Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 75
Pero de repente los monfíes se detuvieron cortados: por otra avenida de la plaza habia aparecido el teniente Cristóval de Belorado, y los barria enfilándolos con las descargas de sus arcabuceros.
Casi al mismo tiempo el sargento Gaspar de Aponte desembocaba por otro punto y los heria por la espalda.
Los monfíes acorralados entre tres fuegos, se arrojaron en tropel por una salida de la plaza que quedaba descubierta, obligando á que los siguiesen á Yaye, Aben-Humeya, Aben-Aboo y Aben-Jahuar.
--¿A dónde va vuestra señoría? exclamó el teniente Cristóval de Belorado, atravesándole al marqués de la Guardia que se habia puesto en seguimiento de los monfíes.
--¡Huyen!
--No huyen: desembarazan un lugar en que se han encontrado acorralados por sorpresa; pero dentro de poco cargaran sobre nosotros á centenares. ¡A cubrir las calles! gritó inmediatamente el viejo soldado.
--¡Es verdad! dijo suspirando el marqués: mandad barrear las calles: primero es nuestra obligacion como nobles y castellanos: sacad todos los muebles y colchones que encontreis en las casas: ¿tenemos bastante pólvora?
--Nos hemos traido cargadas cuatro acémilas.
--Destinad veinte hombres que apaguen el incendio de la iglesia: ola ¿qué haceis, alférez Cordavias? id cubriendo: sargento Aponte, vivo; haced abrir las casas y barread aprisa. Recoged nuestros heridos y rematad á esos perros monfíes. ¡Ah! primero es nuestra obligacion como cristianos y caballeros.
Y se puso á pasear por la plaza, con la pica debajo del brazo y con una distraccion espantosa, murmurando monosílabos y lanzando de tiempo en tiempo un horroroso juramento.
En un momento las calles que daban á la plaza estuvieron cubiertas y barreadas; esto es, cortadas con altas barricadas; muchos de los cristianos que vivian en la plaza y que habian estado escondidos, salieron con sus escopetas, y unos veinte soldados de la compañía de Diego de Herrera que se habian salvado en la torre descolgándose con una cuerda, fueron armados con los arcabuces de los soldados que habian sido muertos ó heridos en la sorpresa de la plaza.
--¿Pero dónde está el señor beneficiado? decian algunas mujeres que habian salido de la torre.
--¡El beneficiado! dijo uno de los de la compañia de Diego de Herrera: no ha tenido valor para descolgarse por la cuerda como nosotros y se ha quedado en la torre.
--¡Cómo! ¡el beneficiado de Cádiar! exclamó el marqués de la Guardia; ¡el que me casó esta tarde!... ¡Ah! Diez hombres conmigo!
Pero cuando llegaron al pié de la torre, les detuvo un espectáculo horrible.
La torre, que se habia incendiado por el centro, arrojaba por los arcos de sus campanas torbellinos de fuego: por la parte que miraba á la plaza, un hombre asido á una cuerda se contraia, se izaba, luchaba, daba gritos, pero no descendia; estaba aferrado á la cuerda con el terror de la muerte.
En vano le gritaban los soldados que se dejase resvalar.
Aquel hombre no les oia.
Viósele agotar sus fuerzas en conatos desesperados, extenderse al fin, quedar un momento pendiente de los brazos, y caer luego desde la altura dando vueltas.
--¡Es el beneficiado! gritaron las mujeres.
--¡Está muerto! dijo un soldado.
El marqués de la Guardia se separó de aquel lugar, y se puso á pasear de nuevo á lo largo de la plaza.
Entre tanto seguian los preparativos de defensa: muy pronto todas las avenidas de la plaza estaban perfectamente cubiertas, todas las calles que de ellas nacian, cortadas. Solo con un largo sitio y por hambre, podian rendir los monfíes á los castellanos, y era de esperar que el capitan general enviase pronto socorro.
Cuando todo estuvo preparado, distribuidos los centinelas, apagado el incendio de la iglesia, se esperó en vano la acometida de los monfíes: el mas profundo silencio reinaba en la villa.
--¿Qué hacemos aquí? dijo el marqués de la Guardia, volviéndose bruscamente á Cristóval de Belorado: ¿nos vamos á quedar esperando al Mesías? los enemigos se han marchado.
