Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 73

Chapter 733,828 wordsPublic domain

La corona necesitaba vengar los ultrajes que debia á la nobleza: esta habia escarnecido el poder real durante centenares de años, y habia pesado con gravamenes insoportables sobre la masa comun. Habian llegado á tal punto la ambicion, la rapiña y la corrupcion de los nobles, que era imposible que pasaran adelante: la codicia y la soberbia los habian dividido de tal modo, que bastaba dejarlos entregados á sí propios para que se destruyesen.

Al subir al trono Isabel de Castilla, su marido Fernando de Aragon, comprendió que era llegado el momento de destruir de una manera radical y para siempre el poder de la nobleza: pero era Fernando V demasiado astuto y político, para exponer á un fracaso sus proyectos de restauracion del poder real, obrando de una manera violenta, impremeditada y prematura. Necesitaba contemporizar para ganar tiempo y procurarse sus medios de combate, y contemporizó: necesitaba destruir al alto clero y á la alta nobleza, y buscó á los enemigos de aquellos dos poderes en el bajo clero y en el estado llano: el bajo clero le dió al famoso fray Francisco Jimenez de Cisneros, al fanático ermitaño del Castañar, al hombre que poseia la humildad mas vanidosa y mas soberbia de que puede encontrarse ejemplo, con una tenacidad invencible á la cual se ha dado nombre de firmeza, y con un ascetismo sistemático y feroz al cual se ha dado nombre de virtud: hombre de acero, profundamente reservado y suspicaz, dotado de alguna instruccion, pero de miras estrechas, poco previsor y extremadamente testarudo.

Fernando V vió en él un ariete y le aprovechó, le elevó gradualmente hasta ponerle á la altura de aquellos con quienes debia combatir, y le apoyó con todo el poder que le daban las circunstancias y con los elementos de fuerza de las diferentes coronas que poseia.

Fray Hernando de Talavera, y fray Tomás de Torquemada, fueron dos instrumentos poderosísimos que el bajo clero dió á los Reyes Católicos, y en cuanto al estado llano, le dió en la Santa Hermandad un ejército que debia contrapesar la prepotencia de la nobleza.

Alarmada esta, representó contra la organizacion de la Santa Hermandad, á pretexto de que con esta reorganizacion se lastimaban sus privilegios, pero ya era tarde: fuerte Fernando para la lucha, la habia empezado incorporando á la corona los maestrazgos de las órdenes militares, levantando ejércitos permanentes pagados por las ciudades, y acabando al fin por instituir la Inquisicion, tribunal terrible, con el cual, despues de amansada la nobleza á la que se habia arrancado sus banderas, esto es: sus ejércitos particulares, y sus guaridas, esto es, sus castillos que fueron desmantelados, debía contener al pueblo.

La nobleza habia muerto como poder, herida por el cetro de los Reyes Católicos: habiase apoyado la corona para vencer á la alta nobleza y al alto clero, en el estado llano y en el clero bajo, pero dándola zelos aun el poder popular, que le habia ayudado á su triunfo, se alió estrechamente con el altar, y la Inquisicion y el rey fueron ya los únicos poderes que imperaron de una manera absoluta; dependiente la Inquisicion de la corona, es verdad, pero activa, incansable, ambiciosa, tendiendo en tiempos no muy distantes al dominio universal, llenó de hogueras las plazas públicas, de víctimas los calabozos, de horror la historia: la razon fue proscrita, la discusion anatematizada, la libertad de conciencia perseguida, la familia espiada hasta en lo íntimo de sus hogares: todo fiscalizado, todo subordinado á los intereses del trono y del altar y todo empequeñecido, como debia serlo, para dar fuerza á aquellos dos astutos poderes, que habian sabido engrandecerse con los mismos elementos que les eran contrarios.

