Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 80
--Porque no quisiera unirme á vos trayendo las manos manchadas con la sangre de ese nombre á quien habia considerado como vuestro esposo.
--¿De modo que, dijo Angiolina, anduve acertada en vestirme de negro para huir con vos de Cádiar?
--¿Llevais por él luto?
--¿No habeis dicho vos mismo que yo le consideraba mi esposo?
--¿Y esa muerte no os causa pesar?
--Ya lo veis, hablo de ello tranquilamente con vos como si se tratara de la de cualquier otro.
--Pero no os mostrais alegre.
--Yo no tengo mal corazon.
Era que Angiolina no tenia sobre sí misma dominio bastante para llevar su fingimiento hasta el punto de mostrarse alegre por la muerte del marqués, cuando estaba transida de dolor, anhelante, haciendo poderosos esfuerzos para que no saliesen á sus ojos las lágrimas, á sus labios los gritos desesperados.
--¿Será acaso que no creais que el marqués haya muerto? dijo el receloso jóven.
--Sí lo creo: porque según lo que ha pasado en las Alpujarras, el marqués que era muy noble y muy valiente ha debido morir.
--¡Ah! ¡le elogiais!
--El que haya sido conmigo un infame, el que yo me haya visto obligada primero á desear vengarme de él, después á despreciarle, no prueba que cuando se trataba del servicio del rey fuese cobarde ni villano: para probaros que os creo, voy á deciros una sola palabra: soy vuestra.
--¡Que sois mia! exclamó Aben-Aboo, levantándose de la silla.
--¡Si, si, dijo Angiolina conteniéndole con un movimiento: después de algunos dias...
--¡Ah! dijo Aben-Aboo. ¡Otro plazo!
--¿No despreciaríais algun dia á una mujer que os abriese sus brazos, caliente aun el cadáver de su esposo?
--¡Esa extraña manía de llamar vuestro esposo al marqués...!
--Yo le he considerado como tal. Sin embargo, podeis abreviar ese plazo.
--¿Cómo?
--Sabeis que soy enemiga del emir, porque de él vienen mis desgracias. Si él hubiera guardado mas á su hija, no me hubiera visto ultrajada por el marqués. Si mi esposo...
--¿De qué esposo hablais ahora...?
--Del príncipe Lorencini Maffei.
--¡Ah!
--Si, mi esposo no sé por qué malhirió al emir en Madrid, y huyó: desde entonces quedé abandonada, y me ví obligada á ampararme de Cisneros. Solo por una sucesion de tristes casualidades he podido venir á vuestras manos. Aborrezco al emir y á su hija, el odio que siento hácia ellos me abrasa el corazon. Si exterminais al emir y á la sultana Amina... el dia en que me digais: no existen, podéis pisar su sepultura, aquel dia... me arrojo en vuestros brazos.
Angiolina se estremeció horrorizada de sí misma: sabia que Aben-Aboo era hijo del emir, hermano de Amina, y sin embargo le pedia la sangre de su padre y de su hermana: y era que aunque comprimia su dolor, dolor causado por la noticia de la muerte del marqués, que Aben-Aboo la habia dado con la mayor seguridad, aunque sabia que el marqués no habia muerto, la enloquecia, la hacia sentir una horrible sed de exterminio, la arrastraba á todo.
Una fatalidad mas que se levantaba contra Yaye.
Porque Angiolina, que, como hemos dicho, solo era infame cuando se tocaba á su corazon, á sus zelos, á su desesperacion por el marqués, se habia reservado de dar á Aben-Aboo la prueba aparentemente terrible de que Yaye habia tenido parte en el asesinato de Miguel Lopez.
Si Aben-Aboo no se hubiera enamorado de Angiolina hasta el punto de inventar una mentira para procurarse su posesion, acaso Angiolina no se hubiera atrevido á afrontar el horroroso crímen de levantar el puñal de un hijo contra su padre.