--Los moros son mala gente, señor marqués, dijo Belorado: callan, pero no se fie usia de su silencio: han huido, pero no se fie usía de su fuga: saben que somos pocos, y quieren que nos extendamos en la villa. Como estamos, estamos bien.
--Os digo que los moros se han retirado.
--Como guste usía, pero.
--¡Señor Cristóval de Belorado! ¿Sereis acaso vos el capitan de la compañía, y estaré yo acaso faltando á mi obligacion disputando con vos?
Callóse el teniente.
--Tomad veinte hombres y reconoced.
El marqués volvió la espalda al teniente y siguió paseando.
--El capitan está loco, dijo Belorado, y su locura nos va á costar el pellejo; pero ¿qué hemos de hacer? lo manda; desobedecer ó cumplir mal su mandato, seria una cobardía: ¡Hola sargento Aponte! escoged veinte hombres, y conmigo.
--¿A dónde vamos, señor Cristóval de Belorado? dijo el sargento.
--¡Eh! ¿y qué os importa á vos? ¿Teneis miedo?
El sargento se calló ante el teniente, como el teniente se habia callado ante el capitan.
--¡Ah, de la primera escuadra! gritó.
Formáronse inmediatamente en tres filas unos treinta hombres; el sargento hizo adelantar los hombres de las dos primeras filas, envió á los diez restantes á sus puestos, y fijó una mirada terrible en los veinte hombres que se habian quedado.
Algunos de ellos murmuraban.
--¡Eh! ¿Qué dices tú, Gil Perez? ¿y tú Pedro Donoso? ¿y tú, Chirlo del diablo? ¡eh! ¿teneis miedo, vergantes? ¡silencio y firmes! ¡ó voto á!...
Y la soltó redondo, arrimando al mismo tiempo á los soldados algunos golpes con el asta de su alabarda.
El sargento se vengaba en los soldados de las palabras del teniente, como el teniente se habia vengado en el sargento del exabrupto del capitan: pero hay que notar que aquella venganza aumentaba á medida que descendia.
Los soldados no podian desagraviarse con nadie, porque la venganza habia dado fondo en ellos.
El sargento dió parte á Belorado de que la gente estaba dispuesta, y Belorado se adelantó hácia ellos, y les dijo apoyado en su pica:
--Muchachos: vamos á hacer un reconocimiento sobre los enemigos: esto quiere decir que sopleis las cuerdas para que den pronto fuego. El lance es apretadillo y se os ha buscado para él, á vosotros, que por valientes marchábais en la vanguardia de la companía: ¡cuerpo de Dios! todos habeis estado en Flandes, y ya sabeis á lo que sabe el hierro: ¡voto á... que el que se me vuelva atrás un paso, se encuentra con la punta de mi pica! ¡Treinta legiones! debeis ser valientes porque sois soldados, y... ¡fuego y rayos! acordaos de que estos moriscos son muy ricos y de que podemos encontrar al paso alguna cosa. Con que no os digo mas. Id adonde yo vaya... y en marcha, hijos, en marcha.
Y el teniente, con el sargento y los veinte hombres salió por el claro de una barricada.
--¡Una valiente espada que perdemos, y veinte y un leones, que van á quedar tendidos á oscuras, y miserablemente! dijo el alferez Cordavias, que estaba apoyado en su bandera, al aposentador de la compañía.
--Pero yo no entiendo esto, dijo el aposentador: á nosotros nos habia relevado la compañía de Diego de Herrera, estábamos en Yator y de él no debiamos de habernos movido: el marqués parece dominado por algo terrible: vamos, no lo comprendo: ¿y á qué enviar á Belorado con esa gente?
--Yo no sé, yo no sé lo que le pasa al marqués, amigo Macías: todos le creiamos en Granada, cuando he aquí que se presenta en la posada de Belorado... yo estaba con él, y con dos buenas mozas.--Que se vayan esas mujeres, dijo el marqués.
Por mas que nos extrañase esta salida tan descortés, porque al fin, si él es título de Castilla no es mas hidalgo que nosotros, venia de tal manera que nos causó espanto: venia con la cabeza descubierta, con el semblante desencajado: mojado de piés á cabeza; mas que mojado, cubierto de lodo; miraba en torno suyo de una manera insensata, y arrojaba llamas por los ojos. ¿Veís que es buen mozo y buena cara? pues daba miedo: cuando salieron las mujeres dijo á Belorado.--Dadme vestidos y vos Cordavias, haced que los trompetas toquen llamada de infantes, y á la plaza con la gente.