Cuando aconteció la conquista de Granada, se habia operado ya la maravillosa transformacion política de España: el gran cardenal don Pedro de Mendoza habia creado la Inquisicion, los tercios reales estaban organizados, y los altivos ricos-hombres, los que pocos años antes podian llamarse pequeños reyes, servian á sueldo bajo el estandarte real: tres años despues de la conquista, fray Francisco Jimenez de Cisneros era cardenal arzobispo de Toledo, canciller mayor de Castilla y ministro universal: fray Hernando de Talavera confesor de la reina, arzobispo de Granada, y el sombrío, el terrible dominico fray Tomás de Torquemada inquisidor general: las comunidades religiosas habian sido reformadas, la Inquisicion habia quemado millares de criaturas, Colon habia descubierto un nuevo mundo, y las prepotentes banderas españolas amenazaban á la Europa.

En tales circunstancias, los moros de Granada habian rendido pleito homenaje á los Reyes Católicos: esto es, se habian confesado sus vasallos.

La tiranía y el fanatismo dominaban de consuno: el altar empezaba á predicar el derecho divino de los reyes, y la corona apoyaba fuertemente el exclusivismo de Roma: continuaban en ejercicio muchas de las bárbaras leyes de la edad media, y los jueces de una parte, los inquisidores de otra, y el elemento militar por último, empezaron á pesar sobre la antigua tolerancia que tan amplia habia sido en Castilla y sobre las libertades públicas que no podian ser compatibles con la autoridad real tal cual se queria que esta autoridad fuese.

El primer acto de intolerancia de los Reyes Católicos, fue la expulsion de los judíos.

Treinta mil familias industriosas salieron de España á consecuencia de aquella medida hija del fanatismo religioso.

Dado este golpe á los judíos se reparó en los moriscos.

El feroz fanatismo de los preclaros varones que sustentaban el pendon de la fe en España, encontró que era una cosa muy dura que los vencidos siguiesen en la practica de su religion, de sus leyes y de su dialecto nacional, en el uso de sus trages y en la práctica de sus costumbres.

Empezáronse á violar las capitulaciones de la conquista de una manera curva, casuística: encontróse que habia entre los moriscos una clase de gente llamada _elches_, esto es, descendientes de cristianos que en otro tiempo habian abjurado el catolicismo abrazando la religion musulmana.

A estos se les mandó convertirse.

No obedeciendo, se empezó á ejercer con ellos la fuerza.

El resultado de esta abierta infraccion de los tratados, produjo una insurreccion.

Esta insurreccion dió pretexto para extender á los moriscos las prescripciones que se habian hecho á los _elches_.

Entonces empezó el martirio lento, horrible de los moriscos de Granada.

El aspecto amenazador de los moriscos, obligó á los reyes á que enviasen allá á Cisneros.

Partióse este de Alcalá de Henares, donde se encontraba erigiendo su colegio, que despues fue Universidad, y llegó á Granada donde se encontraban los Reyes Católicos; la primera providencia del grande hombre fue quemar cuantos manuscritos árabes le vinieron á las manos, destruyendo con ellos un caudal inapreciable de ciencia, y apagando con las llamas del fanatismo luminosas noticias que nos hubieran servido en gran manera para esclarecer la confusion que reina en la historia de los árabes españoles.

Empezáronse á seguida los trabajos de la conversion de una manera ruda y tenaz: en vez de apelarse á la mansedumbre evangélica se apeló al terror: al que resistia el bautismo se le prendia, se le encerraba con un fraile fanático, y no se perdonaba medio, hasta que aterrada la víctima pedia á voces el bautismo.

Crecia con esto el descontento, huian á centenares de las poblaciones los moriscos y se iban á la montaña haciéndose monfíes, y entregándose, irritados por la tiranía de los vencedores, á los mas graves excesos contra los cristianos.

La lucha era sorda, sostenida: habíanse bautizado todos los moriscos de Granada y la mayor parte de los de las Alpujarras, pero si bien ostensiblemente profesaban el catolicismo, seguian siendo moros en secreto.

Si iban á misa los dias de precepto, era porque los parrocados estaban facultados á imponerles multas y aun prision por la falta de asistencia.

Si confesaban, jamás decian la verdad.

Los giumas (viernes), dias consagrados por el Koram, se encerraban en sus casas, hacian las abluciones y se consagraban á la oracion á puerta cerrada.

Del mismo modo y tambien á puerta cerrada, trabajaban los dias de fiesta prescritos por el rito católico.

