Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 82
--Acaso se haya salvado tambien, murmuró con acento ronco Harum; seguia ya de cerca á Aben-Aboo.
--Pero lo que nos queda que salvar es mi viznieta; sin duda ha sido abandonada por Aben-Aboo en el lugar donde ha tenido oculta á mi nieta. Corramos, Harum, corramos: salvemos al menos á la última de nuestra familia.
--Y á los que no podamos salvar, los vengaremos, exclamó Harum roncamente.
Y alejándose de la sima que habia abierto la explosion llegó con paso lento y tardo al lugar de donde no se habian atrevido á pasar los monfíes.
Calpuc le seguia.
Harum hizo sonar su corneta.
Poco despues los quinientos monfíes, con sus dos banderas, estaban agrupados á su alrededor:
--¡Valientes! gritó Harum: ya sabeis que el emir ha sido asesinado por Aben-Aboo y Aben-Humeya.
--¡Venganza! gritaron á una voz todos los monfíes como impulsados por un mismo pensamiento.
--¡Si, venganza, y venganza terrible! vosotros sois los valientes que componiais la guardia del emir, los que ibais tras su bandera: á vosotros toca vengarle y le vengareis. ¿Hay alguno entre vosotros que no quiera jurar enemistad á muerte á Aben-Aboo y Aben-Humeya?
Todos callaron.
--Mirad que vuestro silencio es un juramento de venganza contra esos dos infames: que el que no quiera ser de los nuestros hable, y quedará libre.
Continuó aquel elocuente silencio.
--¿Es decir que desde hoy todos somos hermanos? gritó Harum.
--Si.
--¿Que todos nos obligamos á ayudarnos, defendernos y avisarnos?
--Si.
--¿Que en cualquier tiempo y ocasion puedo contar con vosotros cuando os llame?
--Si.
--¡En el nombre de Dios Altísimo y Unico! ¡que ninguno de vosotros olvide lo que ha jurado, sino quiere ser tenido por infame y traidor!
--¡No! ¡no! gritaron en coro los monfíes.
--Pues bien: que ninguno de vosotros diga ni aun á su padre el nombre de los asesinos del emir.
--¡No! ¡no!
--Ahora, valientes, separémonos: yo haré de modo que todos, cualquiera que sea en el lugar donde nos encontremos, sepamos los unos de los otros: quedaos conmigo los de mi taifa: los demás á vuestros apostaderos.
Harum extendió el brazo en un ademan de imperio, y los monfíes se disolvieron, encaminándose á distintos puntos.
Solo quedaron con Harum cien hombres con una bandera.
--Ahora, dijo Calpuc, á mi antiguo subterráneo.
* * * * *
Al oscurecer de aquel mismo dia, Calpuc y Harum penetraron en el subterráneo.
Antes de llegar á la habitacion donde habia muerto Miguel Lopez, oyeron el llanto desesperado de una criatura.
Cuando llegaron á aquella habitacion, encontraron á la pequeña hija de Amina abandonada sobre el lecho.
Tomóla Calpuc en sus brazos, la besó en la frente, y exclamó llorando:
--¡Lo último, lo último acaso que me queda de todo cuanto he amado!
CONCLUSION.
LA VENGANZA DE LOS MONFIES.
CAPITULO XL.
En qué estado se encontraba la guerra de las Alpujarras algunos meses despues de los sucesos anteriores.
La guerra de las Alpujarras se hacia cada vez mas difícil y de resultado mas dudoso.
El marqués de Mondéjar no tenia medios para reprimir la insurreccion.
Le faltaban hombres y dinero.
Ademas, entre él y el presidente de la Chancillería, se cruzaban competencias de autoridad.
Las prudentes medidas que el marqués de Mondéjar tomaba para mantener en paz á los moriscos del Albaicin y de la Vega, eran inutilizadas por las severas é imprudentes represiones que el presidente don Pedro de Deza ejecutaba sobre los moriscos.
Los alguaciles y las guardas de la Chancillería, se permitian con ellos toda clase de excesos, y por la mas leve causa, con los mas absurdos pretextos, eran encarcelados.
La mayor parte huian á las Alpujarras.