Yo salí: algunos minutos despues, y antes de que hubiese acudido toda la compañía, vi venir al capitan vestido con otras ropas, y con una coraza limpia al lado del teniente, ¿y no habeis reparado? trae sobre la coraza una cadena de oro, y pendiente de la cadena una rica joya.
--Si, si; ya lo he visto, y no sé á qué vienen esas galas: sobre todo cuando hace una noche tan oscura, y cuando es mas fácil encontrar un arcabuzazo que un galanteo.
--Yo tampoco lo entiendo: ni sé si el capitan ha cumplido con su obligacion abandonando á Yátor y trayéndonos á Cádiar, con tres leguas en el cuerpo y enlodados hasta la cintura.
--En Yátor debe de haber habido tambien jarana.
--Esto se estaba esperando de un momento á otro, y creo, Dios me perdone, que tenemos faena para algun tiempo.
--¿Creeis que esto sea una guerra?
--Creo que nosotros somos los primeros soldados del rey que han disparado en esta guerra los arcabuces.
--¡Bah! ¡Diego de Herrera!...
--En la iglesia hay algunos soldados muertos de su compañía: sin armas, con todas las señas de haber sido sorprendidos: juraria á que esos perros los han degollado en sus mismas casas.
--Todo pudiera ser: pero noto una cosa singular.
--¿Qué?
--Ya sabeis que Cristóval de Belorado es hombre capaz de meterse en el infierno, antes de que uno solo de sus soldados pueda decir que se ha parado ante el peligro. De seguro se ha metido por las calles de la villa y reconocido en regla y como Dios manda.
--¿Y qué encontrais de extraño en eso?
--Que no se oye un solo arcabuzazo.
--Eso no quiere decir mas sino que á los monfíes les gusta mas el campo que las calles, y que han cercado la villa.
--Belorado ha tenido ya tìempo para salir de la villa y habrá salido: á lo menos habrá mandado internarse en las quebraduras inmediatas algunos hombres, y nada, nada se oye. Los moros se han retirado de Cádiar.
--Vayan con Dios: á enemigo que huye...
--¡Alférez! dijo el capitan desde el centro de la plaza.
Se echó el alférez la bandera al hombro, y se dirigió al capitan.
--Dejad una escuadra de guardia y con la demás gente reconoced los muertos que hay en la iglesia y en la plaza.
El alférez obedeció.
--Es extraña la confianza que tiene el capitan, dijo volviendo junto al aposentador. No parece sino que está seguro de que los monfíes se han retirado.
--Pues no lo entiendo, dijo Macías.
--Ni yo tampoco. ¡Ola sargento Astudillo! quedaos de guardia con vuestra escuadra en la plaza!
--Muy bien, mi alférez.
--Poned en cada bocacalle un centinela.
--Muy bien.
--Y decid á los sargentos de las otras tres escuadras que formen la gente.
El resto de la compañía, que no habia ido á reconocer ni quedaba de guardia, se encontraba poco despues en la iglesia, reconociendo los cadáveres.
La mayor parte de las velas se habian apagado, pero aun quedaban muchas ardiendo.
La iglesia exhalaba un insoportable olor á sangre fresca.
Los soldados revolvian los cadáveres y los amontonaban.
Cuando encontraban una mujer, la arrancaban las arracadas, y si las orejas resistan se las abrian con las dagas: no perdonaban joya ni suma que hallaban ni dejaban de registrar la bolsa á un solo muerto.
Y en aquella ocupacion ni parecian sentir el olor de la sangre, ni el horror que naturalmente inspiran cadáveres despedazados.
Eran dignos míembros de aquella famosa infantería española compuesta de vagos y aventureros, á la cual para que tomasen una plaza al asalto, no habia necesidad de hablarles de la gloria que podian alcanzar, sino de las horas que se les concedian de saqueo y licencia, una vez tomado el castillo ó la ciudad sobre la que los arrojaban como una tromba de exterminio.
