Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 74
--Hé aquí un buen exámen de doctrina cristiana, dijo Aben-Aboo volviéndose al inquisidor que no le oia. Dejad, dejad á esas buenas muchachas que despachen á su gusto al señor corregidor: no lo querais todo para vosotros. ¿Quién es aquel que se esconde detrás de esotro que está tan cabizbajo?
--El cabizbajo es el alguacil Truchuela, un bribon que merece ser desollado vivo: el que se esconde es el escribano Diego de Angulo.
--¡Ah! ¿con que sois vos el escribano que no tenia mas placer que fulminar procesos para engordar con las costas perdiendo hombres? ¿y vos maese Truchuela el alguacil que prendia con perro á los moriscos?...
Rompieron á dar alaridos los dos acusados.
--Colgad de los piés á esos dos perros, dijo Aben-Aboo.
No le escucharon sordos ni remisos, porque media docena de monfíes asieron del alguacil y del escribano, y los colgaron cabeza abajo de la verja de una capilla.
Los miserables gritaban de una manera horrorosa.
--Ponedles mordazas, gritó uno.
Poco despues aquellos hombres dejaron de gritar.
--¿Qué mujer es aquella exclamó el Ferih que está detrás de aquellos dos soldados castellanos?
--Yo soy doña María de Cáceres, dijo aquella mujer que era bastante hermosa, y que lloraba silenciosamente adelantando hácia el presbiterio.
--¿Quién tiene que quejarse de esa mujer? dijo Aben-Aboo que se habia constituido en único juez de un tribunal ejecutivo.
Nadie contestó.
--Ya lo veis, nadie tiene que quejarse de mí, contestó con acento sereno doña María.
--¿Y por qué lloráis? ¿creeis que los moros somos tan infames como los castellanos? ¿creeis que nosotros sentenciamos á los inocentes solo por el placer de verter sangre?
--Lloro, dijo doña María, porque he visto muchas desdichas.
--¿Qué pretendeis hacer con esa mujer? dijo una de las moriscas que volvían de dar fin del corregidor. Esta cristiana es nuestra.
--¿De qué teneis que acusarla? dijo Aben-Aboo.
--¡Acusarla! ¡por el contrario, tenemos mucho que decir en su favor!
--Es caritativa.
--Es buena.
--Ha dotado á muchas doncellas.
--Ha remediado muchas desdichas.
--Es la madre de los infelices.
--Una sola condicion y os libro, dijo Aben-Aboo.
--¿Y qué condición es esa?
--Abrid los ojos al conocimiento de la santa ley del Dios altísimo y único.
--¡Qué reniegue de Jesucristo! exclamó con horror doña María.
El Ferih que desde que habia empezado este diálogo habia templado su ballesta y armado en ella una jara, se echó de repente la ballesta al rostro, y exclamó disparándola sobre doña María:
--Mi hija tambien era inocente y ha muerto.
Doña María cayó sin exhalar un gemido.
--¡Oh! ¿qué has hecho? exclamó horrorizado á pesar de su ferocidad Aben-Aboo.
--Estamos perdiendo el tiempo, gritó el Ferih: yo he sido encargado por el emir de hacer justicia en la villa de Cádiar... ¡ea mis valientes! acabad con esos perros... y tú clérigo, tostador de criaturas de Dios, añadió volviéndose al inquisidor que continuaba alelado por el miedo, muere como debes morir.
Y tomando una antorcha de manos de un monfí, se encaminó al altar.
--¡Detente, Ferih! exclamó una voz poderosa, terrible, llena de autoridad y de mando en el fondo de la iglesia.
El Ferih quedó inmóvil en el lugar en que se encontraba cuando resonó aquella voz: los monfíes que habian empezado de nuevo la matanza, se detuvieron tambien.
Entre tanto un hombre armado como los caballeros moros del tiempo de la conquista, con corona en la cabeza é insignias de califa, adelantó evitando pisar los cadáveres, pero sin poder evitar teñir sus piés de sangre.
Detrás de él ondeaba un estandarte rojo, en cuyo centro se veian las armas de Granada, y tras el estandarte seguia un escuadron cerrado de monfíes.
Aquel hombre era el emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.
--¿Qué es lo que estais haciendo? exclamó: ¿es esto lo que yo te he mandado hacer Ferih: es esto lo que conviene hacer á un caballero Aben-Aboo?
Ni el Ferih, ni Aben-Aboo, contestaron: pero se levantó un sordo murmullo entre los monfíes que estaban en la iglesia á la llegada del emir.