Pero al escuchar la noticia de la muerte del marqués, noticia dada con tal maestría, que Angiolina creyó en ella, enloqueció y lo arrostró todo: en aquellos momentos, si hubiera podido, hubiera incendiado la creacion.
--¡Otra condicion mas! exclamó Aben-Aboo.
--Pero condicion que podeis satisfacer fácilmente.
--¡Matando al emir!
--¿Acaso no fue él la causa, y el cómplice de la muerte de vuestro padre?
--Me lo habeis repetido mil veces, pero no me habeis dado la prueba, dijo Aben-Aboo.
--¡La prueba! ¿queréis la prueba? exclamó Angiolina levantándose de donde estaba sentada, y sacando de debajo el cofre de sus alhajas que habia traido de Granada: os voy á dar la prueba, añadió abriendo con mano temblorosa el cofrecillo, y sacando de él unos papeles doblados que entregó á Aben-Aboo.
Aquellos papeles eran parte del testimonio que Laurenti habia traido de Granada: en él constaban las informaciones hechas acerca de la muerte de Miguel Lopez, la acusacion y la sentencia contra don Diego de Córdoba y de Válor, y las inculpaciones que este habia hecho, descargándose, contra el emir de los monfíes, puesto que monfíes habian sido los asesinos visibles de Miguel Lopez.
Si Aben-Aboo hubiera meditado un poco, hubiera aplazado hasta informarse mejor, la ejecucion de su venganza: hubiera podido saber por Aben-Jahuar que ninguna parte habian tenido Yaye ni su padre Yuzuf en aquella muerte; pero solo leyó esta terrible frase: los monfíes fueron los asesinos de Miguel Lopez, y el emir de los monfíes estaba enamorado de doña Isabel de Córdoba y de Válor.
Aben-Aboo, con los ojos desencajados se volvió á Angiolina despues de haber cogido aquellos papeles, que por desgracia para Aben-Aboo estaban autorizados en forma.
--Me habeis dicho que sereis mia, el dia en que podais pisar las sepulturas de Yaye y de Amina. Os aseguro que si cumplis vuestra promesa sereis mia mañana.
Y sin decir una palabra mas, salió desencajado, frenético.
Cuando se quedó sola Angiolina, lanzó un largo grito de angustia, se arrojó de costado sobre el lecho y rompió á llorar por el marqués.
Aben-Aboo entre tanto corria frenético á través de las breñas, en medio de las tinieblas de la noche.
CAPITULO XXXVII.
En que se cuentan sucesos horribles.
Aquella misma noche, el emir estaba sentado junto á una chimenea en su alquería de Cádiar.
Doña Isabel sentada frente á él, indolente, magnífica, pero preocupada, fijaba su vista distraida á través de los cristales de una ventana, en la luna que acababa de parecer sobre una montaña inmediata.
Yaye estaba tambien profundamente pensativo.
--Será necesario al fin romper por todo, dijo Yaye dirigiéndose á doña Isabel.
--¿Romper por todo? exclamó esta.
--Si, es necesario... necesario de todo punto, buscar á nuestro hijo: necesito hablarle... despues de hablarle, espero que todo se arreglará: es un sacrificio, un sacrificio enorme: ¿pero qué hacer?
--¿No hemos resuelto ya que nuestro hijo sepa la verdad de su nacimiento?
--Si, es cierto: pero yo lo dilataba; yo esperaba; el momento es llegado: despues de esto...
--Despues de esto, y para evitar nuevas y mayores desgracias, será necesario que hagas otra revelacion á otro hijo tuyo.
Yaye se puso pálido: hasta entonces doña Isabel ni una sola palabra le habia dicho que indicase que conocia el misterio del nacimiento de Aben-Humeya: las últimas palabras de doña Isabel, aunque tranquilas y afectuosas, le aterraron.
--¡De otro hijo mio! exclamó: ¿acaso sabes?... ¿acaso esa funesta mujer te ha revelado?....
