Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 81
La puerta de aquella habitacion estaba cerrada por dentro, y no se escuchaba hablar á nadie en aquella habitacion.
--¡Harum! ¡Harum! gritó fuera de sí doña Isabel: echad esta puerta abajo, echadla.
Acudieron Harum y algunos monfíes y la puerta cayó por tierra.
Un grito de horror se exhaló de todas las bocas al ver el espectáculo que se presentó de repente á los ojos de todos.
Yaye estaba boca abajo sobre un lecho de sangre.
Todos quedaron inmóvibles, aterrados; doña Isabel con el semblante desencajado, con la mirada extraviada, dió algunos pasos hácia el cadáver, luego se detuvo, vaciló, lanzó uno de esos horribles gritos que solo lanzan las mujeres, y que solo expresan en toda su tremenda extension, el horror, el dolor, la desesperacion: extendió los brazos y cayó de boca sobre el cadáver, como un árbol á quien el hacha hiere por el pié.
Doña Elvira habia quedado muda, inmóvil, con la mirada terriblemente fija en aquel grupo horrible de la esposa desmayada, sobre el cadáver del esposo asesinado.
Aben-Jahuar, horrorizado de sí mismo, miraba tambien, como petrificado, aquel grupo, abrumado por el peso de su conciencia.
Harum blasfemaba, levantando el cadáver de su señor, llorando, rugiendo, amenazando á los cielos y á la tierra.
Los otros monfíes habian levantando á doña Isabel que parecia muerta, y la habian llevado á un divan.
De repente Harum, cierto ya, de que su señor no existia, le dejó de nuevo sobre la alfombra, y se volvió con la cólera reconcentrada del tigre á doña Elvira y á Aben-Jahuar.
--Vosotros habeis venido, dijo lanzando llamas por los ojos, vosotros habeis venido á esta casa anunciando una desgracia, preguntando por Aben-Aboo y por Aben-Humeya.
--¡Ellos! ¡ellos! ¡los malditos! ¡ellos han sido! gritó doña Elvira: ¡sus hijos! ¡el hijo mio y el hijo de esa mujer!
Y doña Elvira, con los ojos inflamados, pero sin verter una lágrima, adelantó hácia el cadáver:
--¡Yaye! exclamó: ¡tú has sacrificado todo cuanto has tenido á tu alrededor! tu aliento ha sido maldito para todo lo que ha tocado, y te has despedazado á tí propio, porque has caido bajo el puñal de tus hijos: ¡has vivido de la desgracia agena, y te has labrado tu propia desgracia! ¡Que te perdone Dios!
Y aquella mujer cayo de rodillas, levantó las manos al cielo, y luego se cubrió con ellas el rostro, y rompió á llorar.
--¡Idos! exclamó Harum-el-Geniz, dirigiéndose á Aben-Jahuar: ¡idos antes que mi razon se extravie y no pueda responder de mí mismo! ¡idos y llevaos á esa mujer!
--Una palabra, dijo Aben-Jahuar que apenas podia hablar: el emir tenia una hija.
--¿Sabeis vos lo que ha sido de la sultana Amina?
--La sultana Amina está en poder de Aben-Aboo.
--¿Pero dónde, dónde?
--En el mismo subterráneo donde murió de hambre Miguel Lopez.
--¡Es decir que vos, cuando tanto sabeis, sois cómplice en el robo de la sultana, y acaso en el asesinato del emir! dijo Harum, desnudando su puñal y adelantando demudado hácia Aben-Jahuar.
Una mano vigorosa detuvo el brazo de Harum.
Volvióse, y vió tras sí, pálido como un cadáver, á Calpuc, al rey del desierto mejicano.
--¡Idos! ¡idos! exclamó Calpuc con voz conmovida.
--Si, me voy, dijo con acento sentido Aben-Jahuar y pluguiera á Dios que nunca hubiera venido: pero recordad, Calpuc: Amina está en el subterráneo donde vos tuvísteis á Miguel Lopez.