--¿Quién se atreve á murmurar, cuando su señor habla? exclamó con voz tonante Yaye, revolviendo en torno suyo una mirada amenazadora: ¿hay alguno que se atreva á levantar la voz, ni los ojos, ni un solo dedo, cuando habla su emir?
Nadie contestó: nadie se movió.
--¿Qué es lo que miro en rededor mio? exclamó creciendo en su cólera Yaye: ¡mi vista solo encuentra cadáveres!
--Cadáveres de castellanos, señor, contestó humildemente Aben-Aboo.
--Pero entre esos cadáveres hay viejos, niños y mujeres: doncellas que han sido violadas, madres delante de cuyos ojos se han degollado los niños de pecho. ¿Quereis acaso igualar y aun exceder las crueldades de los castellanos? ¿Pensais acaso que porque este es un lugar de idolatria, no está presente en él el Dios altísimo y único?
--¡Señor! murmuró Aben-Aboo.
--¡Basta! exclamó Yaye: los que se precian de valientes no se ensangrientan en los débiles: los que se precian de justos no sacrifican inocentes: los que se creen buenos muslimes deben temer á Dios, á Dios que escribe en el libro de su justicia la sentencia de los asesinos con la sangre de los débiles.
--Hemos sufrido cuantas desdichas, cuantas crueldades, cuantas humillaciones puede sufrir un hombre, dijo el Ferih.
--Los crímenes agenos, deben inspirarnos horror, no deseo de imitarlos: repuso el emir: ademas, si hemos de triunfar es necesario que sepamos obedecer. ¿Qué te habia ordenado yo Ferih?
Melik no contestó.
--Te dije, cerca la villa, que no salga de ella un cristiano...
--Degüella y mata, me dijiste.
--Si, pero degüella y mata á los clérigos, á los ministros de justicia, y á los soldados: pero sé justo y clemente con los que no han cometido otro delito que no ser moros como nosotros.
--¿Qué estas hablando de justicia y de clemencia, emir, á quien como yo ha visto su hija deshonrada; á quien la ha visto morir á consecuencia de las infamias de los castellanos; á quien la ha mirado espirar, gritando de dolor entre sus brazos y pidiéndole venganza? ¡Mi hija! ¡mi pobre Alida queda allá muerta entre las breñas, y me pides templanza á mi, á quien despedazan la rabia y el dolor!
Y el Ferih rompió á llorar como una mujer.
Hubo algunos momentos de solemne silencio, durante el cual solo se oyeron los gemidos de los que espiraban á consecuencia de sus heridas.
--Desatad ese clérigo que está en el altar, dijo el emir.
Pareció reanimarse á estas palabras Molina de Medrano.
--Ved, señor, dijo Aben-Aboo, que este es el miserable que causó esta mañana la muerte de la infeliz Malicatulzarah y de su esposo Adel: ved señor que es un lobo sediento de sangre.
--Ese hombre debe morir, y morirá, pero no de la manera horrible, cruel con que ellos matan á sus víctimas.
El inquisidor habia sido bajado del altar y se arrastraba á los piés de Yaye, en cuyo semblante fijaba una mirada entumecida por la atonía.
--Yo os conozco... señor... yo os conozco... tartamudeó.
Y se asió á las ropas talares de Yaye.
Yaye se inclinó.
--Tú eres Molina de Mediano...
--Si, si, pero yo obedecia al rey...
--Obedecias á un tirano...
--Por el Dios de Abraham y de Ismael que es nuestro mismo Dios... no me mateis... cautivadme... vendedme... llevadme á Africa... pero no me mateis.
--Tú has predicado el exterminio contra los que adoran al Dios de Abram, de Agar y de Ismael, y ahora pides misericordia á nombre de ese mismo Dios... suele suceder que los asesinos cuando se apodera de ellos la justicia mueran con valor: pero tú á mas de asesino eres cobarde.
--¡Perdon! ¡señor, perdon!
--Arrancadle de mi y matadle; matadle á hierro y pronto... necesitamos salir de aquí.
--¡Piedad! gritó Medrano al sentirse asido por una turba de monfíes.
Fue su última palabra: rasgado su pecho á un tiempo por veinte puñales manchaba de sangre su vestidura pontifical.
--Acabad con esos soldados, dijo el emir.
Seis soldados que habian sido apresados por los monfíes fueron inmolados en pocos segundos.