La rebelion crecia.
Un dia y otro llegaban noticias terribles.
Ya era la de que en Guecija, los monfíes, despues de haber acorralado en la torre de su iglesia á una comunidad entera de frailes agustinos la habian matado, echándoles aceite hirviendo por un agujero abierto en el techo de la habitacion en que se encontraban; ya de que habian enchido ó rodeado de pólvora al cura de Mairena, y le habian puesto fuego, y de que habian enterrado hasta la cintura al vicario de la misma villa, y le habian asaeteado; enterrando á otros eclesiásticos hasta el cuello, y dejándolos morir de frio y de hambre; ya de que á otros cristianos habian mutilado los miembros y entregádolos á las mujeres para que con almaradas los acabasen de matar; ya que á este ó al otro corregidor, alguacil, corchete, ó miembro de justicia habian acañabereado, apedreado, desollado ó despeñado; ya que á los hijos del alcaide de la Poza llamado Arze, habian dado cruel muerte degollando al uno; azotando, crucificando, é hiriendo en el costado al otro, como en escarnio y reproduccion de la muerte de Jesucristo; ya que un convento entero de monjas habia sido entrado, y repartidas las monjas jóvenes entre ellos y hechas sus mancebas, y destinadas á la mas dura servidumbre las monjas viejas: ya, en fin, de horrores repugnantes, inconcebibles, de todo punto infames, practicados por los monfíes.
Los que escapaban, maltratados algunos y heridos, llevaban el terror á Granada, y las peticiones de represion y de venganza de los ciudadanos atemorizados, hacian mas precaria la situacion de los moriscos de la ciudad, y enconaban las diferencias entre el presidente don Pedro de Deza, y el capitan general, marqués de Mondéjar.
Este opinaba que nada debia hacerse contra los que en nada habian delinquido, y protegia abiertamente á los moriscos de la ciudad, porque decia:
--Si ellos tuviesen pensamiento de alzarse, y de faltar á la lealtad al rey, hubieran aprovechado la entrada de los monfíes en el Albaicin la noche de Navidad: manteniéndoles en su lealtad por medio de la blandura; se conseguirá que muchos de los moriscos de las Alpujarras que ven la guerra dudosa y la temen, se vengan á Granada á ponerse bajo el amparo del rey, cuando si á los de la ciudad se les trata con rigor, huiran á las Alpujarras y aumentaran desesperados la fuerza de la rebelion.
Pero en contra de las razones del marqués, el presidente decia.
--Los de la ciudad y los de las Alpujarras son unos mismos: si los de acá no se han levantado, es porque no han visto seguro el suceso, pero el dia en que por recibir ayuda de Berbería los rebeldes, ó por otra circunstancia, crean llegada la hora del triunfo, se sublevaran y nos encontraremos con los enemigos en casa. Deben, pues, ser considerados como enemigos ocultos y tratados con rigor.
No se sabia á cuál de estos dos opuestos pareceres conceder el acierto; pero el resultado era que el presidente conspiraba contra el marqués de Mondéjar; y que el marqués de Mondéjar andaba contrario y enemistado con el presidente; que la ciudad, dependiente de la Chancillería en gran manera, andaba rehacia en ayudar en lo que podia al marqués, y que los habitantes castellanos, acusaban públicamente de blandura y de parcialidad por los moriscos al capitan general, y pedian le sustituyese el marqués de los Velez don Luis Fajardo, adelantado de Murcia, en quien decian tener mas confianza.
Del mismo modo los caballeros y gentes que habian venido á ayudar en la empresa al marqués de Mondejar, estaban divididos, ayudando los unos al capitan general, poniéndose los otros de parte del presidente y del marqués de los Velez.
Aben-Humeya entre tanto habia acabado de levantar todas las Alpujarras; habia dado ocasion á que el fuego cundiese á la tierra de Almería, á la Axarquia de Málaga y á la serranía de Ronda; habia enviado embajadores al rey de Argel avisándole del buen punto en que se encontraba la guerra, y pidiéndole socorro, y habia enviado á Africa á Hernando el Habaquí á tomar turcos á sueldo, de los que andaban pirateando en el Mediterráneo.