Y arrojando una última é indescribible mirada á Yaye, y asiendo de la mano á su cuñada, salió.
Quedaron solos Calpuc, Harum y algunos monfíes junto al cadáver de Yaye y doña Isabel desmayada.
--Aquí hay una escala, dijo uno de los monfíes.
--Por aquí han huido los infames, gritó Harum.
--Y en el suelo hay dos cartas, dijo otro monfí.
Tomólas Calpuc, y las leyó extremeciéndose; despues las quemó á la luz de la lámpara.
Calpuc parecia sereno, pero en lo pálido de su semblante, y en lo concentrado de su mirada, revelaba todo lo intenso de su padecimiento interno.
--¡Todo! ¡todo cuanto he amado! exclamó mirando á Yaye.
Harum no podia creer aquello, no queria creerlo, y continuaba rugiendo y blasfemando.
--¡Juro al Dios Altísimo y Unico, desgraciado señor, no reposar hasta vengarte! ¡juro al Dios Altísimo y Unico, vengarte de tus asesinos! ¡no reposaré hasta verter la sangre de Aben-Aboo y de Aben-Humeya!
--Si, pero es necesario salvar á la esposa y á la hija de tu señor: la esposa está allí, entre la vida y la muerte... la hija... yo iré delante de vosotros á salvar á mi nieta.
* * * * *
Yaye fue puesto en un lecho por los monfíes que acompañaban á Harum, y doña Isabel conducida á su aposento y entregada al cuidado de sus doncellas.
Poco despues, armados y á gran paso, atravesaban la montaña cincuenta monfíes mandados por Harum y guiados por Calpuc.
* * * * *
Entre tanto Aben-Jahuar y doña Elvira marchaban por un estrecho camino.
Doña Elvira lloraba.
Aben-Jahuar iba profundamente pensativo.
Al llegar cerca de una venta, Aben-Jahuar se detuvo, y dijo á doña Elvira:
--No podemos permanecer en las Alpujarras; aquí todo es terrible para nosotros.
--¡Oh! ¡terrible, muy terrible! exclamó doña Elvira.
--Debemos pasar á Africa: la guerra, muerto Yaye, enemistados Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeñados los monfíes en la venganza del emir, fracasará: ¿no podremos olvidar lejos de esta tierra tantos horrores?
--Haced de mí lo que os plazca, porque ya todo me importa poco, contestó doña Elvira.
Y se dirigió á la venta en la que entró con Aben-Jahuar.
* * * * *
Al mismo tiempo Laurenti se encaminaba acompañado de Cisneros á la cueva donde habia dejado Aben-Jahuar á Angiolina.
--¿Con que hemos concluido ya, señor Godinez? dijo el comediante.
--Si; si por cierto. Yo os daré tales papeles, que cuando os presenteis con ellos al arzobispo de Toledo, basten para que podais sin miedo volver á vuestro oficio, por toda España, y permanecer cuanto querais en la córte.
--¿Y esa mujer?
--¿La amais todavia?
--Os lo confieso.
--Pues renunciad á ella, porque soy mas fuerte que vos, y tambien la amo.
Llegaban en aquel punto á la cueva: en el barranco un hombre tenia dos caballos del diestro.
--Esperad aquí, dijo Laurenti.
Y entró en la cueva.
Al sentir sus pasos en la escalera, Angiolina, que habia esperado llena de ansiedad algunas horas hacia, se levantó anhelante creyendo que era Aben-Aboo.
--¿Me habeis vengado ya? exclamó.
--Si, dijo Laurenti: Aben-Aboo ha matado á su padre.
Angiolina dió un grito al reconocer á Laurenti.