--Ahora soltad esa gente menuda.
--Nos mataran los que estan fuera señor, dijo un viejo.
--Id con ellos diez hombres, y amparadlos en las casas del ayuntamiento de la villa: asimismo llevareis á esas casas las mujeres, los viejos y los niños que encontreis.
Algunos monfíes salieron escoltando algunos cristianos que por fortuna habian escapado con vida de la iglesia.
--Rematad á esos desdichados que penan, añadió Yaye.
Pocos momentos despues, y mientras el emir hablaba acaloradamente con Aben-Aboo, fueron cesando los gemidos de los moribundos hasta dominar un silencio pavoroso.
Los monfíes que se agrupaban inmóviles tras el estandarte rojo del emir, llenando la iglesia, parecian fantasmas.
Yaye y Aben-Aboo siguieron hablando algun tiempo con gran interés.
El Ferih, doblegado al fin por su dolor estaba apoyado sobre el altar, inmóvil, insensible á todo.
Al fin Yaye se separó de Aben-Aboo, y dirigió la voz á los monfíes.
--Valientes, les dijo: al hacer lo que hemos hecho, hemos herido el rostro del tirano rey de España: hemos arrojado á sus ojos la sangre infame de sus jueces, de sus clérigos, y de sus soldados: ya no hay medio de retroceder: los ejércitos del rey de España vendrán sobre nosotros, pero vendrán tarde, porque el alguacil mayor del reino, el valiente Farax-Aben-Farax se apodera en estos momentos de Granada: Dios nos alienta y nos guia: pero no irritemos á Dios cometiendo actos de crueldad y de barbarie semejantes á los que acaban de cometerse: si apreciais en algo mi espada, si creeis que yo puedo llevaros á la victoria, no vertais mas sangre débil, no cometais mas crímenes, porque yo nunca desnudaré mi espada para ponerme al frente de infames ni de asesinos.
--¡Viva el emir! gritaron á una voz los monfíes.
--Ademas, dijo Yaye: oidme y entendedme bien: yo no soy el emir que debe mandaros.
Levantóse un murmullo de descontento que era una adulacion al emir.
--Los moriscos de Granada han elegido un rey.
--¡Viva el emir poderoso y vencedor Yaye-ebn-Al-Hhamar! gritaron los monfíes.
--Yo soy emir de las Alpujarras, únicamente, dijo Yaye: los granadinos han elegido legítimamente su rey; su rey es aliado y pariente mio. Obedeced al rey de Granada Muley-Aben-Humeya.
Pronunció con tal acento estas palabras Yaye, que los monfíes viendo en ellas un mandato gritaron:
--¡Viva el rey de Granada Muley-Aben-Humeya!
--¡Gracias, gracias, valientes muslimes de la montaña! exclamó una voz á las puertas de la iglesia; oyóse precipitado ruido de espuelas, y adelantó y abrazó á Yaye un jóven sencillamente vestido á la morisca.
Aquel jóven era Aben-Humeya.
Tras él seguia otro hombre de mas edad igualmente vestido á la usanza mora, llegó junto al emir, pero en vez de abrazarle se inclinó profundamente.
Aquel hombre era Aben-Jahuar el Zaquer.
--¿Y tu hermana? le dijo rápidamente y en voz baja Yaye.
--Está en seguridad en un cortijo de la montaña.
--¡Oh! ¡gracias hermano, gracias! Y volviéndose á los monfíes continuó en voz alta asiendo de la mano á Aben-Aboo, que era el único que vestia á la castellana: ¿Conoceis á este caballero?
--Si, si, gritaron todos.
--Es Sidy Aben-Aboo, de la raza de los Omeyas, añadieron algunos.
--Es mi pariente, añadió Yaye. Desde ahora, leales muslimes compartiré con él vuestro gobierno: obedecedle como á mí mismo: es mi compañero: aclamadle.
--¡Viva Muley Aben-Aboo!, gritaron espontáneamente los monfíes.
--Y para concluir, este otro caballero, Sidy Aben-Jahuar el Zaquer, mi pariente tambien, es el walí de los walíes[25] de Granada y de las Alpujarras.
--¡Viva Sidy Aben-Jahuar! gritaron los monfíes.
--Lo que á vosotros os he hecho saber en persona, se hará saber á las demás taifas por sus xeques. ¡La guerra empieza! constancia y valor y triunfaremos.
--¡Viva el emir!