--No; mi cuñada nada me ha dicho: ¿pero no sabia yo que hace veinte y dos años, doña Elvira te tuvo en su poder? ¿Acaso pudieron engañarse mis ojos? como no pudo engañarse mi corazon, no pudieron engañarse mis zelos; yo sabia que doña Elvira te amaba, que te amaba con toda su alma, con toda la vehemencia de un empeño contrariado. Mi hermano, despues de haber quedado tú en poder de doña Elvira por aquella sucesion terrible de fatalidades, solo volvió para estar un momento al lado de su esposa y ser preso por el Capitan general. Cuando nació Aben-Humeya, no pude dudar de que era tu hijo: lo que habia visto, el tiempo trascurrido desde la prision de mi hermano, hasta el nacimiento de Aben-Humeya, todo me confirmó en que era tu hijo. He guardado este terrible secreto de familia, pero en el estado á que han llegado las cosas, es necesario que Aben-Aboo y Aben-Humeya sepan que son hermanos: preciso de todo punto.
--¿Y crees que yo fui culpable, que yo acepté por mi voluntad los amores con doña Elvira? dijo Yaye cuya voz temblaba.
--¡Doña Elvira era muy hermosa! contestó tristemente doña Isabel.
--Doña Elvira abusó de mi situacion: cuando doña Elvira me perteneció, yo no vivia, propiamente dicho: estaba dominado por un marasmo profundo... y es mas Isabel, y puedes creerme como si leyeses en mi conciencia: en medio de aquella fascinacion fatal, yo creia poseerte cuando poseia á doña Elvira. ¡Oh! ¡cuán terrible, cuán funesta es mi historia!
--No hablemos mas de eso: ha sido lo que Dios, sin duda para probarte, ha permitido que sea. Pero en el punto en que nos encontramos, es necesario obrar, y obrar pronto: romper esa cadena funesta con que nos estrecha el destino y nos ahoga; remediar como se pueda el mal causado, y empezar otra nueva vida, una vida enteramente distinta. Me has prometido arrojar esa sangrienta corona; quiero mejor vivir en una choza, al lado del mar, alimentándome de la pesca, tranquila, descuidada, feliz, con el amor de mi familia, que los alcázares dorados, la servidumbre de los esclavos, las vestiduras regias, la grandeza del imperio, en medio de los remordimientos de horribles crímenes y bajo el peso de insoportables cuidados.
--¡Oh! ¡si quisiera Dios!
--¡Ojalá que Dios no esté irritado contra nosotros!
Y doña Isabel se puso de pié.
--¿A dónde vas? la dijo Yaye.
--Ha salido la luna, contestó doña Isabel.
--No te comprendo.
--Dentro de un momento me comprenderás.
--Pero...
--Silencio... déjame hacer.
--Te confieso que me espanta ese misterio.
--Ese misterio se esclarecerá pronto; pero no me detengas, dentro de un momento volveré.
Doña Isabel salió, y Yaye quedó entregado á una ansiedad indescribible, á una curiosidad punzante y gravísima.
Doña Isabel entre tanto habia ido á una retirada habitacion de la alquería, cuyas ventanas daban sobre un barranco.
Pero antes de decir lo que encontró doña Isabel en aquel aposento, debemos poner en antecedentes á nuestros lectores.
Algunos dias antes, doña Isabel habia recibido por medio de un gitano, mientras paseaba en el valle próximo á la alquería, una carta de su hijo concebida en estos términos:
«Necesito hablaros, madre mia: si quereis concederme esta merced, esperadme esta noche cuando salga la luna en una de las ventanas de vuestra casa que dan sobre el barranco. Yo llevaré una escala que vos podreis recoger con un cordon. Nada de esto digais á vuestro esposo.--Vuestro hijo que bien os quiere, Diego Lopez Aben-Aboo.»
Esta carta maravilló á doña Isabel, porque no podia comprenderla: ella creia que su hijo estaba al frente de los monfíes avanzado contra Granada.