Inmediatamente despues de ser bautizados sus hijos, les lababan con agua caliente la cabeza, para quitarles el crisma y el santo oleo, los circuncidaban, celebraban segun sus usos la fiesta de las buenas hadas, y les ponian el imprescindible sobrenombre árabe.

Cuando se casaba una doncella, al volver á su casa, la quitaban los vestidos castellanos con que se habia visto obligada á ir á la iglesia, la vestian ropas moriscas y hacian las bodas, con leilas, zambras y banquetes segun sus costumbres.

Solo aprendian la doctrina católica los que tenian necesidad de casarse, porque para ello sufrian un exámen prévio, y aun muchos se disculpaban con no saber la lengua.

Llenos de odio y ansiosos de venganza por la tirania de que eran víctimas, recibian á los monfíes, y aun á los turcos y piratas berberiscos en sus alquerías y les avisaban de cuándo podian sorprender recuas de castellanos para robarlos, hacerlos cautivos ó matarlos.

Aterrados los castellanos por esta asechanza sorda, por este peligro contínuo, unian su voz á las declamaciones de los frailes, y el trono y la Inquisicion se propusieron estremar el rigor contra ellos, y destruirlos si necesario fuese.

Entonces se promulgó el famoso edicto del emperador don Carlos, de que dimos cuenta á nuestros lectores en el principio de este libro.

Viéronse los pobres vencidos atacados á un tiempo en su industria, en sus haciendas, en sus costumbres, y lo que era peor, vejados, tratados vilmente, con una injusticia notoria, con una crueldad siempre en aumento, sin que se oyesen sus quejas, sin que se diese castigo á los que los ofendían y vieron con temor empadronados sus hijos desde la edad de tres años, hasta la de quince, porque no sabian lo que querian hacer con ellos.

Haciáseles pagar los alguaciles y las guardias que servian para oprimirlos; se les obligaba á tener las casas abiertas; se les exigian tributos onerosos; se prendia á las mujeres que iban por la calle con los rostros cubiertos; se les arrebataban sus hijos y los llevaban á los hospicios por el mas leve pretexto, y en vano eran sus quejas, porque los clérigos mandaban á nombre de Dios, y Felipe II era tan sombría y fanáticamente cruel como los clérigos.

No se pensó ni un solo momento en que los moriscos constituian una parte considerable de la poblacion de España, ni en que por su industria y sus riquezas, eran un gran elemento de prosperidad pública.

Los funestos reyes de la casa de Austria todo lo posponian, todo lo olvidaban á trueque de que no hubiese en sus Estados una sola persona que no fuese católica; manía lamentable, fanatismo ignorante que han dado al trono y al clero español de aquel tiempo y aun de los tiempos subsiguientes, un carácter odioso y repugnante: ciega brutalidad que ha costado á España torrentes de sangre, que ha retrasado su civilizacion, que nos ha debilitado, atacando nuestra poblacion y nuestra riqueza, comprometiéndonos en guerras desastrosas, colocándonos á retaguardia de las demás naciones de Europa: fatales resultados de la estrecha alianza del trono y del altar: de los reyes de derecho divino y del clero omnipotente y sanguinario, sostenido por el infame tribunal de la Inquisicion.

El rey y el fraile, al destrozar entre sus garras á los que se atrevian á rebelarse contra su despotismo, destrozaban á España: el terror hacia callar al derecho, el desuso del derecho, le puso en olvido, y el pueblo tan libre otros dias, vino á ser la troje hollada por los dos fatales elementos reunidos.

Uniase á esto una magistratura inmoral, un ejército compuesto de aventureros, una nobleza degradada, que se arrastraba á los piés de la Inquisicion y del trono, y un pueblo degradado tambien, que todo lo sufria en silencio, ó que, por mejor decir, por resultado de su degradacion y de su envilecimiento, no sufria nada.

En los tiempos de la dominacion austriaca, un español, en siendo esclavo sumiso, y católico fanático, era cuanto podia ser: un leal vasallo del rey, y un hijo obediente de la Iglesia.