--Pero si hemos concluido, dijo Aben-Humeya que habia oido con un profundo disgusto la espontánea aclamacion de los monfíes á su primo Aben-Aboo, si hemos concluido, bueno será, que nos preparemos á un próximo y sangriento combate.
--¿Pues qué sucede? dijo con gran calma Yaye.
--La compañía de infanteria española que estaba en Yátor, viene sobre Cádiar, dijo Aben-Humeya; y segun me han informado mis corredores viene á su frente, bramando de corage, el valiente marqués de la Guardia.
--¡El marqués de la Guardia! ¡no! ¡es imposible!
--Si es posible ó no, pronto lo veremos, dijo Aben-Humeya; entre tanto oid.
Se habian escuchado algunos distantes disparos de arcabuz. Animados por aquel socorro los cristianos que se habian refugiado á la torre de Cádiar empezaron á tocar de nuevo á rebato.
Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya y Aben-Jahuar, se lanzaron fuera de la iglesia: los monfíes los siguieron á la carrera.
La iglesia quedó silenciosa, poblada solo de cadáveres, iluminada y resplandeciente, pero manchado de sangre el altar, y presentando delante de él un bulto brillante á trozos, rojo en otros.
Aquel bulto era el cadáver de Molina de Medrano, á quien cubrian aun los ornamentos pontificiales.
Por una coincidencia terrible aquel cadáver ocupaba el mismo lugar donde habia caido muerta Malicatulzarah.
CAPITULO XXVIII.
Continúan las escenas de sangre.
En aquellos momentos en un estrecho y oscuro callejon de Cádiar habia dos hombres como ocultos en la sombra, y hablando en voz muy baja por temor acaso de ser escuchados desde las casas.
Oíanse desde allí las campanas de la iglesia parroquial y del convento de San Francisco, tocando, de una manera que podia llamarse desesperada, á rebato, y se oian á lo lejos, perdidos, indistintos, gritos salvajes, alaridos, voces confusas.
Alguna vez un hombre pasaba en huída por la calleja, sin reparar en los dos hombres que estaban como cosidos á un entresijo de ella, y poco despues de haber pasado el que huia, en la parte baja, á la salida de la villa, se oia algun disparo de arcabuz, lo que demostraba que el pueblo estaba cercado.
A excepcion de estos ruidos lejanos ningun otro ruido se oia: la calleja estaba profundamente silenciosa, cerradas las puertas y ventanas de sus casas, y sin que ni por un solo resquicio se viese una luz.
Aquel era el silencio del miedo, porque á no dudarlo, los habitantes de aquellas casas, como todos los de Cádiar, velaban.
De repente se sintió abrirse silenciosamente una ventana, y desde su fondo oscuro cayó á la calle un objeto pesado que produjo un ruido opaco, sordo, como el de una odre que se rebienta.
La ventana volvió á cerrarse, y volvió el silencio.
--¿Qué es eso? dijo uno de los dos escondidos con voy temblorosa.
--Paréceme que teneis miedo, señor Cisneros, dijo el otro hombre.
--No tengo miedo, pero me repugna lo que está sucediendo; Dios me perdone, sino es un cuerpo humano el que han arrojado á la calle.
--Es sin duda el cadáver de algun soldado de los de la compañía de Diego de Herrera, que estaban aposentados en las casas de la villa: ¿pero qué os importa eso? No hemos venido á Cádiar ciertamente á divertirnos.
--¿Pero qué hacemos aquí, á estas horas y en tales circunstancias, señor Godinez?
--¿No habeis venido á ver esta noche, como teníamos concertado, á doña Elvira de Céspedes?
--Sí.
--¿No la habeis dicho que su hijo Aben-Humeya os conoce, y que veniais á ampararos de ella?
--Sí.
--¿No la habeis dicho ademas, como tambien convinimos, que venia con vos un amigo que igualmente necesitaba del amparo de Aben-Humeya?
--Si.
--¿Y no habeis venido á buscarme?
--Ciertamente.
--Ahora bien, la entrada de los monfíes nos ha hecho ampararnos de lo apartado y oscuro de esta calleja; pero ahora que los monfíes estan allá dentro, y por lo que se vé, bien entretenidos, podemos y debemos ir á casa de doña Elvira.
--Es que yo no he estado nunca en Cádiar: valíme de las señas que me dísteis, pregunté por la calle donde vive doña Elvira, y hallé la casa por su mirador de madera y el farol de su imágen... pero ahora estoy seguro de no dar con la calle.