Entre tanto las gentes del rey de España llevaban en las Alpujarras la peor parte; el capitan Avila habia sido vencido y encerrado en Adia; Castil de Ferro fue tomado por los monfíes; Orgiva habia sido entrada y ocupada; y el mismo Aben-Humeya, cargando con seis mil hombres sobre el puente de Tablate donde estaban las avanzadas de la gente del marqués de Mondejar, las hizo retroceder, venciéndolas y obligando al capitan Diego de Quesada que las mandaba á retirarse á Durcal.
Por esta victoria de Aben-Humeya, Granada estaba amenazada.
El marqués de Mondejar se vió obligado, pues, á salir contra el enemigo, dejando encomendado el gobierno de la ciudad á el presidente don Pedro de Deza, y llevando por todo ejército ochocientos infantes, doscientos caballos y algunos caballeros particulares.
Cuando llegaron encontraron cortado el puente.
Al otro lado estaba Aben-Humeya con un estandarte y tres mil y quinientos hombres entre monfíes y moriscos, armados parte con arcabuces y ballestas, parte con hondas y armas enhastadas.
Parecian dispuestos á defender á todo trance aquella puerta de las Alpujarras.
Aben-Humeya, ginete en un caballo negro, con corona en la cabeza y vestiduras reales, seguido de su estandarte, recorria sus apiñados escuadrones que ocupaban el repecho; alentaba á los unos, excitaba á los otros, ofrecia recompensas, se multiplicaba, acudia á todas partes, y obraba, en fin, como un valiente capitan.
El marqués de Mondejar por su parte, mandó á la infantería forzar el paso del puente; pero la infantería que acompañaba al marqués, reunida de improviso pocos dias antes, mal regida y poco disciplinada, fue rechazada por los monfíes, que repasaron el puente cargando en tropel y con recio alarido sobre las gentes del marqués.
Entonces Mondejar mandó cargar á la caballería, pero á la primera envestida empezaron á arremolinar algunas picas de su escuadron, y el marqués, resuelto á todo, se vió obligado á envestir en persona, seguido de su guardia, de sus escuderos y de los caballeros particulares que le acompañaban.
Aconteció que, como el paso era estrecho, entre dos cerros, y los monfíes se embarazaban unos á otros por el poco espacio, y presentaban un frente de ocho hombres, no pudieron resistir los primeros la acometida del marqués y de sus gentes, fueron arroyados y arrojados á los barrancos laterales los primeros en que se encarnizó la embestida, y revueltos los de detrás, y siendo muy estrecho el paso del puente, cayeron la mayor parte despeñados al fondo del tajo, se retiraron los demás, y alentada la gente del marqués, pasó á la carrera y á la deshilada por las tablas, apretando á los monfíes y haciéndoles retirarse á la montaña, donde no podian perseguirlos los caballos.
El marqués pasó adelante, puso alguna arcabucería en el castillo de Lanjaron, que encontró abandonado, y acampó en una cumbre delante de los enemigos.
Pero esta victoria, señalada é importantísima, porque quebraba el primer ímpetu de los monfíes, debida al arrojo y á la sangre fría de Mondejar, no fue bastante para darle autoridad como capitan y acallar las rencillas y las competencias del presidente de la Chancillería y la rivalidad del marqués de los Velez.
De nada le sirvió tampoco el haber libertado á Orgiva, el haber conseguido notables ventajas sobre el enemigo, obligándole á concentrarse, y todo esto con poca gente, sin ningun dinero, sin bastimentos ni provisiones.
Culpábasele por el presidente Deza de haber causado con sus contemporizaciones la rebelion de los moriscos; se desestimaban sus triunfos, se atribuian al acaso mas que á la pericia, todo esto en cartas al rey en que por el contrario se elogiaba al marqués de los Velez, que, requerido por el presidenta Deza, habia entrado con sus deudos, amigos y allegados en el reino de Almeria; se ponderaban su valor y su pericia: se referia enfáticamente cómo habia combatido una gruesa taifa de moros que atravesaban desvandados por Illar; cómo habia tomado á Flix, villa de moriscos y saqueádola y llevádola á sangre y fuego, y matando mas mujeres que hombres, y cómo por falta de vituallas, se habia visto obligado á recogerse á Casar de Canjayar, á quien por otro nombre llamaban y aun llaman hoy, barranco de la Hambre, en memoria de que en él se recogieron los moriscos cuando don Fernando el Católico fué sobre Andarax, en la primera rebelion de las Alpujarras, barranco en el cual murieron de hambre casi todos los moriscos que en él se refugiaron.
