese parcial y estuviera ya en decadencia. En otros tiempos mandaban como déspotas: esto era indudable. Ahora sólo dominaban en determinados lugares, perdiendo en otros para siempre toda esperanza de poder. En Mallorca aún gobernaban con mano fuerte: lo decía él, el _chueta_. En otros países, tal vez no.
Sintió Febrer honda irritación al recordar sus errores y angustias. ¡Malditos muertos! La humanidad no sería feliz y libre mientras no acabase con ellos.
--Pablo, ¡matemos a los muertos!
Miró un instante con cierta zozobra el capitán a su amigo; pero al ver la serenidad de sus ojos, se tranquilizó, y dijo sonriendo:
--Por mí, ¡que los maten!
Luego, recobrando su gravedad y reclinándose en su asiento, mientras lanzaba una bocanada de humo, añadió el _chueta_:
--Tienes razón. Matemos a los muertos: pisoteemos los obstáculos inútiles, las cosas viejas que obstruyen y complican nuestro camino. Todos vivimos con arreglo a lo que dijo Moisés, a lo que dijo Buda, Jesús, Mahoma u otros pastores de hombres, cuando lo natural y lo lógico sería vivir con arreglo a lo que pensamos y sentimos nosotros mismos.
Jaime miró detrás de él, como si sus ojos quisieran buscar en el interior de la casa la dulce figura de Margalida. Luego resumió todas las congojas y las nuevas verdades de su pensamiento repitiendo la misma afirmación enérgica: «¡Matemos a los muertos!».
La voz de Pablo le sacó de sus reflexiones.
--¿Te hubieras casado ahora con mi sobrina, sin miedo y sin remordimiento?...
Febrer dudó antes de contestar. Sí; se habría casado, sin parar atención en los escrúpulos heredados y las diferencias de raza que tanto le habían hecho sufrir. Pero faltaba algo para esto; algo que estaba por encima de la voluntad de los hombres y era superior a su poder; algo que no podía comprarse y gobernaba al mundo; algo que traía con ella la humilde Margalida sin saberlo.
Sus angustias habían terminado. ¡Vida nueva!
No; los muertos no mandan: quien manda es la vida, y sobre la vida, el amor.
FIN
Madrid
Mayo y Diciembre 1908.
End of Project Gutenberg's Los muertos mandan, by Vicente Blasco Ibáñez