--Pues la tenemos bien cerca.
--¡Ah!
--Si, aquí á la vuelta. Venid conmigo.
--¿Pero no oís?
--Oigo y no oigo. Es decir, antes se oia tocar á rebato en al convento de San Francisco, y ya no se oye: antes no se oian disparos, y ahora se oyen descargas de arcabucería.
--Seran los vecinos del pueblo que se defienden desde sus casas.
--No, no; solo dispara asi la infantería española; son descargas cerradas.
--¿Pero qué infantería es esa? La compañía de Diego de Herrera ha sido degollada.
--Pero estaba en Yátor la compañía del marqués de la Guardia.
--Pero en Yátor habran entrado los monfíes como en Cádiar, y habran degollado á los soldados.
--Asi es probable que haya sucedido: pero os afirmo, y no me engaño, que tenemos cerca infantería española, mucha y valiente. Esto nos favorece.
--¿Qué nos favorece?
--Ya vereis. No podian presentarse mejor nuestros negocios. Andad, andad mas de prisa, que se nos va acercando el combate. He aquí que estamos en la calle de doña Elvira.
--Creo que os engañais. No veo el farol.
--¿Queriais que los monfíes dejasen ardiendo una luz debajo de una imágen? Llamad.
--¿Dónde?
--Estamos á la puerta de doña Elvira.
--¡Ah! ¿esta es la casa?
--Esta es.
Cisneros buscó el llamador de la puerta, y dió tres golpes.
Vióse poco despues luz por las rendijas y una voz de vieja dijo desde adentro:
--¿Quién sois?
--Vuestra señora me espera, contestó el comediante.
--¿Sois el hidalgo que vino esta noche?
--Yo soy.
--¿Venís solo?
--No, viene conmigo un amigo.
--Abrid, abrid, dijo con precipitacion otra voz de mujer mas fresca y mas sonora.
Abrióse la puerta y entraron Laurenti y Cisneros.
--Y á tiempo ha sido, dijo este: entrad, entrad con esa luz, señora, que tenemos el combate ya en la calle.
La vieja, una dama hermosa, vestida de negro que estaba en la segunda puerta del zaguan, y Cisneros y Laurenti desaparecieron en el interior.
Entre tanto el fuego de la mosquetería redoblaba, oíase entre él el crugir de las ballestas y el silbar de las jaras, y alguno que otro grito de un hombre herido.
Veamos lo que pasaba en la villa.
Debemos retroceder: mientras tenian lugar los terribles acontecimientos de la iglesia, otros no menos terribles tenian lugar en el convento de San Francisco: por mas que los frailes se habian defendido, por mas que habian tocado á rebato; incendiado el convento, incendiada la torre de la iglesia, último refugio á donde aquellos desdichados se habian acogido, se habian visto obligados á rendirse; mas ceñido que el Ferih á las órdenes del emir, el wali que mandaba á los monfíes que habian asaltado el convento, dejó libres á las mujeres, á los niños y á los viejos que á él se habian refugiado y solo degolló á los frailes y á los hombres robustos.
Despues de esto penetraron en el convento entre las llamas, tomaron los vasos sagrados y los ornamentos y fueron á depositarlos en la plaza.
En seguida empezaron el saqueo por las casas una parte de los monfíes, y otra se fué á combatir la torre de la iglesia donde estaban refugiados el beneficiado Ribera, maese Barbillo y algunos alguaciles, soldados, vecinos y mujeres.
Aquellos infelices se encontraban apurando desde hacia mucho tiempo una agonía horrible: oian á sus piés los gemidos de los que eran asesinados en la iglesia, veian recorrer las calles monfíes con antorchas, penetrando en las casas; matando cristianos, saqueando y arrojando á un tiempo por las ventanas los cadáveres y los objetos robados: veian ardiendo el convento de San Francisco y lo que mas les aterraba era el notar que la campana de los frailes habia cesado de tocar á rebato.
Ellos por lo mismo, redoblaron su toque de una manera desesperada: al principio solo habian tañido la campana mayor; despues asociaron á ella otra campana: por último, hasta los esquilones se pusieron en movimiento.
--¿Habeis cortado las escaleras de la torre, Barbillo? decia lleno de angustia el beneficiado.
--Si señor, contestaba repicando á dos manos Barbillo.
--¿No pueden subir?
--No señor, como no pongan escala, y para eso les arrojaremos los ladrillos que hemos arrancado del suelo y cuando estos falten los esquilones...