Felipe II recibia estas cartas; las leia detenidamente, conocia la parcialidad que en ellas se encerraba, y no proveia socorros ni para Mondejar ni para el marqués de los Velez, ni se decidia por el uno ni por el otro.
Política incomprensible, que dejaba crecer una rebelion respetable, que dilataba la guerra y empequeñecia la influencia del rey en las Alpujarras.
Sin embargo, puso algun temor á los moriscos la toma de Poqueira, Jubiles y Paterna, lugares que por su aspereza creian inexpugnables, tomas tanto mas dolorosas para ellos, cuanto por la reputacion de fuertes de aquellas villas, habia recogido en ellas todos sus caudales que fueron tomados por los cristianos.
Con estas ventajas creyó el marqués de Mondejar tener ya vencida y á punto de terminar la rebelion; pero esta, que parecia sosegada en el centro de las Alpujarras, saltó por otras partes á las Guajaras, que son tres lugares pequeños al Poniente de las Alpujarras, situados entre Almuñecar y el valle de Lecrin, en la rambla que va á parar al puerto de la Herradura.
Los monfíes ocuparon los dos peñones que se llaman las Guajaras, uno alto, de subida áspera y dificil, y otro mas bajo y accesible.
Fortificáronlos como pudieron, con piedra seca y mantas y enjalmas, á falta de tierra y ramas, y aumentado su número por tres mil moriscos de los lugares vecinos, esperaron al marqués, que dejando con sobrada impremeditacion á sus espaldas lugares sospechosos y mal reducidos como Ohañez y Válor, cargó sobre las Guajaras donde de nuevo aparecia la rebelion audaz y provocadora.
Desastrada pudo ser para los castellanos esta empresa por la imprevision del marqués de dejar á sus espaldas y á sus flancos lugares enemigos.
Acometidas las Guajaras, los monfíes y los moriscos se defendieron con el valor de la desesperacion; el ardor del capitan de infantería don Juan de Villaroel empeñó á una bandera de arcabuceros en el asalto imprudente del peñon mas difícil; cundió la imprudencia, y ya pasaban de ochocientos infantes los que subian por lo mas áspero del peñon, sin que el marqués de Mondéjar pudiese contenerlos; alentado el capitan Villaroel con aquel aumento de gente, creyendo tener asegurado para sí el honor de la jornada, desoyendo las órdenes del marqués, prosiguió en el asalto de una manera desvandada, dando ocasion á los monfíes de que le rechazasen con sus arcabuces y ballestas, y con una lluvia de piedras derrumbadas desde el alto del peñon.
De los moros, todos eran á arrojar: hombres, mujeres, viejos y niños.
Los cristianos fueron rotos, muertos de una manera desastrada la mayor parte de ellos; cargados por los moros que, al ver el desórden, saltaron del peñon abajo, y mataron entre otros muchos hidalgos al imprudente capitan Villaroel, que cayó desalentado con la espada en la cinta, acuchillado en la cabeza, y mutiladas las manos con que pretendia parar los golpes de los alfanjes y yataganes.
Murió allí tambien don Luís Ponce de Leon, que estando herido de muerte y por tierra, le despeñó un criado suyo por salvarle; y asimismo murieron el veedor de las compañías de Granada Juan de Ronquillo, y el único hijo del maestre de campo Hernando de Oruña, que cayó ensangrentado á los piés de su mismo padre.
El marqués, á la vista de aquel estrago y de los enemigos que embravecidos por el triunfo cargaban, prolongándose por la cumbre para tomarle las espaldas, guiados por los terribles walies Gironcillo y el Zamar, envió á don Alonso de Cárdenas con una manga de arcabucería á que contuviese su ímpetu.