Pero eran tan graves las circunstancias en que se encontraba Yaye, en que ella misma se encontraba, que guardó un profundo silencio acerca de la carta de su hijo, y aquella noche, en el momento que salió la luna, fué á la ventana indicada por Aben-Aboo, la abrió é hizo una ligera señal; la contestaron con otra señal desde abajo, y doña Isabel echó el cordon de que se habia provisto, sintió que abajo tiraban de él, tiró á su vez doña Isabel y trajo consigo una escala: la aseguró al alfeizar, se atirantó, y poco despues entró por la ventana un hombre.
Aquel hombre era Aben-Aboo.
--¿Qué significa esto, Diego? le dijo con ansiedad doña Isabel.
--¿Estamos solos, madre mia? dijo el jóven mirando con recelo á su alrededor.
--Si, solos estamos: el emir está en la montaña y no vendrá hasta la media noche.
--Tenemos entonces tiempo sobrado.
--Pero yo te creia lejos de aquí.
--¿No os ha dicho nada vuestro esposo, madre?
--¿Y qué habia de decirme?
--¿Nada os ha dicho de mí?
--No; solamente que te encontrabas mandando los monfíes hácia el puente de Tablate.
--¡Ah! ¿no os ha dicho que yo le hago traicion?
--No... no... ¿pero eso es verdad?
--No, madre, no, pero hay traidores que pretenden desunirnos á todo trance.
--Mi esposo está satisfecho de tí.
--Vuestro esposo sabe que me amais madre, y os engaña.
--¡Engañarme!
--Si: desde la noche del levantamiento de las Alpujarras ando huyendo, madre mia, y desde entonces el emir me anda buscando.
--Pero ¿por qué huyes?
--Porque sé que el emir me cree traidor, y me castigará. Vos sola, vos sola podreis, madre, hacer que el emir se contenga y consienta en escucharme. Si me escucha, yo me justificaré: os lo aseguro, porque soy inocente: pero quiero que me escuche aquí, aquí y á solas.
Doña Isabel, que amaba con delirio á su hijo, se afligió, lloró, y le prometió que el emir le escucharia y que el que se hubiera propuesto dividirlos y enemistarlos, seria castigado.
Doña Isabel y Aben-Aboo quedaron en verse tres noches despues.
Doña Isabel iba á cumplir su promesa.
Abrió una ventana, arrojó una piedrecilla al barranco, y se oyó abajo una palmada.
Doña Isabel echó un cordon, le retiró, trayendo una escala, la aseguró, y á poco apareció un hombre en la ventana y saltó dentro.
Era Aben-Aboo.
--¿Habeis hablado al emir, madre mia? la dijo con ansiedad.
--No; pero le he preparado; ahora le hablaré; él tambien desea hablarte: pero, qué pálido estás Diego, qué desencajado: ¿te ha sucedido alguna desgracia, hijo mío?
--Es que tengo miedo, madre.
--¡Miedo! ¿y de qué?
--¡Miedo del emir!
--¡Miedo de mi esposo! ¿crees tú que aunque fueses culpable, el emir podría castigarte?
--¡Oh! ¡madre mia! un demonio se ha puesto en medio de nosotros.
--¿Quién?
--Mi tio don Fernando el Zaguer.
--¡Oh! ¡siempre fue mi hermano traidor y miserable! pero nada temas, Diego, nada: ¿no sabes que el emir me ama con toda su alma? que te ama... á tí... porque... porque eres mi hijo?
--¡Madre, madre! ¡decís eso de una manera!
--El emir tiene que revelarte grandes secretos: secretos que tocan á tu madre, que te tocan á tí: por terrible que te parezca lo que te revele mi esposo... créelo, hijo mio, créelo: tu madre te dice que lo creas.
--¡Pero explicadme!
--No; no: seria para mi demasiado sacrificio: el emir te lo explicará.
--Una palabra: ¿ese secreto pertenece á vos?
--Si.
--¿Y por qué no me lo revelais?