Encontráronse mas de cien cadáveres, entre ellos el corregidor, algunos alguaciles, algunos soldados, mas de treinta mujeres, algunos niños, y como sabemos el del inquisidor Medrano, el del beneficiado Juan de Ribera, el de maese Barbillo, y el de Hurtado do Campo.
Despues de este reconocimiento se reconocieron las casas de la plaza, y en ellas, desiertas todas porque los moriscos habian escapado con los monfíes, se encontraron soldados asesinados en sus lechos, y en la del beneficiado Juan de Ribera, el capitan Diego de Herrera, cosido á puñaladas bajo una mesa servida.
Los primeros soldados que entraron allí, al ver los manjares los devoraron: poco despues dos soldados que habian comido de las setas preparadas por Mariblanca murieron en medio de las mas horrorosas convulsiones.
Al amanecer volvió de su reconocimiento el teniente Cristóval de Belorado.
--Señor marqués, dijo: los monfíes se han retirado enteramente.
--Ya lo sabia yo, dijo el marqués de la Guardia: ahora, añadió, que ya es claro, poned guardias en la atalaya y en la torre de la iglesia: haced que los demás que hayan quedado recojan los muertos y los entierren, y aposentad la compañia.
Dicho esto, el marqués fue á aposentarse en la vecina casa de Juan de Ribera, escribió un largo parte al capitan general de Granada, y le envió con un correo.
CAPITULO XXIX.
De lo que aconteció aquella misma noche en Granada.
Farax-Aben-Farax, con seis mil monfíes, habia emprendido aquella tarde, cumpliendo la órden del emir, su marcha sobre Granada.
Pero estaban tan difíciles los pasos de la sierra, que para llegar á la media noche se vió obligado á elegir los mas prácticos en el terreno, los mas hábiles y los mas fuertes y con solo trescientos hombres tomó á buen paso el camino de la ciudad.
Pero no llegó tan pronto que no pasase con mucho la hora de la media noche, y las gentes de la ciudad tuvieron tiempo para ir á las iglesias á oir la misa del gallo, y volver tranquilamente á sus casas.
Aunque los moriscos del Albaicin estaban prevenídos y todo lo tenian preparado, no se atrevieron á moverse por sí solos, porque, amedrentados, querian que se lo diesen hecho todo los monfíes.
Por otra parte la tardanza de estos empezaba á desanimarlos.
Contaban ademas con ocho mil moriscos del valle de Lecrin, del partido de Orgiva y de las alquerías de la Vega, y ni un solo emisario de estos se habia presentado. En un lugar de la sierra que se llama Cenes, debian esperar ocultos en un cañaveral dos mil hombres, y tambien faltaron: estos hombres mandados por los walíes de la montaña el Partal y el Nacoz debian acometer la Alhambra, y escalar la parte que corresponde á Generalife, para cuyo efecto se habian fabricado en los lugares de Dudar y Quentar diez y siete escalas grandes de esparto, por cuyos anchos travesaños de madera podían subir á un tiempo tres hombres: la longitud de estas escalas se habia hecho con arreglo á la altura de los muros, cuyas medidas habia dado un morisco albañil llamado maese Francisco Aben-Edem, y los moriscos del Albaicin debian acudir con sus capitanes á la primera señal.
Lo que debian hacer estos capitanes era lo siguiente:
Miguel Acis, con las gentes de las parroquias de San Cristóval, San Gregorio el Alto y San Nicolás debia acudir á la puerta de Frex-el-Leux, ó de Fajalanza con un estandarte de damasco carmesí con lunares de plata y flecos de oro: Diego Niquelí, el mozo, con las gentes de San Salvador, Santa Isabel de los Abades y San Luís, y una bandera de tafetan amarillo, á la plaza de Bib-al-Bonut, y Miguel Mozagaz con la gente de San Miguel, San Juan de los Reyes, y San Pedro y San Pablo, y una bandera de damasco azul turquesado, á la puerta de Guadix.
Lo primero que debian hacer los de esta parte, era pasar á cuchillo á los cristianos que vivian en el Albaicín, y, dejando une guardia en aquellos lugares, acometer despues la ciudad por tres partes, y al mismo tiempo la fortaleza de la Alhambra.
Los de la puerta de Frex-el-Leux, debian bajar al campo del Triunfo por fuera de los muros, ocupar el Hospital Real, acometer la puerta de Elvira, entrar por ella, matando á los cristianos que encontrasen, forzar la cárcel de la Inquisicion, y soltar los moriscos presos en ella.