--Nos pondran fuego, exclamó llorando de terror el beneficiado.
Barbillo siguió repicando.
--¿Qué habrá sido de la pobre Mariblanca? añadió Juan de Ribera.
Barbillo soltó un bufido, y apretó con entrambas manos las cuerdas de ambos badajos.
--¡Ay señor beneficiado, exclamó una pobre mujer! ¡Mire vuesamerced; mire por allá: por la parte de Yátor se ven antorchas!
--Y son soldados del rey, exclamó un muchacho.
--¿Soldados del rey has dicho, hijo? exclamó Juan de Ribera, avalanzándose al arco de campana que miraba á Yátor.
--Yo no veo mas que las luces.
--Pues yo si, yo veo muy bien los coletos de gamuza y los capacetes de los soldados, dijo una jóven. ¡Oh, Dios mio! vendran á socorrernos.
--Es la compañía del señor marqués de la Guardia, exclamó con alegría Barbillo: veo tendida su bandera blanca, con su cruz de bastos rojos.
--Muy alegre os habeis puesto, maese.
--¡Si son ciento y cuarenta demonios, y el marqués de la Guardia un leon, y el teniente Belorado un toro, y el alférez Cordavias un lobo! ¡ah, señores monfíes, paréceme que vais á dar con la horma de vuestro zapato!
--¿Pero vendran aquí?
--¡Pues no han de venir! vedlos que suben por el repecho.
--Pero no estarian en Yátor, porque si hubieran estado allí no hubieran podido atravesar la rambla ni los barrancos, dijo el beneficiado.
--Habran subido á la sierra y habran pasado por el puerto.
--Pues entonces traen seis leguas en el cuerpo, vendran rendidos, exclamó con desaliento el beneficiado.
--¡Pero calla! exclamó Barbillo, han apagado las antorchas; encima los tenemos. ¡Ah valientes!
Y se tiró con el furor del miedo á las campanas.
En aquel momento una jara que penetró por el arco se le clavó en la frente y cayó de espaldas.
Levantóse un alarido de terror entre los prisioneros de la torre.
Otra jara hizo sonar de una manera aguda una campana y otra y otra y otra siguieron entrando por los arcos.
Toda aquella pobre gente se arrodilló.
Solo siguió tocando á rebato la campana mayor, cuyo badajo ponian en movimiento los prisioneros tirando desde el suelo, de su cuerda.
Pero de improviso un nuevo incidente vino á centuplicar su terror.
Un humo espeso y acre empezó á penetrar por los arcos de las campanas.
Los monfíes habian puesto fuego á la torre.
Sin embargo, entre aquel torbellino de humo y de llamas la campana seguia tocando apresuradamente á rebato.
Allá en los extremos de la villa y en el centro ardían tambien algunas casas de cristianos.
No tardaron en oirse en las entradas del pueblo disparos de arcabucería.
Entonces fue cuando Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya, Aben-Jahuar y el Ferih, salieron de la iglesia con los monfíes.
Al salir á la plaza desembocaba en ella á la carrera una manga de arcabucería, en medio de la cual flotaba la bandera blanca con la cruz de bastos rojos que habia visto desde la torre el difunto Barbillo.
Al frente de la manga y armado con una pica corta, venia un caballero jóven, con el rostro pálido y la mirada chispeante é iracunda, que apenas vió á los monfíes mandó hacer fuego con voz ronca á sus soldados.
Aquel caballero era el marqués de la Guardia.
Brillaron primero las mechas sopladas por los soldados y poco despues se vió un relámpago y se escuchó una detonacion uniforme: algunos monfíes cayeron por tierra: á la descarga de la mosquetería española contestó una descarga de la ballestería de la montaña.
Algunos soldados cayeron tambien.
Una segunda descarga de los soldados diezmó de nuevo á los monfíes.
--¡Es el marqués de la Guardia! exclamó con rabia Aben-Aboo.
--¡El marqués de la Guardia! exclamó con terror el emir. ¿Qué es esto, Dios mio?
--Hierro en mano y á degüello, gritó con voz tonante Aben-Aboo á los monfíes, lanzándose el primero alfanje en mano sobre los soldados.
--¡Ah! dijo el marqués de la Guardia con una alegría insensata, horrible: ¡te me vienes á las manos, asesino! ¡á mí, camaradas! los arcabuces bajo el brazo izquierdo y fuera las espadas: ¡á ellos! ¡Santiago y cierra España!