--¿No te digo que seria para mí un horrible sacrificio?
--Me poneis en confusion, madre.
--Mi esposo te sacará de ella. Adios.
--¿Tardará mucho en venir, madre?
--Tardará un tanto, porque necesito prevenirle. Adios.
Y doña Isabel, conmovida y trémula escapó.
Aben-Aboo se quedó solo.
--Si, si, dijo: sin duda pretenden revelarme, que mi padre murió á manos de mi tio don Diego de Córdoba y de Válor: pero es ya tarde; ya sé á lo que debo atenerme: ¿se referirá esa revelacion á Amina? ¿Quién sube? pero es preciso no perder el tiempo; ¡ola! ¡eh! ¡primo! ¡subid, y subid pronto! dijo Aben-Aboo en voz breve asomándose á la ventana.
Poco despues otro hombre entró en la habitacion.
Era Aben-Humeya.
--¿Está el emir en la alquería?
--Si, contestó Aben-Aboo.
--¿Y has hablado á tu madre?
--Si.
--¿Y nada sospecha?
--Nada.
--¿De modo que podemos dar el golpe?
--Si, podremos vengar á nuestros padres.
--¡Oh! ¡y qué horribles misterios, primo!
--Pero le tenemos en nuestras manos. La justicia de Dios caerá sobre los infames: él muerto: mi madre... no la mataré, porque al fin me llevó en sus entrañas; pero castigaré en ella á la infame que se ha unido con el asesino de su esposo, con el padre de su hijo.
--Si, si; con el asesino de mi padre.
--Despues, tú, rey de Granada, yo, emir de los monfíes...
--Una palabra, primo: ¿sabes tú del paradero de Amina?
--Yo no: ¿la amas?...
--Te juro que si quise casarme con ella, solo fue por atraerme la amistad del emir.
--Y yo lo mismo.
--Muerto el emir...
--Amina nada importa...
--Si la encontramos...
--Si la encontramos la jugaremos á los dados.
--La jugaremos...
--Y quien la gane....
--La encerrará en su haren.
--Convenido.
--Me parece que suenan pasos.
--¡Oh! ¡si! debe ser el emir; escóndete y está pronto: cuando yo me abrace á él, hiérele tú por detrás.
--Esconderme ¿y dónde?
--Aquí, tras de este tapiz. Pronto; ocúltate.
Aben-Humeya se escondió.
En aquel momento se abrió la puerta y apareció Yaye.
Se detuvo á alguna distancia de Aben-Aboo y le miró profundamente: el jóven temblaba.
--Tu madre me ha dicho que deseabas hablarme, dijo el emir.
--Si, si señor, deseaba hablaros, porque me han calumniado, porque han suscitado vuestra cólera contra mí.
--Creo que aquí no hay calumnia, sino error, dijo conteniéndose Yaye. Pero necesito que me hables con verdad: ¿me has injuriado de una manera irreparable?
--No señor.
--¡Desdichado de tí si no has respetado á Amina!
--Señor, dijo Aben-Aboo, poniéndose letalmente pálido.
--Si, desdichado de tí... porque es necesario decírtelo de una vez... Amina es tu hermana.
--¡Que Amina as mi hermana! exclamó aturdido por aquel golpe imprevisto Aben-Aboo.
--Si, tu hermana, dijo profundamente conmovido Yaye, porque tú eres... porque tú eres mi hijo...
--¡Vuestro hijo! ¡que yo soy vuestro hijo! exclamó Aben-Aboo... pero esto no puede ser, no... mi padre se llamaba Miguel Lopez.
--Tu padre soy yo: tú naciste diez meses despues de la muerte de Miguel Lopez.
--¡La prueba! ¡la prueba! gritó Aben-Aboo.
--¿No te ha dicho tu madre que creas cuanto yo te digo?
--Pero mi madre es vuestra esposa, exclamó Aben-Aboo: mi madre tiene interés... en hacerme pasar por vuestro hijo...