--Y como nada tenemos que hacer aquí ya, dijo el bandido, nos volvemos á Roma, mi adorada Angiolina. El destino ha querido que no salgas de mis manos, hermosa; primero he sido para tí en los tiempos mas felices de mi vida, un hombre misterioso, que gozaba, sino tus amores, tu hermosura; despues tu salvador Bempo; luego á veces tu esposo el príncipe Lorenzini Maffei, á veces Bempo tu esclavo: después he sido Salvador Godinez, autor de comediantes, y al cabo vengo á ser Laurenti el bandido, Laurenti tu señor. Prepárate para acompañarme mientras escribo una carta para que ese pobre enamorado tuyo Andrés Cisneros pueda volver á la córte.
Laurenti sacó de su bolsillo un tintero de asta, le destornilló, sacó de una cartera papel, y escribió una carta al arzobispo de Toledo, recomendándole á Cisneros, que era merecedor de la gracia del rey, decia, contribuyendo á la muerte del emir de los monfíes, el enemigo mas respetable que tenia España en las Alpujarras.
Laurenti firmaba aquella carta con el nombre de Lope de Arias.
Mientras Laurenti escribia, Angiolina, considerándose perdida, habia meditado un atrevido proyecto: resuelta ya á lo que pensaba hacer, compuso su semblante, se dominó, y cuando Laurenti la mandó que le siguiese, se apoyó sonriendo de su brazo.
--Sin duda meditas alguna traicion, dijo el bandido, cuando tan tranquila te muestras.
--¡Una traicion! dijo Angiolina: te engañas Laurenti... ¿acaso no eres tu mi esposo? ¿acaso no me he vengado ya de ese aborrecido emir? ¿pues qué causa puede haber para que yo me entristezca?
--Asi cantan las sirenas, pensó para sus adentros Laurenti.
Y siguió hácia afuera llevando consigo á Angiolina.
Cuando llegaron al barranco, Laurenti dijo acercándose á Cisneros.
--Tomad la carta que os habia prometido para el arzobispo de Toledo, y una bolsa con que podais hacer el viaje. Montad á caballo y adios.
--¿Y no nos volveremos á ver?
--¿Quien sabe? contestó Laurenti.
--Adios, señora, adios, dijo Cisneros montando á caballo.
Angiolina no contestó, y Cisneros se alejó despechado.
Laurenti puso sobre un cogin, en el arzon delantero, á Angiolina, y montó á caballo; dió algunas monedas á quien habia tenido aquellos caballos, y siguió el barranco adelante.
Por algún tiempo caminaron en silencio.
La noche era nebulosa, fria, áspero el terreno y el caballo, aunque era fuerte y ágil, tropezaba con frecuencia.
--¿Nada tienes que decirme, Angiolina? dijo Laurenti.
--Nada, absolutamente nada, contestó Angiolina con la voz perfectamente sonora.
--¿No te aterra estar en mi poder?
--No.
--¿No temes que yo sea para tí un amante excesivamente despótico?
--No, Laurenti, no: si yo hubiera sabido que Bempo, el hombre que me ha acompañado durante diez años, eras tú, tú el primer hombre de mi amor...
--¡De tu amor...!
--Si tú hubieras observado otra conducta conmigo... sino me hubieras sentenciado á aquella oscuridad misteriosa, á aquella prision, á aquella violencia contínua...
--¡Me hubieras amado...!
--Yo te amaba y te aborrecia á un tiempo.
--No te comprendo.
--Miraba en tí á un tiempo el amante y el verdugo: hui del verdugo, pero he recordado siempre al amante.
--Para ultrajarle.
--No.
--Has sido querida del marqués de la Guardia.
--Me arrojó en sus brazos un empeño de mujer.
--Has sentido zelos de muerte contra la hija del emir.
--Siempre mi empeño y mi vanidad de mujer: pero me he vengado y estoy tranquila: he vuelto á tu poder, y no tiemblo, porque sé que me amas Laurenti, que enloqueces por mí, que por mí eres capaz de todo: porque sé que no seré tu esclava, sino tu señora.