Logróse, conteniéndose el impetu de los enemigos; llegó la noche, y el marqués con su gente recogida y en ordenanza permaneció acampado delante de los moros.
Al amanecer llegó al campo del marqués su retaguardia, compuesta de cinco mil quinientos hombres y cuatrocientos caballos.
Renovóse de nuevo el asalto del peñon por todas partes, y siendo el combate encarnizado todo el dia, con gran mortandad de los cristianos, que eran heridos por los moros desde sus reparos y asperezas á mansalva.
Visto por los monfíes y los moriscos que se encontraban cercados, que el campo del marqués habia vencido, que les faltaban municiones y víveres, y que al dia siguiente podrian resistir mal un nuevo asalto, rompieron durante la noche por el lugar que encontraron mas flacamente cercado, salvándose los monfíes con sus capitanes Gironcillo y el Zamar, y sacando las mujeres y niños que pudieron, pero quedando otro gran número de los naturales en las Guajaras defendiendo el peñon.
El marqués puso parte de su gente en demanda de los que huian, y el wali Zamar, embarazado por el peso de una hija doncella, á quien habia tomado en sus brazos, porque no podia seguir de cansada, fue herido en un muslo por un arcabucero preso, cautivada y deshonrada aquella hija por cuya salvacion se habia perdido, y enviado él mismo á Granada, donde le mandó atenacear el conde de Tendilla, hijo del marqués de Mondéjar.
Los horrores crecian.
Los desdichados que habian quedado cercados en el peñon, gente floja, mujeres, niños y viejos la mayor parte, fueron acometidos, tomada la cumbre del peñon despues de un ligero combate, y pasados todos los que allí se encontraron á cuchillo, sin distincion de persona, edad, ni sexo.
Cuando hoy se pasa por entre los peñones de las Guajaras, los naturales señalan algunas anchas ráfagas de tierra roja, y pretenden que aquella es la señal de la sangre vertida en aquella jornada.
Esta jornada fue de poco honor para Mondéjar; habia triunfado si, pero perdiendo la mitad de su gente, sin un gran resultado decisivo, puesto que aquella matanza de moriscos irritó mas que aterró á los insurreccionados.
Aquella victoria habia sido tan costosa, que se tenia por una derrota, é hizo pensar que si de esta suerte seguia triunfando con frecuencia el marqués, se necesitarian para la guerra de las Alpujarras los ejércitos de Jerjes y los tesoros de Creso.
Apretaban, pues, el presidente Deza y los vecinos mas calificados de Granada en que se encomendase la empresa de la pacificacion de las Alpujarras al marqués de los Velez, quitando este cargo al de Mondéjar.
Este último, por su parte, daba por concluida la guerra; pero para desmentirle se levantaban Ohañez y el marquesado del Zenete con nuevo empeño y temeridad increible; apenas castigados estos lugares, se alzaban otros, y los vencidos volvian á levantarse cuando el ejército cristiano, yendo de acá para allá, los desalojaba para ir á sujetar nuevas insurrecciones.
Perseguíase, buscábase á Aben-Aboo y Aben-Humeya, y no se les encontraba; pero los soldados no se volvian sin haber saqueado y cometido todo género de excesos en los lugares á donde habian ido á buscarlos.
Válor, Narila, Orgiva, sufrieron sucesivamente cuantas calamidades pueden llevar la guerra y el bandidaje á una poblacion; las mujeres y los niños eran cautivados y vendidos, y muertos los hombres y los viejos.
Veíase con frecuencia una larga caravana de moriscas descalzas, desgreñadas, aterradas, llevando sus hijos en los brazos unas, y otras de la mano, atravesando las montañas, escoltadas por algunos monfíes, en fuga de los cristianos que se habian acercado á su poblacion.
Acontecia muchas veces que estas pobres caravanas de fugitivos encontraban con un cuerpo de cristianos, que los acometian, se ensangrentaban en ellos, los cautivaban, y no perdonaban género de ferocidad.