--Aben-Aboo, gritó Yaye: ¿te atreverás á dudar de mí?
Mí padre murió asesinado y le asesinásteis vos.
--¿Yo?...
--Si, vos, emir de los monfíes... y por vengar á mi padre yo he venido á mataros...
--¡A matarme! exclamó Yaye, cuya frente se cubrió de sudor frío.
--Si, á mataros y os mato, exclamó Aben-Aboo, y por un movimiento rápido, que Yaye aturdido no pudo evitar, se abrazó á él.
Y en aquel momento Aben-Humeya, saltó como un tigre del lugar en donde estaba escondido, y antes de que Yaye pudiese desprenderse de Aben-Aboo, le clavó un puñal por tres veces en un costado, gritando:
--¡Muere, asesino de mi padre! ¡su hijo le venga en tí!
--¡Misericordia de Dios! exclamó cayendo Yaye: ¡asesinado, y asesinado por mis hijos!
Aquella exclamacion en la boca de un hombre herido de muerte, aterró á los dos jóvenes que se miraron pálidos de espanto.
--¡Ah! ¡que os perdone Dios! exclamó Yaye cayendo; ¡que os perdone Dios, porque no habeis sabido lo que habeis hecho!
--Pero... exclamó Aben-Aboo, inclinándose sobre el emir; ¿sostendreis aun á punto de muerte esta impostura?
--¡Que os perdone Dios! dijo con desesperacion Yaye.
--¿Será cierta esa horrible revelacion?...
--Corred, corred: buscad socorro; dijo el emir: yo quiero salvarme, no por mí, sino por vosotros: quiero salvarme para que no tengais el remordimiento de un parricidio.
En este momento un hombre apareció en la ventana y saltó á la estancia.
Aquel hombre era Laurenti.
--¿Es decir que todo se ha consumado? dijo viendo á Yaye por tierra sobre un lago de sangre: ¿es decir que los hijos han matado á su padre?...
--Laurenti, exclamó Yaye... tú...
--Si: yo el bandido que se venga.
--¿Has dicho que el emir es nuestro padre? exclamaron los jóvenes.
--Si, y os traigo la prueba. Lee tú esta carta de tu madre, Aben-Humeya; la escribió hace veinte y dos años; toma tú esotra, Ahen-Aboo; tambien hace veinte y dos años que la escribió tu madre doña Isabel.
--¡Ah! ¡las cartas! ¡las terribles cartas que me robaron! exclamó espirando Yaye, mientras los jóvenes devoraban las cartas en que sus madres habian anunciado su nacimiento á Yaye.
--Si, si, te las robé yo, dijo Laurenti, rompiendo los sellos de la Inquisicion: me he vengado y nada tengo ya que hacer aquí. Adios.
Y antes de que los dos jóvenes pudieran detenerle, se precipitó á la ventana y se deslizó por la escala.
--¡Oh! ¡no hay duda, no hay duda, exclamó con desesperacion Aben-Aboo, es mi padre! ¡Estoy maldito de Dios!
Y sin atreverse á mirar á Yaye huyó, ganando la ventana y la escala.
Aben-Humeya quedó inmóvil, aterrado, como herido por un rayo, despues de leer la carta de doña Elvira.
Luego tieso, ríjido, terrible, como impulsado por un poder superior, se acercó á Yaye, se inclinó sobre él y le miró.
Yaye estaba muerto.
--¡Mi padre! dijo con voz ronca: ¡mi padre! añadió, y se apretó las sienes con las dos manos, y luego con los cabellos erizados, vacilante, como un ebrio, se acercó á la ventana, ganó la escala y se deslizó por ella.
El cadáver de Yaye quedó sobre un lecho de sangre en la estancia, y á los piés de la mesa donde estaba la luz, las dos cartas que el horror habia dejado caer de las manos de Aben-Humeya y de Aben-Aboo.
CAPITULO XXXVIII.
En que empieza á desenlazarse nuestra historia, con la salida pera la eternidad de dos de sus principales personajes.