--¡Ah!
--Si; mis miradas te embriagan, mis palabras te fascinan: mi amor te hace esclavo mio.
--Es verdad, dijo con voz ronca Laurenti: por tu amor he cometido mis mas repugnantes crímenes; mis crímenes mas horribles: esa hermana en poder de su hermano... ese padre asesinado por sus hijos...
Laurenti se estremeció: Angiolina se estremeció tambien.
A entrambos los habian llevado el amor y los zelos á crímenes monstruosos; en entrambos la conciencia se sublevaba contra sus hechos, implacable, severa: eran dos espíritus condenados.
Pero en entrambos quedaba arraigado el gérmen que los habia llevado á aquellos crímenes.
Laurenti amaba con toda su alma á Angiolina, y por un fenómeno singular, á aquel amor se unia un odio implacable, porque Laurenti se sentia aborrecido por ella.
Lo mismo acontecia á Angiolina; amaba, codiciaba al marqués, pero el marqués habia herido su corazon y su vanidad, abandonándola, despreciándola por Amina.
Angiolina creia muerto al marqués; le creia muerto por consecuencia de los manejos vengativos de Laurenti, y sentia contra él una insaciable sed de venganza.
--¡Oh! ¡yo te mataré! dijo en su pensamiento Angiolina, cuando conoció que Laurenti estaba, mas que nunca lo habia estado, enamorado de ella.
--Angiolina, dijo Laurenti, despues de algunos momentos de silencio: si tú me amases, aun podria ser feliz.
--¿Y por qué no he de amarte? ¿no has hecho por mi inmensos sacrificios? ¿no lo has sufrido todo? ¿no me has visto acompañada por el marqués, apoyada en su brazo, sonriéndole enamorada?
--¡Ah! exclamó Laurenti.
--Sin embargo, yo no amaba al marqués: estaba únicamente ofendida en mi orgullo, y creia amor lo que solo eran zelos de vanidad, empeño. Pero cuando he sabido que el marqués ha muerto, no he llorado...
--¿Quién te ha dicho que ha muerto el marqués? exclamó Laurenti, disimulando su extrañeza, porque sabia bien que el marqués vivia.
--¡Aben-Aboo! contestó Angiolina.
--¿Has sabido que el marqués ha muerto, y no has vertido todo tu corazon en lágrimas? ¡si tu hubieras muerto, yo no hubiera podido sobrevivirte!
--Eso debe probarte que no le amaba.
--¡Ah! yo te lo perdonaria todo Angiolina si pudiera creerte.
--¿Y qué pruebas puedo darte para que me creas?
Laurenti se estremeció de conmocion, estrechó convulsivamente la cintura de la jóven y la besó en el cuello.
Angiolina suspiró, se volvió, y rodeó sus brazos al cuello de Laurenti.
--¡Yo te amo! le dijo suspirando.
Y le besó en la boca.
--¡Oh! ¡tu amor! ¡tu amor Angiolina! exclamó el bandido ¿no me engañas?
--No; yo te amaré toda tu vida y aun despues de tu muerte.
--¡Oh! ¡amado por tí, mi vida será muy corta, porque la felicidad me matará!
--No, no te matará la felicidad, dijo Angiolina, apoderándose rápidamente de la daga de Laurenti, y estrechándole con fuerza contra su seno: te mato yo.
Laurenti dió un grito: habia sentido una punzada agudísima en su costado izquierdo, un cuerpo agudo que penetraba lentamente en su carne.
--Si, te mato yo; miserable asesino; raptor y deshonrador de mujeres; ladron infame.
Y Angiolina apretaba con fuerza la daga sobre el costado de Laurenti; y la estrecha daga penetraba con lentitud.
De repente Laurenti abrió los brazos, cayó sobre la grupa del caballo, y desde allí al suelo.
Angiolina saltó del caballo, y fué al sitio donde estaba Laurenti.