La literatura y las artes, sufrieron, como era preciso, la suerte del país: se vieron marcadas con el sello realista monástico, que se imprimia en todo, y apenas dieron á conocer alguno que otro rasgo tímido de independencia; nuestros mejores artistas, nuestros mas aventajados escritores, no brillaron como hubieran brillado de seguro, bajo un gobierno digno de hombres que hubieran sabido serlo: la mezquindad de la época los hacia mezquinos: los mataba.

En todas las empresas de la casa de Austria, exceptuando las de Carlos V, se ve, no la política, no la sagacidad, sino la tenacidad y la ignorancia: Felipe II desangró y debilitó la nacion en empresas descabelladas aconsejadas por el fanatismo, y una de estas empresas que pudo traer fatalísimos resultados, no solo para España, sino tambien para Europa, fue la de la conversion de los moriscos, no solo bajo el punto de vista religioso, sino tambien bajo el de las costumbres.

La rebelion de las Alpujarras motivada por la crudeza con que quiso llevarse á cabo la sumision completa de los moriscos, fue de tanta trascendencia, como que refiriéndose á ella en el principio de su historia de la guerra de Granada, dijo Hurtado de Mendoza, autor contemporáneo, y tanto, como que tomó personalmente parte en aquella guerra:

«Veráse una guerra al parecer tenida en poco, y liviana dentro en casa, mas fuera estimada y de gran coyuntura; que en cuanto duró tuvo atentos, y no sin esperanza, los ánimos de príncipes amigos y enemigos lejos y cerca.»

Mas adelante el mismo autor confiesa las graves circunstancias en que se encontraba España al estallar la rebelion de las Alpujarras, en las siguientes líneas:

«... Los Estados de Flandes, desasosegados por el príncipe de Orange, eran recien pacificados por el duque de Alba. Mas, puesto que las fuerzas del rey, y la experiencia del duque capitan, criado debajo de la disciplina del emperador, testigo y parte de sus victorias, bastasen para mayores empresas; todavía lo que se temia de parte de Inglaterra, y las fuerzas de los hugonotes en Francia, algunas sospechas de príncipes de Alemania y designios en Italia, daban cuidado; y tanto mayor, por ser la rebelion de Flandes por _causas de religion_ comunes con los franceses, ingleses y alemanes, y _por quejas de tributos y gravezas comunes con todos los que son vasallos_, aunque sean livianas y ellos bien tratados.»

Por las citas anteriores, se vé que en aquellos tiempos habia quien veia claro, y que solo el rey y los clérigos estaban ciegos por su fatal locura religiosa.

Y esta ceguedad, esta monomanía feroz por exterminar todo lo que no era católico, como si el catolicismo no fuese una religion altamente afecta á la discusion y á la libertad, hacen comprender hasta qué punto serian vejados, tiranizados, martirizados los moriscos por aquel doble despotismo, por aquella tenaz ferocidad, por aquella cólera sagrada, por decirlo asi; por aquella intemperancia de mando, por el odioso _sic voleo sic jubeo_ del tirano.

Y esta ferocidad, esta carencia total de miras políticas, ya que no de sentimientos humanitarios, habian hecho precisa, inevitable la rebelion de los moriscos, porque cuando llega á un limite dado la miseria humana, la desesperacion suple con ventaja al valor, y la sed de venganza produce horribles catástrofes, á vueltas de sublimes rasgos de heroismo.

Y cuando un pueblo ha sido insultado, robado, azotado, herido en sus mas intimas afecciones cuando se han visto holladas las canas de los ancianos, separada la esposa del esposo, el hijo de los padres; cuando las sospechas han bastado como si hubiesen sido evidencias para imponer castigos atroces; cuando se han desoido una y cien veces las súplicas humildes; cuando el que manda se ha mantenido inflexible en el mandato cruel; cuando esto sucede, no hay pueblo cobarde, lo arrostra todo, prefiere la muerte aunque sea horrorosa, al martirio lento, continuado, dia por dia, hora por hora, minuto por minuto, y como se lanza á la pelea enloquecido por la desesperacion, excitado por la sed de venganza, se entrega respecto á sus enemigos á las mismas crueldades, á los mismos horrores, á los mismos crímenes de que ha sido víctima.