Otras veces, por el contrario, los monfíes encontraban al revolver de un desfiladero una inmensa turba desvandada de soldados españoles, cargados con la presa de una poblacion que acababan de saquear, y llevando consigo mujeres cautivas; entonces los cristianos, embarazados por el botin, eran degollados, sin que los monfíes tomasen uno solo preso, y á veces sin que perdiesen los degolladores un solo hombre.
Era, en fin, una guerra de exterminio y de bandidaje, cuyo fin no se veia, y que amenazaba siempre con el peligro de que el turco tomase parte en ella, enviando á las Alpujarras un formidable ejército.
Por resultado de un terrible descalabro sufrido en Válor por las gentes del marqués, el rey mandó á este que recogiese su gente á los lugares fuertes y suspendiese todo género de hostilidades hasta recibir nuevas órdenes.
Algo mas adelante el rey conoció que se necesitaba mas capitan para aquella empresa, que el marqués de los Velez y el de Mondéjar, y encargó de ella á su hermano don Juan de Austria, á quien, á pesar de su mocedad, daba aliento y autorizaba la generosa sangre de su padre, el poder y respeto de su hermano, y bajo cuyas órdenes estarian mas obedientes los capitanes y mas sujetos los soldados.
Por otra parte, alentados los monfíes y los moriscos por las ventajas que recientemente habian alcanzado tras los pasados desastres, habian crecido en brios; Aben-Humeya mas ayudado por los suyos entró con mayor autoridad en el gobierno; imitó la manera de ordenar la gente y de combatir de los cristianos, dividió su ejército en tercios, compañías y escuadras; nombró para estos cuerpos, maestres de campo, coroneles, capitanes, alféreces y cabos; dió á cada compañía una bandera, y como estandarte suyo levantó un guion rojo con las armas de Granada.
Dividió las Alpujarras en partidos, y estos partidos en taas, poniendo en cada taa para su gobierno un alcaide que atendiese á la defensa y al mando de su demarcacion, y por último, para su decoro y seguridad personal, creó una guardia de cuatrocientos arcabuceros.
Tranquilos entre tanto y sosegados los moriscos de Granada, y los de la Vega, estaban muy lejos de temer la inmensa desgracia que se les preparaba con la venida de don Juan de Austria.
El primer augurio de estas desdichas, fue la matanza que hicieron algunas gentes de Granada, de moriscos que estaban presos en la cárcel de la Chancillería por mandado del presidente Deza.
Culpábaseles, con razon ó sin ella, de estar en tratos con los de las Alpujarras, para alzarse con la ciudad, y entregarla al saqueo, al incendio y al degüello.
Aumentó el temor y el odio de los cristianos el haber corrido la voz el dia 17 de marzo de 1569, de que en la ladera de la Sierra Nevada mas próxima á la ciudad, se habian visto de noche fuegos que parecian señales, y que de algunas ventanas y terrados del Albaicin habian contestado con otras lumbres.
El presidente habia tomado precauciones en consecuencia, y habia mandado á don Gerónimo de Padilla, capitan de la gente de guerra que aseguraba al Albaicin, y al cuadrillero Bartolomé de Santa María, que mandaba las rondas, estuviesen atentos y prevenidos, y al alcaide de la cárcel que tuviese gran cuidado con algunos moriscos principales que tenia presos.
El alcaide reunió á algunos parientes y amigos suyos armados para que custodiasen á los presos, y todo parecia estar prevenido, cuando una casualidad vino á producir una catástrofe.
Desde muy antiguo, la campana de la torre de la Vela del castillo de la Alhambra, al dar las once de la noche, toca treinta y tres campanadas; á este toque se llamaba en aquellos tiempos el cuarto de la modorra.
La noche del 18 de marzo, como el encargado de la campana tocase este cuarto mas tarde que de costumbre, y de una manera mas apresurada, creyóse en la ciudad que tocaba á rebato y se alborotó Granada.
Alborotáronse asimismo los presos de la cárcel, tanto cristianos como moros, y llegaron á tal punto que vinieron á las manos.
Los moriscos se valian para acometer y defenderse, de muebles, ladrillos y palos que sacaban de los calabozos, y los cristianos y la guardia, unos con los travesaños de los grillos, otros con sus espadas y arcabuces acometian á los moriscos.