--¡Muerto! exclamó reconociéndole: ¡le he atravesado el corazon! ¡miserable, que has sido la causa de todas mis desgracias! ¡al fin me veo libre de tí! ¡líbre y sola! Ya me he vengado de tí, pero aun me queda que vengarme de otro hombre: don Juan ha muerto... es necesario que Aben-Aboo muera tambien: y le mataré; sí, le mataré, no sé cómo, pero el infierno le arrojará en mis manos.
Y temerosa de que Laurenti no estuviese bien muerto, con la crueldad del odio y del miedo, le atravesó las sienes con la daga, sirviéndose para hacer penetrar el arma, de una piedra á manera de martillo.
La daga quedó atravesada en el cráneo de Laurenti.
Angiolina registró los bolsillos del cadáver, se apoderó del dinero que llevaba y de sus pistoletes, y montando de nuevo á caballo, se alejó, exclamando con un gozo horrible.
--¡Oh! ¡de esta vez estoy segura de no volverte á encontrar!
Y resuelta á todo, llevando en la mano un pistolete amartillado, dejó al caballo en libertad de marchar por donde mejor quisiera.
Poco le importaba lo que pudíera acontecerla; si encontraba cristianos, les diria que era una cautiva escapada del poder de los monfíes, y si eran monfíes se declararia cautiva de Aben-Aboo.
El caballo caminaba á la ventura.
De repente, al atravesar una rambla, se escucharon pasos y voces de hombres, y se vieron relumbrando algunas antorchas.
Al sentir las pisadas del caballo, todos aquellos hombres avanzaron y rodearon á Angiolina.
--Es una dama, exclamaron con asombro.
--Sí, una dama que huye de sus enemigos, exclamó Angiolina.
--¡Ah! dijo un jóven que acababa de sobrevenir: vos sois la princesa Angiolina Visconti.
--Y vos sois don Fernando de Válor.
--Sí, yo soy Aben-Humeya.
--Pues me doy por dichosa, dijo Angiolina, porque he huido de mis verdugos, y os buscaba para que me amparáseis, señor.
--¡Ah! hermosa princesa, en mala hora venis á ampararos de mí: pero no importa: asid del diestro el caballo de esa dama, y adelante. No podemos detenernos un momento hasta que estemos en medio de mi ejército. Hasta entonces, perdonadme si para salvaros y para salvarme, no me detengo un punto. Adelante, adelante y aprisa: es necesario que antes del amanecer lleguemos al Laujar.
Aben-Humeya siguió á gran paso al frente de sus moriscos entre los cuales siguió marchando el caballo de Angiolina, ó mas bien del difunto Laurenti.
CAPITULO XXXIX.
De cómo se perdieron de nuevo Amina y el marqués.
Entre tanto Calpuc, Harum, y un cuerpo como de quinientos monfíes, marchaban á gran paso atravesando las Alpujarras en direccion á Orgiva.
Iba ademas con ellos otra persona muy conocida nuestra.
El marqués de la Guardia que habia sido sacado por Harum del alcázar subterráneo del emir.
El marqués caminaba entre Calpuc y Harum.
De tiempo en tiempo Calpuc exhalaba un profundo suspiro, al que contestaba una imprecacion del marqués y una blasfemia de Harum.
--¡Por los siete cielos, y por el infierno! exclamaba Harum: ¡muerto mi señor, y muerto villanamente á traicion! ¡muerto por esos dos miserables!
[imagen: ¡Muere, asesino de mi padre!]
El marqués juraba y votaba, y ofrecia su alma al diablo por matar á Aben-Aboo que le habia robado á su esposa y á su hija; pero el marqués no sabia, que Aben-Aboo y Aben-Humeya eran hijos del emir, y que por lo tanto Amina era hermana de ellos.
Calpuc guardaba tambien dentro de su alma aquel terrible secreto.
Los tres aguijaban sus caballos, hasta el punto de dejar atrás á los monfíes, que aunque iban á la carrera, no podian seguirlos.