Los de la plaza de Bib-al-Banut, debian bajar por la cuesta de Alacaba, dando por la calle de la Calderería en la cárcel de la ciudad, poniendo libertad á los moriscos, y yendo despues á las casas del arzobispo y procurando prenderle ó matarle.
Los de la puerta de Guadix debian bajar por la ribera del Darro, acometer las casas de la Audiencia Real, y prender al presidente don Pedro de Deza, yendo despues á reunirse todos á la plaza de Bibarrambla donde debian acudir tambien los ocho mil hombres del valle de Lecrin, del partido de Orgiva y de la Vega.
La ciudad debia ser entregada al degüello, al saqueo y al incendio.
Teníase sospechas de que los moriscos tramaban algo; pero como no hubiese un solo traidor entre ellos, ni se conocía su plan, ni se sabia el dia de la rebelion, ni aun se creia que pudiese ser, á pesar de que en Granada habia muy poca gente de armas y casi ningun pertrecho.
El marqués de Mondéjar don Iñigo Lopez de Mendoza, habia escrito al consejo del rey pidiendo hombres, y su peticion se habia desatendido hasta tal punto, que si los moriscos llegan á poner en práctica su plan concertado, hubiera sido horrible lo que hubiera acontecido en Granada la Noche Buena de 1568.
Todo consistió en esperar los unos la resolucion de los otros: Farax Aben-Farax confiando en las gentes del Albaicin y necesitando aprovechar el tiempo, creyó que le bastaba presentarse en el Albaicin con los trescientos monfíes que llevaba, y tanto anduvo, que á pesar del temporal, de lo oscuro de la noche y de lo intransitable de la sierra, llegó á Granada á la una de la noche, y tomando de los molinos que estan junto al rio Darro los picos y herramientas que habia de ellos, llegó á un muro que en aquellos tiempos existia aun, y del cual solo quedan hoy algunos restos, y abriendo con los picos un portillo que estaba tapiado por cima de la puerta de Guadix, entró por lo alto del barrio de Raab-Albayda, en el Albaicin, dejando veinticinco monfíes de guardia en el portillo, y haciendo que los restantes se pusieran bonetes encarnados y tocas blancas para parecer turcos, se fué á la casa que tenia en Granada junto al convento de Santa Isabel de los Abades, y llamó á los principales moriscos con quienes estaba concertado el alzamiento.
[imagen: Harum-el-Geniz.]
--¿Qué es esto, les dijo? acabo de entrar en la ciudad y la encuentro tranquila, desiertas y silenciosas las calles, y hasta las rondas metidas en sus casas. ¿Qué es lo que pensais hacer? La Alpujarra se ha levantado, y en estos momentos los cristianos son degollados é incendiadas sus haciendas: vosotros solos estais en silencio y acobardados.
Disculpáronse los llamados con que nadie les habia acudido.
--Los ocho mil hombres que deben venir del Valle y de la Vega, dijo Farax, y los capitanes de las parroquias del Albaicin estan prevenidos. Pero es necesario que vosotros los ricos y los respetados les deis los primeros el ejemplo, no mostrándoos cobardes y débiles. Que para esto he venido yo.
--Has venido con muy poca gente, dijo Abul-ben-Eden, y te perderás: nosotros no queremos perdernos mas de lo que estamos. Los primeros que nos han faltado son los monfíes.
--¡Cómo! exclamó irritado Farax; me habeis hecho perder mi casa, mi familia y mi hacienda, y darme á la sierra, solo por la libertad de la patria, y ahora que llegamos al punto del combate, los que mas debiais favorecernos y ayudarnos os echais fuera del peligro, como si hubiese otra salvacion que la guerra, ó como si despues de lo que hemos hecho esperasemos alcanzar perdon de los cristianos! antes debiais haberlo pensado: pero ya que sois tan miserables y tan cobardes, yo, yo solo con los que tengo, haré que el Albaicin se levante ó perezcais todos los que estais en él.
Y rugiendo en cólera se salió de su casa antes del amanecer, llevando los trescientos monfíes en dos cuadrillas, y por la calle de Raab-Albayda se encaminó á la plazuela que está delante de la colegiata del Salvador, donde le dijeron que habia una guardia de seis ú ocho soldados.