Los pueblos cuando se insurreccionan en nombre de su derecho, ponen siempre en práctica la tremenda ley del _Talion_.

Por eso antes de condenar los horrores de una revolucion, es necesario meditar á sangre fria las causas que la han motivado.

Hemos creido necesaria la antecedente digresion, para que nuestros lectores no crean ficciones de una fantasia salvaje, los hechos que vamos á continuar relatándoles.

No los inventamos: únicamente los ordenamos y los trascribimos con la historia á la vista, apoyándonos en su testimonio.

CAPITULO XXVII.

Continúa el asunto interrumpido en el anterior.

La iglesia de la villa de Cádiar, era teatro de una orgía de sangre.

Melik-el-Ferih, enloquecido por el reciente recuerdo de la desastrada muerte de Alida, y por la dolorosa causa que habia motivado aquella catástrofe, estaba ébrio de sangre y sediento de venganza.

Aben-Aboo, con la mirada sangrienta como un lobo, arrastraba desde la sacristía al presbiterio, asido por el cuello al inquisidor Molina de Medrano que tropezaba embarazado por sus largos y rígidos ornamentos pontificales.

Al ver Melik-el-Ferih aquel grupo á la viva luz de las cien velas que aun ardian en el tabernáculo, saltó del monton de cadáveres en que habia subido, y se lanzó hácia el presbiterio, pero antes de llegar á él tropezó en un muerto y cayó.

Al levantarse vió ante sí una mujer pálida, de rodillas, mirándole de una manera ansiosa, y procurando ocultar entre sus brazos, entre sus ropas, á una criatura.

Aquella mujer para salvar á su hija se habia acurrucado entre los muertos, y solo se habia alzado al ver caer junto á ella el monfí.

Melik-el-Ferih contempló á la madre y á la hija con una mirada tal, en que habia tan feroz, tan cruel alegría, que la pobre madre se estremeció.

--¡No la mateis! gritó: no mateis á mi hija: mi hija no os ha hecho ningun daño.

--¿Y qué daño habia hecho mi hija á los cristianos? gritó el Ferih mezclando á sus palabras una carcajada insensata.

--¡Ah! ¡teneis una hija! dijo la infeliz: pues bien, por la vida de vuestra hija, no mateis á la mia.

--¡Por la vida de mi hija! exclamó el Ferih.

Y sus ojos rodaron de una manera espantosa en sus órbitas.

La infeliz madre dió un grito horrible.

El Ferih la habia arrebatado la pobre criatura asida por el cuello, y la habia abierto de una sola puñalada: despues habia arrojado aquel miserable despojo palpitante á los piés de la madre, y de un salto se habia puesto en el presbiterio y asido al inquisidor Molina de Medrano.

--¡No le mates! ¡no le mates! exclamó Aben-Aboo: una puñalada es poco castigo para este infame lobo: ¡no le mates, Ferih!

--¡Matarle! no por cierto... ya verás... ya verás... la noche es nuestra, y es necesario que nos divertamos... vamos á divertirnos mucho...

El solo anuncio de aquella diversion, de que sin duda iba á ser él el protagonista, despegó la carne de los huesos del inquisidor.

El Ferih entre tanto habia acercado uno de los tres sillones del presbiterio, y le habia puesto sobre el altar.

--Siéntate ahí, dijo el Ferih: te ponemos en un trono... no tienes por qué quejarte te vamos á adorar, faquí de los cristianos: vamos sube: ¿no quieres ser rey?

--No puedo subir, soy viejo; exclamó llorando el inquisidor: tened compasion de mi.

--¡Ah! ¿no puedes subir? dijo Aben-Aboo, por eso no quede: échamelo acá, Ferih, añadió desde el altar á donde habia subido de un salto.

El Ferih asió por la cintura al inquisidor y le levantó: Aben-Aboo le asió por el cuello le puso sobre el altar y le sentó rudamente en el sillon.

Desde aquel momento puede decirse que Molina de Medrano no vió ni sintió mas que un terror pánico: todo daba vueltas en derredor suyo, pero cubierto de una niebla densa, azul, inpura, y el miserable temblaba, pero de una manera exclusivamente orgánica.