De tiempo en tiempo Harum se volvia y gritaba á los monfíes:
--¿Os habeis convertido en bueyes cansados, de cabras sueltas que érais? ¿no sabeis que vamos en busca del asesino del emir, que vamos á libertar á la sultana?
Los monfíes lanzaban un alarido de furor y forzaban su carrera.
Pero por mucho que apresuraban su marcha, y aunque eran fuertes é incansables, no podian seguir á los caballos.
Estos les tomaron gran delantera.
A punto de amanecer, el caballo del marqués, mas fuerte, ó mejor llevado por su ginete, habia adelantado á los de Calpuc y Harum, y entraba en la rambla de los Gamos, en aquella rambla donde existia aun la encina muerta, de cuyas deshojadas ramas habia mandado colgar veinte y dos años antes Yuzuf, padre de Yaye, á los monfíes asesinos de Miguel Lopez.
Pasaba el marqués á la carrera junto á aquella viegísima encina, cuando de repente se oyó el galope de otro caballo, y apareció al fin, trayendo sobre su lomo un hombre y una mujer.
Este caballo, conduciendo aquel grupo, pasó como una exhalacion por delante del marqués cortando la carrera á su caballo.
A la luz de la mañana, el marqués creyó reconocer en aquella mujer á Amina, en aquel hombre á Aben-Aboo, y no pudo quedarle duda, porque reconocido por Amina, la oyó gritar:
--¡Sálvame! ¡sálvame de este infame!
El marqués revolvió violentamente su caballo, exponiéndole á dar de través, y destrozándole en esta vuelta violenta; y se puso en seguimiento de Aben-Aboo.
Pero fuese que el caballo de este fuese mas fuerte que el del marqués ó que estuviera mas descansado, á pesar de la desventaja de llevar sobre sí dos personas, siguió sosteniendo la ventaja que habia ganado, y sin que el marqués pudiera por mas que castigaba y excitaba á su caballo, hacerle disminuir aquella ventaja.
Hubo un momento en que Aben-Aboo revolvió su caballo con la intencion manifiesta de venir sobre el marqués y empeñar un combate.
Pero vió tras el marqués á otros dos ginetes á lo lejos, aunque no pudo reconocerlos, y allá, mas lejos aun, los monfíes que entraban á la carrera en la rambla, y se puso de nuevo en fuga.
--¡Flanquead! ¡flanquead y cortadle la huida! gritó Harum á los monfíes: ¡flanquead, mientras nosotros le seguimos por derecho!
Y los monfíes, al escuchar aquella voz de mando, se dividieron en dos bandas, y tomaron los atajos y los desfiladeros de la sierra.
El marqués continuaba clavando sus espuelas en los flancos de su caballo que lanzaba gemidos de dolor, y corria cubierto de espuma, pero sin alcanzar ventaja.
El caballo de Aben-Aboo no podia adelantar tampoco, por el aumento de su carga.
De repente el caballo del marqués, se paró jadeante: se extendió, tosió fatigosamente, arrojó un vómito de sangre y cayó muerto.
Don Juan lanzó una blasfemia, se desembarazó de los estribos, y siguió corriendo tras Aben-Aboo, pero desesperado.
De improviso lanzó un grito de alegría.
El caballo de Aben-Aboo habia caido rebentado tambien.
Calpuc y Harum continuaban montados, pero sus caballos se resistian á las espuelas y se negaban á correr.
Los monfíes empezaban á aparecer sobre los flancos de la montaña y se oian sus gritos de amenaza á Aben-Aboo.
Este se desembarazó tambien de los estribos, asió á Amina; cargó con ella y se embreñó.
Parecia inevitable la captura de Aben-Aboo, ó que á lo menos se veria obligado á abandonar su presa.