Cuando llegaron á la plazuela los monfíes que iban delante, se detuvieron á esperar la llegada de los otros, porque vieron un soldado que se paseaba por la plazuela haciendo centinela, y cuando sintió el ruido de los pasos de los monfíes que subian por Raab-Albayda, creyendo que era la ronda del corregidor, se fué hácia los monfíes con la mano puesta en la espada y echándola de valiente y cuando estaba cerca de ellos les dió el ¿quién vive?
La contestacion de los monfíes fue disparar sobre él las ballestas que llevaban armadas, hiriéndole en un muslo.
El soldado dió á huir hácia el lugar donde sus compañeros dormian descuidadamente alrededor de una hoguera, y empezó á dar gritos y á llamar al arma.
Los monfíes cargaron sobre los soldados, que aturdidos con el sueño, no pudieron levantarse tan pronto que no dejasen dos hombres muertos, llevando consigo otros dos heridos.
Siguiéronlos los monfíes por unas callejuelas estrechas hasta la plaza de Bib-al-Bonut, donde en aquellos tiempos estaba el convento de los Jesuitas: llamaron é insultaron al jesuita Albotodo, que era morisco, y no pudiendo forzar la puerta que era muy fuerte, arrancaron una cruz de madera que estaba clavada sobre ella y la hicieron pedazos.
La otra cuadrilla de monfíes, capitaneada por el walí Nacoz, tomó desde la plazuela del Salvador á la derecha, llegó á la Plaza Larga, derribó la puerta de una botica que era de un familiar del Santo Oficio, llamado Diego de Madrid, y no habiéndole encontrado dentro, le robaron é hicieron pedazos botes, redomas, armarios, cuanto encontraron, y luego pasaron el portillo de San Nicolás, situado junto á la puerta mas antigua de la alcazaba Cadima, y saliendo á la plazuela de la iglesia, desde donde se ve enteramente la Alhambra, el barrio del Hajeriz y gran parte de la ciudad, empezaron á tocar la zambra con sus dulzainas y atabalejos, y á decir á grandes voces:
--No hay mas Dios que Dios y Mahoma su mensajero: todos los moros que quisieren vengar las injurias que los cristianos han hecho á sus personas y ley, vénganse á juntar con estas banderas, porque el rey de Argel y el Xerife, á quien Dios ensalce, nos favorecen y nos han enviado toda esta gente, y la que nos está aguardando allí arriba. Ea, ea, venid, venid, que ya es llegada nuestra hora y toda la tierra de los moros está levantada[26].
Los cristianos escucharon aterrados este pregon, porque temian lo que no sucedió: esto es: que se levantanse los moriscos del Albaicin: en vano Farax-Aben-Farax y Nacoz y el Niqueli, repitieron sus pregones: ni un solo morisco salió á la calle.
Entre tanto las campanas de la Colegiata del Salvador tocaban apresuradamente á rebato, y empezaba á extenderse este toque á las torres de las demás parroquias.
Desesperado Farax, y viendo que ya amanecia, que nadie le ayudaba, y que no llegaba el grueso de los monfíes, se decidió á abandonar la ciudad.
Al pasar ya en retirada con sus dos cuadrillas por la calle de los Panaderos, se abrió una ventana y apareció un viejo.
--¿Cuantos sois? preguntó á Farax.
--Seis mil contestó, el alguacil mayor del reino.
--Venís pocos y venís tarde; exclamó el viejo con desprecio, y cerró la ventana.
Salióse ya enteramente desesperado Farax por el portillo por donde habia penetrado en el Albaicin, y antes de retirarse definitivamente quiso probar el último recurso, y subiendo al cerro de San Miguel hizo dar desde su cumbre otro pregon, y como nadie le contestase tampoco, gritó con todas sus fuerzas como si hubiera querido que le oyesen todos los moriscos del Albaicin:
--¡Perros! ¡traidores! ¡cobardes! ¡que nos habeis engañado y no cumplis lo prometido! ¡quedaos en paz! ¡pero yo os juro que si vuelvo será para degollaros lo mismo que á los cristianos!
Y seguidamente, rugiendo como un leon herido, se precipitó con sus trescientos monfíes por la ladera del cerro, y subiendo por el rio Darro tomó el camino del lugar de Cenes.