--No basta, no basta eso: dijo el Ferih: es necesario asegurarle en su trono.

Y volviéndose hácia el fondo de la iglesia donde continuaban el degüello y las crueldades, tocó por tres veces la bocina.

Cesó la matanza y un numeroso grupo de monfíes adelantó hasta el presbiterio, y se pusieron á reir y á señalar con ademanes grotescos al inquisidor.

--¡Ah, valientes mios! dijo el Ferih: ved á este respetable señor encaramado en su silla, vestido de oro y rodeado de luces, ni mas ni menos que como los ídolos que han querido que adoremos: pero este trono es todavía poco resplandeciente.

--Es verdad, si, es verdad.

--Aumentemos el resplandor de su trono.

--Pongamos fuego al altar.

Y algunos adelantaron blandiendo sus antorchas.

--Esperad: esperad, dijo Aben-Aboo: ¿no veis que tanto resplandor puede parecerle demasiado y hacerle huir de una gloria de que se creerá indigno? es necesario que se vea obligado á recibir nuestros homenajes. Buscad cuerdas, y sino las halláreis, vengan las de vuestras ballestas.

--Dice bien.

--Asegurémosle en su trono.

--Que no pueda escapar.

--Como no pueden escapar los sentenciados por la Inquisicion.

--Como no pudo escapar mi padre, á quien vi revolverse como una sabandija por entre las llamas.

--Ni mi madre á quien quemaron porque decian que era bruja.

--¡Allah Ahbar! (Dios es grande).

--¡Allah Galib! (Dios es vencedor).

--¡Allah Rahman! (Dios es misericordioso).

Y sin saber de donde, salieron á plaza cordeles, y en medio de un tumulto espantoso de carcajadas y silbidos, el inquisidor fue fuertemente atado á la silla, y la silla no menos fuertemente atada á las columnas del tabernáculo.

Volvieron á avanzar los implacables monfíes con las antorchas.

--Esperad, esperad: aun no es tiempo: traed acá á cuantos cristianos encontreis.

Extendiéronse los monfíes por la iglesia, y á poco volvieron trayendo á empellones como unas veinte personas entre hombres, mujeres y niños.

--Pocos son, dijo Aben-Aboo: pero ahí veo á mi buen amigo Lope Gutierrez, corregidor de la villa. ¿Eh? ¿que te parece de esto?

El corregidor tan feroz antes, cuando mandaba, cuando se creia fuerte, rompió á llorar.

--Yo no os he hecho ningun daño, dijo: yo era mandado; me lo mandaba el rey.

--¿Y te mandaba el rey, dijo una morisca jóven y hermosa, saliendo de entre la multitud, que para obligar á una mujer á ser tuya, la amenazases con ahorcar su padre, y vender por esclavos á sus hermanos?

--Yo no he hecho eso... yo no he hecho eso, os lo juro.

--¿Me conoces? exclamó la morisca arrancando una antorcha á un monfí, acercándola á su semblante, y acercándose al mismo tiempo al corregidor Lope Gutierrez, que retrocedió.

La morisca le miraba con los ojos dilatados escandescidos como los de una bacante.

--¿Me conoces al fin Lope Gutierrez? repitió la morisca; tú me deshonraste, y no bastó mi sumision á tus deseos: poco tiempo después á pretexto de que eran monfíes ahorcaste á mi padre, y echaste á galeras á mis hermanos.

--¡Ah! ¡no! ¡no! exclamó el corregidor.

--Ese miserable me abofeteó á pretexto de que no me habia quitado el sombrero en su presencia, echó á galeras á mi hijo porque tomó la defensa de su anciano padre, mi pobre esposa murió al verse separada en su ancianidad de su hijo, y despues me vi reducido á la indigencia: mis bienes, unas escasas tierrecillas habian sido confiscadas: ¡vengadme, hermanos!

--Ese miserable mató á mi amante porque no quise ser su manceba.

--Ese hombre deshonró á mi hija.

--Ese hombre es nuestro, exclamaron las mujeres apoderándose de él, y sacándole arrastrando de la iglesia.