De tiempo en tiempo, Amina lanzaba un grito de socorro, y Harum, que habia logrado incorporarse al marqués, gritaba á los monfíes, algunos de los cuales preparaban sus arcabuces y sus ballestas:
--¡No tireis! ¡no tireis! ¿no veis que podeis herir á la sultana?
Aben-Aboo, como si le hubiera prestado fuerzas un poder sobrenatural, seguia corriendo.
Oyóse de improviso un grito de triunfo de Aben-Aboo.
Acababa de entrar en la jurisdiccion maldita, por decirlo asi, de la Princesa encantada; en aquel escondrijo que habia encontrado por casualidad Laurenti.
Ya hemos dicho que aquel lugar era terriblemente respetado por la credulidad supersticiosa de los monfíes: al llegar á cierto punto, Harum se detuvo aterrado, como si hubiera tratado de penetrar en el infierno, y los monfíes que flanqueaban la montaña, se detuvieron tambien y retrocedieron cuando reconocieron la hoya.
Solo el marqués, con la espada desnuda en una mano, y un pistolete amartillado en la otra, seguia tras Aben-Aboo y Amina, que se acercaban ya á la roca á la que se habia dado el nombre de Princesa encantada.
Aben-Aboo dió la vuelta á la roca y penetró por la grieta, recorrió los primeros senos, y al llegar á un paraje se detuvo, dejó en el suelo á Amina que se habia desmayado por la emocion y la fatiga, se inclinó sobre el suelo, levantó una piedra, y descubrió una mecha de yesca seca y perfectamente preparada.
Aben-Aboo cogió aquella mecha entre la cazoleta del pedreñal, y dió fuego: la mecha empezó á arder; Aben-Aboo cargó de nuevo con Amina y continuó descendiendo á la carrera, internándose rápidamente en el subterráneo.
El marqués de la Guardia, aunque muy retrasado, penetró tambien en la gruta espada en mano, siguiendo á Aben-Aboo.
Entre tanto los monfíes detenidos por su terror supersticioso en la frontera, por decirlo asi, de aquel terreno maldito, no daban un paso: el mismo Harum vacilaba, solo Calpuc atravesó á la carrera aquella demarcacion fatal.
Excitado al fin Harum por su lealtad á sus señores, la pasó tambien.
Pero ni un solo monfí adelantó.
Limitáronse á rodear aquella demarcacion.
Calpuc adelantaba, Harum le seguia.
De improviso una detonacion horrorosa hizo temblar la tierra; la roca que representaba la Princesa encantada, voló lanzando á gran altura enormes fragmentos, y solo quedó en el lugar que ocupaba un monton de escombros calcáreos.
Calpuc y Harum se detuvieron pálidos de espanto; y los monfíes lanzaron un alarido de terror.
Era imposible ya penetrar en el subterráneo: Aben-Aboo, Amina y el marqués de la Guardia, habian quedado sin duda sepultados.
Calpuc y Harum, pasado el primer momento de terror, corrieron al lugar de la catástrofe, y al contemplar aquel hacinamiento de rocas rotas, impidiéndoles el paso, separándolos de Amina y del marqués, cayeron de rodillas y oraron por ellos.
Pero de repente Harum se alzó.
En su semblante pálido se veia una expresion terrible de venganza, de una venganza ansiosa; sus ojos destellaban sombríos relámpagos de muerte.
Como él, Calpuc se habia alzado rígido y terrible.
--De seguro, dijo volviéndose á Harum, en esta terrible voladura, solo ha perecido el marqués de la Guardia. Aben-Aboo se ha dirigido aquí sin vacilar: debia conocer este escondrijo: debia tenerlo preparado á todo evento. Las voladuras se efectúan siempre para arriba: esto lo sé yo muy bien, como que he hecho volar muchas masas de pedernal, en el desierto mejicano para buscar el diamante: esa caverna debe tener una salida por la cual se habrá sin duda salvado ó se salvará con Amina Aben-Aboo... pero el pobre marqués...