Entre tanto doña Isabel esperaba impaciente.
Suponia que debia ser larga la entrevista de Yaye y de Aben-Aboo y no se habia atrevido á escucharla.
Durante algun tiempo permaneció anonadada en un sillon junto á la chimenea. Luego, no pudiendo dominar su ansiedad se levantó, fué á su aposento, abrió una puerta, entró en un pequeño retrete, se arrodilló delante de un reclinatorio en que habia un cristo crucificado y se puso á rezar.
Para doña Isabel aquella era una situacion suprema.
Su pudor de madre iba á verse herido por la horrible revelacion que Yaye en aquellos momentos hacia sin duda á su hijo.
Un terror misterioso se habia apoderado de doña Isabel.
Se sentía mal, con el alma comprimida y no sabia darse razon de la causa.
Estaba bajo la influencia de esa intuicion inexplicable que nos anuncia una desgracia; intuicion ó augurio del cual no podemos darnos cuenta, sino cuando la desgracia ha acontecido.
Dominaba en torno suyo un silencio profundísimo y aquel silencio la asustaba.
Se distraia y solo rezaban sus labios.
Su corazon no estaba en Dios, sino en aquel apartado aposento donde se habian encerrado Yaye y Aben-Aboo.
Pasó asi algun tiempo, sin que nada turbase aquel denso silencio, aquella calma glacial.
De repente se oyeron fuertes ladridos de los perros de la alquería, luego ruido de voces, y al cabo pasos precipitados en la cámara de doña Isabel.
Esta se levantó del reclinatorio y corrió á su cámara.
En ella encontró á Harum-el-Geniz, en cuyo semblante se notaba algo extraordinario.
--¿Qué sucede? dijo doña Isabel.
--Debe amenazarnos una gran desgracia, señora, dijo el leal monfí.
--¡Una gran desgracia!
--Si, porque Aben-Jahuar el Zaguer, vuestro hermano y vuestra cuñada doña Elvira de Céspedes, acaban de llegar á la alquería y preguntan anhelantes por el emir, por vos, por vuestro hijo, por Aben-Humeya.
--Hacedles, hacedles entrar al momento, dijo doña Isabel.
Aben-Jahuar y doña Elvira fueron introducidos.
Doña Elvira se avalanzó pálida á doña Isabel.
Hacia veinte y dos años que aquellas dos mujeres no se veian: es mas, que se aborrecian.
Doña Isabel miró con una expresion de gran extrañeza á su cuñada.
--¿Qué quereis en mi casa, señora? la dijo.
--¡Qué quiero! salvar á Yaye, á quien vos habeis perdido, contestó doña Elvira.
--¿Qué decis? exclamó con un supremo desprecio doña Isabel.
--¿Dónde está Yaye? exclamó con afan doña Elvira.
--Si, ¿dónde está el emir? repitio Aben-Jahuar.
--¿Pero por qué me preguntais por él de ese modo?
--Urge aprovechar los momentos, hermana, dijo Aben-Jahuar, imponiendo silencio con un ademan á doña Elvira.
--Está aquí, en su casa, dijo cada vez mas admirada doña Isabel.
--¡Ah! ¡loado sea Dios! dijo Aben-Jahuar.
--Está hablando de negocios de familia con mi hijo, añadió doña Isabel.
--¿Que está encerrado con tu hijo, hermana? exclamó Aben-Jahuar, palideciendo de nuevo: ¿y hace mucho tiempo que han quedado solos?
--Cerca de una hora; pero no comprendo....
--¡Una hora! exclamó aterrada doña Elvira.
--Ha tenido tiempo bastante para asesinarle.
--¡Para asesinarle! exclamó doña Isabel: ¿qué decis?
--Tu hijo cree á tu esposo asesino de su padre.
Doña Isabel no escuchó mas: se precipitó hacia la habitacion donde habia dejado á Yaye y á su hijo, y Aben-Jahuar y doña Elvira la siguieron.